3 de Abril
Viernes Santo
San
Pablo
Carta a los Hebreos 9, 11-28
Oficio, I
Hermanos, Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tabernáculo es más grande y más perfecto, y no está hecho por manos de hombre ni de este mundo creado. Él no usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia, y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna.
Si la sangre de machos cabríos y de toros, y el rociar con las cenizas de una becerra, tienen el poder de consagrar a los profanos (devolviéndoles la pureza externa), ¡cuánto más la sangre de Cristo! En virtud del Espíritu eterno, Cristo se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, y por eso podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo.
Cristo es el mediador de una alianza nueva, y con su muerte ha redimido los pecados cometidos durante la primera alianza. Así, los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna. Para disponer de una herencia es preciso que conste la muerte del testador, pues un testamento sólo adquiere validez en caso de defunción, y mientras vive el testador todavía no tiene vigencia.
Cuando Moisés acabó de leer al pueblo todas las prescripciones contenidas en la ley, cogió la sangre de los becerros y las cabras, además de agua, lana escarlata e hisopo, y roció primero el libro y después al pueblo entero, diciendo: "Esta es la sangre de la alianza que hace Dios con vosotros". Con la sangre roció Moisés, además, el tabernáculo y todos los utensilios litúrgicos.
Según la ley, todo debía ser purificado con sangre, y sin derramamiento de sangre no había perdón. Pues bien, estos esbozos de las realidades celestes tenían que purificarse por la fuerza de tales ritos, pues las realidades celestes necesitan sacrificios de más valor que éstos.
Cristo no ha entrado en un santuario construido por hombres (imagen del auténtico) sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios e interceder por nosotros. Tampoco se ofreció a sí mismo muchas veces (como el sumo sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecía sangre ajena), pues de haber sido así tendría que haber padecido muchas veces, desde el principio del mundo. En definitiva, él se ha manifestado una sola vez, al final de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo.
Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez, y después de la muerte viene el juicio, Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, a los que lo esperan, para salvarlos.
Act:
03/04/26
@semana
santa
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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