8 de Julio

Lunes XIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 8 julio 2024

a) Os 2, 16-22

         Leeremos durante esta semana algunos fragmentos del libro del profeta Oseas, un profeta cuya desgraciada experiencia matrimonial le sirvió como metáfora para hablar de Dios con el lenguaje cercano del amor. Oseas amó a su esposa Gómer como ninguna telenovela de hoy puede imaginar, pero probó la amargura de la infidelidad. Sin embargo, la siguió amando.

         Oseas fue un atrevido, un hombre que rompió con todo. Y no sólo hizo algo que pocos seres humanos hacen (amar cuando no se experimenta la traición), sino que presentó su experiencia personal como símbolo de las relaciones de Dios con Israel, yendo más allá del concepto tradicional de Alianza. Esta es la clave para entender el contenido de todo el libro.

         En el fragmento de hoy aparece con claridad que la restauración del amor pasará por una nueva experiencia del desierto, hasta que el pueblo abandone los ídolos y vuelva a descubrir que el Señor es solamente uno, y que debe amarlo "con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas".

         Cuando medito estas palabras del profeta pienso en nuestro mundo occidental, lleno de personas rodeadas de ídolos. Algunos de estos ídolos están sociológicamente reconocidos: el trabajo, el dinero, el sexo, el deporte, la nación, el partido político y la ciencia. Pero hay otros ídolos domésticos que se agazapan en las rendijas de nuestra vida ordinaria, y pasan casi desapercibidos. Como decía el propio Lutero, un ídolo es "aquello de lo que cuelga nuestro corazón".

         ¿Podemos poner nombre a estas realidades que secuestran nuestro corazón, que chupan nuestra sangre y nos quitan el tiempo? Porque a menudo se trata de relaciones personales idolátricas, o de sueños autosuficientes, o de un escepticismo viscoso.

         Cuando nos sentimos atrapados por estas realidades, parece que no hay salida. Y no la habría si todo dependiera de nosotros. Pero estamos sostenidos por un Dios que quiere nuestra felicidad más que nosotros mismos. Y él, que conoce nuestras rendijas, sabrá conducirnos a ese desierto en el que, en medio de la soledad, descubriremos que no hay nada comparable a su amor. Lo que Oseas nos dice es que a ese desierto no se va en virtud de un mandato divino, sino atraídos por su fuerza seductora.

         Hoy se habla del eclipse de Dios. Pero ¿no será que se está produciendo una seducción por lo diferente, o por un estilo de vida más superficial? Estas historias siguen sucediendo hoy. ¿Nadie os ha contado ninguna?

Gonzalo Fernández

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         Es en su propia y terriblemente desgraciada vida conyugal, Oseas encontró los acentos más maravillosos para hablar del amor de Dios hacia su pueblo infiel: "Mi esposa infiel". El cap. 1 de Oseas nos relata la sombría historia de un marido engañado (él mismo), cuya mujer (Gómer) era prostituta. Sin duda, se trataba de una de esas mujeres que ofrecían sus cuerpos a las liturgias sexuales de Baal.

         Para comprender el drama de este profeta, hay que escuchar los nombres que Oseas decide dar a los hijos que Gómer le va aportando, dentro de su vida disoluta. Al 1º le llama Yizreel, nombre del palacio donde el general Jehú mandó degollar a toda la familia de su predecesor para apoderarse del trono. A la 2ª la llama Ruhama (lit. la no amada), al 3º lo llama Amni (lit. no mi pueblo). Todo parece acabado, pero el verdadero amor todavía no ha dicho la última palabra.

         La historia de Oseas es la historia de Dios con su pueblo: "A mi esposa infiel, yo voy a seducirla. La llevaré al desierto y le hablaré de corazón a corazón". Ésa es nuestra propia historia, la historia de una humanidad siempre tentada a la infidelidad, y a la que Dios no se cansa de perseguir con ternura.

         "Fue preciso que yo pasara por esto (dice Oseas), para comprender cuánto nos ama Dios". Es emocionante ver a este hombre decidido a volver a dar una oportunidad a su esposa infiel, hablando de ella con tanto afecto: "Le hablaré de corazón a corazón". Una oportunidad a la que ella (Gómer) responderá como en los días de su juventud: "Lo llamaré esposo mío, y no más Baal mío". Y ambos se volvieron a desposar para siempre. Ciertamente, es Oseas uno de los pasajes más cimeros de la revelación bíblica. 

         Después de la infidelidad de nuestros pecados, Dios sigue amándonos y sigue proponiéndonos su amor, con la misma ternura de siempre. Es como el canto primaveral y fresco de los primeros esponsales, en la ilusión del 1º amor. Pero la pareja ha de pasar la prueba, purificada por el sufrimiento y adquiriendo así para el futuro una solidez inquebrantable: "Será para siempre".

         Todo el evangelio de la misericordia está ya presente aquí, y hay que detenerse a contemplar ese corazón de Dios, capaz de amar de modo totalmente gratuito, e infinitamente desinteresado. Dios ama a los pecadores, y también a ese pecador que soy yo. En todo momento me da facilidades, y como no paraba de repetir Oseas: "Te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en ternura. Te desposaré conmigo en fidelidad y tú conocerás al Señor".

         La palabra amor traduce aquí un término hebreo importante: hesed. Ese término expresa la idea de un "lazo profundo, apasionado y visceral", una especie de solidaridad vital, un compromiso e inclinación afectiva. Se ve que se trata de algo que es mucho más que un sentimiento, o que un amorío. Oseas añade la idea de conocimiento: "Tú conocerás al Señor".

Noel Quesson

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         Desde hoy hasta el viernes leeremos algunos pasajes del libro de Oseas, un profeta que surgió después de Amós en el reino del Israel, a mediados del s. VIII a.C. y en años previos al destierro a Asiria que sufrió de este Reino del Norte. Se trataba de una época en que los reyes se iban sucediendo rápidamente unos a otros (casi siempre con violencia), y a nivel religioso el pueblo prefería el culto al dios fenicio Baal, por encima al culto a Yahveh (el Dios que le había elegido y libraro de Egipto).

         Lo específico de Oseas es que vive una doble dimensión, en su vida personal (sufriendo el drama de su mujer) y social (doliéndose por la infidelidad de Israel a su Dios).

         En efecto, Oseas se había casado con Gómer, con la que había compartido unos primeros años felices. No obstante, ésta se había convertido en una "cortesana sagrada de Baal", ofreciendo su cuerpo a los sacerdotes fenicios. A pesar de todo, Oseas sigue queriéndola, en un intento por recuperarla. En este hecho ve el profeta el símbolo de la tormentosa relación del pueblo elegido con Dios, y el amor de Dios a su pueblo a pesar de su pecado.

         En este relación religiosa, el esposo Dios intenta convencer a su esposa Israel, para que vuelva a él. Dios la corteja como antaño (como en el desierto), y está decidido a no dejarla perder, anunciando que está dispuesto a ofrecer por ella (¿como dote?) el derecho, la compasión y la fidelidad.

         Oseas intentó llevar esa experiencia de Dios con Israel a su propia vida familiar, pero ¿hago yo lo mismo? ¿O somos de los que siguen teniendo sus escapas infieles respecto a nuestra relación con Dios? Porque todos somos débiles, y corremos el peligro, como en toda vida matrimonial humana, de que se enfríe el amor, y nos veamos tentados al alejamiento.

         La relación esponsal entre Dios y su pueblo es descrita por varios profetas, mediante el simbolismo del matrimonio. En el evangelio también lo hace Jesús, presentándose a sí mismo como novio y esposo que se entrega por su esposa la Iglesia. En el Apocalipsis, uno de los momentos culminantes de la lucha entre el bien y el mal es la gran fiesta de las bodas del Cordero.

         Oseas nos transmite la voz emocionada de Dios, que nos anuncia su perdón y que nos quiere reconquistar mediante una nueva experiencia del desierto, para ver si recapacitamos y volvemos al fervor 1º. Él quiere que volvamos a mirarle con los ojos con que se miran los novios (llenos de ilusión y amor), y que abandonemos nuestros baales particulares, y le tengamos sólo a él como esposo.

         Sea cual sea nuestra situación personal, Dios nos invita a recomenzar de nuevo, a iniciar una nueva etapa de amor y fidelidad, evitando los devaneos y las idolatrías con las que nos tienta el mundo de hoy (y que el profeta considera como aventuras extramatrimoniales, o adulterios). El salmo responsorial de hoy nos ayuda a emprender este camino de vuelta con confianza: "El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas".

José Aldazábal

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         Estamos en el s. VIII a.C, en un Israel que pasa por un momento de prosperidad económica, y que se ha vuelto infiel al Señor a nivel religioso y moral. Efectivamente, en los santuarios de Betel y de Dan, dedicados al culto de Yhaveh, se han instalado altares a las divinidades fenicias, y el pueblo elegido se ve arrastrado por esas prácticas de la fertilidad, como algo nuevo que fascina a los israelitas.

         En un 1º momento, los nuevos dioses (y sus sacerdotes) se complacen en fomentar la fertilidad de los campos y de los animales, pero en un 2º momento dan paso al fomento de la fertilidad humana, llegando incluso a sacralizar la prostitución masculina y femenina. Es en este contexto es el que se esconde el trasfondo de las relaciones amorosas del profeta Oseas y su mujer Gómer.

         En su parte positiva, el texto de hoy viene a decirnos que así como los amantes se aman apasionadamente, así también (aunque en otro nivel, de virtud y tensión) es apasionado el amor que Dios tiene a su pueblo. Un Dios que a su pueblo lo lleva en el corazón y le habla en el desierto, como hacen los enamorados.

         Nuestro tema de reflexión hoy debe ser el amor. Pero no el amor de prostituta, sino el amor de mujer fiel, de corazón noble. El amor es una de las palabras imprescindibles en el lenguaje universal, y de todo ser vinculado a los demás y necesitado de los demás. Pero hemos de recordar que muchos utilizan ese amor para satisfacer sus apetencias e intereses. ¡Qué escaso es el amor puro, desinteresado y magnánimo!

         ¿Y qué hemos de hacer? Elegir y cultivar, principal o exclusivamente, el amor profundo, desinteresado y limpio. Ese amor es el que debe mantenerse en la entraña del ser pensante, afectivo, libre y voluntario, necesitado del otro y abierto al otro.

Dominicos de Madrid

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         Ubiquemos en 1º lugar al profeta Oseas y su mensaje, porque poco se sabe de este personaje. Sí que sabemos que era hijo de Beerí (leal de Jeroboán II de Israel, en el s. VIII), que se casó con una hieródula (prostituta sagrada) llamada Gómer, y que tuvo 3 hijos con nombres simbólicos: Yesrael (lit. Dios siembra), Ruhama (lit. la no misericordia) y Ammi (lit. el no pueblo).

         En efecto, escuchamos cómo el Señor ordena a Oseas que se case con una mujer iniciada en los ritos de prostitución fenicios, en un matrimonio que ha sido motivo de grandes discusiones por parte de los exégetas. ¿Se trata únicamente de una ficción literaria? ¿Fue realmente Gómer una prostituta sagrada, o una mujer que fue infiel a su marido? La mayoría de los exégetas aceptan esta última opción, como la causa de que Oseas tuviese que predicar más con el ejemplo que con las palabras.

         El libro de Oseas es una obra que desafía al hombre. Quizás alguno podrá escandalizarse de ello, pero los caminos de Dios no son los caminos de los hombres. Para comprenderlo hay que recorrerlo con la mente abierta, con la disposición de escucha, sin prejuicios ni condicionamientos, y habiendo vivido la experiencia del amor.

         Lo más impactante en la vida de Oseas es que, a pesar de la infidelidad de Gómer, él la siga amando, y siempre esté dispuesto a perdonarla. Y esta experiencia de amor le sirvió para comprender el amor de Dios con su pueblo. Dios es el marido, e Israel es la esposa que lo ha abanado para ir tras otros dioses (los baales fenicios). De ahí que Oseas hable de adulterio en vez de idolatría, porque lo hace desde la experiencia de un Dios que tiene el amor apasionado del esposo, capaz de perdonarlo todo para volver a comenzar.

Servicio Bíblico Latinoamericano

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         El cap. 2 de Oseas es todo él un poema de amor, de los más grandes poemas del AT, un poema del "amor mal pagado, y mantenido vivo a pesar de todo", según explica Schockel. En efecto, el Señor tiene 3 posibilidades ante la conducta de la mujer: "no permitirle que pueda irse con sus amantes" (vv.8-9), "castigarla con dureza" (vv.10-15) y "perdonarla y volver a empezar, en una nueva experiencia de intimidad" (vv.16-25).

         Si hubiese seguido Dios el criterio divorcista, hubiese proclamado (como hacía todo marido) que "ella no es ya mi mujer", y todo hubiera terminado. Por eso decide Dios seguir el criterio reconciliador, para no quedarse sin ella, ni dejarla abandonada a su suerte. No obstante, si ella no cambia, él si puede hacerlo. Quiere empezar de nuevo, sin venganzas pero sí reclamando una condición: un nuevo enamoramiento. Y para eso no necesita intermediario, sino manifestar la fuerza del amor: "La llevaré al desierto y le hablaré al corazón".

         Empieza así una nueva relación (v.18) que reconstruye la relación esposo-esposa, que prohíbe volver a nombrar a los baales, y que en lugar de castigo habla de "la justicia y el derecho, de afecto y de cariño" (v.21). Dios permite la recuperación de los hijos abandonados, y vuelve a formular la Alianza.

         Oseas muestra así las maneras en que se realiza la salvación: la Alianza y un nuevo orden. En 1º lugar nos habla de un nuevo pacto, o nuevo matrimonio entre Dios e Israel. Y en 2º lugar nos muestra las consecuencia de ese nuevo pacto: el alejamiento de los baales (pues ese acercamiento a Baal es el que había roto el pacto). El nuevo pacto llegará a su plenitud con el conocimiento, es decir, con el el amor íntimo.

         El Dios de Oseas es un Dios fiel a la Alianza, un Dios amor puesto en práctica, un Dios tierno que ama hasta el extremo y que sabe perdonar.

Servicio Bíblico Latinoamericano

b) Mt 9, 18-26

         Mientras Jesús les hablaba de esto se presentó un personaje que se puso a suplicarle diciendo: "Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, aplícale tu mano y vivirá" (v.18). Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos.

         La fórmula inicial "mientras Jesús les hablaba" indica la unión temática entre esta perícopa y la anterior. El personaje (o jefe) que llega manifiesta una fe en la acción de Jesús comparable a la del centurión (Mt 8, 5-13). La situación es semejante, pero su caso es más grave: la hija acaba de morir. Jesús no responde palabra, simplemente se levanta y lo sigue con sus discípulos.

         En esto una mujer que sufría de flujos de sangre desde hacía doce años se le acercó por detrás y le tocó el borde del manto pensando: "Con sólo tocarle el manto, me salvaré" (v.21). Una mujer enferma se mezcla al grupo de discípulos que sigue a Jesús, enferma de una enfermedad (flujos de sangre) que la hace impura. La ley le prohibía terminantemente tocar a cualquier persona, para no comunicar su impureza. El nº 12, aplicado a los años de su enfermedad, es una clara alusión a Israel.

         La mujer enferma representa al pueblo, cuya única posibilidad de curación se encuentra en renunciar a la ley que le impide el contacto con Jesús. Con su doctrina y acción universalista, por su contacto con los pecadores (Mt 9, 10-13), Jesús se ha salido de la ortodoxia de Israel. Técnicamente, Jesús sería el impuro. Pero, realmente, el impuro (es decir, el que no tiene acceso a Dios; Mt 1,25) es Israel. Para encontrar salvación ha de darle su adhesión y mostrarle su confianza renunciando al exclusivismo y separación que le impone la ley.

         La fe de la mujer es comparable a la del jefe, y su certeza de curación es total. En ambos casos, Israel ve que su única salvación está en Jesús. El vestido equivale a la persona. Jesús había curado con su contacto al leproso (Mt 8, 3) y a la suegra de Pedro (Mt 8, 15). La unión de estas 2 figuras muestra de nuevo que la enfermedad de esta mujer es el judaísmo exclusivista, y éste es el que causa su impureza (Mt 8, 3).

         Jesús se dirige a ella como antes había hecho al paralítico (v.22): "¡Animo!". Y como a aquél lo había llamado hijo, a ésta la llama hija. Israel reconoce su situación de pecado. La frase "tu fe te ha salvado" incluye la liberación afirmada por Jesús para el paralítico (Mt 9, 2).

         El término hija, que se aplica figuradamente al pueblo personificado en su capital (Zac 2, 11), pone a esta mujer en relación con la hija del jefe de la sinagoga. Ambas son figuras de Israel; la 1ª describe la causa de su mal (su exclusivismo) y la 2ª simboliza que ese mal lleva al pueblo a la ruina definitiva (a la muerte). El padre/jefe ha sido incapaz de mantenerla en vida.

         Para Jesús, sin embargo, esa muerte no es necesariamente definitiva. Utiliza para designar a la hija el término korasion (lit. muchacha), que designa a la jovencita apta ya para el matrimonio. Con esa denominación Jesús la hace pasar de la situación dependiente (mi hija; v.18) a la de independencia (muchacha; vv.24-25). En su nueva condición puede volver a la vida por el contacto con Jesús. Ahí está la única esperanza para Israel; se requiere el acercamiento de Israel a Jesús (mujer con flujos), renunciando a su sometimiento a la ley, que le impide hacerlo.

         Hay una multitud que se ríe de la esperanza que abre Jesús. Israel vuelve a la vida como futura esposa (muchacha). Jesús es el esposo (Mt 9, 15) a quien está destinada y que le ofrece su Alianza (Mt 26, 28). La fama de Jesús se extiende.

Juan Mateos

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         Una de las características de Mateo es la de agrupar pasajes de Jesús. En este caso tenemos 2 capítulos (Mt 8 y 9) donde ha agrupado una serie de milagros, en los que lo característico es la Palabra (Mt 8, 16). Después de los 3 primeros milagros, encontramos un resumen donde se nos da el sentido de esto: Jesús no es un hacedor de milagros, sino que estos signos son "para proclamar la Buena Noticia del Reino, sanando toda enfermedad y dolencia" (Mt 9, 36).

         Como se ve, la unidad destaca que el Reino que Jesús predica tiene una fuerza interna que le permite enfrentar las fuerzas del anti-Reino (demonios, enfermedades, tempestad, la muerte). Y eso lo hace con la palabra (la misma que llama a Mateo y lo hace abandonar su pasado, o que llama a los demás).

         Jesús se encuentra, probablemente, en una casa y se levanta para acceder al pedido del jefe. Su respuesta es práxica, y curiosamente nos dice que Jesús "lo seguía", verbo usado con Jesús como objeto, y no como sujeto en el resto del evangelio (2Re 4,30).

         La mujer con hemorragias (Lv 15, 19-33) es impura, y hace impura a quien ella toca (Lv 15, 19). Quizás por eso ella se acerca por detrás, con la intención de no ser vista. Pero a diferencia de eso, lo que se ha comunicado es la salvación. La curación no fue un acto de magia, sino motivada por la fe de la mujer (Mt 8, 10). Y no fue causada por tocar el manto, sino por la palabra de Jesús. Este relato termina de un modo clásico (Mt 8,13; 15,28; 17,18) que Mateo prefiere al "vete en paz".

         Al llegar a casa del jefe, Jesús observa los que tocan flautas. Esto es característico de los funerales judíos, como relata el cronista Flavio Josefo:

"Se dijo que Josefo había muerto en la destrucción de la ciudad, noticia que afligió hondamente a los de Jerusalén. Los demás muertos fueron llorados por sus parientes o sus amigos; pero la muerte del general fue un duelo público. Unos lloraban a un huésped, otros a un pariente, a un amigo, o un hermano; pero todos derramaron lágrimas por Josefo. Durante 30 días, no cesaron las lágrimas y los lamentos; muchos se disputaban a los tocadores de flautas para acompañar los cánticos fúnebres  (Guerras Judías, III, IX, 5).

         La gente puede estar conformada por las plañideras profesionales, los que se ocupan de la comida y los que van a consolar a los parientes de la difunta. Sin decirnos la edad, Mateo corrige a Marcos y donde decía niña precisa muchacha.

         La frase "no está muerta, sino dormida" ha servido a muchos para afirmar que la joven todavía no había muerto. Algunos piensan que la muerte fue introducida en una 2ª etapa redaccional. De hecho, la idea de dormir como sinónimo de muerte es frecuente (Jn 11,11-14; Dn 12,2; Hch 7,60; 13,36; 1Cor 7,39; 11,30; 15,6.18.51; Ef 5,14), y 11,5) e indica que Jesús resucitó muertos. Mateo transmite que la niña estaba realmente muerta.

         Es común que se busque la intimidad ante el milagro, especialmente frente a una resurrección (1Re 17,19; 2Re 4,4.33; Hch 9,40) o ante la burla (Mt 7, 6). La palabra aramea que Marcos conserva (talitá kum) podía entenderse de un modo mágico, y probablemente por eso Mateo la omite. Al tomarla de la mano, la muchacha "se levantó", término que suele usarse para levantarse de una cama o para levantarse de la muerte (resucitar). Mateo termina el relato abruptamente evitando toda curiosidad, e indicando la difusión del hecho por toda la tierra (de Cafarnaum). Jesús sigue derramando salvación con su presencia y su palabra.

Fernando Camacho

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         Un jefe de la sinagoga se acercó a Jesús, se prosternó y le dijo: "Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, aplícale tu mano y vivirá". Se trata de un notable, un jefe de poblado. Responsable de la reunión del culto de cada sábado. Es ante todo un pobre hombre aplastado por el dolor: su hija ha muerto. Pienso en su pena. Es algo sorprendente la confianza que ese hombre tiene puesta en Jesús: ¡Todavía no ha resucitado a ningún muerto! Es una verdadera fe en lo imposible, y se atreve a pedirlo.

         "Ven, y aplícale tu mano". La mano de Jesús. Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos, de forma inmediata. Una vez más, conviene contemplar detenidamente los sentimientos de Jesús. ¿Qué es lo que piensas, Señor? ¿Qué actitud me sugieres? Pues tus gestos son también palabras.

         En esto, una mujer que sufría de flujos de sangre desde hacía 12 años se le acercó por detrás y le tocó el borde del vestido. Jesús se volvió y al verla le dijo: "Animo, hija, tu fe te ha curado". Y desde aquel momento quedó curada.

         Marcos relata esa escena con muchos detalles, mientras que Mateo sólo valora la fe. Pero ambos evangelistas subrayan que la fe de esta mujer es bastante ambigua, mezclada de creencia casi mágica, incipiente e imperfecta y ¡tan simple en el fondo! Nos sucede también a nosotros que nuestra fe no es perfectamente pura, que por ejemplo, tiene un carácter interesado. Señor haz que crezca nuestra fe.

         ¡Curar! Cuando envía sus apóstoles en misión, en el discurso que seguirá inmediatamente (Mt 10, 8), Jesús pide a sus discípulos que "curen a los enfermos", y hoy repite la misma consigna: el que anuncia la Buena Nueva debe también curar a los demás. El amor es el mandamiento nuevo, el que mejor cura a los enfermos.

         Jesús llegó a casa del jefe de la sinagoga, y al ver a los flautistas y el alboroto de la gente dijo: "Apartaos". Los 3 evangelistas han notado este movimiento de humor descontento de Jesús: Fuera todos, que aquí hay mucho alboroto, y "la niña no está muerta, sino dormida".

         Será la misma imagen la que utilizará después hablando de la muerte de Lázaro: "Vayamos a despertar a nuestro amigo" (Jn 11, 11). Para Jesús, la muerte no tiene el carácter temible y definitivo que le damos naturalmente, sino que es más bien una especie de sueño del cual Dios tiene el poder del despertar. Debo esforzarme constantemente en ver todas las cosas y situaciones como las mira Jesús. Así, la muerte, ¿sigue siendo algo terrible para mí? Vuelvo a leer la fórmula de Jesús, y en el fondo de mí mismo experimento la paz profunda que manifiesta: "esta niña está dormida". La aplico también a mis difuntos, y ruego por ellos.

         Pero ellos se reían de él. Cuando echaron a la gente, entró Jesús, cogió a la chiquilla de la mano y ella se puso en pie. La noticia del hecho se difundió por toda la región. Tal es la 1ª resurrección obrada por Jesús, un gesto muy sencillo y sin ninguna grandiosidad. Y sin embargo, se habían reído de él. ¿Por qué le cuesta tanto al hombre confiar en Dios? Señor, sana nuestros corazones enfermos.

Noel Quesson

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         Mateo nos narra hoy 2 milagros de Jesús, intercalados el uno en el otro: un hombre le pide que devuelva la vida a su hija (que acaba de fallecer), y una mujer queda curada con sólo tocar la orla de su manto. Ambas personas se le acercan con mucha fe y obtienen lo que piden. Jesús es superior a todo mal, cura enfermedades y libera incluso de la muerte. En eso consiste el reino de Dios, la novedad que el Mesías viene a traer: la curación y la resurrección.

         En los sacramentos es donde nos acercamos con más fe a Jesús y le tocamos, o nos toca él a nosotros por la mediación de su Iglesia, para concedernos su vida. En el caso de aquella mujer, Jesús notó que había salido fuerza de él (como comenta Lucas en el texto paralelo). Así pasa en los sacramentos, que nos comunican no unos efectos jurídicamente válidos (porque Cristo los instituyó hace 2000 años) sino la misma vida de Jesús, que él nos transmite hoy y aquí, desde su existencia de Resucitado. Como dice el Catecismo, "los sacramentos son fuerzas que brotan del cuerpo de Cristo, siempre vivo y vivificante" (CIC, 1116).

         El dolor de aquel padre, y la vergüenza de aquella buena mujer, pueden ser un buen símbolo de todos nuestros males, personales y comunitarios. También ahora, como en su vida terrena, Jesús nos quiere atender y llenarnos de su fuerza y su esperanza. En la eucaristía se nos da él mismo como alimento, para que, si le recibimos con fe, nos vayamos curando de nuestros males.

José Aldazábal

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         Hoy la liturgia  nos invita a admirar 2 magníficas manifestaciones de fe, y tan magníficas que merecieron conmover el corazón de Jesucristo y provocar una inmediata respuesta. El 1º testimonio es el del jefe de la sinagoga, que le dice a Jesús: "Mi hija acaba de morir. Pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá" (Mt 9, 18). Casi podríamos decir que las personas solemos obligar a Dios. Pero a él le gusta esta especie de obligación. El 2º testimonio es el de una mujer enferma, que pensó que "con sólo tocar su manto, me salvaré" (Mt 9, 22).

         Se podría afirmar que Dios se deja manipular de buen grado por nuestra buena fe. Y que lo que no admite es que desconfiemos de él (como le pasó a Zacarías, quien pidió una prueba al arcángel Gabriel; Lc 1,18). Es él mismo quien quiere obligarse y atarse con nuestra fe: "Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá" (Lc 11, 9). Él es nuestro Padre, y no quiere negar nada de lo que conviene a sus hijos.

         Pero es necesario manifestarle confiadamente nuestras peticiones; la confianza y connaturalidad con Dios requieren trato: para confiar en alguien le hemos de conocer; y para conocerle hay que tratarle. Así, "la fe hace brotar la oración, y la oración alcanza la firmeza de la fe", según San Agustín. No olvidemos la alabanza que mereció la Virgen María: "Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor" (Lc 1, 45).

Antoni Carol

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         El texto de Mateo entrelaza en forma magistral 2 relatos que tienen como espacio las preocupaciones familiares cuyo centro es la mujer, en una doble perspectiva: una niña que ha muerto (y que no puede pasar a la vida adulta) y una adulta muerta en vida (por su impureza de sangre). Esta es una historia de mujeres, narrada con intimidad y con una fuerza grande de salvación y liberación, donde se rescata a la mujer del poder de la muerte.

         La narración se desarrolla en 3 momentos: la petición del magistrado a Jesús de imponer su mano (tocar) a su hija muerta, el ser tocado por la hemorroisa y la resurrección de la niña. La relación de las 2 escenas no es simplemente narrativa, pues la una se ha introducido en el espacio de la otra. La relación es profunda a nivel temático porque los 2 relatos hablan de la mujer que ha perdido la vida o la tiene amenazada.

         Tocar a Jesús es encontrar la fuerza que necesita la hemorroisa para liberarse del mal que le había quitado la vida. La mujer toca el manto de Jesús, y al hacer esto siente que su cuerpo se ha curado. Seguidamente nos encontramos con el diálogo que Jesús establece con la mujer y que tiene como objetivo mostrar el poder purificador de su palabra que salva, libera y reincorpora con dignidad a la vida normal.

         En el 2º relato, toda la escena está construida con los elementos de muerte que han truncado la vida. Jesús dice que la niña no está muerta sino que duerme, no porque crea que todavía vive ni porque piense que la muerte es un sueño, sino porque el sueño del que Jesús despierta a los hombres es la muerte. De esta manera Mateo coloca los elementos más esenciales sobre la resurrección, la cual debe ser entendida como un nuevo nacimiento o reincorporación a la vida, tras haber sido ésta sido truncada.

         Llama la atención en el texto el que Jesús acepte la petición del magistrado, imponer las manos a su hija muerta, y que divulgue abiertamente haber sido tocado por la hemorroisa, en vez de ocultar estos hechos para protegerse de la impureza. Pero lo que más sorprende es que Mateo no alude para nada a que Jesús se someta a los ritos de purificación ordenados por la ley para estos casos, quedando entonces en una situación de pecado, marginalidad y muerte social.

Severiano Blanco

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         El grupo de Juan Bautista critica la actitud festiva de los discípulos. Jesús evidencia la novedad de su propuesta con una comparación: "No se echa vino fresco en odres viejos". En medio de esto, un funcionario lo interrumpe para pedir la curación de su joven hija. Jesús lo atiende inmediatamente, y con su grupo emprenden el camino.

         En el camino, una enferma de hemorragias se acerca y toca el borde del manto de Jesús. Un gesto que estaba prohibido en la cultura judía, pues una mujer no podía mirar a un hombre en público, y mucho menos tocarlo. A la vez, su enfermedad la hacía impura, por lo que debía permanecer aislada de la vida social y familiar. Esta mujer estaba, por tanto, doblemente excluida, por enfermedad y por sexo. Sin embargo, se arriesga a tocar a Jesús, rompiendo las barreras culturales.

         La respuesta de Jesús sorprende a los espectadores: no la rechaza ni la regaña, sino que la felicita, y reconoce en ella la fe que transforma la realidad y posibilita su curación.

         Prontamente, Jesús continúa su camino, y al llegar a la puerta de la casa del funcionario encuentra un cortejo fúnebre, preparando la sepultura de la joven. El cortejo se burla de la intención de Jesús, pero éste los enfrenta y los saca de la casa. Después se acerca a la adolescente y le restaura la salud. Este gesto dignifica a la niña (postrada por la enfermedad) y la devuelve al seno de su familia.

         La salud restaurada, tanto de la mujer mayor como de la adolescente, son el símbolo de la nueva realidad que irrumpe con Jesús. Una realidad donde todos tienen espacio y que se difunde por toda la comarca.

José A. Martínez

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         El encabezamiento que sirve de marco al pasaje suministra la perspectiva en que debe ser interpretado. Jesús ha estado hablando de la caducidad de las instituciones de Israel y, por consiguiente, de la incompatibilidad entre las mismas y su mensaje. Ligado a esa ocasión con un "mientras Jesús les hablaba", se presenta un doble relato que afecta a 2 israelitas: un archisinagogo (o jefe de sinagoga, que irrumpe en la vida de Jesús) y una mujer con flujos de sangre (que llevaba 12 años de padecimientos, con un nº 12 en clara alusión a Israel).

         Se trata de un episodio centrado en el tema de la impureza. El tipo de enfermedad sufrida coloca a la mujer en la categoría de las excluidas, y la hacer caer bajo una legislación judía que le impedía tocar a nadie, para no transmitir dicha impureza.

         A pesar de esa prohibición, la mujer se mezcla entre el cortejo de los discípulos, y logra tocar el borde del manto de Jesús. Y través del contacto con el manto establece el contacto con la persona que lo endosa. La acción convierte a Jesús en un impuro, según las categorías de la ley. Y sin embargo, el evangelista señala que la única forma de superar la impureza se da en ese contacto. Se constata, por tanto, una paradoja: quien realmente es impuro es el pueblo (representado en la mujer), y su sanación sólo puede efectuarse en su acercamiento a Jesús.

         Si Jesús hubiese quedado impuro, se hubiese producido otra paradoja: el impuro no debería tener acceso a Dios, y sin embargo es el único que ha aportado la salvación. La superación de las prescripciones de la ley (en el acercamiento) y la adhesión a Jesús (por la fe) son los únicos medios de obtener la gracia salvífica de Dios.

         El mismo sentido reviste el episodio del archisinagogo, gran marco en que se inserta el episodio anterior. Primeramente (vv.18-19) se relata el recurso a Jesús por parte de un jefe de sinagoga judía, el motivo de ese recurso y la marcha de Jesús tras el personaje. La situación del magistrado judío es desesperada: su hija acaba de morir. Sin embargo, el personaje tiene la certeza (como la hemorroisa) de la eficacia del recurso a Jesús, y también es él consciente de que la única posibilidad de salvación reside en la fe y en la adhesión a Jesús.

         La muerta, lo mismo que la enferma, es una hija (vv.18 y 22) que como en Zac 2,11 y otras profecías es también el título del pueblo. En el 1º caso se señala que el pueblo ha sido conducido a la muerte, luego sus prácticas adolecen de la posibilidad de mantenerse en vida.

         Jesús afirma que esa muerte no es definitiva y se dirige a ella con el término muchacha, término que indica la capacidad para el matrimonio y que conecta con la escena anterior (v.15), en que se había hablado del Esposo. En la cercanía a éste (al Esposo) puede recuperar la vida. Los presentes se ríen de esta pretensión de Jesús, pero el contacto con Jesús devuelve la vida a la muchacha.

         Sólo la adhesión a Jesús, superando para ello todos los obstáculos (de la ley y de los flautistas), se presenta como posibilidad de vida. Esto vale tanto para lo que está muerto como para lo que está enfermo, según aparece en los 2 hechos relatados. Y esta adhesión, único camino para la salvación de Israel, se presenta también hoy como único camino para la humanidad.

Confederación Internacional Claretiana

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         El relato de hoy de Mateo está también recogido en el evangelio de Marcos, pero Mateo transforma al jefe de la sinagoga en un administrador civil, y omite el nombre (Jairo). Se trata de un caso más grave que el caso del criado del centurión (Mt 8, 5-13), porque la niña acaba de morir. Mateo no hubiera permitido un milagro para un líder judío en este caso Jesús hubiera estado ritualmente impuro por el contacto con la mujer enferma.

         En el camino, sale a su encuentro una mujer que padece flujo de sangre, lo que la hace impura. La ley prohibía tocar a cualquier persona porque la hacía impura. Que llevara 12 años enferma alude simbólicamente a las 12 tribus de Israel, luego la mujer enferma representa al pueblo judío, cuya única curación podría venir de contactar con Jesús.

         La fe de la mujer es semejante a la del jefe de la sinagoga judía. Ambos tienen certeza de que el Señor puede obrar un favor. En ambos casos, Israel ve que su salvación está en Jesús. Jesús se dirige a la mujer y la llama hija, diciéndole: "Tu fe te ha salvado". En Marcos la curación se obra por el contacto de la mujer con la orla del vestido de Jesús, mientras Mateo enfatiza la autoridad de Jesús y la fe de la mujer.

         Jesús también domina la escena en la casa del magistrado judío. El funeral estaba ya casi listo, en la ausencia del padre. Jesús despide a la gente con la afirmación de que la niña no está muerta sino solo dormida. Todos se reían de Jesús. Estar dormida o estar muerta podían ser 2 expresiones del mismo fenómeno, pero Jesús pensaba en la verdadera resurrección, cuando al final de los tiempo resucitaría. Como la niña seguía dependiendo del padre, Jesús reconoce que el auténtico padre es Dios, y llama a la niña muchacha (lit. desposable) para independizarla del padre, insertándola en una nueva condición en la que ella puede decidir si vuelve a la vida (por el contacto con Jesús).

         Israel requiere de una nueva manera de vivir en contacto con el Señor, renunciando a su vieja y caduca ley (en el caso de la hemorroisa) y capacitándose para el nuevo matrimonio con Jesús (en el caso de la muchacha muerta). Jesús es el esposo de Israel, que ofrece su Alianza a todos los judíos.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         Jesús suele alternar los encuentros colectivos e individuales, sin solución de continuidad. Y en muchas ocasiones le vemos rodeado por la multitud, dirigiendo la palabra a grupos numerosos y atendiendo a la persona que se le acerca para solicitar un favor.

         Es lo que se pone de relieve en el pasaje evangélico de hoy, en que mientras Jesús hablaba (se supone que a un grupo de personas) se acercó a Jesús un personaje, que se arrodilló ante él y le dijo: Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, ponle la mano en la cabeza y vivirá.

         El término empleado por Mateo da a entender que el personaje que se acerca a Jesús es alguien que ocupa un alto rango en el escalafón social. Pero en su presencia no deja de ser sino un mendicante que implora un beneficio del posible benefactor. Por eso, adoptando esta actitud se arrodilla ante él.

         Se arrodilla porque se trata de su hija, una hija a la que acaba de perder. Posiblemente era esa hija su mayor tesoro, y por ella estaría dispuesto a darlo todo.

         Aquel hombre muestra una gran confianza en Jesús y en su poder de sanación, pero entiende que semejante acto requiere proximidad y contacto. Y por eso reclama su presencia, diciendo: Ven, ponle la mano en la cabeza y vivirá. Bastará este contacto milagroso para que su hija recupere la vida que acaba de perder. Es esta convicción la que la ha llevado ante él.

         Una convicción similar muestra tener esa mujer enferma de hidropesía, que padecía hemorragias desde hacía doce años y que, pensando que con tocarle el manto bastaría para curarse, se acercó por detrás a Jesús y le tocó.

         Aquel mínimo contacto con lo más exterior del Maestro, el manto con el que se cubría, la curó realmente. No obstante, Jesús refrenda el hecho con sus palabras, porque dirigiéndose a esta mujer que quería pasar inadvertida, le dijo: Ánimo, hija, tu fe te ha curado.

         De nuevo la fe y su extraordinario poder. Pero no sólo la fe, sino la fe y el contacto con el sanador. La fe le había acercado a Jesús, y de éste había salido la fuerza curativa que le proporciona la salud. No hay milagro sin fe, pero tampoco hay milagro sin Dios, pues la misma fe que opera el milagro es fe en el poder de Dios (el cual se deja ver en sus mediaciones y mediadores).

         Jesús continúa su camino, porque tiene otra cita y otro compromiso. Y llegado a la casa del personaje que había solicitado angustiosamente su presencia, se encuentra con el alboroto de la gente. Jesús los echa fuera a todos, afirmando que la niña no está muerta, sino dormida. Eso provocó la risa desatada y burlona de los presentes, pero él entró en la estancia de la niña, la tomó de la mano y al instante ella se puso en pie, recuperando la vida.

         La noticia se divulgó por toda la comarca, y no era para menos, pues por lo visto a Jesús no se le resistía ni siquiera la muerte, y si antes curaba a los enfermos, ahora resucita a los muertos. De ahí que, asombrados, los paisanos de aquella comarca dijesen: ¿Quién es éste, que hasta la enfermedad y la muerte le obedecen? ¿Quién es éste, que tiene en su poder no sólo curar a un enfermo, sino devolver la vida a un muerto?

         Es Jesús de Nazaret, le respondieron sus acompañantes a aquel ciego que, al oír el alboroto del gentío, preguntó lo mismo. Lo que quizás no supieran aún con claridad es que ese Jesús era nada menos que el Verbo encarnado o el Hijo de Dios hecho hombre.

         Sólo esto podía explicar suficientemente el asombro que tales obras provocaban en aquellas gentes sencillas, que no hallaban explicación para las mismas. Pidamos al Señor que mantenga nuestra capacidad de asombro ante todos estos fenómenos que nos transcienden, que superan nuestra ciencia y nuestra técnica.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 08/07/24     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A