19 de Junio

Miércoles XI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 19 junio 2024

a) 2 Rey 2, 1.6-14

         El relato de hoy está lleno de imágenes y símbolos que nos cuentan:

-la desaparición de Elías, y su ascensión al cielo,
-la transmisión del poder profético, de Elías a su discípulo Eliseo,
-lo que sucedió cuando el Señor arrebató a Elías al cielo.

         En la tradición judía, este relato y todo lo que tiene de maravilloso, había adquirido mucha importancia. En tiempos de Jesús, la creencia popular esperaba el retorno de Elías, que debía preceder al Mesías. Y de ahí que la gente preguntara a Juan Bautista: "¿Eres tú Elías?" (Jn 1, 21). De otra parte, es lo que el ángel había dicho a Zacarías anunciando el nacimiento de Juan Bautista: "Estará con él el espíritu y el poder de Elías" (Lc 1 17). Y hasta el mismo Jesús dirá en su día: "Si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir" (Mt 11, 14).

         La comparación de estos diversos textos neotestamentarios señala:

-que no hay que tomar literalmente las cosas, pues Juan Bautista es y no es Elías,
-que sí hay que saber interpretar el lenguaje espiritual, que habla de transmisión  profética y de que Juan Bautista fue el último de los profetas anteriores a Jesucristo, el cual es "mucho más que un profeta".

         Pero volvamos al texto de hoy, porque dijo Eliseo a Elías: "Que tenga yo doble parte en tu espíritu". Conocemos ya el espíritu de Elías, y que él era el hombre de la escucha de Dios, y el enviado para restablecer la alianza entre Dios y los hombres.

         Todo un linaje de profetas asumieron en Israel ese papel en la historia: Elías, Eliseo, Amós, Oseas, Jeremías, Juan Bautista... Concédenos, Señor, este mismo espíritu, ¡tu Espíritu! Haz de nosotros hombres espirituales, transfigurados desde el interior, y que hablen "del Espíritu, que debían recibir los que creerían en él".

         La desaparición de Elías tuvo lugar en circunstancias misteriosas, que fueron embellecidas por sus discípulos: "Un carro de fuego con caballos de fuego, que se interpuso entre Elías y Eliseo". Y es que un profeta con el alma de fuego, como Elías, no podía desaparecer más que en el fuego, desde la simbología de Dios. Ha sido asumido por Dios, y ya está en Dios. La Iglesia de Oriente le festeja, y afirma que Elías permanece vivo: "San Elías, ruega por nosotros".

         En la montaña de la Transfiguración, 3 apóstoles de Jesús vieron a Moisés y Elías hablando entre ellos (Mt 17). A través de esas páginas concretas, intuimos que la muerte no es el punto final, y que hay vivientes (como Moisés y Elías) que siguen actuando para Dios.

         Eliseo tomó el manto de Elías. Porque si Elías no ha muerto, él continuará viviendo aquí abajo, en sus sucesores y en los que prosigan su misión. El manto de Elías es símbolo de la misión del profeta, que pasa a los hombres de unos a otros. ¿Quién será el siguiente, en recoger hoy el manto de Elías?

Noel Quesson

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         El profeta Elías, que en otro momento se había encontrado con Dios en el Horeb, ahora ha llegado al punto final de su misión, y vuelve a tener un encuentro con el Señor, el definitivo. Eliseo, su discípulo y compañero de profecía, está también presente, para acompañar a su maestro en ese encuentro final y comenzar él por su cuenta la nueva misión del Señor.

         Una vez que Elías ha sido arrebatado por Dios, Eliseo recibe buena parte del espíritu de Elías, para seguir caminando en la presencia del Señor y dar testimonio de él.

         En todos nosotros ha derramado Jesucristo ese espíritu de Elías y Eliseo, que es el Espíritu Santo. Y por eso hemos de volver al mundo como Eliseo, como testigos del amor de Dios y como constructores del Reino de los Cielos, a través de las palabras (el evangelio) que se nos han confiado.

José A. Martínez

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         Acaba hoy el Ciclo de Elías y empieza el Ciclo de Eliseo. Dios se lleva a Elías en un torbellino, en un carro de fuego, y con una desaparición tan misteriosa como la de Henoc (Gn 5, 24). Tras lo cual comenzó a circular la creencia popular de que Elías volvería para preparar el camino del Mesías.

         Pero la lectura de hoy también quiere apuntalar la figura profética de Eliseo, como sucesor legítimo de Elías. Y lo hace con una serie de gestos simbólicos. El 1º de ellos es el río Jordán, en recuerdo de Josué y del pueblo que por ahí entró en la tierra prometida. El 2º de ellos es el manto sobre el agua, el 3º el del "ver o no ver" al profeta en su despedida (en su carro de fuego). En toco caso, Eliseo queda consagrado como profeta de Dios, entre los discípulos que Elías había formado como grupo de fieles a la Alianza de Dios, y había rechazado tajantemente el culto a Baal.

         ¿Se puede pedir lo que pide Eliseo? Porque él pidió "dos tercios de su espíritu" a Elías, que era la porción que tocaba al primogénito hebreo (el doble que a los demás hijos). ¿O acaso no es el profetismo un don gratuito de Dios, y carisma muy personal? En efecto, Elías no se lo puede conceder, sino que deja la decisión a Dios. En todo caso, la escena del milagro del manto sobre las aguas (de forma reiterada) demuestra que Dios transfiere a Eliseo el carisma profético de Elías.

         La escena recuerda a la transmisión de poderes que hizo Moisés a Josué, cuando le traspasó su carisma con el encargo de guiar al pueblo. En el caso de Elías y Eliseo, dicha transmisión no es del poder sino de la profecía.

         Pero ¿quién es hoy Elías, y quién Eliseo? En tiempos de Cristo seguía muy viva la creencia de la vuelta del gran profeta, y a Juan el Bautista llega a preguntarle la gente: "¿Eres tú Elías? Jesús dijo que Elías ya había venido, y que era precisamente Juan, según lo que el ángel había dirigido a Zacarías, el padre del Bautista: "Tu hijo irá adelante con el espíritu y el poder de Elías" (Lc 1, 17). Más adelante, en la escena de la Transfiguración, aparecerá Elías juntamente con Moisés, acompañando a Jesús. En Jesús se cumplen todas las figuras y promesas del AT.

         Y aquí estamos nosotros, como profetas de Jesús y de su buena noticia en el mundo de hoy. Ojalá tengamos la plenitud del Espíritu de Jesús, y la misma fidelidad y entusiasmo que había mostrado Eliseo con respecto a Elías. Sobre todo para librar este mundo de las asechanzas de Baal, y que la gente pueda seguir a Cristo Jesús, el auténtico Salvador.

José Aldazábal

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         La 1ª lectura de hoy nos ofrece una entrañable escena, en que el joven Eliseo, al despedirse de su maestro Elías, le pide que le otorgue "dos tercios de su espíritu". No es poco pedir 2/3 de la grandeza espiritual de Elías, prototipo del profetismo. Pero la riqueza de nuestro Dios (dador de todo bien) no entiende de cifras, y es tanta que se complace en repartir a manos llenas sus dones con prodigalidad, sin agotarlos nunca. ¡Qué hermosa despedida la de Elías y Eliseo, maestro y discípulo! Porque se despiden cuando concluyen su carrera, y se han pasado el testigo de profeta a aprendiz. 

         Al modo de Eliseo, pidamos también nosotros hoy una partecita de ese mismo don divino, para saber hablar a los hombres de hoy con palabras proféticas de verdad, amor y justicia (unas palabras de las que están muy necesitadas, de forma muy particular, la sociedad y la Iglesia). Convirtamos la espectacularidad del carro de fuego, llevándose a Elías, en una vida de acción de gracias, haciendo todo lo que podamos, y lo mejor que podamos, ante Dios y ante los hombres, con humildad y amor fraterno.

Dominicos de Madrid

b) Mt 6, 1-6.16-18

         Enuncia hoy Jesús un principio general: las obras de piedad no deben practicarse para ganar prestigio ni para adquirir privilegios, pues quienes así obran se privan de la comunicación divina, y hacen cesar la relación de hijo-Padre con Dios. Y aporta el por qué: porque (como en Mt 5,12) la recompensa consiste en el ejercicio del reinado de Dios. En cuanto a las dikaiosune (lit. obras de piedad), éstas deben ser insertadas en el contexto de la fidelidad del hombre a Dios (Mt 3,15; 5,20), expresadas según la norma farisea de limosna, oración y ayuno.

         La 1ª obra de piedad es la limosna. Y en ella alude Jesús al hipócrita que finge estar ejecutando una acción que no corresponde a su actitud interior. Pues la limosna practicada para obtener buena fama entre los hombres obtiene un premio humano: la fama. Mientras que la limosna que pide Jesús no debe llevar publicidad alguna, sino quedar "en lo escondido", en la esfera del Padre. Su recompensa es la comunicación personal del Padre. Excluye Jesús todo interés torcido en la ayuda al prójimo (Mt 5, 7.8), según corresponde a "los limpios de corazón". Su premio será la experiencia de Dios en la propia vida (Mt 5, 8).

         La 2ª obra de piedad es la oración. Y en ella alude Jesús a la oración de los hipócritas, que pretendía exhibir ante los demás una piedad personal de forma inútil, pues no obtiene la comunicación divina ("ya han recibido su recompensa"). Pues la oración que pide Jesús ha de realizarse en lo más profundo del hombre, donde no llega la mirada de los demás: "tu cuarto" (lo más retirado de la casa) y "tu puerta" (donde se echa la llave). Se trata de metáforas para designar lo profundo de la interioridad, pues el Padre que "está en lo escondido" (en paralelo con "vuestro Padre que está en los cielos"; v.1).

         En cuanto al lugar de Dios, los término empleados por Jesús designan la esfera divina, indicando tanto su trascendencia ("el cielo") cuanto su invisibilidad ("lo escondido"). La oración que se hace en lo profundo obtiene el contacto con el Padre, mientras que la palabrería indica falta de fe. El hecho de que el Padre sepa lo que necesita el que ora, muestra que la oración dispone al hombre para recibir los dones que Dios quiere concederle.

         La 3ª obra de piedad es el ayuno. Y como en los 2 apartados anteriores (vv.2-4.5-6), opone aquí Jesús el ayuno sincero a la conducta de los hipócritas, que con su aspecto descuidado dan a entender que están ayunando, con objeto de ser admirados por los hombres. El ayuno que pide Jesús ha de hacerse en secreto, dedicándolo sólo al Padre (no a los hombre) y en íntima actitud. Por ser privación de alimento (fuente de vida), el ayuno es símbolo de solidaridad con el dolor de la muerte, y se solidariza con la tristeza.

Juan Mateos

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         El evangelio de hoy hace referencia a 2 de las principales obligaciones religiosas de la piedad judía: la limosna (vv.1-4) y la oración (vv.5-6) Con estas prácticas piadosas el judío lograba la justificación con Dios (es decir, se hacía justo delante de él, restableciendo la alianza). Mientras que con la limosna cristiana, el ser humano se abre al prójimo en la caridad, y con el ayuno dispone su espíritu a la comunión con Dios.

         El v. 1 da la clave de la nueva interpretación propuesta por Jesús en relación con estas prácticas religiosas: "Cuidado con practicar las buenas obras ("vuestra justicia") para ser vistos por la gente; porque entonces vuestro Padre del cielo no os recompensará" (v.1). Para Jesús, la práctica religiosa tiene valor solamente cuando se hace exclusivamente por amor a Dios, y lleva a crecer únicamente en relación con él. La espiritualidad cristiana está fundada, pues, en la interioridad, allí donde el ser humano es realmente él mismo.

         La justicia de la tradición bíblica abarcaba una gama de comportamientos que iban más allá de la distribución de los bienes entre los hombres, y el tsadiq (lit. justo, en hebreo) era comúnmente asociado con el hombre piadoso (Sal 32, 6.11). En esta misma línea, el término dikaiosyne (lit. justicia, en griego) designaba la religiosidad. En la expresión "practicar la justicia", típica del evangelio de Mateo, la piedad es presentada desde un punto de vista exterior.

         Respecto a la práctica de "dar limosna" (poiein elemosynen, lit. "hacer un acto de misericordia"), ésta se había convertido, en algunos círculos fariseos, en una oportunidad para hacerse notar ante los demás, y provocar la aceptación popular. Algo que Jesús califica de hipócrita (ypokrites, lit. actor de teatro).

         Las sentencias de Jesús no critican los actos de beneficencia a los demás, sino el modo de realizarlos, con el cual se pervierte la práctica religiosa. De ahí que Jesús diga: "Cuando des limosna no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para ser alabados por los hombres" (v.2). El "tocar la trompeta" es una expresión metafórica que indica "hacer publicidad" o "llamar la atención". Precisamente, la intención de ser visto y honrado por los demás (en el momento de hacer limosna) es lo que deforma esta práctica piadosa.

         Según Jesús, el gesto de beneficencia orientado a la autoglorificación no sobrepasa a su propio autor, ni el instante en que fue producido: "Os aseguro que ya han recibido su recompensa" (v.2). Pues su intención interior (la vanagloria) ha desnaturalizado totalmente el gesto, y éste no llegó a abrirse ni a Dios ni a los demás. Y así, un gesto destinado a realizar la justicia se ha convertido en un acto de negación de la justicia (comprendida ésta como justa relación con Dios).

         A esta deformación de la obra piadosa, Jesús contrapone un actuar totalmente centrado en Dios (el Padre), tal como lo subraya su sugestiva expresión: "Tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha" (v.3). No se trata de una simple llamada a la modestia, o a una cierta reserva ética (que sería aceptada incluso en algunos círculos sociales), sino que se trata de una exhortación a vivir el acto de beneficencia exclusivamente delante de Dios, en forma íntima y personal. Con razón añade Jesús inmediatamente: "Así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará" (v.4).

         Desde esta perspectiva evangélica, la recompensa no es una especie de salario o paga que el ser humano recibe por los méritos que ha acumulado (a través de sus obras de piedad), sino de la misma relación filial con Dios (que será eficaz y definitiva en el juicio último). La relación con el Padre, y la orientación escatológica de los actos, dan valor al proceder de los discípulos, aún cuando tales actos nos se diferencien materialmente de las prácticas piadosas de la religiosidad judía.

         Los vv. 5-6 tratan de la oración, cuya propuesta de Jesús alcanza su momento culminante y su expresión más lograda. Y como en el caso de la limosna, también la oración del discípulo debe estar siempre exenta de todo exhibicionismo y búsqueda de gloria personal: "Cuando oréis no seáis como los hipócritas, a los que les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para que los vea la gente. Pues ss digo que ya han recibido su recompensa" (v.5).

         Dentro del ambiente judío, el apelativo hipócritas empleado por Jesús iba dirigido a los profesionales de la religión: los escribas, que deseaban ser admirados en sus manifestaciones religiosas, en las asambleas sinagogales y en los lugares más públicos de la ciudad ("las esquinas de las plazas").  Y a ese exhibicionismo, que tendía a instrumentalizar la relación con Dios, contrapone Jesús una oración realizada en el lugar más escondido de la casa: "Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará" (v.6).

         Lo que da valor religioso a la oración no es el lugar o el modo de practicarla, sino la relación profunda (personal y genuina) que a través de ella se establece con el Padre.

Fernando Camacho

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         Jesús exige a los suyos autenticidad, y que no practiquen el bien "delante de los hombres", "ni para ser vistos por ellos", sino solamente delante de Dios, que es quien conoce nuestras intenciones. Y esto lo concreta en 3 direcciones, que abarcan toda nuestra vida: la relación con Dios (la oración), la relación con los demás (la caridad) y la relación con nosotros mismos (el ayuno). Aspectos en los que siempre se sigue la misma dinámica:

-al dar limosna, no para que los demás se enteren, sino para que Dios se fije en nosotros;
-al rezar, no para que los demás se den cuenta de que rezamos, sino para tener un encuentro con Dios;
-al ayunar, no para buscar el aplauso o la admiración de los demás, sino por amor a Dios.

         Una vez más, Jesús pone una serie de comparaciones que pueden parecer paradójicas si se toman al pie de la letra, pero que indican muy bien su invitación a una autenticidad interior:

-cuando hacemos limosna, "que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha";
-cuando oramos, "entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre";
-cuando ayunamos, "perfúmate la cabeza y lávate la cara".

         Se trata de un programa serio de vida cristiana, que nos indica el estilo de nuestro seguimiento de Jesús. No se trata de no hacer limosna ni oración comunitaria ni ayuno. Sino de no buscar, en todo ello, las apariencias y la ostentación.

         Si actuamos así, no buscando por hipocresía el aplauso de los demás (como los fariseos), sino tratando de agradar a Dios con sencillez y humildad, lo tendremos todo: Dios nos premiará, los demás nos apreciarán porque no nos damos importancia y nosotros mismos gozaremos de mayor armonía y paz interior.

         Lo que cuenta en nuestra vida no es la opinión que los demás puedan tener de nosotros, sino lo que piensa Dios, que nos ve por dentro. Se repite para nosotros la afirmación de Jesús: "Tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará".

José Aldazábal

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         Nos anuncia hoy Jesús un principio general: "Evitad hacer el bien delante de la gente para que os vean; de lo contrario, el Padre que está en los cielos no os dará ningún premio". Esta frase es central para entender todo lo que sigue. Jesús no está en contra de las obras de piedad; al contrario, quiere que sus discípulos las practiquen. Con lo que no está de acuerdo Jesús es con el modelo como las llevan a cabo los fariseos: para tener buen reconocimiento ante los demás. Una vez enunciado este principio, Jesús lo aplica a los 3 casos: limosna, oración y ayuno.

         La limosna (vv.1-4). Practicar justicia es el término técnico para designar la limosna, la cual se daba a los pobres conforme al criterio de cada persona porque no había una forma organizada de asistencia social. Por eso se insistía tanto en las obras benéficas. De este modo se llegó a abusar de la práctica de la limosna instrumentalizándola para favorecer la propia imagen pública. Mateo califica de hipócritas tales acciones, reprocha a los que dan limosna sólo por apariencia y no por amor al prójimo, sino por amor a sí mismos.

         La oración (vv.5-6). Las palabras sobre la oración siguen el mismo esquema que las referentes a la limosna. La oración en público se hacía en determinados momentos del día; el judío piadoso se detenía en cualquier lugar en donde se encontraba y recitaba de pie las oraciones. La instrucción positiva ("entra en tu cuarto") tiene como significado extremar con imágenes la actitud correcta en la oración, ya que ésta puede convertirse en un recurso para mostrarse como piadoso ante los demás. La oración debe dirigirse a Dios, al Padre que recompensará la oración correcta.

         El ayuno (vv.16-18). En el AT, el ayuno aparecía relacionado con el arrepentimiento (el Día de la Expiación) y el luto (en los funerales). El ayuno consistía en abstenerse de alimentos durante todo el día, y la desfiguración del rostro formaba parte del ritual (de duelo o luto), echándose sobre sí el "saco y las cenizas". Al igual que lo ocurrido con la limosna y la oración, también este tipo de ayuno es reprobado por Jesús, por tratarse de un mera exhibición social externa, y no corresponder al ámbito espiritual de Dios.

Severiano Blanco

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         No. No es que Jesús pretenda confundirnos, ni que se contradiga hoy cuando dice, aunque parezca decir lo contrario: "Que los hombres no vean vuestras buenas obras" (v.6). Por tanto, deberá tratarse de algo más profundo, de lo que hoy Jesús nos está hablando: no hacer el bien (para ser admirados, lo cual sería egoísmo), sino por amor gratuito.

         Más allá de "hacer el bien", el evangelio nos propone "ser buenos", pues las solas buenas obras pueden ser equívocas cuando vienen motivadas por oscuros deseos (de vanagloria, dominación...). E incluso porque muchas buenas razones pueden llevar a justificar "hacer mal el bien". Decía el genio Pascal que "nunca hacemos tan perfectamente el mal, como cuando lo hacemos de buena fe". La visibilidad de la caridad no debe tener otra intención que el dar toda la gloria a Dios y que los hombres glorifiquen al Padre que está en los cielos.

         Sólo Dios conoce nuestras intenciones reales. Y ante su mirada de Padre tendremos que reconocer que, en muchas ocasiones, nuestras caridades ofenden y hacen daño. Lo advertía seriamente aquel santo curtido en la áspera caridad que fue San Vicente de Paúl, con afiladas palabras: "Recuerda que te será necesario mucho amor para que los pobres te perdonen el pan que les llevas".

         Porque dar es, según el hebreo, "hacer justicia", y restablecer un poco de equilibrio en la distribución de los bienes. Y por eso, quien tiene debe dar, reparando así en algo las injusticias. Pero no debe dar para ser causa de injusticia, sino para liberarse a sí mismo del mal. Lo cual se consigue cuando se elimina el cálculo o la posible ganancia: "Que no sepa tu mano izquierda". Esto es, dar sin pensarlo demasiado.

         Pero como esto no es fácil para nosotros, necesitamos orar y pedir. De esta manera el Señor apuntala en nuestra conducta esa revolución mansa y amorosa, que empieza por el propio corazón. En el mundo hay demasiados revolucionarios que quieren cambiarlo todo menos a ellos mismos. Y este ha de ser el primer cambio. De ahí que tengamos que ser ejemplares, porque en nosotros mismos va a mirarse el mundo.

         Estemos muy vigilantes ante la vanagloria, y llevemos una vida cristiana invisible. Aprendamos a hacer el bien sin ponerle nuestra firma, sin salir en la foto, sin hacérselo saber a los otros (normalmente, cargando tintas), sin búsquedas de protagonismos, sin convertirnos en cazadores de recompensas.

         Difundamos, por el contrario, una cultura de la caridad "sin denominación de origen", el anonimato de la humildad. Y hagamos así que sólo el Padre (que está en los cielos) lleve las cuentas del amor. Hacerlo así puede que nos seque la boca y nos parezca masticar un estropajo. Pero al final, muchos entenderán y glorificarán al Padre, y nosotros gozaremos de su bienaventuranza.

Juan Carlos Martos

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         Hoy Jesús nos invita a obrar para la gloria de Dios, con el fin de agradar al Padre (que para eso mismo hemos sido creados). Así lo afirma el Catecismo de la Iglesia: "Dios creó todo para el hombre, pero el hombre fue creado para servir y amar a Dios y para ofrecerle toda la creación". Éste es el sentido de nuestra vida y nuestro honor: agradar al Padre, complacer a Dios. Éste es el testimonio que Cristo nos dejó. Ojalá que el Padre celestial pueda dar de cada uno de nosotros el mismo testimonio que dio de su Hijo en el momento de su bautizo: "Éste es mi Hijo amado en quien me he complacido" (Mt 3, 17).

         La falta de rectitud de intención sería especialmente grave y ridícula si se produjera en acciones como son la oración, el ayuno y la limosna, ya que se trata de actos de piedad y de caridad, es decir, actos que per se son propios de la virtud de la religión o actos que se realizan por amor a Dios.

         Por tanto, "no practicad vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial" (v.1). ¿Cómo podríamos agradar a Dios si lo que procuramos de entrada es que nos vean y quedar bien (lo 1º de todo) delante de los hombres? No es que tengamos que escondernos de los hombres para que no nos vean, sino que se trata de dirigir nuestras buenas obras directamente y en 1º lugar a Dios.

         No importa, ni es malo, que nos vean los otros, pues podemos edificarlos con el testimonio coherente de nuestra acción. Pero lo que sí importa (y mucho) es que nosotros veamos a Dios tras nuestras actuaciones. Por ello, debemos "examinar con mucho cuidado nuestra intención en todo lo que hacemos, y no buscar nuestros intereses, si queremos servir al Señor", como decía San Gregorio Magno.

Antoni Carol

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         Leyendo el evangelio hoy, tal vez algo de nuestro corazón esté próximo a cambiar. Tal vez. Ciertamente las palabras de Jesús seguirán resonando en nuestro corazón. Y ¿cómo no continuarán siendo válidas en nuestro tiempo aquellas máximas de Jesús que él pronunció en el Sermón del Monte. ¿Qué nos propone hoy?

         Quien dé limosna (dice Jesús) debe hacerlo de manera que los otros no se den cuenta de ello. Pues si dan para ser vistos y estimados, Jesús les dice que ya han recibido su recompensa. Porque su obra no ha sido hecha ante los hombres para irradiar a Dios, sino para admirar las excelencias humanas.

         Y no basta con que la buena acción pase inadvertida para el prójimo, pues hay más: "Que tu mano izquierda no vea lo que hace la derecha". El hombre no debe contemplar, por tanto, lo que ha hecho, complaciéndose en ello. Sino que debe despedir al espectador que hay en él, y quitarle toda subsistencia a la obra realizada.

         Hay que velar, por tanto, por un extremado pudor, a la hora de realizar alguna obra para Dios. Pues esa delicadeza sublime de intenciones es la que ha de irradiar a Dios a los demás, y no la obra exterior. Y por eso hay que ser muy trasparentes, y preferir hacer las obras de Dios con discreción (en tu cuarto, en la soledad, cerrando puertas...), para que sea Dios quien refleje lo que él quiera, sobre esa acción realizada. Como decía Jesús, "brille así vuestra luz ante los hombres, de tal manera que, a través de vuestras buenas obras, den gloria a Dios". Se nos podrá pedir mucho, pero más no. De este modo, y sólo de este modo, crecerá el Reino de Dios.

Patricio García

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         Probablemente la limosna, la oración y el ayuno sean las obras de piedad que tengan más fuerza en la presencia del Señor. Unas obras que, por otro lado, son sumamente alabadas en la Escritura. Y que, cuando se hacen con fe y con amor, logran muchas cosas, para Dios y de Dios.

         De la limosna se llega a decir que "borra la multitud de los pecados". La oración, hecha con sencillez, amor y humildad, nos hace entrar en una relación de intimidad con Dios (y hecha en nombre de Jesús, "logra para nosotros todo lo que pidamos"). El ayuno "mueve el corazón de Dios" para que sea misericordioso para con nosotros, de tal forma que nos libra de grandes catástrofes, o nos perdona cuando pareciera que teníamos perdido el juicio y éramos dignos de condena.

         Por eso la vanagloria se presenta como el peor de los enemigos de la virtud, al lograr que todo se diluya en un aplauso humano y que muchos, en lugar de recibir la irradiación de Dios (que indaga en lo secreto), se queden sin ella. Aprendamos de estas obras de piedad a recibir, no tanto la gloria humana, sino al mismo Dios, que se entrega en lo secreto.

         Los cristianos debemos vivir intensamente nuestra unión con el Señor por medio de la oración, saliendo de ella decididos a trabajar por el bien de los hermanos. Pero sabiéndonos pecadores, y reconociendo que hay muchas cosas de las que tenemos que ayunar y renunciar.

         ¿Y qué recompensa busco ante cada una de las acciones que realizo? ¿O cuáles son mis intenciones detrás de cada una de ellas? Estas son las preguntas que Jesús me hace el día de hoy. ¿O es que busco la aprobación y el afecto, y que la gente diga qué buena es Miosotis? ¿O no será mi necesidad de querer controlar, inclusive hasta al mismo Dios? Busquemos en silencio el verdadero significado de nuestras acciones. Presentémoselas a Dios y solo él las purificará y las hará aceptables ante él.

Miosotis Nolasco

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         Tras establecer las leyes fundamentales que rigen las relaciones sociales entre los seres humanos, Jesús pasa a proclamar las leyes que se refieren a la relación con Dios. En el mismo plano que las anteriores ellas también pertenecen al ámbito de la justicia (mencionada al comienzo de las 2 series de obligaciones, en Mt 5, 20 y Mt 6, 1).

         La forma de entablar la relación con Dios surge de la intimidad familiar, conforme a su atributo de Padre. Y consiguientemente desde esa intimidad se deriva la confianza y sobre todo la sinceridad. Para ello se pasa a examinar sucesivamente la forma de actuar los 3 pilares de la piedad judía de la época: limosna, oración y ayuno.

         Esa sinceridad fundamental en la relación religiosa debe impedir la instrumentalización de la práctica religiosa. Por ello aquí también se contraponen 2 formas de actuación. La 1ª consiste en actuar delante de las personas para ser notados por ellas (v.1) al sonar de la trompeta en lugares públicos (v.2) y mostrándose en los lugares públicos (v.5). La 2ª consiste en una actuación que se realiza en lo escondido (v.4), en una habitación interna de la casa con la puerta cerrada (v.6), lugares a los que se dirige la mirada del Padre.

         De esta forma se describen no tanto los lugares más o menos secretos de una actuación sino que se trata de purificar la motivación de la acción. No se prohíbe que las buenas obras sean conocidas sino se busca purificar la motivación de modo que ellas no se realicen en vistas del aplauso y la consideración de los semejantes. Este aplauso y aprobación humana funciona ya en el presente como retribución e impide todo otro tipo de retribución, en este caso, la de Dios.

         Por el contrario, la justicia que se exige a los miembros de la comunidad está ligada íntimamente a los intereses de Dios y debe buscar en él la aprobación que surge de su amor de Padre. La limosna, oración y ayuno sólo pueden ser eficaces si son capaces de sacar al ser humano del propio egoísmo, de los propios intereses o de la búsqueda de ventajas y privilegios propios. Pero cuando no se realizan con este espíritu encierran aún más en sí mismo, y por consiguiente alejan del objetivo para el que han sido propuestas.

         La salida realizada en lo externo, ante la opinión pública, en los lugares públicos ha impedido la otra salida hacia el Padre que sólo puede realizarse en el olvido de sí mismo, en el desconocimiento de una mano de la actuación de la otra y en el lugar más recóndito de la casa.

         Esta diafanidad de la relación religiosa implica a toda la persona en las prácticas consideradas y no pueden ser fruto de una actuación externa a la persona, a una máscara en que la persona (como en el teatro) es definido por una máscara. Hipocresía y sinceridad se oponen y están al origen de 2 formas de práctica religiosa. Pueden conducir a la autenticidad personal que sólo se realiza en el ámbito íntimo de la relación con el Padre o pueden conducir a la manipulación de Dios que es utilizado al servicio de los propios egoísmos e intereses.

         La advertencia de Jesús sigue siendo válida en un mundo donde muchas veces la religiosidad sirve para enmascarar el olvido de Dios y la justicia del Reino.

Confederación Internacional Claretiana

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         Entre las mediaciones que utilizaba la ley judía para obtener gracia y perdón de los pecados estaban la limosna, la oración y el ayuno. Estas mediaciones habían sido convertidas por el legalismo en elementos de vanidad y ostentación. Con ello habían perdido su verdadero sentido, que era el de ser simples mediaciones para que el perdón y el amor de Dios acontecieran y así quedaran perdonados los pecados. Pero ¿cómo puede ser mediación de gracia algo que se hace por vanidad? ¿Cómo va a recompensar Dios lo que se hace esperando la paga de la alabanza, si ya esta alabanza se convierte en la recompensa esperada?

         Una vez más, la esencia de la gracia se nos hace manifiesta: el amor gratuito de Dios no puede manifestarse cuando el hombre ha llenado su interior de interés, de vanidad y de autoalabanza. Jesús no anula las mediaciones, pues sabe que el ser humano las necesita (porque a través de ellas compromete su espíritu y su corporalidad, que deben ir siempre unidos). Pero sí trata de purificar las mediaciones a través de las cuales se va a canalizar la religión, para que ésta no se salga fuera del camino de salvación.

         Las mediaciones religiosas (limosna, oración, ayuno) reciben su valor del contenido espiritual e interior que tengan sus intenciones. Por eso la oración salva cuando somete nuestro ser a Dios, la limosna cuando destruye nuestro egoísmo y lo transforma en generoso, y el ayuno cuando sujeta a la carne (y sus tendencias atrapadoras) y la hace participe del vuelo del espíritu.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         Jesús previene hoy a sus discípulos ante el riesgo de hacer ciertas cosas buenas delante de los demás, con el único fin de ser vistos por ellos y obtener así la debida recompensa: Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial.

         A esas prácticas en las que se pone de manifiesto la justicia (resp. bondad) de los hombres pertenecen la limosna, la oración y el ayuno. Nuestras prácticas cuaresmales eran ya observancias frecuentes en la tradición judía y, en general, en toda tradición religiosa. La limosna dice relación inmediata al prójimo al que se socorre; la oración está orientada al Dios a quien se ora; y el ayuno se presenta como una práctica ascética referida al sujeto que la lleva a cabo.

         Jesús no desaprueba este tipo de prácticas, pero sí ciertos modos de ejecutarlas. Cuando hagas limosna (les dice), no vayas tocando la trompeta por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga. Haz, por tanto, limosna; pero no la hagas como los hipócritas, convirtiendo este acto de misericordia (que es la limosna) en un acto de ostentación para enaltecimiento y gloria de la propia imagen.

         Obrar así es desvirtuar la limosna, puesto que el fin del acto ya no es socorrer al indigente, sino fomentar la propia gloria personal. Lo que se presuponía como un ejercicio de misericordia se ha convertido en un ejercicio de vanagloria. Para eso ha bastado con cambiar la finalidad, si se quiere oculta, de la acción.

         Pero la trompeta que encabeza el cortejo ya es suficientemente elocuente del fin que se pretende. Ha dejado de ser limosna para convertirse en otra cosa, en un acto de ostentación que persigue el encumbramiento personal o del estamento.

         Evidentemente, como refrenda Jesús, ya han recibido su paga, que no es otra que la gloria (vana) obtenida. También resulta manifiesta la hipocresía que esconde semejante comportamiento. Bajo capa de misericordia (la que se supone en la limosna) se oculta un refinado deseo de grandeza.

         Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará. Es una buena medida para evitar intenciones taimadas. La limosna hecha en secreto queda libre del riesgo de buscar una recompensa ajena a la propia satisfacción de hacer el bien o de agradar a Dios.

         Normalmente es difícil que el que recibe la limosna no se entere de su procedencia, pero hasta al destinatario se le puede ocultar el origen de ese beneficio. Uno puede ocultar su acción bajo el manto del anonimato. Siempre ha habido donantes anónimos. En cualquier caso, parece muy conveniente que nuestra limosna permanezca lo más secreta posible; sólo así evitaremos tentaciones de vanidad y búsquedas solapadas de algún tipo de correspondencia o de paga. No por eso quedaremos sin recompensa.

         Jesús nos garantiza la paga del Padre que ve en lo secreto y que no dejará sin recompensa las buenas acciones de sus hijos. Esta paga divina no hay por qué descartarla ni ignorarla. Jesús la incluye siempre como promesa de salvación o de vida eterna.

         Nuestras buenas obras han de ser desinteresadas, pero no hasta el punto de renunciar a la promesa de felicidad que les es inherente. Despreciar esta recompensa sería un desprecio del don divino y, por tanto, del Donador de los dones, además de una pretensión contraria a la misma naturaleza humana que busca intrínsecamente la propia satisfacción en la posesión del Bien supremo.

         Y lo que se dice de la limosna es aplicable también a la oración y al ayuno. Tampoco hay que rezar como los hipócritas, de pie en las sinagogas y en las esquinas, para que los vea la gente. Si rezamos para que nos vea la gente, estamos haciendo de la oración un espectáculo.

         La oración es oración y sólo eso: plegaria, súplica, acción de gracias en la presencia del Señor. Y para hacer oración sólo necesitamos de este interlocutor. Es verdad que en la oración comunitaria nos verán otros: los que oran con nosotros y los que nos ven reunirnos para la oración. Pero el fin de este acto comunitario no es que otros nos vean, sino presentar a Dios nuestras peticiones y alabanzas.

         También es verdad que la oración litúrgica puede convertirse en un espectáculo en el que se escenifican ciertos misterios y actúan ciertos personajes y coros; pero no deja de ser un espectáculo que invita a la participación a los mismos espectadores, que deben convertirse también en actores.

         Si es un espectáculo que invita a la oración, no pierde su finalidad (que es precisamente la de orar), ni deja por tanto de ser oración. Lo que hay que evitar es que la oración persiga un fin distinto del que tiene en cuanto tal. Si sucede esto dejaría de ser lo que es para convertirse en otra cosa, en un acto público en el que se busca el aplauso o la admiración de la gente, en un simple espectáculo.

         Por eso es muy conveniente atender a la consigna de Jesús: Cuando tú vayas a rezar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará. El comportamiento al que invita Jesús a sus discípulos es radicalmente contrario al que adoptan los fariseos, y lo es porque quiere evitar los vicios en que incurren los hipócritas.

         El modo de evitar la tentación de querer ser vistos por la gente es encerrarse en el propio cuarto para rezar al Padre que ve en lo escondido. De cualquier modo, lo que se busca es que se ore con la pretensión única y exclusiva de hacer oración, y no de obtener otros réditos asociados a esa práctica. No hemos de buscar otra recompensa que la que viene de Dios Padre.

         Tampoco hemos de hacer del ayuno un espectáculo, como el de los farsantes que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan, pues lo único que hay aquí es una farsa o demudación del rostro, para aparentar algo que no se es ni se hace.

         El ayuno hay que practicarlo, pero intentando evitar que la gente lo note. O mejor, procurando que la gente no lo note. De ahí que se aconseje perfumarse la cabeza y lavarse la cara, precisamente para que la gente no lo note. Y ello para que en nuestra actuación no vivamos pendientes del juicio de los demás, sino sólo del juicio de Dios, que será quien recompense nuestros méritos.

         Luego si queremos evitar deformaciones, hemos de practicar la limosna, la oración y el ayuno. Y no de cara a los hombres y pendientes de su juicio, aprobación o alabanza, sino de cara a Dios y pendientes exclusivamente de su juicio y recompensa. La Iglesia nos invita durante la cuaresma que iniciamos a mantener este tipo de prácticas que nos disponen a la obra de misericordia (limosna) desde la privación y el despojamiento (ayuno) y desde la motivación religiosa (oración).

         Para socorrer al prójimo hay que despojarse de aquello que está en nuestra posesión. Y tanto para una cosa como para la otra hay que tener motivos: hacer lo que Dios quiere (lo que le agrada), y hacerlo por amor de Dios (con la certeza de que él nos recompensará con una paga infinitamente superior a lo que se nos pide). Limosna, oración y ayuno están de tal manera entretejidos que no es posible su práctica individual e inconexa.

         Sólo el que ayuna puede hacer limosna y oración. Sólo el que ora tiene fuerzas para ayunar y motivos sobrenaturales para hacer limosna. Sólo el que hace limosna puede orar de verdad y sin avergonzarse de presentarse ante Dios. Pero para ayunar, orar y hacer limosna no hay que pretender otra cosa que eso: ayunar, orar y practicar la misericordia.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 19/06/24     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A