12 de Junio
Sagrado Corazón de Jesús
San Agustín de
Hipona
Homilías, CLVII, 2-3
Oficio, II
"Hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes". Hermanos, como hombres mansos y humildes, caminad por el camino recto que nos indica el Señor. Ciertamente, en las dificultades de la presente vida nadie puede conservar inalterable la paciencia (sin la cual es imposible salvaguardar la esperanza de la vida futura) sino el hombre manso y humilde, que no opone resistencia a la voluntad de Dios (cuyo yugo es suave y cuya carga es ligera).
Si sois mansos y humildes, no sólo amaréis sus consuelos, sino que soportaréis como buenos hijos incluso sus castigos. De este modo aguardaréis en la paciencia lo que esperáis sin ver. Vivid así, caminad así. Cristo dijo "yo soy el camino", así que aprended a encaminaros en Cristo, en las palabras y el ejemplo.
A su propio Hijo, el Padre no lo perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros. No ciertamente contra su voluntad o ante su oposición, sino queriéndolo igualmente, porque una misma es la voluntad del Padre y del Hijo (dada la igualdad de la naturaleza divina). El Padre no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, y lo hizo entregase a sí mismo por nosotros.
"Siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo". En efecto, Cristo "nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor". El excelso, por medio del cual se hizo todo, fue entregado en su condición de esclavo a la vergüenza de la gente y al desprecio del pueblo, a los ultrajes, a los azotes, a la muerte de cruz.
Con el ejemplo de su pasión, Cristo nos enseñó de cuánta paciencia hemos de revestirnos para caminar en él. Con el ejemplo de su resurrección, él nos ha confirmado en lo que pacientemente hemos de esperar de él.
"Cuando esperamos lo que no vemos, esperamos con perseverancia". Es cierto que esperamos lo que no vemos, pero somos el cuerpo de aquella Cabeza en la que vemos ya realizadas nuestras actuales esperanzas. En efecto, de él se ha dicho que es también "la cabeza del cuerpo de la Iglesia, el primogénito, y así es el primero en todo". Como cabeza nuestra, Cristo fue flagelado, y con ello reforzó nuestra paciencia.
"Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro". Cuando esperamos lo que no vemos, esperamos con perseverancia y seguros. Sí, el que resucitó es nuestra cabeza, y conserva firme nuestra esperanza.
"El Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos". No desmayemos, por tanto, en el castigo, para llegar a las alegrías de la resurrección. Hasta tal punto es verdad que Dios castiga a sus hijos preferidos, que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros.
Teniendo fija la mirada en Aquel que, sin culpa de pecado, fue flagelado, entregado por nuestros pecados, y resucitó por nuestra justificación, no temamos ser rechazados cuando estamos bajo el peso del castigo. Confiemos más bien en ser acogidos en base a la justificación.
Act:
12/06/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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