21 de Junio

Viernes XI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 21 junio 2024

a) 2 Rey 11, 1-4.9-20

         Retomamos hoy la lectura de los libros I y II de los Reyes, asistiendo al golpe de estado de la hebreo-fenicia Atalía (hija de Ajab I de Israel y Jezabel) a la muerte de su esposo (Joram I de Judá) y acceso al trono de su hijo (Ocozías I de Judá), aupada por el clan fenicio de su familia materna (que por lo visto mantenía vivo el veneno baálico de Jezabel).

         En efecto, Israel se ha convertido en una nación pagana más, y para asegurarse la posesión pacífica del trono era preciso empezar eliminando a todos los posibles rivales. Así lo había hecho ya Abimélec (hijastro de Gedeón; Jue 9, 5), el propio David (a pesar suyo, respecto a los que quedaban de la casa de Saúl; 2Sm 16,4; 19,30; 21,9) y hasta el mismo Salomón (respecto a su hermano Adonías y sus partidarios; 1Re 2, 13-46).

         De igual forma, en el Reino del Norte los golpes de estado de Zimrí (1Re 16, 11) y Jehú habían significado el exterminio total de la familia real, y el destronamiento del rey. Y aunque la misión de la monarquía debía ser la de defender al pueblo contra los enemigos, y proteger a los débiles contra la opresión de los poderosos, la repetición constante de estos hechos indica suficientemente que la institución llevaba fácilmente a los reyes a una ambición desmedida, al igual que el resto de naciones paganas.

         En el caso de Atalía, su ceguera llega incluso a ahogar el amor familiar, hasta el extremo de mandar asesinar despiadadamente a sus propios nietos. Pero ¿qué pretendía esta reina madre, y reina consorte, y reina absoluta, cuando se aseguró el poder a tan inhumano precio?

         Atalía, hija de Ajab y de Jezabel, estaba imbuida por el paganismo fenicio de su madre. E influidos por ella, tanto Jorán I de Juda (su marido) como Ocozías I de Judá (su hijo) habían introducido en Jerusalén el culto a Baal (2Re 8, 18.27), trayendo la idolatría fenicia desde el Reino del Norte al Reino del Sur.

         El esplendor de Samaria en tiempos de Ajab I y Jezabel debía haber tentado forzosamente a los reyes de Judá. Pero también el malestar (que había hecho posible a Jehú borrar toda la obra de Ajab I y Jezabel) amenazaba con rebelarse contra esa imposición del norte (representada en Atalía). En todo caso, el asesinato de Ocozías (hijo de Atalía) y de sus 42 hermanos (2Re 10, 12-14), ¿no revelaba ya, por parte de Jehú, el deseo de extender a Judá su revuelta anti-baálica?

         Con todo, el golpe de estado de Atalía no hizo otra cosa que retardar 6 años la reacción que ella temía. Aparte de su política pagana, la había hecho todavía más odiosa el intento de exterminar la descendencia de David, heredera de las promesas de Dios. Al gran sacerdote Yehoyadá, que tenía a su favor la legitimidad del único hijo salvado, no le fue difícil ganarse a los jefes de la guardia y al pueblo rural, para restaurar la dinastía de David y hacer desaparecer a Atalía y su culto a Baal.

         Después del asesinato de Urías (marido de Betsabé), el profeta Natán había anunciado a David que "la espada no se alejaría ya nunca de su dinastía". En los golpes de estado de Jehú y de Atalía esta amenaza se cumplió de una manera sangrienta. Dios sin embargo, mantuvo para su ungido la lámpara encendida (Sal 132, 17), mientras que de la tiranía pagana de Jezabel la espada no dejó ningún rastro vivo.

Josep Camps

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         Escuchamos hoy cómo la reina consorte Atalía de Judá "hizo exterminar toda la estirpe real", una tragedia que el propio cuadro de Racine inmortalizó para el recuerdo.

         Atalía era hija de unos padres sin escrúpulos (Jezabel de Tiro y Ajab I de Israel), y cuando llegó ella a ser reina (a la muerte de su marido e hijo, causada por los hombres de Jehú), se convirtió en una reina malvada (como lo había sido su madre), exterminando fríamente a todos los hijos de su hijo (sus propios nietos).

         En este contexto de violencia inaudita, e inverosímil clima político de los que se declaraban "fieles de la Alianza", hay que tratar de ver claro, para procurar hacer la voluntad de Dios. Porque la fe no es una vaga ideología abstracta sobre las nubes, y porque a diario repetimos "venga a nosotros tu Reino, así en la tierra como en el cielo". ¿Somos conscientes de que ese deseo sería sólo un anhelo piadoso e ineficaz, si no nos comprometiera a hacer un análisis de las situaciones del mundo, y a entablar un combate para que ese mundo corresponda mejor al proyecto de Dios?

         Entonces Josabet, nos sigue diciendo la Escritura, "tomó al único superviviente Joás, lo escondió, y evitó así su muerte". El sumo sacerdote Joad se lanzó a la empresa política, decidiendo responder a la violencia con la violencia, y consiguió asesinar a Atalía. Y se prepara para una larga y trabajosa operación, salvando de la muerte al pequeño Joás.

         La violencia es también un problema hoy día, y los partidarios de la violencia y de la no-violencia se enfrentan por todas partes en el mundo. No se puede hacer la vista gorda a esta situación, pues en el mundo moderno siguen enfrentándose los puntos de vista opuestos. Pero antes de tomar una decisión (como Joad) elevemos nuestra oración a Dios, y reflexionemos de qué modo puedo participar yo en la construcción de un mundo merjor.

         Durante 6 años estuvo Joás escondido en el Templo de Jerusalén, y en cuanto dieron muerte a Atalía, el sumo sacerdote concertó una alianza entre el Señor, el rey y el pueblo, para que el pueblo fuera el pueblo del Señor. Años después, el reino de Joás fue un largo reino de paz y de piedad, que trató de hacer las reformas que se imponían (por lo menos, al comienzo de su reinado).

         Pero me quedo con la fórmula "para que el pueblo sea el pueblo del Señor", porque es la que mejor muestra el motivo por el cual el sumo sacerdote se había comprometido: una religión estrechamente ligada al príncipe y a los ciudadanos. Hoy no nos encontramos en este contexto, por lo menos teóricamente. Pero los sectarismos no son menores, y las presiones existen siempre. Danos, Señor, la firmeza de nuestras convicciones y de nuestros compromisos... y el respeto profundo de las libertades y de las opciones de los demás.

Noel Quesson

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         ¡Vaya página de intrigas y de masacres la que hoy nos propone la Escritura! Porque la historia del pueblo de Israel, como la de otros muchos, está llena de personas indeseables, y de hechos que muestran una violencia inaudita.

         En efecto, escuchamos cómo la medio-fenicia Atalía, idólatra como sus padres Ajab I de Israel y Jezabel de Tiro, da un golpe de estado, y extermina sin escrúpulo alguno a toda la familia real, ocupando ella misma el trono. Pero no se percata de que un vástago real ha sobrevivido (el pequeño Joás, que en su momento será proclamado rey, y la destronará).

         Se trata de un pasaje en el que ignoramos quién tuvo el protagonismo en los hechos, si los sacerdotes, o los militares, o los monarcas, o el pueblo por sí mismo. Pero sí que se puede entrever el sentido histórico que nos quiere relatar el cronista:

-Atalía cree haber terminado con la dinastía de David, lo cual hubiera supuesto la ruptura de la línea mesiánica prometida por Dios,
-al sobrevivir Joás, sobrevive la dinastía de David, y ésta vuelve a reinar en Israel, restableciendo la Alianza con el Dios verdadero.

         En cuanto al pueblo, éste ha optado por volver a ser el pueblo de Yahveh (y no el de Baal), aunque no durará mucho en sus buenos propósitos. Es el aspecto que ha recogido el salmo responsorial de hoy: "El Señor ha jurado a David una promesa que no retractará: a uno de tu linaje pondré sobre tu trono, si tus hijos guardan mi alianza y los mandatos que les enseño".

         También en la historia contemporánea vemos que existen violencias, asesinatos y genocidios. Pues bien, para nosotros vale la lección de la 1ª lectura de hoy: con la violencia no resolvemos nada. A pesar de que leemos hoy cómo unos y otros recurren a ella para sus fines (incluso religiosos), la violencia va directamente contra el nuevo estilo que nos ha enseñado Jesús, que es un estilo de fraternidad. Que no se repitan, Señor, las desagradables escenas que leemos hoy en la historia de Israel.

José Aldazábal

b) Mt 6, 19-23

         Comienza la explicación del contenido de la 1ª bienaventuranza, que se extiende hasta el final del capítulo (v.34). En esta 1ª perícopa precisa Jesús que la pobreza propia del reino consiste en la renuncia efectiva a la riqueza. La riqueza "en el cielo" es Dios mismo (Mt 19, 21), y la acumulación de dinero y reino de Dios son incompatibles, pues el que acumula dinero está necesariamente apegado a él. El hombre se define por los valores que estima y las seguridades que busca; ellos orientan su vida y marcan su personalidad.

         Para traducir esta perícopa hay que interpretar los modismos semíticos que contiene. El 1º y más evidente es el "ojo perverso", que en hebreo significa la envidia (Mt 20, 15) o la tacañería (Dt 15,9; Eclo 14,10). Se le opone el "ojo simple" (Prov 11, 25) u "ojo generoso" (Sal 70, 2), que en hebreo significa la generosidad y el desprendimiento.

         La oposición entre tacaño y desprendido muestra que la perícopa se refiere al dinero, según el tema general de la sección (vv.19-34). El término lámpara, reasumido más adelante por luminosa, indica el valor positivo que la generosidad comunica al hombre (lit. cuerpo humano). El castellano, como el hebreo, asimila la generosidad a la luminosidad: espléndido, esplendidez. La esplendidez (fam. el ojo) da valor (fam. luz, lámpara) a la persona (fam. cuerpo). En contexto de tacañería, el anti-valor (fam. tinieblas) se expresa con el término miseria.

         Lo opuesto a acumular riquezas (vv.19-21) es compartir lo que se tiene, obra de la generosidad o esplendidez. El apego al dinero hace del hombre un miserable, mientras que el despego que se traduce en el don, que da valor a la persona. Jesús pone el valor de la persona en el desprendimiento, que manifiesta el amor, su falta de valor en la tacañería, que se cierra al amor. La generosidad es condición para la ayuda a los demás y para el cumplimiento de la pobreza a la que Jesús llama.

Juan Mateos

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         En el Sermón de la Montaña, Mateo recoge diversas enseñanzas de Jesús. Hoy leemos unas breves frases sobre los tesoros y sobre el ojo como lámpara del cuerpo.

         La 1ª de ella es "no amontonéis tesoros en la tierra", que la polilla y la carcoma destruyen o los ladrones pueden fácilmente robar. Jesús contrapone esos valores a los valores verdaderos y duraderos (los "tesoros en el cielo").

         La 2ª de ella es "la lámpara del cuerpo es el ojo". Nuestra mirada es la que da color a todo. Si está enferma (porque brota de un corazón rencoroso o ambicioso) todo lo que vemos estará enfermo. Si no tenemos luz en los ojos, todo estará a oscuras.

         Cada uno puede preguntarse qué tesoros aprecia y acumula, qué uso hace de los bienes de este mundo. ¿Dónde está nuestro corazón, nuestra preocupación? Porque sigue siendo verdad que "donde está tu tesoro, allí está tu corazón".

         Ya estamos avisados de que hay cosas que se corrompen y pierden valor y sin embargo, tendemos a apegarnos a riquezas sin importancia. Estamos avisados de que los ladrones abren boquetes y roban tesoros, y sin embargo seguimos confiando nuestros dineros a los bancos, y ahí está nuestro corazón y nuestro pensamiento (y a veces, nuestro miedo a perderlo todo).

         Sería una pena que fuéramos ricos en valores penúltimos, y pobres en los últimos.¡Qué pobre es una persona que sólo es rica en dinero! Los que cuentan no son los valores que más brillan en este mundo, sino los que permanecen para siempre y nos llevaremos "al cielo", nuestras buenas obras, nuestra fidelidad a Dios, lo que hacemos por amor a los demás. Y dejaremos atrás tantas cosas que ahora apreciamos.

         También podemos hacernos nosotros mismos la revisión de la vista a la que nos invita Jesús: ¿está sano mi ojo, o enfermo? ¿Veo los acontecimientos y las personas con ojos limpios, serenos, llenos de la luz y la alegría de Dios? ¿O bien con ojos viciados por mis intereses personales, o por la malicia interior o el pesimismo?

José Aldazábal

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         Las palabras de hoy de Jesús se comprenden a la luz del misterio de la muerte. Cuando llega la hora de partir y nos encontramos con que es muy, muy poco el equipaje que podemos llevar. Sin este horizonte de finitud y de final resulta incomprensible una restricción a nuestra capacidad de gozar el mundo o de llenarnos de bienes y de poder.

         De lo cual podemos aprender algo muy profundo: la vida cristiana es un navegar sobre la verdad de nuestra muerte, o más hondamente, sobre la verdad de nuestra condición finita, ligada sin embarga y sostenida por el amor gratuito de Dios.

         Los "tesoros en el cielo" no son "escapes de la tierra", entonces, sino expresiones naturales de una vida que toma conciencia de su propio límite y se concentra entonces en aquello que realmente permanece y vence al tiempo. Vivir, para el cristiano, no es aplazar la muerte, sino vencerla.

         Respecto al "amontonad tesoros en el cielo", "en el cielo" quiere decir en Dios. Lo que es invertido en Dios, tiene su valor duradero. ¿Qué clase de tesoros son? En 1º término la entrega del corazón a Dios, y en 2º lugar todo lo que el discípulo hace con la intención de servir realmente a Dios.

         Si el ojo está sano, vemos bien, si el ojo está enfermo, nos vemos rodeados de tinieblas. Si tu ojo, tu mirada, está puesta en Dios, que es la luz y fuente de toda luz, se iluminará el misterio de la oscuridad humana. Si no lo tienes puesto en Dios, vivirás en tinieblas, dentro del misterio de tu propia oscuridad.

Nelson Medina

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         Jesús nos da hoy una llamada de atención a la hora de discernir nuestra espiritualidad. El que estima algo como un tesoro, no necesita que lo fuercen a buscarlo. Por eso Pablo nos quiere llevar por sobre todo al conocimiento de Cristo (Ef 4, 19). Una vez puesto el corazón en él, es seguro que el mundo ya no podrá seducirnos.

         Estas palabras se refieren a la recta intención o simplicidad del corazón, tan fundamental según toda la Escritura. Como dice San Bernardo: "Dios no mira lo que haces, sino con qué voluntad lo haces". O como dijo el mismo Jesús, en otra ocasión: "La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Cuando tu ojo está claro, todo tu cuerpo goza de la luz. Pero si él está turbio, tu cuerpo está en tinieblas" (Lc 11, 34).

         Nuestro ojo verá bien, y servirá para iluminar todo nuestro ser, esto es, para guiar toda nuestra conducta, si él a su vez es iluminado por esa luz de la sabiduría divina, que no está hecha para esconderse (v.33). Esa sabiduría es la que está contenida en la Palabra de Dios, a la cual la misma Escritura llama "antorcha para nuestros pies" (Sal 118, 105).

         Entonces, cuando nuestro ojo iluminado ilumine nuestro cuerpo, será capaz de alumbrar a los demás (v.36). Así, pues, el candelero (v.33) somos nosotros los llamados al apostolado. Jesús nos previene a la hora de tomar por luz, guía o maestro lo que no sea verdad comprobada (v.35). Es decir, que no nos entreguemos ciegamente al influjo ajeno.

Patricio García

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         Las situaciones de impotencia ponen en peligro la autoestima. En dichas situaciones se presenta la necesidad de revalorización de ésta. Se presentan delante de cada una diversas posibilidades para lograr ese objetivo. Frecuentemente el camino elegido asume la forma de una búsqueda de la afirmación propia por medio de la acumulación.

         Frente a este riesgo que amenaza a todo integrante de la comunidad cristiana, las palabras de Jesús se dirigen a determinar el valor del tesoro en que el ser humano puede colocar el sentido de la vida (y de esa forma, a precisar la posibilidad auténtica de realización humana).

         Desde esta perspectiva se coloca el planteamiento en que el problema debe situarse contraponiendo los tesoros de la tierra y los tesoros del cielo (vv.19-20). Desde esta definición, se sacan las consecuencias en base al recurso a los órganos físicos del cuerpo humano (vv.21-23), profundizando el sentido de las búsquedas humanas y situándolas en relación con los valores que surgen de las actitudes frente a los bienes.

         El ser humano busca su seguridad, y de ella espera una existencia lo más larga posible. Por ello se vuelve a los bienes materiales que puedan ofrecerle esa seguridad. La existencia se convierte en acumulación de bienes materiales. Este atesoramiento se revela como ilusorio en cuanto estos bienes están expuestos a un doble peligro derivado de la naturaleza misma de las cosas adquiridas (la polilla y la herrumbre) y de la actuación de la codicia de los semejantes ("ladrones que excavan y roban").

         Frente a esos bienes perecederos, Jesús propone la búsqueda de bienes que no corren el mismo riesgo. Se trata de los "tesoros del cielo", cuya existencia no sufre esas amenazas.

         Del tipo de bienes elegidos depende la naturaleza de la vida humana. El ser humano puede colocar su corazón (v.21) en cosas que no pueden superar el paso del tiempo y que arrastran también su vida en su desaparición, o puede adquirir permanencia y vencer el desgaste de los días colocando su tesoro en valores permanentes.

         El ojo es familiarmente expresión externa del deseo interno del corazón, y a partir de éste último puede ser considerado como enfermo o como sano. La codicia causa la enfermedad del ser humano porque desnaturaliza el sentido de las cosas materiales a las que considera solamente como objeto de apropiación. Su finalidad es determinar el sentido de todo deseo auténtico y cuando está viciado sume en oscuridad toda la vida. La codicia falsea el sentido de la vida y lleva a una existencia de tinieblas.

         Por el contrario, el ojo sano suministra la posibilidad de la realización de la propia existencia en sabiduría. La vida se entiende como búsqueda apasionada de los bienes permanentes, de los valores del "reino de Dios y su justicia", únicos que pueden construir una vida en verdadera seguridad.

         A una comunidad que estaba fuertemente tentada a dirigir sus preocupaciones a la obtención de riquezas (se mencionan en el evangelio banqueros, grandes cantidades de dinero, compra y venta) se recuerdan los únicos valores dignos de justificar el compromiso total de la propia vida.

Confederación Internacional Claretiana

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         Las sentencias que nos presenta el evangelio de hoy pueden ser situadas en 2 grupos: el tesoro (vv.19-21) y la mirada (vv.22-23). Estos versículos constituyen un perfecto paralelismo con la contraposición entre "no atesoréis en la tierra" y el "atesorad en el cielo" y los del siguiente paralelismo, con la oposición "mirada pura" y "luz sombría".

         Los primeros versículos apelan a la sana razón humana: no vale la pena acumular riquezas. La polilla (un insecto que designa la destrucción terrena) se comerá lo que está guardado. De esta manera el texto se refiere a la destrucción de arcas donde se guarda toda clase de objetos. La apertura de boquetes por los ladrones no debe hacer pensar necesariamente en dinero enterrado (como era frecuente en Israel), pues la referencia está hecha sobre aquello que puede irrumpir inesperadamente y acabar con aquello en lo que hemos puesto toda nuestra seguridad y confianza.

         Jesús acepta la tendencia innata del hombre a acumular. Pero nos dice dónde debemos invertir nuestro dinero, nos aconseja como debemos hacerlo. Jesús nos dice que coloquemos nuestro capital en el banco de Dios, donde no roban los ladrones y donde el dinero produce al máximo. Así pues, el texto invita positivamente a acumular tesoros celestiales, asumiendo plenamente la idea de la recompensa que se obtiene invirtiendo en el cielo a través de la limosna y ayudando a los necesitados con buenas acciones.

         Los versículos siguientes (vv.22-23) son una exhortación a la generosidad. Están construidos utilizando una imagen o metáfora si nos atenemos al contenido que se transmite a través de la figura ojo. Puede ser un símil: al ser humano le pasa lo que al cuerpo: si el ojo está sano, todo el cuerpo se encuentra bien.

         Esta frase tan extraña se puede entender si tenemos en cuenta que, para los judíos, el ojo sano equivale a la generosidad, y el ojo enfermo a la tacañería. Por eso algunos proponen esta otra traducción que empalma muy bien con el tema que venimos comentando: "La esplendidez da el valor a la persona. Si eres espléndido, toda tu persona vale; en cambio, si eres tacaño, toda tu persona es miserable. Y si por valer tienes sólo miseria, ¡qué miseria tan grande!".

         Jesús nos hace una fuerte llamada, por tanto, a despojarnos de los falsos tesoros (fuente de preocupaciones) y a poner toda nuestra confianza en Dios (sin límites ni condiciones).

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         Como en tantos pasajes del evangelio de Mateo, también en este de hoy Jesús instruye a sus discípulos: No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen. Amontonad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roan, ni ladrones que abran boquetes y roben.

         Jesús nos aconseja poner la mirada en un lugar en que las cosas que no se deterioran ni se corrompen, ni están sujetas al hurto o a la rapiña de los ladrones. No merece la pena, viene a decir, empeñarse en amontonar tesoros aquí en la tierra, porque dichos tesoros estarían demasiado expuestos al deterioro de la polilla o la carcoma, a la substracción de los ladrones o a los vaivenes de la bolsa (y por tanto, a la pérdida de todo su valor).

         Lo que sí merece toda nuestra atención y dedicación es el cielo y los tesoros que allí podemos amontonar, pues en el cielo no hay polilla, ni carcoma ni ladrones, ni ninguno de esos factores que pudieran devaluar nuestros tesoros. En el lugar de las cosas imperecederas, los tesoros conservan todo su valor y no hay espacio para la corrosión, el extravío o el robo.

         ¿Y qué tesoros son esos que, estando en la tierra, podemos acumular en el cielo? Sin duda, han de ser cosas muy valiosas y disfrutables en el cielo, cosas como la amistad, la fraternidad, la paz, la armonía, la veracidad, el respeto, el reconocimiento de la propia dignidad y libertad, el gozo que proporciona el encuentro con la verdad, la belleza y la bondad, o un amor sin quiebra y sin detrimento.

         Todos estos valores son cultivables en la tierra, pero tan sólo pueden ser acumulables en el cielo. No a través de los méritos (tratando con ello de equiparse para las moradas celestes), sino a través del ejercicio de las virtudes, para poder seguir disfrutando en el cielo aquello a lo que ya nos habituamos en la tierra.

         Los tesoros de los que habla Jesús no pueden ser sino esos actos reiterados de amor con los que vamos amontonando un amor sin deterioro y sin mengua en el cielo. Porque ¿dónde está nuestro tesoro, sino en aquello que realmente apreciamos por encima de todo?

         Donde está nuestro corazón, que es el que hace de algo digno de aprecio su tesoro, estarán nuestros principales tesoros personales (un hijo, una creación literaria, la afición matemática...). Pues bien, esas cosas que llevamos en el corazón, por sernos muy apreciadas, para nosotros carecen de precio, y son aquello que nunca cambiaríamos por nada del mundo.

         Es lo que nos dice Jesús: Poned vuestro corazón en lo que tiene valor imperecedero, en lo que no puede depreciarse ni devaluarse, en lo que siempre mantendrá su valor. Tal es el valor de las cosas del cielo. San Pablo pone este valor imperecedero en el amor, el único que no pasará (porque la fe y la esperanza cesarán, pero el amor no pasará). El amor es ese tesoro acumulable (ya en la tierra) del que habla Jesús, y para apreciar su valía hay que haberlo conocido.

         La lámpara del cuerpo es el ojo, recuerda Jesús. Es decir, el ojo es ese órgano corporal que nos permite ver lo que nos muestra la luz, y esa lámpara que nos permite desenvolvernos en el espacio sin chocar o tropezar con los objetos que encontramos en nuestro camino.

         Pero para cumplir su función es preciso que el ojo esté sano, pues si está impedido o enfermo no podrá mostrarnos lo que está a la vista por estar en la luz. Si esto sucede, el cuerpo entero quedará a oscuras y desorientado, sin saber qué dirección tomar o hacia dónde dirigir sus pasos.

         La imagen empleada por Jesús es sumamente ilustrativa. Para mantenernos orientados necesitamos de la luz, y para percibir el espacio iluminado necesitamos órganos visuales (ojos) capaces de mantener su función (sanos), pues de nada serviría que el espacio estuviera perfectamente iluminado, si no podemos ver.

         La luz sólo será realmente útil para nosotros si conservamos nuestra capacidad visual. Y si ésta está realmente sana iremos captando todo lo que nos va mostrando la naturaleza (su movilidad, su creaturalidad, su carácter perecedero, su orden, su inteligencia, sus ajustes...). Por este camino de captación progresiva se irá haciendo la luz en nuestras vidas, y las cosas irán encontrando su lugar y su sentido, y aquello para lo que fueron diseñadas. 

         Entre estas cosas nos encontramos también nosotros, los hombres, con un sentido y un fin aún más claro y manifiesto que las demás cosas creadas. No hallar el sentido y el fin de nuestra existencia sería permanecer sumidos en la oscuridad, por muy grande que sea la envoltura luminosa en la que nos movamos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 21/06/24     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A