4 de Agosto

Jueves XVIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 4 agosto 2022

a) Jr 31, 31-34

           De nuevo vino la palabra del Señor a Jeremías: "Vienen días". En efecto, Dios está enteramente volcado en el tiempo de los hombres, y los va preparando hacia su definitivo cumplimiento (dimensión escatológica de la obra de Dios). La creación está todavía muy llena de arrugas que la estropean momentáneamente (el sufrimiento, la muerte, el pecado), y el hombre ha construido muy a menudo mal este mundo. Pero para juzgar definitivamente todo esto, hay que esperar el final. Por eso, dejemos resonar la promesa: "Vienen días", porque el final todavía no ha llegado, y tan sólo ha comenzado a cumplirse.

           "Vienen días en que yo pactaré una nueva alianza", concluyó diciendo Dios a Jeremías. Sabemos que Jesús se tomó muy a pecho este pronóstico, cuando dijo: "He aquí la sangre de la Alianza, nueva y eterna". Es decir, que la profecía de Jeremías constituyó una de las cimas del AT. No obstante, esa promesa de Nueva Alianza "no será como la alianza que pacté con vuestros padres, cuando les tomé de la mano para sacarlos de Egipto, y ellos la rompieron".

           Se adivina, pues, que se tratará de un pacto más sólido e inquebrantable, una Alianza que no podrá romperse: "Pondré mi ley en su interior, y la escribiré en su corazón". Lo que aquí se anuncia es una comunión perfecta y espontánea con Dios, pues "no tendrán necesidad de adoctrinarse el uno al otro, diciendo cada uno a su hermano: Conoced al Señor".

           No será ya necesario un código de moral exterior, pues la ley Dios será interiorizada, y se basará en la confianza. Al igual que entre 2 auténticos enamorados no se precisa código alguno, porque cada uno se da espontáneamente a la felicidad del otro. Como decía San Agustín: "Ama y haz lo que quieras". Dios sueña en esta perfección del amor, y si nos escandalizamos de estas fórmulas es que no hemos entendido lo que es el amor.

           Lejos de provocar un laxismo, estas invitaciones a la espontaneidad son una exigencia tanto o más fuerte que los códigos morales (que cumplen reglas precisas, pero que nunca acaban amando, ni queriendo agradar a aquel a quien se ama".

           "Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo". Encontramos de nuevo la fórmula de la Alianza, que también Jesucristo volverá a superar: "Permaneced en mí y Yo en vosotros" (Jn 15, 4). La Alianza que Dios quiere no es ante todo un contrato, sino comunión de dos seres en la que Dios toma la iniciativa. ¿Cómo es mi vida de comunión, en alianza de amor con Dios?

           Pues "todos me conocerán, del más pequeño al más grande". El "conocimiento del otro" es un elemento importante de todo amor, pues a partir de ese elemento se puede revisar si se ama de veras o no. ¿Procuro yo conocer mejor, y darme a conocer? ¿Qué hago yo para conocer mejor a Dios?

Noel Quesson

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           Con sentimientos de bendición podemos meditar hoy la Nueva Alianza del Amor que, según el texto de Jeremías, Dios quiere establecer con nosotros, inscribiéndola en el corazón del hombre. Todo buen judío debía meditar la ley de Dios e irla haciendo parte de su propia vida, de tal forma que, por la propia fidelidad, quedara inscrita en el corazón como un buen hábito. A partir de ese esfuerzo personal, quienes tuviesen consigo la ley podían instruir a su prójimo, como un maestro lo hace con sus discípulos.

           Sin embargo, el Señor nos dice que hará con nosotros una Nueva Alianza, inscribiendo él mismo, por pura gracia, su ley nueva en nuestros corazones. Y no sólo en algunos cuantos, sino en todos, desde el más pequeño hasta el mayor de todos. Esta profecía se ha cumplido plenamente en Jesucristo, en quien se ha llevado a efecto la nueva y definitiva Alianza, sellada con su sangre, entre Dios y la humanidad.

José A. Martínez

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           Terminamos hoy la lectura de Jeremías, para empezar mañana la vida de otros profetas. Y lo hacemos con la última página seleccionada al caso: el anuncio de la Nueva Alianza.

           En el AT nunca se había dicho que fuera a haber otra Alianza distinta de la del Sinaí, tantas veces rota por el pueblo pero mantenida siempre en pie por Dios. Pero hoy Jeremías, como fruto de una maduración espiritual de su fe, anuncia de parte de Dios que a esa 1ª Alianza (eterna) le va a seguir una 2ª Alianza (definitiva), mucho más profunda y personal: "Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones, y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo".

           Si la de la 1ª Alianza se podía decir que constituyó un fracaso por parte del pueblo, Dios no cejó en su empeño de mantener su Alianza, y anunció otra mejor: una Alianza de amor y conocimiento de Dios, de perdón y reconciliación. Se trata de la interiorización de la 1ª Alianza.

           Y todo ello porque "vienen días". Los cristianos estamos convencidos de que la Alianza de Dios, que inició el pueblo de Israel, se ha cumplido en Jesucristo, que la ha sellado no con sangre de animales (la del Sinaí), sino con su propia sangre (en la cruz). Se trata de la Alianza que él mando perpetuar, en cada celebración eucarística: "Tomad y bebed todos, porque éste es el cáliz de mi sangre, de la alianza nueva y eterna".

           Pero toda alianza, y más la perpetuada por Cristo, compromete a un estilo de vida coherente. De ahí que participar de la eucaristía suponga una actitud concreta a lo largo de la jornada, no vaya a ser que también de nosotros se tenga que quejar Dios (como se quejó de Israel), por nuestra incoherencia.

           El salmo responsorial de hoy nos sitúa en la dirección justa que hemos de mantener, cuando apunta a un corazón renovado, humilde y alegre, y vuelto a Dios: "Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme, devuélveme la alegría de tu salvación".

José Aldazábal

b) Mt 16, 13-23

           Pregunta hoy Jesús a sus apóstoles cuál es la opinión de la gente ("los hombres") sobre él ("el Hijo del hombre", "el Hombre"). El Hombre (en singular) es el portador del Espíritu de Dios (Mt 3, 16), mientras que los hombres (en general) son los que no están animados por ese Espíritu, y son los que no descubren la acción divina en la realidad de Jesús.

           La expresión "el Hombre" se refiere claramente a Jesús, en paralelo con la 1ª persona (Yo) de la pregunta siguiente (v.15). Este pasaje muestra con toda evidencia que Mateo no interpreta "el Hijo del hombre" como un título mesiánico. Resultaría ridículo que Jesús, cuando va a proponer a los discípulos la pregunta decisiva, les dé la solución por adelantado. E incomprensible sería, además, la declaración de que Pedro había recibido tal conocimiento por revelación del Padre (v.17), si Jesús mismo se lo había dicho antes.

           La gente asimila a Jesús a personajes conocidos del AT. O bien es una reencarnación de Juan Bautista (Mt 14, 2) o Elías, cuyo retorno estaba anunciado (Mal 3,23; Eclo 48,10), o incluso Jeremías (2Mac 15, 13). En todo caso, ven en Jesús una continuidad con el pasado, un enviado de Dios como los del AT. No captan su condición única ni su originalidad. No descubren la novedad del Mesías ni comprenden, por tanto, su figura.

           Jesús entonces pregunta a los discípulos, que han acompañado a Jesús en su actividad y han recibido su enseñanza. Simón Pedro (nombre más sobrenombre) toma la iniciativa y se hace espontáneamente el portavoz del grupo.

           Las palabras de Pedro son una perfecta profesión de fe cristiana. Mateo no se contenta con la expresión de Marcos ("tú eres el Mesías"; Mc 8, 29), que Jesús rechaza por reflejar la concepción popular del mesianismo (Lc 9, 20). La expresión de Mateo la completa, oponiendo el Mesías Hijo de Dios (Mt 3,17; 17,5) al Mesías hijo de David de la expectación general.

           El término Hijo no se aporta sólo por haber nacido de Dios, sino por actuar como Dios mismo. Así, "el Hijo de Dios" equivale a la fórmula "Dios entre nosotros" (Mt 1, 23). El término Vivo (2 Re 19,4.16; Is 37,4.17; Os 2,1; Dn 6,21) opone el Dios verdadero a los ídolos muertos, y alude al que posee la vida y la comunica: vivo y vivificante, Dios activo y salvador (Dt 5,26; Sal 84,3; Jr 5,2). También el Hijo es, por tanto, dador de vida y vencedor de la muerte.

           A la profesión de fe de Simón Pedro responde Jesús con una bienaventuranza, llama a Pedro por su nombre: Simón bar Jona (lit. hijo de Jonás), en paralelo con Simón el Fanático (Mt 10, 4). Jesús declara dichoso a Simón por el don recibido. Es el Padre de Jesús (correspondencia con "el Hijo de Dios vivo") quien revela a los hombres la verdadera identidad de éste. Alude así a lo dicho antes por Jesús: es el Padre quien revela el Hijo a la gente sencilla, y el Hijo quien revela al Padre (Mt 11,25-27).

           Pedro pertenece a la categoría de los sencillos, no a la de los sabios y entendidos, y ha recibido esa revelación. Es decir, los discípulos han aceptado el aviso de Jesús de no dejarse influenciar por la doctrina de los fariseos y saduceos (Mt 16, 12) y están en disposición de recibir la revelación del Padre. En concreto, de comprender el sentido profundo de las obras de Jesús, y en particular lo expresado en los episodios de los panes (Mt 16, 9). Han comprendido que su mesianismo no necesita más señales para ser reconocido.

           La revelación del Padre no es, por tanto, un privilegio de Pedro, sino que está ofrecida a todos. Pero sólo los sencillos están en disposición de recibirla. Se refiere al sentido de la obra mesiánica de Jesús.

           La expresión "mi Padre del cielo" está en paralelo con "nuestro Padre del cielo" (Mt 6, 9). Los que reciben del Padre la revelación sobre Jesús son los que ven en Jesús la imagen del Padre (el Hijo), y los que reciben de Jesús la experiencia de Dios como Padre (bautismo con Espíritu Santo) pueden invocarlo como tal.

           Jesús responde a la profesión de fe de Pedro, repitiendo 2 veces el "tú eres" (vv.16.18). Lo mismo que Mesías no es un nombre (sino que indica una función), así Piedra indica la función que quiere Jesús para Pedro.

           Hay aquí 2 términos (piedra y roca) que no son equivalentes. En griego, petros (lit. piedra) significa algo que puede moverse e incluso lanzarse (2Mac 1,16; 4,41), mientras que petra (lit. roca) es símbolo de la firmeza inconmovible. En este sentido, alude Jesús a la "casa sobre roca" (Mt 7, 24.25), donde la roca constituye el cimiento de la casa (figura del estilo de vida humano).

           Con 2 imágenes paralelas se describen ciertas funciones de los creyentes. En la 1ª, el reino de Dios se identifica con la Iglesia (comunidad mesiánica), bajo la imagen de la ciudad con puertas, en la que Pedro tiene las llaves capaces de abrir o cerrar, admitir o rechazar (Is 22, 22). Se opone esta figura a la que Jesús utilizará en su denuncia de los fariseos (Mt 23, 13), quienes cierran a los hombres el reino de Dios. La misión de Pedro es la opuesta: abrirlo a los hombres, allí donde los fariseos lo han cerrado.

           Sin embargo, no todos pueden ser admitidos, o no todos pueden permanecer en él, como se explicita en la frase siguiente. Los términos atar y desatar se refieren a tomar decisiones en relación con la entrada (o no) en el reino de Dios. La expresión es rabínica y procede de la función judicial, que puede mandar a prisión y dejar libre. Los rabinos la aplicaron a la explicación de la ley con el sentido de declarar algo permitido o no permitido. Pero en este pasaje, el paralelo con las llaves muestra que se trata de acción, no de enseñanza.

           El pasaje no está aislado en Mateo. Su antecedente se encuentra en la curación del paralítico, donde los espectadores alababan a Dios por "haber dado tal autoridad a los hombres" (Mt 9, 8). La autoridad de que habla el pasaje está tipificada en Jesús, el que tiene autoridad para cancelar pecados en la tierra (Mt 9, 6). Una autoridad de Jesús que es la misma que Jesús transmite a Pedro ("desatar"). Se trata de borrar el pasado de pecado, permitiendo al hombre comenzar una vida nueva.

           Resumiendo lo dicho: Simón Pedro, el 1º que profesa la fe en Jesús con una fórmula que describe perfectamente su ser y su misión, se hace prototipo de todos los creyentes. Con éstos, Jesús construye la nueva sociedad humana, que tiene por fundamento inamovible esa fe.

           Apoyada en ese cimiento, la Iglesia de Jesús podrá resistir todos los embates de las fuerzas enemigas, representadas por los perseguidores. Pedro puede admitir en ella (con sus "llaves") a los hombres que buscan la salvación; pero puede también excluir a aquellos que la rechazan. Sus decisiones están refrendadas por Dios mismo.

           La fórmula que Jesús prohíbe divulgar no es la misma que Pedro ha expresado, sino más breve: que es el Mesías. Esta expresión aislada daría pie al equívoco: la gente la interpretaría en el sentido corriente, del Mesías davídico nacionalista y violento.

Juan Mateos

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           En el v. 21 de hoy comienza una nueva sección del evangelio. La frase "desde entonces empezó Jesús" calca la usada en Mt 4, 17, cuando Jesús comenzaba la enseñanza en Galilea. Ahora, Jesús comienza a mostrar a sus discípulos la inevitabilidad de su muerte, que será consecuencia lógica de su actividad y de su toma de posición contra la ideología del mal. Al contrario que Marcos (Mc 8, 31), Mateo no emplea la denominación "el Hombre" ni el verbo enseñar.

           El término "el Hombre" es extensivo, y aunque designa primordialmente a Jesús, se aplica en su medida a cada uno de los que lo siguen, y de él reciben el Espíritu. Al omitirlo, Mateo indica que Jesús informa a sus discípulos sobre su destino personal; de ahí el cambio del verbo enseñar por manifestar (Mc 10, 32). También se debe a ello la precisión de "ir a Jerusalén", que coloca el episodio en un marco histórico y temporal concreto.

           El Gran Consejo Judío, representante de todas las clases dirigentes judías, va a pasar a la acción contra Jesús, en su intento de destruir al Hombre y en nombre de su Dios. Pero Dios mismo desautorizará esa acción judía, resucitando a Jesús y dándole sólo a él la razón (no a sus representantes). Con la resurrección, Dios va a refrendar la palabra y la actividad de Jesús, poniéndose en contra de quienes lo han condenado.

           El verbo dei (lit. tenía que) indica una necesidad que entra dentro del designio divino: que Jesús salve a su pueblo (Mt 1, 21) aun a costa de su vida misma. No es que Dios quiera y haya decidido la muerte de Jesús, sino que ésta es inevitable dada la oposición de los dirigentes al mesianismo que él encarna. Jesús el Mesías, cuya misión consiste en liberar de la opresión ejercida sobre Israel por sus instituciones y representantes, tiene necesariamente que sufrir la oposición implacable de esas autoridades, que lo condenarán a muerte.

           La fórmula "al tercer día" es la consagrada en el AT para indicar un breve espacio de tiempo, así como para hacer alusión a la teofanía de Dios (Ex 19, 10) o a que "al tercer día nos resucitará" (Os 6, 2).

           Pedro está en completo desacuerdo con lo expuesto por Jesús. Ha expresado la fe auténtica, pero no acepta la praxis que se deriva de ella. Llevándose aparte a Jesús, lo increpa. El verbo apártate es fortísimo, puesto que lo usa Jesús con los demonios (Mt 17, 18) o elementos demoníacos (Mt 8, 26). En general, el uso del verbo indica que el destinatario del reproche se opone al plan de Dios, o podría hacerlo si no hiciese lo que se le dice. Pedro, por tanto, considera que el destino expuesto por Jesús es contrario al designio divino. Como lo expresan sus palabras, se opone a que Jesús muera.

           La respuesta de Jesús manifiesta el colmo de la indignación. Pedro encarna a Satanás, es decir, sus palabras concretan la 3ª tentación del desierto (Mt 4, 10). En el encuentro con sus enemigos, Pedro lo tienta a que sea un Mesías poderoso y vencedor. Jesús lo rechaza con el mismo imperativo con que rechazó a Satanás: "¡Vete!". Y con un corolario: "¡Quítate de en medio!", impidiendo así que Pedro (el papa) se convierta en obstáculo que impida su camino.

           Explica Jesús por qué Pedro podría haber sido obstáculo, de no impedírselo: "Tu idea no es la de Dios, sino la de los hombres". El término "tu idea" (gr. phroneis, pensar) es así contrastada con "la idea de Dios", expresada por la voz del cielo en el bautismo de Jesús, donde el Mesías aparece como el Hijo de Dios cuyo propósito de cumplir su misión hasta la muerte es aceptado por el Padre, asumiendo los rasgos del Siervo de Yahveh (Mt 3, 17) y los secretos del reino de Dios (Mt 13, 11).

           Los hombres son los mencionados en el v. 13, los que no descubren el mesianismo de Jesús. Pedro ha comprendido el mesianismo, como lo ha mostrado en su brillante profesión de fe (v.16), pero no acepta sus consecuencias. La fe que profesa queda en el intelecto, no se hace praxis. Su caso es más grave que si no hubiera entendido (Mt 7, 21.26), porque al igual que el diablo (Mt 4, 3.6), reconoce que Jesús es el Hijo de Dios, pero pretende encauzar su mesianismo hacia el poder y el triunfo.

Juan Mateos

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           Jesús realiza una pregunta a sus discípulos en Cesarea de Filipo, ciudad al pie del monte Hermón y en otro tiempo el punto más al norte de la tierra de Israel: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?". Dado que Jesús ha estado usando este título para designarse a sí mismo (Mt 8,20; 9,6; 10,23; 11,19; 12,8.32.40; 13,37.41), ya es hora de que sus discípulos sepan quién es realmente Jesús.

           El título "Hijo del hombre" era un título enigmático que probablemente dejaba perplejos a los oyentes de Jesús. Algunos pudieron relacionarlo con Dn 7, e incluso con las parábolas de Henoc (Henoc, I, 37-71), donde el Hijo del hombre se describe como el que derrocará a reyes y potentados de sus tronos (Henoc, I, 46,1-5).

           La opinión popular identificaba a Jesús con algunos profetas reverenciados del pasado. Elías era muy venerado por el pueblo y, al haber sido arrebatado hasta Dios de manera milagrosa (2Re 2, 11), se esperaba que regresara como precursor del Mesías (Mal 3, 23-24).

           La respuesta de Simón Pedro ("tú eres el Ungido, el Hijo de Dios vivo") realza el papel de Pedro como portavoz y representante de los discípulos (Mt 19,27; 26,35.40).

           El término Ungido (Cristo o Mesías) ha sido mencionado por Mateo una sola vez (Mt 11, 1-6), para hacer referencia al Siervo que trae la buena noticia a los afligidos (Is 61,1). Pedro está afirmando que Jesús en cuanto Hijo del hombre está desempeñando el papel, no de Hijo de David, sino de "Hijo de Dios vivo".

           Como Hijo del hombre, Jesús es el Hijo de Dios (Siervo de Yahveh) que ha venido a reunir a los fieles en el Reino para que éstos puedan llevar a cabo el designio de Dios de salvar a las naciones. Los vv. 17-19 constituyen una clara unidad. Las palabras de Jesús forman 3 estrofas (de un versículo cada una), y cada estrofa contiene 3 frases. La 1ª frase de cada estrofa expresa un tema nuevo, y la s2ª y 3ª frases desarrollan el tema con proposiciones antitéticas. En este momento, Jesús ya no hace más preguntas, sino una serie de afirmaciones.

           Como respuesta a las palabras de Simón, Jesús dice: "Tú eres Pedro (Petros), y sobre esta roca (petra) edificaré mi Iglesia". El término roca es a menudo una designación de Dios como el único cimiento de la vida humana. Pedro, en cuanto es quien da testimonio de la verdadera identidad de Jesús, es la roca sobre la cual Jesús va a construir la comunidad de los creyentes (la Iglesia).

           Esta imagen se entiende mejor desde la Parábola del Hombre Prudente que "edificó su casa sobre roca" (Mt 7, 24). Esta designación todos nosotros debemos de asumirla en tanto cuanto somos o debemos ser "piedras vivas" que formamos la Iglesia, y a ejemplo del apóstol damos testimonio de la verdadera identidad de Cristo (que vive en nosotros) y lo manifestamos en nuestra vida diaria. ¡Somos credenciales, la tarjeta de presentación de Cristo ante el mundo!

           La imagen de las "llaves del reino" llama a la responsabilidad dibujada en Isaías (Is 22, 15-25). Se llama a Pedro a esa responsabilidad, a la del siervo que ha de cuidar de la casa de su amo de acuerdo con los deseos de éste. Pero también a una responsabilidad libre, capaz de discernir personalmente por sí mismo.

           Finalmente, Jesús recuerda a Pedro y los demás (incluidos nosotros) que él debe ser aceptado como Siervo sufriente. Aquí es donde Pedro (como muchos de nosotros) se opone, y corre el riesgo de convertirse de "piedra viva" en "piedra de tropiezo". Por eso Jesús ora por la conversión de Pedro, para que pueda confirmar a sus hermanos (Lc 22, 31).

Fernando Camacho

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           Cesarea de Filipo, hoy día Banías (Siria), está situada en la carretera de los Altos del Golán a Damasco, en las estribaciones del Monte Hermón y cerca de una de las fuentes del Jordán.

           Pedro (lit. Piedra) es, como lo dice su nombre, el 1º fundamento de la Iglesia de Jesucristo (Ef 2, 20), que los poderes infernales nunca lograrán destruir. Las llaves significan la potestad espiritual. Los Santos Padres y toda la Tradición ven en este texto el argumento más fuerte en pro del primado de Pedro, y de la infalible autoridad de la Sede Apostólica. Como decía San Jerónimo: "Grito a quien quiera oírme: estoy unido a quienquiera lo esté a la Cátedra de Pedro". O como señala Fillion, las palabras de este pasaje marcan "un nuevo punto de partida en la enseñanza del Maestro" (Jn 17,11; 18,36).

           Desconocido por Israel (v.14), que lo rechaza como Mesías para confundirlo con un simple profeta, Jesús termina hoy con esa predicación que el Bautista había iniciado, según "la ley y los profetas" (Lc 16,16; Mt 3,10; Is 35,5).

           Y empieza "desde entonces" (v.21) a anunciar a los que creyeron en él (v.15) la fundación de una Iglesia (v.18) que se formará a raíz de su pasión, muerte y resurrección (v.21) sobre la fe de Pedro (v.16; Jn 21,15; Ef 2,20), y que reunirá a todos los hijos de Dios dispersos (Jn 11,52; 1,11-13), tomando también de entre los gentiles un pueblo para su nombre (Hch 15,14). Y todo ello, prometiendo a Pedro las llaves de ese Reino (v.19).

           Jesús es, en efecto, quien abre las puertas de la fe cristiana a los judíos (Hch 2, 38-42), y posteriormente a los gentiles (Hch 10, 34-46).

Emiliana Lohr

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           El pasaje de la confesión de Pedro en Cesárea de Filipo nos sitúa en un momento muy importante de la vida de Jesús. Después de experimentar el rechazo de su pueblo y el fracaso aparente de su misión, el Señor se dirige a sus discípulos con una pregunta directa y precisa: "¿Quién decís vosotros que soy Yo?". Es probable que en este mismo contexto Jesús hiciera un anuncio de su pasión y pensara en confiar su misión al grupo de los discípulos, con Pedro a la cabeza.

           La doble pregunta de Jesús hace que aparezca con claridad la diferencia entre la opinión de la gente y la de los discípulos. Pedro, en nombre de sus compañeros, reconoce que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios. Estos 2 títulos resumen la fe de Pedro, para quien no es suficiente decir que Jesús es "el Mesías esperado por Israel", sino que añade que es "el Hijo de Dios".

           A esta confesión de Pedro, responde Jesús con una palabra de felicitación, y con un encargo muy especial de cara a la Iglesia. Jesús declara dichoso a Pedro, pero no por sus méritos sino porque el Padre le ha revelado el misterio de ver en el Mesías al Hijo de Dios. Y le confía la misión de ser el cimiento de la Iglesia, la comunidad mesiánica reunida en torno a los discípulos.

           El cambio de nombre produce un juego de palabras, que describe plásticamente la tarea que Jesús encomienda a Pedro: ser roca firme, para que la Iglesia no sucumba ante las dificultades.

José A. Martínez

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           Hemos meditado el gran misterio de la fe de Pedro ante Jesús, que se puede visualizar en la siguiente moneda de doble cara:

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Cristo se dirige a Pedro: "¿Quién decís que soy yo?".

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Cristo se dirige a Pedro: "me matarán".

Pedro reconoce a Jesucristo como el "Mesías, Hijo de Dios".

Pedro no quiere reconocer el título de  "Siervo a Jesús  sufriente".

Jesús subraya que es un pensamiento que "viene de Dios y no de los hombres".

Jesús subraya que es un pensamiento que "viene de los hombre y no de Dios".

Jesús otorga a Pedro el título de "Piedra de la Iglesia", el primado.

Jesús dice a Pedro que es "una piedra de escándalo", un obstáculo.

           Pero quedémonos con esta frase: "Dichoso tú, Simón; porque eso ni la carne ni la sangre te lo han revelado". La carne y la sangre, hermosa fórmula gráfica y fuerte para evocar la debilidad natural del hombre dejado a sus solas fuerzas. Sí, la fe viene de fuera, y el hombre entero (de carne y hueso) es incapaz de acceder a lo que es dominio misterioso de Dios.

           Una frase que termina de la siguiente manera "Es mi Padre es quien te lo ha revelado". Por lo que se ve, Pedro recibió una revelación divina. Pero dejemos resonar unos momentos esta palabra ("mi Padre") en la boca de Jesús, porque nos abre al abismo infinito de su persona.

           Entonces, Jesús dijo a Pedro: "Ahora te digo yo: Tú eres Piedra". Kefa es un término arameo que significa Roca, y que fue traducido al griego por Petros, y luego en latín por Petrus, y luego al castellano por Pedro. Se trata de un nombre que, como nombre propio, no usaba nadie en aquella época, ni en el mundo judío, ni en el mundo greco-romano. Fue algo totalmente nuevo, inventado por Jesús. Y eso que para un semita el nombre tenía una extraordinaria importancia, a forma de talismán o para definir a una persona.

           Si vemos una "gran roca" que aflora a ras del suelo, podemos pensar: sería un buen fundamento para edificar sobre ella. Pues bien, Jesús dijo que tenía intención de ¡edificar!: "Edificaré mi Qahal" (lit. Asamblea). En la redacción de los evangelios, se tradujo el término arameo de Jesús (Qahal) por el griego Ekklesía, que luego pasó al latín intraducto Ecclesia, del cual procede nuestro termino castellano Iglesia.

           Lo que Jesús quiere edificar, pues, es pues su comunidad, de todos aquellos que tienen algo en común y que se reúnen para compartir eso que les une. El Vaticano II definió la Iglesia como "el Pueblo de Dios". Pedro recibe un papel de responsabilidad en ese pueblo.

           A partir de este momento, empezó Jesús a manifestar a sus discípulos que tendría que padecer mucho, ser ejecutado, y resucitar... Pedro lo tomó aparte y empezó a increparlo. Pero Jesús se volvió y dijo a Pedro: "Apártate Satanás, tú eres un obstáculo para mí, porque tu idea no es la de Dios, sino la de los hombres". Tenemos que aceptar toda la Revelación al completo, y no sólo las ideas que nos gustan. Y eso supone aceptar la cruz, el anonadamiento provisorio, el fracaso aparente, el papel del humilde Servidor de Dios y de los hombres.

Noel Quesson

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           La página evangélica de hoy contiene una alabanza feliz de Jesús a Pedro (constituyéndolo como autoridad en su Iglesia) y una reprimenda seria de Jesús a Pedro (porque no entiende las cosas de Dios).

           Ante todo, la alabanza. Jesús pregunta (hace una encuesta) sobre lo que dicen de él: unos, que un profeta, o que el mismo Bautista. Y ante la pregunta directa de Jesús ("y vosotros, ¿quién decís que soy yo?"), Pedro toma la palabra y formula una magnífica profesión de fe: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".

           Jesús le alaba porque ha sabido captar la voz de Dios, y con 3 imágenes le constituye en autoridad de la Iglesia (lo que luego se llamará primado): la imagen de la piedra (Pedro = piedra = roca fundacional de la Iglesia), la imagen de las llaves (potestad de abrir y cerrar la puerta) y la imagen de "atar y desatar" (dejar condenado o salvar).

           A renglón seguido, Mateo nos cuenta otras palabras de Jesús, esta vez muy duras. Al anunciar Jesús su muerte y resurrección, Pedro, de nuevo primario y decidido, cree hacerle un favor: "No lo permita Dios, eso no puede pasarte". Y y tiene que oír algo que no olvidará en toda su vida: "Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar: tú piensas como los hombres, no como Dios". Antes le alaba porque habla según Dios, y ahora le riñe porque habla como los hombres. Antes le ha llamado "roca y piedra" de construcción, y ahora lo llama "piedra de escándalo" para el mismo Jesús.

           No se podía dudar del amor que Pedro tenía a Jesús, ni dejar de admirar la prontitud y decisión con que proclama su fe en él. Pero esa fe no es madura, y no ha captado que el mesianismo que él espera (fruto de la formación religiosa recibida) no coincide con el mesianismo que anuncia Jesús, que incluye su muerte en la cruz.

           Todos tendemos a hacer una selección en nuestro seguimiento de Cristo. Le confesamos como Mesías e Hijo de Dios. Pero ya nos cuesta más entender que se trata de un Mesías crucificado, que acepta la renuncia y la muerte porque está seriamente comprometido en la liberación de la humanidad. No nos agrada tanto que sus seguidores debamos recorrer el mismo camino.

           Como a Pedro, nos gusta el Monte Tabor (el de la transfiguración) pero no el Monte Calvario (el de la cruz). A Jesús le tenemos que aceptar entero, sin censurar las páginas del evangelio según vayan o no de acuerdo con nuestra formación, con nuestra sensibilidad o con nuestros gustos.

           Más tarde, y ayudado en su maduración espiritual por Cristo, por el Espíritu y por las lecciones de la vida, Pedro aceptará valientemente la cruz. Sobre todo cuando se tenga que presentar ante las autoridades que le prohíben hablar de Jesús, cuando sufra cárceles y azotes, y, sobre todo, cuando tenga que padecer martirio en Roma. Valió la pena la corrección que Jesús le dedicó.

José Aldazábal

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           Hoy Jesús proclama afortunado a Pedro por su atinada declaración de fe: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Replicando Jesús le dijo: "Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos" (vv.16-17). En esta felicitación Jesús promete a Pedro el primado en su Iglesia.

           Pero poco después ha de hacerle una reconvención por haber manifestado una idea demasiado humana y equivocada del Mesías. Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: "Lejos de ti, Señor. De ningún modo te sucederá eso". Pero Jesús, volviéndose, dijo a Pedro: "Quítate de mi vista, Satanás". Eres escándalo para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres" (vv.22-23).

           Hay que agradecer a los evangelistas que nos hayan presentado a los primeros discípulos de Jesús tal como eran: no como unos personajes idealizados, sino gente de carne y hueso (como nosotros), con sus virtudes y defectos. Esta circunstancia los aproxima a nosotros, y nos ayuda a ver que el perfeccionamiento en la vida cristiana es un camino que todos debemos hacer, pues nadie nace enseñado.

           Dado que ya sabemos cómo fue la historia, aceptamos que Jesucristo haya sido el Mesías sufriente profetizado por Isaías, y haya entregado su vida en la cruz. Lo que más nos cuesta aceptar es que nosotros tengamos que continuar haciendo presente su obra a través del mismo camino de entrega, renuncia y sacrificio. Imbuidos como estamos en una sociedad que propugna el éxito rápido, aprender sin esfuerzo y de modo divertido, y conseguir el máximo provecho con el mínimo de labor, es fácil que acabemos viendo las cosas más como los hombres que como Dios.

           Una vez recibido el Espíritu Santo, Pedro aprendió por dónde pasaba el camino que debía seguir y vivió en la esperanza. Como decía San Efrén: "Las tribulaciones del mundo están llenas de pena y vacías de premio. Pero las que se padecen por Dios se suavizan con la esperanza de un premio eterno".

Joaquim Meseguer

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           Después de preguntar qué piensan los demás de ti, tú Señor te diriges de nuevo a los discípulos: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?". Te importa mi respuesta personal: ¿Quién eres tú para mí? ¿Me doy cuenta de que eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo? ¿Te pido ayuda, sabiendo que la fe no me la ha revelado ni la carne ni la sangre, no es producto de la razón ni del sentimiento, sino que proviene de Dios?

           Para vivir cristianamente necesito tener fe. Por eso es bueno que te la pida cada día: Jesús, aumenta mi fe, y que te vea siempre como quien eres: el Hijo de Dios. No eres Elías, ni Juan el Bautista, ni alguno de los profetas. No eres un gran filósofo, que dejó unas enseñanzas maravillosas de amor a los demás.

           El evangelio no es una guía de comportamiento humanitario, que me ayuda a ser mejor y que interpreto según me parezca o según me sienta más o menos identificado. El evangelio es la Palabra de Dios. Por eso reprendes duramente a Pedro cuando no quiere aceptar la cruz: "Apártate de mí, Satanás". Pues no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.

           Desde entonces Pedro (1º papa) aprenderá a no interpretar las cosas según las sienten los hombres, sino según la voluntad de Dios. Además, el papa recibe una gracia especial para no dejarse llevar por las modas, los gustos o las flaquezas de las distintas culturas.

           Fe, poca. El mismo Jesucristo lo dice. Han visto resucitar muertos, curar toda clase de enfermedades, multiplicar el pan y los peces, calmar tempestades, echar demonios. Pedro, escogido como cabeza, es el único que sabe responder prontamente: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Pero es una fe que él interpreta a su manera, por eso se permite encararse con Jesucristo para que no se entregue en redención por los hombres.

           Jesús, a mi alrededor veo cristianos que tienen fe en ti, pero es una fe que cada uno interpreta a su manera: no van a misa, no se confiesan, no hacen oración, no saben encontrar el sentido al sacrificio. ¿Qué les puedo decir?
Hoy me das la respuesta: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia".

           El Romano Pontífice, cabeza del Colegio Episcopal, goza de infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como pastor y maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral. La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo Episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de Pedro, sobre todo en un concilio ecuménico.

           Jesús, has escogido a Pedro y a sus sucesores como representantes tuyos en la tierra: todo lo que atares sobre la tierra quedará atado en los cielos. No es suficiente con tener buena intención; es necesario seguir las indicaciones del papa y de los obispos. Sólo así podré sentir las cosas de Dios, y no me veré arrastrado por una visión humana de las cosas.

Pablo Cardona

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           Si habéis visitado la Basílica de San Pedro en el Vaticano habréis observado que alrededor de la cúpula, por su parte interna, están escritas en latín las palabras centrales del evangelio de hoy: Tu es Petrus et super hanc petram aedificabo ecclesiam meam (lit. "tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia"). Hace falta subir al deambulatorio para caer en la cuenta del descomunal tamaño de estas letras hechas en mosaico. No es necesario decir por qué se han puesto estas palabras en este preciso lugar. Pero lo que sí nos interesa es preguntarnos qué pueden significar para nosotros hoy.

           Caigamos en la cuenta de que estas palabras que Jesús dirige a Pedro sólo se encuentran en el evangelio de hoy. En ellas se ha fundamentado bíblicamente la autoridad del papa en cuanto sucesor de Pedro. Según el Código de Derecho Canónico, esta autoridad es "suprema, plena, inmediata y universal" (CDC, 331). Estas palabras resultan tan solemnes que cuesta relacionarlas con el apóstol Pedro, hombre vulnerable. Por eso necesitamos una y otra vez beber en el sentido más genuino de lo que el evangelio nos quiere transmitir.

           Lo 1º que me llama la atención es que Jesús no elige a Pedro en virtud de sus cualidades personales, sino por su fe en él como Hijo de Dios. Pero se trata de una fe que Pedro no se puede adjudicar como una conquista "porque eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre que está en el cielo". Por tanto, Pedro es, sobre todo, un hombre agraciado con el don de la fe. Sobre este don reposa el sentido de su ministerio en la comunidad. Sin esa fe, la autoridad se convierte en mera dominación.

           Pero hay un 2º aspecto que quiero subrayar. La potestad de "atar y desatar" consiste en la potestad de "interpretar la ley" para adaptarla a las nuevas situaciones. De hecho, Pedro así lo hizo. Pensemos en las decisiones que tomó en la Asamblea de Jerusalén, tal como se nos narra en el cap. 15 de Hechos de los Apóstoles.

           ¿No sería deseable que esto sucediera hoy de una manera más audaz, de una manera parecida a como Jesús interpretaba la ley? Él siempre buscaba liberar a las personas, encontrar salidas donde la rigidez sólo veía puertas cerradas. Si el ministerio de Pedro fuera más en esta línea, ¿no sería un punto de encuentro en el camino ecuménico más que un obstáculo como, de hecho, lo es hoy para muchos hermanos de otras iglesias?

Gonzalo Fernández

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           El riquísimo pasaje de hoy tendría muchos elementos para nuestra reflexión (el primado de Pedro, el reconocer a Jesús como Mesías personal, la respuesta de Jesús a Pedro...). Sin embargo, quisiera centrar nuestra meditación en un elemento que a veces pasa desapercibido, y es la relación que hay entre la misión y la cruz.

           El evangelista nos dice que después de que Jesús se les descubre ya abiertamente como el Mesías, el hijo de Dios, "Jesús comenzó a anunciar que tenía que sufrir mucho y morir". De acuerdo a la mayoría de los exégetas, Jesús buscaba con esto quitar de la mente de sus discípulos la idea triunfalista que el Judaísmo esperaba en relación al Mesías. El Mesías no sería un rey que gobierna desde un palacio, sino un rey que reina desde una cruz y sus discípulos, si querían pertenecer al reinado de este rey debería aceptarlo como tal.

           La reacción de Pedro, manifiesta, no solo el amor por el Maestro, sino la actitud errónea de los cristianos de buscar un paraíso sin cruz; un Mesías sin pasión. Por ello Jesús lo invita a reflexionar y a no pensar como los demás, sino a entrar en su corazón y aceptar el misterio de la cruz.

           Es importante que nosotros, en medio de este mundo que nos invita al confort y a evitar a toda costa el sufrimiento, aceptemos que el seguimiento de Jesús forzosamente pasa por la cruz. Los falsos paraísos propuesto por el mundo terminan siempre en desilusión; el camino de la resurrección pasa siempre por el dolor. Por el dolor redentor. No tengas miedo de caminar detrás de Jesús, su amor te sostendrá a cada paso.

Ernesto Caro

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           Las palabras de hoy de Pedro a Jesús son muchas veces usadas por nosotros, cuando decimos "esto no me puede suceder a mí" o "¿por qué me sucede a mí?". La respuesta de Jesús es muy clara: "Tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres".

           Y es que, al igual que Pedro, creemos que por estar en los caminos de Dios estamos exentos de que nos pase cualquier cosa que no sea de nuestro agrado o que no podamos sobrellevar, por lo menos no desde nuestra condición humana.

           La forma de pensar que viene de Dios es de aceptación. Cuando aceptamos las cosas que nos pasan en nuestra vida instauramos la paz en ella, aun a pesar de que haya tristeza. Aceptar nos abre las puertas a un camino totalmente distinto en el cuál nos daremos cuenta de que las cosas las enfrentamos no por nuestra fortaleza sino por la gracia y el amor de Dios en nosotros. Aceptar es decir cada día a nuestra travesía espiritual, y a la acción de Dios en nuestras vidas. Eso será lo que nos haga crecer, y trascender a nuestra condición humana.

Miosotis Nolasco

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           A partir del reproche final del v. 23, se puede articular este largo pasaje desde la contraposición entre 2 ideas (la de Dios y la humana). En torno a ella se entretejen las opiniones expresadas por los personajes y la misma justifica el cambio de valoración sobre Pedro desde la 1ª (vv.13-20) a la 2ª parte (vv.21-23).

           La relación con Jesús está a la base de la confrontación entre la opinión de los discípulos y la que tiene la gente. Esta no ha sabido reconocer la originalidad de la actuación de Jesús. Sus esquemas, anclados en el pasado le impiden el acceso a una comprensión auténtica en este punto crucial para su vida.

           Por el contrario, los discípulos han sido capaces de alcanzar el sentido de esta realidad. A través de Pedro (portador del grupo) expresan plenamente su acogida a la revelación del Padre dirigida a los pequeños y sencillos. Por el contrario, la gente, los hombres sólo cuentan con la ayuda de carne y hueso (sangre), que no puede captar la presencia de la trascendencia divina en la acción de Jesús.

           Por eso mismo, la edificación de la sociedad alternativa propuesta por Jesús se reserva a la acción de los discípulos. A ellos, en su condición de administradores, compete una función específica en la Iglesia, que nace de la fe en Jesús. Como el "empleado fiel y cuidadoso, puesto por el patrón", y proclamado dichoso (Mt 24, 45-46), los discípulos reciben la tarea de mantener el ámbito de vida que tiene origen en Dios, y que es inaccesible para el puro esfuerzo humano.

           La 2ª parte (vv.21-23) ahonda el significado de ese compromiso asignado al creyente a partir del relato del 1º anuncio de la Pasión, y de la incomprensión de Pedro respecto a este punto.

           El v. 21 marca un corte decisivo en el evangelio con un nuevo solemne comienzo semejante al de Mt 4,17: "Desde entonces empezó Jesús a". De este modo aparece en el evangelio el horizonte de la Pasión. Esta es explícitamente señalada con un "tenía que ir a Jerusalén".

           El rechazo del anuncio arrastra a Pedro desde el lugar que le asignaban los versículos anteriores al lugar opuesto. La fe en Jesús está ligada de tal forma a la Pasión que ésta se convierte en criterio fundamental para determinar aquella.

           La reacción de Pedro lo coloca en el ámbito de la oposición al proyecto de Jesús. Ofuscado por una mentalidad triunfalista y de éxito no puede asumir la propuesta de Jesús. El regaño a Jesús, manifestación de esa actitud, es empleado para el enfrentamiento de Jesús con los demonios (Mt 8,26; 17,18).

           Oponiéndose a la muerte de Jesús, Pedro no es capaz de comprender la necesidad del designio divino ("tenía que"; v.21). Esta necesidad debe comprenderse tomando en cuenta las condiciones de muerte existentes en la sociedad. Sólo por medio de la entrega de la vida, Jesús puede desenmascarar la "idea humana" egoísta y hacer manifiesta la "idea de Dios".

           Por su incomprensión, Pedro roca se transforma en "piedra de tropiezo". El receptor de la revelación del Padre es calificado de Satanás. En el corazón de cada uno de los creyentes está presente el mismo peligro que acechaba a Pedro. La confesión de la propia fe no puede coexistir con la práctica de la competitividad y exitismo en la vida social. El riesgo de no adecuar la proclamación a una práctica coherente es una seria advertencia a la vida de los integrantes de la comunidad eclesial.

Confederación Internacional Claretiana

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           El corazón de Pedro late al unísono con el corazón de Cristo, aunque a veces desfallezca. Y el corazón de Cristo se reconforta por ello, sobre todo al comprobar que, a pesar de las debilidades, sus apóstoles van asumiendo (aunque sea imperfectamente) el papel que les va a corresponder, cuando tengan que regar la tierra para que sea fecunda y fructifique en frutos.

           Pero en la 2ª parte del mismo texto se nos advierte sobre el peligro de la mezquindad humana, ya que Pedro (el mismo que confiesa la divinidad de Jesús) va a poner condiciones, y no va a aceptar fácilmente algunas de las cosas que le tocarán asumir: el sufrimiento y la cruz. ¡Así somos en nuestra debilidad!

           No basta con verter conceptos precisos acerca de lo que es Jesús. Tal vez uno sepa mucho acerca de él por los estudios realizados. Pero la fe no puede basarse únicamente en eso. La Iglesia, con Pedro a la cabeza, no es transmisora sólo de verdades teológicas o dogmáticas.

           En efecto, la Iglesia no ha sido enviada a ilustrar la mente de los demás, sino para salvarles desde la propia experiencia del caminar con Jesús. Para que la gente lo conozca como se conoce a un amigo, y lo ame entrañablemente, haciendo en su vida los planes del Padre.

           Por eso Jesús, una vez que ha recibido la respuesta de Pedro, y que lo ha constituido en Piedra de la Iglesia, le indica que se ponga detrás de él, para que cargue con él la cruz, y experimente lo que es realmente amar hasta entregar la vida por los demás.

           De esta manera, Pedro podrá no sólo enseñar a la Iglesia la verdad sobre Jesucristo, sino enseñar a amar y a dar la vida por él, como instrumento de salvación en manos de Dios. Aprendamos, pues, a vivir conforme a los criterios de Dios, y no conforme a los criterios de los hombres.

Servicio Bíblico Latinoamericano