10 de Diciembre

Sábado II Adviento

Equipo de Liturgia
Mercabá, 10 diciembre 2022

a) Eclo 48, 1-4.9-11

           El libro del Eclesiástico describe hoy a Elías como "un fuego", pues su temperamento era vivo y enérgico, y sus palabras, "un horno encendido". En efecto, Elías anunció sequías como castigo de Dios, luchó incansablemente contra la idolatría de su pueblo, fue insobornable en su denuncia de los atropellos de las autoridades, hizo bajar fuego sobre las ofrendas de Dios en su reto con los dioses falsos, y al final desapareció misteriosamente en un carro de fuego, arrebatado por un torbellino que le llevó a la altura.

           El fuego es una imagen constante en la Biblia, para simbolizar a Dios. En el Sinaí, Dios se manifestó en el fuego de la tormenta. Es natural que el portador de la voluntad divina tenga un rostro de fuego. El fuego será el instrumento de la purificación última de los últimos tiempos. Esa imagen sugestiva proviene seguramente del hecho que, en los sacrificios primitivos, el fuego era el elemento que unía el hombre a Dios. Se comía luego la víctima para consumar la comunión con Dios.

           Pero en el fondo Elías, que vivió en el s. IX a.C, fue el profeta de la esperanza escatológica, el que por tradición popular iba a volver para preparar inmediatamente el día del Señor. Su misión entonces sería "aplacar la ira" de Dios, "reconciliar a padres con hijos" y "restablecer las tribus de Israel". Por eso en el salmo responsorial de hoy hemos cantado: "Oh Dios, restáuranos".

José Aldazábal

*  *  *

           La relectura que el libro del Eclesiástico hace de la figura del profeta Elías (tomada del libro de los Reyes), lo describe como alguien que permanece fiel al Señor, por su independencia política y social.

           Para el pueblo de Israel, Elías era el profeta por antonomasia. Era aquél que era capaz de hablar de Dios y con Dios con absoluta naturalidad y a la vez con firmeza. Era el que desenmascaró a los infieles y proclamó la justa religiosidad, y por eso la tradición popular esperaba el retorno de este profeta al final de la historia, en el "día del Señor".

           Muchos Elías han estado en este mundo. Y con todos ellos "hicieron lo que quisieron". Muchos anunciaron el Reino de Dios, vivieron para ese Reino de los pobres y de la libertad. Y por eso fueron calumniados, maltratados, silenciados, torturados y asesinados.

           A muchos de estos Elías los conocemos, y pueblan nuestro martirologio latinoamericano. Son los que nos marcan el camino de la vida con su vida y su muerte. Otros son más anónimos, y nunca sabremos sus nombres, ni nadie reclamará por ellos. Son más pobres aún. Todos ellos son los Elías de nuestros tiempos, que nos mostraron a Jesús tal como lo hizo en su momento el Bautista.

           El pasaje del Sirácira (Eclesiástico) de hoy nos alimenta esta fe que se apoya en nuestros mártires: "Felices aquellos que te vean. Y felices también los que murieron en el amor, porque nosotros también viviremos ciertamente" (Eclo 48,11). Felices los que contemplen el rostro de cualquier Elías de nuestro tiempo, felices los que vivieron y dieron su vida por amor a su pueblo, porque gracias a ellos nosotros viviremos confiados al saber cuál es el verdadero camino del evangelio.

Servicio Bíblico Latinoamericano

b) Mt 17, 10-13

           Mateo inserta hoy el relato de Elías en su crónica evangélica. Según la creencia general, antes del Mesías debía volver el profeta Elías como precursor suyo. Así habían interpretado los doctores de la ley las palabras de Malaquías (Mt 3,1; 4,5-6). Si Jesús es el Mesías, ¿cómo no ha venido antes Elías? Es la pregunta que le hacen los discípulos.

           Jesús, en su respuesta, identifica la persona de Elías con la de Juan el Bautista. Elías ya había venido, pero no se llamaba así. Cumplió el encargo de Elías: ser el profeta de la última hora y preparar al pueblo para el reino de Dios. Tenían que haberlo reconocido en sus palabras y en sus acciones. Al no aceptar el pueblo su invitación y llamada a la penitencia, no pudo realizar la misión que se esperaba de Elías. Sin embargo, el plan de Dios se cumple, incluso en el fracaso del Bautista.

           Finalmente, el evangelista relacionan el sufrimiento de Elías con el del Hijo del hombre. No hay en la Escritura ningún texto que justifique la creencia de que Elías sufriría en su segunda venida. La creencia surgió desde la convicción, bastante generalizada entonces, de los sufrimientos que padecerían los justos en los últimos tiempos, especialmente los que pasaría el precursor del Mesías.

           ¿Y de dónde esa insistencia de Jesús en los padecimientos del Hijo del hombre? Sencillamente, para romper las esperanzas en un mesías político y nacionalista. El Hijo del hombre es, efectivamente, el Mesías, pero un Mesías sufriente.

Francisco González

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           Juan Bautista estuvo encarcelado y fue decapitado. Sus discípulos interrogaron a Jesús sobre la venida de Elías, que debe preceder a la del Mesías. La respuesta de Jesús es clara: Elías ya ha venido, es Juan Bautista. Pero no lo reconocieron, igual que no reconocerán en Jesús al Mesías que va a padecer.

           El libro del Eclesiástico preveía la vuelta de Elías al final de los tiempos, volviendo otra vez a un tema del que ya había escrito antes. A Elías se le reserva para "reconciliar a padres con hijos y restablecer las tribus de Israel". Un papel de reunificador.

           Esta venida no reconocida es una dura lección para nosotros.

           Mucho más frecuentemente de lo que pensamos, a través de los seres y de los acontecimientos, hay venidas de Dios para restaurar el mundo. Aceptar y reconocer a estos profetas no es sencillo, ¡y hay tantos falsos profetas en nuestros días! Sin embargo, se les puede reconocer por sus frutos.

           Aunque no hablen sólo de unidad y amor, si lejos de rechazar a los que no piensen como ellos, estos profetas demuestran que les aman; si todas sus actividades, y no sólo sus palabras son portadoras de unidad, bien podrían ser apariciones de Dios a los hombres, aun cuando no provoquen en nosotros simpatías humanas.

           Quizás en la Iglesia de hoy, por prudencia justificada, se desconfíe de los carismas. Se comprende que haya que verificarlos. La prueba decisiva será siempre, y hasta el fin, el amor de Dios y de los otros en lo concreto de la vida, no el amor de pequeños grupos, que mantienen un ideal a menudo demasiado humano y defendido con uñas y dientes, sino un amor universal signo del cristiano.

           Los que son suficientemente puros como para haber recibido este don de Dios, ¿no podrían ser, hoy y entre nosotros, Elías reconciliadores?

Adrien Nocent

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           En tiempo de Jesús se esperaba el retorno de Elías. Los escribas se apoyaban en un texto de Malaquías (Ma 3,23) tomado en un sentido material: "He aquí que envío mi profeta, Elías, antes de que venga el gran y terrible día del Señor". Estaban convencidos de que Dios enviaría a Elías antes que su Mesías. Y utilizaban este argumento para rechazar a Jesús "no puedes ser el Mesías porque Elías no ha venido".

           Jesús les responde: "En efecto, Elías viene a preparar los caminos. Pero os lo digo: Elías ha venido ya".

           Los discípulos entienden que habla de Juan Bautista. Y en efecto, Juan es el Precursor, el predicador de la justicia y la conversión, el que prepara con su ejemplo y su voz recia la inmediata venida y luego señala la presencia del Mesías en medio de su pueblo, el que denuncia la situación irregular del rey Herodes y muere mártir por su entereza y coherencia.

           Pero muchos no le aceptan, como hicieron con Elías y como harán con el mismo Jesús, que "padecerá a manos de ellos". La dureza del pueblo es grande. No saben leer los signos de los tiempos. Son "lentos y tardos de corazón", como tuvo que reprochar Jesús.

José Aldazábal