3 de Agosto

Miércoles XVIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 3 agosto 2022

a) Jr 31, 1-7

           En aquel tiempo dijo el Señor a Jeremías: "Yo seré el Dios de todas las tribus y familias de Israel, y ellas serán mi pueblo", recordando una vez más la fórmula de la Alianza ("yo seré tuyo y tú serás mío", en una pertenencia mutua, y en una reciprocidad de destino). Pero la fórmula está expresada en términos colectivos (se trata de un pueblo), y eso tiene una profunda significación colectiva.

           Lo que atañe a muchas personas, solidarias las unas de las otras, tiene mucha importancia para Dios, que hoy nos invita a concienciarnos de los pueblos y ambientes de este mundo, rogando por su evangelización y trabajando en medio de ellos. La Nueva Alianza de Jesús tiene también un aspecto colectivo, pues todos juntos formamos la Iglesia, y no los unos sin los otros (como diría Peguy). Por eso, hay que rogar por la Iglesia y por el conjunto de la humanidad.

           Tras lo cual, de nuevo habló el Señor a Jeremías: "En el desierto halló gracia el pueblo que se libró de la espada, y hoy camina hacia su descanso". Se trata del tema del pequeño resto de Isaías (Is 7, 3), que en el vacío de las horas más sombrías sabe conservar la esperanza. Y a ello alude Jeremías, en un tiempo en que todo parece perdido (Jerusalén, el templo, la raza judía...) y hay que levantar la cabeza. Israel camina hacia su descanso.

           De nuevo, y desde lejos, se le volvió a aparecer el Señor a Jeremías, diciendo: "Con amor eterno te he amado, y por eso he reservado gracia para ti. De nuevo te edificaré y serás edificada, doncella de Israel". Se trata del tema de la fidelidad de Dios, que viene a recordar que el contrato de Alianza de Dios con su pueblo no es un regateo (tú me das y yo te doy; yo seré fiel si vosotros sois fieles), sino una expresión de amor.

           En el fondo, recuerda Dios que él se ha comprometido a ser fiel aun cuando nosotros no lo seamos: "He reservado gracia para ti", algo que Jeremías conocía del profeta Oseas. Gracias, Señor, por esta fidelidad a toda prueba, en que tú nos dices "con amor eterno te he amado".

           Hay que dejar resonar en nuestro interior las ardientes palabras que Dios nos volvió a repetir en su Hijo Jesucristo: "Habiendo amado a los suyos en el mundo, los amó hasta el fin", que convierten a Jesucristo en el rostro concreto de esta declaración de amor de Dios a la humanidad.

           Tras lo cual, lanza Jeremías otras 3 nuevas imágenes sobre esta predilección de Dios:

1º "Doncella de Israel, de nuevo tomarás tus tamboriles de fiesta y pasearás entre danzas festivas". Se trata de una imagen inolvidable, que nos muestra la ternura del alma de Jeremías: una doncella feliz que baila de alegría. Es así como imagina Dios a la humanidad salvada, pasado el tiempo de la prueba.

2º "Aún volverás a plantar viñas". Se trata de una imagen de consuelo: un labriego feliz haciendo plantaciones, cuya viña es promesa del vino "que alegra el corazón del hombre" (Sal 104, 15).

3º "Pues habrá un día en que gritarán los centinelas en la montaña de Efraim: Levantaos y subamos a Sión; gritad de gozo y aclamad; que se oigan vuestras alabanzas y proclamad: El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel". Se trata de la última imagen: un pueblo peregrino, en marcha hacia el gozo de Dios con acciones de gracias. Es decir, un pueblo eucarístico que canta la acción de gracias de los que han sido salvados.

Noel Quesson

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           El cap. 31 de Jeremías debería incluirse en la antología de los mejores textos literarios de la historia de la humanidad. Se trata de una profecía del regreso feliz a la tierra prometida ("de nuevo"), y en ella el Señor se apiada de los que vagan por el desierto, a los que promete una vida feliz en la que será posible trabajar ("de nuevo plantarás viñas") y disfrutar ("tomarás tus panderos y saldrás a bailar alegremente").

           Cada vez que leemos las profecías de la restauración de Israel (tras su supuesta vuelta de Babilonia), tenemos que pensar que ese tiempo ya ha llegado, y que ese anuncio no se refiere al final de la historia, ni al Decreto de Ciro, sino a Jesucristo (en el cual reside toda la plenitud).

Gonzalo Fernández

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           Seguimos escuchando hoy las palabras de ánimo de Jeremías, que quiere que el pueblo no pierda la esperanza. El profeta advierte que el golpe del destierro va a ser duro, pero que los caminos de Dios siguen siendo caminos de salvación y reconstrucción.

           El lenguaje es entrañable, y en él Dios es el Dios de la Alianza, que ama y ayuda: "Con amor eterno te amé, y por eso prolongué mi misericordia contigo, doncella de Israel". Así que todavía "te adornarás y saldrás con panderos a bailar en corros", pues aunque todo parezca perdido, "todavía te construiré y serás reconstruida". No tiene desperdicio la página de Jeremías, si resulta que también nosotros nos encontramos en situación de desánimo. 

           Por una parte, haremos bien en aprender las lecciones que nos da la historia, reconociendo que algo de culpa habremos tenido nosotros en el deterioro de las cosas. Es lo que hizo Juan Pablo II en su carta convocatoria del Jubileo 2000, en la cual nos invitaba a un examen de conciencia:

"A las puertas del nuevo milenio los cristianos deben ponerse humildemente ante el Señor, para interrogarse sobre las responsabilidades que ellos tienen también en relación a los males de nuestro tiempo: la indiferencia religiosa, la pérdida del sentido trascendente de la vida, la atmósfera de secularismo y relativismo ético. ¿Qué parte de responsabilidad debemos reconocer en todo eso? Porque frente a la desbordante irreligiosidad que hoy impera, no hemos manifestado el genuino rostro de Dios" (TMA, 36).

           Pero por otra parte, el profeta nos invita a la esperanza, con un lenguaje optimista: "halló gracia", "camina al descanso", "te construiré y serás reconstruida", "te adornarás y saldrás a bailar", plantarás, cosecharás... Y eso no fue algo que sólo pasó hace 2.600 años, sino que Dios quiere que pase también ahora, según lo que dice el salmo responsorial de hoy: "El que dispersó a Israel lo reunirá, y lo guardará como un pastor a su rebaño. Entonces se alegrará la doncella en la danza, y gozarán los jóvenes y los viejos".

           No está hoy el mundo peor que en tiempos de Jeremías. Y si entonces tuvo solución (porque Dios lo seguía amando), hoy día ¿quién nos separará del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús? Que alguien suba hoy a la azotea y grite, con el profeta: "Es de día". E invite a todos: "Levantaos y marchemos con alegría al Señor nuestro Dios, pues el Señor ha salvado a su pueblo".

José Aldazábal

b) Mt 15, 21-28

           La violenta ruptura de Jesús con la doctrina oficial, descrita en el episodio anterior, le lleva hoy a salir del país judío. Es allí donde se encuentra una mujer cananea. Se llamaban cananeos los fenicios que vivían en el territorio ocupado después por los hebreos. Esta designación arcaica indica que la mujer, aunque pagana, vive entre las israelitas como griega (según Marcos) y fenicia de Siria (según Mateo).

           Por eso se dirige a Jesús llamándolo "Hijo de David", mostrando así conocer la tradición judía (Mt 9,27; 12,23) y reconociendo que la misión de Jesús se limita a Israel. El título Señor es el que dan a Jesús sus discípulos (Mt 14, 28.30).

           Entonces los discípulos se le acercaron a rogarle: "Atiéndela, que viene detrás gritando". Él les replicó: "Me han enviado sólo para las ovejas descarriadas de Israel". Ella los alcanzó y sé puso a suplicarle: "¡Socórreme, Señor!" (vv.23-26).

           Atiéndela (apolyson auten, en griego) significa no sólo despedir, sino también atender a una súplica o conceder una gracia (Mt 18, 27). La réplica de Jesús a los discípulos indica ser éste el sentido del texto: "las ovejas descarriadas" (Ez 34,4.6.16; Jr 10,21; Sal 119,176).

           La condición de Hijo depende de la fe de la persona (Mt 9, 2). La aparente repulsa de Jesús estimula la fe de la mujer pagana. Aun reconociendo que no tiene derecho a pedir ayuda, espera obtenerla. Como en el caso del centurión (Mt 8, 10), la fe le obtiene la curación, en espera de la salvación definitiva. La integración de los paganos en el Reino (Israel mesiánico) tendrá lugar después de la muerte de Jesús.

           Existe un paralelo con el caso del endemoniado sordo y mudo (Mt 12, 22). En ninguno de los 2 pasajes se dice que Jesús expulse al demonio, pero el individuo queda curado. En ambos casos, el demonio o ideología que posee a la persona es la del privilegio de Israel (Mt 12,23; 15,22); tampoco la mujer cree en la igualdad de Israel y los paganos; ella misma se considera inferior.

           Jesús le contestó: "No está bien quitarle el pan a los hijos para echárselo a los perros". Pero ella repuso: "Señor, también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos" (vv.26-27).

           La respuesta brusca de Jesús viene a afirmar que la compasión está por encima de la discriminación entre pueblos. Y sólo entonces Jesús cura a la hija. El caso de la mujer es semejante al del centurión que impide a Jesús entrar en su casa. Uno y otra se consideran inferiores a Israel, pero, a pesar de eso, ambos reconocen en Jesús una bondad que supera los límites de este pueblo. Esta fe obtiene la curación. Por eso, la frase final en cada episodio (Mt 8,13; 15,28) es la misma.

           La cananea y su hija son dos personajes que representan a un mismo colectivo: el paganismo. El estado de la hija figura la condición de los paganos (poseídos por una ideología contraria a Dios), y la petición de la madre representa el anhelo de encontrar salvación (en Jesús).

Juan Mateos

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           Nos encontramos hoy con un relato cargado de sentimiento que desnuda la personalidad de Jesús. En esta perspectiva, el sentido de este admirable relato podría ser el siguiente: los paganos no podrán pretender un acceso inmediato a la salvación (a la vida de la Iglesia, al Reino); pero si creen, como ha creído esta mujer, no puede negárseles este acceso.

           El relato pone de manifiesto la fe de esta mujer no en la invocación de Jesús como hijo de David, sino en la humilde insistencia con que ella pide la ayuda de Jesús. Humilde porque reconoce no tener ningún derecho inmediato a esta ayuda, ya que ella es pagana y sabe muy bien "que no se debe alimentar a los perros a costa de los hijos". Así, Jesús no debe favorecer a los paganos a costa de Israel.

           Jesús solo accede a la súplica de la mujer cuando ésta reconoce la separación ordenada por Dios entre el pueblo de Dios y los otros pueblos, es este reconocimiento lo que constituye la fe de la mujer. Ella ha comprendido que Jesús no es un curandero cualquiera que obra individualmente, sino el ministro de un designio de Dios que interesa primeramente al pueblo elegido.

           Se ha pensado frecuentemente que estos versículos deben venir de círculos judaizantes del cristianismo primitivo; es probablemente un error. Este diálogo sería judaizante si impusiera a la sirofenicia las condiciones legales judías como respuesta al gesto salvador de Jesús, pero éste no es el caso: a la humilde insistencia de su fe responde toda la gracia de Jesús, porque él otorga gratuitamente su amor a quien quiere. El gesto de Jesús hacia esta mujer muestra suficientemente que estos paganos van a tener parte en la totalidad de la salvación.

Fernando Camacho

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           La mujer cananea del evangelio de hoy nos enseña una gran lección de fe, humildad y perseverancia, a la hora de pedir a Dios lo que necesitamos para nosotros o para nuestros seres queridos. Ojalá aprendamos de ella esta tripe lección, y como ella consigamos de Dios las gracias que necesitamos.

           Una lección de fe, porque la fe es el 1º requisito para que mi oración sea escuchada. Jesús, tu siempre pides fe antes de hacer un milagro. Todo es posible para el que cree (Mc 9, 23). A veces, como en el caso de hoy, pones esa fe a prueba. Incluso puede parecer que no me escuchas, que no me quieres. Haces como el padre que enseña a andar a su hijo: se separa unos pasos, y cuando el niño (con gran esfuerzo) va a llegar a su padre, él se separa uno poco más. No se separa porque no lo quiera, sino para aprender a caminar. Cuando me pides más fe, no me dejes sólo. Me estas esperando para poder decirme: "Grande es tu fe. Hágase como tú quieras".

           Una lección de humildad, porque se acercó y se postro ante él, diciendo: "Señor, ayúdame". Esta es la actitud del alma humilde que se ve necesitada. Yo también he de acercarme a ti, y pedirte con humildad: Jesús, ayúdame. Sé que no me merezco nada, después de lo poco que he hecho por ti. Es verdad Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de las mesas de sus amos. Aunque no me lo merezca, Jesús, ten piedad de mí.

           Una lección de perseverancia, porque como explicaba Santa Teresa de Jesús a la hora de explicar este pasaje evangélico:

"Los discípulos te piden que atiendas a la mujer cananea pues vienen gritando detrás de nosotros. No se cansa de pedir, a pesar de que tú no les respondes. Ni siquiera se rinde cuando la pones a prueba diciendo que has sido enviado solo a las ovejas perdidas de la casa de Israel. No por eso desmaye y deje la oración y de hacer lo que todas, que a veces viene el Señor muy tarde, y paga tan bien y tan junto como en muchos años. Esta mujer no se cansa, y por eso recibe" (Camino de Perfección, XVII, 2).

           Jesús, que no me canse de pedir siempre lo mismo, si hace falta. Se que me escuchas y que me atiendes, pero soy como un hijo pequeño que, a veces, pide lo que no le conviene o en un momento que no conviene. Lo que puedo aprender de los niños pequeños es su perseverancia en el pedir: piden y piden, hasta que reciben.

           Persevera, aunque tu labor parezca estéril. Jesús, aunque parezca inútil mi esfuerzo, mi dedicación, mi petición, tú quieres que siga pidiendo. El simple hecho de pedirte cosas, me fortalece espiritualmente: aumenta mi fe, mi esperanza y mi amor a ti, me aumenta la gracia. Por eso, a veces, tú prefieres esperar un poco y aprovechas esa necesidad mía para que pida más y, por tanto, para darme más gracia. Que me convenza, de que la oración es siempre fecunda.

Pablo Cardona

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           Una mujer extranjera consigue de Jesús la curación de su hija. Es una escena breve, pero significativa. Jesús sale por 1ª vez fuera del territorio de Israel, a las fenicias Tiro y Sidón (actual Líbano).

           Mateo no sólo quiere probar el buen corazón de Jesús y su fuerza curativa, sino también el acierto de que la Iglesia en el momento en que escribe su evangelio se haya vuelto claramente hacia los paganos. Eso sí, anunciando primero a Israel el cumplimiento de las promesas, antes de pasar a los otros pueblos.

           Desde luego, Jesús no le pone la cosa fácil a la buena mujer. Primero le hace ver que no ha oído, y luego le recuerda lo de Israel y los paganos, o lo de los hijos y los perritos. No obstante, ella no parece interpretar tan negativas estas palabras, y reacciona con humildad e insistencia, hasta llegar a merecer la alabanza de Jesús: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas".

           La mujer pagana es un modelo de fe. Su oración por su hija enferma, que ella cree que está poseída por "un demonio muy malo", es sencilla y honda: "Ten compasión de mí, Señor" (clásico Kyrie, eleison).

           No se da por vencida ante la respuesta de Jesús y va respondiendo a las dificultades que la ponen a prueba. Es uno de los casos en que Jesús alaba la fe de los extranjeros (el buen samaritano, el otro samaritano curado de la lepra, el centurión romano) en contraposición a los judíos (los de casa), a los que se les podría suponer una fe mayor que a los de fuera.

           La fe de esta mujer nos interpela a los que somos "de casa", y que a lo mejor estamos tan satisfechos y autosuficientes, que olvidamos la humildad en nuestra actitud ante Dios y los demás. Tal vez, la oración de tantas personas alejadas, que no saben rezar litúrgicamente, pero que la dicen desde la hondura de su ser, le es más agradable a Dios que nuestros cantos y plegarias, si son rutinarios y satisfechos.

José Aldazábal

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           Se nos narra el encuentro de una mujer cananea con Jesús en la región de Tiro y Sidón, fuera de los límites de Israel. La mujer le pide ayuda para curar a su hija endemoniada. Jesús no le responde porque considera que Dios lo ha enviado "sólo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel". La insistencia de la mujer es tan fuerte que obliga a Jesús a ensanchar su campo, a comprender que el amor del Padre no tiene límites.

           Más que la fe de la mujer (en la que solemos insistir a menudo), lo que me sorprende es la apertura de Jesús, y su audacia para ir más allá de lo  razonable, aludiendo a un "Dios mayor" y escuchando su voz a través de los gritos de sus criaturas más necesitadas.

           Hoy nos encontramos en una situación cultural en la que la fe se ve retada a superar sus límites, a entrar en otros campos, a responder a muchos gritos que no encuentran respuesta. El verdadero pastor es el que sabe escuchar los gritos de su pueblo. En las últimas semanas me han llamado la atención las declaraciones del nuevo arzobispo de Canterbury, Rowan Williams. Me recuerdan a las del antiguo maestro general de los dominicos, el p. Timothy Radcliffe. Resultan chocantes, y rompen nuestras convicciones tradicionales. Pero si no existieran voces de este tipo, ¿cómo podríamos seguir hoy rompiendo barreras?

Gonzalo Fernández

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           Hoy escuchamos a menudo expresiones como "ya no queda fe", dichas por personas que piden a nuestras parroquias el bautizo de sus hijos, la catequesis de los niños y el sacramento del matrimonio. Esta palabra ve el mundo en negativo, muestra el convencimiento de que cualquier tiempo pasado fue mejor y que ahora estamos al final de una etapa en la que no hay nada nuevo que decir, ni tampoco nada nuevo por hacer.

           Evidentemente, se trata de personas jóvenes que, en su mayoría, ven con un cierto tono de tristeza que el mundo ha cambiado tanto, desde sus padres, que quizás vivían una fe más popular, que ellos no se han sabido adaptar. Esta experiencia les deja insatisfechos y sin capacidad de reacción cuando, de hecho, quizás están a la entrada de una nueva etapa que conviene aprovechar.

           El evangelio de hoy capta la atención de aquella madre cananea que pide una gracia para su hija, reconociendo en Jesús al Hijo de David: "Ten piedad de mí, Señor, hijo de David. Mi hija está malamente endemoniada" (v.22). El Maestro se queda sorprendido ("mujer, grande es tu fe"), pero no puede hacer otra cosa que actuar a favor de aquellas personas ("que te suceda como deseas"), aunque eso no parezca entrar en sus esquemas. No obstante, en la realidad humana se manifiesta la gracia de Dios.

           La fe no es patrimonio de unos cuantos, ni tampoco propiedad de los que se creen buenos, de los que lo han sido, o de los que se han puesto la etiqueta eclesial. La acción de Dios precede a la acción de la Iglesia, y el Espíritu Santo está actuando ya en personas de las que no hubiéramos sospechado que nos traerían un mensaje de parte de Dios. Dice a este respecto San León Magno: "Amados míos, la virtud y la sabiduría de la fe cristiana son el amor a Dios y al prójimo: no falta a ninguna obligación de piedad quien procura dar culto a Dios y ayudar a su hermano".

Jordi Castellet

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           El pasaje de hoy, en el que Jesús podría aparecer como una persona dura y racista, nos da una gran lección a todos los que, como los judíos de su tiempo, piensan que por pertenecer al pueblo elegido tienen privilegios ante Dios, e incluso que la sola pertenencia a ese pueblo otorga la salvación.

           Jesús muestra con toda claridad que no obstante y que su misión sobre la tierra se concretó al pueblo de Israel, lo que hace que los hombres formen parte del pueblo no es la raza, sino la fe. Es importante que tanto en este pasaje como en el del centurión romano Jesús exclama: "Grande es tu fe".

           Lo importante no es entonces simplemente el hecho de ser bautizados, sino el hecho de que la fe en Cristo, como Dios y Señor se manifieste a los demás. Fe que debe ser patente en una relación amorosa y confiada en la providencia de Dios, y al mismo tiempo en caridad y misericordia para con los que nos rodean.

           De nuevo se retorna a aquella expresión de Jesús: "No todo el que me diga Señor, Señor se salvará, sino los que hacen la voluntad de Dios". Si verdaderamente nosotros creemos que Jesús, es Dios y Señor, nuestra vida debe testimoniarlo. Al mismo tiempo, como lo ha afirmado el Concilio Vaticano II, debemos reconocer que el Espíritu actúa de un modo que solo él conoce en las almas de todos los hombres (GS, 22) y por lo que no podemos despreciar ni juzgar a ninguno de nuestros hermanos que no profesan nuestra misma fe.

Ernesto Caro

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           El evangelio de hoy me deja perplejo ante la actitud de los discípulos, que ante la acción de la mujer cananea (de ir gritando detrás de ellos) se desesperan y piden al Señor que la atienda. Por otro lado me sorprende la actitud de Jesús, la cuál encierra un propósito doble.

           El 1º propósito de Jesús es el de enseñanza a sus propios seguidores, en tanto que esta mujer no es de ese círculo (del pueblo de Israel, ni de la tradición israelita), y sin embargo insiste para que Jesús la atienda.

           El 2º propósito de Jesús es el de la enseñanza a la propia mujer. Ella tiene fe, aunque tal vez no sepa que la tiene, por lo menos en los términos israelitas acostumbrados. Sin embargo, a ella no le importan los aparentes rechazos de Jesús, y sigue insistiendo. Su perseverancia consigue el reconocimiento de su fe por parte de Jesús, y la sanación de su hija.

           De todo esto tenemos que aprender nosotros, que ante la 1ª insinuación a la perseverancia y a la espera en la oscuridad de la fe, abandonamos el camino, perdemos la batalla, y creemos que Jesús nos ha abandonado.

Miosotis Nolasco

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           Detengámonos un momento a repensar metódicamente, y con gratitud, el mensaje que se contiene en el encuentro de Jesús con la mujer cananea. La cananea tiene una hija muy enferma, y al enterarse de que el famoso profeta judío pasa por allí, se acerca a él con plena confianza, olvidándose de que ella es cananea y él judío. El amor hace todos hermanos.

           En un 1º momento, Jesús guarda silencio, pero se siente herido en el corazón. En un 2º momento abre sus labios y reconoce que los primeros destinatarios de su mensaje salvífico son los hijos de la Casa de Israel, no los extraños. Pero al explicar todo eso con gran ternura, la cananea se siente acogida, y pronuncia unas frases que manan de su imaginativo corazón: "Me bastan las migajas de los perrillos en la Casa del Señor". Y eso rasga el corazón de Jesús: "Grande es tu fe, grande es tu confianza, grande es tu amor".

           La salvación es ofrecida en 1º lugar a los hijos, al pueblo elegido del AT. Pero no importa que no pertenezcamos al pueblo de Israel, porque Dios tiene también compasión de nosotros, y hace que nos levantemos de todo aquello que ha puesto en peligro nuestra salvación. Ya San Pablo nos dice que siendo Cristo el árbol de olivo verdadero, nosotros, cortados del olivo silvestre, hemos sido injertados en el Señor para alcanzar en él la salvación (no algo reservado a los judíos, sino herencia del mundo entero).

Dominicos de Madrid

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           En el texto de hoy se nos presenta a Jesús que "se marchó de allí y se retiró al país de Tiro y Sidón" (v.21), abandonando la propia patria y marchando a un país extranjero (en el AT, prototipo de resistencia a la salvación; Mt 11,21).

           La continuación del relato explicita la sugerencia inicial. En él se narra el encuentro de Jesús con una mujer cananea, que acaece en la presencia de los discípulos que intervienen en este pasaje como mediadores (v.23). La cananea se acerca con una actitud semejante a la de los discípulos en la barca (Mt 14, 26). Llama Señor a Jesús y "se postra". Y en esas condiciones, expone su necesidad: su hija está poseída del demonio.

           En un 1º momento, Jesús no atiende a la petición, y prefiere callar. Pero ante la intervención de los discípulos (que quieren liberarse de los gritos de la mujer) proclama que su misión está limitada "a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (v.24). Es el mismo límite marcado para la misión de los discípulos en Mt 10,6.

           La nueva petición de la mujer recibe una respuesta desconsiderada: "El pan es para los hijos, y no para arrojarlo a los perritos". Sin embargo, la dureza de la respuesta no hace ceder a la mujer en su intento. Aceptando los términos en que se plantea, y con una actitud de humildad, constata que el pan sobrante de la mesa de los hijos sirve de alimento a los perritos. De esta forma hace posible un nuevo estatuto de los paganos en el Reino. Su fe auténtica le permite el ingreso a éste.

           Jesús se ve obligado a admirar la fe de esa extranjera, como había admirado precedentemente la fe del centurión (Mt 8, 10). Como en el caso de este último, se muestra la eficacia de una adhesión que permite alcanzar lo que se quiere (Mt 8, 13). De esa forma se cumple la profecía de Isaías consignada en Mt 13,15. En la "hija curada" se hace patente la curación de todo aquel que comprende con el corazón y se convierte.

           Ante este relato, la comunidad cristiana está llamada a superar los escrúpulos y dudas referentes a la actuación de la dimensión universal del evangelio. Los gritos del paganismo deben llevar de nuevo a la Iglesia a interceder por ellos ante Jesús. Y esta actitud del discípulo debe repetirse cada vez que los particularismos culturales (o de cualquier otro tipo) obstaculicen la actuación de la salvación universal.

Confederación Internacional Claretiana

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           Al contrario de lo que le ocurría en tierra judía, Jesús encuentra unas extraordinarias demostraciones de fe en tierra gentil. En el caso de la fenicia de hoy, al decirle: "Señor, socórreme". Respuesta que sorprende a Jesús, pero no porque su acción no estuviese dirigida también a los extraños (y no sólo a las ovejas perdidas de Israel), sino porque las expresiones de fe de los extraños superaban con creces las de su pueblo, incluso las de sus propios discípulos.

           La mujer cananea se dirige a Jesús con el título mesiánico de "Hijo de David". Jesús guarda silencio, y los discípulos se emplean en despacharla, para que no los importune. Jesús responde a la mujer señalando los límites de su misión, pero acaba conmovido por la respuesta de la mujer, y da paso a la misericordia. Reconoce Jesús que la fe de esta mujer es capaz de liberar a su hija del mal (demonio) en que ha caído.

           La insistente súplica de la mujer se comprende mejor si la ubicamos en su contexto cultural e histórico. En la cultura judía las mujeres estaban marginadas y no podían hablar a los varones, y mucho menos a un profeta judío. Además, las mujeres paganas estaban excluidas por no pertenecer al pueblo judío, y la enfermedad era un nuevo título de exclusión de la comunidad. Muchos motivos de exclusión acumulaba pues esta mujer sobre sí misma.

           Pero Jesús se salta todas esas barreras de la cultura, de la ley y el protocolo, para mostrar que la solidaridad y la compasión están por encima de cualquier frontera. Cuando Jesús dialoga con mujeres y reconoce sus valores, rompe con la mentalidad vigente y establece el verdadero valor de las personas como hijos de Dios y receptores del Reino.

           Nosotros somos a veces como los discípulos, que tratamos de librarnos de las molestias que nos causan las personas necesitadas. Pero para crecer como cristianos debemos tener los mismos sentimientos de Jesús, y actuar con la misericordia y compasión de Jesús, aunque seamos limitados.

Servicio Bíblico Latinoamericano