1 de Agosto

Lunes XVIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 1 agosto 2022

a) Jr 28, 1-17

           Presenciamos hoy una de las escenas más dramáticas de la actividad de Jeremías, narrada por Baruc. Tiene una fuerte conexión con el capítulo anterior, ya que en ella se habla todavía del yugo y parece que hay alusiones a la presencia de los embajadores en Jerusalén (vv.8.11.14). Otro profeta (Ananías), en vista del hecho simbólico del yugo y del mensaje de sumisión a Nabucodonosor II de Babilonia, replica en público a Jeremías, y lo desconcierta (v.6).

           Jeremías desea poder afirmar el anuncio de victoria y de liberación que proclama Ananías, pero no está seguro de poderlo hacer, y en vista de la seguridad de Ananías, decide no replicar y marchar por su camino. Recibe entonces una nueva palabra de Dios, que le descubre la mentira de Ananías y lo confirma en su postura de exhortar a la sumisión. Al mismo tiempo, se siente forzado por Dios a anunciar a Ananías su muerte como castigo divino, y la confirmación de que no tenía razón. Esa muerte será un signo claro de que la seguridad y la victoria, por Ananías anunciadas, no entraban en los planes a corto plazo de Dios.

           Esta lucha interprofética (Jeremías-Ananías) es exponente de 2 actitudes y teologías distintas. Ananías cree que Dios estaba tan ligado a su pueblo que tenía obligación de salvarlo siempre, pues él está comprometido con su pueblo. Pero esto no es lo que piensa Jeremías. ¿Cómo interpretar este hecho? Para Ananías, Jerusalén era inviolable, y la elección divina comportaba una seguridad total. Jeremías, en cambio, sabe que Dios es libre y actúa según la situación. Y ante ésta, está claro que él tiene decidido un período de castigo, para purificar al pueblo y poder luego salvarlo con más plenitud, preparando al hombre a recibir más fielmente la salvación.

           La seguridad del verdadero profeta le viene del conocimiento profundo de la manera de ser de Dios, de su compromiso y solidaridad con el hombre, y de una búsqueda de los signos de los tiempos que hace que pueda descubrir la voluntad del Padre en cada momento.

           La confianza en Dios no consiste en un optimismo irracional, ni en una seguridad sin fundamento. Sino que debe estar basada en un continuo trato con el Padre, y en un inquirir en el tiempo y en la situación histórica. A pesar de esta actitud, pueden venir momentos en que se dude y se ilusione uno con una visión aparentemente más salvífica, pero a la larga se dará cuenta de si esta visión se fundamenta en el Señor o es fruto de su imaginación (deseosa de seguridad).

Rafael Sivatte

*  *  *

           Al principio del reinado de Sedecías I de Judá, en el año 4º, en el mes 5º, tiene lugar un acontecimiento fechado con precisión. Señor, lo sé, ningún día es igual a otro, y cada hora y cada minuto vienen a mí con un querer tuyo. Hoy tendré que vivir en comunión contigo, Señor, en lo previsible y lo imprevisible, y en lo que tú esperas de mí.

           Ante todo, me dispongo a estar disponible para todo lo imprevisto que se presente. Pues lo que tú introduzcas en este día, Señor, posiblemente cambiará todos mis planes, y me moverá a un acto de fe y de confianza más purificado. El sufrimiento es, a menudo, este imprevisto que trastorna nuestros planes.

           El profeta Ananías habló así a Jeremías: "He quebrado el yugo del rey de Babilonia, y haré devolver de allí todo el mobiliario robado del templo de Jerusalén. Conduciré de nuevo a este lugar al rey de Judá, y a todos los deportados".

           El acontecimiento, en fecha tan precisa, aparentemente no tiene importancia. Pero produce un enfrentamiento entre 2 profetas (Ananías, que había pronunciado ese oráculo, y Jeremías, que duda que ese oráculo provenga de Dios). Por ello, Jeremías prefiere seguir anunciando los oráculos que Dios venía revelando desde hacía tiempo (la desgracia, y el castigo de Jerusalén), mientras que Ananías se sigue atreviendo a anunciar, en nombre de Dios, la felicidad y el éxito de Jerusalén. Uno y otro pretenden hablar en nombre del Señor, y sus fórmulas parecidas: "Palabra del Señor del universo".

           Como se ve, la palabra de Dios fue mal utilizada por uno de ellos (Ananías), bien porque fuese mera palabra humana (de falso profeta), bien porque el oráculo fuese mal interpretado. Pero preguntémonos nosotros, con Ananías a nuestro lado, ¿no estamos también nosotros tentados de retener, de los acontecimientos o de la Escritura, solamente aquello que nos viene bien, o que nos gusta?

           Señor, concédenos aceptarlo todo como recibido de ti, "en lo mejor y en lo peor" (como dicen los novios al casarse). Y eso sin olvidar que todo acontecimiento puede construir o destruir, e incluso un acontecimiento feliz puede destruir, y un acontecimiento desgraciado puede construir...

           El profeta Jeremías replicó a Ananías: "Que el Señor confirme lo que acabas de profetizar. Pero escucha: los profetas que nos han precedido a ti y a mí, han profetizado la guerra, el hambre y la peste, mientras que tú profetizas ahora la paz. No obstante, se reconocerá si eres verdadero profeta o no si se cumple lo que has dicho".

           Jeremías no hallaba ningún placer en anunciar la prueba y el sufrimiento, y también él deseaba la felicidad y estaba presto a desear que Ananías tuviera razón. Pero reconoce que es muy fácil anunciar la felicidad, y ajustarse a los deseos y aspiraciones populares. Y por eso concluye que no hay que fiarse de ese anuncio. ¿No es tentador para un profeta suavizar su mensaje, atenuar la exigencia y el rigor, y aceptar compromisos fácilmente asumibles?

           Para discernir la autenticidad de los profetas, Jeremías se atreve a formular un criterio, que hoy podría parecernos escandaloso: no hay que fiarse del que anuncia éxitos (porque puede que sólo lo diga para contentarnos), sino que hay que fiarse del que anuncia la dureza de la existencia (porque eso no es algo fácil de decir). Jeremías es, por tanto, realista profundo, aunque ello le lleve al pesimismo.

           Por mi parte, ¿me atreveré a aplicar este criterio a todas las cosas que me prometen? Porque no se trata de volver a implantar el paraíso en la tierra, sino en luchar por que hoy sea mejor día que ayer, y así mejore la sociedad. Señor, ayúdanos a recibir las alegrías sin que nos hagan perder la cabeza ni el corazón. Señor, ayúdanos a recibir las pruebas sin que nos dejen en el abatimiento.

Noel Quesson

*  *  *

           Escuchamos hoy el relato de un episodio en la vida de los profetas de Israel, con enfrentamiento entre un profeta de Dios y un profeta del rey, cuyos adivinos asalariados estaban a la orden del día. Y al final resulta que el verdadero profeta tiene la valentía de predecir al pueblo las desdichas que le han de sobrevenir, mientras que el falso profeta sólo anuncia lo que pueda asegurar su propio éxito.

           Jeremías expone los criterios del verdadero y del falso profeta, pero en el relato no puede ocultar un cierto desorden y vacilación. ¿Puede uno estar seguro de poseer la verdad? Si es verdad que ésta se descubre al término de una búsqueda de todos los hombres, sean creyentes o no ¿en qué momento y según qué criterio podrá el creyente separarse de sus hermanos no creyentes y extraer directamente la verdad de su contacto con Dios y con su palabra?

           Las diatribas de los profetas, y de Cristo y de San Pablo contra los falsos profetas, reciben así una nueva luz. El falso profeta es el que tolera una inadecuación entre sus palabra y la de Dios. Percibe esta última pero, antes de darla a conocer, lima sus asperezas y la dulcifica ante determinadas situaciones y compromisos o en función de posibles ventajas.

           Esta forma de inadecuación puede vivirse en el mundo moderno entre la verdad del aparato de la ley y la verdad de la conciencia. Esta última desaparece a menudo detrás de la primera en una manifiesta insinceridad, y muchos políticos y eclesiásticos se contentan con defender la verdad de la institución aunque no encuentren la verdad de la conciencia, la de ellos o la de los otros.

           Se trata, en el fondo, de sinceridad, esta virtud que tarda en ocupar su lugar en las virtudes "cardinales" de la mentalidad moderna. No basta ser legal o recto (ya que estas actitudes regulan el comportamiento del hombre de cara a la verdad externa); es preciso, además, ser sincero, es decir, legal consigo mismo, en plena lucidez.

           Ahora bien, si muchos hombres han recibido de la tradición antigua las virtudes de la lealtad y rectitud, se preocupan a menudo muy poco de la sinceridad. Se consagran gustosos a la razón de Estado o a la verdad de la Iglesia, sacrificando la sinceridad e indisponiéndose con la mentalidad moderna, profundamente marcada por la tensión entre individuo y sociedad.

           Esta, en efecto, se preocupa poco del comportamiento del hombre consigo mismo, contentándose con legislar sobre las relaciones del hombre con los demás, aspiración a todas luces incompleta. Ahora bien, no es posible la presencia de la ética donde el hombre no se encuentra a sí mismo. La sociedad designa como desobedientes a aquellos que solo tratan de ponerse de acuerdo consigo mismos.

           El individuo que va a la búsqueda de sí mismo considera que la actitud de la sociedad para con él es la de los falsos profetas puesto que calla una verdad para ofrecer otra; por otra parte, define la verdad de manera tan absoluta y con una publicidad tan bien orquestada que el individuo se verá obligado a adoptarla, no por convicción, sino para ser bien visto, por causa de su buen nombre o, simplemente, para no hacerse notar. Es, por tanto, imposible que una sociedad así concebida tenga una alta concepción de su ética.

           Por otra parte, el falso profeta no está solamente del lado de la "verdad del sistema", también la sinceridad suscita sus falsos profetas: los que defienden la lucidez con fanatismo, los que están ingenuamente convencidos de poseer la verdad en exclusiva, los que se aíslan en su búsqueda cuando la verdad es buscada y encontrada en común, los que no quieren escuchar, sino que se les escuche.

Maertens Frisque

*  *  *

           Otro gesto simbólico por parte de Jeremías (después de los del cinturón de lino y el taller del alfarero): aparece caminando por la calle encorvado, con un yugo de madera al cuello. El débil rey Sedecías I de Judá cree que, con la ayuda militar de otros reyes vecinos, va a poder resistir a Nabucodonosor II de Babilonia. El profeta le quiere disuadir, dándole a entender que, como castigo de los males que han hecho, van a caer en la esclavitud. Es inevitable.

           Pero el drama surge cuando se le enfrenta un profeta de la corte, Ananías, asegurando a las autoridades que Dios les librará una vez más, que no tengan miedo: van a vencer a los ejércitos del norte. A Jeremías le gustaría poder anunciar eso mismo: "Amén, así lo haga el Señor". Pero no va a ser así. Cuando Ananías rompe el yugo de madera, Jeremías, de momento, se retira, pero luego, iluminado por una nueva voz de Dios, anuncia no un yugo de madera (sino de hierro), y adelanta que el propio Ananías va a morir muy pronto.

           Profetas verdaderos y falsos. Todos dicen que hablan en nombre de Dios, pero los falsos suelen decir las palabras que la gente quiere oír, palabras demagógicas que tranquilizan y bendicen la situación. Ananías "induce a una falsa confianza": ni le cabe en la cabeza que Jerusalén pueda caer. Mientras que los verdaderos, como Jeremías, intentan ser fieles a la voluntad de Dios y se atreven a denunciar los pecados de sus oyentes y, muy a su pesar, a anunciar castigos.

           ¿Es buen padre el que siempre da la razón a su hijo? ¿es buen educador el que siempre concede lo que gusta a sus alumnos? ¿quién es buen profeta y quién no? Jesús decía: "Por sus frutos los conoceréis", pero ¡qué difícil es discernir entre la auténtica voz de Dios y la que obedece a intereses personales o a los postulados de la mayoría! Es difícil, por ejemplo, para los responsables de la Iglesia discernir qué movimientos son del Espíritu con mayúscula, y cuáles, de otros espíritus con minúscula.

           En nuestra vida personal, o en el ámbito de una familia o comunidad religiosa o parroquial, ¿Buscamos la voluntad de Dios con sinceridad, cuando hacemos discernimiento comunitario para tomar decisiones? ¿O nos engañamos, buscándonos a nosotros mismos y manipulando, más o menos conscientemente, la voluntad de Dios? Tendremos que pedir con el salmo responsorial de hoy: "Instrúyeme, Señor, en tus leyes, apártame del camino falso, no quites de mi boca las palabras sinceras... sea mi corazón perfecto en tus leyes".

José Aldazábal

*  *  *

           Prestemos atención a las palabras del profeta Jeremías y a sus cautelas, si queremos vivir según el Espíritu del Señor. Es malo presumir de profeta, como lo hacía Ananías, y arriesgarse a vaticinar prosperidad para salir del paso. En sus días, y en los nuestros, a quien promete prosperidad, bienestar feliz, comodidad, se le sigue la pista, ya que interesa que sus vaticinios se cumplan, y hay que aprovecharse de ellos. Pero luego, ¡qué dura es la crisis, el fracaso, la vergüenza, si los augurios son fallidos, como los de Ananías, falso profeta!

           El verdadero profeta de Dios sólo debe hablar palabras de Dios, no palabras de la propia cosecha. Y la palabra de Dios no falla; sea consoladora o triste, gratificante o adversa.

           Los falsos profetas son los que proclaman ardorosamente la palabra de Dios, pero no viven conforme a la misma. Los falsos profetas hablan mucho a favor de los pobres, pero no son capaces de sentarlos a su mesa y partir el propio pan para alimentarlos. Los falsos profetas hablan de justicia social, pero son incapaces de luchar realmente por salarios más justos para los trabajadores. Los falsos profetas hablan de santidad y viven desordenadamente, ofreciendo un culto vacío de fe y de amor a Dios.

           Al profeta de Dios sólo se le creerán sus palabras (de amor, de justicia y de santidad) cuando todo esto se cumpla en su propia vida, y cuando trabaje intensamente para que los demás se decidan a abrirle su corazón a Dios, y se vaya haciendo realidad entre nosotros un pueblo santo, unido por el amor y guiado por el Espíritu Santo. No es el sólo hablar, sino el trabajar incansablemente a la luz del Espíritu de Dios, lo que realmente construirá el reino de Dios entre nosotros, ya desde ahora.

Dominicos de Madrid

b) Mt 14, 13-24

           El evangelio de hoy inicia la llamada Sección de los Panes (Mt 14, 13-16, 12), con que Mateo presenta a Jesús como el nuevo Moisés, que reúne al nuevo pueblo de Dios, que lo lleva al desierto y lo alimenta con la palabra de Dios y con un pan superior al maná. Un nuevo Moisés que triunfa sobre las aguas del mar (Mt 14, 22-33), que libera del legalismo en que había caído la ley (Mt 15, 1-9), que lleva a todos a la Tierra Prometida (Mt 15, 21-31).

           Las 2 multiplicaciones de los panes, que enmarcan este conjunto y preanuncian la eucaristía (Mt 14,36; 15,36), subrayan con vigor que Jesús es mucho más que Moisés También ahora, en la eucaristía, Jesús es el centro de la vida cristiana, el Pan que verdaderamente satisface.

           Todo comienza cuando Jesús "sintió compasión de ellos y curó a los enfermos", recordando la promesa de restauración de Isaías (Is 49, 13), lo mismo que el dar de comer a los hambrientos cumple lo predicho por Isaías (Is 49,10; 58,10). Existen también aquí importantes semejanzas con la Última Cena (Mt 26, 26-29), en ambos casos como anticipaciones del banquete mesiánico, o fiestas que celebran el reinado de Dios (Is 55, 1-2). 

           Actuando como anfitrión, Jesús ordena a la gente que se recueste (como en un banquete), toma el alimento y, levantando los ojos al cielo (Sal 123, 1), bendice a Dios, partiendo el pan y dándoselo a sus discípulos para que lo distribuyan a la gente. "Comieron todos hasta hartarse" recuerda el hecho de que los hijos de Israel fueron alimentados en el desierto (Ex 16, 4-12), y por eso tuvo lugar en un despoblado (vv.13.15). Como tal, la frase es una forma habitual de simbolizar la bendición de la Alianza (Dt 8,10; 11,15). 

           Los 12 apóstoles llenaron los canastos que habían llevado consigo, lo que indica la abundancia de la bendición y la invitación a la celebración del Reino (Is 55, 1-3). "Cinco mil hombres, sin contar mujeres ni niños" era una forma habitual de contar a Israel en el desierto (Ex 12,37; Nm 11,21).

           Tras la multiplicación de los panes, la noticia de la muerte del Bautista lleva a Jesús a apartarse de la gente y a buscar un lugar privado para la oración y la reflexión. Pero mientras va en la barca, la gente lo sigue por tierra. Pese al peligro cada vez mayor, por parte de los jefes religiosos y políticos del tiempo, la obra del Reino continúa. En esta circunstancia, Jesús no está simplemente satisfaciendo una necesidad, sino celebrando el Reino que viene al pueblo.

           El alimento que milagrosamente da a comer Jesús a la multitud no se trata aún del pan eucarístico, pero la eucaristía está ya en el fondo, como su desembocadura natural. Lo demuestran las acciones de Jesús: alzó los ojos, bendijo, partió, dio, repartió. Al realismo de los discípulos, que piensan que la muchedumbre no tiene qué comer, corresponde el sentido de la compasión de Jesús, que ordena: "Dadles vosotros de comer". Este milagro de la alimentación, por tanto, celebra la restauración del reinado de Dios en la vida de su pueblo.

           Cuántas veces se cumple en nosotros aquello de "no tenemos lo que deseamos, pero no nos falta lo que necesitamos". Hoy la palabra de Dios nos invita a meditar esta situación, y a no quejarnos como los hebreos en el desierto, que se quejaron porque deseaban comer carne (en ollas), poniendo la excusa de no tener ajos y cebollas. Y eso que habían conseguido lo fundamental y realmente necesario: la libertad y el maná.

           El que Jesús quisiese apartase a un lugar solitario, pero se percatase de que la gente que le buscaba con ahínco, nos muestra su misericordia ante cualquier tipo de necesidad, tanto sanitaria (enfermos) como económica (hambrientos). Y haciendo a un lado su deseo, entiende la necesidad y responde.

           El episodio de la multiplicación de los panes es para todos nosotros una invitación a pensar, decidir y conseguir lo que en verdad necesitamos y necesitan los que nos rodean (tiempo para escuchar, una buena charla, calidad en el trato con los demás, recreación sana sin embotar los sentidos, olvidar la realidad por unas horas...), en contraposición a lo que deseamos los demás (¡compro, luego existo!).

Juan Mateos

*  *  *

           Al enterarse Jesús de la muerte de Juan Bautista, se marchó de allí en barca a un sitio tranquilo y solitario. No desperdiciemos estas connotaciones psicológicas, que nos permiten penetrar en la vida humana de Jesús.

           Nos imaginamos demasiado a Jesús como alguien preservado por su divinidad, cuando en realidad prefirió enfrentar todas las vicisitudes temporales, tanto de su época como de su propia familia. ¿Cuáles fueron tus sentimientos, Señor, cuando supiste la noticia del día, que Herodes había mandado decapitar a Juan Bautista? Porque se trataba de la muerte de su primo, de su maestro, de aquel que le entregó a sus propios discípulos (Andrés, Felipe, Juan), de aquel que le bautizó, de aquel que él llamaba "el más grande de los profetas".

           Al enterarse de esa muerte, Jesús huye a un lugar solitario, pues piensa que aquello es preludio de su propia muerte. Y como no ha llegado el momento de afrontar la pasión, se retira (aparte de la necesidad de llorar y rezar por su amigo y primo Juan).

           Pero la gente "lo supo y lo siguió por tierra", y al desembarcar, "vio Jesús una gran muchedumbre, le dio lástima y se puso a curar los enfermos". No, no lograste aislarte, salvo durante la travesía del lago. Nunca meditaré lo suficiente ese tema del constreñimiento de la obediencia (a lo que no estaba previsto, a lo que nos sucede y trastorna nuestros planes), al que también San Pablo aludirá, como obediencia a los designios insondables del Padre.

           Por la tarde, se acercaron los discípulos a decirle:

—Estamos en despoblado y ya ha pasado la hora; despide a la multitud, que vayan a las aldeas y se compren comida.

           Jesús les contestó:

—No necesitan irse. Dadles vosotros de comer.

—Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces, le replican los discípulos.

           A lo que Jesús contesta:

—¡Traédmelos!

           Ordenó entonces al gentío que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces...

           Poner mis pobres medios humanos en tus manos, Señor. Contemplo esos 5 panecillos y esos 2 pececillos en tus manos. Manifiestamente, a través de este milagro Jesús está pensando en otro: la Última Cena (Mt 26, 26), porque "no sólo de pan vive el hombre". Jesús ha querido, Jesús ha inventado, Jesús ha entregado a la humanidad... la Misa. Él quiere alimentar espiritualmente a los hombres, y responder a su hambre de absoluto, a ese pan de vida eterna.

Noel Quesson

*  *  *

           La multiplicación de los panes es un milagro que los evangelios cuentan hasta 6 veces (Mateo y Marcos, hasta 2 veces cada uno), seguramente porque hubo 2 escenas diferentes. Hoy leemos la 1ª de Mateo. Jesús, al enterarse de la muerte del Bautista, intenta retirarse a un lugar solitario, pero la gente no le deja. Y a él, como siempre, "le dio lástima y curó a los enfermos". Su actividad misionera es realmente intensa, predicando la salvación, curando las dolencias, atendiendo a todos, y hoy dándoles de comer.

           Se trata de un milagro cargado de simbolismo. En el AT, Moisés, Elías y Eliseo dieron de comer a la multitud (en el desierto, en período de sequía, en época de hambre), y hoy Jesús da plenitud a esas figuras del AT. Además, muestra un corazón lleno de misericordia, y su poder divino como enviado de Dios.

           El relato es también un programa para la comunidad de los seguidores de Jesús. Ante todo, el lenguaje del evangelio se parece mucho al de nuestra eucaristía (tomó, pronunció la bendición, partió, repartió), como ese Pan que Jesús multiplica para nosotros cada vez que celebramos la eucaristía, y como signo sacramental que él mismo nos encargó que celebráramos en memoria suya.

           Cada vez que leemos esta escena, aprendemos que hay que apoyar a aquellos que buscan a Jesús a pesar del hambre, y van errantes por la vida. La consigna de Jesús es sintomática: "Dadles vosotros de comer". La Iglesia no sólo ofrece el Pan con mayúscula, sino también el pan con minúscula, que puede traducirse por cultura, cuidado sanitario, apoyo a los débiles, premio a los que se lo merecen y solidaridad de los que tienen con los que no tienen.

           En cada misa, el Padrenuestro nos hace pedir el pan de la subsistencia diaria, y la comunión nos entrega el alimento sobrenatural. Hay un doble pan porque el hambre también es doble: el hombre cotidiano y el hombre trascendente. Y la "fracción del pan" consiste tanto partir el Pan eucarístico como compartir el pan material.

           Con esta dinámica del pan material y del pan espiritual, Jesús ayuda a las personas a pasar del hambre de lo humano al hambre de lo divino, de la luz de los ojos a la luz interior de la fe (en el caso del ciego), del agua del pozo al agua que sacia la sed para siempre (en la mujer samaritana). Lo mismo tendremos que hacer nosotros, los cristianos. El lenguaje de la caridad es el que mejor prepara los ánimos para que se acepte nuestro testimonio sobre los valores sobrenaturales.

José Aldazábal

*  *  *

           El evangelio de hoy toca nuestros bolsillos mentales, y hasta hace saltar las voces de los prudentes, para sopesar si vale la pena el asunto. Los discípulos, al ver que se hacía tarde y que no sabían cómo atender a aquel gentío reunido en torno a Jesús, encuentran una salida airosa: "Que vayan a los pueblos y se compren comida" (v.15). Pero no contaban con que su Maestro les fuera a romper ese razonamiento tan prudente, al contestar: "Dadles vosotros de comer" (v.16).

           Un dicho popular dice: "Quien deja a Dios fuera de sus cuentas, no sabe contar". Y es cierto, los discípulos (y nosotros tampoco) no saben contar, porque olvidan el sumando de mayor importancia: Dios entre nosotros.

           Los discípulos realizaron bien las cuentas, y contaron con exactitud el número de panes y de peces (5 + 2). Pero al dividirlos mentalmente entre tanta gente (entre 5.000), les salía un 0 periódico. Por eso, optan por el realismo prudente: "No tenemos más que 5 panes y 5 peces" (v.17). No se percatan de que tienen a Jesús entre ellos.

           Parafraseando a San José Mª Escrivá, no nos iría mal recordar aquí que "en las empresas de apostolado, está bien considerar los medios terrenos (2 + 2 = 4), pero sin olvidar nunca que hay de contar con otro sumando: Dios + 2 + 2". El optimismo cristiano no se fundamenta en la ausencia de dificultades, sino en Dios que nos dice: "He aquí que Yo estoy con vosotros, todos los días y hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).

           Sería bueno que tú y yo, ante las dificultades, o antes de dar una sentencia de muerte a la audacia y al optimismo del espíritu cristiano, contemos con Dios. Ojalá que podamos decir con San Francisco de Asís aquella genial oración: "Allí donde haya odio, ponga yo amor". Es decir, que allí donde no salgan las cuentas, que cuente yo con Dios.

Xavier Romero

*  *  *

           El relato del evangelio de hoy está lleno de enseñanzas, comenzando por la enseñanza del compartir. A este respecto, es interesante lo que dicen los apóstoles: "Lo único que tenemos son cinco panes y dos pescados", como si pretendieran añadir: "Pero estos son para que nosotros comamos".

           Jesús nos enseña que es precisamente en el compartir dónde se puede experimentar la multiplicación. En un mundo que vive cerrado sobre sí mismo, siempre ávido de atesorar, que importante es el poder experimentar que en el compartir está la felicidad y la paz del corazón. Es la experiencia que libera profundamente al hombre y lo hace ser autentico ciudadano del Reino.

           Es precisamente cuando compartimos, cuando somos capaces de romper nuestro egoísmo, y compartir con los demás los dones (materiales y espirituales), cuando podemos decir con verdad: soy libre. Las cosas tienden a sujetarnos y llegan hasta hacernos esclavos de ellas.

           El ejercicio de compartir nos asegura que la redención de Cristo ha sido operada en nosotros. Contrariamente a lo que se podría pensar, la única forma de ser verdaderamente rico es compartiendo. No dejes pasar este día sin tener esta magnifica experiencia de compartir.

Ernesto Caro

*  *  *

           El evangelio de hoy nos ayuda a profundizar en el tema siempre actual del hambre. Muchos seguramente sentimos que las palabras del Señor Jesús a sus apóstoles son más que una frase anecdótica, ante el hambre del mundo: "Dadles vosotros de comer".

           ¿Qué tal suenan hoy, por ejemplo, las palabras de San Juan Crisóstomo en sus Homilías sobre Mateo? Porque en ellas nos dice el santo doctor:

"¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo encuentres desnudo en los pobres, ni lo honres aquí en el templo con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: esto es mi cuerpo, y con su palabra llevó a realidad lo que decía, afirmó también: Tuve hambre y no me disteis de comer, y más adelante: Siempre que dejasteis de hacerlo a uno de estos pequeñuelos, a mí en persona lo dejasteis de hacer. ¿De qué serviría adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre? Da primero de comer al hambriento, y luego, con lo que te sobre, adornarás la mesa de Cristo".

           Resuenen, pues, en nuestros oídos las palabras de Juan Pablo II en el n. 20 de su carta Ecclesia de Eucharistia, donde nos dice:

"¿Qué decir de las tantas contradicciones de un mundo globalizado, donde los más débiles, los más pequeños y los más pobres parecen tener bien poco que esperar? En este mundo es donde tiene que brillar la esperanza cristiana. También por eso el Señor ha querido quedarse con nosotros en la eucaristía, grabando en esta presencia sacrificial y convival la promesa de una humanidad renovada por su amor".

           Es significativo que el evangelio de Juan, allí donde los sinópticos narran la institución de la eucaristía, propone el relato del lavatorio de los pies, en el cual Jesús se hace maestro de comunión y servicio (Jn 13, 1-20). El apóstol Pablo, por su parte, califica de indigno que una comunidad cristiana participe en la Cena del Señor, si se hace en un contexto de división o indiferencia hacia los pobres (1Cor 11, 17.22.27.34).

Nelson Medina

*  *  *

           Mateo recoge hoy que "Jesús, al enterarse de la muerte de Juan el Bautista, se retiró a un lugar solitario". Pero al buscar la soledad, atrajo hacia sí a la gente necesitada de esperanza. Por eso se le rasga el corazón cuando ve esa multitud de desposeídos, y les multiplica el pan.

           Es el mismo Jesús el que se da cuenta de que por ello le quieren hacer rey, y de nuevo busca el camino de la soledad, "marchándose por otro camino". Decididamente, él no ha venido para ser nuestro líder, sino para llevar a cabo otra voluntad distinta: la voluntad de Dios. Y ésa es la voluntad de Padre: mostrar el verdadero rostro del Padre, con amor, entrañas, misericordia y compasión.

Dominicos de Madrid

*  *  *

           La muerte de Juan Bautista, y el asesinato que había llevado a cabo Herodes, obligan a Jesús a marcharse a un sitio despoblado. Sin embargo, la multitud lo sigue para recibir sanación y consuelo. Jesús se compadece de ellos, y aunque han resultado sordos a su predicación, se preocupa por curar a los enfermos.

           Caída la tarde, los discípulos se inquietan al ver a la gente hambrienta, pero no tienen otra ocurrencia que decirles que se vayan y se compren lo necesario. Como si estuviéramos en el s. XXI. No obstante, Jesús se percata y les regaña, porque no siguen la lógica del Reino sino la lógica mundana. Y los invita a compartir: "Dadles vosotros de comer".

           Los discípulos estaban reservando para sí mismos lo que ellos consideraban su propio alimento. Pero Jesús les exhorta a que den todo eso que han almacenado, y en esa entrega generosa se producen resultados sorprendentes. La multitud empieza a compartir lo que tiene, en vez de guardarlo para sí misma. Así, la solidaridad se contagia y todos reciben lo necesario. Al final, queda un excedente que demuestra la lógica de Dios, mucho más perfecta que la mundana.

           Muchas iglesias se encierran en sus propias organizaciones, y se limitan a ayudarse a sí mismas. La vida de Jesús, por el contrario, las invita a abrirse a la multitud, aunque ni siquiera conozcan sus propósitos. La Iglesia tiene que ser solidaria con la multitud enferma, hambrienta y desorientada.

           Los sentimientos de compasión y caridad, que Jesús experimenta ante el pueblo abandonado, deben estar presentes en el espíritu que anima la acción apostólica de la Iglesia. De otra manera, ésta quedará atrapada en la lógica mundana, y no será signo del Reino ni tan eficaz como Dios.

Servicio Bíblico Latinoamericano