17 de Junio

Lunes XI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 17 junio 2024

a) 1 Rey 21, 1-16

         La 1ª lectura de hoy nos da el contexto histórico exacto sobre el cual el profeta Elías había de proclamar la palabra de Dios: la corrupción del rey Ajab I de Israel, y su mujer fenicia Jezabel. En efecto, dijo Ajab al ciudadano Nabot: "Cédeme tu viña para hacer de ella mi propia huerta, pues está pegando a mi casa".

         La palabra de Dios no se presenta desencarnada, y por eso la palabra de Elías se dejará oír en una situación humana muy concreta. Se trata de un problema socio-político y económico, como decimos hoy. De un rey que quiere quedarse con el terreno de su vecino, y que el vecino rehúsa "porque es una propiedad familiar heredada de sus antepasados". Veremos como se las compondrá el rey para imponer su punto de vista, y como Elías le recordará los derechos del pobre.

         Ayúdanos, Señor, a estar persuadidos de que ningún sector de nuestras vidas humanas deba ser considerado sin atender a tus miras. Pues hacer 2 partes en nuestra vida (la religiosa propiamente dicha, y la profana de nuestros negocios) es ir contra Dios. Además, Dios también se interesa por nuestras compras y ventas, y por la manera como tratamos nuestros asuntos financieros.

         Se fue Ajab a su casa triste e irritado por las palabras que le dijo Nabot ("no te daré mi viña"), y su mujer Jezabel le dijo: "Yo te daré la viña de Nabot".

         Ya conocemos a esa reina sin escrúpulos (Jezabel), cuyo padre era el gran sacerdote de la diosa Asquera, y que hizo todo lo posible para introducir su culto idolátrico en Israel. En efecto, Jezabel era capaz de alinear un ejército de 2.000 carros de guerra y de 10.000 infantes, y ese pobre Nabot no iba a estorbar sus planes. De ahí que no dudase en decir a su marido: Ya encontraré yo el medio de obtener su viña, pues hago lo que quiero.

         Señor, ayúdanos a no utilizar jamás nuestra fuerza, nuestras prerrogativas, o nuestras relaciones, para facilitar injusticias. Te rogamos por los que ostentan un poder y tienen responsabilidades, a fin de que no abusen de ello ni lo empleen en provecho propio. Que piensen en los humildes, en los que no pueden defenderse.

         La 1ª disposición de Jezabel no dejó lugar a dudas: "Disponed acusaciones falsas contra Nabot, y que muera". La cuestión está saldada, y así se podrá ampliar su palacio. Se arrancará esa viña de Nabot, y se plantará su parque y su jardín.

         Lo que resulta especialmente repugnante en esta sombría historia de expropiación es que, una vez más, gana el rico, y lo logra llegando hasta el crimen y utilizando, para ello, argumentos religiosos. ¿Hay que acusar a los demás? ¿Sería excesivo, hoy, aplicar este texto a las relaciones entre unos (políticos) y otros (ciudadanos)? Ruego en silencio por la mundial situación aquí evocada.

Noel Quesson

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         Escuchamos hoy cómo el rey Ajab I de Israel ansía la viña de su vecino Nabot, poniendo para ello las típicas excusas: las necesidades de la corte, que aumentan constantemente como consecuencia de la centralización y de la evolución administrativa. Por lo demás, piensa recompensar ampliamente la expropiación (v.2).

         El rey Ajab no piensa matar de hambre a Nabot ( puesto que recibirá el justo valor de su propiedad en dinero), pero sí que intenta dejarle sin el patrimonio de sus padres, haciéndole renunciar a vivir libre y a procurarse por sí mismo su subsistencia. Lo que pretende, pues, es hacerle un dependiente suyo, o vasallo.

         Nabot se opone por razones carentes de validez (recurriendo a una ley en desuso) al requerimiento moderno del rey (v.3; 1Sm 8,9-11), y reclama su derecho imprescriptible a ser feliz en la tierra de la propia elección. La viña de Nabot representa para Nabot el lugar de su fidelidad a los antepasados y al mismo Dios ( de quien, según su conciencia, la ha recibido).

         Es cierto que la ley prescribía que cada uno permanecería en la tierra de sus pasados, y condenaba toda cesión de propiedad fuera del clan. Pero se trataba de una ley agraria que no respondía ya a las exigencias de la urbanización y centralización. Nabot tiene, por tanto, a la ley de su parte. 

         Ajab parece resignarse ante dicha ley, a pesar de la gran contrariedad que experimenta (v.4). Pero su mujer Jezabel no siente tantos escrúpulos, y recuerda que en su país natal (Fenicia) se tomaban medidas más radicales (v.7a). Por eso trama la muerte de Nabot, y dejar así el terreno libre al rey. Por otro lado, la propiedad de las personas condenadas, ¿no revertía acaso a los bienes de la corona? Bastaría, pues, con hacer condenar a Nabot, apoyándose en el testimonio de dos o tres testigos (v.10), para que su viña pasase a manos de Ajab.

         La viña de Nabot lo son hoy los recursos propios de cada persona, que los gobernantes tratan de apropiarse para disponer de ellos en pro del desarrollo. Vender la propia viña significa hoy vender el derecho a progresar cada uno por sí mismo, significa vender su dignidad.

Maertens-Frisque

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         Hasta en el caso de un rey tan paganizado como Ajab I de Israel, la fe de sus padres continuaba manteniendo en el fondo de su corazón cierto respeto por los derechos de los hermanos. Las propuestas del rey a Nabot eran razonables, y cuando éste prefiere reservarse la herencia de sus progenitores, el rey, por más malhumorado que quede, no piensa ni siquiera en expropiarlo por la fuerza. Esta había de ser la moral de los poderosos dentro del pueblo del Dios de la alianza.

         Pero para Jezabel, la reina devota de Baal, era inconcebible que la autoridad permitiera a un súbdito no complacerla en todo. ¿Quién podía decir algo a un rey que hacía lo que quería? Así y todo, Jezabel, sabiendo que el pueblo conservaba el sentido de la justicia y de su dignidad, no quería que sus arbitrariedades fuesen conocidas públicamente. El secreto ha sido siempre la 1ª arma del poder absoluto y de la violencia. Además, no le era difícil a Jezabel contar con la complicidad de algunos de sus nobles.

         De este modo, Jezabel abrió la puerta de par en par para continuar pervirtiendo al pueblo de Israel: para que los ancianos calumniaran a los inocentes, para que sus gobernantes careciesen de conciencia, y para que el juego sucio sea el que tome partido, para sacar provecho de lo que sea.

         Pero el Señor no renunciaba a ser el auténtico rey de Israel, defensor de los desvalidos. Y por eso levanta la voz del profeta Elías, como un eco de la voz de Dios que no consiente la perversión del poder. Hasta cuando Ajab trata a Elías como su enemigo, ha de reconocer que en el fondo tiene razón. La fuerza de la palabra profética puede más que la altanería de Jezabel, y lleva al rey al arrepentimiento, obteniendo así que la bondad de Dios atenúe el castigo anunciado. Se trata de un aviso a la autoridad injusta y a todos sus cómplices.

Josep Camps

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         El episodio de un poderoso que se apodera injustamente de lo que pertenece a un pobre es una escena que bien podría contarse en una película muy real de hoy mismo. Pues bien, eso es lo que sucedió también en el s. IX a.C, en que el cinismo de la reina Jezabel (adoradora de Baal) llevó a engañar al rey Ajab I, y a hacerle creer que la religión y el poder iban siempre a su favor, sin tener en cuenta la justicia social.

         El buen hombre Nabot hace bien en negarse a vender su viña, aunque el rey se la pedía en términos justos. Se trata de la heredad que ha recibido de sus padres, y que no se puede enajenar así como así. Y ahí es donde entra el capricho absolutista de la reina consorte Jesabel, que monta un simulacro de juicio (además, con motivación religiosa) y se deshace de Nabot.

         Uno se acuerda, ante hechos como éste, del episodio de David, que le arrebata la esposa a Urías y luego se deshace de él. O de la razón que tenía el anciano Samuel cuando mostraba su reticencia a la instauración de la monarquía en Israel, pues para él, los reyes iban a convertirse en tiranos y pasarían por encima de los derechos del pueblo.

         Está bien que el salmo responsorial de hoy nos haya hecho decir de Dios: "Tú no eres un Dios que ame la maldad, ni el malvado es tu huésped. Tú detestas a los malhechores, y al hombre sanguinario y traicionero lo aborrece el Señor".

         La maldad de los cínicos y el abuso del poder siguen existiendo en nuestro mundo. Muchos poderosos se aprovechan de su situación en beneficio propio, y lo que hoy llamamos "tráfico de influencias", o las diversas clases de corrupción del poder, es lo mismo que ya hicieron en su día Ajab y Jezabel, respecto al pobre Nabot. Siempre sale perdiendo el débil, por más razones que le asistan.

         Esto puede pasar en los niveles políticos, en la relación entre unos pueblos y otros, o en el mundo de la economía, entre ricos y pobres. Y también en la Iglesia. Juan Pablo II, en el umbral del III milenio, invitó a la comunidad cristiana a examinarse de las veces que ha recurrido a la violencia, creyendo que así hacía un bien a la verdad o a la religión, con los que él llamaba "métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a la verdad" (Tertio Millennio Adveniente, 35).

         Pero también puede pasar en nuestro pequeño mundo doméstico, porque cada uno de nosotros puede ser un tirano, y abusar de su poder en relación a otros más débiles. Pensemos si sucede algo parecido (en otras dimensiones, claro está) a lo que aquellos reyes hicieron con Nabot. ¿Echamos mano de artimañas, y hasta de injusticias, para conseguir lo que queremos, o cuando no lo logramos por las buenas? No nos contentemos con juzgar a Jezabel y Ajab, pues puede ser que también nosotros, alguna vez, aplastemos al débil cuando estorba a nuestros propósitos.

José Aldazábal

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         "Dame la viña para hacer de ella mi huerto". Con esas palabras se alude en la 1ª lectura al abuso de poder y a la falta de honradez del rey Ajab I de Israel y su esposa Jezabel. Sintiéndose absurdamente poderosos, pisotean al humilde Nabot, le roban su huerta, y le condenan a muerte.

         Tal es la suerte de no pocos débiles, pobres y marginados en nuestro mundo. Si no aceptan ser esclavos de los poderosos (o de los viciosos), sienten sobre sus espaldas el flagelo del castigo inmisericorde. Parece mentira que llevemos en el mundo 21 siglos de cristianismo y que no hayamos logrado todavía el triunfo del "hombre interior y responsable", sobre ese hombre cainita que duerme y se despierta entre nosotros con el mismo furor.

         La actitud del rey Ajab, y de su esposa, es indigna de personas. Y más aún de personas que, por razón de su cargo, están llamadas a ser magnánimas en su comportamiento. Hoy, hecha la 1ª lectura, creo que sobra cualquier comentario, pues lo que procede es avergonzarse de la inhumanidad de esas conductas, que como entonces se siguen repitiendo también en nuestros días, tanto en el 1º como en el 2º, 3º y 4º mundo.

         Si hacemos como Ajab y Jezabel, seguiremos actuando como hijos de las tinieblas, y nuestros atropellos merecerán una condena. Cualquier gobernante o poderoso que obre de ese modo está muy lejos de la verdad y la justicia, y estará bajo la onda de la tentación maligna. Oremos hoy a Dios para que la palabra y la vida verdaderas sean acogidas en el mundo con más amor y dignidad.

Dominicos de Madrid

b) Mt 5, 38-42

         El evangelio de hoy presenta la antítesis quizás más conocida del sermón de la montaña, conocida a través de la frase "poner la otra mejilla": "Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente; pero yo les digo que no enfrenten al que les hace mal; al contrario, a quien te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra".

         El Sermón de la Montaña da la vuelta a nuestra situación cotidiana, que no para de repetir "el que la hace, la paga", "te vas a enterar", "me las pagarás"... y toda otra serie de expresiones que remiten a la experiencia de cada uno, y que confirman una práctica de venganza en la vida cotidiana. Pero quienes pertenecemos al reino no podemos seguir con prácticas mundanas que llevan poco a poco a la muerte, que quitan parcelas de vida al otro. "Ojo por ojo, diente por diente", o lo que es lo mismos: 2 males, que no hacen ni un solo bien. Esto era lo antiguo, que ya debía estar superado.

         En efecto, el libro del Exodo (Ex 21, 22-25) decía que "cuando en una pelea entre hombres alguien golpee a una mujer encinta, haciéndole abortar, pero sin causarle ninguna lesión, se impondrá al causante la multa que reclame el marido de la mujer y la pagará ante los jueces. Pero cuando haya lesiones, las pagarás: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, cardenal por cardenal".

         La Ley del Talión (del latín talis, lit. "tal como") quería poner freno a una espiral de venganza que engendraba violencia sin límite y que regía desde Lamec (Gn 4, 23-24), padre de Noé e hijo de Matusalén. Y desde Lamec, la venganza instalada en el corazón humano ha llegado hasta nosotros, echando raíces. ¡Cuántos Lamec del s. XXI la practican incluso desde la legalidad! Pues mediante la venganza (piensan ellos) se introduce en el corazón humano el miedo, que impedirá las infracciones del orden establecido. Y sin saber que la venganza es violencia que engendra violencia y quiebra humana.

         En efecto, la llamada Ley del Talión (el "ojo por ojo, diente por diente") es a veces citada como síntesis de la ética del NT, como si ésta obedeciera a la lógica de la represalia cruel y violenta. En realidad la Ley del Talión, aun cuando parezca excesivamente dura, expresa un principio jurídico que fundamenta gran parte de las legislaciones antiguas y modernas. Se trata del principio de la proporcionalidad para realizar la justicia como restitución del derecho lesionado. Sabemos además que la intención originaria de esta norma, basada en la correspondencia entre daño y reacción, era la de limitar y controlar la venganza (Ex 21,23-25; Lv 24,20; Dt 19,21).

         Ya en la tradición bíblica sapiencial se deja entrever una solución de los conflictos en un modo alternativo al propuesto por la antigua Ley del Talión. Basta recordar algunos textos importantes: "No digas devolveré el mal, sino ¡ confía en el Señor, que él te salvará" (Prov 20, 22); "Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber. Así lo enrojecerás de vergüenza y el Señor te recompensará" (Prov 25, 21-22); "Del vengativo se vengará el Señor" (Eclo 28, 1-2). Y en un texto de Qumram se lee: "A ninguno devolveré como recompensa el mal, sino que perseguiré al hombre con el bien".

         La propuesta ética sapiencial que en cierto modo era como un correctivo a la antigua Ley del Talión es radicalizada y llevada a plenitud en el evangelio. El principio fundamental propuesto por Jesús se resume en la frase: "No oponer resistencia al que nos hace mal". Después se presentan algunos ejemplos concretos: la bofetada en la mejilla, el arrebato de la túnica o la obligación de caminar una milla. Esta ejemplificación no es exhaustiva, sino puramente indicativa, ya que presenta sólo algunas situaciones de injusticias y daños, típicos del ambiente judío.

         Por eso Jesús quiere acabar con la espiral de la venganza. El ser humano no debe responder al mal con el mal, pues esto engendra violencia. Debe trabajar por la paz y, para ello, tiene que interrumpir la cadena de venganza. Hay que estar dispuestos a sorprender con amor y generosidad al prójimo que te ofende, cediendo del propio derecho para interrumpir el curso de la violencia.

         Sólo así podremos crear una sociedad nueva. Pablo lo dice bien claro: "Amigos, no os toméis la venganza, sino dejad lugar al castigo, porque dice el Señor en la Escritura: Mía es la venganza, yo daré lo merecido" (Rm 12, 19-21). La moral de Jesús no es ya la moral del AT, sino la de un amor que invita a acabar con la venganza practicando la generosidad ("hasta el colmo").

Juan Mateos

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         La serie de antítesis del Sermón de la Montaña alcanza su punto más alto en el amor al enemigo. El amor al prójimo debe abarcar incluso al enemigo y es el criterio de la nueva comprensión y de la perfecta actuación de la voluntad de Dios revelada por Jesús.

         De nuevo encontramos la misma construcción literaria de las otras antítesis: "Habéis oído que se dijo, pero yo les digo". En este caso se parte de una prescripción del Levítico: "Amarás a tu prójimo" (Lv 19, 18). Las palabras que se añaden a continuación ("odiarás a tu enemigo") no se encuentran (literalmente) en ninguna parte del AT, pero refleja la concepción estrecha y limitada que se tenía del prójimo en el antiguo Israel.

         Muchas veces el mandato bíblico de amar al prójimo se traducía en hostilidad hacia los extranjeros y enemigos religiosos de Israel. En el Salmo 139, por ejemplo, se proclama la adhesión íntegra a Dios con una declaración de separación frente a sus enemigos, los pecadores: "Señor, ¿no voy a odiar a los que te odian y a despreciar a los que te atacan? Sí, los odio con un odio implacable, los considero mis enemigos" (Sal 139, 21-22).

         A esta mentalidad y a esta praxis se contrapone claramente el imperativo evangélico que extiende el principio del amor a los enemigos. Debe quedar claro, sin embargo, que el AT no mandaba odiar a los enemigos. Incluso hay textos en los que se vislumbra a lo lejos lo que será el mandamiento evangélico: "Si encuentras el buey de tu enemigo o su burro perdido, llévaselo. Si ves caído bajo el peso de su cara el burro del que te odia, no de desentiendas de él, ayúdalo a levantarlo" (Ex 23, 4-5), y "si tu enemigo tiene hambre, dale de comer, si tiene sed, dale de beber" (Prov 25, 2).

         La novedad del sermón de la montaña es que el amor al enemigo no es un precepto más, sino el principio fundamental de la vida del discípulo cristiano y el criterio último de realización de la voluntad divina e de imitación del mismo actuar de Dios.

         El imperativo del amor a los enemigos hace posible en el discípulo el estatuto de "hijo de Dios", tal como se promete en las bienaventuranzas (Mt 5, 9), y lo asimila a Dios mismo en su misterio de amor perfecto, sin límites ni preferencias: "Así seréis dignos hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre justos e injustos" (v.45). De ahí que Jesús insista en "ser perfectos, como el Padre celestial es perfecto", en claro eco del mandamiento positivo del Levítico: "Sed santos, porque yo, el Señor, soy santo" (Lv 19, 2).

         La 1ª forma de expresión de esta nueva dimensión del amor es la oración "por quienes nos persiguen" (v.44), como modo de actuar al estilo del Padre celestial, que ama y derrama sus beneficios, en modo gratuito y desinteresado, sobre justos e injustos: "Así seréis dignos hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre justos e injustos" (v.45).

         La 2ª forma de expresión del amor a los enemigos, de la que habla el texto de hoy, se realiza en la cotidianidad de la vida, en los gestos de la vida diaria y en las relaciones personales. Con este estilo de amor universal y gratuito los cristianos actúan en un modo distinto a los paganos y publicanos, los cuales se mueve según la lógica del amor corporativo e interesado: "Porque si amáis a quienes os aman, ¿qué recompensa mereceréis? ¿No hacen eso los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso mismo los paganos?" (vv.46-47).

         El amor activo hacia los enemigos (los extraños o diversos) es el signo distintivo de los discípulos de Jesús, y el criterio para la recompensa en el juicio escatológico. Este nuevo modo de amar, marcado por la universalidad y el desinterés, lleva a su culminación la nueva justicia del Reino propuesta por Jesús. A través del amor a los enemigos los discípulos encarnan los rasgos característicos del amor benevolente y misericordioso de Dios (v.45) y alcanzan la verdadera perfección, que no consiste en el escrupuloso cumplimiento de normas y leyes, como en el judaísmo, ni en la vivencia heroica de altos valores éticos, como en el helenismo.

         La perfección del discípulo cristiano es don y exigencia para quien ha escuchado la definitiva expresión de la voluntad de Dios en la palabra de Jesús. Esta perfección consiste en la adhesión íntegra de la persona a Dios, que se expresa en la vivencia del amor activo, universal, generoso, gratuito, el cual ha sido revelado y hecho posible a través del encuentro con Jesús Mesías y Señor.

Fernando Camacho

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         A lo largo de su vida terrena, Jesús fue desgranando muchos principios de vida. Y algunos de ellos resultaban llamativos, extraños y hasta absurdos. Esa puede ser la 1ª impresión de quien se acerca a este trozo de evangelio que hemos escuchado hoy, que muestra un brevísimo vademécum de lecciones prácticas para saber afrontar inteligentemente nuestras relaciones con los demás, cuando aquéllas se tornan difíciles. Estas sentencias marcaron la existencia de Jesús y, si conseguimos entenderle bien, deberían marcar también la nuestra.

         Su 1ª enseñanza sustituye de un plumazo el antiguo mandamiento "ojo por ojo, diente por diente". Es verdad que la Ley del Talión, establecida en el Exodo (Ex 21, 23-25), quería poner freno a la venganza. Pero los verdaderos discípulos, sin embargo, somos urgidos a elegir la vía de la no-violencia. La fuerza de la argumentación la pone Jesús en evitar enfrentarse al malvado con sus mismas armas. De esta manera, descubre que hay algo más allá de la justicia equitativa. Y deja así abierta la ventana a la suave brisa de la misericordia. ¿Acaso no destruimos a nuestros enemigos cuando los hacemos amigos nuestros?

         La 2ª enseñanza, con frecuencia tan desacreditada, se sitúa en la misma línea de la anterior: "Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra". ¿Pretende Jesús que nos expongamos impunemente a las manos del malvado? Así parece sugerirlo. Sin embargo, una lectura más a fondo, desvela su sentido: el único remedio para destrozar el mal es devolver el bien. El mal sólo puede ser vencido con el bien. El mal con el mal se multiplica. El mal es, además de violento, contagioso. Sólo con la bondad, la dulzura y la humildad es absorbido y desactivado. Con esta fórmula genial Jesús nos recomienda hacer el bien. Siempre. Devolver el mal, a la corta y a la larga, no es buen negocio. Para convencernos de ello bastaría repasar la historia, o acaso también nuestra propia autobiografía.

         La 3ª enseñanza pone de relieve la generosidad del compartir: "A quien te pide, dale". Jesús nos exhorta a no negar nuestros bienes a quien nos pida ayuda. Nos recuerda que dando no perdemos nada; por el contrario, ganaremos para la eternidad, cuando escuchemos la misma voz de Cristo: "Siempre que lo hicisteis con alguno de estos mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis" (Mt 25, 40). Nuestro mundo debería ser como una gran escuela, donde estuviésemos todos sentados en viejos pupitres y Dios, como paciente maestro, escribiera en la pizarra el verbo amar y nos enseñase sin descanso a conjugarlo en todas sus formas y tiempos.

Juan Carlos Martos

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         Siguen hoy las antítesis de la semana pasada, con las que Jesús quiere hacer entender a sus seguidores un estilo de vida más perfecto y auténtico. En el caso de hoy, se trata de nuestra relación con quienes nos han ofendido.

         La llamada Ley del Talión (del "ojo por ojo y diente par diente") era una ley que, en su tiempo, representaba un progreso, queriendo contener el castigo dentro de sus justos límites, y evitar así que se tomara la justicia por su cuenta o de forma arbitraria. Había que castigar sólo en la medida en que se había faltado, "tal como" (de ahí el término talión, del latín talis).

         Pero Jesús va más allá, pues no quiere que se devuelva mal por mal. Y pone ejemplos de la vida concreta, como los golpes, o los pleitos, o la petición de préstamos: "No hagáis frente al que os agravia, sino preséntadle la otra mejilla".

         Se trata de uno de los aspectos de la doctrina de Jesús que más nos cuesta a sus seguidores, pues ¡cuántas veces nos sentimos movidos a devolver mal por mal! Cuando perdonamos, no acabamos de olvidar, dispuestos a echar en cara su falta al que nos ha ofendido y vengarnos de alguna manera.

         Tal vez no se trate de poner la otra mejilla al pie de la letra. Pero sí de aprender el espíritu de reconciliación, no albergando sentimientos de represalia personal ("el que me la hace me la paga"), no devolviendo mal por mal, y sí cortando las escaladas del rencor en nuestro trato con los demás. Jesús nos ha enseñado a amar a todos, también a los que no nos aman.

         Esto no es una invitación a aceptar, sin más, las injusticias sociales y a cerrar los ojos a los atentados contra los derechos de la persona humana. Ni Jesús ni los cristianos permanecen indiferentes ante estas injusticias, sino que las denuncian. El mismo Jesús pidió explicaciones, en presencia del sumo sacerdote, al guardia que le abofeteó, y Pablo apeló al césar para escapar de la justicia, demasiado parcial, de los judíos.

         Pero sí se nos enseña que, cuando personalmente somos objeto de una injusticia, no tenemos que ceder a deseos de venganza. Al contrario, que tenemos que saber vencer el mal con el amor, siguiendo el ejemplo de Jesús que muere pidiendo a Dios que perdone a los que le han llevado a la cruz. ¿Estoy dispuesto a devolver bien por mal, a acompañar durante dos millas al que me pidió la mitad, a prestar fácilmente mis cosas al que me parece que no lo merece o tal vez no me las pueda devolver? ¿Soy una persona de paz, de reconciliación, no porque no me cueste perdonar, sino por mi decisión de imitar a Cristo?

José Aldazábal

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         La Ley del Talión tenía por fundamento el rencor y el deseo de venganza, y de ahí que, según Jesús, haya de quedar definitivamente excluida, y sustituida por la limpieza de corazón (Mt 5, 7). Pues en lugar de continuar la violencia, el hombre debe interrumpir su curso por todos los medios, trabajando por la paz (Mt 5, 9).

         Cediendo del propio derecho para interrumpir el curso de la violencia, Jesús pone hoy los fundamentos para una nueva relación humana. Hay que prestar ayuda siempre, como corresponde al que vive en el Reino (Mt 5, 7). El texto de Mateo nos presenta con claridad 4 ámbitos en los que se pone en juego la venganza.

         El 1º ámbito es la violencia física. Jesús rechaza el principio de la autodefensa sancionado por la costumbre, sin sustituirlo por otro principio de autodefensa. Afirma simplemente que no se debe hacer frente al agresor. De esta manera Jesús invita a no responder a la violencia con más violencia y hace un llamado a soportarla.

         El 2º ámbito es el de los pleitos jurídicos. Jesús invita a sus discípulos a que no respondan a la acción legal con otra acción legal, sino que se debe entregar lo que está en pleito y aún dar más si es necesario.

         El 3º ámbito hace referencia al trabajo o servicio forzado, el cual es puesto en la misma línea de los anteriores: ir más allá, asumiendo el trabajo y el servicio con generosidad y disponibilidad.

         El 4º ámbito se refiere a los dones o préstamos, a los que no hay que negarse. Es difícil imaginar una forma más clara de expresar el principio de que no hay que resistirse, sino dar con generosidad.

         El mandato de Jesús exige una profunda experiencia de amor para los que obran el mal y la violencia. Esta es la paradoja del cristianismo que obliga a devolver bien por mal, exigencia de nuestro compromiso cristiano que reclama un amor incondicional a todos los hombres, sea cual fuere su comportamiento con nosotros.

         Aunque esto no significa que el cristiano deba estar resignado, apático e indiferente frente al mal que se comete en la sociedad cuando se abofetea al hermano, sobre todo a los más pobres. Mucho menos nuestra actitud frente al mal puede ser neutral entre oprimidos y opresores. Jesús nos invita a construir una nueva sociedad en la igualdad, la solidaridad y el respeto entre los hombres, quebrantando toda actitud de menosprecio y humillación.

Emiliana Lohr

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         Hoy Jesús nos enseña que el odio se supera en el perdón. La ley del Talión era un progreso, pues limitaba el derecho de venganza a una justa proporción: sólo puedes hacer al prójimo lo que él te ha hecho a ti, de lo contrario cometerías una injusticia; esto es lo que significa el aforismo de "ojo por ojo, diente por diente". Aun así, era un progreso limitado, ya que Jesucristo en el evangelio afirma la necesidad de superar la venganza con el amor; así lo expresó él mismo cuando, en la cruz, intercedió por sus verdugos: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34).

         No obstante, el perdón debe acompañarse con la verdad. No perdonamos tan sólo porque nos vemos impotentes o acomplejados. A menudo se ha confundido la expresión "poner la otra mejilla" con la idea de la renuncia a nuestros derechos legítimos. No es eso.

         Poner la otra mejilla quiere decir denunciar e interpelar a quien lo ha hecho, con un gesto pacífico pero decidido, la injusticia que ha cometido; es como decirle: "Me has pegado en una mejilla, ¿qué, quieres pegarme también en la otra?". Jesús respondió con serenidad al criado insolente del sumo sacerdote: "Si he hablado mal, demuéstrame en qué, pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?" (Jn 18, 23).

         Vemos, pues, cuál debe ser la conducta del cristiano: no buscar revancha, pero sí mantenerse firme; estar abierto al perdón y decir las cosas claramente. Ciertamente no es un arte fácil, pero es el único modo de frenar la violencia y manifestar la gracia divina a un mundo a menudo carente de gracia. San Basilio Magno, a este respecto, nos aconseja:

"Haced caso y olvidaréis las injurias y agravios que os vengan del prójimo. Podréis ver los nombres diversos que tendréis uno y otro; a él lo llamarán colérico y violento, y a vosotros mansos y pacíficos. Él se arrepentirá un día de su violencia, y vosotros no os arrepentiréis nunca de vuestra mansedumbre".

Joaquim Meseguer

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         Las palabras de Jesús de hoy cobran una enorme fuerza cuando contemplamos la situación de conflicto entre israelíes y palestinos, agudizada en los últimos días a pesar de la famosa hoja de ruta. Quizá en ningún sitio del mundo se vive con tanta virulencia el "ojo por ojo y diente por diente" como en Oriente Medio. ¿Cuántos cientos de muertos se necesitan para comprender que por esta vía sólo se llega a la destrucción?

         Pero, más allá de estos conflictos cargados de poder simbólico, están los conflictos nuestros de cada día. La psicología y el derecho han desarrollado caminos para abordarlos y para salir del paso, pero casi nunca para resolverlos, sencillamente porque nuestras estrategias no suelen tener en cuenta las palabras de Jesús: "No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda". Sólo unos pocos hombres y mujeres las han entendido en toda su hondura y eficacia.

         Abramos los ojos. La reacción normal de cualquier persona es que "quien la hace, la paga". De esta manera, se busca la satisfacción de un equilibrio roto, sin comprender que la armonía no viene por reacción sino por la apertura a un elemento nuevo: el poder de la bendición sobre la maldición.

Gonzalo Fernández

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         Los humanos no nos atrevemos a creer que en verdad Dios siempre tiene razón, y que los preceptos y mandamientos de él son lo mejor para el hombre. La antigua ley consagraba la justicia como la norma reguladora de las relaciones de los hombres con sus semejantes. Debo tratar a mi prójimo como él me trata a mí. Puedo contestar a la violencia con violencia, a la maldad con maldad. La justicia consiste en no hacer más de lo que se me hace, pudiendo defenderme naturalmente de todo lo que pueda perjudicarme.

         Jesús, que ve hondo el corazón del hombre, nos viene a decir hoy, más o menos: "Mientras estés encadenado por el deseo de devolver golpe por golpe, de contrarrestar ataque contra ataque, injusticia con venganza, te sentirás arrastrado por la injusticia porque la pasión no conoce la justa medida".

         El hombre que sólo busque la justicia, será incapaz de encontrarla, porque no podrá evitar la injusticia si se limita a respetar tan sólo la justa medida. Sólo podrá hacerlo bajo el impulso de la caridad o bajo la inspiración del amor, que no mide, que no conoce medida, que crea y da generosamente. Exigirás justicia, no odiarás, no devolverás mal por mal, si en tu vida amas.

         Lo más maravilloso y sorprendente de sus gestos, los de Jesús, es que continúan siendo inolvidables para nosotros. Jesús no devolvió mal por mal, no pagó diente por diente. Jesús amó y perdonó. No lo dudes, eso es lo mejor.

Patricio García

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         Debido a nuestra naturaleza herida por el pecado siempre ha existido en el hombre lo que se llama la "espiral de la violencia", es decir, cada acción violenta genera a su vez otra de mayor magnitud y que es a lo que nosotros llamamos venganza.

         En el pequeño pasaje de hoy Jesús nos da la formula para romper esa espiral, a través del amor y del perdón: Si alguien te golpea en una mejilla, no respondas; si alguien te quita algo, no se lo arrebates; si alguien te obliga a hacer algo, hazlo con gusto. Y deja que Dios tome en sus manos la situación.

         Ciertamente no es fácil hacer vida este pasaje, como no lo son todos aquellos en los que tenemos que dejar en las manos de Dios nuestra vida para que él y solo él la lleve adelante. Por ello esto será solo posible para aquellos que se dejan poseer totalmente por la acción del Espíritu Santo.

         Sólo cuando el hombre es impulsado por la acción de la gracia es posible romper el circulo de la violencia, de ahí la importancia de nuestra oración diaria y de la vida sacramental. Dios te ha llamado, por tu bautismo, a ser artífice de la paz, respóndele con generosidad y con amor.

Ernesto Caro

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         Jesús, que siempre va más allá de lo que las leyes humanas han establecido, considerará hoy que no basta con ser buenos y solidarios, ni que con quedemos ya exonerados de toda culpa. Pues es necesario además, amar, incluso a los enemigos o a quienes no conozcamos. Lo importante es vivir siempre en una actitud de generosidad con los demás, gratuita, sin esperar nada a cambio. Dar desmedidamente, ser compasivos, servir a quien realmente nos necesite. Así nos convertiremos en transparencia de la divinidad.

         Para las generaciones antiguas, la ley del "ojo por ojo y diente por diente" fue un avance significativo. Significaba la superación de la violencia de la venganza desmedida permitida hasta entonces. El mínimo roce o conflicto lo consideraban motivo de una ofensa que debía ser vengada, por lo que la aplicación de la famosa Ley del Talión resultó una forma de atemperar la violencia y de humanizar un poco más la sociedad antigua.

         Pero esta ley se quedaba corta para Jesús, que no quería tan sólo una sociedad menos violenta sino una sociedad de hermanos, sin la violencia de la venganza. Cuando alguien, por su generosidad, es capaz de romper la cadena de la venganza y del egoísmo, es que el Reino de Dios está entre nosotros.

         Nuestras actuales comunidades cristianas deben estar basadas en la entrega total, por amor. Lo que se espera entonces de cada uno de nosotros es que tengamos el corazón y las manos abiertas dispuestos a dar al que necesite, y no volverle la espalda a nadie.

Gaspar Mora

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         La sed de venganza puede desencadenar en la sociedad una espiral ilimitada de violencia. Y para evitar esa espiral ya desde muy antiguo las sociedades buscaron mantenerla dentro de ciertos límites. De allí nació la Ley del Talión, presente en el Código de Hammurabi (II milenio a.C) y en textos de la legislación bíblica (Ex 21,23-25; Lv 24,19-20 y Dt 18,21).

         Desde esta perspectiva la ley introduce un avance de racionalidad en el comportamiento humano evitando una venganza superior al daño recibido. Pero Jesús presenta una exigencia que coloca a sus seguidores en un camino que incluye la renuncia a la respuesta del mismo género a la acción violenta.

         El precepto de Jesús consiste en "no resistir al malvado" (v.38), como forma práctica de desmontar la espiral de violencia y de forma similar a como también recomienda Pablo (Rm 12, 19-21). Pero esto no significa una indiferencia o pasividad frente al mal, sino el intento de lograr el restablecimiento del derecho por medio de la fuerza moral, y a través de actos que puedan ser denominados como de resistencia no-violenta.

         Dos de los ejemplos elegidos para ilustrar el principio son suficientemente elocuentes frente a los adversarios de la comunidad cristiana. En el v. 39 se habla de una "bofetada en la mejilla derecha" y en el v. 41 de la obligación de "acompañar a alguien una milla".

         La 1ª cláusula debe entenderse en el marco de las dificultades con el judaísmo sinagogal. La bofetada era el signo y, a la vez, el gesto que sancionaba la exclusión de un integrante de la comunión religiosa. Mateo consigna el mandato de Jesús de no resistir a esta decisión arbitraria del fariseísmo oficial e ir, incluso más allá, de lo que la decisión de dicha autoridad comportaba.

         La 2ª cláusula, referida al acompañamiento en un recorrido, quiere responder al privilegio de las tropas de ocupación de hacerse acompañar por los nativos para ayudarse en el traslado de sus pertenencias. Esta humillación debe ser utilizada para desenmascarar la maldad de la acción, concediendo más de lo que se pide. Se trata por tanto, de una advertencia a la conciencia del ocupante de su arbitrariedad e injusticia.

         Junto a estas dos cláusulas concretas se colocan otras dos más generales. En un mundo profundamente endeudado, el acreedor podía tomar en prenda el manto del deudor. El v. 40 exige no resistir a esa exigencia, que muchas veces sancionaba legalmente una injusticia y el v. 42 amplia este horizonte a un comportamiento en que todos los seres humanos se encuentran, sean deudores cuanto acreedores.

         No se deben entender todas estas exigencias como pasivismo o indiferencia frente a la injusticia que nos toca de cerca. Por el contrario, las actitudes nacen de una profunda búsqueda de la justicia y el medio que se emplea tiende a poner de manifiesto el único camino que se puede emplear para conseguirlo: desmontar el andamiaje violento y construir un mundo más racional y humano.

Confederación Internacional Claretiana

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         El evangelio de hoy ofrece 4 ejemplos concretos de este amor ilimitado y fuerte: la bofetada, el manto y el préstamo. Son sólo 4 ejemplos escogidos para mostrar cómo se debe vivir en lo concreto y lo cotidiano de cada día el amor al enemigo. De frente a las acciones más agresivas e injustas, el cristiano no actúa jamás con violencia, ni renuncia a la lógica de la donación gratuita y sin límites en favor de los demás. De los ejemplos ofrecidos por Mateo se deduce que la propuesta evangélica es la de la no-violencia activa, practicada con el fin de crear una relación nueva con el adversario, liberándolo de la lógica y la praxis de la maldad y de la violencia injusta.

         El 1º caso es el del insulto violento representado por la bofetada en la mejilla derecha, que en el ambiente judío era un acto particularmente injurioso e infame. La actitud sugerida de "poner la otra mejilla" parece inspirarse al modelo del "siervo de Yahveh" que no aparta su cara de los insultos y salivazos (Is 50,6; Mt 26,67).

         No se enseña aquí simplemente a no oponer resistencia o a no enfrentarse con el mal en general. El verbo griego utilizado en el texto, antitasso, expresa la idea de "no responder con el mal" o "no pagar golpe por golpe", ya sea inmediatamente en forma personal o por un contra ataque en un tribunal de justicia. Este mismo verbo, con el mismo sentido, lo encontramos en Lc 21,15; Hch 13,8; Rm 13,2; Gál 2,11 y 1Pe 5,9.

         El 2º ejemplo se ilumina a partir de la normativa judía acerca de los bienes que eran empeñados. La túnica era el vestido indispensable de la época, que se le quita solamente a quien es vendido como esclavo (Gn 37, 23). La exigencia de alguien que quiere apropiarse la túnica de otro, a través de un proceso jurídico por hipoteca en la que está en juego el vestido del deudor como prenda es, por tanto, exagerada y violenta.

         Sin embargo, según Jesús, hay que dejársela quitar incluso dando también el manto, que era el vestido más exterior que servía para cubrirse por la noche y que de acuerdo a la ley no se podía retener más de una jornada: "Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de la puesta del sol, porque es lo único que tiene para cubrir su cuerpo" (Ex 22, 25-26). Jesús propone una línea de conducta que va más allá de los derechos esenciales tutelados por la ley de Moisés.

         El 3º ejemplo de obligar a caminar una milla probablemente hace referencia a una forma de abuso de poder a través de la requisición practicada por algunos militares o funcionarios romanos (vv.41).

         El 4º caso pertenece al ambiente jurídico y se refiere a los préstamos, sobre las cuales la ley bíblica recomendaba la gratuidad sobre todo si era destinado a un indigente. El evangelio propone la espontánea renuncia al propio derecho en favor de otra persona que se encuentra pasando necesidad.

         De los ejemplos ofrecidos por Mateo se deduce que la propuesta evangélica es la de la no-violencia activa, practicada con el fin de crear una relación nueva con el adversario, liberándolo de la lógica y la praxis de la maldad y de la violencia injusta. Ciertamente el texto de Mateo es condicionado por el contexto social y jurídico de la época de la primera comunidad cristina, pero su valor ético y religioso trasciende aquella situación histórica.

         Está claro que el evangelio de hoy no establece ninguna norma rígida ni un modelo operativo (personal o social) que habría que repetir literalmente. Ofrece una inspiración, una línea de comportamiento, un espíritu con el cual animar nuestras decisiones y reacciones frente al mal que se sufre injustamente.

         Pero también es cierto que no se puede eludir la novedad exigente de esta enseñanza evangélica apelando al principio de la legítima defensa (privada o pública) para justificar el uso de la violencia para resolver situaciones conflictivas. En este caso es más coherente admitir sin hipocresía el uso de la Ley del Talión, concebida como defensa de los efectos funestos de la maldad humana.

         En todo caso, hay que mantener la neta distinción entre el ideal de Jesús y del reino (sin paliativos ni componendas), y las opciones históricas de los creyentes que deben luchar todavía contra las fuerzas destructoras del mal. La exigencia del reino es absoluta y debe permanecer como ideal y como inspiración ético-religiosa de cualquier comportamiento humano que, por ser histórico, es siempre precario y limitado.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         Volvemos a escuchar hoy un nuevo pasaje del Sermón de la Montaña, en el que Jesús prolonga las aplicaciones de su nueva ley, que no es abolición de la antigua sino plenificación: dando plenitud (a lo mandado desde antiguo) para hacer de la ley antigua algo nuevo. Porque a lo mandado antiguamente (ojo por ojo y diente por diente) se propone ahora otro modo de accionar y reaccionar: No hagáis frente al que os agravia, de modo que si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra.

         La distancia entre este modo de actuar y aquel es enorme, y parece incluso que se está pidiendo lo contrario. La Ley del Talión era una ley que pretendía evitar abusos y poner límites a la sed de venganza humana, impidiendo los excesos en la respuesta a una agresión e instaurando un estado de estricta justicia conmutativa o de compensación proporcional al daño recibido. Era un ojo por ojo, pero no más.

         Se trata de una ley de compensación paritaria que perseguía en último término (según la interpretación más benevolente) hacer desistir a los malos de la tentación de hacer el mal en su provecho, porque el mal causado revertería sobre ellos en la misma proporción. No obstante, poner en ejecución esta ley era introducir un mecanismo de acción y reacción de difícil clausura, como el círculo vicioso.

         En su nueva ley, Jesús no recurre a esta justicia de cobrarse lo debido, y por eso dice: No hagáis frente al que os agravia. ¡Qué diferente suena esto al ojo por ojo y diente por diente! Al que te abofetea, no le devuelvas la bofetada; éste es el modo cristiano de hacer frente al agravio y al mal. Y no por eso es menos efectivo.

         Cuando al mal se hace frente con el mal, se suele instaurar un círculo vicioso de difícil salida. Y para terminar con él, hay que abandonar el camino del talión, dejando de responder al mal con el mal o al agravio con el agravio. De no hacerlo así, no parece divisarse otra salida que la aniquilación de los contrarios.

         Jesús invita a sus seguidores a no responder al mal con el mal, e incluso a responder al mal con el bien. No sólo a no responder a la bofetada con otra bofetada, sino a presentar la otra mejilla, a darle también la capa, a acompañarle dos millas, a no rehuir al que te pide.

         Cuando al mal se le hace frente con el mal, se suele instaurar un círculo vicioso de difícil escapatoria. Es el círculo interminable de la venganza. Para salir de él hay que tener el coraje de abandonar el camino del talión (el ojo por ojo), hay que dejar de responder al mal con el mal. De lo contrario, sólo se ve un final posible: la total aniquilación de los contrarios.

         Jesús invita a sus seguidores no sólo a no responder al mal con el mal, sino a responder al mal con el bien. No sólo a no responder a la bofetada con la bofetada, sino a presentar la otra mejilla. No sólo a responder al pleito para quitarte la túnica con otro pleito, sino a darle la capa. No sólo a no acompañar al que te requiera para caminar una milla, sino acompañándole dos. No sólo a no dar al que te pide, sino a darle más de lo que te pide.

         ¿Qué diferencia hay, pues, entre lo mandado (desde antiguo) y lo propuesto por Jesús como norma de actuación? Es la diferencia que hay entre lo antiguo y lo nuevo, entre lo imperfecto y lo perfecto, entre lo todavía no cristiano y lo cristiano, entre lo que pretende evitar la desproporción en la respuesta y lo que con la respuesta desproporcionada en bondad sana heridas y deshace círculos viciosos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 17/06/24     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A