2 de Agosto

Martes XVIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 2 agosto 2022

a) Jr 30, 1-2.12-22

           Los cap. 30-33 de Jeremías, que hoy comenzamos a leer, constituyen el llamado Libro de la Consolación, y comienzan con un mandato del Señor: "Escribe en un libro todas las palabras que te he hablado".  Cuando el pueblo y sus responsables se dormían en la indiferencia o en la ilusión, Jeremías anunció duramente la desgracia que se acercaba.

           Una vez que la destrucción caldea de Jerusalén ya se ha realizado (ca. 589 a.C), Jeremías explica a los desesperados judíos la causa de todo ello: "Israel, tu herida es incurable, y tu quebranto irremediable. No hay nadie para ocuparse de ti. Todos tus amantes te han olvidado, ya no se preocupan de ti. ¿Por qué te quejas? Por tu gran falta, y por ser enormes tus pecados, te he hecho esto".

           Se trata de una frase dura, que merece una explicación. Pues el AT no hace nunca distinción entre lo que sucede por causas segundas (es decir, lo que proviene de las leyes naturales de la biología, de la historia, de la psicología humana...) y lo que procede de la causa primera (lo que Dios permite o quiere). Así, la Biblia suele atribuir directamente a Dios todo lo que sucede, incluso el mal: "Te he hecho todo este mal".

           Jesús rectificará claramente este juicio simplista, diciendo (a propósito del ciego de nacimiento) que "ni él ni sus padres pecaron, para que esto le sucediera". Eso sí, mantendrá que todo sucede porque el Padre lo permite, y para que se manifiesten las obras de Dios (Jn 9, 3).

           En 1º lugar, Dios ama de veras a los hombres, y de veras quiere su felicidad. Y hay una queja dolorosa en su boca ante los falsos amantes de la humanidad, que la abandonan a la 1ª dificultad: "Todos los amantes te han olvidado". Se trata, con toda probabilidad, de los ídolos extranjeros, por los que Israel se había fascinado.

           En 2º lugar, Dios es un esposo verdadero, que no abandona a los que ama. Y cuando aprieta el mal (interpretado como una consecuencia de los pecados, según los matices sugeridos), Dios continúa amando. Y he ahí lo que esto significa: "Mira: restableceré las tiendas de Jacob, me compadeceré de sus mansiones; será reedificada la ciudad sobre sus ruinas, el alcázar será restablecido en su lugar, saldrán de allí loor y gritos de alegría".

           Tenemos así una 1ª imagen: la reconstrucción de una ciudad destruida, una ciudad completamente nueva que surge de sus ruinas, como casa sólida y confortable de la que salen voces de alegría: "Los multiplicaré, los honraré, sus hijos serán como antes, y su asamblea se mantendrá en pie ante mí. Un jefe saldrá de entre ellos, y se llegará a mí y Yo le daré audiencia". Y una 2ª imagen: un pueblo próspero que se multiplica, que se reúne delante de Dios y que elige a su responsable (a quien Dios dará audiencia).

           Algunos exegetas subrayan que Jeremías no cita la palabra Jerusalén respecto a esa ciudad futura, pues la ciudad que el profeta entrevé para el futuro simboliza a toda ciudad reconstruida. Jeremías no cita tampoco la palabra rey, sino a un jefe no forzosamente de la estirpe de David (como anunciaba Isaías) y, en cualquier caso, elegido por la comunidad humana ("uno de ellos, de entre ellos saldrá") de forma cuasi democrática. "Y vosotros seréis mi pueblo, y Yo seré vuestro Dios". En los días venideros, encontraremos a menudo esta fórmula jeremíaca, que es una fórmula de Alianza.

Noel Quesson

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           El fragmento que acabamos de escuchar encabeza el Libro de la Consolación, posiblemente pronunciado por Jeremías (a excepción de algunos versículos añadidos) durante el tiempo de la Reforma Deuteronómica de Josías I de Judá. Fue destinado sobre todo al Reino del Norte, que por aquellos años, y ante la debilidad de Asiria, podía volver a tener esperanza de ser restaurado. El caso es que aparecen en él las ideas fundamentales de Jeremías sobre la restauración.

           El oráculo describe la restauración (vv.18-24), y viene a decir que todo Israel (las 12 tribus) regresará desde el exilio a la tierra prometida, que las ciudades serán reconstruidas, que todos volverán a dar gracias a Dios, que tendrán un soberano (uno de entre ellos) muy cercano a Dios y que finalmente volverá la situación ideal en la que "ellos serán el pueblo de Dios y él será su Dios".

           Poco después a este oráculo (Jr 31, 1-9), continuará anunciando Jeremías buenas noticias para Israel, describiendo la restauración en forma de regreso, de una nueva reunión en Sión, de una nueva liberación y de una nueva relación paterno-filial entre Dios y su pueblo.

           Jeremías es consciente de que la Reforma de Josías podía ser el comienzo de un nuevo tipo de vida, y por eso anuncia una restauración (del pueblo del norte) en que todo Israel volverá a sentirse profundamente interpelado por el Señor, al que experimentará como un "Padre que se preocupa siempre por el bien de sus hijos". No fue con ello Jeremías un ingenuo u optimista sin fundamento, sino que intuyó un futuro mejor y forjó desde la fe una nueva visión de la realidad.

           El cristiano está llamado a saber encontrar, en su vocación profética, aquellos signos de esperanza escondidos en cada situación de la sociedad, y a confirmar a los demás esta esperanza activa que los haga comprometer en las tareas de extender a todos los hombres el anuncio de la salvación y la conciencia de ser hijos del Padre. Eso no adormece en modo alguno, sino al contrario: impulsa una actividad, de acuerdo con el plan del Señor.

Rafael Sivatte

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           Los últimos capítulos que leemos de Jeremías pertenecen al Libro de la Consolación, que tienen un tono más esperanzador. Cuando todavía era posible, anunciaba Jeremías al pueblo el castigo, para invitarle a la conversión. Y ahora que ese pueblo ya ha sido totalmente destruido, les dirige palabras de ánimo, asegurándoles que los planes de Dios son, a pesar de todo, de salvación.

           La página de hoy empieza de una manera que parece trágica: "No hay remedio, no hay medicinas, tu llaga es incurable". Y el profeta le dice al pueblo que todo lo que le pasa es por culpa de "la muchedumbre de tus pecados", y que los males que sufren (la destrucción de Jerusalén, y su destierro a Babilonia) son un escarmiento, para que aprendan a ser más fieles a la Alianza. "Tus amigos te olvidaron y ya no te buscan", recordará Jeremías a los judíos, aludiendo a los falsos dioses con los que se habían amistado.

           Tras esa frase de escarmiento, muestra Jeremías a continuación al Dios misericordioso, que sigue amando a su pueblo a pesar de sus infidelidades: "Yo cambiaré la suerte de las tiendas de Jacob, y será reconstruida la ciudad, y de ella saldrán alabanzas y gritos de alegría". Y anuncia para el futuro una era más risueña: "Saldrá de ella un caudillo, y vosotros seréis mi pueblo, y Yo seré vuestro Dios".

           No sabemos a qué próximo futuro se refiere Jeremías: ¿al reinado de Josías? ¿O está hablando a los desterrados del Reino del Norte, anunciándoles la próxima Caída de Nínive y su regreso? La herida era incurable, pero Dios es un Dios que sabe curar: "Yo cambiaré", "Yo reconstruiré".

           Eso sigue siendo verdad ahora, y con mayor motivo. Porque Dios nos ha enviado a ese caudillo que guía a su pueblo a una nueva Alianza: Cristo Jesús. Nosotros pertenecemos a ese nuevo pueblo, y podemos alegrarnos de que nuestro Dios es el Dios de la misericordia y de la reconstrucción.

           En nuestra propia persona, en el barrio más cercano, o en la Iglesia, podemos estar viviendo situaciones que nos parecen "heridas incurables" y ruinas en el edificio. Escuchemos por eso la voz de Dios, que hoy nos dice: "Yo cambiaré vuestra suerte, y os multiplicaré, y vosotros seréis mi pueblo". No cabe el pesimismo, porque incluso del mal quiere Dios que saquemos bien. Estas situaciones de dolor o deterioro nos pueden servir para madurar, sin olvidar lo que nos dice el salmo responsorial de hoy: "El Señor reconstruirá Sión, y aparecerá en gloria, porque nos ha mirado desde su excelso santuario, y ha escuchado los gemidos de los cautivos". Sigamos creyendo en el futuro, en el paso de Dios y en su amor.

José Aldazábal

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           Un panorama demasiado sombrío nos presenta hoy Jeremías. Pero también pone frente a nosotros una gran esperanza, por el amor que Dios nos tiene y del que jamás ha dado marcha atrás (pues aunque nosotros hemos sido rebeldes a su Alianza, él siempre ha permanecido fiel): nosotros somos su pueblo, pero ¿será él nuestro Dios?

           Cuando nos hemos alejado de Dios hemos perdido nuestro punto de referencia, nuestro comportamiento moral y hasta nuestra madurez humana. Y hemos insertado nuestra vida en esta sociedad del egoísmo, de avidez por lo pasajero, de vicios y drogas que embrutecen, de fuertes dividendos a costa de la destrucción de los demás. Pareciera que se hubiesen abierto aquellas heridas incurables que un día supuraron, y que la podredumbre acabaría con las esperanzas de una nueva humanidad.

           Pero el Señor no puede permitir que su obra quede convertida en un montón de ruinas, y por eso él envió a su propio Hijo para restaurarnos, para que volvamos a amar con la fuerza de su Espíritu en nosotros, y para que volvamos a trabajar en la construcción un mundo más fraterno y más digno para todos.

           Pensar es necesario e inevitable en el hombre, como el comer o beber. Y descubrir plenamente la verdad es un sueño maravilloso, aunque inasequible (tanto para la razón como para la fe). De ahí que la verdad en el hombre (como el amor o la esperanza) haya de ir acompañada por la humildad, para hacer que vayan confraternizando ciencia e ignorancia, fortaleza y debilidad, grandeza y pequeñez, saber y creer, buscar y confiar. En el hombre noble, la fe es el portal por el que accede, desde su pequeñez, al palacio de todas las virtudes.

Dominicos de Madrid

b) Mt 14, 22-36

           Nos encontramos hoy ante un nuevo momento de la jornada leída ayer (la multiplicación de los panes), como 2 momentos no lejanos de la misma tarde. En efecto, Jesús obliga a sus discípulos a embarcar, tratando de alejarlos del escenario de la señal mesiánica y del contacto con la multitud (a la que él se encarga de despedir), tras lo cual sube él solo al monte, para orar (v.23).

           Se trata de la 1ª vez que habla Mateo de la oración de Jesús (la 2ª y última será la de Getsemaní; Mt 26, 36), posiblemente para alejar de sí la tentación del mesianismo triunfal. El hecho de obligar a los discípulos a embarcarse (separándolos de la multitud) insinúa que Jesús ora también por ellos, para que no cedan a la tentación de ese Mesías de poder.

           "Muy lejos de tierra" es la traducción actual de la literal "muchos estadios", en que cada estadio medía unos 185 m. "Andar sobre el agua" era atributo propio de Dios (Job 9,8; 38,16), y ante ello la reacción de los discípulos es de incredulidad, no reconociendo en Jesús al "Dios entre nosotros" (Mt 1, 23). De ahí que quiten toda realidad a su presencia, considerándolo un fantasma.

           La barca de los discípulos es figura de la Iglesia. Jesús los envía "a la otra orilla", adonde habían ido con él (Mt 8, 28); es decir, a un país pagano. La misión debe hacerse repartiendo el pan con todos los pueblos, como acaban de hacer en país judío.

           El viento contrario, que les impide llevar a cabo el encargo de Jesús, representa la resistencia de los discípulos a alejarse del lugar donde está la esperanza de triunfo, el liderazgo de las multitudes y el reparto de acciones extraordinarias (la multiplicación de panes) como norma de vida para el discípulo.

           Jesús se da a conocer. La palabra Ánimo disipa el temor provocado por la aparición, y la fórmula "Soy Yo" alude a su identificación con el Dios del AT (Ex 3,14; Is 43,1.3.10), suavizada con la fórmula "no tengáis miedo".

           Pedro desafía en cierto modo a Jesús. Lo llama Señor y le pide que le mande ir a él, volviendo a insistir en el poder milagroso de Jesús, y no en la fuerza del amor. Pedro quiere "andar sobre el agua" (participar de la condición divina), y Jesús no lo duda y lo invita. Todo el que sigue a Jesús está llamado a acceder a la condición de hijo de Dios, comportándose como lo hace el Padre (Mt 5, 9).

           Sin embargo, Pedro ve el viento (es decir, su efecto sobre el agua) y siente miedo. Esperaba la condición divina sin obstáculos y de manera milagrosa, y ha olvidado que el hombre se hace hijo de Dios en medio de la oposición y persecución del mundo (Mt 5, 10). Su petición a Jesús (Sal 18,5-18; 144,5-7) le vale un reproche, pues muestra su falta de fe.

           Pedro siente miedo porque no ha entendido el modo en que ha de hacerse la misión, con la entrega total. Su miedo está en paralelo con el de la 1ª travesía (Mt 8, 25), que tenía por motivo la desigualdad de fuerzas entre una sociedad y un grupo insignificante de individuos. En uno y otro caso, los discípulos (o Pedro) apelan a Jesús en los momentos de dificultad, forzándolo a intervenir. Tienen el concepto de salvación expresado en los salmos citados antes: una intervención milagrosa de Dios desde el cielo, que resuelva la situación desesperada del hombre. El concepto de Jesús es diferente: estando con él, el hombre se basta a sí mismo (Mt 19, 26), y ya está salvado.

           En cuanto Jesús sube a la barca cesa el viento (es decir, la oposición y resistencia de los discípulos a alejarse del triunfo humano). "Los de la barca", que representan a la comunidad cristiana, reconocen que Jesús es "Hijo de Dios". Nótese la ausencia de artículo, pues no se trata de "el Hijo de Dios" de la concepción tradicional, ni tampoco de un título exclusivo. Jesús es "Hijo de Dios", aludiendo a que también ellos pueden llegar a serlo.

           Terminada la travesía, tomaron tierra en Genesaret (v.34), antigua llanura de Gennesar, fértil y limitada al norte por Cafarnaum, y al sur por Magdala. De hecho, la barca no llega a la orilla pagana, ni los discípulos están preparados para la misión. Por eso Jesús tendrá que volver a repetir el episodio de los panes, enseñándoles de nuevo cómo han de ejercer la misión cuando vuelvan a territorio de paganos (Mt 15, 32-39).

           Los hombres del lugar, al reconocerlo, "avisaron a toda la comarca, y le llevaron todos los enfermos" (vv.35-36). Los hombres pueden relacionarse con los de Mt 14,21: los que ya conocen la eficacia de Jesús, han presenciado sus curaciones (Mt 14, 14) y difunden las noticias de Jesús. El mínimo contacto con Jesús (el vestido equivale a la persona) los hace salir de la penosa situación en que se encuentran ("todos los que lo tocaban se curaban"). Como toda la realidad de Jesús es vida, el mínimo contacto con él produce vida y salvación, en cualquier momento u ocasión.

Juan Mateos

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           El relato de hoy subraya la autoridad de Jesús al calmar la tempestad (Mt 8, 23-27), con el rasgo añadido de que camina sobre el agua. Después de haber enviado a los discípulos a entrar en la barca y a regresar a la otra orilla, Jesús despidió a la gente y finalmente tuvo un tiempo a solas para subir a la montaña y hablar con su Padre celestial durante la noche.

           La "cuarta vigilia de la noche" equivale a las 04.00 de la madrugada (una hora antes de amanecer, en Israel), y fue el momento en que Jesús se acercó a los discípulos, caminando sobre el mar y en medio de la tempestad. Las primeras horas de la mañana aparecen en los salmos como el momento del favor de Dios (Sal 90,14; 92,2; 143,8), y puesto que Dios tiene control sobre el mar, calma sus aguas (Sal 89, 10-11).

           Jesús da aquí testimonio de poseer el poder salvífico de Dios (Is 43, 10.12), y ante el temor de los discípulos (que creen ver un fantasma) les dice: "Soy yo, no temáis", recordando las garantías que Dios da a un pueblo de poca fe ("no temas, yo mismo te auxilio"; Is 41, 10.13.14).

           Pedro reacciona con fe al reconocer a Jesús. La llamada de Jesús y el caminar de Pedro sobre el agua presentan a éste, en cuanto representante de los Doce, como partícipe de la misteriosa fuerza y poder de Jesús mientras camina. Cuando se distrae por el viento, comienza a hundirse, simbolizando la negación (por vacilación) que Pedro hará de Jesús en el relato de la pasión (Mt 26, 69-75).

           El Señor salva a Pedro del hundimiento, tendiéndole la mano y agarrándolo, al tiempo que le reprocha ser "hombre de poca fe" (expresión común en Mateo; Mt 6,30-33; 8,26; 16,8; 17,20) a él y a sus compañeros, por no haber aprendido a confiar todavía en el poder de Dios, de forma incondicional. El término dudar es la única vez que aparece en Mateo (y en Mt 28,17), y viene a significar vacilar.

           Los discípulos muestran su adoración y asombro, exclamando: "Verdaderamente, tú eres Hijo de Dios". Con ello profundizan su visión del carácter divino de Jesús, que tiene autoridad incluso sobre el mar y el viento.

           Los 3 últimos versículos nos muestran a la gente de Genesaret (región de la ribera oeste del lago, al sur de Cafarnaum), que reúne a los enfermos para que Jesús los sane. Pese a la oposición y peligro inminente que representan los jefes religiosos y políticos, la gente sigue mostrando fe en el poder de Dios, y busca el reino de Dios.

Fernando Camacho

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           El pasaje que hoy leemos nos muestra elementos importantes para nuestra vida cristiana. El 1º es la necesidad de la oración de contemplación: a solas con Dios nuestro Padre. Y a ejemplo de Jesús, que sube solo a la montaña para estar cara a cara con Dios (como Moisés) y allí reza al Padre para superar las tentaciones de la fama (pues "las multitudes lo seguían"), de la soberbia (pues "querían hacerlo rey") y de un mesianismo terreno (Jn 6, 14), así como coger fuerzas ante la tempestad que se avecina de oposición.

           El 2º elemento reseñable del pasaje es el hecho de que Pedro pida a Jesús "caminar sobre las aguas". Aquí se ilustra la difícil situación del discípulo de Cristo en el mundo, y por lo tanto de nosotros creyentes en él.

           Esta vivencia de Pedro representa la forma de caminar hacia Cristo de cualquiera de nosotros, de cualquier cristiano en medio de una tempestad: somos sostenidos por el poder del Señor y nos hundimos debido a la debilidad de nuestra propia fe. Debemos identificarnos con Pedro, que grita: "Señor, sálvame" (Mt 8, 25). Jesús, también nos salva tendiéndonos la mano y agarrándonos.

           No olvidemos que la victoria es fruto únicamente de la fe en Jesús salvador (v.30); fe que excluye cualquier sentimiento de confianza en sí mismo, de entusiasmo inútil, de temor o de duda; que es grito de ayuda y de confianza en Aquel que puede salvar. Con frecuencia en la vida tenemos que caminar sobre las aguas tempestuosas del sufrimiento físico o moral, entre vientos de oposiciones violentas. No dudemos de él, pues él no permitirá que la prueba supere nuestras fuerzas (1Cor 10, 13).

           Finalmente, iluminada nuestra fe con la oración constante podremos fortalecerla y hacerla crecer con nuestras buenas obras como Jesús en Genesaret, sanando enfermos.

Emiliana Lohr

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           Después de la multiplicación de los panes, Jesús obligó a los discípulos a que se embarcaran y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

           Detalle sorprendente: "obligó a sus discípulos a marcharse". Es Juan quien explica esa anomalía (Jn 6, 14-15), pues la gente, maravillada por el milagro, quería arrastrar a Jesús a una aventura política, proclamándolo rey. Jesús conocía demasiado a sus propios discípulos (vinculados a esa misma perspectiva de mesianismo temporal), y fácilmente se hubieran unido a esa inoportuna manifestación. Por eso Jesús les obligó a que se alejaran de allí, y partiesen por mar.

           Entonces Jesús "subió al monte, para orar a solas". Contemplo en ti esa necesidad de orar que embarga tu corazón. Se ha probado desviarte de tu misión esencial. Por instinto vuelves a ella. Tu papel es espiritual, si bien tiene consecuencias importantes en lo material. Y al anochecer, "seguía allí solo". Realmente, para él eso era más importante que todos los asuntos terrenales. Pero ¿qué le decías al Padre, en ese anochecer? ¿Creo yo en el valor de la oración? Porque aparentemente es tiempo perdido, eso de pasar tiempo a solas con Dios.

           Mientras tanto, la barca "iba ya muy lejos de tierra, maltratada por las olas, porque llevaba viento contrario". Ésta es realmente la imagen de tu Iglesia, marchando a menudo contra corriente y en plena madrugada.

           Entonces se les acercó Jesús andando por el lago. Y los discípulos, viéndolo andar por el lago, se asustaron mucho, diciendo: "Es un fantasma". Y daban gritos de miedo, por la duda y el miedo. Sin embargo, fue Jesús quien les obligó a embarcar.

           Efectivamente, Jesús se les acerca de inmediato, y les dice: "Animo, soy yo, no tengáis miedo". Jesús no se presenta, sino que dice sencillamente: "Soy yo". Jesús inspira confianza, y eso desdramatiza.

           Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: "Sálvame, Señor". Jesús extendió en seguida la mano y lo agarró: "Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?". Cuando Pedro se encontrará en otras tempestades, mucho más graves para la Iglesia, en Roma; en las persecuciones que amenazarán la existencia de la Iglesia, recordará esa mano que agarró la suya, aquel día en el lago. Pedro es el 1º creyente, el primero que haya vencido la duda y el miedo.

           La fe, en su pureza rigurosa, va hasta ese salto a lo desconocido, ese riesgo que Pedro asumió más allá de las seguridades racionales: una confianza en Dios solo, sin punto de apoyo. ¡Señor, calma nuestras tempestades! Danos tu mano. Finalmente, el viento amainó.

Noel Quesson

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           El simpático episodio de Pedro, que se hunde en las aguas del lago, describe bien el carácter de este impetuoso discípulo y nos ayuda a sacar lecciones provechosas para nuestra vida.

           Después de la multiplicación de los panes, Jesús se retira al monte a solas a orar, mientras sus discípulos suben a la barca y se adentran en el lago. Durante la noche se levanta el viento y pasan momentos de miedo, miedo que se convierte en espanto cuando ven llegar a Jesús, en la oscuridad, caminando sobre las aguas.

           Ahí se convierte Pedro en protagonista: pide a Jesús que le deje ir hacia él del mismo modo, y empieza a hacerlo, aunque luego tiene que gritar "Señor, sálvame", porque ha empezado a dudar y se hunde. Pedro es primario y un poco presuntuoso. Tiene que aprender todavía a no fiarse demasiado de sus propias fuerzas (el evangelio no nos dice qué cara pondrían los demás discípulos al presenciar el ridículo de Pedro).

           La presencia de Jesús hizo que amainara el viento. La reacción del grupo de apóstoles está llena de admiración: "Realmente eres Hijo de Dios". Ante todo, mirándonos al espejo de Jesús, aprendemos cómo compaginaba su trabajo misionero (intenso, generoso) con los momentos de retiro y oración. No se trata de refugiarnos en la oración para no trabajar. Pero tampoco de refugiarnos en el trabajo y descuidar la oración. Porque ambas cosas son necesarias en nuestra vida de cristianos y de apóstoles.

           La barca de los discípulos, zarandeada por vientos contrarios, se ve fácilmente como símbolo de la Iglesia, agitada por los problemas internos y la oposición externa (cuando Mateo escribe su evangelio, la comunidad ya sabe muy bien lo que son los vientos contrarios). También es símbolo de la vida de cada uno de nosotros, con sus tempestades particulares.

           En ambos casos, hay una diferencia decisiva: sin Jesús en la barca, toda perece hundirse. Cuando le dejamos subir, el viento amaina. En los momentos peores, tendremos que recordar la respuesta de Jesús: "Ánimo, soy yo, no tengáis miedo". Y confiar en él.

           La aventura de Pedro también nos interpela, por si tenemos la tendencia a fiarnos de nuestras fuerzas y a ser un tanto presuntuosos. Por una parte, hay que alabar la decisión de Pedro, que deja la (relativa) seguridad de la barca para intentar avanzar sobre las aguas. Tenemos que saber arriesgarnos y abandonar seguridades cuando Dios nos lo pide (recordemos a Abraham, a sus 75 años) y no instalarnos en lo fácil. Lo que le faltó a Pedro fue una fe perseverante. Empezó bien, pero luego empezó a calcular sus fuerzas y los peligros del viento y del agua, y se hundió.

           La vida nos da golpes, que nos ayudan a madurar. Como a Pedro. No está mal que, alguna vez, nos salga espontánea, y con angustia, una oración tan breve como la suya: "Señor, sálvame". Seguramente Jesús nos podrá reprochar también a nosotros: "Qué poca fe, ¿por qué has dudado?". E iremos aprendiendo a arriesgarnos a pesar del viento, pero convencidos de que la fuerza y el éxito están en Jesús, no en nuestras técnicas y talentos: "Realmente eres Hijo de Dios".

José Aldazábal

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           Hoy no veremos a Jesús durmiendo en la barca mientras ésta se hunde, ni calmando la tormenta con una sola palabra increpatoria, suscitando así la admiración de los discípulos (Mt 8, 22-23). Pero la acción de hoy no deja de ser menos desconcertante: tanto para los primeros discípulos como para nosotros.

           Jesús había obligado a los discípulos a subir a la barca e ir hacia la otra orilla; había despedido a todo el mundo después de haber saciado a la multitud hambrienta y había permanecido él sólo en la montaña, inmerso profundamente en la oración (vv.22-23). Los discípulos, sin el Maestro, avanzan con dificultades. Fue entonces cuando Jesús se acercó a la barca caminando sobre las aguas.

           Como corresponde a personas normales y sensatas, los discípulos se asustan al verle: los hombres no suelen caminar sobre el agua y, por tanto, debían estar viendo un fantasma. Pero se equivocaban, pues no se trataba de una ilusión, sino que tenían delante suyo al mismo Señor, que les invitaba (como en tantas otras ocasiones) a no tener miedo y a confiar en él para desvelar en ellos la fe. Esta fe se exige, en primer lugar, a Pedro, quien dijo: "Señor, si eres tú, mándame ir donde tú sobre las aguas" (v.28).

           Con esta respuesta, Pedro mostró que la fe consiste en la obediencia a la palabra de Cristo. De hecho, no dijo "haz que camine sobre las aguas", sino que quería seguir aquello que el mismo y único Señor le mandara para poder creer en la veracidad de las palabras del Maestro. Sus dudas le hicieron tambalearse en la incipiente fe, pero condujeron a la confesión de los otros discípulos, ahora con el Maestro presente: "Verdaderamente eres Hijo de Dios" (v.33). Como dijo San Ambrosio:

"El grupo de aquellos que ya eran apóstoles, pero que todavía no creen, porque vieron que las aguas jugaban bajo los pies del Señor y que en el movimiento agitado de las olas los pasos del Señor eran seguros, creyeron que Jesús era el verdadero Hijo de Dios, confesándolo como tal".

Lluc Torcal

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           Jesús se va hoy al monte, par a orar a solas con el Padre y sacar la fuerza necesaria para su actividad. Y mientras, en la barca, los apóstoles están luchando contra el viento, que les era contrario. Desde la montaña donde está rezando, Jesús ve las dificultades de los apóstoles, y va en su ayuda caminando sobre el mar. Detrás de aquel suceso, de aquella contrariedad o dificultad, estaba Jesús, para que los apóstoles no temieran ni perdieran la confianza.

           Pedro empezó a caminar sobre las aguas cuando Jesús le llamó, sin temer las dificultades objetivas que tenía para llegar a él. Jesús, que no tenga yo miedo. Que no tema acercarme a ti, comprometerme, si me llamas. Aunque sea más cómodo quedarme en mi barca; aunque afuera haga mucho viento; aunque lo que me pidas sea imposible, dame la fe de Pedro para responder a tu palabra: Ven.

           Cuando pierdes la calma y te pones nervioso, es como si quitaras razón a tu razón. En esos momentos, se vuelve a oír la voz del Maestro a Pedro, que se hunde en las aguas de su falta de paz y de sus nervios: "¿Por qué has dudado?". Como dijo hace ya mucho tiempo por Juan Pablo II, en París:

"Abrid de par en par vuestras puertas a Cristo. ¿Qué teméis? Tened confianza en él. Arriesgaos a seguirlo. Eso exige evidentemente que salgáis de vosotros mismos, de vuestros razonamientos, de vuestra prudencia, de vuestra indiferencia, de vuestra suficiencia, de costumbres no cristianas que habéis quizá adquirido. Sí, esto pide renuncias, una conversión, que primeramente debéis atreveros a desear a pedirla en la oración y comenzar a practicar. Dejad que Cristo sea para vosotros el camino, la verdad y la vida. Dejad que sea vuestra salvación y vuestra felicidad" (1-VI-1980).

           Puede pasar que, tras los primeros pasos en el cumplimiento de ese propósito de seguirte, me canse, o vea con mayor claridad los defectos o las dificultades que tengo que vencer. Y si, al ver que no puedo, me pongo nervioso, entonces aún me hundo más. Es el momento de gritarte ¡Señor, sálvame!, a la vez que me dejo ayudar en la dirección espiritual. Si actúo con esa humildad, tú no tardarás en levantarme: Al punto Jesús, extendiendo su mano, lo sostuvo y le dijo: "Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?".

Pablo Cardona

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           Pasar a la otra orilla, e iniciar la travesía para alcanzarla. Todos fijamos la mirada en un más allá donde culminen nuestros deseos y esperanzas. Hacemos planes para lograr nuestras metas y objetivos. Tal vez partimos solos, mientras Jesús, a quien dejamos sólo, sube a orar ante su Padre Dios por nosotros; finalmente él jamás nos ha abandonado.

           Cuando la oscuridad, el desánimo y las contrariedades de la vida están a punto de desanimarnos, él se acerca no como un juez implacable que viene a juzgarnos, a castigarnos y a espantarnos. Él es el Dios misericordioso que nos invita a no tenerle miedo sino a recibirlo como compañero de viaje en la barca de nuestra propia vida, de nuestros trabajos, de nuestros logros y aparentes fracasos.

           Él se define como Dios ("Yo Soy"). Dios se acerca a nosotros despojado de todo, hecho uno de nosotros para tendernos la mano cuando el mal, el pecado y la muerte amenazan con acabar con nosotros. El verdadero discípulo de Jesús no puede trabajar al margen del Señor. Ojalá y los apóstoles se hubiesen quedado con Jesús, y junto con él hubiesen subido al monte a orar para después partir, junto con él, hacia la otra orilla; entonces las cosas habrían sido diferentes desde el principio.

           No partamos solos hacia la realización de nuestra vida y hacia el cumplimiento de la misión que el Señor nos ha confiado, de hacer llegar el evangelio de la gracia hasta el último rincón de la tierra. Aprendamos a unirnos en intimidad con Dios por medio de la oración humilde y sencilla. Aprendamos a partir junto con él, fortalecidos por su Espíritu Santo, a proclamar su nombre y a abrirle paso al reino de Dios entre nosotros.

José A. Martínez

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           Decir que se tiene fe cuando todo macha sobre ruedas, cuando la economía florece, cuando la salud no se quebranta, cuando el mundo abre sus flores para nosotros…ciertamente es fácil. Sin embargo la verdadera fe se prueba desafiando el mar, confiando ciegamente en el poder, el amor y la misericordia de Dios. La verdadera fe es la que nos hacer permanecer de pie en medio del mar cuando las olas y el viento se embravecen; cuando se pierde la salud, los negocios se tambalean, la fama y el honor se deterioran y se pone en juego todo lo que tenemos.

           El evangelio de hoy nos hace ver lo que significa creer que Jesús es verdaderamente, como lo reconocerán al final los demás, el "Hijo de Dios". Pedro desafía el mar y el viento, se dispone a hacer lo que parecería imposible para un hombre, pero confiado en la palabra de Jesús que le ha dicho ven, se lanza a la aventura de la fe.

           La prueba es fuerte y la fe se debilita. Sin embargo Jesús está cerca, y jamás permitirá que su intento fracase. En medio de nuestras pruebas, de nuestros hundimientos y naufragios, Jesús está ahí, para darnos una mano y llevarnos de nuevo al puerto. Jesús nos llama a hacer lo que parece ser imposible para el hombre: ser santos. Baja de la barca de tu seguridad y camina hoy hacia él.

Ernesto Caro

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           El mismo Jesús es quien hoy hace el elogio de los hombres de fe. No es elogio de pusilánimes sino de valientes y atrevidos, pero prudentes. No es elogio de conformistas y apocados sino de arriesgados que confían firmemente en el Señor de la palabra. No es elogio de miradas turbias ni de autosuficiencias sino del descubrimiento de la propia pequeñez mental que se goza en la luz de verdades nuevas con transparencias de eternidad que agrandan nuestro campo de visión.

           No se trata de un elogio de locas presunciones de sabios, ni de desprecios de los humildes. Sino de alabanza de los corazones y mentes que vislumbran posibles horizontes nuevos de verdad, de vida y de amor, y se ponen firmemente en manos de Dios, manantial de sabiduría. ¡Qué fuerte, Señor, es el débil vestido con el traje de luz que es la fe y confianza en ti!

Dominicos de Madrid

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           Dos claves importantes para leer este pasaje las encontramos en las dos modificaciones que introduce Mateo sobre el relato paralelo de Marcos: el episodio de Pedro caminando sobre las aguas y el reconocimiento final de Jesús como Hijo de Dios por parte de sus discípulos. Ambos detalles imprimen a este relato un tinte claramente eclesial y un valor simbólico.

           La escena inicial (vv.22-23) presenta de manera simbólica la situación en que se encuentra la Iglesia (la barca). Jesús esta lejos de ellos, mientras sus discípulos (la comunidad eclesial) se encuentran a merced del mar y de los vientos. Notemos que Mateo sólo habla de la oración de Jesús en 2 ocasiones: aquí y en el Huerto de los Olivos, y en ambos casos como hecho precedente a un momento de prueba.

           En la escena siguiente Mateo presenta a los discípulos en la barca acosados en la noche por vientos contrarios y sacudidos por las olas. Las olas y el mar representan en el AT las fuerzas del mal que Dios vence con su poder. Pero ahora es Jesús quien vence a esta fuerza maligna.

           El episodio de Pedro caminando sobre las aguas (vv.28-31) sólo se encuentra en este evangelio, y revela la importancia que tiene este apóstol en el 1º evangelio. En él, Pedro aparece como portavoz del grupo y recibe una instrucción y un encargo especial en la Iglesia.

           Con este relato donde Pedro es protagonista, Mateo ha querido resaltar la fragilidad de la fe de aquel a quien el Señor va a poner como piedra de cimiento de su Iglesia. Pedro se debate entre la confianza más absoluta en Jesús y el miedo. Mateo describe aquí la profunda experiencia de muchos discípulos: siguen a Jesús decididamente, pero las dificultades hacen que sucumban y que tengan que ser sostenidos por Jesús.

           En la última escena (vv.32-34) el desconcierto inicial de los discípulos se convierte en una confesión de fe: "Verdaderamente eres Hijo de Dios". Las palabras pronunciadas por los discípulos son las mismas que pronunciará Pedro en nombre de los 12 (Mt 16, 16) y el centurión romano al pie de la cruz (Mt 24, 57). Estas palabras reflejan la convicción de la Iglesia, que reconocía a Jesús como Hijo de Dios frente a los judíos (que dudaban de su divinidad).

Confederación Internacional Claretiana

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           Los discípulos tenían una actitud dependiente respecto a Jesús. Él, en cambio, los anima a embarcarse solos y a tomar la delantera en la misión. La Iglesia (fam. la barca) navega en la barca con viento contrario en medio de la oscuridad. Todavía retienen en su memoria la experiencia de la multiplicación de los panes y se preguntan por qué Jesús despidió a la multitud luego de que ha solucionado el problema del alimento.

           Jesús los sorprende en la mañana y los discípulos no lo reconocen. Él los anima identificándose. Pedro, que siempre quería saber si Jesús era el Mesías, pide una prueba para creer. Jesús accede, pero la fe de Pedro falla. El viento, que es símbolo de las fuerzas del mal, lo hacen temer y se hunde, aunque tiene a Jesús a la vista. Afortunadamente, el Maestro es solícito para ayudarlo y lo rescata a tiempo.

           Los discípulos experimentaron muchos temores, porque pensaban que Jesús no estaba con ellos. Temían al mal y creían que en cualquier momento la barca (símbolo de la Iglesia) sucumbiría a la acometida de las olas. También, con frecuencia, caían en la tentación de pedirle pruebas a Jesús, pero su fe fallaba. Jesús está atento, para ayudarles cuando se estén hundiendo, y navegar con ellos por el camino de la misión.

           Nosotros dudamos muy a menudo de la fuerza de Dios, y pensamos que nuestras vidas cristianas, por ser débiles y pequeñas, sucumbirán ante la presión del mundo. Sin embargo, Jesús siempre está ahí para decirnos: "Animo, no tengáis miedo". Debemos fortalecer nuestra fe en él y enfrentar las olas contrarias del mundo, que impunemente se levantan contra nuestra frágil barca.

Servicio Bíblico Latinoamericano