13 de Julio

Sábado XIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 13 julio 2024

a) Is 6, 1-8

         Terminamos la semana acercándonos a la vocación de Isaías. Sabemos que es un relato-tipo que nos permite comprender mejor en qué consiste la experiencia profética. Lo 1º que nos llama la atención es que esta experiencia se da en un contexto determinado: "el año de la muerte del rey Ozías". No estamos hablando de algo que sucede fuera del espacio y del tiempo, de uno de esos viajes a los que nos tiene acostumbrados cierta literatura esotérica.

         La experiencia vocacional comienza con un fuerte estremecimiento producido por el misterio de Dios, el "tres veces santo". Frente a él, la reacción de Isaías es de temor, pues se siente tan distante de esa santidad, que teme ser destruido a causa de su pecado. Lo confiesa sin rodeos: "Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey". Y ya se sabe que nadie puede ver a Dios y permanecer vivo.

         Vienen luego el signo (el ascua purificadora) y la misión. Dios no elige a los buenos para que sean sus mensajeros, sino que hace buenos a los que él quiere (los purifica) para que sean testigos de su bondad. Isaías, como todos los profetas, como Jesús, termina rindiéndose, entonando un Hinnení: "Aquí estoy, mándame".

         Este relato es como un test para saber dónde hay verdadera experiencia profética (que el sujeto tiende a rechazar, generalmente) y dónde se da simplemente una autoafirmación en nombre de Dios.

Gonzalo Fernández

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         Después de Amós y Oseas, abordamos hoy al profeta Isaías. Y si aquellos profetizaron en el Reino del Norte, éste habla en el Reino del Sur, en la misma Jerusalén. Isaías asiste al derrumbamiento de Samaria (minada por la idolatría y la injusticia), y está también atormentado por las amenazas que ve avanzar sobre su pueblo. Veamos hoy el relato de su vocación.

         El año de la muerte del rey Ozías (ca. 740 a.C), nos dice Isaías que "vi al Señor sentado en un trono muy elevado, y las haldas de su manto llenaban el templo. Temblaron los quicios de las puertas, y el templo se llenó de humo". Isaías es un joven aristócrata de la capital, destinado, sin duda, a una brillante carrera política. Su edad se halla entre los 20 y 25 años. Está rezando en el Templo de Jerusalén, y "encuentra a Dios" en una especie de éxtasis místico que marcará toda su vida. Desde entonces, será el profeta de la santidad y grandiosidad de Dios, y lo que le pasó entonces, nadie lo sabe concretamente.

         Pero conserva una serie de imágenes: un monarca sobre un trono de gloria, unas aclamaciones extraordinarias que hacen temblar las puertas, la nube de incienso que da a la escena un halo misterioso, un diálogo misionero, una ruda llamada... Esto había sucedido también a otros anteriores a él (Abraham, Moisés, Samuel), pero de manera diferente, pues la irrupción del Señor en una vida siempre es única y diferente, como con Pablo de Tarso en el camino de Damasco, Francisco de Asís en el almacén de su padre, el cura de Ars podando las viñas... ¿Y yo? ¿He hecho la experiencia de Dios? ¿Dios es Alguien para mí?

         Nos sigue diciendo Isaías que "unos serafines se mantenían erguidos por encima de él, cada uno con seis alas. Y se gritaban el uno al otro: ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! Señor del universo. Llena está la tierra de tu gloria". Es lo que nos dice Isaías. ¿Me he dejado deslumbrar por la luz de Dios? ¿Me he dejado ensordecer por el grito de los serafines? El sanctus de cada misa ¿no se ha convertido para mí más que en un monótono murmullo, siendo así que debería continuar expresando la trascendencia divina, la intensa proximidad de Dios? La tierra, nuestra tierra está llena de su gloria.

         El término gloria es muy pálido para traducir el hebreo kabod, que significa el "peso real de las cosas". Toda la tierra está llena de su peso, de su densidad infinita. Pero volvamos al texto, porque dijo entonces Isaías:

"Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros. Uno de los serafines voló hacia mí con una brasa en la mano que había tomado de sobre el altar; la acercó a mis labios y dijo: Tu culpa se ha retirado. Oí entonces la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré, quién será nuestro mensajero? Yo contesté: Yo seré tu mensajero, envíame".

         Hay que volver sobre esta escena y este diálogo, e imaginar cada detalle. Dios me da miedo, porque toda vocación, y toda llamada de Dios, da miedo. ¿Y qué hacer? ¿Cómo atreverse? Es preciso que Dios intervenga personalmente para "quemar los labios" del que será su portavoz. "Quema Señor mis labios", dice el sacerdote antes de leer el evangelio, y de atreverse a hacer la homilía.

Noel Quesson

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         Durante 6 días, a partir de hoy, vamos a oír al profeta Isaías, sobre todo los capítulos de su vocación como profeta en Jerusalén, en aquellos calamitosos tiempos que hemos ido siguiendo en los libros históricos. Es contemporáneo de Oseas, pero profetiza en el Reino del Sur, en Jerusalén.

         No todo el libro atribuido a Isaías parece que es suyo. Los estudiosos distinguen, además del auténtico Isaías (que sería el autor de los cap. 1-39), otros dos autores, seguramente discípulos de su escuela, que completaron los oráculos del maestro (uno, los cap. 40-55; y otro los cap. del 56-66). Las lecturas de esta semana pertenecen al 1º bloque.

         Isaías era un joven de unos veinticuatro años, de una familia noble de Jerusalén, cuando fue llamado por Dios para ser su portavoz en medio del pueblo "el año de la muerte del rey Ozías", o sea, el 740 a.C. La visión o experiencia mística del joven es una escena solemne, una teofanía, en la que se destaca la grandeza y la santidad de Dios, rodeado de ángeles, con una escenificación idealizada de la liturgia del cielo. Los ángeles cantan "Santo, santo, santo el Señor de los ejércitos".

         A la llamada de Dios, Isaías responde prontamente, después de haber sido purificado por uno de los serafines: "Aquí estoy, mándame". Pero es Dios quien lleva siempre la iniciativa. Es su santidad y su grandeza y su amor al pueblo quien pone en marcha la dinámica de una vocación: a la vida sacerdotal o religiosa, o sencillamente, al encargo de ser cristianos convencidos y testigos del evangelio en medio de la sociedad.

         El salmo responsorial de hoy pone de relieve, no tanto el mérito de la respuesta del joven Isaías, sino la grandeza de Dios: "El Señor reina, vestido de majestad. Tus mandatos son fieles y seguros, y la santidad es el adorno de tu casa". Es lo que hacemos también nosotros, cuando en la eucaristía aclamamos a Dios, dentro de la plegaria eucarística, con el "Santo, santo, santo" que Isaías oyó cantar a los ángeles en la presencia de Dios.

         Ahora bien, porque es el Dios todo santo y todopoderoso, es también el Dios cercano. Él quiere comunicar su vida a todos y para ello se sirve de colaboradores, y ojalá que encuentre en cada uno de nosotros su vocación específica, y una disponibilidad generosa como en Isaías: "Aquí estoy, mándame".

José Aldazábal

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         Concluimos la semana escuchando a un profeta y mensajero nuevo. Tras las reflexiones y oráculos de Oseas, contamos hoy con la voz poderosa de Isaías, a quien vemos en su infancia profética, en el llamamiento que le hace el Señor.

         El relato de la vocación de Isaías es una introducción al grandioso libro del Enmanuel en el que se recogen textos y oráculos mesiánicos impresionantes. Y como introducción que es, nos sitúa ante la majestad del Dios ("Santo, Santo, Santo") cuyos gestos de amor, misericordia, salvación del hombre, se van a manifestar en el Mesías; y nos hace prever también las actitudes contradictorias de los hombres ante la palabra de fuego del profeta tocado por el Espíritu.

         Isaías se turba interiormente, porque ve su pequeñez e insuficiencia. Necesita del calor de un tizón ardiendo para caldearse en el fuego del amor y arriesgarse en la misión. ¿No es ésa también nuestra actitud ante el compromiso de ser misioneros de la verdad?

         En nuestra condición de discípulos, seguidores, testigos, imitadores, hemos de ser misioneros, y, si lo somos, experimentaremos, junto a nuestra debilidad, la grandeza del Señor que nos asiste. No temamos, pues, a quienes hieren nuestro cuerpo y lo matan; hay otro Señor y Amigo que nos enseña a sufrir y a morir y vivir con él por toda la eternidad.

         Si miramos atentamente al profeta, nos sentiremos invitados a volver sobre nosotros mismos, a recapacitar sobre nuestra propia vocación cristiana. Así podremos decir con el profeta, al considerar su llamada: "Ay de mí, estoy perdido". Pero entonces la ternura del Señor nos confortará.

Dominicos de Madrid

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         Isaías es hoy transportado al Templo de Jerusalén, y allí ve a Dios como un rey en su trono. No describe la figura de Dios, sino las orlas del vestido, el manto real que llenaba el templo. Uno de los signos de las teofanías en el AT es la presencia de la nube. Isaías observó el templo lleno de humo, que como la nube manifiesta y vela la presencia del Señor.

         Ante el Señor estaban unos serafines, como la corte de un rey, cada uno con 6 alas. Tampoco los describe, sólo menciona los 3 pares de alas; con un par se tapan los ojos, con el otro los pies (la desnudez, eufemismo que emplea también en Ex 4,25 y 7,20 para indicar el respeto a la divinidad). Con el 3º par aletean mientras se conservan erguidos.

         Los serafines eran seres celestes, cuyo nombre dice relación con el fuego o el rayo. El origen del término hebreo sair uhfim (serafim) es incierto. En la Torah (Nm 21,6; Dt 8,5) aparece una serpiente venenosa que pica a los israelitas en el desierto (sarap). El significado de los serafines, ardiendo, brillantes, no puede ser tomado de esta palabra, pero sí, si se alude a la quemadura del veneno, como es la opinión de Schöckel.

         Una escultura encontrada en el Tel Half en la ciudad de Gozan (antigua Guzana) muestra una criatura con cuerpo humano, dos alas en los hombros y cuatro abajo de la cintura. Se ha datado esta escultura al rededor del año 800 a.C. Al observarla se evocan necesariamente los serafines de Isaías 6.

         Ellos, como llamas ardientes, proclaman la gloria divina y entonan una alabanza: "Santo, santo, santo es el Señor, Dios de los ejércitos, y llena está toda la tierra de su gloria". Hay que tener en cuenta que el hebreo carece de una palabra para expresar el superlativo y lo forman repitiendo la palabra. Se quiere decir el más santo, el santo de los santos. Santo en la Biblia indica que una cosa está separada del uso profano y se dedica al uso sagrado. En este caso aplicado a Dios, la trascendencia total. También se usa la palabra santo en un aspecto ético para indicar la rectitud absoluta.

         "Está la tierra toda llena de su gloria". Otro concepto de Isaías. El término hebreo gloria (kabod), como en las lenguas semitas tiene un significado diferente al de los griegos; para éstos la gloria es un concepto subjetivo, no está en la persona en sí, sino en la buena opinión que los demás tienen de él; en cambio en hebreo, la gloria está en la misma persona, es algo objetivo. Isaías dice que esa gloria llena la tierra y se manifiesta en la creación. Antes de recibir su misión profética tiene una visión de Dios que le da a conocer su gloria y sus proyectos con Isaías.

         La reacción del hombre ante la presencia de Dios es siempre de terror (Gn 32,30; Ex 3,6; Jer 4,31; 45,3). El hombre se conoce a sí mismo a medida que conoce a Dios. Al conocer a Dios, Isaías ve la distancia que lo separa de él y de ahí su exclamación de terror. Se siente culpable y solidario con la culpa del pueblo. Isaías sabe que el profeta ejerce su misión por medio de la palabra y por eso manifiesta su incapacidad para ser profeta porque es un hombre de labios impuros.

         En Isaías se trata de una impureza que lo imposibilita para entrar en el Templo de Jerusalén (Sal 15 y 24). Isaías dice "soy un hombre de labios impuros", pero no porque profirió algo inconveniente, sino porque un hebreo considera una parte del cuerpo como toda la persona. Para que pueda recibir la misión que el Señor le quiere encomendar, debe ser purificado. Parece ser una forma simbólica para expresar que su pecado es perdonado. A Dios corresponde romper la barrera que el pecado interpone entre Dios y el hombre.

         Uno de los serafines con un carbón encendido purifica los labios del profeta, enviado para predicar, destruyendo así la barrera que el pecado había construido entre Dios y el profeta porque por los labios entra el fuego que también purificará el corazón. ¿Recibirían los serafines el nombre por su acción simbólica?

         El profeta debe responder: "Aquí estoy, mándame". Es la manifestación de disponibilidad de quien sabe que el hombre sólo puede presentarse ante Dios sin condiciones; a Dios le corresponde enviarlo.

Servicio Bíblico Latinoamericano

b) Mt 10, 24-33

         El destino del discípulo es el mismo de su maestro. Y si éste ha sido rechazado por los círculos fariseos como enemigo del orden querido por Dios (agente del demonio), lo mismo y más sucederá con ellos (v.24). La sociedad se defenderá del mensaje de Jesús con toda clase de insultos y calumnias (Mt 5, 11).

         Se trata de la instrucción de Jesús sobre el temor, que desarrolla la última bienaventuranza (Mt 5, 10). Ante la amenaza que supone la sociedad, no hay que amedrentarse. El mensaje no puede ocultarse, y proclamarlo es la labor de los discípulos. No les recomienda Jesús que se enfrenten con los perseguidores, pero sí que no cesen por ningún motivo de propagar el mensaje. Lo que un tiempo ha estado escondido, tiene que llegar a saberse en todas partes.

         No hay motivo, por tanto, para vivir en el miedo, pues los hombres pueden suprimir la vida física (el cuerpo), pero no la psyké (lit. el yo vivo, consciente y libre). Jesús vuelve a insistir en que la muerte no es una derrota (v.28). En caso de que hubiese que temer a alguien, ese temor estaría justificado sólo respecto a Dios Creador, el único que podría destruir al hombre.

         Pero para los discípulos Dios es Padre (Mt 5, 9), y Jesús exhorta a la confianza en él, porque nada de lo que sucede se le esconde a él, ni siquiera las cosas más mínimas (como la muerte de los pajarillos). Su amor abraza la creación entera. De la vida de los que trabajan con Jesús, la solicitud de su amor ("vuestro Padre") hace que no se les escape nada (cabellos). Por eso, la confianza en él ha de ser total. Explica así Jesús qué significa "tener a Dios por rey", en medio de la persecución (Mt 5, 10).

         Concluye Jesús su exhortación diciendo que de la postura que tome el discípulo ante los hombres, dependerá su suerte final. El que se pronuncia por Jesús sin miedo, es quien resiste hasta el final y corona su vida con éxito ("se salvará"). Quien se acobarda y niega a Jesús, está abocado a la ruina, acaba en el fracaso. Mateo presenta la doble suerte del discípulo en términos de una declaración de Jesús ante el Padre. La fidelidad del discípulo a Jesús en la persecución (Mt 5, 10-11) es la que acabará salvándolo.

Juan Mateos

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         El clima de persecución parece brevemente interrumpido por una explicación: no debe extrañar que a los seguidores les depara idéntica suerte que a su Maestro. Pero así dicho el esquema nos ubica en la lógica del sufrimiento, con una ligera tendencia a la resignación; aunque aquí no termina el discurso.

         Después de esto, un cuadro en el que se repite al principio y final ("no temáis") nos ubica en el ánimo que debe guiar a los seguidores de Jesús ante el conflicto desatado. Las dificultades arrecian, y Jesús no las oculta, sino que invita a "no temer" en medio de esa situación. Dios es el soberano, y aunque esas cosas terribles ocurran, los discípulos deben buscar la realización de su voluntad en los tiempos finales, que las persecuciones manifiestan. La mirada escatológica, y en el más allá de la vida, es lo que debe dar razón principal al aliento con el que debemos seguir fieles al Maestro.

         Finalmente, un refrán antitético nos habla del futuro positivo o negativo de aquel que reniega y de aquel que reconoce a Jesús en el presente, en una especie de Ley del Talión escatológica. El centro de la unidad reside en el sinsentido del temor, cuando Dios es garante de un futuro de vida definitiva para quienes lo anuncian y reconocen.

         El v. 30 y su referencia a los cabellos interrumpe la mención de los pajaritos. De todos modos, el problema de fondo es la cuestión de la presencia del mal en el mundo: si Dios es creador, el soberano de la historia, ¿cómo es posible la presencia del mal?

         Los seguidores de Jesús son multiplicadores de su mensaje, anunciadores públicos de lo que el Señor les ha comunicado. Por tanto, su anuncio no debe ser hecho con temor, pues lo máximo en que nos podrán perjudicar es algo superficial ("matar el cuerpo"). Ni tampoco con incertidumbre, pues la muerte no tiene la última palabra. El testimonio de Jesús resucitado revela que lo fundamental del mensaje (y de la existencia) no está dado por lo circunstancial, sino por lo definitivo.

         Los tiempos últimos terminan en la resurrección, y por lo tanto no tiene sentido el temor. Precisamente por esto, anunciar el reino de Dios es garantía de ser (como Jesús) conducidos por Dios a la vida. El temor no tiene sentido. Ya lo ha dicho Jesús: la identificación del anuncio del Reino lleva a una identificación con el mensajero. Nos espera cruz, persecución y muerte. Pero también la esperanza de que Dios conduce la historia, y todo acabará no en la muerte sino en la resurrección.

Emiliana Lohr

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         "Un discípulo no es más que su Maestro, y le basta al discípulo con ser como su Maestro". Jesús hace hoy esta comparación, evocando el tipo de relaciones entre los alumnos y su maestro. Normalmente, el discípulo depende de su maestro, y recibe la enseñanza de alguien que, en edad y ciencia, es mayor que él y sabe más que él.

         Y "si al cabeza de familia lo han llamado Belcebú, cuánto más a la gente de su casa". Los fariseos acusaron a Jesús de ser el jefe de los demonios. No debe, pues, extrañarnos si recibimos también ultrajes, y ataques calumniosos y falsos. Siendo criticados y acusados, nos parecemos a Jesús.

         Jesús se presenta aquí como el "cabeza de familia", luego la Iglesia debería ser la casa de Jesús, y los cristianos sus familiares. Nosotros somos "la gente de su casa". Me gusta pensar, por un instante, que mi casa es tu casa, Señor, que tú habitas con nosotros. Sé tú, Señor, el verdadero "cabeza de familia", el que guíe, decida y en quien se pueda fiar.

         "No les temáis", nos dice Jesús, que continúa: "No tengáis miedo a los que matan el cuerpo. No temáis, porque vosotros valéis más que todos los gorriones juntos". Por 3 veces nos repite Jesús que no tengamos miedo.

         Para Jesús, Dios está presente en los menores acontecimientos de nuestras vidas: "No cae un pájaro del nido sin que Dios no lo disponga". Dios lo sabe todo, se interesa por todas sus criaturas y ama a todas sus criaturas. Y con más razón se interesa por sus criaturas preferidas (los hombres) y sus hijos muy amados. "Los cabellos de vuestra cabeza están contados, y vosotros valéis más que todos los pájaros del mundo. ¡No tengáis miedo!". ¿Tengo yo hacia el Padre esa confianza absoluta e inaudita, que Jesús me sugiere?

         "Lo que os digo en secreto, dadlo vosotros a conocer en vuestro entorno y a plena luz". Se trata de unas imágenes que evocan la idea de confidencia: Jesús no chilla al hablar, ni quiere imponerse sobre nosotros, sino que nos habla bajito (a media voz, junto al oído) para que aprendamos a escuchar con atención. Es como un secreto confiado. Haz, Señor que oiga tu dulce y discreta voz. Y luego ayúdame a repetir, a proclamar a todos tu Palabra.

Noel Quesson

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         El evangelio de hoy prolonga el mensaje del de ayer, pero lo organiza en torno a una exhortación de Jesús a sus discípulos repetida estratégicamente 3 veces: "No tengáis miedo".

         Pero ¿por qué no que no debemos tener miedo? Las razones son también 3: porque la fuerza del evangelio es imparable, porque cualquier pérdida sólo es parcial y transitoria, y porque Dios cuidará de nosotros (más de lo que cuida de los gorriones). O más en concreto, porque:

1º "nada hay cubierto que no llegue a descubrirse". La mentira atemoriza con apariencia de verdad, pero al final la verdad se abrirá paso, y mostrará a las claras lo que las cosas son;

2º "los que matan el cuerpo no pueden matar el alma". Nuestro centro personal (el corazón) es el santuario de Dios, y eso nada ni nadie puede destruirlo;

3º "no hay comparación entre vosotros y los gorriones". O dicho de otro modo, porque Dios, que se ocupa con primor de todas sus criaturas, cuida de manera especial al ser humano.

         Juan Pablo II comenzó su pontificado gritando con fuerza ese "no tengáis miedo" de Jesús. ¿Por qué lo hizo? ¿Sería porque se dio cuenta de que vivimos una fe que no se fía de Dios? ¿Sería porque nos asusta todo lo que no controlamos? ¿Sería porque tememos quedar reducidos a un pequeño resto insignificante?

         Os invito a que intentemos caer en la cuenta de los miedos que nos paralizan y nos roban parte de la confianza y alegría de los hijos de Dios. Recorrámoslos con calma y pronunciemos sobre cada uno de ellos las palabras de Jesús: "No tengas miedo".

         Se trata de palabras que necesitamos actualizar cada vez que vivimos la fe con temor o que experimentamos una suerte de complejo de inferioridad. Jesús busca discípulos humildes, pero no miedosos; sencillos pero no apocados, mansos pero no pusilánimes. Donde hay experiencia de Dios y poder del Espíritu, no hay temor. El amor vence el miedo.

Gonzalo Fernández

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         Continuando el sermón de la misión, nos encontramos con un motivo de ánimo. El destino del discípulo es igual al de su maestro. Y si éste fue rechazado por los fariseos y calumniado por ellos, si fue perseguido por los de su misma raza e incomprendido por su familia, lo mismo sucederá con los discípulos. La sociedad se defenderá del mensaje de Jesús con insultos y calumnias.

         Mateo ha querido dar consuelo a quienes se preguntaban angustiados por el sentido de esta experiencia dura, recordándoles que esa misma fue la suerte de Jesús a quien ellos están anunciando. Recordemos también que esa misma fue la suerte de los profetas en el AT.

         La expresión "no temáis" aparece 3 veces. Esta frase es muy usada en el AT, como parte del esquema del género de la vocación o misión (como en el caso de la vocación del profeta Isaías), y se emplea siempre para expresar la ayuda divina. Ahora esta palabra de consuelo se dirige a los discípulos para que superen el miedo inherente a las persecuciones.

         A pesar de las persecuciones, por ningún motivo se ha de callar el mensaje; lo que estaba escondido ha de descubrirse. No hay por qué tener miedo. Como lo decisivo está en las manos de Dios, no hay que temer si los hombres les quitan la vida.

         Nada hay que temer cuando se está en las manos de Dios. El amor del Padre y sus cuidados son insospechados: él cuida hasta los pájaros más pequeños, y tiene contados los cabellos. Entonces, ¿cómo no va a preocuparse por sus discípulos, que no para de anunciar su Reino? La confianza en él ha de ser total. La certeza de ser hijos de Dios es lo que, en último término, fundamenta la misión, y hace que no se detenga ante las dificultades.

         Los discípulos que hayan dado testimonio de Jesús ante los hombres, escucharán el testimonio de Jesús en su favor ante Dios. Por el contrario, los que lo hayan negado también serán negados por Jesús ante el Padre.

Fernando Camacho

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         El evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre la relación maestro-discípulo: "No está el discípulo por encima del maestro" (v.24). En el campo humano no es imposible que el alumno llegue a sobrepasar a quien le enseñó el abc de una disciplina, y en la historia hay ejemplos en que el discípulo (como Giotto) logra adelantarse a su maestro (Cimabue).

         Pero la clave de la suma sabiduría está sólo en manos del Hombre-Dios, y todos los demás pueden participar de ella, llegando a entenderla según diversos niveles: desde el gran teólogo Tomás de Aquino hasta el niño que se preparara para la 1ª comunión. Podremos añadir adornos de varios estilos, pero no serán nunca nada esencial que enriquezca el valor intrínseco de la doctrina. Por el contrario, es posible que rayemos en la herejía.

         No obstante, debemos tener precaución a la hora de intentar hacer mezclas que puedan distorsionar (y no enriquecer) la sustancia de la Buena Noticia. Como dice San Agustín, "debemos abstenernos de los manjares, pero mucho más ayunar de los errores".

         El evangelio de hoy nos abre los ojos respecto al hecho ineludible de que el discípulo sea a veces incomprendido, encuentre obstáculos o hasta sea perseguido por haberse declarado seguidor de Cristo. La vida de Jesús fue un servicio ininterrumpido en defensa de la verdad.

         Y si a él se le apodó Beelzebú (antiguo dios de las moscas, o nombre despectivo que los judíos daban a Satanás; 4Re 1,2), no es extraño que, en disputas, confrontaciones culturales o en careos que vemos en televisión, nos tachen de retrógrados. La fidelidad a Cristo Maestro es el máximo reconocimiento del que podemos gloriarnos: "Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos" (v.32).

Raimundo Sorgia

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         Sigue el Discurso Misionero de Jesús a sus apóstoles, en el que hoy aporta oportunos avisos para el trabajo del evangelizador. E insiste de nuevo en el anuncio de las persecuciones. Esta vez la comparación es del mundo de la enseñanza: si a Jesús, el Maestro, le habían calumniado y tramaban su muerte, lo mismo pueden esperar sus discípulos.

         Por eso no podemos dejarnos acobardar, pues:

-el tiempo dará la razón a quien la tiene, ya que "nada hay escondido que no llegue a saberse";
-todos estamos en las manos de Dios, y si él "cuida hasta de los gorriones del campo", ¡cuánto más de sus fieles!;
-el mismo Jesús saldrá en ayuda nuestra, pues "si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo".

         "No tengáis miedo" es la frase que más se repite en el pasaje de hoy. Jesús avisó muchas veces a los suyos que iban a tener dificultades en su misión, y no les prometió éxitos fáciles o que fuesen a ser bien recibidos en todas partes. Al contrario, les dijo que "el discípulo no será más que el maestro", al tiempo que les avisaba que al Maestro lo calumniarán, lo perseguirán y lo condenarán a la cruz.

         Pero este anuncio va unido a otro muy insistente: la confianza. Por tanto, el "no tengáis miedo" no alude al éxito inmediato delante de los hombres, sino el éxito de nuestra misión a los ojos de Dios (que ve no sólo las apariencias, sino lo interior y el esfuerzo que hemos hecho). Si nos sentimos hijos de ese Padre, y hermanos y testigos de Jesús, nada ni nadie podrá contra nosotros, ni siquiera las persecuciones y la muerte.

         El ejemplo lo tenemos en el mismo Jesús, que fue objeto de contradicciones y acabó en la cruz. Pero nunca cedió ni se desanimó, sino que siguió haciendo oír su voz profética (anunciando y denunciando), a pesar de saber que eso iba a incomodar a los poderosos.

         Las pruebas y las dificultades de la vida no nos deben extrañar ni asustar. La Iglesia de Jesús lleva un mensaje que a veces choca contra los intereses y valores que promueve este mundo. Y nos perseguirán por ello. Pero la fuerza del Espíritu de Dios nos asistirá en todo momento. No nos cansemos, ni nos avergoncemos de dar testimonio de Cristo. Y sigamos anunciando a plena luz, a los cercanos y a los lejanos, la Buena Noticia de la salvación que Dios nos ofrece.

José Aldazábal

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         Cuando aparece ante nosotros algo que nos evoca peligros, amenazas o incertidumbres, es normal sentir miedo. Y ¿quién no ha tenido miedo alguna vez? 

         El miedo es un fantasma con muchos rostros: miedo a la oscuridad, a la soledad, al qué dirán, a hablar, al ridículo, a definirse, al compromiso, al fracaso, a los demás, a uno mismo, a encarar la realidad, al presente, a lo que está por venir, a la vida y a la muerte. Y sus efectos son también variados: producir indecisión, impedir avanzar, echar para atrás, hacer tomar otro camino, paralizar, atrapar. El miedo puede ser un sentimiento adaptativo cuando nos previene de peligros reales y nos hace tomar las precauciones necesarias. Pero el problema es cuando atrapa la vida y uno vive huyendo de todo y de todos.

         "No temáis" es la palabra que Dios nos dirige hoy, repetida 7 veces por Mateo en su evangelio, cuando los seguidores de Jesús parecen echarse atrás ante la dificultad, el riesgo o lo nuevo.

         Los creyentes tenemos derecho a sentir miedo. Pero a la vez se nos da la oportunidad de dar el paso de la confianza. Porque, en el fondo, sabemos que el mundo y la vida están en manos de Dios. Y que él tendrá la última palabra, a pesar de las apariencias contrarias. En el partido de nuestra vida juegan Miedo y Confianza, y ambos quieren ganar. De hecho, cuando uno avanza, el otro retrocede. Ojalá que, apoyados en Aquél de quien nos hemos fiado, llegue la confianza a ganar por goleada.

Luis Manuel Suárez

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         Los discípulos no pueden esperar una suerte mucho mejor que la de su maestro. Y si el maestro se consagró al servicio de los pobres y lo único que consiguió es que lo mataran, que se preparen los discípulos que quieran aspirar a sentarse en los tronos de este mundo.

         A diferencia de los fariseos y esenios, los discípulos de Jesús no aspiraron nunca a ocupar el lugar del Maestro, ni se prepararon para ser los sucesores de su predecesor, ni establecieron nunca jerarquías entre ellos, ni distinciones entre los que más saben y los que menos. La preparación de los discípulos estuvo siempre encaminada al servicio misionero de la Palabra, al servicio del pueblo y en relación filial con el Padre.

         Si algún hermano nuestro sintiese la tentación de ocupar el lugar del Maestro, que se prepare. Porque ese lugar no está disponible, y él aún lo ocupa. El Maestro resucitado sigue enseñando a sus discípulos por medio del Espíritu, continúa enviando a sus discípulos a la misión, sigue formando en la escucha atenta de su Palabra.

José A. Martínez

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         El evangelio de hoy es una catequesis preciosa sobre cómo vencer el miedo. No cualquier miedo, sino ese que nos paraliza e inutiliza, y nos impide ser generosos, agradecidos y emprendedores.

         Somos víctimas de ese miedo cuando nos escondemos en el presente para que no nos asalte el recuerdo del mal que hicimos, o no nos persigan las preguntas de un futuro incierto. Somos sus víctimas cuando mendigamos certezas de las cosas que vemos sin llegar a comprender, o cuando nuestras preguntas son más grandes que las respuestas que podemos asir.

         Jesús nos muestra que podemos vencer el miedo con una sola arma: sabiéndonos valiosos para Dios. Su evangelio de amor es el anuncio de lo preciosos que somos, y sobre esa certeza la angustia se derrite como la nieve ante el sol del verano.

Nelson Medina

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         Escuchamos hoy de Jesús una enseñanza que nunca debemos olvidar: "Ningún discípulo debe aspirar a ser mejor tratado que su Maestro". Pues sabemos que al Maestro le infligieron sufrimientos y muerte, sobre todo las personas que no quisieron cambiar de corazón. Luego eso nos debe llevar a asumir la vida real con entereza y realismo.

         Tras ese punto, es normal que surja en los discípulos el miedo. Y eso es a lo que alude a continuación Jesús: "No tengáis miedo". Porque aunque el mundo siga odiándonos (viene a decir Jesús), Dios Padre tiene preparada una especial providencia para nosotros, para cada momento de nuestra vida.

         La sencillez y la sagacidad de Jesús, instruyendo a sus discípulos, es admirable. Entre por los ojos de todos que quien aspire a ser discípulo se ha de mirar en el espejo del maestro. Sólo si algún día abre el discípulo caminos nuevos podrá pensar en que su misión es la de prolongar y superar lo recibido.

         En nosotros, discípulos de Jesús, no cabe aspiración alguna a crear nuevos mundos, ni siquiera el sueño de que a nosotros nos estará reservado un camino de rosas. El discípulo de Cristo, que pisa sobre las huellas del Maestro, tiene que asumir el sufrimiento y la cruz como parte integrante de su única vida. Y no debe hacerlo con pena, sino con la alegría de quien sabe que con ello da gloria a Dios y contribuye a la salvación de los hombres, unido a Cristo.

Dominicos de Madrid

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         Señalar la identificación de Jesús con sus apóstoles constituye la finalidad principal del pasaje evangélico. Dicha identificación sirve para anunciar las dificultades que los enviados encontrarán en la realización de su tarea (vv.24-25) y sirve también para alentar la confianza con que deben estar emprenderla (vv.26-33).

         El rechazo al mensaje de Jesús por parte de la sociedad de la época se transfiere inevitablemente a los que son de su circulo: discípulos y servidores. La dirigencia religiosa ha considerado a Jesús como una amenaza al orden querido por Dios y, por consiguiente, como presencia diabólica en la historia de los hombres. Esto explica el calificativo de Belcebú que le endilgaron sus adversarios.

         Frente al mensaje de Jesús la sociedad egoísta se defiende apelando al insulto y a la calumnia. Y este hecho constatable en la vida de Jesús se prolonga en la vida de sus mensajeros que deberán estar preparados a asumir una condición de vida marcada por las injurias y las falsedades humanas.

         Las dificultades nacidas de allí, hacen que el mensajero deba revestirse de coraje para no echarse atrás frente a las oposiciones. Y sólo puede encontrar ese coraje en la identificación con Jesús y con el Padre, comprometidos a fondo con la tarea del anuncio.

         Dirigiendo la atención hacia el Padre, providente y cercano a la misión comunitaria, el enviado encuentra una palabra que lo conforta y le da fuerzas para enfrentar los peligros y riesgos que se alzarán a su paso.

         El enviado sabe de la preocupación del Padre por las realidades mínimas de su creación. Lo que los hombres consideran de valor ínfimo como las aves son objeto de su cuidado y atención. Y esto que sucede en el ámbito de la naturaleza, encuentra mayor validez en el ámbito de la historia de salvación, señalada a lo largo del tiempo por la presencia divina que nos exhorta a "no tener miedo" (vv.26.28).

         El verdadero temor para el discípulo consiste sólo en la separación del Padre. Alejarse de la fuente de la Vida es el único fracaso real que amenaza la vida del discípulo-servidor. Los restantes temores deben ser desechados ya que no pueden extinguir la vida, difundida a través de un mensaje que vence la resistencia de los que pretenden encubrirlo y mantenerlo en secreto.

         De allí surge una opción para todo aquel que ha recibido el encargo de transmitir la Buena Noticia. La valiente proclamación que mantiene la comunión con Jesús y, por medio de él, con el Padre y que lleva la vida hasta su realización plena, o la cobardía de la negación de Jesús que impide la realización personal en su núcleo más fundamental.

         La identificación con Jesús, origen de la misión del apóstol, es también la fuente de su confianza en la realización de su tarea. Y debe convertirse en el único elemento a tener en cuenta, a la hora de guardar con cuidado el encargo recibido.

Confederación Internacional Claretiana

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         Después que Jesús escoge a los 12 y los envía a proclamar el reino de Dios, el evangelio de Mateo presenta una serie de orientaciones que ayuden a los discípulos en su actividad pastoral (vv.5-25). La 2ª parte de esas instrucciones incluye la advertencia sobre los peligros y persecuciones que los discípulos habrán de afrontar, donde no hay cabida para el miedo y la cobardía (v.26). Así como anima a seguir gritando a los 4 vientos el mensaje revelado (v.27).

         El hilo conductor del texto es la consigna negativa "no tengáis miedo" (v.26.28.31), así como la positiva "temed". No hay que tener miedo a las cosas de otros que traten de perseguirnos (en este caso a los perseguidores o calumniadores), sino que hay que temed a nuestras propias cosas, si éstas no cumplen la voluntad de Dios (v.28).

         Jesús invita a confiar en la presencia de Dios, dueño y Señor de la vida, pues todo lo que existe se rige según su voluntad (vv.29-31). Y también invita a confiar en él, puesto que nosotros defendemos su causa, y la causa de Jesús es la causa del Padre (v.33). Si estamos implicados en la defensa de Dios, Dios nos protegerá, y mucho más si por ello sufrimos desvelos o persecuciones.

         Esa es la confianza que Jesús trasmite a sus discípulos. Por ello, en medio de las calumnias, persecución o martirio, no podemos dejar de anunciar el reino de Dios. Jesús lo entendió así. Pablo también los vivió así. Por eso nosotros debemos seguir ese camino, lanzándonos alegres a la maravillosa aventura de anunciar la fuerza renovadora del reino de Dios.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         Como buen maestro, Jesús habla con frecuencia a sus discípulos sobre el discipulado o etapa de aprendizaje, y por eso hoy les dice: Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo. Ya le basta al discípulo con ser como su maestro, y al esclavo como su amo. y si al dueño de la casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados!

         En efecto, mientras un discípulo permanece discípulo de su maestro, está en una relación de aprendizaje en que el maestro debe ser su referente, y él ha de dejarse guiar. En este sentido, un discípulo no puede ser más que su maestro, aunque pueda llegar a superar a su maestro en el futuro, una vez transcurrido el tiempo de su aprendizaje (como ha sucedido de hecho en tantos casos a lo largo de la historia).

         Lo mismo sucede con el esclavo o el criado, que están al servicio de su amo y, mientras estén con él, lo seguirán estando. Pero este estado de cosas puede cambiar, y el esclavo dejar de serlo. Y si al dueño de la casa lo han llamado Belzebú, ¡qué no dirán de los criados que están bajo su dominio! Y si a Jesús, el Maestro de Nazaret, lo perseguirán y llevarán al patíbulo, ¿qué cabe esperar que hagan con sus discípulos?

         Jesús previene a sus discípulos de lo que les espera, y les habla con extrema claridad de su suerte (que será la misma que tuvo su maestro, pues con él comparten destino) y de su destino (que pasará por las mismas pruebas que su Maestro, pues no son más que su Maestro).

         Pero no deben tenerles miedo, recalca Jesús refiriéndose a sus enemigos, porque al igual que éstos les llamarán Belzebú (como lo llamaron a él), de igual manera pondrán al descubierto, antes o después, sus propias vergüenzas, por mucho que quieran ocultarlas.

         Hay una palabra en este pasaje evangélico, por tanto, que se repite como una melodía: No tengáis miedo. La palabra se dirige a personas atemorizadas por los peligros de la vida, por el rumbo de los acontecimientos, por las acechanzas o amenazas de otros hombres, y quiere llevar la confianza a esos corazones temerosos y angustiados.

         La vida (con sus inseguridades y peligros) ofrece sin duda muchos motivos para tener miedo. Además, están los miedos patológicos (imaginarios) e irracionales que carecen de motivo racional. Son nuestros fantasmas.

         La lista de nuestros miedos sería seguramente interminable. Tenemos miedo a lo desconocido (o a los desconocidos), a un asalto a nuestra casa, a la oscuridad, a la ruina económica, a un accidente que nos deje minusválidos, al abandono del esposo, al juicio de otros, a la muerte... Son nuestros miedos, y pocos pueden decir con sinceridad que no tienen miedo a estas cosas. Es más, parece imposible vivir con tranquilidad en medio de tantos peligros y acechanzas.

         Pues bien, Jesús nos dice: No tengáis miedo a los hombres, pues es precisamente de los hombres de quienes podemos temer las mayores acechanzas: un robo, un asesinato, una calumnia, una agresión, una negligencia. No tengáis miedo, repite Jesús, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse.

         Jesús parece referirse aquí al poder del hombre para ocultar o disfrazar la realidad, y viene a decir que de nada le servirá este empeño encubridor, porque todo acabará sabiéndose, y la verdad acabará saliendo a la luz y poniendo al descubierto la falsedad de la mentira.

         Tal vez haya que sufrir por algún tiempo los efectos de la calumnia, la difamación o la mentira, pero al final prevalecerá la verdad. Sólo los enemigos de la verdad, y los que tienen cosas vergonzantes que ocultar, temen el desvelamiento de lo oculto. Es verdad que hay una zona de intimidad en nuestras vidas que no tiene por qué estar expuesta a las miradas de todos, pero lo deseable es que siempre y en todas las cosas resplandezca la verdad.

         Jesús considera que lo que él dice en privado (o de noche) puede y debe ser dicho en pleno día, y que lo que él dice al oído puede ser pregonado desde la azotea. Y si quiere que se dé publicidad a sus palabras y acciones (salvo casos excepcionales) es porque tales palabras son verdaderas y no tiene nada que ocultar. Por eso no teme la maledicencia, porque la integridad no tiene nada que temer, y nada hay cubierto que no llegue a descubrirse.

         Pero aun dice más: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. En este caso, ¿qué alma es esa que no está al alcance de las espadas ni de las hogueras? La que tuvieron los mártires, por ejemplo, cuando vieron arrebatada su vida pero no su fe en Dios, ni su integridad moral, ni su esperanza de vida eterna. Todo eso no se lo quitaron, porque era patrimonio de su alma.

         Estas convicciones son las que les permiten vencer su miedo al dolor y a la pérdida de la propia vida. Habría que temer más bien, dice Jesús, al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿Y qué fuego es ése que puede destruir el alma?

         Jesús parece aludir a la gehenna o fuego del infierno, que atormentaría al alma pero sin aniquilarla. En realidad, lo que destruye al alma (esto es, su rectitud, su honestidad, su esperanza, su paz, su salud...), es el pecado, y a esto sí hay que temer. Pero hasta el pecado está sujeto al fuego purificador de Dios, que puede disolver el pecado con la llama de su misericordia. Eso sí, siempre que el responsable del pecado de deje quemar por este fuego del amor divino.

         No obstante, no hay que olvidar que la maldad es obstinada, y que el alma puede morir si se enquista en su propia obstinación, pues en este caso Dios no podría hacer más de lo que ya ha hecho.

         Si hay que temer a lo que puede destruir el alma, y no al que puede destruir el cuerpo, es porque la vida del alma es más valiosa que la vida del cuerpo. O mejor, porque la vida del hombre, unión de alma y cuerpo, es más que la simple vida corporal.

         En cualquier caso, no temamos porque no hay comparación entre nosotros y los gorriones. Y si ninguno de ellos cae al suelo sin que Dios lo permita (o disponga), mucho menos nosotros, que somos inconmensurablemente más valiosos a sus ojos. Confiemos, pues, en su providencia amorosa.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 13/07/24     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A