6 de Diciembre

Martes II Adviento

Equipo de Liturgia
Mercabá, 6 diciembre 2022

a) Is 40, 1-11

           Nos encontramos hoy con un pasaje que pertenece al Libro de la Consolación del profeta Isaías, sea de él en persona o de un discípulo suyo posterior (llamado segundo Isaías) que profetizó en tiempos del destierro.

           En medio de una historia bien triste para el pueblo de Israel, tanto política como religiosa, resuena un pregón de esperanza, describiendo con fuerza literaria y plástica los caminos que a través del desierto van a conducir al pueblo de vuelta a Jerusalén, como sucedería en efecto, en el s. VI a.C, por decisión del rey Ciro II de Persia.

           Se dibuja aquí como una repetición del éxodo desde Egipto, camino de la tierra prometida. Ahora es la vuelta del destierro de Babilonia. En ambas ocasiones es Dios quien conduce y protege a su pueblo. Pero exigirá esfuerzo por parte de todos: han de ir construyendo el camino, allanando, rellenando, enderezando, como recordará más tarde el Bautista. Un buen símbolo de la colaboración del hombre en la salvación que le ofrece Dios.

           El anuncio más consolador es que Dios llega, que llega con poder, que perdona a su pueblo sus pecados anteriores, que quiere reunir a todos los dispersos, como el pastor a sus ovejas. Es un retrato poético y amable de Dios como Pastor: "Lleva en brazos los corderos, cuida de las madres". Tiene entrañas de misericordia para con su pueblo. No quiere que permanezcan más tiempo en la aflicción.

           No es extraño que el salmo responsorial de hoy nos haga cantar sentimientos de alegría por la cercanía mostrada en todo tiempo por Dios a su pueblo: "Cantad al Señor, bendecid su nombre, delante del Señor que ya llega, ya llega a regir la tierra".

José Aldazábal

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           Continuamos hoy la lectura de la selección de pasajes de Isaías que la liturgia nos presenta para este tiempo de adviento. La perícopa de hoy abre lo que los especialistas llaman Libro de la Consolación, pues ese es el acento especial que presentan los cap. 40 al 55, obra atribuida a un profeta anónimo del fin del destierro (al que comúnmente se le llama Deutero Isaías, o Segundo Isaías). Podríamos datarlo, entonces, hacia mediado del s. VI a.C.

           La idea de la consolación que hoy contemplamos tiene 4 motivos importantes: anuncio del fin del destierro (vv.1-2), llamada a abrir camino en el desierto (vv.3-9), fugacidad de las criaturas comparada con la perennidad de Dios y su proyecto (v.10) y promesa de la venida de Dios a pastorear a su pueblo (v.11).

           Hacia el final del destierro se ha ido creando ya la conciencia de la purificación del pueblo. La amargura del exilio y su consiguiente humillación va haciendo que el pueblo purifique su fe, su esperanza y, sobre todo su imagen de Dios.

           Los grandes interrogantes que suscitó la Caída de Jerusalén (ca. 587 a.C) han ido aclarándose poco a poco durante casi 5 decenios, por eso ahora el mensaje es antes que nada consolador y esperanzador; Jerusalén ha purgado 2 veces sus pecados y el regreso de los deportados es inminente. Hemos de recordar el Edicto de Ciro que permite el regreso de los deportados.

           El regreso del exilio ha sido muchas veces asimilado al Éxodo; esto es, un nuevo éxodo, donde el pueblo podrá volver a experimentar y vivir en carne propia los portentos realizados por el brazo poderoso de Dios en la salida de Egipto y la travesía por el desierto. Los deportados recorrerán un camino, una senda especialmente allanada para ellos, pues van acompañados nada menos que con su Dios.

           En el Cercano Oriente era normal y corriente la construcción o adecuación de una vía para ser transitada por un personaje ilustre. Rastros de esa costumbre se vieron el siglo pasado cuando se construyó una vía nueva en Israel, la cual sería recorrida por Pablo VI en su visita a Tierra Santa.

           Pues bien, en ese contexto podemos entender el llamado que hace el profeta para allanar la senda por el desierto. Pero en el sentido religioso, se trata de reconstruir el camino de la justicia. Si los deportados han aprendido la lección que la historia les dio, ahora tendrán que caminar por un sendero nuevo, y en ese camino serán acompañados por su Dios. Israel, el ser humano, es "hierba que fenece", pero Dios es eterno y sus mandatos estables por siempre.

           Una de las figuras de la constante compañía de Dios es la del pastor. Él es el único pastor que desempeña su función con toda diligencia. Esta imagen es también presentada por Jeremías (Jr 23,1-6) y Ezequiel (Ez 34), y en ambos Dios es el verdadero pastor de Israel, que lo guía diligentemente, tiene especial cuidado con los corderos y las ovejas madres, y se preocupa por los más débiles y vulnerables del pueblo.

Servicio Bíblico Latinoamericano

b) Mt 18, 12-14

           El breve pasaje de Mateo que leemos hoy, le hace perfecto contrapunto a la lectura de Isaías. Es la Parábola de la Oveja Perdida, de un pastor que arriesga dejar solas 99 ovejas de su rebaño por ir a buscar una pequeña descarriada, y que se alegra mucho más por ella que por las que dejó solas. Para decirnos que Dios no quiere que se pierda ni uno solo de los pequeños hijos suyos. Que se echará al hombro a los corderos mientras hace recostar a las madres.

           La imagen del pastor aparece muchas veces en la Biblia, tanto en el AT como en el NT. Tal vez pueda parecer extraña en algunos países sin cultura pastoril, pero los medios de comunicación nos hacen familiares hasta las imágenes más exóticas, y ésta no lo es; también el arte cristiano nos ha familiarizado a todos con la imagen de Jesús buen pastor, Jesús cuyo nacimiento estamos preparándonos a celebrar.

           En Jesús se realizan, pues, las viejas profecías: el consuelo de Jerusalén, el regreso de los deportados por la vía recta en el desierto, el premio por la paciencia y la esperanza, en los brazos amorosos del buen pastor, de Dios, de Cristo.

           Pero ¿sólo palabras? ¿Y quién consolará a los pobres de sus penas? ¿O quién buscará a las ovejas descarriadas? Se está apelando a nuestra condición de discípulos de Jesús, de hijos de Dios, llamados a realizar en nuestro mundo, en el comienzo de nuestro tercer milenio, las palabras proféticas de Isaías, las parábolas de Jesús.

Juan Mateos

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           Esta sencilla parábola que nos presenta hoy el evangelio tiene una doble finalidad: de un lado, se quiere probar la misericordia de Dios para con los pecadores; por ello, está ubicada después de la curación del paralítico, a quien no sólo se le devuelve la salud sino que se le perdonan los pecados (Lc 15,4-7); y de otro lado, la finalidad que tiene en Mateo es para demostrar el amor que Dios tiene particularmente a los pequeños.

           La afirmación que se hace aquí no es que el Buen Pastor ame a la oveja descarriada más que a las noventa y nueve que permanecieron junto a él, sino que en el momento de recuperarla experimenta un particular gozo y alegría que no siente por las otras.

           El gozo que produce el tener a las noventa y nueve siempre consigo es habitual, mientras que el gozo que produce recuperar la oveja perdida es del momento en que la encuentra; por tanto, mucho mayor, cuanto más grande fue la tristeza al saber que se había descarriado.

           Con la expresión "no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños", no se está refiriendo aquí a los niños sin más, sino más bien a los sencillos, los humildes, los de poca relevancia en el mundo. Jesucristo ha inaugurado el reino de Dios abierto para todos, también para aquellos a quienes se les considera pecadores.

           Y esto porque "Dios quiere que todos los seres humanos se salven, que lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1Tim 2,4). En efecto, todos pueden salvarse con tal que no opongan resistencia al llamado de Dios. Es él quien los busca, él quien los ayuda con su gracia, él quien los lleva en su corazón.

           Por tanto, siempre es posible el recurso a la buena disposición paterna. Pero esta misericordia, continuamente ejercida sobre cada uno de nosotros, nos exige a la vez, el ejercicio de la misericordia para con las demás miserias humanas. Esto debe producir en nosotros sentimientos de profunda confianza en la bondad de Dios, que por todos los medios busca nuestra salvación.

           La conclusión pedagógica de esta parábola de Mateo se centra en que "lo mismo y en consecuencia, los discípulos de Cristo habrán de cuidar con diligencia y perseverancia a todos los miembros de la comunidad sobre todo a los más pequeños y a los débiles".

Servicio Bíblico Latinoamericano