9 de Julio

Martes XIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 9 julio 2024

a) Os 8, 4-7.11-13

         El profeta Oseas, centinela de Dios, interpreta en el texto de hoy el sentido teológico de los grandes acontecimientos que afectan interna y externamente a la vida del pequeño reino de Israel. Y sus palabras explican la inminente llegada del ejército de Tiglatpileser III de Asiria, que desde hacía tiempo presionaba hacia el oeste, como un juicio de Dios sobre Israel. En un momento en que se juega una política mundial de gran envergadura, el profeta interpreta la política de Dios, y vuelve a aparecer el binomio pecado-destrucción.

         El castigo es presentado como consecuencia natural del pecado, y no como resultado de un juicio externo y arbitrario: Israel rechaza al Señor, porque rechaza el bien. La contradicción que denuncia enérgicamente Oseas es que el pueblo sigue invocando a Dios en el culto, y proclamando que es su Dios ("te conocemos, Dios de Israel"), pero en el fondo rechaza el bien (v.2).

         La réplica de Oseas es enérgica, y reitera que el culto es una parodia de fe si no va acompañado por la práctica del bien. Las discrepancias entre el culto y la moral son provocativas, y de aquí el juicio fuertemente sarcástico del profeta: "Efraim multiplicó sus altares para pecar, y sólo para pecar le han servido. Inmolan y ofrecen víctimas y comen sus carnes, pero Dios no se complace en ellas" (vv.11.13). Por tanto, no sirve decir "eres mi Dios", si esas palabras no se traducen en obras. Por el contrario, las obras sí que pueden ocupar el lugar de las palabras.

         Se trata de la misma denuncia que hará Jesús: "No todo el que dice Señor, Señor entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre" (Mt 7, 21). He aquí la gran recriminación de Oseas, pues llegado el momento de peligro, Israel ha buscado su seguridad y su apoyo fuera de Dios ("en Egipto", lugar de su esclavitud). Por tanto, la fe significa apoyarse en Dios, del que ya se ha experimentado la liberación de Egipto. Rehusar el avance con Dios hacia un futuro todavía abierto, para volver a la existencia materialmente asegurada en la esclavitud de Egipto, es el pecado constante de lsrael.

Frederic Raurell

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         Nos dice hoy Oseas, hablando en nombre de Dios, que "los hijos de Israel han puesto reyes sin contar conmigo, y han puesto príncipes sin saberlo yo". Como se ve, Dios reivindica su derecho a decir su propia postura para todos los dominios, incluso en la política y en aquellos donde más comprometida está la moral y el bien de los hombres, la justicia social y el respeto del derecho.

         En 2º lugar, sigue diciendo Oseas que "con su plata y oro se han hecho ídolos, para su propia destrucción", y por eso "rechazo tu becerro de oro, Samaria, y mi cólera se ha inflamado contra vosotros. ¿Hasta cuándo permaneceréis en la impureza?". El profeta habla en nombre de Dios para condenar la contaminación de la auténtica religión por una religión idolátrica, y porque el estricto monoteísmo (un solo Dios) se ha ido acomodando a las prácticas paganas.

         Por el hecho de vivir entre poblaciones fenicias, los hebreos habían ido consintiendo en introducir elementos del culto a Baal, dios fenicio de la fecundidad y la naturaleza, simbolizado por un toro. Y en su honor habían empezado a desarrollar frenéticos ritos sexuales, como forma de súplica al dios para obtener abundantes cosechas y sanos rebaños (como ya se vio en el caso de la mujer de Oseas, hieródula o prostituta sagrada de Baal).

         Leyendo al profeta Oseas, y dejando de lado los detalles que manifiestan una civilización distinta a la nuestra, encontramos aquí uno de los problemas de nuestro tiempo: la contaminación de la fe auténtica, debido al materialismo ambiental ("el oro y la plata"). La sexualidad, y los ídolos, son fenómenos también muy actuales, por muy incapaces que éstos se muestren a la hora de satisfacer el hambre profundo del hombre.

         El becerro de Samaria "quedará hecho trizas", asevera Oseas, que continúa diciendo: "Puesto que sembraron viento, segarán tempestad. El trigo no dará harina, y la que diere la tragarán los extraños". El castigo subraya el carácter ilusorio y vacío de los ídolos, que no son sino viento.

         En efecto, los israelitas esperan que Baal fertilice los campos. Pues bien, concluye Oseas, "el trigo será hueco, y carente de harina". Y el envilecimiento de la población conducirá a las derrotas militares, con sus clásicas razzias, pues "los vencedores vaciarán los graneros y las bodegas".

         Posiblemente, nuestra sociedad de consumo, que es también sociedad de placer e idolatría, ya tiene dentro el veneno de su propia destrucción. Sobre todo porque los hombres, faltos de valentía y vacíos de todo ideal noble y profundo, se embrutecen progresivamente para desaparecer el día de su muerte, sin transmitir nada a sus sucesores.

         ¿Y qué diría Oseas, si regresara hoy día a la tierra? Que el Señor recordará las culpas de su pueblo, y contará sus pecados, y lo devolverá a Egipto. Ayer escuchábamos la revelación sorprendente del amor de Dios, y hoy oímos otra verdad complementaria y no menos importante: Israel tiene una vocación única entre todos los pueblos, y debe ser el testigo de la Alianza. Para eso fue liberado de la esclavitud en Egipto, y si no desempeña su papel, "volverá a la esclavitud".

Noel Quesson

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         El profeta Oseas enumera hoy algunos de los grandes pecados de Israel, como el de su infidelidad a la Alianza. No cuenta con Dios, no le pide consejo, se construye ídolos para adorarlos, y su vida moral está descafeinada y relajada.

         Por eso, anuncia también Oseas una serie de castigos: "Sembrarán vientos y cosecharán tempestades" (es decir, que caerán en la fosa que ellos mismos se están cavando) y "volverán a Egipto" (pues está a punto de suceder el destierro de Israel a Asiria, un lugar igual o peor que el esclavista Egipto).

         Cuando hablamos de idolatría, nos viene de improviso pensar en las estatuillas de piedra a las que los idólatras le rinden culto, a pesar de saber que son hechura de sus manos. Pero todos somos idólatras cuando levantamos altares y prestamos nuestra atención a los dioses que nosotros mismos nos hemos fabricado. No serán estatuillas, pero sí el dinero, el poder, el placer, el éxito o la ideología. Somos idólatras cuando damos a los valores secundarios la importancia que sólo los últimos merecen, y faltamos al primero y principal de los mandamientos: "No tendrás otro Dios más que a mí".

         ¿Nos extrañamos, por tanto, de nuestra esterilidad, y de nuestros fracasos, y del deterioro de la sociedad y de la Iglesia? Pues bien, todo eso es culpa nuestra, porque "sembramos vientos que traen tempestades", a corto o a largo plazo. El salmo responsorial de hoy, no sin ironía, describe este fallo básico: "Sus ídolos son plata y oro, hechura de manos humanas, y tienen boca que no habla. Que sean igual los que los hacen, y cuantos confían en ellos". Se trata de ídolos que no valen para nada, y sin embargo la gente los sigue adorando, y poniendo en ellos su confianza.

         Nosotros, por el contrario, deberíamos pertenecer al pueblo fiel de la Alianza: "Israel confía en el Señor, él es su auxilio y su escudo". Deberíamos rendir culto sólo a Dios, y relativizar todas las demás cosas y a nosotros mismos.

José Aldazábal

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         El pueblo de Israel, a pesar de todas las manifestaciones de amor que ha recibido de Dios, ha roto su Alianza y ha dejado de tener en Dios al único Dios exclusivo y soberano, quebrantando así la ley. Y todo esto que había hecho de Israel un pueblo diferente a los demás, ahora ha perdido su especificidad, y por eso volverá a Egipto (fam. al destierro) para recomenzar su historia.

         El profeta Oseas es el que anuncia todo esto a su llegada a Samaria, y lo manifiesta en un capítulo lleno de simbología que es necesario interpretar, para comprender el alcance de la decadencia del Reino del Norte. Veamos esas simbologías.

         En 1º lugar, "nombráis reyes sin contar conmigo". Desde el 1º rey de Israel, Saúl, el pueblo necesitaba la aprobación de Dios (del profeta) para su legitimación, pero en el Reino del Norte se sucedían reyes y reyes sin más (casi siempre asesinados por sus sucesores, en rebeliones contra el trono). La fidelidad del reino a su único Dios se ha roto.

         En 2º lugar, "con la plata y el oro os hacéis ídolos para la perdición". Con cierta ironía, denuncia Oseas una nueva manifestación de traición a la Alianza. Samaria era un pueblo agrícola, y por eso sus habitantes se habían fabricado pequeñas imágenes de Baal y Astarté (dioses fenicios de la fertilidad, a los que invocaban para obtener una rica agricultura). El profeta considera que los valores del pueblo se han perdido, y ha dejado de tener a Dios como sostén .

         En 3º lugar, "inmoláis víctimas que al Señor no agradan". Se trata del problema del culto vacío, que no se traduce en vida. E incluso de una religiosidad sincretista, que pone velas tanto a Dios como a los baales. De ahí que los altares sólo hayan servido para pecar, porque en sus cultos estaban traicionando a Dios.

         En 4º lugar, "sembráis viento y cosecharéis tempestades". El profeta se refiere al culto a los baales fenicios, a cuyo servilismo se habían puesto los israelitas. De ahí que no sea ilógico pensar en una próxima invasión extranjera hacia Israel. También se puede concluir que el que arroja a Dios de su vida, o el que deja de lado esa Alianza de amor que el Señor le propone, se apartará del bien y elegirá vivir con su enemigo. 

         Israel se aproxima al juicio, bien advertido. Pero nosotros, ¿nos mantenemos íntegros en Jesucristo, el Hijo de Dios? ¿O preferimos fiarnos de las fuerzas extrañas, e incluso de nuestros enemigos? Oseas nos propone una serie de preguntas que nos ayudan a contestar el anterior dilema, y, para ayudarnos a esclarecer si hemos roto la Alianza o si permanecemos en ella.

Servicio Bíblico Latinoamericano

b) Mt 9, 32-38

         Mientras salían los ciegos por las calles, le presentaron a Jesús un endemoniado mudo. Jesús echó al demonio y el mudo habló (v.33). El término griego kophos significa sordo, pero aquí se subraya la mudez. En definitiva, se alude a que este hombre es incapaz de comunicación, y su enfermedad no es física sino causada por un demonio.

         Dos son las reacciones al hecho. La 1ª, la de las multitudes, que han sido testigos de la enseñanza de Jesús (Mt 7, 28) y han alabado a Dios por la autoridad que comunica a los hombres (Mt 9, 8) para liberar de los pecados. Su admiración se expresa reconociendo que las acciones de Jesús no tienen precedente en Israel. No están lejos de la fe. La 2ª es la de los fariseos, defensores de la superioridad y exclusivismo de Israel, que afirman que la liberación que hace Jesús no procede de Dios, sino que su acción destruye el plan de Dios.

         Tras ello, nos dice el evangelio que "Jesús recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando la buena noticia del Reino y curando todo achaque y enfermedad".

         En paralelo con Mt 4,23 comienza aquí una nueva sección del evangelio (Mt 9, 38-11, 1), constituida sobre todo por la instrucción a los Doce para la misión. Mt 9,35-38 constituye la introducción a la misión y al discurso, y describe la lastimosa situación de Israel a los ojos de Jesús.

         Todo se abre con un sumario de la actividad de Jesús (v.35), que describe su labor incansable (Mt 4, 23), en las sinagogas (exponiendo su mensaje y apoyándose en la Escritura) y fuera de las sinagogas (proclamando la cercanía del reinado de Dios y curando a todos los enfermos, como señal de la plena salvación del reino de Dios).

         En medio de todo eso, se da cuenta Jesús de que "las multitudes están como ovejas sin pastor". La frase alude al Exodo, donde Moisés nombra a Josué precisamente para que el pueblo no se disperse (Nm 27, 17). Nadie se ocupa de este pueblo, que por otro lado se encuentra en situación desesperada.

         Ante este espectáculo, Jesús expone la situación a sus discípulos. Y usa para ello el término therismos (lit. siega), que más adelante aplicará también a la separación final entre buenos y malvados (Mt 13,30.39), cuya siega será atribuida a los ángeles. Luego los braceros (u obreros) de que habla Jesús han de ejercer en la historia, pues, la misma actividad que los ángeles harán en el momento final.

         Se ve ahora el sentido de "los ángeles que servían a Jesús", es decir, que colaboraban con él, en la escena del desierto: eran figura de los que colaboran en su misión. La alusión indica que comienza el tiempo escatológico, la etapa final de la historia, inaugurada con la presencia de Jesús y la cercanía del reinado de Dios.

         La petición se dirige al dueño de la mies, el Padre. Jesús no pide al Padre que envíe segadores, pero recomienda a los discípulos que lo hagan. Es una manera de prepararlos a la misión que sigue. La petición les hará tomar conciencia de la necesidad y los dispondrá a responder a la llamada de Jesús.

Juan Mateos

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         El relato de hoy se relaciona narrativamente con el episodio anterior (el de los ciegos), y nos presenta un exorcismo muy brevemente relatado. El acento no está, pues, en el milagro, sino en la declaración de la multitud: "Israel nunca vio nada igual". Luego la obra de Jesús es inmensamente superior a todo lo obrado en el AT. Algo totalmente novedoso ha comenzado.

         Pero la proclamación de la multitud (de Jesús como cumbre del AT) también prepara lo que dentro de poco dirán de Jesús los fariseos: que es el "príncipe de los demonios". Sin embargo, no tenemos respuestas del Señor a esta acusación. Aquí termina este inciso, y se da paso a la larga narración que vendrá a continución: los "trabajadores de la cosecha".

         Como desde el principio, Jesús predica la Buena Noticia del Reino, y a su vez manifiesta esa Buena Noticia y ese Reino con los signos de la misericordia, que revelan que Dios se ha acercado para "cargar con los dolores" de los que sufren. La compasión es el signo distintivo de los "signos de poder" de Jesús, y nada tiene que ver con manifestaciones de fuerza autoritaria, sino compasiva.

         Las enfermedades y dolencias que curará Jesús son las mismas que podrán sanar los suyos en la unidad discursiva que viene a continuación. Es interesante notar que el duo "enfermedades y dolencias" no los encontramos en el resto de evangelios, sino sólo en Mateo, al comienzo de la predicación de Jesús y en el envío de los Doce. Es una síntesis del ministerio de Jesús y de sus seguidores para el evangelista. Pero otra característica de la compasión de Jesús es el abandono que tiene el pueblo de sus dirigentes: son "como ovejas sin pastor" (Nm 27,17; 1Re 22,17; 2Cr 18,16; Ez 34,5; Jdt 11,19).

         La compasión es una actitud interior que mueve activamente ante la necesidad del otro que sufre (Mt 9,36; 14,14; 15,32; 18,27; 20,34), hace salir al encuentro del otro y del necesitado. Es interesante que ese verbo (compadecerse) sólo se encuentra en los evangelios sinópticos, y se aplica exclusivamente a Jesús (salvo en las parábolas del Buen Samaritano y del Hijo Pródigo, donde se aplica al samaritano y al padre respectivamente). Por el contrario, la actitud de los dirigentes los lleva a estar fatigados (cansados) y por el suelo (abatidos). El contraste entre la actitud de los pastores y la de Jesús es evidente.

         La predicación de la Buena Noticia del Reino es abundante, porque habla de un reino universal, que no se dirige a unos pocos (a los "dueños de las llaves" o pastores) sino a todos, especialmente a los abandonados y sufrientes. Precisamente por la universalidad de la predicación de Jesús, es importante (y urgente) que llegue a todos y cuánto antes, y por eso es necesario pedir trabajadores.

         No son pocas las veces que la predicación e instauración del Reino se expresa en una imagen de siembra (el grano de mostaza, el sembrador, el trigo y cizaña, la viña y los frutos), y si bien el reino ya fue sembrado por la predicación, la vida y los signos de Jesús, ese Reino necesita desarrollarse, manifestarse, necesita ser cosechado. Para ello hacen falta trabajadores.

         Pero como todas las cosas de Dios, no funcionan por la capacidad y la fuerza humanas, sino que parten de la iniciativa divina. Sólo puede trabajar para el reino quien primero fue llamado. Como los profetas, como los apóstoles, la vocación no es un signo de dignidad, sino una iniciativa gratuita de Dios que da el primer paso y cuenta con nuestra colaboración. Pero de él depende ser puestos en la cosecha para trabajarla.

Emiliana Lohr

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         Presentan hoy a Jesús a un endemoniado mudo, y Jesús echó al demonio, y el mudo habló. Otra vez un pobre infeliz, un hombre que sufre. Toda la humanidad sufriente iba hacia ti.

         La mudez es realmente una anomalía, porque Dios hizo al hombre dotado del habla, y la palabra es uno de los grandes medios de comunicarse las personas. Dios quiere que el hombre hable, y nos juzgará sobre las palabras que habremos dicho de más. Pero ¿no hay también muchos silencios, y mutismos culpables? Señor, ven a echar de mí los demonios mudos, los demonios del silencio e indiferencia.

         Las multitudes decían admiradas: "Jamás se ha visto en Israel cosa igual". En cambio los fariseos decían: "Echa a los demonios con el poder del príncipe de los demonios".

         Se trata de 2 opiniones opuestas: las buenas gentes del pueblo se admiran, mientras los fariseos interpretan el suceso con mala fe, con un poder diabólico revestido bajo capa de verdad, y ¡trata de defender la verdadera religión!

         Jesús "recorría Jesús todos los pueblos y aldeas, enseñando en las sinagogas, proclamando la buena noticia del Reino y curando todo achaque y enfermedad". Tenemos aquí lo que los exegetas llaman un sumario: una especie de resumen de la actividad de Jesús, que introducirá el 2º de sus grandes discursos. Toda la actividad de Jesús se resume, en efecto, en estas palabras: enseñar y sanar. Es el oficio o tarea del sacerdote y del cristiano.

         Contemplo detenidamente esa actividad de Jesús, instruyendo de pueblo en pueblo, dentro de una sinagoga o en las calles, a la orilla del agua o en el desierto, en casa de un pecador o bajo un árbol. Y siempre repartiendo beneficios a su alrededor, y aliviando cualquier pena o dolor. Porque viendo Jesús al gentío, "sintió compasión de ellos, porque andaban maltrechos y derrengados como ovejas sin pastor".

         Así comienza el 2º gran discurso de Jesús (tras el 1º del Discurso de la Montaña): el Discurso Misionero. Jesús enviará sus amigos en misión y les dará unas consignas, una especie de tratado teológico y práctico. Pero es esencial hacer hincapié sobre la frase introductoria: "viendo las muchedumbres". Lo que revela algo esencial en el corazón de Jesús. La misión de la Iglesia nace aquí, del sentimiento que Jesús experimenta ante el gran desamparo de los hombres. La evangelización nace de la observación y de esa misma mirada de Jesús: "viendo las muchedumbres".

         Entonces dijo a sus discípulos: "La mies es abundante y los obreros pocos. Por eso rogad al dueño que mande obreros a su mies". Rezar es la 1ª consigna misionera, y Dios (el dueño o amo de la mies) es el origen de la llamada a la misión. La mies es imagen de cumplimiento, de culminación y de maduración: la de un campo que ha sido suficientemente preparado, y que está a punto para la cosecha. Pero ¡faltan segadores! Y se perderá el trigo si no los hay. De ahí que Jesús sea consciente de ese problema, hasta angustiarse. Porque presiente la inmensidad de la tarea, y por eso encomienda al Padre la tarea de buscar obreros.

Noel Quesson

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         Jesús cura hoy a un mudo. Probablemente, un sordomudo, porque el término que emplea Mateo puede significar ambas cosas. Y ante el gesto de Jesús, la reacción es dispar. La gente sencilla queda admirada: "Nunca se ha visto en Israel cosa igual". Pero los fariseos no quieren reconocer la evidencia: "Éste echa los demonios con el poder del jefe de los demonios".

         Jesús, además de su buen corazón (que siempre se compadece de los que sufren), recorre pueblos y aldeas y se da cuenta de cómo sufre la gente, mostrando de paso su dominio sobre el mal y la muerte, así como su carácter mesiánico y divino.

         La escena termina con un pasaje que introduce ya el capítulo que seguirá, el Discurso de la Misión. Jesús se compadece de las personas que aparecen "extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor", y se dispone a movilizar a sus discípulos para que vayan por todas partes a difundir la buena noticia.

         Pero lo primero que les dice no es que trabajen y que prediquen, sino que recen: "Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies".

         También ahora el mundo necesita la buena noticia de Jesús. ¡Cuántas personas a nuestro alrededor están extenuadas, desorientadas, sordas a la palabra más importante, la palabra de Dios! Si saliéramos de nuestro mundo y "recorriéramos los caminos", nos daríamos cuenta, como Jesús, de las necesidades de la gente. ¿No se puede decir que "la mies es mucha" y que muchos están "como ovejas que no tienen pastor"?

         Es bueno recordar el comienzo de aquel documento tan famoso del Vaticano II, la Gaudium et Spes: "El gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo" (GS, 1).

         Ahora no va Jesús por los caminos. Pero vamos nosotros, y se escucha nuestra voz, la de la Iglesia. Todos estamos comprometidos en la evangelización, en que nuestros contemporáneos, jóvenes y mayores, oigan hablar de Jesús y se llenen de esperanza con su mensaje de salvación. Unos evangelizan desde su ministerio de responsables de la comunidad. Todos, desde su identidad de cristianos bautizados, son mediadores de la palabra y de la alegría de Dios para con los demás.

         Está bien que el 1º consejo que nos da Jesús para el trabajo misionero sea la oración: "La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies". Para que no nos creamos que todo depende de nuestros talentos o de las estructuras o de las instituciones. Es Dios el que salva, el que quiere que el mundo participe de su vida y de su alegría. Y es a él a quien debemos mirar, en 1º lugar, los cristianos, en nuestra misión de anunciadores de la buena noticia.

José Aldazábal

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         Hoy el evangelio nos habla de la curación de un endemoniado mudo que provoca diferentes reacciones en los fariseos y en la multitud. Mientras que los fariseos, ante la evidencia de un prodigio innegable, lo atribuyen a poderes diabólicos ("por el príncipe de los demonios expulsa a los demonios"; v.34), la multitud se maravilla ("jamás se vio cosa igual en Israel; v.33). San Juan Crisóstomo, comentando este pasaje, dice: "Lo que en verdad molestaba a los fariseos era que consideraran a Jesús como superior a todos, no sólo a los que entonces existían, sino a todos los que habían existido anteriormente".

         A Jesús no le preocupa la animadversión de los fariseos, él continúa fiel a su misión. Es más, Jesús, ante la evidencia de que los guías de Israel, en vez de cuidar y apacentar el rebaño, lo que hacen es descarriarlo, se apiada de aquellas multitudes cansadas y abatidas, como ovejas sin pastor. Que las multitudes desean y agradecen una buena guía queda comprobado en las visitas pastorales del papa a tantos países del mundo. ¡Cuántas multitudes reunidas a su alrededor! ¡Cómo escuchan su palabra, sobre todo los jóvenes! Y eso que el papa no rebaja el evangelio, sino que lo predica con todas sus exigencias.

         Todos nosotros, "si fuéramos consecuentes con nuestra fe (dice San José María Escrivá), al mirar a nuestro alrededor y contemplar el espectáculo de la historia y del mundo, no podríamos menos de sentir que se elevan en nuestro corazón los mismos sentimientos que animaron el de Jesucristo", lo cual nos conduciría a una generosa tarea apostólica.

         Pero es evidente la desproporción que existe entre las multitudes que esperan la predicación de la Buena Nueva del Reino y la escasez de obreros. La solución nos la da Jesús al final del evangelio: rogad al amo de la mies que envíe obreros a sus campos (v.38).

Joan Sola

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         Como todas las acciones de milagros, la de hoy no puede comprenderse aisladamente sino dentro de todo el contexto del evangelio. Una serie de milagros ha venido presentando el evangelista que concluye con la curación del hombre mudo. Se llega al clímax de las narraciones con la respuesta de fe y no fe y el asombro de las multitudes que pueden llegar a ser personas de fe auténtica o ser desviadas por la no creencia de muchos líderes religiosos.

         Cuando le presentan a Jesús un hombre mudo, los que lo llevaban creían que su enfermedad era causada por un demonio. Estar endemoniado aquí es cerrarse a la comunicación. Israel se ha cerrado a los otros pueblos, pero Israel debe abrirse la humanidad, renunciar al nacionalismo exclusivista y comprender que el anuncio de Jesús es universal.

         En el momento de la sanación y el hombre habla, se producen 2 reacciones. Por un lado están las multitudes que han seguido a Jesús, que conocen sus enseñanzas y que no están lejos de la fe cuando reconocen que las acciones de Jesús no tienen precedentes en Israel. Por otro lado están los fariseos, defensores fanáticos de la exclusividad de Israel y de su superioridad frente a los otros pueblos, que afirman que lo que ha hecho Jesús no proviene de Dios.

         Contrastan esas 2 actitudes: el pueblo que acepta a Jesús, y los fariseos que lo rechazan. Estos últimos siguen mudos porque se han cerrado a toda comunicación, y con la calumnia quieren desacreditar sus acciones liberadoras de las ataduras que todavía conserva Israel como si quisiera volver a la experiencia de la cautividad en Egipto.

         A pesar de todo, Jesús continuaba su misión, proclamando el reino por todos los pueblos y ciudades porque estaba convencido de que el pueblo, como ovejas sin pastor, necesitaban de él que se compadecía de ellos haciendo el bien y curando las enfermedades a su paso.

         La imagen de la mies lista para la recolección es frecuente en los profetas, en relación con el juicio final. En este lugar, el evangelista quiere mostrar la urgencia que tiene la misión evangelizadora. Pero el éxito de la misión depende sólo de Dios, luego la misión debe mirarse desde la perspectiva y los criterios de Dios. La oración ("rogar a Dios") es también indispensable en la tarea de difundir el evangelio.

Gaspar Mora

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         Hoy os propongo que centremos nuestra mirada en el evangelio, aunque no resulta nada fácil porque no hay una unidad temática. La liturgia nos propone un fragmento que reúne piezas de diverso género: un milagro (la curación del mudo), un sumario de la actividad de Jesús y un prólogo a la elección de los Doce y al envío misionero de los discípulos.

         Fijémonos en el sumario y en el prólogo del envío. Los verbos del sumario nos ofrecen una síntesis del Jesús evangelizador: recorría las ciudades, enseñando en las sinagogas, anunciando el evangelio y curando las enfermedades.

         Jesús aparece, en 1º lugar, como alguien que camina, que no espera a que la gente acuda a él sino que él mismo acude a donde está la gente. ¿Qué hace en su actividad itinerante? Enseña, anuncia y cura. Comunica una buena noticia y hacer ver que esa noticia sana a las personas por entero. Y como no se basta a sí mismo para poner tanta novedad en un mundo viejo, pide al Padre que le envíe colaboradores. Como veremos mañana, los doce son los pioneros de una lista interminable que llega hasta nosotros.

         Meditando este sumario de Mateo siento una fuerte llamada a "salir a los caminos", a ir al encuentro de la gente, a tomar la iniciativa, a no permanecer anclado. Hay gente que necesita una dosis de esperanza y una curación. ¿Cómo les va a llegar si los discípulos de Jesús hemos sustituido el salir por el quedarnos, la audacia por el temor, las buenas noticias por los comentarios a pie de página, las curaciones por los diagnósticos infinitos, la esperanza por una pesimismo soterrado?

         Os propongo para hoy algo muy simple. ¿Por qué no llamamos por teléfono a esa persona que está necesitando ser escuchada? ¿Por qué no enviamos un mensaje electrónico a alguien que necesita la terapia de la esperanza? Es una gota en medio del océano, pero sin pequeñas gotas el océano sería un desierto.

Gonzalo Fernández

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         Para el análisis y reflexión del texto de hoy, éste debe ser dividido en 2 partes: la curación de un endemoniado mudo (vv.32-34) y la compasión de Jesús hacia la muchedumbre (vv.35-38).

         Respecto a la curación de un endemoniado mudo, se refiere el pasaje a aquel que no quiere escuchar la voz de Dios, que no quiere seguir su proyecto porque hay otras cosas que ensordecen. Bíblicamente el sordomudo es aquel que pierde el contacto con su propia realidad de hijo de Dios. Vive paralizado porque está privado de la comunicación con el único que lo hace libre: Dios a través de su Palabra.

         Respecto a la compasión de Jesús hacia la muchedumbre, el que escucha la Palabra y la convierte en práctica de vida se hace acreedor de las promesas mesiánicas de salvación inauguradas por Jesús al instaurar el Reino de Dios. Por eso, Jesús es presentado como el pastor que se compadece de la humanidad que anda como oveja sin pastor. En consecuencia se resalta la necesidad de "pedir al dueño de la mies que envíe operarios" que ayuden en la extensión y concreción del Reino.

         Se trata de hombres y mujeres que con su vida y testimonio se dejen contagiar por la compasión de Jesús. Es decir, sentir la pasión, el dolor y el sufrimiento humano, ayudando a limpiar la ceguera de aquellos que no ven los signos y acontecimientos que señalan el camino y la voluntad de Dios en sus vidas; liberándonos de la mudez que impide nuestra voz para proclamar la bondad de Dios Padre y entusiasmar a otros en este camino. Para ello se hace necesario deshacernos de todo lo que nos ata y que no nos deja vivir en radicalidad el seguimiento de Jesús.

Severiano Blanco

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         El texto de hoy comprende 2 escenas perfectamente delimitadas: en la 1ª (vv.32-34) se relata la última de una larga serie de gestos con autoridad, y en la 2ª (vv.35-38) se señala el fin de toda la sección de Mateo sobre la autoridad en palabras y acciones de Jesús (Mt 4, 23-9, 38), reproduciendo y explicitando el comienzo de Mt 4,23.

         La 1ª escena presenta la actitud de Jesús frente a un endemoniado mudo. Se señala la naturaleza de la enfermedad y el término empleado incluye también la sordera. En este caso se subraya la mudez, que hace al hombre incapaz de la comunicación con sus semejantes. La causa también es señalada: no se trata de un defecto físico, sino que tiene su raíz en la acción del demonio.

         Jesús actúa sobre esta última y el mudo restablece la comunicación con las restantes personas. Como en la curación de los ciegos que se ha relatado precedentemente esta expulsión del demonio señala que en Jesús se ha realizado la venida definitiva de Dios prometida para los tiempos mesiánicos.

         Ante esta irrupción se producen dos tipos de reacciones: la admiración de la multitud que reconoce su carácter único y la mala fe de los fariseos que le atribuyen un origen demoníaco. Y la distinta reacción que separa a la gente de la dirigencia religiosa de Israel suministra el escenario para la segunda sección del relato.

         La 2ª escena tiene como enseñanza central la compasión de Jesús por la multitud carente de dirigencia por el motivo mencionado. La autoridad de Jesús no consiste en tener un poder de decisión frío, sino que expresa la vulnerabilidad de Dios ante la miseria humana. Jesús continúa la actitud de Dios que le ha llevado a hacer de Israel su pueblo. Él también ve las carencias de una multitud y acude a su grito lacerante.

         La expresión "ovejas sin pastor", con que se describe estas necesidades, se transforma en otra de tipo agrícola: "la mies está pronta a la cosecha", y "necesita obreros para la recolección". El discípulo debe sentirse implicado en esta necesidad y, por consiguiente, debe dirigir su petición al dueño del sembrado para que de respuesta adecuada a esa urgencia.

         La actitud fundamental de la práctica de Jesús sólo puede expresarse adecuadamente en términos de compasión. La compasión le ha llevado a pronunciar el sermón de la montaña y la compasión le ha conducido a realizar gestos poderosos de milagros, exorcismos y llamadas. A dicha compasión debe asignarse la curación del endemoniado mudo y, más allá de ese episodio, el extravío y falta de conducción que experimenta el pueblo. La dirigencia farisea, no puede comprender la autoridad de Jesús y, por consiguiente, no puede responder a las expectativas de la gente.

         Ante esta situación, los discípulos deberán colocar como eje de su preocupación esa actitud compasiva de su Maestro. De esa forma, se comienza a colocar el fundamento de toda misión eclesial, centrada no en el progreso y éxito de la institución eclesial sino en la preocupación por las dolencias y enfermedades que puedan encontrarse en toda persona, indiferentemente si hacen parte o no de ella.

Confederación Internacional Claretiana

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         Toda la actividad de Jesús es resumida en este texto. Él combina la enseñanza del verdadero sentido del las Escrituras en la sinagoga, con la proclamación de la venida del reinado de Dios y la acción efectiva en favor de las personas. Esta actividad tan intensa no nació de un programa político orientado a la obtención del poder, ni de un afán por ganar prestigio, ni de un deseo de obtener lucro. Su actividad nace de su de un sentimiento de compasión ante el pueblo abandonado, un pueblo que tenía rostro concreto en los endemoniados, los ciegos, las mujeres proscritas, y que "andaba como ovejas sin pastor".

         Jesús experimenta a Dios como Padre y por eso no soporta que su pueblo, que debía ser un pueblo de hermanos, ande sin rumbo, abandonado por los pastores que Dios les había dado desde antiguo. Jesús tenía los mismos sentimientos de Dios. Por eso se conmovía ante la gente cansada, decaída, que llevaba en su rostro el signo de la desesperación. Su respuesta ante esta urgencia nace, pues, de un sentimiento hondo y va dirigida a responder a las expectativas de este pueblo.

         La respuesta de Jesús es muy sencilla. Parte de una toma de conciencia de la realidad ("mucha cosecha" y "pocos obreros") y remite a la capacidad que tienen los seres humanos de transformar la realidad, movidos por la fuerza de Dios ("rogad al dueño"). De este modo, Jesús no concentra la acción evangelizadora sobre sí mismo, sino sobre la voluntad del Padre, que es quien ha de formar la comunidad de los obreros. Ellos serán las manos, los pies y el cuerpo del Señor, guiando al pueblo hacia mejores y más humanas situaciones. A la vez, confía Jesús en que el Padre actúe oportunamente, para que el pueblo "no ande como ovejas sin pastor".

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         A la hora de describir la actividad de Jesús, el evangelista Mateo no dispone de mejor síntesis que la que hoy nos ofrece: Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.

         A esto, grosso modo, se dedicaba Jesús, yendo de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, en una especie de itinerancia continua en la que Jesús enseñaba (en esos centros judíos de catequesis que eran las sinagogas), anunciaba el evangelio (hablando del Reino y sus diferentes aspectos) y curaba (enfermedades y dolencias de todo género).

         El anuncio del Reino iba muy ligado a la actividad taumatúrgica, pues anunciar el Reino era anunciar la salud y la liberación que llegaban con él. Pero tanto la cercanía del Reino como el suministro de la salud eran un efecto de su misericordia. Es decir, Jesús enseña y cura a las multitudes porque se compadece de ellos, de esos que vivían extenuados y abandonados, como ovejas sin pastor y en un estado bastante lastimoso.

         Esta contemplación de la miseria humana, con la que Jesús se encuentra a cada paso de su recorrido por los caminos de Palestina, es la que le empujaba no sólo a curar, sino también a desear más trabajadores para su mies, pues ésta era siempre abundante mientras siguiera existiendo miseria en el mundo. Por eso, en el pasaje de hoy invita a sus discípulos a pedir al Señor de la mies que envíe trabajadores a su mies, pues éstos continuarán siendo pocos ante la abundancia de la mies.

         ¿Y cuándo podremos decir que hay suficientes trabajadores, o que los trabajadores han dejado de ser pocos? ¿Cuando hayan alcanzado cierta proporción en relación con la mies? ¿Cuando haya uno por diez mil, o por cinco mil, o por mil, o por cien? ¿Cuándo podremos dejar de pedir al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies?

         Como el asunto que aquí se baraja no es meramente cuantitativo, o de proporción numérica, habrá que considerar otras cuestiones como las demandas y necesidades pastorales que reclaman atención.

         Pueden ser pocas las personas que lo demanden y, sin embargo, estar muy necesitadas de esa atención pastoral. Además, la acción evangelizadora no se limita a una estrecha circunscripción geográfica (como la de una provincia o diócesis), sino que se extiende más allá de las fronteras provinciales o nacionales. Es decir, al mundo entero.

         Esa mies está reclamando la presencia de trabajadores que traspasen fronteras nacionales y continentales. Y siendo el mundo el campo de la evangelización, y la tarea evangelizadora un proceso de larga duración, se requerirá la presencia y actuación de no pocos, sino muchos trabajadores.

         La gente que tuvo el privilegio de ver a aquel endemoniado mudo libre de su posesión y de su mutismo decía con asombro: Nunca se ha visto en Israel cosa igual. Pero otros (los fariseos), con pensamientos más maliciosos, decían: Este echa los demonios con el jefe de los demonios.

         Son maneras contrapuestas de ver el mismo hecho, la curación del endemoniado mudo. Pero la mirada farisaica distorsionaba la realidad, al querer hacer ver en la actuación benéfica de Jesús la influencia del demonio, cuando tendrían que estar reconociendo la mano de Dios.

         Esta mirada distorsionante y enfermiza puede acabar convirtiéndose en pecado contra el Espíritu Santo (como denuncia el mismo Jesús en otro lugar) y, por tanto, en algo incurable, puesto que ese pecado no tendrá perdón jamás. Se trata del endurecimiento progresivo e irreversible que impide reconocer la salvación de Dios, como ya explicamos con más detalle en su momento.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 09/07/24     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A