22 de Junio

Miércoles XII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 22 junio 2022

a) 2Re 22, 8-13; 23, 1-3

           Un pequeño acontecimiento, en apariencia banal y que llega por azar, sucedió bajo el reinado del Josías I de Judá (ca. 622 a.C), cuando unos obreros que trabajaban en el Templo de Jerusalén descubren un libro (el Deuteronomio) que había sido perdido, tras ser escondido allí desde tiempos remotos. Como dijo el propio sacerdote Helcías, responsable del templo: "Hemos hallado el libro de la ley en el templo del Señor". 

           A todos los hombres les sucede algo parecido, y mientras hay momentos en que parece perderse la palabra de Dios, en otros se la encuentra de nuevo. He de llevar todo esto a la oración, pues ¿me sucede a menudo dejar escapar las ocasiones? Porque en tal encuentro, en tal lectura, en tal enfermedad... puede estar ahí Dios, escondido y presto a ser encontrado de nuevo.

           Cuando el rey Josías oyó las palabras contenidas en ese libro (la Torah), rasgó sus vestiduras, como signo de arrepentimiento y deseo de conversión. En efecto, el Deuteronomio es todo él una llamada a la Alianza, y su tono es envolvente en torno a una confidencia: Dios ama, pero espera ser amado, e invita a todos a amarle. Y pensando en los pecados de su pueblo, y en ese inmenso olvido que duraba ya tantos años, el rey Josías tiene el corazón traspasado, y por eso rasga sus vestiduras. 

           Si nosotros nos olvidamos de Dios, Dios no nos olvida jamás, y durante nuestras largas ausencias él permanece ahí, y sigue amándonos siempre. El descubrimiento de este amor fue el que trastornó a Josías, y le suscitó sentimientos de gozo y arrepentimiento.

           El rey hizo convocar a todos los ancianos, sacerdotes y profetas, y a todos los habitantes de Jerusalén desde el menor al mayor. En el fondo, uno no se convierte solo, y todo aquel que descubre (o redescubre) a Dios provoca una especie de reacción en cadena. Como decía un sabio, "todo el que se mejora a sí mismo, mejora el mundo".

           Que sepa yo pensar en mis propias responsabilidades, y en los que dependen de mí, y en todo lo que les falta cuando yo abandono a Dios, y en todo el provecho que reciben cuando mi vida es vida según Dios. ¿Me preocupo de hacer partícipes a los demás de mis propios descubrimientos? ¿Tengo que comunicar una buena nueva a todos los que amo?

           El rey Josías leyó ante el pueblo todo el contenido del libro de la alianza, hallado en el templo. Y organizó una especie de gran liturgia, o celebración de la Palabra. El secretario había leído el texto al rey, y ahora el rey lo lee a todo el pueblo.

           Como siempre, los hechos se desarrollan en cascada: los obreros encuentran el libro (cuando estaban trabajando) y lo llevan al sumo sacerdote (Helcías), éste convoca al secretario del rey (Safán), éste advierte al rey (Josías) y éste propone la Alianza a todos los habitantes de Jerusalén. La palabra de Dios pasa de mano en mano, de boca en boca y de oído en oído. Decididamente, Dios necesita a los hombres.

           El rey estaba de pie junto a la columna, y concertó ante el Señor la Alianza que le obligaba a seguir al Señor, y a guardar sus mandamientos con todo el corazón y toda el alma. Comienza una reforma (la Reforma de Josías), una nueva fase de vida bajo un mismo lema: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma".

Noel Quesson

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           En tiempos del joven rey Josías I de Judá, que fue de los pocos buenos y fieles a Dios, aconteció el hallazgo en el Templo de Jerusalén del libro del Deuteronomio (de la ley mosaica). Pero entre lo que decía el libro (la Alianza) y lo que estaba sucediendo en el pueblo (la apatía) no había ningún parecido. El rey teme entonces, con razón, que Dios se enoje y permita las calamidades que están pasando. No obstante, la lectura solemne del libro lleva a todos, autoridades y pueblo, a renovar y suscribir la Alianza con Dios.

           Va a ser un paréntesis no demasiado largo, porque Josías muere joven (en la Batalla de Megido contra los egipcios. Pero un paréntesis de fidelidad a Dios, en medio de una historia llena de idolatrías y de injusticias. El salmo responsorial de hoy recoge esta voluntad de conversión: "Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes, y lo seguiré puntualmente. Y guíame por la senda de tus mandatos, porque ella es mi gozo".

           Hay períodos en la historia, tanto de cada uno como de una sociedad, en que hace falta algún hallazgo (como el ocurrido al rey Josías) o algún profeta (como Jeremías, que es el que ayudó a Josías en su programa de Reforma Religiosa) para que todos recapacitemos, y volvamos al camino de la sensatez.

           Serán pocas todas las llamadas a la nueva evangelización. Cada generación nueva se tiene que enterar de las buenas noticias de salvación que Dios ofrece, tanto más cuando el ambiente es pagano o neo-pagano. Porque con demasiada facilidad nos olvidamos del "libro de la ley" y de su estilo de vida, dejándonos llevar por idolatrías de todo tipo.

           Los cristianos no sólo debemos preocuparnos de ser fieles a nuestra propia llamada de Dios, sino que también hemos de preocuparnos de las llamadas de Dios a los demás (niños, jóvenes, alejados...), a la hora de redescubrir a Dios en sus vidas, y de volver a escuchar (si lo han olvidado) el libro de la palabra de Dios.

           Sacerdotes, catequistas, misioneros, profetas, padres, educadores de la fe o maestros cristianos. Éstos son los nuevos Josías y Jeremías que el mundo necesita, para ayudar a este mundo a descubrir la verdadera respuesta a sus preguntas y problemas.

José Aldazábal

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           En la historia de Israel es muy importante la página que hemos leído del libro II de los reyes, bajo el reinado de Josías I de Judá. Prueba de ello es que el reformador Josías es, junto con David, el que mejor valorado sale por la tradición deuteronómica. Y hasta la tradición judía canta la grandeza del espíritu de Josías, por su fidelidad a Dios.

           Esta actitud de reconocimiento y alabanza hacia Josías se debe a 2 motivos: a que tuvo audacia para suprimir el culto a los dioses extranjeros (centrando así la religiosidad en el único Dios, y en Jerusalén), y a que tuvo la fortuna de encontrar el códice del libro del Deuteronomio (sobre todo la parte legislativa del mismo, en sus cap. 5 al 28). Enaltecer el culto a Dios, y estimular la fe en el pueblo, fue el legado del rey Josías, que firmó y selló de nuevo la Alianza entre Israel y Dios, como acontecimiento de extraordinario valor.

Dominicos de Madrid

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           Tras la sacudida del acoso asirio que leíamos ayer, y la historia de los reyes Manasés I y Amón I de Judá (ambos dignos del reproche del redactor), llegamos al reinado de Josías I de Judá. La Biblia centra su atención en el episodio del hallazgo del libro de la Torah, y la posterior Reforma Religiosa que llevó a cabo Josías, basada en la destrucción de los templos y objetos que no fueran de la religión hebrea.

           El texto de hoy está dividido en 2 partes, ambas girando en torno al libro de la ley (2Cro 34, 3). En la 1ª se narra el hallazgo del libro (o rollo papírico) por parte del sumo sacerdote Helcías, y la 2ª refiere a la ratificación de la Alianza de Dios que hizo el rey Josías y todo el pueblo. Analicemos brevemente el pasaje.

           El año 18 de su reinado, Josías ordenó al escriba Safán (Jer 36, 11-12) que fuese al Templo de Jerusalén y que diese la orden de fundir el dinero recogido del pueblo para pagar a los que estaban realizando los trabajos de reparación. Es entonces cuando el sumo sacerdote Helcías comunicó al escriba el hallazgo del rollo de la ley.

           Si nos fijamos en los detalles, vemos que el motivo del hallazgo son las obras del Templo de Jerusalén (ca. 622 a.C), aunque para 2Cro 34,3 la reforma se había llevado a cabo 7 años antes (ca. 629 a.C) y su descripción parece un duplicado de las llevadas a cabo 100 años atrás por Joás I de Judá (2Re 12, 4-16).

           Otro detalle importante es la descripción del contenido del libro. En el texto no aparece, pero por las posteriores medidas llevadas a cabo por el rey se puede descubrir que pudo ser un Protodeuteronomio, que contendría básicamente la parte legislativa del actual (cap. 12-26): centralización del culto, presentación del rey ideal, medidas a llevar a cabo para la reforma religiosa, maldiciones (Dt 28,15; 29,21) y renovación de la Alianza (a la que se refiere la última parte del texto).

           Los investigadores creen que el libro al que el texto se está refiriendo tuvo su origen en el Reino del Norte, y tras la conquista asiria los supervivientes lo llevaron a Jerusalén (donde fue reelaborado). Sería el mismo que 80 años antes utilizó Ezequías I de Judá en su reforma (2Re 18, 4). Un 2º nivel, teológico, en la 1ª parte de la narración, lo encontramos en la reacción del rey.

           El redactor está expresando las características del auténtico monarca fiel a la ley. Lo más importante es el deseo de que Dios ratifique el hallazgo. No lo dice el texto, pero a quienes se dirigen los emisarios reales es a la profetisa Hulda (2Re 22, 14), mujer desconocida (2Cro 34, 22-28) que gozaría de una reputación que aún no tenían los canónicos Jeremías y Sofonías. Respecto a la "cólera divina", puede que se esté haciendo una alusión a la Caída de Judá (ca. 587 a.C), a la que se refieren también otros textos anteriores (1Re 8,46-53; 9,3-9; 2Re 17,19-20; 20,16-18; 21,10-15).

           La 2ª parte del texto sigue también coordenadas teológicas, más que históricas. Y detalles importantes de ella son las que causan la reacción del rey. Se trata de las palabras de la profetisa Hulda, que el texto bíblico señala justo antes de lo que en éste tenemos: amenaza de la destrucción de Jerusalén, y reconocimiento divino de la actitud del rey. Destaca también el tipo de reunión mantenida (que recuerda a la confederación de tribus de Siquén; Jos 24), la alusión al libro como Código de la Alianza (que es como se presenta al Deuteronomio; Dt 5,2; 28,69) y la ratificación de la Alianza por el pueblo (que recuerda a los eventos del Sinaí y Siquén).

Servicio Bíblico Latinoamericano

b) Mt 7, 15-20

           Previene Jesús contra el engaño de las palabras. Hay quienes llegan a la comunidad pretendiendo falsamente hablar en nombre de Dios (falsos profetas). De los profetas falsos, se contrasta la suavidad de su lenguaje (ovejas) con su realidad interior (lobos rapaces), que los caracteriza como individuos que buscan sin escrúpulos su propio interés. El criterio para distinguirlos es su modo de obrar.

           Para Jesús, las obras brotan espontáneamente de la realidad interior, y no sólo moldean la índole del hombre (doctrina farisea), sino que son el reflejo infalible de sus actitudes profundas. El obrar no determina la actitud, sino que nace de ella.

           Vuelve el tema de la limpieza de corazón (Mt 5,8; 15,19). No hay vida interior independiente de la exterior: las obras delatan lo interior del hombre. No valen, por tanto, las protestas de ortodoxia ni la dulzura de las palabras, sino la realidad de la conducta. La insistencia sobre las plantas sin fruto y sobre el fruto bueno y malo ponen la advertencia de Jesús en el terreno de lo que sirve o no sirve para la vida. Los falsos profetas tienen un influjo dañino sobre la comunidad, y quien produce muerte está destinado a la muerte (v.19).

           Total, que "por sus frutos los conoceréis". Este colofón repite el criterio expuesto antes (v.16), mostrando su importancia. Lo que no contribuye a la vida no es de Dios. Pueden identificarse estos falsos profetas con aquellos que se eximen de "uno de estos mandamientos mínimos, y lo enseñan así a los hombres".

           La comparación con el fruto y el árbol, y la suerte del árbol malo, ya presentes en la predicación del Bautista (Mt 3, 8.10), hacen ver que la metáfora del árbol que da frutos malos se refiere a los que no han hecho una enmienda sincera, es decir, a los que no han hecho más que exteriormente la opción propuesta por Jesús en las bienaventuranzas (Mt 7, 26).

           Estos procedieron con la comunidad cristiana como pretendían hacer los fariseos y saduceos respecto al bautismo de Juan (Mt 3, 7): aparentar la enmienda (bautismo) sin romper realmente con la injusticia del pasado. Mateo denuncia, pues, la infiltración en la comunidad cristiana de la hipocresía farisea ("decir, pero no hacer"; Mt 23, 3), como lo hará de nuevo en la perícopa siguiente y en otros pasajes (Mt 13,36-43; 22,11-14).

Juan Mateos

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           En el AT, Dios había advertido a menudo que nos pusiéramos en guardia contra los falsos profetas. Jesús subraya hoy cuán semejantes son exteriormente a los profetas auténticos: se visten con la capa de la buena doctrina y de la buena moral. Y, por lo tanto, son difícilmente reconocibles. Así, el gran peligro para la Iglesia no procede sólo de sus enemigos externos (fácilmente conocidos), sino de aquellos que aparentando una vida normal... son de hecho, "lobos rapaces", incluso cuando pretenden hablar en el nombre de Dios.

           Por eso Jesús nos previene: "Por sus frutos los reconoceréis". Jesús es realista, y nos viene a decir "fijaos en lo que hacen, no en lo que dicen". El verdadero valor de una persona se manifiesta por lo que hace. Por ejemplo, se puede hablar mucho de la Iglesia y no obedecerla prácticamente.

           Jesús se ha enfrentado durante toda su vida a los escribas y fariseos, que eran aparentemente gentes muy religiosas. Pero la docilidad al Espíritu y la humildad son los frutos por los que se reconoce al profeta auténtico, pues "¿se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos?". Así "los árboles sanos dan frutos buenos, y los árboles dañados dan frutos malos".

           La calidad de la fruta depende de la calidad del árbol. Señor, transforma mi corazón para que sea como una ¡fruta buena! de la que puedan alegrarse y alimentarse los demás. Y para esto, que sea bueno el árbol (la raíz, el tronco, las ramas y todo el conjunto), para que los frutos sean sabrosos. Sí, los gestos y las palabras exteriores no adquieren su valor auténtico mas que cuando son la expresión de una fidelidad interior a Dios y a la Iglesia.

           "Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos". Se trata de un buen criterio para evaluar la autenticidad de un profeta, de un movimiento o de una opinión, el considerar, a la larga, sus resultados. ¿Cuáles han sido las consecuencias concretas de esta acción, de esta opinión? La vida humana es una, y todo en ella todo se relaciona (pensamientos, voluntades, actos). ¿Cuál es la orientación general de mi vida?

           Ahora bien, Jesús nos dice aquí que lo que cuenta es la trama general de una vida: "Todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa al fuego". Mateo agrupó aquí unas fórmulas sobre el árbol, que seguramente fueron dichas en circunstancias diversas. Notemos, por ejemplo, la correspondencia con la alegoría de la viña (Jn 15, 6), donde Jesús insistía sobre la unión con la vid para tener vida y dar fruto.

           Jesús insiste sobre la urgencia de la conversión: el juicio de Dios está cerca. ¿Habremos sido un árbol sano? ¿Cuál habrá sido nuestra fecundidad? ¿Qué frutos sabrosos han sido los nuestros? Todo ello, en este contexto, se dice de los falsos profetas ¡árboles echados al fuego! Pero esto es verdad para cada uno de nosotros, si no nos preocupamos de dar fruto para la vida eterna.

Noel Quesson

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           El texto de hoy es exactamente la continuación del texto de ayer. El tema tratado sigue moviéndose en torno a la ética y a la moral del creyente, los recursos literarios continúan también en la misma dinámica (sentencias categóricas que dan comienzo al discurso, imágenes tomadas de la vida cotidiana y uso de términos contrarios, y conclusión). Lo interesante, junto con la agudeza de la composición literaria, son las nuevas vetas que se van abriendo en torno al tema central.

           El texto puede quedar dividido en 2 partes. La 1ª parte abarca tan solo la sentencia inicial de Jesús, referida a los falsos profetas. Está compuesta de una afirmación a la que se le añade una metáfora que gira entre 2 polos opuestos (oveja-lobo), el término negativo queda subrayado con el adjetivo empleado (rapaces). La 2ª parte ilustra el tema tratado en la 1ª y se trata de una composición perfecta, utilizando la técnica del sandwhich (comenzando y terminando con idéntica sentencia).

           Por la evidente respuesta dada por Jesús a la pregunta formulada por el lector, éste queda automáticamente formando parte de la narración. Una vez ahí, el lector se funde con el emisor y la fluencia de los ejemplos de términos polares le resulta evidente, por esto mismo, el quiebre final (el dicho del fuego) no es para nada forzado, sólo un añadido que cuadra perfectamente. Para terminar, como ya hemos dicho, se usa la misma oración con la que comenzaba esta composición.

           Algunos detalles más a tener en cuenta son, por ejemplo, los profetas falsos, de los que se tiene referencias en el AT (Dt 13,2-6; Ez 22,28; Jer 5,31; 6,13; 23,9-14), el NT (Mt 21,11.24; Hch 13,6; 2Pe 2,1; 1Jn 4,1; Ap 16,13) y otros escritos cristianos (Didajé, XI, 7-12). En cuanto a los frutos, éstos se refieren a la conducta concreta (Mt 12,33-35; Ecl 27,6; St 3,12). El ejemplo del árbol y de las zarzas lo hallamos también en Lucas (Lc 6, 43-45). Por último, la imagen del árbol que se corta y arroja al fuego también se halla en Lucas (Lc 3,9; 13,6-9) y Juan (Jn 15, 6).

Emiliana Lohr

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           Parece decir hoy Jesús algo así como: no juzguéis al hombre por las apariencias (que son frecuentemente engañosas), sino por lo que hace. Ni las palabras ni las intenciones, sino la práctica. Si las palabras y las intenciones siguen una dirección y la práctica otra, la segunda es la que revela el corazón del hombre, sus opciones profundas, sus verdaderos intereses. Las palabras y las intenciones son a menudo una tapadera, un engaño (para sí mismo y para los otros).

           Sin embargo, la comparación se puede entender también de otra manera. Hay semillas que cuando las ves te parecen inocuas, y hay árboles que te parecen fascinantes al verlos; solamente si tienes paciencia (y sensatez) para esperar a los frutos sabrás cómo son realmente. Así se desmienten los falsos profetas; no por las muchas palabras que dicen (palabras con frecuencia fascinantes), ni por los diversos gestos que hacen; debes valorarlos basándote en los frutos que aquellas palabras y aquellos gestos no tardarán en producir.

Bruno Maggioni

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           En el evangelio de hoy, Jesús nos da una pista para movernos en tiempos y espacios movedizos. Hoy, sin duda, estamos viviendo así. Basta asomarse a los mensajes que nos llegan a través de los medios de comunicación. Es como una batalla en la que no sabemos bien quién es el bueno y quién es el malo. Nos sentimos tan manipulados y tan engañados, que a menudo declinamos todo esfuerzo de discernimiento. La regla de Jesús es muy simple: "No os fijéis sólo en las palabras, en la apariencia, en el ropaje". La verdad de una persona y de una idea se miden por los frutos de amor que produce: "Por sus frutos los conoceréis". Muy claro, ¿verdad?

           Jesús nos da un criterio de discernimiento claro. Las palabras no importan demasiado. Podemos ser víctimas de todos los engaños del inconsciente humano. Lo que cuenta son los frutos: "Por sus frutos los conoceréis". ¿Cuáles son los frutos de unos y de otros? No tenemos necesidad de inventar nada. Nos los ofrece Pablo (Gál 5, 19-23) y creo que es útil recordarlos, en el siguiente párrafo.

           Cuando uno se mueve desde sus propios intereses, y aunque use palabras altisonantes y supuestamente proféticas, lo que produce es: "impureza, desenfreno, idolatría, enemistades, discordias, rivalidad, ira, egoísmo, cismas, envidias y difamación". Cuando uno actúa realmente movido por el Espíritu de Dios, sus frutos son: "amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe mansedumbre y dominio de sí mismo".

           La indignación ética que nos producen algunos hechos (generalmente de los demás, no nuestros) es una reacción humana comprensible, pero no es necesariamente un fruto del Espíritu. A menudo, esa indignación es sólo fruto de nuestro resentimiento, de nuestras envidias, de nuestros fracasos acumulados, de nuestros miedos.

           Naturalmente esto no significa que no debamos denunciar lo que nos parece anti-evangélico. Lo que importa es siempre preguntarse de dónde arranca mi actitud (¿del odio, del miedo, del deseo de venganza, del narcisismo herido? ¿O, más bien, del deseo de verdad, de vida nueva, de libertad?) y a dónde conduce (¿a la autoafirmación, al ajuste de cuentas, a cerrar mi herida, a "dar a cada uno su merecido"?, ¿o más bien al perdón, a un futuro más auténtico, a la comprensión?).

           La vida está llena de ocasiones en las cuales tenemos que ensayar esta propuesta de Jesús. Y no siempre es fácil actuar como él nos propone.

Gonzalo Fernández

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           El Señor insiste en repetidas ocasiones en el peligro de los falsos profetas, que llevarán a muchos a su ruina espiritual (Mt 24, 11). En el AT también se hace referencia a estos malos pastores que causan estragos en el pueblo de Dios (Jer 23, 9-40). Pronto aparecieron también en el seno de la Iglesia.

           San Pablo los llama falsos hermanos y falsos apóstoles (2Cor 11,26; 1Cor 11,13), y advierte a los primeros cristianos que se guarden de ellos. San Pedro los llama falsos doctores (2Pe 2, 1). El Señor nos señala que tanto los verdaderos como los falsos apóstoles se conocerán por sus frutos; los predicadores de falsas doctrinas y reformas no acarrearán más que la desunión del tronco fecundo de la Iglesia y la turbación y la perdición de las almas.

           Los árboles sanos dan frutos buenos. Y el árbol está sano cuando corre por él savia buena. La savia del cristiano es la misma vida de Cristo, la santidad personal, que no se puede suplir con ninguna otra cosa. Por eso no debemos separarnos de él. En el trato con Jesús aprendemos a ser eficaces, a estar alegres, a comprender, a querer de verdad; a ser, en definitiva, buenos cristianos.

           La vida de unión con Cristo necesariamente trasciende el ámbito individual del cristiano en beneficio de los demás: de ahí brota la fecundidad apostólica, ya que "el apostolado, cualquiera que sea, es una sobreabundancia de vida interior", según San José María Escrivá. Si se descuidara esta honda unión con Dios, nuestra eficacia apostólica se iría reduciendo hasta ser nula, y los frutos se tornarían amargos, indignos de ser presentados al Señor.

           Así como el hombre que excluye de su vida a Dios se convierte en árbol enfermo con malos frutos, la sociedad que pretende desalojar a Dios de sus costumbres y sus leyes produce males sin cuento y gravísimos daños para los ciudadanos que la integran. El fenómeno del laicismo pretende suplantar la moral basada en principios trascendentes, por ideales y normas de conducta meramente humanos, que acaban siendo infrahumanos.

           El hombre y la sociedad se deshumanizan cuando no tienen a Dios como Padre amoroso que da leyes para la conservación de la naturaleza humana y para que las personas encuentren su propia dignidad y alcancen el fin para el que fueron creadas. Ante frutos tan amargos, los cristianos debemos se sal y luz allí donde estamos. Por la gracia de Dios, podremos dar abundantes frutos si nuestra vida se mantiene informada por la luz de Cristo.

Francisco Fernández

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           Jesús previene hoy a sus seguidores del peligro de los falsos profetas, los que se acercan "con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces". Y nos da una consigna: "Por sus frutos los conoceréis". La comparación es muy expresiva: un árbol puede ser muy bonito en su forma y en sus hojas y flores, pero si no da buenos frutos, no vale. Ya se puede cortar y que sirva para leña.

           Tanto el aviso como la consigna son de plena actualidad. Porque siempre ha habido, junto a persecuciones del exterior, el peligro interior de los falsos profetas, que propagan, con su ejemplo o con su palabra, caminos que no son los que Jesús nos ha enseñado. El criterio que Jesús da debería aplicarse siempre en toda comunidad, y sobre los que cabe la duda de si están movidos por el Espíritu de Dios o por otros móviles más interesados.

           Pero es también un modo de juzgarnos a nosotros mismos: ¿Qué frutos producimos? ¿Decimos sólo palabras bonitas o también ofrecemos hechos? ¿Somos sólo charlatanes brillantes? Se nos puede juzgar igual que a un árbol, no por lo que aparenta, sino por lo que produce. De un corazón agriado sólo pueden brotar frutos agrios, de un corazón generoso y sereno sólo pueden brotar obras buenas y consoladoras.

           Podemos hablar con discursos elocuentes de la justicia o de la comunidad o del amor o de la democracia: pero la prueba del nueve es si damos frutos de todo eso. El pensamiento de Cristo se recoge popularmente en muchas expresiones que van en la misma dirección, tales como "no es oro todo lo que reluce", "hay que predicar y dar trigo" y "obras son amores y no buenas razones".

           Pablo concretó más, al comparar lo que se puede esperar de quienes siguen criterios humanos y de los que se dejan guiar por el Espíritu de Jesús: "Las obras de la carne son fornicación, impureza, idolatría, odios, discordia, celos, iras, divisiones y envidias. En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, fidelidad, dominio de sí" (Gál 5, 19-26).

José Aldazábal

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           Hoy se nos presenta ante nuestra mirada un nuevo contraste evangélico, entre los árboles buenos y malos. Las afirmaciones de Jesús al respecto son tan simples que parecen casi simplistas. ¡Y justo es decir que no lo son en absoluto! No lo son, como no lo es la vida real de cada día. Una vida real diaria que nos enseña que hay buenos que degeneran (y acaban dando frutos malos) y que hay malos que cambian (y acaban dando frutos buenos). ¿Qué significa, pues, en definitiva, que "todo árbol bueno da frutos buenos" (v.17)?

           Significa que el que es bueno lo es en la medida en que no desfallece obrando el bien. Obra el bien y no se cansa. Obra el bien y no cede ante la tentación de obrar el mal. Obra el bien y persevera hasta el heroísmo. Obra el bien y, si acaso llega a ceder ante el cansancio de actuar así, de caer en la tentación de obrar el mal, o de asustarse ante la exigencia innegociable, lo reconoce sinceramente, lo confiesa de veras, se arrepiente de corazón y vuelve a empezar.

           Y lo hace, entre otras razones, porque sabe que si no da buen fruto será cortado y echado al fuego (¡el santo temor de Dios!). Y porque conociendo la bondad de los demás a través de sus buenas obras, sabe (no sólo por experiencia individual, sino también por experiencia social) que sólo Dios es bueno, y el único que puede ser reconocido como tal a través de sus hechos.

           No basta decir "Señor, Señor", como nos recuerda Santiago. Pues la fe se acredita a través de las obras: "Muéstrame tu fe sin las obras, que yo por las obras te haré ver mi fe" (St 2, 18).

Antoni Oriol

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           Los falsos profetas son los doctores que engañan al pueblo y lo arrastran hacia sus propios intereses, tras haberlo seducido con buenas apariencias. Se impone en este campo, pues, el saber elegir y saber discernir, porque no toda palabra en nombre de Dios es de Dios.

           En esta tarea de discernimiento, Jesús nos da una pista: "Por sus frutos los conoceréis", y recurre para ello a las imágenes de los árboles y sus frutos. Los años en Nazaret, sus largas caminatas por los senderos de Galilea y el continuo ir y venir de gente sencilla de los campos y caseríos, hicieron a Jesús un caminante más de la vida. ¡Con qué expresión tan persuasiva habla del sembrador, de la semilla que crece sin que nadie sepa cómo! Habla de uvas y de espinos, de higos y de cardos. Los frutos no engañan.

Carlos Latorre

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           De nuevo Jesús hace una advertencia a sus discípulos, y llama la atención sobre un peligro que puede acechar a la comunidad: el problema de los falsos profetas.

           Mateo da una norma a la comunidad para saber reconocerlos: la calma prudente. Saber esperar hasta que cada cual vaya dando sus frutos. Entonces se verán los actos concretos que distinguen al verdadero del falso profeta. La clave para detectar a los falsos profetas son, pues, sus obras.

           El texto hace una comparación de los falsos profetas con espinos y cardos, para desacreditarlos de ese modo. Luego refuerza la imagen anterior con otra comparación: la del árbol y los frutos, a fin de dar mayor precisión a su mensaje sobre lo bueno y lo malo, lo cual hace pensar directamente en los actos del hombre.

           Esta idea la amplía diciendo que los árboles que no dan buenos frutos son arrojados al fuego; es decir, que a los falsos profetas les espera el juicio destructor de Dios. Con una nueva invitación a desenmascarar a los lobos vestidos con piel de oveja a través de sus obras, el evangelista redondea la 1ª parte del texto.

           En teoría, tenemos un criterio bastante claro para dilucidar quién es el verdadero profeta: el que nos orienta de acuerdo con el mensaje y la forma de vida de Jesús. En la práctica puede que este criterio no funcione. Sin embargo, estamos llamados a estar atentos y a no dejarnos entusiasmar por tantos personajes que se cubren con el ropaje de Jesús y en su mensaje nos llevan a fomentar divisiones y mentiras, poniéndonos en contra del verdadero contenido evangélico.

Severiano Blanco

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           Mateo atribuyó un rol de1ª línea a la enseñanza, y de ahí la importancia que tuvo en su evangelio la función del profeta, junto a la del sabio y del escriba, en la transmisión del mensaje de Jesús (Mt 23, 34). Se hacía necesario, por tanto, poner en guardia sobre el peligro de los falsos profetas y su falsa enseñanza (v.15), ofreciendo un criterio de discernimiento que permitiera distinguir la verdadera de la falsa profecía (vv.16-20).

           Esta preocupación se agudiza con la llegada de la 2ª generación cristiana, e incluso en la 1ª generación cristiana encontramos ya un reflejo de esta preocupación, sobre todo en las epístolas pastorales (donde se vuelve a cada paso sobre la sana doctrina) y en la obra de Lucas (Hch 20, 29).

           Este último texto presenta un universo sumamente cercano al v. 15. En ambos casos se los califica de lobos a los falsos profetas, se señala su agresividad y se describe a la comunidad como un rebaño. En el caso presente, más que al contenido de la enseñanza (que aparece en 1º plano tanto en Lucas cuanto en las epístolas pastorales), Mateo remite a la actuación de esos falsos profetas, como criterio de verificación de su enseñanza.

           Este criterio hace inválida la conducción del fariseísmo (ya que sus miembros "dicen pero no hacen") y pone de relieve la enseñanza de Jesús (a cuyos discursos otorga siempre Mateo la palabra autoridad), así como ha de ser el seguido (como piedra de toque) para juzgar la transmisión del proyecto de Jesús.

           Por ello se recurre hoy Mateo a una comparación sobre la actuación profética a través de la naturaleza de los árboles (que producen o no producen frutos buenos). La capacidad de fructificación es el criterio último para determinar la utilidad de un árbol. Zarzas y espinos no pueden producir uvas ni higos. La naturaleza de cada fruto está en íntima relación con la naturaleza del árbol. La incapacidad de un árbol para producir frutos buenos indica su falta radical de bondad.

           De allí surge la conclusión de los vv. 19-20 con la presentación del final que espera a los árboles que no han sido capaces de producir buenos frutos, y que no hace más que sancionar la realidad en curso.

           De esta forma, Mateo retoma uno de los criterios decisivos que el AT ofrece para juzgar todo tipo de profecía. Dicho criterio reside en la coherencia entre la vida y el mensaje anunciado. Se exige a cada miembro de la Iglesia, y sobre todo de los que deben desempeñar un rol en la transmisión de la enseñanza de Jesús, una coherencia de vida que sirva de verificación de su enseñanza. Fuera de ese ámbito, las mejores verdades pierden su eficacia.

           La invitación a que sean las acciones las que proclamen el mensaje de Jesús, la invitación a la coherencia de vida es el punto culminante del sermón de la montaña y de ella depende la autenticidad del seguimiento de Jesús.

Confederación Internacional Claretiana

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           Jesús insiste hoy de nuevo en la limpieza de corazón y ausencia de doblez, al tiempo que previene contra los falsos profetas. Unos falsos profetas que utilizan a Dios para hablar en nombre propio, que aparentan ser por fuera mansos (como ovejas) pero por dentro son lobos rapaces (que destruyen la Iglesia). ¿Y cómo distinguir un falso de un verdadero profeta? El criterio son las obras, pues cada uno irradia hacia fuera lo que lleva por dentro. Quien edifica la Iglesia con su conducta, es bueno; quien la desmembra o dispersa, es malo.

           Quien da vida, es bueno; quien quita vida, malo. Todo aquél que oprime, reprime o suprime la vida eclesial es un falso profeta, está en pecado y alejado del Dios de la vida. Los malos profetas generan muerte y dispersión, como el lobo con los rebaños. Dentro de la Iglesia son falsos profetas los que se eximen de poner en práctica los mandamientos más mínimos, o de apartar del camino del amor y entrega a los demás.

           Por eso, todo árbol que no dé fruto sano debe ser cortado (de la Iglesia) y echado al fuego (de la condenación). El árbol que da frutos dañinos se parece a quien no da señales de enmienda y conversión. Quien no esté dispuesto a convertirse, a cambiar su estilo de vida, a mantenerse adherido al mensaje de Jesús, debe ser cortado y echado al fuego.

           Todo el que dice y no hace está fuera del espíritu de Jesús, y por tanto debe estar fuera de la Iglesia. Y es que la vida del profeta tiene que estar acompañada de obras antes que de palabras o, mejor, de palabras respaldadas por su estilo de vida.

Servicio Bíblico Latinoamericano