22 de Junio

Sábado XI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 22 junio 2024

a) 2 Cro 24, 17-25

         Leemos hoy otra interpretación de la historia. Joás I de Israel ha sido un rey fiel, durante cierto tiempo del s. VIII a.C. Pero al final de su vida se dejará llevar a los cultos de Baal, por su inestable temperamento y seducido por los atractivos que ofrecen los ídolos fenicios, en vez de seguir el culto al verdadero Dios. El autor de Crónicas subraya el papel del sacerdocio y del templo de Jerusalén, para mantenerse en la fidelidad a Dios.

         En efecto, a la muerte del sacerdote Yehoyadá, vinieron los jefes de Judá a postrarse delante del rey, y Joás los escuchó. Pero poco después todos ellos "abandonaron el templo del Señor y empezaron a adorar a los árboles sagrados y a los ídolos".

         Toda la historia del mundo está llena de este conflicto, entre el verdadero Dios y los ídolos que el hombre se fabrica para su satisfacción. Evidentemente, es más tranquilizador para el hombre fabricarse un dios a su propia talla y necesidades, que encontrarse delante del verdadero Dios (que es siempre el Otro, el que no se esperaba, y que a menudo interviene desbaratando nuestras ideas).

         Pero tengamos cuidado, y no juzguemos a la ligera a nuestros antepasados por haberse dejado atraer por "árboles sagrados y por ídolos". Porque también nosotros tenemos tenemos nuestros propios ídolos: todo aquello que sacralizamos o absolutizamos, o todo aquello a lo que damos una importancia excesiva, como la ideología, el confort, la salud, la belleza...

         Y aunque no tengamos el aquel antiguo modo de ofrecer culto a esas realidades, ¿no tendemos, quizás, a reducir a Dios al servicio de nuestras necesidades elementales? Porque a menudo ponemos a Dios a nuestro servicio, y hacemos de Dios el motor auxiliar de nuestras necesidades. ¿Es siempre la nuestra una oración de petición?

         Entonces, la cólera de Dios estalló sobre Jerusalén, y "les envió profetas para que los hombres volvieran a él". Los profetas son los que echan abajo nuestra tendencia utilitarista, y los que nos recuerdan que a Dios no se le utiliza, sino que se le venera y se le sirve. Señor, ¡envíanos tus profetas! Señor, ¡purifica nuestras actitudes religiosas! Sánanos de ese egoísmo sutil que nos haría utilizar nuestra fe, y nuestra oración, en provecho propio.

         Dios nos pregunta al respecto, al igual que hizo a los hebreos: "¿Por qué transgredís las órdenes de Dios, para perdición vuestra?". Dios nos hace esta pregunta, Dios me hace esta pregunta.

         Tomemos el tiempo necesario para contestar esa pregunta de Dios, porque ya no soy yo quien pone los interrogantes. Sin embargo, no hay que cambiar los papeles. Señor, quiero ser muy pequeño y humilde ante ti. Reconozco que tú quieres mi bien. Ayúdame a no transgredir tu voluntad, porque sé que tu voluntad es mi salvación, y que mi trasgresión es mi perdición.

         Efectivamente, el hombre está perdido cuando olvida al verdadero Dios, y es capaz de encadenarse a los ídolos más vacuos, que no tienen ningún valor. Respecto a lo que hicieron los hebreos, "apedrearon al sacerdote Zacarías en el atrio del templo", un hecho que el propio Jesucristo tendrá que interpretar (Mt 23, 35).

Noel Quesson

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         El reinado de Joás I de Israel fue largo, y eso hizo que aunque empezara bien (con una notoria restauración de la vida social y religiosa), cuando murió su mentor Yehoyadá (el sumo sacerdote que le había ayudado a subir al trono) se olvidó de sus buenos consejos y siguió los de otros menos acertados, que le condujeron de nuevo a la idolatría y al capricho de una autoridad mal entendida.

         Más aun, el hijo de Yehoyadá (Zacarías, profeta de Dios), que le había recriminado su cambio de conducta, fue asesinado por sus secuaces en el propio atrio del Templo de Jerusalén. Un hecho que, siglos más tarde, Jesús echó en cara a sus contemporáneos: "Que caiga sobre vosotros la sangre de Zacarías, a quien matásteis entre el templo y el altar" (Mt 23, 35).

         El autor del libro de las Crónicas, libro que hemos intercalado en la lectura que vamos haciendo del libro de los Reyes, atribuye a este pecado la ruina que le sobrevino a Joás I a manos del ejército de Siria. Es lo que también afirma el salmo responsorial de hoy: "Si sus hijos abandonan mi ley y no siguen mis mandamientos, castigaré con la vara sus pecados". Aunque no por ello se va a interrumpir la línea mesiánica de las promesas de Dios: "No les retiraré mi favor, ni desmentiré mi fidelidad".

         Sabemos muy bien que en nuestras vidas puede haber idas y vueltas, conversiones y recaídas, tanto en nuestra relación con Dios como en la conducta con los demás. Y que no adoraremos estelas ni baales. Pero sí que podemos faltar al 1º mandamiento, que nos sigue diciendo "no tendrás otro dios más que a mí". El dinero, el éxito, el placer, o la esclavitud de ideologías y modas... todo eso puede ser nuestro ídolo particular, que nos acarreará, a corto o largo plazo, la ruina. Leamos la historia antigua de Israel, para aplicárnosla a nosotros y a nuestro propio tiempo.

José Aldazábal

b) Mt 6, 24-34

         Jesús penetra hoy, hasta el fondo, su conjunto de antítesis expuestas hasta ahora, presentando la antítesis de acumular-no acumular y la de generosidad-tacañería. Pues lo que está en juego es la fidelidad a Dios, o la idolatría. Aunque el hombre pretenda concordar su fidelidad a Dios con el apego al dinero, esto no es más que apariencia. Su verdadero dueño es el mammona (lit. riqueza, lucro). La opción por Dios y contra el dinero está expresada en la 1ª bienaventuranza.

         Las 3 perícopas anteriores explicaban el sentido de la pobreza evangélica (vv.21.24) y la condición para poder practicarla (v.22). En ésta se explica la 2ª parte de la 1ª bienaventuranza, cómo se manifiesta el reinado de Dios sobre los que hacen esa opción. La opción por la pobreza no conduce a la miseria, sino que produce la felicidad (dichosos) del reinado de Dios, que es ejercido sobre ellos. La figura de Dios-rey se explicita en la de Dios-Padre.

         Comienza la perícopa anunciando el principio general: el discípulo que ha renunciado a todo no está obsesionado por lo material. De los dones que ha recibido de Dios, la vida vale más que el alimento (su sustentador), y el cuerpo más que el vestido (su protector). El Padre, que ha dado lo más, dará también lo menos. A los que han renunciado a la riqueza para ser fieles al único Dios, Jesús los exhorta a tener confianza en la eficacia del amor del Padre.

         Y pone ante los ojos de los discípulos 2 testimonios de la generosidad del Padre con sus criaturas, con un argumento a fortiori: Si el Padre se ocupa tan eficazmente de seres que valen mucho menos que el hombre, cuánto más se ocupará de los que han renunciado a toda otra seguridad.

         Pero analicemos la expresión "una hora sola al tiempo de su vida" (v.27), que literalmente habría de traducirse por "un codo sólo a su edad". El hebreo expresaba frecuentemente la duración temporal en términos de longitud (Sal 36, 9), y la interpretación de la helikía (lit. estatura) es incongruente, pues añadir un codo a la propia estatura sería algo extraordinario, mientras el contexto y Lc 12,26 interpretan la añadidura como algo insignificante.

         Tras estas 2 comparaciones, vuelve Jesús al tema inicial, y viene a decir que hacer de lo material la máxima preocupación de la vida es propio de los paganos, o de no conocer al verdadero Dios (vv.31-33). Si el Padre sabe lo que necesitan los suyos, su amor se lo procurará.

         La 1ª preocupación de los discípulos debe ser la justicia del reino: "Que reine su justicia" (lit. el reinado y su justicia). En la traducción se pueden conectar los términos reinado y justicia, considerándolos como hendíadis. Dikaiosyne puede significar aquí la relación entre los hombres (según la voluntad de Dios, expresada por Jesús), las justas relaciones humanas, o bien la relación de los discípulos con el Padre (según la fidelidad expuesta por Jesús, en sus bienaventuranzas).

         En uno y otro caso el reinado se hace realidad, porque una y otra son inseparables: la fidelidad a Dios se muestra en la fidelidad al hombre, en la labor de la comunidad en el mundo. Jesús, que ha quitado a los discípulos la preocupación por el objetivo inmediato, la subsistencia (vv.25-32), les recuerda el objetivo primario de la existencia del grupo, el trabajo por la paz (Mt 5, 9), la extensión del reinado de Dios (primera parte del Padrenuestro), que se verifica en la nueva relación humana. Cuando la comunidad trabaja así (Mt 5, 9), no tiene que preocuparse por su vida material, pues de ésta se ocupa el Padre.

         Termina la perícopa con un resumen con el que Jesús expresa la liberación del agobio: Hay que vivir en el presente, sin agobios por el mañana (v.27). Porque el mañana se preocupará de sí mismo, y no faltará en él la solicitud del Padre. Basta al discípulo enfrentarse con la dificultad del día a día, y experimentar en ella la eficacia de su amor.

Juan Mateos

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         Jesús continúa explicando la 1ª bienaventuranza ("dichosos los que eligen ser pobres"), y ahora lo hace amonestando a sus discípulos a que no jueguen a nadar y guardar la ropa (o lo que es igual, a servir a Dios y al dinero). Una tarea que, según el propio Jesús, ha de realizarse de modo radical: o Dios o el dinero (el dios más adorado de este mundo). Y una tarea difícil, pues si no podemos confiar en el dinero, ¿qué será de nuestra vida?

         Jesús no demoniza el dinero, ni afirma que éste o los bienes materiales no sean necesarios para vivir. Sino que los coloca en el lugar que deben ocupar en la vida del ser humano, regida por una escala de valores donde el dinero no ocupa la primacía: "La vida vale más que el alimento" (lo espiritual más que lo material) y "el cuerpo más que el vestido" (el ser más que el aparecer). Por eso recomienda con 2 ejemplos (los pájaros y los lirios) que hay que trabajar para vivir, pero no vivir para acumular.

         Los pájaros son un buen ejemplo de esto último, pues son animales que están todo el día moviéndose para procurarse el sustento, a la vez que "ni siembran, ni cosechan, ni guardan en bodegas". Los pájaros se esfuerzan por comer, pero no se dedican a acumular. Comen cada día y eso les basta. Su mañana, como el nuestro, depende de Dios, ¿para qué agobiarse con el futuro si "nadie puede añadir ni siquiera una hora a su vida"?

         Jesús añade otro ejemplo: el de los lirios del campo, bien arraigados en la tierra que "ni trabajan ni tejen para vestirse, pero Dios los viste con un lujo superior al de Salomón" (rey proverbialmente rico). El ejemplo de los pájaros y de los lirios es digno de ser imitado, y nos invitan a trabajar sin agobio, confiados en que "a cada día le basta su afán", empeñados en crear lazos de solidaridad que hagan visible y palpable la divina providencia.

         La preocupación obsesiva por lo material nos impide vivir, y lo que es más importante, buscar que reine la justicia de Dios en el mundo. Quien está centrado en lo material no puede crear una nueva red de relaciones humanas, donde la divina providencia se llame "providencia humana" de unos para con otros. Sólo quienes han optado por la pobreza o austeridad solidaria, serán capaces de crear esta nueva sociedad donde reine Dios y no el dinero. Sólo quienes buscan que Dios reine, encontrarán la seguridad en Dios y en la comunidad de hermanos que proveerá para que nada de lo necesario les falte.

Emiliana Lohr

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         Jesús nos presenta hoy otro rasgo del estilo de vida de sus seguidores: la confianza en Dios, en oposición a la excesiva preocupación por el dinero. Y se sirve para ello de un refrán de la época (el de que "no se puede servir a dos amos"), que le viene muy bien a la hora de establecer antítesis entre Dios y Mammón, entre Dios y el Dinero (con mayúsculas, el dinero como ídolo arameo Mammón).

         Enseña hoy Jesús a los suyos, pues, la actitud de confianza en Dios, con la comparación de los pájaros y de las flores. Lo que él no quiere es que estén agobiados (palabra que sale hasta 6 veces en esta lectura) por las preocupaciones de la comida, la bebida o el vestido. Y también quiere que sepan mirar las cosas en su justa jerarquía: "El cuerpo es más importante que el vestido, y la vida que el comer". Del mismo modo, el Reino de Dios y su justicia es lo principal, y "todo lo demás se os dará por añadidura".

         Pero volvamos al refrán: "Nadie puede estar al servicio de dos amos". Porque se trata de una afirmación que también a nosotros nos pone ante la disyuntiva entre Dios y el dinero, porque es éste un ídolo que sigue teniendo actualidad y que devora a sus seguidores.

         Ciertamente, necesitamos dinero para subsistir. Pero lo que Jesús nos enseña es que no nos dejemos agobiar por la preocupación ni angustiar por lo que sucederá mañana. Los ejemplos de las aves y de las flores no son una invitación a la pereza. En otras ocasiones, Jesús nos dirá claramente que hay que hacer fructificar los talentos que Dios nos ha dado.

         Las palabras de Jesús son una invitación a una actitud más serena en la vida. Claro que tenemos que trabajar y ganarnos la comida, como dice el refrán ("a Dios rogando y con el mazo dando"). Pero sin dejarnos dominar por el estrés, que nos quita paz y serenidad y nos impide hacer nada válido. Vivimos demasiado preocupados, siempre con prisas. Y podríamos ser igualmente eficaces (o más) si nos serenáramos, si no perdiéramos la capacidad de la fiesta y de lo gratuito, si supiéramos (de cuando en cuando) perder tiempo con los nuestros, o no empezáramos a sufrir por adelantado por cosas que no sabemos sobre el mañana. Pues, como dice otro refrán, "a cada día le bastan sus disgustos".

         También nos enseña Jesús a buscar lo principal y no lo accesorio, a dar importancia a lo que la tiene, y a no dejarnos deslumbrar por necesidades y valores que no valen la pena. Sobre todo, a "buscar el Reino de Dios y su justicia". Lo demás es secundario, aunque no lo podamos descuidar. El que concede a cada cosa la importancia que tiene en la jerarquía de valores de Jesús, está en el buen camino para la paz interior y para el éxito final en su vida.

José Aldazábal

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         La 1ª parte del texto de hoy (v.24) es un dicho suelto, y en él Jesús no habla de tener varios empleos, ni de lucrarse en 2 empresas distintas, sino de la experiencia del que sirve a 2 patrones con pretensiones y actitudes radicalmente opuestas. Pues es imposible encontrarse bien y a gusto con los dos, y esto es lo que ocurre entre Dios y el dinero.

         Los discípulos no pueden tener una fidelidad dividida. Estas palabras de Jesús expresan el carácter radical de su enseñanza con relación al dinero y a las propiedades. Las posesiones materiales son un dios falso que exige una lealtad exclusiva como la que pide Dios, por tanto se contrapone el servicio exclusivo a Dios con el servicio a las riquezas.

         En todas las épocas del mundo, el hombre ha caído en la idolatría del dinero, y le ha rendido culto mediante el robo, el fraude, los intereses o la competencia desleal. Y todo ello ha generado ambición y egoísmo, que ha hecho al hombre despreocuparse de la situación en que vive, para vivir sólo su situación.

         Frente a esta realidad, Jesús nos plantea como respuesta el sentido cristiano de la providencia (vv.25-34), y nos pone como modelo a los pájaros y a los lirios del campo, seres que simplemente subsisten y no tienen necesidad de acumular riquezas ni generar competición.

         Para Jesús basta con subsistir, con tener "el pan nuestro de cada día". Por supuesto, esto no supone abandonar la lucha diaria y el duro trabajo, ni nos está invitando a la indolencia. Sino que nos aconseja que las preocupaciones no vayan más allá del trabajo necesario para asegurar la subsistencia. Eso sí, con un decidido rechazo a la acumulación de bienes, por las situaciones desagradables que eso genera.

         Para Jesús, lo único importante es buscar el "reino de Dios y su justicia", y lo demás "se nos dará por añadidura". Es decir, que a lo que estamos llamados es a buscar el mundo espiritual (Dios), y a implantar en la tierra las cualidades espirituales de Dios ("su justicia"). Si nos esforzamos en buscar ante todo el "reino de Dios", todo lo demás (la comida y el vestido) se nos dará por añadidura. El mensaje de Jesús nos invita a relativizar el valor de los bienes terrenos, en comparación con el valor de los bienes espirituales de Dios y su reinado.

José A. Martínez

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         La necesidad de optar entre la sociedad mundana (comercial y opulenta) y la sociedad alternativa que Jesús propone (espiritual), es en realidad una opción entre 2 tipos de servicio. En las organizaciones del 1º tipo domina el dios dinero (ídolo del mercado), mientras que en la sociedad de Jesús domina Dios Padre (y su amor y justicia). La opción entre ambas es ineludible, y el ser humano no puede evitar el servicio de uno u otro tipo.

         El servicio a la sociedad comercial introduce en el propio horizonte el ámbito de la angustia y de la preocupación por las cosas indispensables a la vida propia en ese tipo de sociedad. Alimento, bebida, vestido... se convierten en doloroso interrogante de la que depende el futuro de la existencia. El texto constata la afanosa búsqueda de respuesta en esos órdenes propia de la sociedad imperial romana ya que todas estas cosas la buscan los paganos.

         Frente a esta servidumbre angustiante, el servicio de Dios asegura el desarrollo de una vida digna. El creador ofrece la posibilidad de vida para sus criaturas aparentemente más insignificantes: las aves del cielo y los lirios del campo. Ni unas ni otras participan del círculo comercial en la búsqueda de alimento y vestido. Las primeras "no siembran, ni cosechan", y los últimos "no trabajan ni tejen". Y sin embargo obtienen de Dios su nutrición y un vestido cuyo esplendor supera a los reyes de la tierra.

         La conciencia del valor de la vida humana, superior a la de las aves y a la de la flores, lleva a superar toda preocupación angustiante de la circularidad monetaria de esa sociedad. Pero el proyecto de Jesús se estructura sobre otro tipo de búsqueda: el reino de Dios y su justicia, desde donde pueden crearse las condiciones necesarias para el desarrollo de toda vida. La renuncia de la acumulación que hacen los pájaros, la despreocupación de las flores por su esplendor, fundamentan una actuación de confianza en el Padre que "conoce las necesidades de su comunidad" y que salva del interrogante angustioso sobre el futuro que, frecuentemente justifica la necesidad del atesorar.

         Con la renuncia a la sociedad opulenta, capaz de asegurar la vida en el futuro, se introduce una nueva posibilidad de existencia basada en la liberalidad de Dios desde donde se puede construir una sociedad de la liberalidad. Esta nueva sociedad desplaza el eje desde el precio sobre el que se constituye la sociedad comercial a la gratuidad del don. El valor precio cede lugar al valor personal de quienes valen más que pájaros y flores. En este nuevo tipo de sociedad la preocupación por el futuro se convierte en agradecimiento por el presente y es capaz de ofrecer un servicio en libertad que salva de la angustia de la búsqueda desenfrenada de la posesión.

         Este nuevo camino de construcción social aparece como locura para quienes se sienten cómodamente integrados en la sociedad del comercio pero es capaz de ofrecer los criterios de una auténtica racional en la relación social. Para su aceptación sólo se requiere el descubrimiento de Dios como el Padre, origen de todo don y de toda gracia, único que puede ofrecer la capacidad de entender la vida propia como don y como gracia.

Confederación Internacional Claretiana

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         Jesús quería que sus discípulos se decidieran claramente por una causa y que no fueran personas ambiguas. Y planteaba que sólo había 2 causas: la de Dios y la del dinero.

         Ambas causas implicaban actitudes espirituales y sociales contrarias. Decidirse por una o por otra significaba tanto un compromiso espiritual como un compromiso social. El valor de cada una de estas causas depende de la forma como cada una de ellas trate al ser humano. La causa del dinero lo trata como una mercancía más, como una cosa negociable que debe ser puesta al servicio del lucro o beneficio, aunque de ello se deriven consecuencias indeseables, como el despojo de sus derechos más elementales (sustento-alimento y protección-vestido).

         La causa de Dios, por el contrario, trata al ser humano como su objetivo central, y en ella Dios asume la causa del ser humano como su propia causa, porque el ser humano es su hijo y en Jesús ha multiplicado los motivos de su identificación con la Humanidad.

         La causa del dinero es la causa del lucro a costa del otro, y la causa de Dios es la causa del amor y la fraternidad. Y por eso esta última causa está a favor de la justicia.

         Quien ponga su vida al servicio de Dios recogerá, tarde o temprano, el fruto de la fraternidad que ha sembrado, y de la justicia por la que ha trabajado. El alimento y el vestido no faltarán nunca en una sociedad de hermanos, regida por la igualdad y la solidaridad. Como decía un santo Padre: "No puede convivir juntos el menesteroso y el justo, porque si el justo es justo, compartirá con el menesteroso, y éste dejará de serlo".

         La Iglesia primitiva experimentó, ciertamente, todo esto. Quien se ponía al servicio del evangelio, encontraba el pedazo de pan y el techo familiar que lo cobijaba. Este era un compromiso de todas las comunidades cristianas con quienes las servían. La palabra de Jesús iba dirigida a estos futuros servidores comunitarios. Y es nuestro egoísmo actual el que anula o desvirtúa el proyecto original de Dios, que nos permitiría vivir sin que el alimento y el vestido fueran la preocupación primaria.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         Escuchamos hoy cómo Jesús dice a sus discípulos: Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.

         Jesús expresa la dificultad de hacer compatibles dos servicios paralelos, o el servicio a dos amos con exigencias contrapuestas, simultáneas o difícilmente compatibles. En estos casos, lo normal es que se acabe apreciando a uno más que a otro, y que se acaba despreciando a ese que se apreciaba menos. 

         En nuestro caso, lo cierto es que somos limitados, y aunque queramos dedicarnos a muchas cosas, y servir en muchos frentes, al final tendremos que optar, desechando algunos oficios y consagrándonos a otros.

         Además, cuando esas tareas reclaman dedicación exclusiva, resulta muy difícil compatibilizarlas con otras. Y si el servicio exige concentrar todas nuestras energías en él, será mucho más absorbente e inconciliable con otras labores. ¿No es esto lo que sucede con los estudiantes en tiempo de exámenes?

         Lo extraño en la comparación de Jesús es que equipare dos realidades tan distintas y distantes: Dios y el dinero, confiriéndoles señoríos y exigencias similares.

         Es evidente que Dios, el Señor del universo, tiene que ser servido, y de hecho, ya lo hacen las estrellas y los electrones (al dictado de sus leyes, las que él ha inscrito en su naturaleza). Nosotros también formamos parte de esa naturaleza, pero puesto que disponemos de conciencia, este servicio ha de salir de nosotros, a través de una decisión consciente y libre.

         En este sentido, nuestro servicio a Dios sólo podrá hacerse como una respuesta obediente, a lo que él nos propone. Y nada tiene de extraño, por tanto, que a Dios, en cuanto dueño del universo, se le compare con un amo que debe ser servido y obedecido.

         Lo inusual del caso es que Jesús compare al dinero con un amo que reclama obediencia, pues en este caso estamos hablando de un amo impersonal. No obstante, sus motivos tendrá Jesús, para establecer esta equivalencia.

         Indagando en el tema, lo que sí está claro es que a veces el dinero tiraniza a los seres humanos, y por dinero se inmolan vidas humanas, incluida la propia. ¡Cuántos hombres o mujeres, por dinero, son capaces de las mayores atrocidades o de los mayores sacrificios! Son capaces de matar y de morir, son capaces de sufrir penalidades sin cuento.

         También hay personas que por dinero son capaces de romper los vínculos con sus padres o hermanos, con tal de obtener la herencia. Y los hay quienes son capaces de empeñar toda una vida de esfuerzos para lograr esa fuente de ingresos inagotable. Y todo con tal de conseguir ese tesoro, que ellos creen que va a solucionar sus vidas.

         Cuando el dinero adquiere esta dimensión, y acaba idolatrizándose, ¿no ha dejado de ser lo que era, para convertirse en un dios (resp. amo) de exigencias incalculables? Nunca dejará de ser lo que es, por supuesto. Es decir, un medio de compraventa de mercancías. Pero cuando el hombre lo dota de tal poder, al final quien está por encima del hombre es el dinero, y quien acaba reduciéndose a una mercancía comprable y vendible es el hombre.

         Con ello, el dinero pasa a convertirse en una entidad soberana y maléfica, puesto que no repara en daños e inmolaciones. Eso sí, sin personalizar, pues la fascinación del dinero no es sino la fascinación del poder que el dinero concede al que lo posee, siendo éste el poseído por la codicia que el poder del dinero ha despertado en él.

         Todas estas condiciones hacen del dinero algo más que un instrumento (= moneda) de cambio, y lo elevan a la categoría de amo (impersonal) o de ídolo (= dios falso). Tan impersonal es uno como el otro; y sin embargo, ambos ejercen su dominio. Este rango es el que permite la comparación entre Dios y el dinero.

         En cuanto señores, las exigencias de uno (Dios) y de otro (el dinero) pueden parecer similares, pero están en las antípodas. Ambos pueden pedirte la vida, pero uno (Dios) te pedirá lo que es suyo y él te ha dado, y el otro (el dinero) te pedirá lo que no es suyo ni puede garantizarte. Ambos disponen de poder para dar y quitar.

         Por otro lado,, el poder de Dios, siendo omnímodo, se estructura sobre el amor a la hora de actuar. Y por eso, cuando parece pedir algo para sí lo que hace en realidad es seguir dándote. El poder del dinero, en cambio, es limitado, y se sustenta en la mentira que encierra la engañosa codicia. Ambos imperan, pero el poder del dinero es temporal y pasajero, mientras que el poder de Dios es eterno.

         No hay comparación, por tanto, entre uno y otro, aunque el hombre los equiparare como si fuesen merecedores de un aprecio semejante, como efecto óptico de nuestra acentuada miopía. En cualquier caso, la pretensión de servir a amos tan distintos y distantes (a Dios Creador y al dinero criatura) se verá siempre confrontada con la tozuda realidad, que provoca de tales servicios unas consecuencias incompatibles. En realidad, no es posible servir a Dios y al dinero, aunque pueda parecerlo.

         Pero el discurso de Jesús no se detiene en este punto, sino que el Maestro saca sus consecuencias, llevándolas a extremos que se nos antojan difícilmente asumibles:

"Por eso os digo: no estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan, y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?".

         Con frecuencia, la vida constituye un motivo de preocupación tanto para los que escasean como para los que rebosan, tanto para los que no tienen medios (y los buscan desesperadamente) como para los que abundan en ellos (pero necesitan multiplicarlos, pues para ellos nunca son suficientes).

         Y es que la vida, en cuanto tal, no depende de nosotros ni de nuestros medios, por muy abundantes que estos sean. Es lo que recuerda Jesús: ¿Quién de nosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?

         La preocupación por la vida implica preocupación por sostenerla y mejorarla (el medio ambiente, la higiene alimenticia, los cuidados médicos, la salud mental...). Pero también es evidente que la vida vale más que el alimento, y que éste está al servicio de aquélla (pues no vivimos para comer, sino que comemos para vivir).

         Por ello, Jesús aconseja desechar el agobio o la preocupación por el comer y el vestir (siendo estos tan necesarios), e invita a fijar la mirada en otros seres (los pájaros) que también pasan por lo mismo: Ni siembran, ni siegan, ni almacenan (como hacemos nosotros, para tener más y creernos así asegurados). Y esto porque el Padre celestial los alimenta, como alimenta a todas sus criaturas naturales (incluidos los inmóviles árboles).

         Sin realizar tareas agrícolas, los pájaros encuentran la comida que necesitan. Y lo mismo los lirios del campo. Y es que Dios, su Creador, ya se ha cuidado de dotar a todo ser vivo de los mecanismos necesarios para asimilar los nutrientes para la vida, a través de la materia orgánica o inorgánica, de la vegetal o animal.

         Dios los alimenta porque les proporciona lo necesario para su alimentación, aunque esto no significa que no tengan que buscar la comida, o desplazarse o esforzarse para lograrla. A veces, incluso tener que competir con sus rivales.

         Tampoco significa esto que no tengan que padecer tiempos de escasez o de sequía, en los que apenas haya comida para todos. Ni tampoco que puedan perder la vida a consecuencia de esta carencia. Pero mientras permanecen vivos, porque Dios quiere que vivan, es él quien cuida de ellos, y los alimenta a través del sol, la lluvia y las semillas.

         Pues bien, si esto hace por los pájaros, ¿qué no hará por nosotros, que valemos mucho más que los pájaros? En las palabras de Jesús hay sin duda una invitación a confiar en el Dios providente, en el Dios que cuida de sus criaturas, en ese Dios que es Padre amoroso y que como Padre está pendiente de sus hijos.

         La confianza no impide la ocupación, pero sí ha de evitar la preocupación (u ocuparse dos veces de la misma cosa) excesiva, o del que cree que todo depende de sí mismo. Nuestros asuntos también dependen de otros y, en último término, de los designios de Dios.

         Si los paganos se afanan por estas cosas, es porque desconocen o viven al margen de esta paternidad de Dios. Mas el que se sabe hijo de Dios debe vivir de otra manera, sabiendo que su vida depende esencialmente de él.

         Sobre todo, nos dice Jesús, buscad el reino de Dios y su justicia, pues lo demás se os dará por añadidura. Ese debe ser el motivo de nuestros desvelos, y no tanto lo que pertenece al dominio de las cosas (las añadiduras).

         Además, el mañana es incontrolable, y no está en nuestro poder, y no sabemos siquiera si habrá un mañana que disfrutar o padecer. ¿Para qué agobiarse, entonces, por algo tan incierto como el mañana?

         Pero los humanos funcionamos así, acumulando agobios y perdiendo de vista la incertidumbre del futuro. A cada día le bastan sus disgustos, recuerda Jesús, y ya el mañana será lo suficientemente extenso como para sumar disgustos. No los anticipemos, ni los prolonguemos innecesariamente en el tiempo.

         Confiemos, pues, en Dios, y agradezcámosle el día que nos permite vivir. Vivamos esperanzados y abiertos a las sorpresas de Dios, pero con ánimo de hijos custodiados por la mirada amorosa del Padre celestial.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 22/06/24     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A