18 de Junio

Martes XI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 18 junio 2024

a) 1 Rey 21, 17-29

         En aquel tiempo, la palabra del Señor fue dirigida al profeta Elías: "Levántate, y baja al encuentro de Ajab". Se trata de la misma palabra de Dios que había pedido a Elías que se retirara al desierto en la soledad, y que ahora le pide que vaya al encuentro de los hombres, compaginando así la oración y la acción.

         Elías obedece sin discutir este mandato, como hombre cabal y totalmente entregado a Dios y a los hombres. Como un hombre capaz de vivir en relación con lo invisible (en la oración) y capaz de arriesgar su vida, en servicio a la justicia.

         Pero la misión de Elías proviene de una fuente profunda: su contemplación. Y es el Dios contemplado el que le empuja a actuar. En su oración solitaria y particular, es donde Elías oye el encargo. Señor, danos el espíritu y la valentía de tu profeta Elías. Y ayúdanos a estar a tu escucha de tal modo, que oigamos la llamada de nuestros hermanos que piden justicia.

         El mandato de Dios fue cumplido por Elías de forma fulminante, diciéndole cara a cara al rey Ajab I de Israel: "Has asesinado y usurpado lo que no es tuyo. Por eso los perros lamerán tu sangre, en el mismo lugar en que lamieron la sangre de Nabot". Terrible fue la transmisión del mensaje. Danos también a nosotros, Señor, la valentía de Elías, a la hora de defender la justicia y a los explotados. Concédenos esa pasión por la justicia.

         El motivo que esgrime Elías al rey es religioso, y alude al rechazo a la voluntad divina: "Tú has hecho lo que desagrada al Señor". Sucede a veces, también hoy, que se reprocha a la Iglesia el hecho de interesarse por las cuestiones sociales. Pues bien, es "Dios de quien" se habla, cuando se habla de la justicia. Abre nuestros corazones, Señor, a lo que te agrada, y llévanos a combatir contigo lo que te desagrada. Consideremos nuestra vida concreta desde ese ángulo.

         Cuando Ajab oyó las palabras de Elías, se arrepintió, reconoció su pecado y deploró el perdón de Dios. Realmente, no esperábamos esto, y eso es lo que hace que Elías, que hasta ahora había sido testigo de la justicia, se convierta en testigo de la misericordia. Humanamente, no hay ningún odio en su corazón. Por supuesto, Dios no amenaza nunca por amenazar, pues "el Señor no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva". Y eso dio resultado, e hizo que Dios contestara: "Por haberse humillado ante mí, no traeré la desgracia sobre su casa en vida suya, sino en vida de su hijo".

         He aquí algo sorprendente, y que tampoco se corresponde a las mentalidades actuales. Sin embargo, ya lo sabemos: hay faltas que se pagan mucho más tarde. Cada generación es responsable de las generaciones venideras, y ¿quién sabe si nuestros hijos no pagarán, el día de mañana, nuestros atropellos? Ten piedad de nosotros, Señor.

Noel Quesson

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         Después de la fechoría de ayer del rey Ajab I y su mujer Jezabel, en la viña de Nabot, hoy llega la denuncia por parte del profeta. Perseguido por Jezabel, Elías había tenido que huir, pero ahora vuelve a la ciudad, por orden de Dios, y se dispone a seguir ejerciendo de profeta, pasada su crisis de desánimo.

         Esta vez echa en cara a Ajab la grave falta que ha cometido: ha asesinado y robado, y ha hecho pecar a Israel con la idolatría. Y es que "no hubo otro que se vendiera como Ajab para hacer lo que el Señor reprueba, empujado por su mujer Jezabel", nos recuerda la Escritura.

         Elías anuncia a Ajab un duro castigo de Dios, y ante el arrepentimiento mostrado por el débil y voluble rey, le dice que tal castigo sucederá más tarde, en tiempo de su hijo. Un hecho paralelo al de David, que también se arrepintió de su pecado, y obtuvo una prórroga del castigo.

         El salmo reponsorial de hoy, el Miserere, es el eco de esta actitud humilde de Ajab, como lo fue también la de David: "Misericordia, Dios mío, por tu bondad. Yo reconozco mi culpa, y contra ti pequé".

         En todos los tiempos ha habido profetas valientes, de los que hablan de parte de Dios y no para adular a la gente. Estos profetas defienden los derechos de Dios y de sus leyes (como la Ley de Antepasados de ayer, en el caso de Nabot), y la justicia social entra también en su campo de actividad. Basta leer las encíclicas sociales de los últimos papas, o al propio Catecismo de la Iglesia Católica, recordando a San Juan Crisóstomo:

"Has gustado la sangre del Señor, y luego no reconoces a tu hermano. Dios te ha invitado a esta mesa, y tú no has invitado a tu hermano, ni te has hecho más misericordioso" (CIC, 1 397).

         Hay muchos Nabot en el mundo de hoy, maltratados por la vida y aplastados por los demás. Tendría que haber también muchos Elías, que denunciaran esa situación y trataran de mejorar la sociedad. Nuestra tarea es defender los derechos de Dios (como hizo Elías contra los cultos idolátricos) y los derechos de los pobres (como hizo Elías en la injusticia contra Nabot).

José Aldazábal

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         Como era de suponer, en el relato de hoy del libro I de los Reyes se nos dice que Ajab I de Israel tomó posesión de la viña de Nabot, y quedó en deuda con el perverso corazón de su esposa Jezabel. Como se ve, ahí está el prototipo de mal gobernante, con mala conciencia.

         Enterado de esta fechoría, el profeta Elías denunció su iniquidad a Ajab en nombre de Dios, y cumplió su misión profética con toda la energía posible, anunciando a Ajab que sus delitos arrastrarían graves consecuencias, para su familia y para todo su reino. Ajab, atemorizado ante las amenazas del profeta, y fustigado por el grito de su conciencia, acaba arrepintiéndose de su conducta, y fue mitigado el castigo de Dios.

         Parece fácil decir esto con un corazón frío, pero ¿no hubiéramos preferido que fuese el propio Ajab el que sufriera el castigo, en el resto de su vida? ¿O es que la van a pagar su hijo y sus ciudadanos, y no él y su macabra mujer? Pero esa actitud no sería cristiana, y no estaría amando y deseando la conversión del pecador, aunque algunas fechorías ya no tengan arreglo (como la sangre derramada de Nabot).

         Al escuchar la severa amonestación y denuncia que hace hoy Elías a su rey, hay que reconocer el ejemplo de reconducción moral que en la historia ha jugado el reino de Israel, bajo la tutela de sus hombres del espíritu (que hoy llamamos profetas). Porque pensémoslo bien: ante la miseria humana que lastima la dignidad de los demás, ¿no es necesario que haya despertadores de la conciencia, con voz y gestos que nos devuelvan al camino de la honestidad?

         Tratemos de estar tú y yo al lado de esos profetas del espíritu, que desde el mandamiento del amor superaron las barreras del odio y buscaron lazos de unión de los seres humanos, y caminos de comunión. Pero esto supone mucha capacidad de amor y de perdón, de sufrimiento asumido y de grandeza de corazón.

Dominicos de Madrid

b) Mt 5, 43-48

         Muestra hoy Jesús el último y supremo ejemplo de la limpieza de corazón: el amor a los enemigos. En la frase citada por Jesús al principio, el 1º miembro ("amarás a tu prójimo") es cita de Lv 19,18, y el 2º ("odiarás a tu enemigo") pertenece a los principios esenios (Sal 139, 19-22).

         Para los discípulos de Jesús no hay lugar a distinciones. Pues ellos, que sufren la persecución (Mt 5, 10-12), no pueden dejarse llevar del odio. Jesús propone unas nuevas relaciones humanas, que excluyen absolutamente la violencia y que, en lugar del odio, proponen el deseo del bien (amor y oración).

         Ser hijo de Dios significa parecerse a él en el modo de obrar (Mt 5, 9). Los discípulos tienen por distintivo el amor universal, luego no pueden conformarse al uso de la sociedad (recaudadores, paganos), que discrimina entre amigos y enemigos.

         Por consiguiente, concluye Jesús: "Sed buenos del todo, como es bueno vuestro Padre del cielo". Con esta frase Jesús descalifica la perfección propuesta por los letrados, que consistía en la observancia de la ley. Lo que hace al hombre perfecto ("bueno del todo") y semejante al Padre es el amor, que no conoce excepciones.

Juan Mateos

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          En el Sermón de la Montaña sigue Jesús contraponiendo la ley antigua con su nuevo estilo de vida. Y esta vez, en cuanto al amor a los enemigos.

         La 1ª consigna ("amarás a tu prójimo") sí que estaba en el AT, mientras que la 2ª ("aborrecerás a tu enemigo") no aparece en ningún libro bíblico, sino que venía a ser una interpretación popular (esenia) de la anterior. Jesús corrige esa interpretación, y sus seguidores deberán amar también a los enemigos (es decir, a los que no sean de su familia, o de su pueblo, o de su gusto).

         Saludar a los que nos saludan lo hacen todos, y amar a los que nos aman es algo espontáneo, sin ningún mérito ni distinción. Pero lo que ha de caracterizar a los cristianos es algo extraordinario: saludar a los que no nos saludan, bendecir a los enemigos, hacer el bien a los que nos aborrecen.

         Jesús pone por delante como modelo nada menos que a Dios: "Así seréis hijos de vuestro Padre, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos". Y por eso concluye: "Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto".

          El que mejor ha imitado a Dios Padre es Jesús mismo. Si por alguien mostró preferencias fue por los pobres, los débiles, los marginados y los pecadores. Y al final, entregó su vida por todos y murió perdonando a los mismos que le crucificaban.

         En nuestra pequeña historia de cada día cabe por desgracia, la distinción de personas por simpatía o interés, según las rencillas e indiferencias sostenidas, o el rencor hacia quienes nos parece que no nos miran bien. Tenemos pendiente, por tanto, un serio examen de conciencia, así como un radical propósito de enmienda, al leer estas recomendaciones de Jesús.

José Aldazábal

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         Jesús parte hoy del supuesto de que todos tenemos enemigos. Algo que, por desgracia, queda patente en nuestra historia, pues ¿quién no ha archivado en su memoria su propia lista personal, más o menos larga, de enemigos? Se ha llegado a decir que enemigo es una palabra sin la cual no se puede escribir la historia, ni siquiera la historia bíblica.

          Es verdad. Desde que existieron 2 hermanos sobre la haz de la tierra (Caín y Abel) llevamos todos inscrita en algún lugar de nuestras entrañas la incurable costumbre de enemistarnos. Y podemos hacer un recuento de anécdotas personales, y desempolvar todo ese inútil sufrimiento causado por la violencia, para acabar lamentándonos por los sentimientos heridos.

         Frente a esa generalizada y asfixiante realidad, Jesús se atreve a proponernos lo inédito: "Atrévete a amar a quien no te ama, ni se lo merece". Pero, ¿es posible amar así? Si no se intenta, no se sabrá jamás. Además, la historia nos habla de personas que lo intentaron, y ¡resultó! ¿Y cómo consiguieron auparse sobre el resentimiento y la venganza? Lo lograron dejándose empujar por aquella misma fuerza secreta que movía desde dentro a Jesús. Intentaron lo imposible y llegaron a lo imprevisible, a través de un arma secreta que tenían dentro (Jesús). Con razón dice aquel proverbio africano: "Si no tienes un enemigo dentro, poco podrán los de fuera". ¿A qué nos lleva esta enseñanza evangélica?

         Sobre todo, a pedir al Espíritu Santo que nos conduzca al interior del enemigo para descubrir que en su corazón no es un perverso repugnante, sino alguien que se equivoca. No sabe lo que hace, y actúa mal por ignorancia. Si alguien le dijera la verdad... Lo que nos hace hermanos (o enemigos) no es el hecho de tener 2 ojos, sino nuestra forma de mirar.

         Y a amar en serio, con con sentimentalismos bobalicones sino con iniciativas y obras, dando el 1º paso. Amar es adelantarse, y debo empezar yo, sin esperar a que sea el otro quien comience. La esencia del amor cristiano es el amor a los enemigos. Es decir, a aquellos que no quieren comenzar.

         Así descubriremos que, en no pocos casos, no es que sean los demás nuestros enemigos, sino que somos nosotros quienes nos situamos enfrente de ellos. A veces ellos ni se enteran de la peligrosa temperatura de nuestro odio contenido. Orar por los enemigos es buen aliviadero del resentimiento. Una cura de oración limpia nuestros ojos interiores.

         Sería un buen ejercicio para el día de hoy que pudiésemos repasar esa lista escondida de personas a las que consideramos como enemigos, sentados a los pies de un Crucificado. Y, con este recuerdo doloroso de rostros y episodios, releer este evangelio hasta dejarnos convencer y convertir por el Dios de las heridas. Sería nuestra modesta pero eficaz colaboración para sofocar la cruel e interminable amenaza de los odios y las guerras. Y así haremos del enemigo el mejor de los maestros que encontramos en nuestra vida.

Juan Carlos Martos

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         Estamos tan acostumbrados a la imagen de un Dios que premia a los buenos y castiga a los malos, que textos como éste (del Sermón de la Montaña) llaman profundamente la atención. Lo que estaba mandado es lo normal: amar al prójimo y odiar al enemigo. Así se comporta la gente por lo común. Se ama a aquél de quien se puede recibir algo a cambio; se odia a quien busca nuestro mal, al enemigo.

         El mandato del amor, citado por Jesús, está tomado al pie de la letra del libro del Levítico (Lv 19, 18): "No serás vengativo ni guardarás rencor a tus conciudadanos. Amarás al prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor". Según este texto, la frontera del amor termina en los conciudadanos. Sin embargo, el mandato de odiar al enemigo, citado por Jesús, no se encuentra en la Biblia formulado así, sino que proviene de los esenios (grupo judío purista y disconforme con las prácticas judías de la época, especialmente con las de los sacerdotes y el templo, por considerarlas corruptas).

         En la Biblia hay, no obstante, textos cuyo espíritu apunta a este mandamiento. Así, el Salmo 139 ora así: "Dios mío, si matases al malvado, si se apartasen de mí los asesinos que hablan de ti pérfidamente y se rebelan en vano contra ti ¿No aborreceré, Señor, a los que te aborrecen, no me repugnarán los que se te rebelan? Los odio con odio implacable, los tengo por enemigos" (Sal 139, 19-22). Para el salmista hay que odiar hasta la muerte a los enemigos de Dios (que, por ello, lo son también del salmista).

         Jesús no está de acuerdo con el mandamiento del odio. Y como una formulación extrema proclama un amor sorprendente, sin barreras, que no excluye, llegado el caso, ni siquiera al propio enemigo. De este modo se imita a un Dios Padre de todos que da sol (vida) y lluvia (fecundidad) a todos por igual. Incomprensible Dios de Jesús que nos enseña el único camino posible para acabar con la ola de venganza y de odio que inunda el mundo: el amor y la oración.

         Por supuesto, hay que pedir también a Dios que cambie el corazón del enemigo y que convierta su odio en amor, para implantar en el suelo (y no en el aire) el Reino de los Cielos. Sólo así podremos llegar a ser hijos de Dios y semejantes a él.

Gaspar Mora

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         En el evangelio de Mateo venimos leyendo estos días fragmentos de aquel 1º discurso que llamamos Sermón del Monte, que nos va desgranando las líneas fundamentales de la ética de Jesús.

         Una ética de la interioridad que no se queda en el cumplimiento externo de unas normas, sino que mira al corazón del hombre. Una ética que no busca el aplauso y el ser visto y alabado por los hombres, sino que vive ante la propia conciencia (y ante Dios que ve en lo escondido). Una ética de la radicalidad que no se contenta con los mínimos (no robar, no mentir, no fornicar), sino que brota de una actitud de generosidad y grandeza de corazón.

         Como culminación de toda esa ética, Jesús nos presenta la fuente de donde debe procede esa forma de vivir: el amor. Un amor que tiene como raíz el amor sin límites de Dios Padre que hace salir el sol y caer la lluvia sobre los malos y sobre los buenos.

         ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué no debemos recluir a los asesinos y a los delincuentes? Por supuesto que no, porque para los delincuentes debe haber un confinamiento (para que no sigan haciendo daño a la sociedad) y una retribución (pagando, en lo posible, el mal que han causado). Pero sería antihumano un ensañamiento, y no se puede exceder nadie en el castigo. Tendría que darse en los delincuentes un arrepentimiento, para que de esa manera su vida sea restaurada. Por parte nuestra, al final, siempre tendría que existir un acogimiento. ¿Es que no recibe el padre a su hijo descarriado en casa?

         Es sumamente importante que las personas y las sociedades tengan como horizonte esta ética de Jesús. Nos ayuda él a realizarla.

Patricio García

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         Hoy Cristo nos invita a amar y a amar sin medida, que es la medida del amor verdadero. Porque Dios es Amor, "que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos" (v.45). Y el hombre, chispa de Dios, ha de luchar para asemejarse a él cada día, "para que seáis hijos de vuestro Padre celestial". ¿Dónde encontramos el rostro de Cristo? En los otros, en el prójimo más cercano.

         Es muy fácil compadecerse de los niños hambrientos de Etiopía cuando los vemos por la TV, o de los inmigrantes que se tiran diariamente a los mares. Pero ¿y los de casa? ¿Y nuestros compañeros de trabajo? ¿Y aquella parienta que está sola y que podríamos ir a hacerle un rato de compañía?

         Es muy fácil amar a quien nos ama. Pero el Señor nos invita a ir más allá, porque "si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener?" (v.46). ¡Amar a nuestros enemigos! Amar aquellas personas que sabemos (con certeza) que nunca nos devolverán el afecto, ni la sonrisa ni aquel favor (sencillamente, porque nos ignoran). El cristiano, pues, no puede amar de manera interesada, y ha de amar dándose él a sí mismo. El Señor, muriendo en la cruz, perdonó a quienes le crucificaban, sin un reproche ni un mal gesto.

         El cristianismo consiste, pues, en amar sin esperar nada a cambio. Y a la hora de amar tenemos que enterrar las calculadoras. La perfección es amar sin medida, y eso es algo que tenemos a nuestro alcance, en nuestro círculo del mundo y en medio de nuestras ocupaciones diarias: haciendo lo que toca en cada momento, y no lo que nos viene de gusto. La Madre de Dios, en las Bodas de Caná, se dio cuenta de que los invitados no tenían vino, y se adelantó y pidió la intervención de su Hijo. Pidamos hoy el milagro de saber descubrir las necesidades de los otros.

Iñaki Ballbé

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          Con las palabras de hoy termina Mateo este capítulo, para indicar con claridad que ser cristiano es algo totalmente distinto a todo lo demás. No se trata pues de una filosofía, ni de una religión en sí misma, sino de un estilo diferente de ser, de vivir y de pensar. Porque el ser bueno con los que nos tratan bien, el orar por los que son parte de nuestra familia, el llevar buenas relaciones con los que nos corresponden en le trato, no tiene ningún mérito, y consiste tan sólo en tener buena educación.

          El cristiano ha de ser en esto diferente, y llamar la atención de los demás. Cuando en nuestra oficina nos encontramos con personas difíciles de tratar, o cuando alguien nos hace la vida pesada, ha llegado el momento de mostrar nuestra realidad "en Cristo".

          Nadie, por ciego que sea, pasará desapercibido cuando un cristiano es insultado o perseguido por ser bueno, compasivo y justo, y ante la agresión devuelve siempre una sonrisa o un gesto de amor; nadie pasará desapercibido el semblante sereno y pacífico de aquellos que viven en el amor de Dios y no dan cabida al odio o al rencor. Jesús, no nos dio opciones pues dijo: "Sed perfectos". La respuesta es tuya.

Ernesto Caro

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          Amar a todos, y amar a ejemplo del Señor. Éste es el resumen del mensaje que Cristo ha traído al mundo. Cristo nos pone primero el ejemplo de su Padre que hace el bien sobre buenos y malos. Cristo mismo desde la cruz me enseña el valor redentor del amor. Más aún, todos los días, y en cualquier sagrario, el amor de Cristo (hecho pan) está presente, para consuelo de justos y pecadores.

          Ciertamente, no podemos quedarnos indiferentes ante la magnitud del amor de Cristo. Así que tomemos su invitación y hagámosla nuestra: "Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto". Qué gran invitación, porque en pocas palabras encierra el camino de la santidad, de nuestra salvación y la forma para acercarse a Dios.

          Pero ¿cómo ser santo hoy, en mi sociedad? ¿O cómo llegar a Dios en el ambiente en que vivo? La forma más fácil es imitando al mismo Dios, que es amor (1Jn 4, 8). Y también amando (como auténtico cristiano) a mi prójimo, que es el vecino, el compañero de trabajo o el empleado de limpieza con el que me encuentro. Todos los días me encuentro con una multitud de prójimos y con la oportunidad de amar a ejemplo del Señor y empezar o continuar el camino de la santidad.

Elí Marín

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         El criterio para amar a nuestro prójimo, como hermano nuestro, es el amor con que el Padre Dios nos ha amado. Los que hemos sido hechos hijos suyos; los que hemos sido hechos de su linaje, debemos transparentar, desde nuestra propia vida, la vida de Dios. El Padre Dios no sólo nos ofrece el perdón por medio de su Hijo Jesús, sino que, a quienes retornamos a él contritos y humillados, nos vuelve a amar como un Padre que no recuerda ya aquella maldad (que, con lealtad, ha perdonado). Pues quien al perdonar sigue recordando las faltas del perdonado, finalmente no ama en verdad a su prójimo.

         Orar por quienes nos persiguen es tanto como manifestar, desde nosotros, el amor que Dios tiene a todos y que no desea la muerte ni la condenación de alguna persona, sino que quiere que todos se conviertan y se salven. Proceder de esta manera será manifestar, desde nosotros, la perfección del amor de Dios. Esa es la misión que se le ha encomendado a la Iglesia, cuando ésta fue enviada a proclamar el evangelio a todas las naciones para el perdón de los pecados, bautizándolas al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

         El amor hacia nuestros hermanos lo hemos de vivir tras las huellas de Cristo y bajo la inspiración del Espíritu Santo, que Dios ha infundido en nuestros corazones. Muchas veces somos víctimas de conciencias llenas de injusticias, de egoísmos, de desequilibrios. Muchas veces podrían querernos dominar sentimientos de odio, de venganza, de persecución y de muerte, queriendo dar cabida en nosotros a la antigua Ley del Talión.

         Pero no podemos olvidar que la llamada a la santidad es una llamado universal, en la que no podemos excluir a alguien porque no nos cae bien. Por eso a todos hemos de anunciar, con lealtad y con un amor sincero, el evangelio de salvación. Y a quienes nos persigan debemos responderles con nuestro perdón, con nuestra capacidad de un diálogo fraterno, con nuestra oración sincera por ellos, para que también ellos se encuentren con el Señor.

Miosotis Nolasco

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         Desde el comienzo del capítulo de hoy, Jesús explica los elementos básicos del reino de Dios. Y establece unos nuevos mandamientos como alternativa humanizadora para nuestro mundo.

         Lo que Jesús trajo fue una propuesta de un hombre y mujer nuevos superadores de las cadenas del egoísmo y de la venganza. Jesús predicó que no basta amar a los que nos aman (lo cual es fácil, sale de dentro, y lo hacen hasta los paganos), sino también a los que no nos son agradables o nos perjudican de forma deliberada.

         Una comunidad cristiana, según enseñó Jesús, debe ser algo más que un grupo de hermanos bondadosos entre sí. Debe ser una comunidad de hermanos capaces de perdonar y perdonarse, de rogar por aquel que les daña y de devolver bien por mal. Aquí los argumentos racionales no son los principales: por encima está el ejemplo del Padre celestial, que actúa con nosotros siempre devolviéndonos bien por mal (ya que, a pesar de nuestros pecados, seguimos gozando de los bienes naturales, como si fuésemos buenos).

         Ante una sociedad que se mueve bajo los criterios de la compensación, del amor interesado o incluso de la venganza, el reino de Dios se yergue como una verdadera alternativa.

Severiano Blanco

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         La última de las antítesis, que sirve de coronación a la enseñanza de Jesús sobre su nueva ley, se dirige hoy a la determinación de las personas a las que debe alcanzar el amor. Y como en el caso de las anteriores antítesis, comienza con una recitación del antiguo precepto: "Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo".

         La doble formulación de lo que recita Jesús (amarás y odiarás) no se encuentra expresada, de este modo litaral, en la antigua legislación. Su 1ª parte (referida al prójimo) sí puede leerse en Lv 19,18, para el cual el prójimo era "todo integrante del pueblo", o compatriota perteneciente al mismo pueblo y con quien era necesario crear lazos de comunión, para construir una historia común.

         En cuanto a su 2ª parte (el mandato de odio), se trata de algo que recita Jesús pero que no se encuentra en ninguna legislación israelita. La forma verbal empleada puede perfectamente traducirse por "podrás odiar a tu enemigo". Pero de la obligación de amar al prójimo frecuentemente se sacaba la consecuencia más extrema frente a quienes no eran integrantes del pueblo: los miembros de los pueblos vecinos y los enemigos declarados de Dios (por cuya Alianza eran objeto del odio israelita).

         La nueva propuesta amplía el círculo de los destinatarios del amor. La realidad no puede desconocer que la existencia de la comunidad cristiana suscita por su mismo estilo de vida oposición y agresividad. En su horizonte siempre es posible descubrir la presencia de enemigos y perseguidores. Y sin embargo, se exige que ellos sean incluidos en el amor de los integrantes de la comunidad. Y esto hasta tal punto que también ellos estén presentes en la oración de los creyentes.

         El negar de esta forma toda limitación al amor cristiano, la exigencia de su universalización se fundamenta en la universalidad del acción benéfica de Dios, que debe ser considerado por los miembros de la comunidad primeramente y sobre todo como Padre.

         Esta característica de Dios había sido revelada ya respecto a los que obran la paz (Mt 5, 9), y su reconocimiento aparecía ligado a las buenas obras de los integrantes de la comunidad (Mt 5, 16). A partir de aquí dominará el discurso de Jesús hasta el final del cap. 6 (Mt 5, 45.48; 6, 1.4.6.8.9.14.15.18.26.32).

         El descubrimiento de la filiación implica una exigencia de comportamiento, una fidelidad que lleva al creyente a expresar adecuadamente la herencia recibida. Dios, en quien su vida se ha originado, es aquel que es capaz de hacer salir el sol y dar la lluvia para todos, buenos y malos, justos e injustos.

         La no-exclusión de ningún ser humano (de la acción benéfica divina) fundamenta la realización de acciones completas y perfectas, derivadas de la perfección del Padre (v.48). Y también fundamenta la llamada a realizar acciones perfectas por parte de los miembros de la comunidad cristiana.

         Este se convierte el carácter distintivo de reconocimiento frente al comportamiento de publicanos y paganos. Los primeros aman a quienes los aman, y los segundos saludan a los de su misma condición. La justicia cristiana exige algo más para su realización perfecta: la semejanza al Padre que lleva a realizar las propias acciones benéficas en favor de todo hombre y mujer.

Confederación Internacional Claretiana

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         El amor al prójimo se expresa citando el texto del Levítico (Lv 19, 18), el cual representa la fórmula popular de entender el amor al prójimo; fórmula que implica no enseñar a nadie a odiar a sus enemigos. Mateo opone el pensamiento de Jesús en un doble paralelismo: amar al enemigo y orar por el perseguidor (considerando al enemigo por el perseguidor, en una situación muy característica de la primitiva comunidad).

         Los discípulos han de demostrar una imparcialidad para con los amigos y los enemigos, idéntica a la que demuestra Dios a la hora de repartir la luz del sol sobre buenos y malos y la lluvia sobre justos e injustos; al comportarse de esta forma providencial (a semejanza de Dios), los discípulos justifican con sus actitudes el título de ser verdaderos hijos de Dios.

         El amor, dentro del propio grupo o familia, es un rasgo humano natural y universal. Mateo usa unos términos que hacen relación a 2 grupos despreciados entre los judíos: los publicanos y los paganos. Al utilizar estos términos, Mateo contradice en cierto modo, el principio que está afirmando; el evangelio muestra siempre simpatía hacia estas clases despreciadas. Con un amor como éste, los discípulos serán perfectos "al igual que el Padre celestial es perfecto".

         El amor hacia los enemigos es el elemento que asegura la integridad de la doctrina cristiana, es el vértice donde Jesús ha puesto todo el contenido de su proyecto, cambiando la ley antigua por una norma más exigente, la del amor sin límites ni restricciones. De esta manera, los discípulos han de construir su vida desde la paradoja del amor, la oración y el perdón, incluso a los enemigos, como la norma central de la vida y la misión.

         Hemos visto la postura de Jesús para combatir el legalismo llevando la ley a sus últimas consecuencias, anulando la ley en vigor y cambiando las normas por otras nuevas. En definitiva hemos podido ver cómo, para Jesús, se trata de atenerse al espíritu de la ley y no a la letra de la misma.

          Ahora nos toca a nosotros actuar de la misma manera como actuó Jesús frente a la ley, dejando todo legalismo alienante que nos lleva a observar ciegamente tantos preceptos religiosos y sociales que no nos dejan vivir en verdadera libertad, que nos encadenan y manipulan, generando en muchas ocasiones hasta la propia muerte.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         El Sermón de la Montaña que recoge el cap. 5 de Mateo, y que nos propone hoy el evangelio, es quizás el más expresivo y original de la enseñanza de Jesús. En él al menos se contrapone lo dicho (lo enseñado, lo mandado, lo exigido) a los antiguos y lo dicho por Jesús: Habéis oído que se dijo, pero yo en cambio os digo.

         Aquí hay, si no una rectificación, sí una superación. Aquí resplandece la plenitud de la ley y los profetas. Aquí encontramos lo más genuinamente cristiano, y lo que se pide al cristiano por el hecho de ser cristiano, más allá de comportamientos naturales, habituales o simplemente humanos.

         Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. La 2ª parte de este mandamiento no se encuentra en ningún lugar del AT, pero sí se encuentran textos como Ecl 12, 4-7 y otros textos del Qumram donde se habla de "detestar a los pecadores".

         Se trata, por tanto, de una interpretación de Jesús al mandamiento del amor al prójimo desde la perspectiva de la enseñanza veterotestamentaria, según la cual el concepto prójimo no incluía a ciertas personas como los paganos, los extranjeros, los no correligionarios y los enemigos, los cuales quedaban excluidos del mandamiento porque no eran prójimo.

         El mandamiento del amor al prójimo quedaba así reducido a un grupo limitado de personas: los próximos por razón de consanguinidad, o de vecindad, o de religión (o circuncisión), o de raza, o de partido, o de pureza. Dejaba de ser un precepto con valor universal. Prójimo, en realidad, es todo hombre al que sea posible acercar o acercarse.

         Jesús salva este reduccionismo, característico del particularismo judío, invitando a amar incluso a los enemigos, puesto que ellos también son prójimo: Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.

         La contraposición entre el "aborrecerás a tu enemigo" y el "amad a vuestros enemigos" es notable. Pero Jesús no hace otra cosa que desplegar toda la potencia que se contiene en el antiguo mandamiento del amor al prójimo; porque el enemigo, el que nos aborrece, el que nos persigue y calumnia, también es prójimo y debe ser amado a pesar de su enemistad, de su odio y de su persecución.

         Siempre cabe decir "no saben lo que hacen", y quizás el amor con que respondamos a su odio pueda curarles y transformarles de enemigos en amigos.

         Ese es el efecto milagroso del amor, que tantas veces se ha hecho realidad en tiempos de persecución y de odio. Sólo obrando así nos estaremos mostrando como hijos de ese Padre que derrama sus dones (su sol y su lluvia) no sólo sobre los buenos, sino también sobre los malos.

         Sólo obrando así nos comportaremos como lo que somos: hijos de este Padre universal que a la hora de la beneficencia no distingue entre buenos y malos, entre los que lo merecen y los que no lo merecen, ya que los destinatarios de sus beneficios son todas sus criaturas sin exclusión (porque cualquier ser vivo se aprovecha de su sol y de su lluvia), especialmente las humanas.

         Porque (continúa diciendo Jesús) si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestro hermano, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos? Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Jesús quiere entre sus seguidores una conducta que les distinga (sin pretenderlo) de los demás, paganos, publicanos...

         Ciertamente, amar a los que nos aman no parece que sea muy meritorio. Es simplemente responder con la misma moneda: devolver el amor que se nos da. Aun así, muchas veces no somos capaces siquiera de esta respuesta, porque somos ingratos al amor recibido de otros.

         Pero esto de responder con amor al que nos ama es un sentimiento tan humano que lo encontramos en todo tipo de personas y muchas de ellas poco ejemplares en su conducta. Y si saludamos sólo al que nos saluda, o al hermano que permanece en buena hermandad, ¿qué hacemos de extraordinario? Nada, simplemente seguir una buena norma de educación. Pero a veces ni siquiera se observan estas elementales normas de educación o de higiene social.

         Jesús quiere que sus seguidores se distingan en su conducta del común de los mortales, de modo que lo extraordinario entre los paganos sea ordinario entre los cristianos. ¿Y qué mayor distinción que la del amar a los enemigos, de modo que puedan decir de ellos no sólo "mirad cómo se aman", sino "mirad cómo aman a sus enemigos"?

         Puede que esta exigencia nos parezca excesiva, porque se nos está invitando a imitar a nuestro Padre del cielo. Pero él es Dios y además está en el cielo, mientras que nosotros somos hombres, y además estamos en la tierra. Así que ¿cómo pretender ser perfectos como el Perfecto, siento tan imperfectos? ¿No es una fatua pretensión querer imitar a Dios? ¿No estaríamos pretendiendo de nuevo ser como Dios?

         Es verdad que la consigna de Jesús pone como punto de referencia al Padre del cielo, pero no es necesario emprender la tarea de imitarle directamente a él, tan infinitamente distante de nosotros por naturaleza. Tenemos un punto de referencia más cercano a nosotros, que nos traslada la conducta de Dios al espacio y al tiempo humanos, y ese es el mismo Jesús, el Verbo encarnado. Porque el que lo ve a él, ve al Padre.

         Jesucristo nos enseña cómo llevar a la práctica este mandamiento que incluye el amor a los enemigos, especialmente en momentos tan dramáticos como el de su muerte en la cruz. Nos enseña cómo hacerlo y nos da la fuerza (su Espíritu de amor) para llevarlo a cabo.

         Y si nos seguimos cuestionando cómo funciona esto, preguntémosles a todos los mártires (y santos) de la historia que han sufrido persecución y muerte o han sido calumniados sin provocar en ellos otra respuesta que el amor en forma de favor, de oración o de perdón. Porque ellos sí se mostraron realmente (y sin afectación) hijos del Padre del cielo, y cabales imitadores de Cristo en su amor al prójimo, incluidos los enemigos. 

         Este amor ha dado lugar a muchas conversiones (como la de Saulo, testigo de la muerte de Esteban), y ha acabado generando muchos hijos e imitadores del mismo Dios. Si este fermento se extendiera a todos los hombres, se produciría sin duda la transformación de toda la humanidad. Ya no habría que amar a los enemigos, porque ya no habría enemigos; aunque sí habría prójimos a quienes seguir amando en el reino de Dios.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 18/06/24     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A