5 de Agosto

Viernes XVIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 5 agosto 2022

a) Nah 2,1-3; 3,1-3.6-7

           Leemos hoy un libro profético muy corto (de 3 páginas), el de Nahúm, contemporáneo de Jeremías que vive inmerso en el período agitado que precede al derrumbamiento de Jerusalén bajo Nabucodonosor II de Babilonia (ca. 589 a.C).

           Se trata de un profeta que, una vez más, dejar vagar la imaginación, partiendo de una imagen muy concreta: "Mira correr por las montañas al mensajero que anuncia la paz". Se trata de un mensajero que parte veloz, y corre y corre con todas sus fuerzas para ir a anunciar a sus conciudadanos una buena noticia. Llega resoplando, y al llegar grita a pleno pulmón su mensaje: tras victoria, volverá la paz.

           En concreto, anuncia a todos Nahúm: "Celebra tus fiestas, Judá, y cumple tus votos. Porque el malvado ha sido exterminado, y no volverá por ti. El Señor restablecerá la viña de Israel, después que los saqueadores la hubieran saqueado y destruido en sus sarmientos".

           Estas cosas se dijeron en plena crisis de conquista y golpes caldeos sobre Judá (Reino del Sur), y en un momento en que Israel (Reino del Norte) titubeaba bajo los golpes de los ejércitos asirios. ¿Soy yo capaz de esperar? ¿Y en los momentos en que todo parece perdido?

           Cuando Nahúm profetiza, Nínive, capital de Asiria, está en el apogeo de su poder ("ay de ti, Nínive, ciudad sanguinaria, llena de violencias e incesante pillaje"). Los bajorrelieves que llenan los museos son testigos de esta civilización prestigiosa y violenta, que en su época hizo temblar al mundo (incluyendo a Egipto, cuya capital Tebas sucumbió al Imperio Asirio). Ahora bien, tal y como predijo Nahúm, Nínive se derrumbó bajo la embestida de Babilonia, 50 años después de profetizarlo el profeta.

           Al describir por adelantado esta caída de la orgullosa Nínive, lo que canta el Nahúm es la esperanza de los pobres, y que todas las pequeñas naciones, hasta ahora aplastadas, podrían levantar la cabeza. Pero escuchemos completa esta áspera profecía, porque se cumplió al pie de la letra:

"Ay de ti, Nínive. Escucha el chasquido de los látigos, el estrépito de las ruedas, el galope de los caballos, la oleada de los carros. Escucha la caballería que avanza, el flamear de espadas, el centellear de lanzas. Y contempla la multitud de heridos, los montones de muertos y los cadáveres por doquier, que se van tropezando unos con otros. Arrojaré inmundicia sobre ti, te deshonraré y te pondré como espectáculo".

           Cuando Asiria se proclama dueña del mundo, su nueva capital Nínive (sucesora de la vieja Assur) no era solo la capital de un imperio poderoso, sino el símbolo del orgullo y de la violencia, de los fraudes y de las violencias, de la barbarie y la brutalidad, como algo extraño a aquel tiempo y a aquella civilización.

           Nínive era el prototipo de ciudad que quería (y consiguió) destruir el mundo, y eso para Nahúm no podía durar, sobre todo delante de Dios. Por eso, según el profeta no duraría mucho en el mapa, y sería destruida. En la actualidad, Nínive cuenta con otra serie de nombre: gobernantes sin escrúpulos, sistemas económicos abusivos, opresión de los indefensos... Pero los imperios caen, y la historia continúa (en muchas ocasiones, repitiendo la misma cantinela).

           Nínive, la maravilla del mundo antiguo, es hoy sólo un campo de ruinas. ¿Podemos imaginarnos a Roma, París, Nueva York, o Moscú, en ruinas? Meditemos sobre la fragilidad de las cosas. Porque la conciencia del hombre moderno no se siente habitualmente cómoda ante estas expresiones, pero ¿cómo podría Dios alegrarse de ver una nación castigada? De hecho, sabemos que la historia humana es, en parte, el resultado de la libertad humana, con su mezcla de generosidad y pecado.

Noel Quesson

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           La 1ª lectura de hoy está formada por 2 fragmentos que nos dan una visión bastante completa del contenido y mensaje del corto libro de Nahúm. De Nahúm sabemos tan sólo que debió de escribir entre la caída de Tebas (Nah 3, 8) bajo los asirios, y la conquista de Nínive por parte de los babilonios (ca. 612 a.C).

           Los vv. 1-8 del cap. 1 nos presentaban a Dios como vengador y "lleno de ira hacia sus enemigos", que no es indiferente al mal. Y como Padre "bueno y confortador con aquellos que confían en él". Israel tenía la seguridad de que Dios estaba con él, que le ayudaba y le sostenía. Pero esa convicción fue revisada y profundizada con motivo del Asedio de Jerusalén (ca. 604) y Caída de Jerusalén (ca. 589 a.C), sobre todo en los años del destierro a Babilonia (de unos 50 años).

           Los vv. 1-11 del cap. 3 serán la continuación del capítulo que hemos escuchado hoy: el castigo a los asirios, por parte de aquellos pueblos que habían tenido la mala suerte de ser derrotados y destruidos por ellos.

           Ciertamente, las palabras que emplea Nahúm son muy acertadas, y al leerlas dan la impresión de estar presentes en la conquista de Nínive: "Estrépito de ruedas, galopar de caballos, lanzas fulgurantes, cadáveres sin fin" (Nah 3, 2). Pero lo importante es la explicación teológica que da Nahúm: Nínive fue castigada porque "con sus fornicaciones compraba pueblos" (Nah 3, 4), y los adulaba ofreciéndoles acceso a lo sobrenatural independientemente de Dios y de su revelación.

           Es constante que en los regímenes despóticos se dé la combinación, no casual sino consciente, de acciones sanguinarias con coberturas ideológicas que "entusiasman y seducen". Y Asiria, como dice Nahúm, fue un buen ejemplo de ello (Nah 3, 1-4), a través de sus imponentes palacios, lamasus alados insuperables, realismo escultórico extremo, cacerías festivas y esoterismo religioso. Pero Dios estaba por encima de esa adulación idolátrica (Sal 11, 4-8), y por eso la sometió a la espada.

           Dios no es un Dios ambivalente (a la vez bueno y malo, dependiendo del día), pero sí aprueba la conducta del bueno y castiga la del malvado. Y para que quede constancia, siempre ofrece la conversión previa al que va a castigar. Con Nahúm, la definición de Dios sigue siendo la del Exodo: "Yo soy el que estoy, y estaré a vuestro lado" (Ex 3, 13).

Luis Armengol

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           Terminadas las lecturas de Jeremías de las 2 semanas precedentes, escuchamos hoy una síntesis del breve libro de un profeta poco conocido: Nahum, del s. VII a.C.

           Se trata de un libro lleno de ideas guerreras, en que el profeta se alegra de la caída de Nínive por haber destruido Samaria y llevado al destierro al Reino del Norte (ca. 721 a.C). No obstante, Nahúm amplía esta alegría a la de los pueblos vecinos, cuyo odio hacia los asirios había ido in crescendo tras los actos sanguinarios y crueles de Asiria.

           En concreto, Nahúm se alegra de la caída de Nínive en manos de los medos y babilonios (que por lo visto la arrasaron), y describe con trazos muy realistas la destrucción de la perversa ciudad (látigos, carros, caballos, espadas, lanzas, heridos, cadáveres...). Dicha ruina de los asirios supone, de momento, la paz para Israel ("el heraldo que pregona la paz"), y llena de alivio también a Judá (aunque más tarde resulte que los babilonios no sólo conquistaron Asiria, sino también Judá).

           La historia va dando vueltas, y los imperios que parecen más firmes se van desplomando, hace miles de años y ahora. Como cantaba en su Magníficat María de Nazaret, "Dios derriba de sus tronos a los poderosos". O como canta el salmo responsorial de hoy, de otra manera: "El día de su perdición se acerca, porque el Señor defenderá a su pueblo y tendrá compasión de sus siervos. Mirad: yo doy la muerte y la vida".

           Para que sea verdad lo que dijo Jesús ("los que empuñan espada, a espada perecerán"; Mt 26,52), no hace falta que Dios esté castigando a diestra y siniestra, porque la historia misma, con sus fuerzas interiores, va acelerando las subidas y caídas, y encargándose de que el mal no quede impune, y de que los orgullosos reciban lecciones de humildad.

           Páginas proféticas como la de hoy nos enseñan a ver la historia con perspectiva, a no entusiasmarnos demasiado por nadie ni por nada, a no a hundirnos tampoco por nadie ni por nada. Y sobre todo, a confiar siempre en el amor de Dios, que nunca cierra las puertas al futuro, que siempre tiene planes de repuesto para salvar a los que quieren ser salvados, y que "a los pobres los llena de bienes, y a los ricos los despide vacíos".

José Aldazábal

b) Mt 16, 24-28

           Jesús se dirige hoy a los discípulos para exponerles las 2 condiciones del seguimiento, si de veras están dispuestos a "venir conmigo", como acto de adhesión inicial que luego continuará en el seguimiento. Las condiciones que va a exponer Jesús muestran que el destino del discípulo es el mismo del Mesías, y son "renegar de sí mismo" y "cargar con la propia cruz".

           "Renegar de sí mismo" significa renunciar a toda ambición personal, y es una nueva formulación de la 1ª bienaventuranza (los pobres en el espíritu). "Cargar con la propia cruz" significa aceptar ser perseguido y aun condenado por ser seguidor de Jesús, y equivale a la última bienaventuranza (los perseguidos por su fidelidad). Cumplir estas 2 bienaventuranzas constituye la esencia del discípulo (Mt 5, 19).

           Nótese la estructura del pasaje, porque Jesús expone las 2 condiciones para seguirlo (v.25) para proponer a continuación 3 argumentos (vv.25.26.27) que probarían que, a pesar de la aparente dureza de las condiciones, éstas son las únicas sensatas:

-para poner a buen seguro la vida, para lo que hay que perderla (pues sólo queda lo que damos);
-para ganar el mundo entero, algo que no sirve de nada si tras ello perdemos la vida;
-para que Dios tenga en cuenta esa entrega generosa, de la vida por amor a los demás.

           La verdadera realeza del Hijo del hombre se muestra claramente en el trono de la cruz. Ser rey no es dominar y gobernar, sino servir y mantenerse así hasta la muerte, como único camino para engendrar vida.

Juan Mateos

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           El texto evangélico de hoy se inicia con un "Jesús dijo a los discípulos", que sirve de introducción a una enseñanza sobre las exigencias de la vida cristiana. Se parte de la afirmación del seguimiento como elemento constitutivo fundamental de la vida del discípulo. Un seguimiento que se define en su relación con Jesús en su camino histórico de pasión, anunciado precedentemente (v.21), y en su venida gloriosa para el futuro.

           El texto vuelve sucesivamente su mirada al presente (entendido como "negación de sí mismo" y como "tomar la propia cruz"; v.24), al futuro (entendido como "venida del Hijo del hombre entre sus ángeles, con la gloria de su Padre"; v.27) y a la contemporaneidad de ambos en la vida del discípulo ("algunos de los aquí presentes no morirán sin ver al Hijo del hombre venir").

           De esta forma el presente y el futuro se encuentran no solamente ligados como una causa y su efecto, sino también en la existencia histórica y concreta de cada seguidor de Jesús.

           La esperanza cristiana se presenta, por otro lado, íntimamente asociada a la historia del dolor y del sufrimiento humano. Sin fatalismos ni búsqueda de padecimientos, las circunstancias históricas en que se desarrollan la vida de Jesús y del discípulo exigen la capacidad de asumir el padecimiento necesario, para la transformación de la realidad y en vistas a adecuarla al designio divino.

           Con 3 solemnes porque, Jesús describe el camino que se debe recorrer: perder la propia vida, para recobrarla en la resurrección. De esta forma contrapone su actuación de entrega generosa a la búsqueda egoísta de perpetuarse a sí mismo.

           Esta última puede llenar las preocupaciones personales, pero se revela infructuosa y estéril. Se puede ganar el mundo entero, pero esto no asegura la continuidad de la existencia, ni nada es suficientemente valioso para recobrar la vida que se ha perdido. Sólo la identificación con Jesús, hecha realidad en el seguimiento que lleva a recorrer el mismo camino recorrido por Jesús, puede hacer que el presente adquiera perennidad y consistencia plena.

           Frente a frente se encuentran de nuevo las 2 opciones que delante de sí tiene toda existencia humana: la búsqueda egoísta de sí mismo (que no puede dar una respuesta satisfactoria al ansia humana de supervivencia) y la espera de un futuro juicio de Dios (en cuyo caso las acciones humanas adquieren consistencia).

           Sólo la capacidad y donación semejantes a las mostradas por la actuación de Jesús, son los criterios que pueden asegurar la supervivencia. El presente se coloca de esta forma en íntima relación con el futuro, en el ámbito en que éste puede ser construido según el designio de la gloria de Dios.

           Pero esta realidad no se posterga para ese momento posterior, sino que ya en el presente es operante en la vida del discípulo, que puede hacer experiencia de ella, y verla antes de morir. De esa forma, el futuro se hace realidad en la existencia del discípulo, que tiene la posibilidad de acceder a ese Reino anticipadamente, compartiendo la suerte de Jesús.

Fernando Camacho

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           Ser seguidor de Jesús significa entregarse totalmente a Dios y estar dispuesto a seguir a Jesús en todos los aspectos de su papel de Siervo, incluso llevando la cruz. La enseñanza de esta sección ha sido anticipada en las palabras acerca del martirio (Mt 10, 38-39), y viene a decir que no puede haber renovación si no se muere a las formas viejas de pensar. El verdadero discipulado se vive a la luz del juicio venidero, donde quienes hayan perdido su vida por causa de Jesús la encontrarán en medio de las bendiciones del Padre (v.27).

           Jesús, como Hijo del hombre, estará sobre el trono de la gloria para llevar a cabo el juicio en nombre de Dios (Dn 7,13.14.27; 1 Henoc 45,3; 55,4). La afirmación de que algunos de los discípulos allí presentes "lo verán venir" en su reino (Dn 7, 13-14) "durante su tiempo de vida" es una predicción de que presenciarán la acreditación de Jesús en la resurrección, y su venida triunfante con su discurso de entronización (Mt 28, 18-20). De hecho, el juicio que ha de venir pronto sobre Jerusalén es el comienzo del juicio del Hijo del hombre (Mt 24, 1-8).

           Ayer recordábamos cómo Jesús predecía su pasión (Mt 16, 21), y regañaba a Pedro (Mt 16, 23) porque pretendía apartarlo de la voluntad del Padre. Hoy Jesús quiere seguir siendo sincero y no engañarnos, y por eso nos habla de las condiciones para seguirlo. Utiliza los verbos renunciar, tomar la cruz, seguir, perder la vida... que son matices de la realidad que nos propone asumir: renunciar decididamente a todo, y compartir con Jesús su mismo destino (que culmina en la cruz, y se reserva su última palabra para la resurrección).

           Si nos consideramos verdaderos cristianos, tenemos que estar dispuestos a cualquier sacrificio, con tal de vivir como Cristo y encontrar en él la verdadera vida. Aceptar a Jesús como servidor sufriente no es fácil, pero no hay otro camino, pues no hay resurrección sin cruz. Esta forma de ver el seguimiento puede parecer difícil y estrecho, pero es "el camino que conduce a la vida" (Mt 7,14). Jesús no nos engaña, sino que nos anima y nos hace ver claramente que quien desee hacerse discípulo suyo, no obtendrá triunfos fáciles, sino a través del sacrificio. Y también nos aclara que este sacrificio es el que conviene, pues obtiene "la gloria del Padre" (en la que cada uno participará, según lo realizado en esta vida).

           La imitación de Cristo (1Tes 1,6; Ef 5,1-2) se hace por el camino de la cruz. Un camino que, aunque a 1ª vista parezca contradictorio, es el camino hacia la vida. Como dice el apóstol: "Conocer a Cristo es experimentar la fuerza de su resurrección, es compartir sus sufrimientos y es asemejarme a él en su muerte, con la esperanza de resucitar con él de entre los muertos" (Flp 3, 10). Tenemos que luchar para no seguir la moda de este mundo, y encontrar el coraje suficiente de para perder la vida por la causa del reino de Dios, que es la causa de Cristo.

Emiliana Lohr

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           Asistíamos ayer a un viraje decisivo en el relato de los evangelios, a partir de la confesión de Pedro. Hoy Jesús se dirige hacia lo esencial (hacia la hora), y se concentra en lo que considera como trabajo suyo principal: la formación profunda del grupo de los Doce.

           En efecto, después de haber anunciado a los discípulos su pasión y su resurrección, Jesús les dijo: "El que quiera venirse conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga".

           Como se ve, la clave del mensaje es el si condicional, a forma de decir "el que quiera". Y es la clave porque es la única vía para penetrar en el misterio esencial de Dios: desde la libertad del hombre, la única capaz de hacer grande al hombre, porque le hará conseguir lo que él libremente quiera.

           ¿Que si yo "quiero ir contigo"?. Por supuesto, Señor, ¡claro que lo quiero! Pero ¡ven a ayudar mi flaqueza! Esto es, precisamente, lo que me atrae del evangelio: ir contigo, y vivir mi vida como tú la viviste, tú por delante y yo por detrás, a cualquier parte e implicando en ello todas mis responsabilidades.

           Pero para conseguir eso hay que "renunciar a sí mismo" y "cargar con la cruz", pues la vida evangélica no es una vida de rosas, sino un muelle sin consistencia. Seguir a Cristo supone un cierto número de elecciones y de rupturas ("he escogido esto, he renunciado a aquello"). Es necesario, pues, que revise mi vida, para ver si encuentro en ella renuncias. ¿A qué he renunciado por ti, Señor?

           Porque "el que quiera salvar su vida, la perderá, y el que pierde su vida por mí, la conservará". He aquí una fórmula paradójica que Jesús pronunció hasta 6 veces en los evangelios (Mt 10,39; 16,25; Mc 8,35; Lc 9,24; 17,33; Jn 12,25). Nuestra vida no está hecha para ser guardada, sino para ser entregada.

           Amar no es sentir emoción ni desear poseer al otro, sino olvidarse de sí mismo y darse al otro. Cada vez que uno toma para sí, deja de amar. No digamos, pues, que amamos, cuando lo único que queremos es disfrutar del otro. ¿No sería esto un amarte solamente a ti mismo? Si amas de veras, serás capaz de olvidarte de ti mismo, y hasta de morir en beneficio de aquel a quien amas. Pues bien, el que más ha amado es Jesucristo. La cruz de Jesús no es solamente un instrumento de suplicio o de renuncia, sino que es el signo del más grande amor que haya levantado jamás a un corazón. 

           Porque "¿de qué le sirve a uno ganar el mundo entero si malogra su vida? ¿O qué puede dar el hombre a cambio de su vida?". Es decir, para ganar ("salvarse") que hay que perder. La renuncia, pues, no tiene su fin en sí misma, sinoq eu es la condición de una vida en plenitud. Por la renuncia y la cruz, Jesús no nos propone una destrucción, sino un desarrollo y una expansión total y eterna: "Porque el Hijo del hombre va a venir entre sus ángeles con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta". Señor, ayúdanos a vivir los verdaderos valores.

Noel Quesson

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           Las palabras de hoy de Jesús parecen una continuación de la reprimenda que ayer había dirigido a Pedro, al que no le gustaba oír hablar de la cruz. Y en ellas Jesús avisa a sus seguidores que, al igual que él mismo, a todos ellos les tocará "negarse a si mismos", "cargar con la cruz" y "perder la vida". Pero que de esa manera ganarán y recibirán el premio definitivo. Parece todo ello una gran paradoja, pero se trata de los caminos de Dios, muy distintos de los nuestros.

           Ese final ("algunos verán llegar al Hijo del hombre en majestad") no sabemos a qué se refiere, si a la escena de la Transfiguración (que Mateo cuenta a renglón seguido) o a otro camino de renuncia y de cruz que se nos escapa (y que el propio Jesús también experimentó, a forma de noche oscura). De hecho Pedro, que al principio se mostraba reacio a aceptar a Jesús como "el Siervo que se entrega por los demás", tras alguna experiencia interior pasó a ser uno de los testigos más valientes de Cristo, orgulloso de poder sufrir por él (hasta su martirio en Roma, bajo Nerón).

           Estamos avisados. Podrá resultarnos duro el camino de la vida cristiana, pero eso no nos debe sorprender. Jesús ya nos lo ha advertido, para que no nos llevemos un engaño. No nos ha prometido éxitos y dulzuras en su seguimiento, aunque sí ha dejado claro una cosa: él no nos va a defraudar, porque "pagará a cada uno según su conducta", y no se dejara ganar en generosidad.

José Aldazábal

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           Jesús, tú eres Dios, y sabes mejor que yo para qué me has creado y cómo voy a ser realmente feliz. Sabes que todas las riquezas materiales del mundo juntas no son capaces de llenar un corazón creado para amar. Si lo propio del corazón es amar, sólo se va a satisfacer amando. Y amar es darse, entregarse.

           Recibir, atesorar, conseguir para uno mismo, pueden satisfacer los deseos materiales del cuerpo. Pero si se convierten en el único objetivo, pueden también destrozar la capacidad de amar que tiene nuestra alma espiritual.

           Por eso hoy me recuerdas: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?". El egoísta podrá hacerse con cosas del mundo (honores, dinero, diversiones, comodidad...), pero si pierde su alma, no podrá amar ni en este mundo ni en el otro, y será infeliz aquí y por toda la eternidad.

           La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto (a la aceptación o al rechazo) de la gracia divina. El NT habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida. Pero también asegura la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno, como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro y la palabra de Cristo en la cruz al buen ladrón, así como otros textos del NT, hablan de un último destino del alma que puede ser diferente para unos y para otros (CIC, 1021).

           Jesús, que me dé cuenta de que vale la pena darse, pensar en los demás, pensar en ti. Que sea consciente de que toda mi eternidad depende de la capacidad para amar que desarrolle en estos años de vida en la tierra. Que no me engañe pensando que tú me perdonarás con tu gran misericordia. Tu gran misericordia la demuestras muriendo en la cruz y perdonándome en la confesión. En el juicio, retribuirás a cada uno según su conducta.

           Como decía San José Mª Escrivá, "el amor gustoso, que hace feliz al alma, está basado en el dolor: no cabe amor sin renuncia". Jesús, ésta es la gran paradoja: no cabe amor sin renuncia. Para aprender a amar hay que aprender a sufrir, a sacrificarse por el ser querido. El que se busca a sí mismo, nunca experimentará ese amor gustoso, que hace feliz al alma. Por eso aseguras que el que quiera seguirte, el que quiera amarte sobre todas las cosas, debe empezar por negarse a sí mismo: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.

           Jesús, la señal de la cruz es la señal del cristiano, porque el sacrificio es el camino del amor, y sólo podemos ser cristianos si nos amamos los unos a los otros, y a ti sobre todas las cosas. ¿Y cómo puedo tomar cada día mi cruz? Una buena manera de hacerlo es sirviendo a los que me rodean con pequeños detalles, y no quejándome ante los inconvenientes típicos de cada jornada, ofreciéndote esas dificultades por alguna intención.

           De este modo, no buscándome a mí mismo sino entregándome a los demás, aunque parezca que pierda mi vida, la encontraré. Pues el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. Jesús, tú me has dado el máximo ejemplo de entrega: nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos (Jn 15, 13). Tú has entregado tu vida por tus amigos, por mí. Y por ello tienes el amor más grande, el amor gustoso que llena y hace feliz al alma. Ayúdame a vencer la aparente contradicción de renunciar a mi egoísmo, de modo que aprenda a amar de veras.

Pablo Cardona

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           A partir de cierto momento en el desarrollo evangélico (posiblemente el de ayer, con la Confesión de Pedro), Jesús pone en evidencia la difícil situación que les espera al llegar a Jerusalén, y va descubriendo a sus discípulos las claves y el significado de todo el camino recorrido. Insiste en este tema porque las pretensiones mesiánicas de los discípulos (especialmente de Pedro) se habían convertido en un verdadero tropiezo para la misión. Jesús, entonces, pone los puntos sobre las íes, y vuelve continuamente sobre el tema de las exigencias del discípulo para evitar que quienes lo sigan se engañen.

           Las exigencias parten de una renuncia radical a las propias ambiciones. El auténtico discípulo no puede anteponer sus intereses a la urgencia del Reino, porque estaría en el plan de la mentalidad mundana (que consiste en buscar seguridades y prebendas personales). Esto es lo que significa "ganar el mundo", empeñando la propia persona en un sinnúmero de empresas que supuestamente le reportarán la felicidad de ésta vida y de la otra. La realidad, sin embargo, es otra, y los que ganan este mundo acaban perdiendo su propia vida.

           El camino del Maestro se convierte, entonces, en el destino del discípulo. Si el maestro ha renegado de sí mismo, y ha cargado con la cruz, el discípulo no puede suavizar su opción: o con el Maestro, o sin él. Desde ese momento, el discípulo se abre completamente a la novedad de Dios, y acepta el conflicto que lo enfrentará a la mentalidad vigente.

           Con frecuencia nos enfrentamos con timidez a nuestras propias opciones. E incluso somos discípulos que, en lo profundo del corazón, o incluso de modo inconsciente, alimentamos mesianismos triunfalistas y exitosos. Por eso, vamos por la vida haciendo tratos y contratos que nos permiten evadir los compromisos que hemos asumido. Vale la pena preguntarnos: ¿qué deberíamos cambiar para ser más auténticos discípulos?

Servicio Bíblico Latinoamericano