20 de Junio

Jueves XI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 20 junio 2024

a) Eclo 48, 1-14

         Sirac el Sabio, mucho tiempo después de la subida de Elías al cielo, hace su elogio y anuncia su retorno. Tenemos aquí un ejemplo suplementario de la vida que corre a lo largo de la Biblia: los hechos y los gestos del pasado, que son constantemente reinterpretados por las generaciones sucesivas.

         Respecto a Elías, nos dice el libro del Eclesiástico que "surgió como un fuego el profeta Elías, cuya palabra abrasaba como una antorcha, que hizo caer fuego tres veces, y que fue arrebatado en un torbellino de llamas".

         El personaje Elías es simbolizado por el fuego. Para los hebreos, como para muchos pueblos acostumbrados a los sacrificios, el fuego era el elemento misterioso que unía al hombre con Dios, y por eso pasaban las víctimas por el fuego para que el fuego penetrara en ellas, y se comía esa víctima en una comida sagrada para entrar en comunión con la divinidad.

         Se trata de un simbolismo que hoy día apenas nos impresiona. Sin embargo, hay que tratar que lo que ese símbolo simbolizaba, se haga presa en nosotros. Porque incluso en nuestro mundo moderno, el fuego sigue siendo lo que calienta, lo que alumbra, lo que purifica, lo que destruye, lo que es difícil de dominar, lo que alegra y a la vez espanta, lo necesario para doblegar lo difícil... Además, una llama es algo hermoso, misterioso y viviente, y ante un fuego las miradas se quedan fascinadas y atraídas, aunque no podemos acercarnos mucho a él.

         Reconsideremos todos esos simbolismos, porque nos ayudarán a obtener una cierta aproximación a Dios. Y detengámonos un instante sobre esa fórmula, pronunciada un día por Jesús: "He venido a traer fuego a la tierra, y ojalá estuviera ya ardiendo".

         Elías, tú que despertaste un cadáver de la muerte, y al resucitar al hijo de la viuda de Sarepta, parecías escapar a las leyes de la muerte. Y con tu subida al cielo anunciaste una nueva era de la historia, en la que la muerte será vencida. Una misma fe recorre toda la Biblia, y Cristo resucitado está ya presente en esta fe.

         Elías oyó la palabra de Dios sobre el Sinaí y sobre el Horeb, y se refugió en la soledad del desierto, y en la cueva de Moisés para oír de nuevo la voluntad de Dios. Concédenos, Señor, ser unos apasionados de tu encuentro. "Quiero ver a Dios", decía Santa Teresa de Jesús, discípula del profeta del Carmelo. Tras lo cual, añadía: "Sólo Dios basta".

         Elías consagró reyes para que establecieran la justicia, y al mismo tiempo fue un hombre de oración contemplativa. No fue un débil ni un tímido, y el alejamiento del mundo no fue una huída cobarde, pues constantemente volvió de nuevo para el duro combate de la justicia. Hay que saber medir los tiempos, y destinar a ese tiempo el servicio a Dios y a los hermanos.

Noel Quesson

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         La presencia del Espíritu Santo en nosotros es algo que debe ser proclamado con ardor, porque el fuego de Dios, manifestado en los profetas, y sobre todo en Cristo Jesús, nos purifica de nuestros pecados, calienta nuestra frialdad, aviva el fuego del amor divino en nosotros y nos convierte en huéspedes suyos.

         Quienes hemos recibido el don del Espíritu Santo, no hemos sido enviados a juzgar ni a condenar a los demás, sino a salvarlos, sabiendo que Dios ama a todos, y a todos dirige su llamada a la santidad. Por eso hemos de pasarnos la vida buscando todos los medios, para que los alejados retornen a Dios, y dejen de creer y seguir a los falsos baales.

José A. Martínez

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         La historia de Israel, y sus personajes, admite varias interpretaciones. Por eso, "algunas veces se ilumina el significado religioso de los hechos históricos por medio de algunos textos tomados de los libros sapienciales, que se añaden, a modo de proemio o de conclusión, a una determinada serie histórica" (OLM, 110).

         Esto sucede hoy al concluir el Ciclo de Elías, en que interrumpimos la lectura de los libros I y II de los Reyes, y pasamos a escuchar el Eclesiástico, en que el Sirácida muestra su admiración por Elías, que no escribió ningún libro, pero que fue un recio profeta de acción en el Reino del Norte (Israel) durante la peor crisis religiosa de los hebreos (su idolatría a los baales fenicios).

         El Sirácida escribe en el s. IV a.C, y nos muestra un gran paralelismo entre lo que estaba pasando en su tiempo y lo que había sucedido mucho antes, en el s. IX a.C, en que unos profetas valientes (Elías y Eliseo) supieron hacer frente a la pérdida de fe en el pueblo elegido.

         El resumen que hace de la vida de Elías nos recuerda lo que hemos ido leyendo en días pasados. Y el salmo responsorial de hoy también refleja ese rasgo que no paraba de resaltar el Sirácida: el temperamento de Elías (en su lucha contra la idolatría) y su estilo fogoso: "Delante del Señor avanza fuego, abrasando en torno a los enemigos. Y los que adoran estatuas se sonrojan, y los que ponen su orgullo en los ídolos".

         ¿Podría hacer alguien un retrato de nuestra vida en términos parecidos a los que aquí leemos sobre Elías y Eliseo? ¿Somos profetas de Cristo, y defendemos sus intereses para que no se pierda la fe, y no caigamos en las idolatrías de nuestro tiempo? ¿Somos capaces de denunciar con valentía lo que no puede tolerarse, en el campo de los derechos de Dios y de los seres humanos?

         No es necesario que seamos tan fogosos como Elías (todo él "un profeta de fuego, con palabras como horno encendido), ni que hagamos tantos milagros como Eliseo (al que "no hubo milagro que le excediera"), pero sí que aprendamos su fidelidad a Dios y su valentía profética.

         La familia carmelitana tiene a Elías como inspirador y padre de su espiritualidad, apreciando en él tanto su aspecto contemplativo (su marcha por el desierto y su encuentro con Dios en el Horeb) como su acción decidida. Todos podríamos aprender esta doble dimensión de Elías: la oración y la acción, el desierto y la ciudad, la unión con Dios y la solidaridad con los que sufren.

José Aldazábal

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         La sabiduría de la Escritura nos encarece una y otra vez a que obremos desde nuestro silencio, mirando a Dios y no las vanidades humanas. Pero cuando esa misma Escritura canta la grandeza de algunas personas célebres, parece que se olvida de ese silencio, y prorrumpe en clamorosos gritos de exaltación. Es lo que acontece hoy en la 1ª lectura, tomada del Sirácida (o libro del Eclesiástico) y cuyas palabras nos dejan entrever la enorme veneración que el pueblo de Israel tenía a su profeta Elías.

         Sencillez y grandeza, humildad y clamor, porque la vida es contraste y tensión. ¿Imitaremos también nosotros, en nuestro s. XXI, esos gestos de reconocimiento con quienes son hoy héroes en la misión y entrega a Dios? Cuidemos la verdad, y no sea nuestro canto un puñado de estrellas fugaces de pantalla televisiva, sino el de todos aquellos auténticos maestros de la vida en el Espíritu.

         Hay muchos que hoy viven, a su manera, la fogosidad de su vida cristiana, a semejanza de Elías y su ímpetu avasallador. Y nos dan lecciones de generosidad y entrega. Nos dan lecciones cuando desean transfigurarse en Dios, con profundo olvido y desprecio de sí mismos. O cuando se sumergen en la soledad de monte Carmelo, o cuando quieren batirse contra los falsos profetas de Baal, o cuando quieren blandir la espada evangélica del amor y la verdad, o cuando de ponen de parte de las pobres viudas de Sarepta, o de los atropellados que sufren como Nabot. Si se dirigen al Padre en la oración, esos héroes de hoy día arden en fuego de fidelidad, y se consumen por el bien de los hermanos. ¿No está el mundo necesitado de este tipo de profetas?

Dominicos de Madrid

b) Mt 6, 7-15

         Propone Jesús hoy el modelo de oración: el Padrenuestro, como modelo de relación de los discípulos con Dios, tanto a nivel individual (como hijos de Dios) como comunitario (como ciudadanos del Reino). Una oración en que la mención al Padre eclipsa todo lo mundano, pues es a él al único al que se le aplica un nombre propio. La conducta de ese Padre es la que ha de guiar a toda la humanidad, y no sólo a los discípulos (Mt 5, 48).

         El Padrenuestro se divide en 2 partes, la 1ª en torno al Padre (tu nombre, tu reinado, tu voluntad) y la 2ª en torno a la Iglesia (nuestro, dánoslo, perdónanos, no nos dejes...). En la 1ª parte la Iglesia se pone en manos del Padre (deseando la extensión de su Reino a toda la humanidad), y en la 2ª la Iglesia pide al Padre por sí misma y por esa humanidad.

         La Iglesia pide que la humanidad reconozca a Dios como Padre, pero luchando ella al mismo tiempo por ese reconocimiento (según el paralelo de Mt 5,16). La petición supone, por tanto, el compromiso de la Iglesia en realizar "buenas obras" (Mt 5,16; 5,7-9), y pide la eficacia de su actividad en el mundo. No se encierra en sí misma, y quiere que lo que ella goza de Dios (como Padre) se extienda a todos los hombres. Antes que pensar en sí misma, la Iglesia se preocupa por la humanidad que le rodea.

         Padre es el nombre de Dios, y el único que aparece en esta oración. Pronunciarlo supone el compromiso de portarse como hijos, reconocerlo por modelo, como fuente de vida y de amor. El término Padre ya se aplicaba a Dios en el AT (Jr 3,19; Ex 4,22; Dt 14,1; Os 11,1), pero su sentido era muy diferente, y dentro de la cultura judía aludía, ante todo, a una figura autoritaria.

         La expresión "que estás en los cielos" (lit. del cielo) no separa al Padre de los discípulos, e indica solamente la trascendencia y la invisibilidad de Dios.

         "Llegue tu reinado" (v.10a) formula una misma idea de diversas maneras. El reinado de Dios, del que ya tiene experiencia la Iglesia (Mt 5, 3.10), debe extenderse a todo hombre. Y dado que la puerta del reino es la 1ª bienaventuranza, la Iglesia pide la aceptación del mensaje de Jesús, que funda el reinado de Dios. Al mismo tiempo, ella es la que, con su modo de vida, hace presente en el mundo ese mensaje (Mt 5, 12). Implícitamente, pide también la creación de una nueva sociedad, basada en las cualidades del reinado de Dios.

         "Realícese en la tierra tu designio del cielo" (v.10b). La palabra thelema (lit. designio) manifiesta una voluntad concreta que puede referirse al individuo o a la historia. La frase formula nuevamente la anterior ("llegue tu reinado") y significa, por tanto, el cumplimiento del designio histórico de Dios sobre la humanidad, anunciado en Mt 5,18.

         El término designio incluye 2 momentos: la decisión y la ejecución, a los que corresponden las especificaciones "en el cielo, en la tierra". La decisión está tomada "en el cielo" (Dios), pero tiene que ejecutarse en la tierra (los hombres). La frase significa, pues, "realícese en la tierra el designio que tú has decidido en el cielo". La preposición como indica el deseo de que ese designio se realice exactamente como está decidido.

         La Iglesia vuelve a pedir por el mundo, pero ahora por sí misma y desde su preocupación por la misión que Jesús le confía. Sus primeras 3 peticiones tienen igual contenido: desear que su experiencia y vida de Dios se extienda al resto del mundo. Y sólo después, pasa la Iglesia a preocuparse de sí misma.

         "Danos hoy nuestro pan del mañana" (v.11). La palabra pan, semitismo de la palabra alimento (Gn 18, 5-8), se refiere al "pan del mañana" y alude al banquete mesiánico venidero, en la etapa final del reino (Mt 8, 11), cuya etapa histórica se realiza en el grupo de discípulos ("nuestro pan"). Se pide, por tanto, que la unión y alegría final de los cristianos sea un hecho en los cristianos de hoy día.

         Jesús mismo describió su presencia con los discípulos como un banquete de bodas, oponiéndose a la tristeza del ayuno practicado por los discípulos de Juan y los fariseos (Mt 9, 14-15). Se trata de la unión simbolizada por el banquete de la amistad ("los amigos del novio"; Mt 9,15), y éste es el vínculo que une a los miembros de la Iglesia (alrededor del banquete de la eucaristía).

         "Perdona nuestras deudas, porque también nosotros perdonamos a nuestros deudores" (v.12). Se trata de la única petición que incluye una exigencia para los cristianos. La partícula hos (lit. que, ya que) indica un motivo, más que comparación (como). Es decir, el perdón del Padre está condicionado al perdón mutuo (expresión del amor). Quien se cierra al amor de los otros se cierra al amor de Dios (que se manifiesta en el perdón).

         En este pasaje no emplea Mateo el término pecados, sino deudas o fallos, porque los pecados representan el pasado, que quedó borrado con la adhesión a Jesús (Mt 9, 6). La división en la Iglesia impide la presencia en ella del amor del Padre. Se pide, pues, la manifestación continua de ese amor, aduciendo por motivo la práctica del amor (que se traduce en el perdón mutuo). Los deudores incluyen a los enemigos y perseguidores (Mt 5, 43). La Iglesia pretende vivir la perfección a que Jesús la exhortaba (Mt 5, 48).

         "No nos dejes ceder a la tentación, sino líbranos del Maligno" (v.13). Literalmente, se dice "no nos hagas entrar" o "no nos introduzcas", pues el arameo no distingue entre las formas hacer y dejar hacer. El sentido permisivo está exigido por el paralelo con la frase siguiente (omitida por Lc 11,4) y viene a decir "haz que no entremos en tentación" (o de modo más castellano, "no nos dejes ceder a la tentación").

         Tentación no lleva artículo, luego no se trata de una tentación única y determinada, y sí está remitiendo a las tentaciones de Jesús en el desierto, único lugar donde Mateo ha tratado antes este tema. Allí, el diablo (o Satanás) era llamado el Tentador, mientras que aquí se le llama el Maligno (Mt 5, 37), luego su tentación es siempre mala. La relación con la escena del desierto aclara el sentido de tentación en este pasaje: la misma (o mismas) que experimentó Jesús. Aquéllas pretendían desviar el mesianismo de Jesús, y éste siempre respondió con un texto sin carácter mesiánico (propio), sino aplicable a todo hombre (universal).

         La Iglesia, así, experimenta que su misión (que continúa la de Jesús), sufre los mismos embistes malignos que experimentó Jesús: 1º el del ateísmo práctico, usando de sus dones para propio beneficio, sin atender al plan de Dios (Mt 4, 3); 2º el del providencialismo, que hace caer en la irresponsabilidad (Mt 4, 6); y 3º el de la de la gloria y el poder (Mt 4, 8). Ceder a la tentación equivaldría a prestar homenaje a Satanás (Mt 4, 9), renunciando a la misión de Jesús.

         El Maligno, por tanto, tentará siempre a través de la personificación del poder mundano, excitando la práctica atea, la relajación y la ambición. Que el Padre no permita que la Iglesia ceda a sus halagos es la petición final del Padrenuestro. Lo contrario sería la ruina de la Iglesia de Jesús.

         "Pues si perdonáis sus culpas a los demás, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas" (vv.14-15). Insiste Jesús en la necesidad del perdón. La unión en la comunidad es condición esencial de su existencia, pues sólo ella asegura la experiencia del amor del Padre. No es que Dios se niegue a perdonar; es el hombre que no perdona quien se hace in capaz de recibir el amor.

Juan Mateos

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         En el Sermón de la Montaña, Mateo agrupo algunos consejos sobre la oración, dados por Jesús en diversas ocasiones: "Cuando reces, retírate a tu cuarto". En general, hay 2 clases de plegarias: la plegaria litúrgica (la oficial, pública y comunitaria) y la plegaria personal (que está escondida en Dios). La plegaria personal es el signo de la sinceridad y veracidad de la litúrgica. La persona que no hiciera jamás oración a solas con Dios, mostraría que su participación en las prácticas religiosas exteriores carece de valor profundo.

         Si falto a menudo a mi oración personal, es quizás porque caigo en el defecto del que habla Jesús: digo palabras, las multiplico y soy machacón en eso, hasta coger hastío de todo eso, o acabar en el vacío. Haz que descubra, Señor, esa verdadera plegaria de la que tú nos hablas, y que silenciosamente va de corazón a corazón, para estar con Dios, sin más. ¿Me contento con utilizar sólo plegarias ya hechas? ¿O bien hablo a Dios con mis propias palabras, lo más a menudo posible?

         "Padre nuestro". Santa Teresa de Jesús escribe que le bastaban a menudo estas 2 palabras para hacer una larga oración: Un Dios que es Padre, un Dios que me ama.

         "Que estás en los cielos". Este Dios tan cercano, y tan familiar, es también el completamente otro. De hecho, no se puede localizar, y no se puede decir que está aquí o allí, porque ¡está en todas partes! Esta fórmula significa que reconocemos que Dios está más allá del mundo visible, y que respetamos su trascendencia.

         "Hágase tu voluntad". Todo está dicho en esta fórmula, pero ¿cómo se la podría pronunciar con la punta de la lengua, sin procurar también realizarla por los detalles de nuestra vida?

         "Danos hoy nuestro pan de cada día". Se trata de la fórmula que resume todas nuestras humildes necesidades humanas. Y en esto también nuestra vida debe corresponder a nuestra oración. ¿Cómo no nos esforzaremos en satisfacer las necesidades de nuestros hermanos, muchos de ellos hambrientos y desnutridos?

         "Perdona nuestras deudas, porque también nosotros perdonamos". Jesús tiene mucho empeño en este tema, que volverá a tratar de modo muy riguroso en una parábola despiadada (Mt 18, 23). La oración no puede estar separada de la vida, y la actitud de perdón (el amor a los enemigos que Jesús nos ha pedido) viene impuesta por la actitud de Dios con nosotros.

Noel Quesson

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         Tal vez hoy te haya extrañado hoy esta traducción del Padrenuestro tan distinta de la habitual que rezamos a diario. Y es que, sorprendentemente, la oración cristiana por excelencia está mal traducida del griego. Así de claro.

         Porque "Padre nuestro del cielo" dice el texto griego, mientras que nosotros rezamos "Padre nuestro que estás en el cielo", alejando a Dios de los seres humanos. Sin embargo, cuando decimos "Padre nuestro del cielo" no indicamos la distancia sino su trascendencia e invisibilidad, de un Dios que se relaciona individual y comunitariamente con los seres humanos (que por ello, pasan a ser considerados hijos).

         La expresión "santificado sea tu nombre" debería ser traducida por "sea proclamado tu nombre", teniendo en cuenta los lugares donde en la Biblia aparece esta expresión, y el significado que allí tiene. Además, lo que quiere Jesús es que el nombre de Dios (Abbá, lit. Padre) sea de ahora en adelante conocido, proclamándose que ésa es su naturaleza y el aspecto que le caracteriza.

         "Venga a nosotros tu reino" debería haber sido traducida por "llegue a nosotros tu reinado", pues lo que le pedimos a Dios es que reine sobre nosotros (y por tanto, que comience ya su reinado).

         Sobre la frase "hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo" hemos sacado la Teoría de la Divina Providencia, según la cual parece que "todo lo que sucede en el mundo es el resultado de una voluntad o deseo divino expreso". Sin embargo, tendría que haberse traducido por "realícese en la tierra tu designio del cielo", pues lo que se pide es que se cumpla el proyecto que Dios tiene ("tu designio del cielo") sobre la humanidad (que no es otro sino que todos los seres humanos lleguen a ser hijos suyos).

         "Danos hoy nuestro pan de cada día" no tiene nada que ver, tampoco, con el original griego escrito por Mateo, que dice "danos hoy el pan del mañana", aludiendo a la unión, amistad y alegría propia del banquete mesiánico futuro, anunciado para los últimos tiempos ("nuestro pan del mañana"; Mt 8,11) pero que la Iglesia pide ya por anticipado, para empezar a vivir ya aquí el amor y la fraternidad de los últimos tiempos, anticipados por la eucaristía.

         Respecto a la petición "perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden", el texto griego no habla de ofensas sino de deudas. Porque a Dios no se le puede ofender (literalmente, no familiarmente), mientras que la criatura tiene contraída con él una inmensa deuda (de amor, sobre todo). Dios nos perdonará esta deuda en la medida en que nosotros amemos a nuestros hermanos. El perdón del Padre está condicionado al perdón mutuo. Quien se cierra al amor de los otros se cierra al amor de Dios. El término deudores incluye tanto a los enemigos como a los perseguidores.

         "No nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal" debería haber sido traducida por "no nos dejes ceder a la tentación, y líbranos del Maligno". Porque la tentación no es una tentación cualquiera, sino que remite a las tentaciones de Jesús en el desierto, donde fue tentado por Satanás (llamado ahora el Maligno).

Fernando Camacho

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         En el Sermón de la Montaña, Jesús dio toda serie de consejos a sus seguidores, y también en el caso de hoy, en torno a la forma de rezar: "No recéis con muchas palabras". A continuación, Jesús nos da su modelo de oración: el Padrenuestro, una oración que se puede considerar como el resumen de la espiritualidad del AT y del NT.

         En 1º lugar, el Padrenuestro nos hace pensar en Dios, que es nuestro Padre (su nombre, su reino, su voluntad). Y muestra el deseo de sintonizar con él. Tras lo cual, y en 2º lugar, pasa a mostrar nuestras necesidades: el pan de cada día, el perdón de nuestras faltas, la fuerza para no caer en tentación y vencer el mal. Terminando todo ello con una petición que tal vez nos resulta la más incómoda: "Si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas".

         Rezamos muchas veces el Padrenuestro, y tal vez no le sacamos todo el jugo que podríamos sacarle, agradeciendo a Jesús que nos lo haya enseñado como la oración de los que se sienten y son hijos de Dios. Sería bueno que leyéramos, a ese respecto, el comentario que el Catecismo de la Iglesia ofrece del Padrenuestro en su 4ª parte, para que cuando lo recemos, no sólo suenen las palabras en nuestros labios, sino que resuene su sentido en nuestro interior.

         Esta oración nos debe ir afirmando en nuestra condición de hijos para con Dios, y también en nuestra condición de hermanos de los demás, dispuestos a perdonar cuando haga falta, porque todos somos hijos del mismo Padre.

José Aldazábal

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         En el evangelio de hoy continúa la catequesis de Jesús sobre la oración cristiana, esta vez contraponiéndola a la concepción casi mágica de la oración que se practicaba en los ambientes paganos. De ahí que Jesús diga: "Al orar, no digáis muchas palabras, pues eso es lo que hacen los paganos, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados" (v.7).

         Por supuesto, no critica Jesús la inútil repetición de las fórmulas de oración, pues eso ya lo hacía el propio AT ("no hables mucho en la asamblea de los ancianos, en tu oración no multipliques las palabras"; Eclo 7,14). Sino que critica la instrumentalización que se hace de Dios, a través de la oración (intentando doblegarlo a los propios deseos, a fuerza de repetir unas fórmulas precisas).

         El antídoto contra ese tipo de oración (pagano) es la oración de confianza en Dios, "pues el Padre ya sabe lo que necesitáis, antes de que se lo pidáis" (v.8). La oración es ante todo abandono en Dios, y no un simple medio para conseguir algo. La veracidad de la oración se mide por el grado de confianza en Dios, reconocido éste como Padre.

         En este momento Jesús enseña a sus discípulos la oración del Padrenuestro. La invocación inicial"Padre nuestro" da el tono a toda la oración y sintetiza su contenido. Dios es invocado como Padre, traducción del original arameo Abbá usado por Jesús. Uno de los datos más significativos acerca de la relación de Jesús con Dios es su forma familiar, cariñosa e íntima, de dirigirse a él. Jesús lo llama Abbá, una palabra aramea conservada en los evangelios en la narración de la oración de Jesús en el huerto (Mc 14, 36) y que representa toda una novedad frente a la forma normal de invocar a Dios en el judaísmo contemporáneo.

         La palabra Abbá pertenece a las expresiones familiares del niño, como nuestro término papá. La fe cristiana ha interpretado la invocación Abbá de Jesús como la expresión de su íntima comunión con Dios y de su singular conciencia de filiación. Jesús es el primero que vive esta experiencia, de forma única y particularísima, pero también todo aquel que acepta el don del Reino y se abre al Padre aceptando la palabra de Jesús, puede comenzar a vivir esta nueva relación y llamar a Dios con el término Abbá. De esto da testimonio la práctica de la Iglesia primitiva, que invocó a Dios como Abbá, tal como lo confirma Pablo (Gál 4,6; Rm 8,15).

         El término Padre es calificado en 2 modos, como algo nuestro que está en los cielos. Mientras el adjetivo posesivo nuestro expresa la conciencia de la relación filial comunitaria de los discípulos (que invocan a Dios con el mismo término con que lo hacía Jesús), la fórmula "que está en los cielos" subraya la trascendencia y el señorío universal de Dios.

         El resto de la oración del Padrenuestro tiene 2 partes. En la 1ª parte el discípulo mira hacia Dios, preocupado por la realización de su designio salvador, por el Reino y la realización de la voluntad divina ("santificado sea tu nombre", "venga tu Reino", "hágase tu voluntad"). Y en la 2ª parte el discípulo mira la propia condición humana y abraza su entero devenir histórico, su presente ("danos cada día el pan que necesitamos"), su pasado ("perdónanos nuestros pecados"), y su futuro ("no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal").

         La oración enseñada por Jesús a sus discípulos es escatológica e histórica, es oración contemplativa que desea y acoge el Reino, al mismo tiempo es la oración de los peregrinos que caminan en la historia sin haber llegado todavía a la meta.

Emiliana Lohr

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         "He aprendido a vivir cuando he aprendido a orar", decía San Agustín. Efectivamente, la oración es maestra de vida, y quien ora entra en el flujo de la historia guiada por Dios. Así como todo orante se hace parte de la historia de la salvación y se sitúa en las hondas intenciones últimas de Dios, arquitecto y constructor de la historia. Quien reza el Padrenuestro no se convierte en un charlatán.

         Rezar el Padrenuestro, como nos ha enseñado Jesús, es una pedagogía que nos lleva a lo esencial, a poner a Dios en el 1º lugar, sintiendo a los otros como hermanos. Por ello Jesús une ambas cosas cuando nos invita a rezar: Padrenuestro. La Iglesia jamás se ha cansado de obedecer al Maestro repitiendo varias veces todos los días: Padrenuestro.

         Hay, sin embargo, algo que a veces no se hace bien. He observado en no pocas celebraciones, cómo el presidente, cuando invita a iniciar la oración dominical en la liturgia, él mismo se adelanta diciendo en voz alta las palabras: "Padre nuestro". A la que se une la asamblea continuando: "Que estás en los cielos".

         Nunca me ha gustado esta forma de proceder que impide pronunciar y oír juntos 2 palabras claves. Dos palabras que, sin separarse jamás, deberían convertirse en oración incesante, en murmullo ininterrumpido, en perpetua toma de conciencia de nuestra condición de hijos y hermanos. Unas palabras que, con la fuerza de su divina erosión, nos transformara el alma: Padre nuestro.

         Recemos al Padre pidiéndole que él se haga sentir en la historia y se muestre santo a todos (porque son muchos los que creen que no existe o le tienen miedo). Supliquemos que los hombres tengamos experiencia de su Reino en medio de nosotros y que nos decidamos de una vez por todas a cumplir sobre la tierra "su voluntad". La voluntad de Dios es la comunión, el empeño por hacernos hermanos de los demás.

         Todo esto no es fácil cuando el egoísmo manda. Por eso elevemos otra súplica: "Danos hoy el pan nuestro de cada día"; esto es, que haya pan para todos, que los hombres no impidamos que el pan llegue a la mesa de los pobres. Y añadimos: "Perdona nuestras deudas, como nosotros también las perdonamos". Porque ser comensales es, ante todo, obra de reconciliación.

         Sólo cuando nos hayamos reconciliado, todos nos sentiremos plenamente en casa. Y así Dios nos ayudará a no caer en las tentaciones. Dios no nos induce a ninguno a la tentación. Es él quien, por el contrario, nos libra del mal, de ese mal que nos enfrenta a unos contra otros y nos convierte en hermanos separados. Un mal que proviene de aquel que siembra la discordia en el mundo, del Maligno. Por eso, rezamos con fuerza la última petición que nos propone Jesús.

         La reconciliación es, pues, condición inaplazable para que la oración que Jesús nos enseña suene como verdadera y sincera en nuestros labios. Seamos hermanos y elevemos a Dios como Padre. Es absurdo que lo hagamos en la discordia. Por eso, aprender a rezar el Padrenuestro es aprender a vivir.

Juan Carlos Martos

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         Hoy Jesús nos propone un ideal grande y difícil: el perdón de las ofensas. Y establece una medida muy razonable: la nuestra: "Si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas" (vv.14-15). En otro lugar había mostrado la regla de oro de la convivencia humana: "Tratad a los demás como queráis que ellos os traten a vosotros" (Mt 7, 12).

         Queremos que Dios nos perdone y que los demás también lo hagan; pero nosotros nos resistimos a hacerlo. Cuesta pedir perdón; pero darlo todavía cuesta más. Si fuéramos humildes de veras, no nos sería tan difícil; pero el orgullo nos lo hace trabajoso. Por eso podemos establecer la siguiente ecuación: a mayor humildad, mayor facilidad; a mayor orgullo, mayor dificultad. Esto te dará una pista para conocer tu grado de humildad.

         Acabada la guerra civil española (ca. 1939), unos sacerdotes excautivos celebraron una misa de acción de gracias en la Iglesia de Omells. El celebrante, tras las palabras del Padrenuestro "perdona nuestras ofensas", se quedó parado y no podía continuar. No se veía con ánimos de perdonar a quienes les habían hecho padecer tanto allí mismo en un campo de trabajos forzados.

         Pasados unos instantes, y en medio de un silencio que se podía cortar, retomó la oración: "Así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Después se preguntaron cuál había sido la mejor homilía. Todos estuvieron de acuerdo: la del silencio del celebrante cuando rezaba el Padrenuestro. Cuesta, pero es posible con la ayuda del Señor.

         Además, el perdón que Dios nos da es total, llega hasta el olvido. Marginamos muy pronto los favores, pero las ofensas... Si los matrimonios las supieran olvidar, se evitarían y se podrían solucionar muchos dramas familiares.

Joan Marqués

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         Hoy nos corresponde escuchar, de boca de Jesús, el Padrenuestro. Ocasión preciosa para repasar la presentación que de esta plegaria nos hace el Catecismo de Juan Pablo II. El gran punto de partida es que se trata de la oración dominical, expresión tomada del latín y que significa "del Señor".

         Después de haber expuesto cómo los salmos son el alimento principal de la oración cristiana y confluyen en las peticiones del Padrenuestro, San Agustín concluye: "Recorred todas las oraciones que hay en las Escrituras, y no creo que podáis encontrar algo que no esté incluido en la oración dominical" (Epístolas, CXXX, 12, 22).

         La oración dominical es la más perfecta de las oraciones, pues en ella no sólo pedimos todo lo que podemos desear con rectitud, sino según el orden en que conviene desearlo. De modo que esta oración, según Santo Tomás de Aquino, "no sólo nos enseña a pedir, sino que también forma toda nuestra afectividad" (Suma Teológica, II-2, 83, 9).

         La expresión oración dominical significa que la oración al Padre nos la enseñó y nos la dio el Señor Jesús. Esta oración que nos viene de Jesús es verdaderamente única: ella es "del Señor". Por una parte, en efecto, por las palabras de esta oración el Hijo único nos da las palabras que el Padre le ha dado (Jn 17, 7): él es el Maestro de nuestra oración. Por otra parte, como Verbo encarnado, conoce en su corazón de hombre las necesidades de sus hermanos y hermanas los hombres, y nos las revela: es el modelo de nuestra oración.

         Pero Jesús no nos deja una fórmula para repetirla de modo mecánico (1Re 18, 26-29). Como en toda oración vocal, el Espíritu Santo, a través de la Palabra de Dios, enseña a los hijos de Dios a hablar con su Padre. Jesús no sólo nos enseña las palabras de la oración filial, sino que nos da también el Espíritu por el que éstas se hacen en nosotros "espíritu y vida" (Jn 6, 63).

         Más todavía: la prueba y la posibilidad de nuestra oración filial es que el Padre "ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama Abbá, Padre" (Gál 4, 6). Ya que nuestra oración interpreta nuestros deseos ante Dios, es también "el que escruta los corazones", el Padre, quien "conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión en favor de los santos es según Dios" (Rm 8, 27). La oración al Padre se inserta en la misión misteriosa del Hijo y del Espíritu.

         El Señor nos enseña a orar en común por todos nuestros hermanos. Porque, como explica San Juan Crisóstomo, "él no dice Padre mío sino Padre nuestro, a fin de que nuestra oración sea de una sola alma para todo el Cuerpo de la Iglesia" (Homilías sobre Mateo, XIX, 4). En todas las tradiciones litúrgicas, la Oración del Señor es parte integrante de las principales horas del Oficio divino.

         De esta fe inquebrantable brota la esperanza que suscita cada una de las siete peticiones. Estas expresan los gemidos del tiempo presente, este tiempo de paciencia y de espera durante el cual "aún no se ha manifestado lo que seremos" (1Jn 3,2; Col. 3,4). La eucaristía y el Padrenuestro están orientados hacia la venida del Señor, "hasta que él venga" (1Co 11, 26).

Nelson Medina

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         Jesús acaba de condenar el modelo de oración que se hace por ostentación. Su deseo es que sus discípulos pasen a un modelo de oración distinto al del judaísmo oficial. No toda oración debe ser institucionalizada. A Dios nadie lo puede encerrar en una institución. Dios lo desborda todo. La relación íntima con Dios no obedece ni a reglas, ni a modelos, ni a horas, ni a espacios determinados, ni siquiera a escuelas de oración.

         Sin embargo, hay espacios y tiempos, por pertenecer a todos, el bien común pide que se los reglamente, para que puedan tener una función o servicio comunitario. Lo importante de esta reglamentación es que no haga perder a la oración cristiana la fuerza y el contenido original de amor y justicia que la caracteriza.

         Cuando a ruegos de sus discípulos, Jesús se atreve a plantear en el Padrenuestro un modelo de oración, sin duda alguna tiene en cuenta todo lo anteriormente dicho. Este modelo de oración que nos da Jesús, es precisamente para que le demos contenido original tanto a nuestra oración privada como comunitaria. En la medida en que tengamos en cuenta su contenido, en esa medida nuestra oración se convierte en verdadera oración del Reino.

         Lo que quiere Jesús con el Padrenuestro es que confrontemos nuestra vida personal y comunitaria con su proyecto original: que con nuestro proceder, hagamos que el Reino de Dios acaezca. Y que sepamos que esto sólo se logra si nuestras obras son las obras que el Padre haría. El Padrenuestro nos da la oportunidad (personal y comunitaria) de confrontar nuestra vida con el proyecto de Dios.

Severiano Blanco

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         Después de haber establecido las diferencias entre la oración del cristiano y una oración de la dirigencia farisea, conforme al mismo criterio que rige para la limosna (que, luego se aplicará también al ayuno cristiano), las palabras de Jesús presentan el carácter distintivo de la plegaria frente a la práctica pagana y ofrece la forma de concreta de su realización.

         En 1º lugar se contrapone el "hablar mucho de los paganos" (v.7) al conocimiento que Dios tiene de la necesidad de sus fieles, "antes que se lo pidan". En efecto, la multiplicación de palabras que buscan obtener los beneficios de un soberano omnipotente (el "cansar a los dioses" de los testimonios romanos) no es el camino adecuado para la comunión con Dios. Con ellos se pretende normalmente conseguir lo que se pide y, por lo mismo, el ser humano se encierra en su propia voluntad. El auténtico acercamiento a Dios sólo puede realizarse a partir de una relación filial de confianza con un Padre que conoce nuestras necesidades y desde este principio brota la enseñanza de la oración del Padrenuestro.

         El carácter de esta oración expresa la relación de intimidad entre Dios que es ante todo Padre y la comunidad de hijos. Las primeras palabras de la invocación reflejan la voluntad de un crecimiento de intimidad entre el tú de Dios (Padre, tu nombre, tu reino, tu voluntad) y el nosotros de la familia comunitaria (nuestro, danos, nuestro pan, nuestras deudas, nuestros deudores, no nos dejes, líbranos).

         Conforme a la introducción del v. 7 se afirma la paternidad de Dios, su conocimiento de las necesidades familiares, la comunión de vida en el seno de la misma familia. Por ello la 1ª parte de la oración no se dirige a señalar el interés propio, ni siquiera el de la comunidad sino el interés del jefe de la familia (al Padre) a quien nos sentimos profundamente unidos.

         Tres peticiones expresarán este interés principal de la comunidad por la causa divina y conciernen al nombre, al reino y al querer divino.

         La 1ª de ellas se formula mediante la búsqueda de la santificación del nombre. El sentido de la petición debe ser comprendido desde el significado del nombre en la mentalidad de Israel. Con el término se designa el ser mismo a quien se le atribuye, en este caso el ser de Dios. Este es concebido como trascendente, es un Dios santo pero cuya santidad se ha manifestado y, por consiguiente, se pide que Dios sea reconocido, que sus derechos sean aceptados en la humanidad.

         Con esta 1ª petición se asocian las del v. 10, anhelando que el reino de Dios se manifieste plenamente en la historia humana y que esa manifestación se concrete en la realización de su voluntad en la tierra de los seres humanos.

         Sólo desde esta centralidad de Dios en la existencia pueden adquirir sentido las necesidades propias de la comunidad. La necesidad del pan para todos, la creación de un ámbito de perdón y la fuerza necesaria para vencer el mal en la propia vida son intereses no solamente de la comunidad sino que son los mismos intereses de Dios. Los intereses de Dios y de la comunidad ligada a su actuación es la preocupación fundamental que debe brotar en toda oración auténtica.

Confederación Internacional Claretiana

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         Mateo propone hoy el Padrenuestro de Jesús, en contraste con la oración palabrera de los paganos (o acumulación de largas y tediosas fórmulas mágicas, en que se amontonaban los epítetos divinos). Mateo destaca, en cambio, y de una manera positiva, el Padrenuestro de Jesús, como una oración breve.

         El Padrenuestro no es una simple oración (a pesar de ser tan breve), sino que es una síntesis de todo lo que Jesús vivió y sintió a propósito de Dios, del mundo y de sus discípulos. En torno a estos temas giran las 7 peticiones en las que Mateo construyó la oración.

         Frente a un mundo que prescinde de Dios, Jesús propone como 1ª petición, como ideal supremo del discípulo, el deseo de la gloria de Dios: "Santificado sea tu nombre". Esta 1ª petición esta orientada en la línea profética que sitúa a Dios por encima de todo, exalta su majestad y desea que se proclame su gloria.

         Ante un mundo donde predomina el odio, la violencia, la crueldad, que a menudo nos desencanta con la injusticia, Jesús pide que se instaure el reino de Dios, el reino de la justicia, el amor y la paz. Recoge en esta petición el tema clave de su mensaje, el reino de Dios que se instaurará en la tierra como en el cielo.

         Como 3º centro de interés de la oración, aparece la Iglesia, ese pequeño grupo de seguidores de Jesús que necesita, día tras día, el pan, el perdón, la ayuda de Dios ante la debilidad. Peticiones que podemos hacer como individuos, pero que están concebidas por Jesús de forma comunitaria, y así es como adquieren toda su riqueza.

         Cuando se recuerdan los fallos de los discípulos, su incapacidad de comprender el mensaje de Jesús, sus envidias y recelos, adquiere mayor sentido la petición de que "perdone nuestras ofensas". Y sobre todo, pensando en la experiencia de la entrega de la propia vida por la causa de Jesús, se pide "no caer en la tentación" y "ser librado del Maligno".

         La oración del Padrenuestro es una invitación para establecer con Dios Padre una relación de confianza e intimidad desde una dimensión comunitaria (Padre nuestro) y en una disposición constante de perdón. Desde esta dimensión, los cristianos estamos llamados a construir espacios de oración que reflejen el compromiso de construir el reino de Dios, donde él es el Padre de todos, nosotros somos sus hijos y los hijos son hermanos que viven en fraternidad.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         La oración es el ejercicio de la fe del creyente, y el que cree en Dios ora, pide, da gracias, alaba, suplica y conversa con ese Dios (personalmente concebido) en el que cree. La modalidad concreta de nuestra oración (lo mismo que de nuestra religión) dependerá de la idea que tengamos del Dios a quien nos dirigimos. Pero el Dios cristiano es el Dios que nos ha sido revelado en Jesucristo, su Hijo.

         Por eso no debe extrañar que él sea también el que nos ofrezca las pautas de nuestra oración y pueda decirnos: Cuando oréis, no lo hagáis como los hipócritas. O también: Cuando recéis no uséis muchas palabras como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis. Tanto judíos como paganos son religiosos, creen en su Dios o en sus dioses, y rezan.

         Jesús quiere que sus seguidores se distingan tanto de los judíos como de los paganos en su modo de orar. Su manera de concebir al Padre (el destinatario de nuestras oraciones) determinará los rasgos de nuestra oración.

         Se trata del Dios que ve en lo escondido, y que no necesita que la acompañemos de esa publicidad que busca más bien la aprobación de los demás. También es el Dios que sabe lo que nos hace falta antes de que se lo pidamos, y que por tanto no necesita demasiadas explicaciones, ni aclaraciones. Dios no necesita de largos discursos, ni de copiosas informaciones.

         La oración no es, pues, ningún medio para dar a conocer a Dios lo que ya sabe de antemano. El objetivo de la oración no es informar al que ya está suficientemente informado, ni convencer a base de argumentos al que sabe muy bien cómo actuar en cada caso. Por eso sobran las muchas palabras, sobre todo, cuando con ellas pretendemos que nos hagan caso o simplemente informar de nuestro caso.

         Lo que Jesús parece desacreditar aquí, en este uso inmoderado de palabras, es una oración que, o bien busca informar a Dios de unas necesidades que ya conoce, o bien pretende convencer a Dios que no está del todo convencido de hacer el favor que se le solicita.

         El objetivo de la oración no es ni informar ni convencer. Por eso el caudal de palabras empleadas con este fin resulta inútil o infructuoso. Otra cosa es servirnos de un sinfín de palabras para alabar a Dios o prolongar nuestro tiempo para estar con Cristo en un ejercicio gozoso de amistad. La amistad requiere tiempo y la contemplación deleitosa también. Y en semejante relación hay cabida tanto para las palabras y como para los silencios.

         De hecho, Jesús no se opone al uso de las palabras en la oración. Sería demasiado insensato. La oración supone la comunicación y ésta el lenguaje. Los seres humanos somos los seres del logos, de la razón y de la palabra, seres lógicos y dialógicos. El lenguaje nos califica, y no podemos prescindir de las palabras en nuestras comunicaciones.

         Pues bien, también Dios se sirve de las palabras en su revelación. Y es su misma Palabra hecha carne la que nos dice: Vosotros rezad así. Y la que nos ofrece un modelo de oración que no quiere ser una fórmula única, pero que es normativa tanto en su formulación (corta, escueta, sintética y sencilla) como en su contenido, que reúne sobre todo peticiones de lo que debe pedirse en sintonía con el Espíritu, pero también reconocimientos y alabanzas.

         El Padrenuestro quiere ser una oración comunitaria, formulada en 1ª persona del plural, que debe ser rezada con la conciencia de formar parte de una gran familia, la de los hijos de Dios. Sólo desde esta conciencia puede brotar la expresión: Padre nuestro del cielo.

         Jesús quiere que hagamos de Dios Padre, el que habita en los cielos, el destinatario de nuestra oración filial; porque se trata de una plegaria que florece en el corazón de quienes se sienten hijos, hijos del mismo Padre del cielo. Y en el hijo que pide se supone la confianza, además del respeto y el amor agradecido y filial.

         Decir santificado sea tu nombre no es pedir nada, sino más bien expresar el deseo de que su nombre santo sea santamente reconocido por quienes pueden, en cuanto criaturas dotadas de conciencia, reconocerlo como tal. Santificar el nombre de Dios no puede ser hacer santo lo que ya es a natura, sino desear que su santidad resplandezca en el mundo en virtud de su reconocimiento por parte del hombre. Y a partir de aquí ya todo son peticiones.

         El Padrenuestro es realmente una oración de petición, pero que no pretende informar a Dios de cosas que ignora, ni convencerle para que nos otorgue lo que le pedimos. En realidad, él pone en nuestra boca (el Espíritu ora en nosotros con gemidos inefables) lo que hemos de pedirle para disponernos a recibir lo que nos quiere dar: Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

         Sólo si su voluntad se cumple en la tierra (lugar donde tiene su protagonismo la voluntad humana) como en el cielo (aunque de ser así, la tierra se transformaría en cielo), podremos decir que ha llegado su reino; porque su reino no puede ser otro que aquel en el que se cumple enteramente la voluntad de Dios, su Rey.

         Pedir y desear que venga su reino es pedir y desear que se cumpla su voluntad en la tierra, y en la medida en que esto suceda irá creciendo el reino de Dios y la tierra se irá aproximando al cielo en su proceso de transformación. Y puesto que la semilla del reino ya se ha implantado en la tierra, pedir la venida del reino no puede significar sino desear su crecimiento y su plenitud. Esto es precisamente lo que Dios quiere para nosotros. Con este fin nos envió a su propio Hijo.

         El pan nuestro que pedimos para hoy es el pan que necesitamos para vivir en el hoy, el sustento necesario para mantenernos vivos tanto corporal como espiritualmente.

         Por eso, aunque por ese pan tengamos que entender directamente el alimento que nos proporciona los nutrientes necesarios para vivir en este mundo realizando todo tipo de operaciones psicosomáticas, también podemos ver en él una alusión al pan (diario) de la eucaristía que nos es tan necesario para el mantenimiento y fortalecimiento de la vida cristiana.

         Además de esto, pedimos el perdón de nuestras ofensas, la victoria sobre la tentación y la liberación del mal o de su promotor, el Maligno. En estas tres peticiones se concentran cosas muy valiosas, tanto que sin ellas no podría acontecer la anhelada venida del Reino. 

         Sólo pueden acceder al Reino los perdonados de sus ofensas, los vencedores en el combate de las tentaciones y los liberados de todo mal. Pero el perdón de nuestras ofensas que suplicamos a Dios se presenta condicionado por nuestro propio perdón, el perdón que nos es solicitado por nuestros ofensores.

         Tanta importancia le concede Jesús a esto que añade una cláusula para reforzar la petición del Padrenuestro: Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás...

         Para ser miembros de pleno derecho en el reino de Dios es necesario no sólo pedir perdón al que puede concederlo, sino también otorgar el perdón al que lo solicita de nosotros en el modo en que nosotros podemos concederlo. Sólo así es posible la reconciliación con Dios y con los hermanos que hace posible la vida de los bienaventurados.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 20/06/24     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A