22 de Septiembre

Jueves XXV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 22 septiembre 2022

a) Ecl 1, 2-11

           Entre los libros sapienciales, el Eclesiastés es célebre hoy porque expresa en un lenguaje sumamente práctico algunos de los sentimientos humanos más corrientes de nuestra época moderna: el desencanto, el aburrimiento, el peso de la condición humana y la aparente absurdidad de la vida y de la muerte. Tras lo cual, concluye con un rotundo estribillo: "Vanidad de vanidades, todo es vanidad".

           Este es el tema general de todo el libro: que nada puede satisfacer totalmente al hombre, ni el placer, ni la riqueza, ni el trabajo. Es decir, que nada puede garantizar al hombre su felicidad.

           El autor de estas decepcionantes palabras, Qohelet, vivía hacia el s. III a.C, en una época de brillante civilización helénica, que en muchos casos se lanzaba ávidamente a la facilidad, al confort y al lujo. Sin embargo, vuelve a decir una vez más: "Todo es vanidad". Es decir, vacío, hueco e insatisfacción, pues "¿qué saca el hombre de toda la fatiga con que se afana bajo el sol?".

           En efecto, si buscamos solamente "bajo el sol" (es decir, en este mundo) el sentido de la existencia humana, encontraremos que no tiene sentido. Y si sólo disponemos de la luz del sol para descubrir el valor de la vida, sacaremos la conclusión de que no hay nada que valga la pena de ser vivido. Y si el hombre no tiene más que al hombre para iluminar lo que él es y adónde va, nada sale del monólogo gris.

           Mientras se mantiene la ilusión de que la vida "bajo el sol" podría aportar una felicidad sin límite, se corre el riesgo de quedarse a ras del suelo, y provocar un vacío de insatisfacción. Es la angustia que acompaña el diagnóstico pesimista del Eclesiastés.

           ¿Sabemos mirar nosotros de frente esa situación de muchos hombres, y de las grandes corrientes contemporáneas? ¿O la observamos morbosamente y de forma complaciente? Porque lo que hemos de hacer es que esos hombres descubran el sentido para el que han sido creados, y que sepan que el fin último y verdadero de todo hombre está sólo en Dios.

           En efecto, el corazón del hombre está hecho para Dios, y ninguna otra cosa podrá satisfacerlo, ni siquiera los pequeños solaces parciales de aquí abajo. Sólo Dios puede colmar al hombre, y la insatisfacción terrestre causa un vacío que sólo podrá llenar la revelación de Dios.

           Pero continuemos con el diágnostico de Qohelet: "Sale el sol y el sol se pone, sopla el viento y gira al norte, todos los ríos van al mar y el mar nunca se llena". Es decir, que todo es fastidioso, aunque nadie pueda decir que "se cansa el ojo de ver, y el oído está harto de oír".

           Este diagnóstico es de un realismo muy lúcido, pues se tiene la impresión que nada avanza y que todo se repite indefinidamente. Y nada es más deprimente para el hombre que esta impresión de inutilidad, o de ese estar haciendo algo que no sirve para nada. El carácter cíclico de la vida nos da precisamente esta sensación, la de estar encerrados en un círculo y dando siempre vueltas en él.

           ¿Y quién romperá ese círculo? ¿O no hay ninguna salida? El autor sabe por experiencia que la salida no se halla en la saciedad carnal, pues "nuestros sentidos no están nunca saciados, y el deseo renace". Danos, Señor, esa lucidez necesaria para que se agudice en nosotros el deseo de ti.

Noel Quesson

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           Al contrario de Job, Qohelet es un hombre a quien la felicidad y la fortuna parecen haberle sonreído. Pero el sentido de la existencia le inquieta tanto o más que a Job, porque si bien este último se revolvió ante la falta de sentido del sufrimiento, el Eclesiastés no ve más que vanidad en "una felicidad que deja insatisfecho". Pertenece a un mundo en el que la idea del más allá es prácticamente desconocida, y la solución que se busca ha de encontrarse "bajo el sol", buscando a su luz el sentido de la vida.

           La respuesta de Qohelet (autor del Eclesiastés) está clara: si no se dispone de la luz del sol para ver lo que vale la vida, hay que concluir que no hay nada que merezca la pena. Y si el hombre no cuenta con más herramientas que las que tiene, para aclarar el asunto del ser humano y el mundo, "no hay más que vanidad" (v.2).

           La causa profunda de esta última es el carácter cíclico de la vida (vv.4-9): todo se repite indefinidamente en una triste monotonía, y si el hombre cree descubrir algo nuevo es que su memoria le falla (vv.10-11). Aun así, los elementos fundamentales (tierra, sol, viento, aguas: vv.4-7) conocen un perpetuo volver a empezar a través del cual, al menos, perduran. E incluso el hombre se mueve tanto o más, pero sin la satisfacción de durar (v.3).

           El Eclesiastés carece de ese sentido de la historia que le permitiría compartir el optimismo del Salmo 103 o de Job 38-40 sobre el mundo. E incluso su sabiduría no está aún iluminada por la meditación de la historia de la salvación (que no tiene nada de cíclica, puesto que va a parar en línea recta a la escatología). Y no espera lo suficiente de los tiempos, que son siempre nuevos en cuanto que son dones de Dios.

           Y porque carece del sentido de la historia, carece también del sentido del hombre, al cual no se imagina liberado (por Dios, su Señor) de las presiones y de las alienaciones, e incluso capaz de colaborar en la construcción del tiempo de Dios. Qohelet es el portavoz de quienes, por no tener ante la vista la plenitud de la revelación, desesperan del mundo y de la vida, sin saber que algún día se manifestará su verdadera significación.

           En su pesimismo, Qohelet es testigo de la angustia y del absurdo, y no quiere recurrir a Dios para que le libere de ese absurdo. Y solamente llevando al extremo la vanidad humana (hasta en la muerte) puede descubrir una respuesta a su angustia. Qohelet, como el existencialismo moderno, espera sólo al hombre Jesús, y su muerte.

           Al celebrar en la eucaristía el memorial de un acontecimiento pasado y siempre nuevo "hasta que vuelva", los cristianos celebramos la libertad que el Señor trae a la humanidad, frente a los determinismos y desengaños de un universo que no extrae su sentido de más allá de sí mismo.

Maertens Frisque

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           Más de uno se ha preguntado si el escepticismo del Eclesiastés es compatible con la fe cristiana y con el anuncio entusiasta del reino de Dios que viene. Y la pregunta, ciertamente, no carece de fundamento. Pero no hemos de perder de vista que su autor es un israelita creyente, que entiende a Dios como la única roca de apoyo consistente.

           Jesucristo también se preguntó de qué le valía al hombre "ganar el mundo entero si acaba perdiéndose él" (Mc 8, 36), y San Pablo alertó a sus fieles de Corinto de que "la apariencia de este mundo pasa" (1Cor 7, 31), de modo que lo sensato es vivir en la provisoriedad, en el "como si no" y sin hacer opciones definitivas por lo que es transitorio e inconsistente.

           El Eclesiastés cumple su papel en el conjunto de la Biblia, y como libro separado ni éste ni ningún otro libro poseería un mensaje vinculante por sí mismo, si no es en el conjunto de la Escritura bíblica.

Severiano Blanco

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           Después del libro de los Proverbios, durante 3 días leeremos una breve selección de otro de los libros sapienciales del AT: el Eclesiastés, escrito por Qohelet (lit "el predicador", el que habla a los demás en una asamblea de hermanos). Y de ahí el nombre griego de "el Eclesiastés", el que habla a la asamblea o sinagoga.

           Contiene el libro unas recomendaciones que nos orientan a vivir según la voluntad de Dios, aunque tiñendo sus palabras de un sano escepticismo, fruto de la experiencia humana.

           La 1ª frase ya resume todo el espíritu del libro: "Vanidad de vanidades, todo es vanidad" (o vaciedad). Tras la cual, las comparaciones se van sucediendo expresivamente: "una generación sigue a la otra", "el sol sale y se pone", "el viento va cambiando de dirección", "los ríos van al mar y no parecen saciarlo"... En resumen, que "nada hay nuevo bajo el sol", en una perspectiva no demasiado alentadora, pues "¿qué saca el hombre de todas las fatigas que lo fatigan bajo el sol?".

           No obstante, se trata un escepticismo que puede resultar sano, pues ¿para qué afanarnos tanto y andar con tantas preocupaciones por la vida? ¿No estaremos perdiendo el humor y la serenidad, y por tanto, calidad de vida? Jesús nos enseñó a no angustiarnos por las pequeñeces de la vida, y nos puso el ejemplo de los pájaros y los lirios, invitándonos a poner un poco más de confianza en Dios y un poco menos de angustia. Si trabajáramos con un poco más de serenidad, todo seguiría su curso igual y no habríamos perdido la paz. Y no tendríamos los desengaños de buscar la felicidad donde no está.

           Es interesante que hace 2.300 años ya se nos diga que "nada hay nuevo bajo el sol", y que "si alguien afirma que algo es nuevo será porque ha perdido la memoria", porque seguro que eso ha pasado ya antes. Cada uno tiende a creer que es el único o el primero (en amar, en sufrir, en hacer cosas importantes...), y eso es, como dice Qohelet, propio de personas poco inteligentes.

           Lo único que no pasa es Dios. Por eso el salmo responsorial de hoy nos hace decir: "Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación, y mil años en tu presencia son un ayer que pasó". Este Salmo 89 tiene un versículo que gustaba mucho a Juan XXIII, del que el papa decía que ahí estaba el secreto para ver con sabiduría el discurrir de la historia: "Enséñanos a calcular nuestros años". Sin entusiasmarnos demasiado por nada, y sin desanimarnos demasiado por nada, sino fija la mirada en un Dios que no cambia y que da sentido a todo.

José Aldazábal

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           Lo pasajero y tal vez repetitivo, que hoy analiza Qohelet, no tendría sentido si no se contemplara con un horizonte de eternidad. Pues la vida temporal puede atraparnos en sus redes y embotar nuestra mente, e incluso hacernos creer que nuestra felicidad se concretará en este paraíso terrenal, construido por nosotros mismos.

           Deberíamos más bien vivir en la novedad del amor, que nos hace avanzar hacia la realización del hombre perfecto. Y no deberíamos quedarnos en medio del mar, dando vueltas constantemente sobre el mismo punto. Es necesario decidirse si quedarnos aquí ("bajo el sol", como dice Qohelet) o a pasar a la otra orilla, de tal forma que nos lancemos sin bote salvavidas al proyecto de Dios.

           Esa fue la invitación que nos hizo Jesucristo: "Sed perfectos como vuestro Padre Dios es perfecto". ¿Preferimos todavía quedarnos donde estamos ("bajo el sol"), dando vueltas para partir y retornar al mismo lugar?

Dominicos de Madrid

b) Lc 9, 7-9

           El desconcierto de Herodes II de Judea de hoy se debe a las noticias que llegan a sus oídos sobre "todo lo que estaba pasando" (v.7a). Estas, aunque contradictorias, se refieren todas a la persona de Jesús, "y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, en cambio, que había aparecido Elías, y otros que un profeta de los antiguos había vuelto a la vida" (vv.7b-8). Estas 3 opiniones reflejan el sentir global de la multitud sobre Jesús.

           El hecho, sin embargo, de que la escena del tetrarca Herodes II venga adosada a la misión de los 12 apóstoles nos autoriza a sacar algunas conclusiones.

           En 1º lugar, en su forma de evangelizar, los discípulos han sembrado el desconcierto (el participio presente sustantivado, "las cosas que estaban pasando", hace referencia inmediata a los acontecimientos de la misión).

           En 2º lugar, según se desprende de las diversas opiniones que se han ido formulando, han insistido en rasgos que eran característicos de Juan o de Elías, tales como el juicio escatológico inminente, la venganza a sangre y fuego (pues de otra manera, la gente no se habría confundido).

           Y en 3º lugar, lo máximo a que han llegado es a presentarlo como uno de los profetas antiguos, lo que equivale a decir que no se han movido del ámbito del AT.

           Ante tal variedad de opiniones, Herodes II no se resigna a aceptar la creencia de que "aquel Juan a quien yo le corté la cabeza, ése ha resucitado" (Mc 6,16; Mt 14,2). Sino que (según Lucas), lo niega rotundamente: "A Juan le corté yo la cabeza" (v.9a), y se pregunta por la identidad de Jesús: "¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?" (v.9b).

           Es la última vez que se formula esta pregunta. La respuesta se dará al término de la presente estructura. Herodes II de Judea, el tetrarca de Galilea (Lc 3, 1) y del mismo modo que la parentela de Jesús (Lc 8, 20), "tenía ganas de verlo" (9,9c: cf. 23,8), porque lo "quería matar" (Lc 13, 31).

Josep Rius

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           Ante el comportamiento liberador de Jesús, Herodes II de Judea (Herodes Antipas, hijo de Herodes I el Grande y padre de Herodes III Agripa) se desconcierta y la gente tiene conciencia de que algo grande ha sucedido: Dios ha intervenido en la historia humana.

           Para unos, Juan, el profeta, injustamente asesinado, había vuelto a la vida, quedando patente la sinrazón e injusticia de su asesinato. Para otros, Elías, el profeta que habría de venir, según la tradición judía, antes del día de la manifestación definitiva de Dios, ya estaba presente entre ellos; otros pensaban que estaban ante un profeta antiguo que había vuelto a la vida.

           Todos se preguntan por Jesús, mirando al pasado, por Jesús. Y hasta Herodes tiene ganas de verlo. Pero Jesús no pertenece al pasado, sino que adelanta el futuro. Él es el que tenía que venir, además de:

-el que bautiza no con agua, sino con el fuego del Espíritu-Amor (Lc 3, 16);
-el hijo amado de Dios, sobre el que desciende en el bautismo el Espíritu, como paloma que se refugia en su nido (Lc 3, 21-22);
-el que, lleno de Espíritu santo, es tentado por el diablo en el desierto, como lo fue en su día el pueblo en el éxodo hacia la tierra prometida, pero superando las tres tentaciones que asaltan a cada mortal por el desierto de la vida (Lc 4, 1-3);
-el que anuncia una amnistía de perdón universal para todos sin excepción y, a cambio, recibe amenazas de muerte por parte de sus paisanos en Nazaret (Lc 4, 14-29);
-el que habla con autoridad, y no como los escribas, dando órdenes a los espíritus inmundos que salen (Lc 4, 31-40); el que invita a Pedro y a los suyos a pescar obteniendo resultados sorprendentes (Lc 5, 1-11);
-el que cura al leproso y no queda impuro; el que hace levantarse del lecho al paralítico (Lc 2, 1-12), imagen de la humanidad postrada por el pecado; el que llama a Leví, escandalizando a la clase farisea (Lc 5, 27-32);
-el que se autoproclama el esposo e invita a sus seguidores a entender la vida como una fiesta de bodas, de amor fecundo alegría (Lc 5, 33); el vino nuevo que requiere odres nuevos (Lc 5, 36-40);
-el señor del sábado que pone en el centro de atención de su vida el bien del hombre por encima de la observancia del precepto de descanso (Lc 6, 6-11);
-el que proclama un orden nuevo basado en la pobreza o austeridad solidaria para poder ejercer con libertad el amor sin límites, el perdón, la generosidad (Lc 6, 20-46) e invitar a todos a construir la casa sobre roca.

           No es de extrañar, ante tanta novedad y capacidad de subversión, que todos, hasta Herodes II, se pregunten quién es ése que rompe los moldes del pasado y coloca a sus seguidores en la puerta del futuro, que no es otra sino la del amor sin medida.

Juan Mateos

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           Mientras los doce siguen sus correrías misioneras por la región de Galilea, el evangelista nos dice que Herodes II de Judea, el que recibió de los romanos el gobierno sobre la región de Galilea cuando su padre (Herodes I el Grande) murió en el 4 a.C, se alarmó por las noticias que contaban sobre los acontecimientos sorprendentes realizados por Jesús que tenían lugar en Cafarnaum y sus alrededores.

           Herodes se quedó perplejo porque unos decían que Juan Bautista, a quien había mandado decapitar porque denunció las relaciones fraudulentas que él tenía con Herodías, la mujer de su hermano Filipo, había resucitado de entre los muertos, aunque otros informes decían que Jesús no era Juan Bautista sino que era Elías, el profeta que anunciaba el comienzo de los últimos tiempos, después del cual vendría el Mesías y el reinado de Israel sobre las naciones. Para otros, era simplemente un profeta como los grandes profetas antiguos.

           Herodes, también desconcertado por todas esas noticias, y lleno de temores supersticiosos, se decía: ¿quién es entonces éste, del cual me cuentan cosas tan raras? Y tenía ganas de verlo.

           Los temores de Herodes II no lo llevaron a arrepentirse de sus muchos pecados, sobre todo, de haber mandado encarcelar y matar a Juan Bautista. Por el contrario, seguía preocupado por su seguridad y su poder. Herodes II Antipas es el prototipo de muchos tiranos sanguinarios cuya conciencia está muerta y no dejan de aniquilar y pisotear la vida hasta que un poder más fuerte los detenga.

           Muchos Juan Bautista han sido asesinados por los Herodes Antipas que han tiranizado a muchos países de nuestro mundo, pero su sangre derramada hará florecer en el mañana un mundo nuevo donde reine la justicia, el amor y la libertad.

Fernando Camacho

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           Curiosamente, la pregunta de hoy de Herodes II de Judea se inscribe entre el relato de la misión de los Doce y el de la multiplicación de los panes: "¿Quién es éste, de quien oigo tales cosas?". Herodes se hace esa pregunta, pues ¡han nacido tantos movimiento sediciosos en esa Galilea que le ha tocado gobernar!

           Sin embargo, la pregunta de Herodes II tiene otra profundidad, y coincide con la de todos los que se sienten interpelados por la persona de Jesús y por el testimonio de los discípulos. ¿Quién es ese hombre que envía emisarios y que conmociona los espíritus?

           Se hablaba de él, se contaban mil cosas sobre él, se ponían en sus labios palabras que sin duda eran inverosímiles, se le atribuían hechos que eran exagerados por el entusiasmo popular y el fervor de las pasiones... A Herodes le picaba la curiosidad. Y aquel poderoso, que debía el trono al favor de los ocupantes, quería ver a aquel individuo un tanto exótico en una Galilea demasiado provinciana.

           La sabiduría popular dice que hay curiosidades malsanas, sobre todo cuando permiten abusar de un poder que ellas mismas han atribuido injustamente. Cuando alimentan el escándalo que ellas mismas explotan. Cuando se detienen en lo accesorio, erigiéndolo en lo esencial.

           Herodes quería ver a Jesús para exhibirlo en su corte como se exhibe un bufón (¡ah, si pudiera ver un milagro suyo!; Lc 23, 9). Sin embargo, la curiosidad es también, quizás, un 1º paso para el encuentro y para la fe. El asombro, la sorpresa, la provocación son el pórtico que nos introduce en el descubrimiento de los laberintos de la casa y que nos inicia en el misterio de una morada.

           Curiosidad es sinónimo de descubrimiento; es tensión hacia un objeto entrevisto, deseado. ¡Ay del amor si no es curioso! el fuego que no se aviva, está ya muerto. ¿Sentís curiosidad por Jesús? De la fe se ha dicho que es fuerte si es certeza y seguridad. Se la ha reducido a confesar unas definiciones sin alma y a reconocerse en unos dogmas fríos y secos.

           La fe es curiosidad, es decir, asombro que compromete a arriesgarse en la aventura, en un encuentro entrevisto y, en consecuencia, deseado. La fe es curiosidad, de forma que la duda le es indispensable. La incertidumbre y la incomprensión no son la cara contradictoria de la fe, el otro aspecto que se opondría a ella como se opone el negro al blanco. La incertidumbre y la incomprensión pertenecen al terreno de la fe como el hueco que espera ser llenado, como la espera que aguarda el encuentro, como el hambre que se alimenta con lo que pueda satisfacerla.

Emiliana Lohr

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           Herodes II de Judea se entera hoy de lo que pasaba acerca de Jesús. La fama de Jesús crece y se extiende. Los fenómenos de opinión pública han adquirido hoy mucha importancia con la radio, la televisión, la prensa. Esto es un hecho. ¿Les presto atención?

           Y Herodes II, ante el barullo de voces que circulaban acerca de Jesús, "estaba perplejo". Ante todas las informaciones que llegan a nosotros, también nos encontramos a menudo perplejos. La opinión pública aporta lo mejor y lo peor, como un río que trae a la vez el agua vivificante y los venenos de la polución. Para todo lo referente a la vida de la Iglesia, en particular, las informaciones sólo pueden darnos lo exterior de las circunstancias; por lo tanto, cada vez más, los cristianos deben habituarse a saber elegir y a interpretar con prudencia los acontecimientos.

           Herodes estaba perplejo, sobre todo ante la división de opiniones sobre Jesús. Porque unos decían que Jesús era "Juan Bautista, que ha resucitado de entre los muertos". Mientras oros decían que era "Elías, que ha aparecido de nuevo". E incluso había quienes decían que era "uno de los antiguos profetas, que ha vuelto a la vida".

           El pueblo es fácilmente crédulo, y acepta sin dificultad lo maravilloso. Además, entre los judíos de entonces, la espera del tiempo escatológico era intensamente vivida, de modo que interpretaban fácilmente los hechos como signos precursores del Mesías. Ese pueblo, sorprendente en tantos aspectos, no podía prescindir de los profetas, esos hombres "que hablan en nombre de Dios".

           Y como no había profetas desde hacía mucho tiempo, el pueblo judío esperaba con avidez que Dios rompiera su mutismo y se pudiera oír su potente voz de la boca de algún hombre inspirado. De ahí el clamor de: ¡Que se levante un nuevo Moisés, un nuevo Elías! Esto nos muestra, al menos que para sus contemporáneos, que Jesús apareció ante los ojos de la gente como un profeta.

           La Iglesia primitiva conoció ese "don de profecía" (Mt 7,22; 10,41; Hch 11,27-28; 13,1; 15,32; 21,9; 1Cor, 12,29; 14,1), y San Pablo llegará incluso a recomendar a sus fieles "que aspiren al don de profecía" (1Cor, 14, 39). La Iglesia, en efecto, prolonga la actividad profética de Jesús en cuanto que, como él, habla verdaderamente en nombre de Dios e interpreta los "signos de los tiempos".

           No obstante, Herodes II reflexionaba: "A Juan yo le hice decapitar, luego ¿quién es éste de quien oigo semejantes cosas?". Una de las maneras de hablar de Dios, es la "voz de nuestra conciencia". Herodes no tenía la conciencia tranquila: una voz del fondo de sí mismo le recordaba su pecado. Señor, ayuda a todos los hombres a escuchar su conciencia; es el verdadero camino de salvación para muchos paganos y descreídos.

           Hasta que, finalmente, Herodes "ardió en ganas de ver a Jesús". Un sincero remordimiento, o un instinto natural de seguir la propia conciencia (aunque ésta esté torcida), puede conducir a Jesús. Un día la ocasión se presentará (Lc 23, 7), y Herodes verá a Jesús: será durante la Pasión, cuando Pilato le envía a Jesús en posición de condenado. Pero Herodes no lo reconocerá, dejará pasar la ocasión que se le ofrecía. ¿Cuántas veces faltamos al encuentro con Dios?

Noel Quesson

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           La fama de Jesús se extiende y llega a oídos de Herodes II de Judea, tetrarca de Galilea y Perea, el asesino de Juan el Bautista. Herodes II (Antipas) era hijo de Herodes I (el Grande), el de los inocentes de Belén. Su actitud parece muy superficial, de mera curiosidad. Está perplejo, porque ha oído que algunos consideran que Jesús es Juan resucitado, al que él había mandado decapitar.

           Este Herodes II es el que más tarde dice Lucas que amenaza con deshacerse de Jesús y recibe de éste una dura respuesta: "Id y decid a ese zorro" (Lc l 3, 31-32). En la pasión, Jesús, que había contestado a Pilato, no quiso, por el contrario, decir ni una palabra en presencia de Herodes II, que seguía deseando verle, por las cosas que oía de él "y esperaba presenciar alguna señal o milagro" (Lc 23, 8-12).

           Ante Jesús siempre ha habido reacciones diversas, más o menos superficiales.

           Unos creían que era Elías, porque éste ya había anunciado que volvería, y porque Jesús mismo había afirmado que "Elías ya ha venido" (en referencia al anuncio de Mal 3,23). Otros creían que había resucitado Juan o alguno de los antiguos profetas. Por parte de Herodes II, el interés se debe a su deseo por presenciar algo espectacular. Otros reaccionaron totalmente en contra, con decidida voluntad de eliminarlo.

           En el mundo de hoy, por parte de algunos, también hay curiosidad y poco más. Si lo vieran por la calle, le pedirían un autógrafo, pero no se interesarían por su mensaje. Otros buscan lo maravilloso y milagrero, cosa que no gustaba nada a Jesús (pues "esta generación malvada pide señales"). Para otros, Jesús ni existe. Otros le consideran un superstar, y otros se oponen radicalmente a su mensaje, como pasó entonces y ha seguido sucediendo durante 2.000 años.

           Abunda la literatura sobre Jesús, que siempre ha sido una figura apasionante. Una literatura que en muchos casos es morbosa y comercial. Sólo los que se acercan a él con fe y sencillez de corazón logran entender poco a poco su identidad como enviado de Dios y su misión salvadora.

           Nosotros somos de éstos. Pero ¿ayudamos también a otros a enterarse de toda la riqueza de Jesús? Son muchas las personas que también en nuestra generación "desean ver a Jesús", aunque a veces no se den cuenta a quién están buscando en verdad. Nosotros deberíamos dar testimonio, con nuestra vida y nuestra palabra oportuna, de que Jesús es la respuesta plena de Dios a todas nuestras búsquedas.

José Aldazábal

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           El tetrarca Herodes II de Judea se enteró de todo lo que Jesús hacía y enseñaba, y estaba muy desconcertado. Herodes II (llamado Antipas) era hijo de Herodes I (llamado el Grande) y de la samaritana Maltace, y por ello era medio samaritano. Con toda probabilidad no corría ni una gota de sangre judía por sus venas, y para distinguirse todavía más de los judíos se había unido apasionadamente a su cuñada (Herodías), repudiando a su legítima esposa (la nabatea Phasaelis).

           Herodías vino a ser su genio maligno, como principal instigadora del asesinato de Juan el Bautista (Mt 14, 1-12). De ahí que Jesús, hablando de este marrullero tetrarca, lo llamara "ese zorro" (Lc 13, 31-32). Es evidente que Herodes II Antipas debía tener una cierta influencia sobre sus seguidores, porque Jesús habla de "la levadura de Herodes" (Mc 8, 15).

           Cuando empezó a extenderse la fama de Jesús, Herodes II, con la conciencia agitada, temía que Juan hubiese resucitado (Mt 14, 1-2). Estando Herodes en Jerusalén en los días de la crucifixión del Señor, Pilato le envió a Jesús. Herodes pensó que vería hacer algún milagro, y quedó frustrado. Aquel mismo día, Herodes y Pilato se reconciliaron, pues habían estado enemistados (Lc 23, 7-12, 15).

           Este es el perfil del político desconcertado, porque algo grande ha sucedido: Dios ha intervenido en la historia humana. Para unos, Juan el Profeta había sido injustamente asesinado, y por eso había vuelto a la vida (dejando patente la sinrazón e injusticia de su asesinato). Para otros, Elías, el profeta que habría de venir (según la tradición judía, antes del día de la manifestación definitiva de Dios), ya estaba presente entre ellos. Otros pensaban que estaban ante un profeta antiguo que había vuelto a la vida.

           Y todo esto porque algunos decían: "Es Juan, que ha resucitado". Otros decían: "Es Elías, que se ha aparecido". Y otros decían: "Es uno de los antiguos profetas que ha resucitado". Pero Herodes decía: "A Juan lo hice decapitar, luego, ¿quién es éste del que oigo decir semejantes cosas?". Y trataba de verlo.

           Herodes II de Judea, como representante del poder, es soberbio, altivo y exigente, y quiere que todos se postren ante él y cedan a sus caprichos, incluido el profeta de Israel (aquel que aún no sabía quien era, pero que por eso mismo había excitado en el una gran curiosidad de verlo actuar, aun quizás poder presenciar algún milagro).

           Como cristianos, siempre estaremos expuestos a ciertos Herodes por ser profetas, pero proyectaremos la Palabra de Dios, que es profética, porque impulsa el bien, a la justicia y al amor.

           Todo cristiano seguidor de Cristo debe asumir como profeta y hablar en nombre de Jesús, transmitir su mensaje, que por ser de justicia, amor, paz, libertad, se oponen al poder de los Herodes de hoy, de los poderes de hoy, de las ambiciones, por ello, nos criticarán, nos juzgarán, nos condenarán, y dirán muchas cosas de nosotros, y se preguntaran como Herodes, "¿quién es éste del que oigo decir semejantes cosas?".

Bruno Maggioni

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           Hoy vemos cómo Jesús, mediante la predicación y los milagros que obran tanto él como sus discípulos, se había hecho famoso. Sus contemporáneos le conocen y comentan entre sí las impresiones que les producía su persona. Herodes II de Judea, el asesino de Juan el Bautista, también opina sobre Jesús, pero no le mueve la búsqueda de la verdad o la satisfacción de su curiosidad, sino el temor a que pudiesen salir a la luz pública las maldades que había obrado en el pasado.

           Nuestra sociedad, en distintos foros y medios audiovisuales, sigue opinando y hablando de Jesús desde perspectivas muy diversas. También hoy oímos decir en relación a Jesús todo tipo de dimes y diretes: "Que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, que Elías se había aparecido; y otros, que uno de los antiguos profetas había resucitado" (Lc 9, 7-8). Y Jesús (aunque ya lo sabe todo) "quiere saber" quién dice la gente que es él (Mt 16, 13), pero junto a esas opiniones nosotros debemos preguntar a Jesús mismo quién es él.

           Cuando contemplamos tantos ídolos y líderes mediáticos ensalzados a una fama pasajera e inconsistente, queremos hoy, Jesús, renovar con firmeza nuestra fe en tus palabras de vida eterna que nos recuerdan que tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo, el Salvador del mundo.

           Tengamos el sentido común y el sentido sobrenatural de Simón Pedro, quien en medio de la espantada general que siguió al discurso eucarístico (Jn 6), exclamó: "Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (Jn 6, 68-69). Si Herodes "buscaba verle" (Lc 9, 9), ¿cuánto más nosotros? Como decía hace ya tiempo Juan Pablo II:

"Buscad a Jesús esforzándoos en conseguir una fe personal profunda que informe y oriente toda vuestra vida. Él debe ser vuestro amigo y vuestro apoyo en el camino de la vida. Sólo él tiene palabras de vida eterna".

José Luis Llaquet

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           Jesús, Herodes Antipas desea verte. Pero ¿para qué? También escuchaba de buen gusto (Mc 6, 20) a Juan el Bautista, pero de nada le sirvieron sus enseñanzas y acabó por decapitarlo. El problema de Herodes es que no estaba dispuesto a cambiar de vida, a tomarse en serio tus enseñanzas. Por eso le llamas zorro (Lc 13, 32), y cuando te llevan ante él, antes de la crucifixión, respondes con el silencio a sus preguntas y torcidos intereses (Lc 23, 9).

           Jesús, también hoy hay muchos como Herodes, tal vez a mi alrededor, que por más que escuchen tu doctrina no están dispuestos a cambiar de vida para ponerla en práctica.

           Tal vez yo también tengo un poco de Herodes, porque soy calculador, y sólo te dejo que intervengas en parte de mi vida, de mis planes o de mi tiempo. Por eso, no me puedo extrañar que luego, cuando te necesito, me encuentre con tu silencio, o mejor, con mi sordera, que no me deja oír tus silbidos de buen pastor.

           Jesús, yo deseo verte, visitarte, hablar contigo y escucharte. Por eso, precisamente, trato de hacer este rato de oración cada día y recibirte siempre que puedo en la comunión. Pero ¿estoy dispuesto a convertirme: a cambiar lo que no va en mi vida interior, en mi estado o trabajo profesional, en mi actitud de servicio, en mi sinceridad en la dirección espiritual, en mi espíritu de mortificación, en mi lucha por vivir la pureza, en mi humildad? Porque como decía Juan Pablo II:

"El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo ven así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a él" (Dives in Misericordia, 13).

           A este respecto, también decía San José Mª Escrivá:

"Dichosas aquellas almas bienaventuradas que, cuando oyen hablar de Jesús (porque él nos habla constantemente), le reconocen al punto como el camino, la verdad y la vida. Bien te consta que, cuando no participamos de esa dicha, es porque nos ha faltado la determinación de seguirle" (Surco, 678).

           Jesús, el 1º paso para enamorarme de ti es desear conocerte. Si no te conozco, si no me meto en el evangelio para encontrarme contigo como te encontraron Pedro y Juan, Lázaro y María, ¿cómo te voy a amar? Pero este deseo, solo, no es suficiente. También Herodes "deseaba verte".

           El 2º paso es reconocerte como el camino, la verdad y la vida. Pues mucha gente, hoy como ayer, oye hablar de ti, Jesús. Pero incluso entre aquellos que te seguían más de cerca, no todos acabaron por reconocerte como el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús, aumenta mi fe en ti para que nunca dude de tu divinidad y tampoco de tu humanidad.

           Sin embargo, el paso decisivo que me conduce al verdadero amor a ti, Jesús, es el amarte con obras, la "determinación de seguirte", de cambiar de vida si hace falta, de mejorar con esfuerzo y sacrificio, porque tú has muerto por mí y mereces que yo luche por ser santo, por corresponder a tu amor. No puedo esperar a amarte más para entregarme más, puesto que sólo cuando me entregue de verdad, crecerá un auténtico amor a ti; un amor que vale más que todos los esfuerzos y sacrificios.

Pablo Cardona

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           El texto de hoy de Lucas, sobre los cuestionamientos de Herodes II de Judea acerca de Jesús, nos pone en el ambiente de su predicación y actuación profética. Los rumores que sobre él se van extendiendo, que volvemos a encontrar con motivo de la confesión de Pedro (¿"quién dice la gente que soy yo?") nos hablan de la gran resonancia y las expectativas que el carpintero de Galilea suscitó con su extraño género de vida y su profetismo radical.

           Compararle con Elías supone verle introduciendo el final de los tiempos. Parangonarle con el Bautista es subrayar la radicalidad de su mensaje y la libertad de pronunciarlo ante los poderosos. Pero, como nos mostrará el mismo Lucas en la historia de la pasión, Herodes es simplemente un frívolo que sólo busca espectáculo; y Jesús no está dispuesto a transigir, no le dirige ni una palabra. Sólo la tiene para quien está dispuesto a dejarse interpelar, a cambiar el corazón, a entrar en una época nueva, en un "fin del mundo".

           El evangelista Lucas, ciertamente interesado por la historia, no quiere hacer de Jesús un objeto de curiosidad histórica para su comunidad, sino el Mesías permanentemente presente en ella, orientador y vitalizador de los suyos.

Severiano Blanco

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           Herodes II de Judea no sabía a que atenerse ante las cosas que oía que hacia Jesús y quería verle. Nosotros también podríamos no saber a qué atenernos ante todas las cosas que están pasando en estos momentos en nuestro país. Violaciones de niñas en frente de su madre, muertes de periodistas porque denuncian la delincuencia, funcionarios corruptos que acaban con el patrimonio del pueblo.

           Sin embargo, ante tantas injusticias nosotros también podemos desear lo de Herodes, ver a Jesús. Debemos buscar ver a Jesús en todas las cosas que están sucediendo, debemos buscar ver que nos está diciendo y cómo quiere que actuemos.

           Todas estas cosas que suceden son producto de un deterioro de nuestra sociedad, de múltiples crisis que se manifiestan en todas estas formas de violencia. Nuestra actitud ante ellas no puede ser de portadores de desesperanzas, sino todo lo contrario. Ver a Jesús en cada una de ellas significará decirle al mundo, no sólo que Dios existe en nuestras vidas, sino que actúa en ellas.

           Pidamos al Señor que por medio de su espíritu santo nos permita verle ante todas las situaciones que ocurren y podamos ser canalizadores de la esperanza que lleva a la vida eterna.

Miosotis Nolasco

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           Herodes II de Judea se había enterado de que en torno a Jesús había un movimiento de gente que le seguía; que ese tal Jesús hacia milagros y prodigios, que en el asombro, incluso se pensaba si habría vuelto Elías. Y todo ello despertó recelos y una inquietud curiosa que no dejaba tranquilo el corazón de Herodes.

           Pero ¿por qué quería ver a Jesús? No ciertamente para seguirlo, más bien temeroso de que alguien le quitara en poder. ¿No había mandado matar a los niños cuando se enteró de que había nacido "el rey de los judíos"? El miedo es mal consejero y peor compañero aunque aparente los modales más finos y corteses. La pureza de corazón y la rectitud de intención deben ser valores a potenciar por cada uno de nosotros para que así la paz sea nuestra dicha.

           Señor Jesús, libra nuestro corazón de todo mal deseo, purifica nuestra inteligencia de todo pensamiento malo, fortalece nuestra voluntad para amarte a ti sobre todas las cosas y servir a los hombres en sus necesidades para que así el mundo sea un hogar de paz para todos.

           Pero el pasaje evangélico no se queda ahí, pues ¿cuál es la imagen que yo tengo de Jesús? En la Escritura nos encontramos con diferentes respuestas a esta interrogante. Y es muy importante el llegar a una definición personal sobre quién es y qué representa Jesús en mi vida.

           La respuesta de esta cuestión es la que define nuestro compromiso y adhesión a la fe. El evangelio nos dice que Herodes estaba desconcertado y se preguntaba quien era aquel hombre. Te invito a que con toda honestidad te preguntes, ¿quién es y qué representa Jesús en tu vida?

Ernesto Caro

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           Parece obvio que a un rey como Herodes II de Judea, arteramente dispuesto a mantener su puesto dentro del dominio romano, le habrían de afectar los acontecimiento de la predicación y del movimiento religioso-social en torno a Jesús, y que las dudas hicieran presa en él.  La popularidad de Jesús era enorme, y su gloria también; y la imagen de su Dios resultaba fascinante. ¿Cómo asumirlo todo?

           Jesús estuvo siempre preocupado por anunciar la llegada del Reino y por encarecer la vida según el espíritu. Eso se debe a que él daba más importancia a la interioridad del hombre (donde Dios mora, por la fe) y a la gracia (que nos hace hijos de Dios) que al culto externo en Jerusalén o en el templo o en la montaña.

           Y en ese contexto de renovación espiritual que conmovía al pueblo más sensible y abierto a la fe, no es extraño que Herodes, admirado de cuanto se decía, y cauteloso de que con sus denuncias pudieran ser afectados sus intereses políticos, se interrogara: ¿vendrá otro Juan a complicarnos la vida y a denunciar nuestras infidelidades?

           Volviendo a nuestra época actual, ¿buscamos nosotros a Jesús, y queremos verlo para comprometernos con él? ¿O sólo le buscamos por curiosidad? Sobre su identidad podemos dar una y mil respuestas y verter miles de conceptos conforme a lo que de él hemos oído o leído.

           Muchos hablan bien o mal de Jesús. Sin embargo esto no es lo más importante, sino la actitud que nos lleva a él. Todos sus beneficios, su amor por nosotros deben cuestionarnos acerca de si en verdad creemos en él y le seguimos como discípulos, o simple y sencillamente queremos sentirnos a gusto por haber realizado en su presencia algunos actos de piedad y sentir que hemos recibido su consuelo, pero no se ha hecho huésped de nuestra vida.

           Herodes, antes de la pasión, finalmente se encontrará con Jesús y lo tomará como un loco y se burlará de él. Ojalá y no busquemos al Señor para hacer de él sólo un juguete en nuestra vida. Busquémoslo para encontrarnos con Aquel que le ha de dar un nuevo rumbo a nuestra historia, si es que en verdad somos capaces de escuchar su Palabra y ponerla en práctica.

Dominicos de Madrid

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           Con frecuencia, en el momento actual, la posesión de fenómenos extraordinarios y de revelaciones se convierte en objetivo fundamental de la existencia, asediada por inseguridades y miedos que brotan ante la incertidumbre de un futuro amenazante.

           Ellas son, en la conciencia de muchos hombres, el termómetro que mide el mayor o menor acercamiento de lo divino en su ámbito personal.

           La cercanía a Jesús se liga así en la mente de muchos a la existencia de estas revelaciones y señales que coloca a sus depositarios en una posición privilegiada. También el poder del rey quiere colocar los intereses de Dios al servicio de los propios intereses.

           El evangelio de hoy, por el contrario, muestra los engaños en que nos puede colocar esa actitud. En él la curiosidad del ver puede asumir características malsanas y, como lo revela su presencia en Herodes (v.9), puede reflejar una lejanía del Maestro, una distancia infranqueable que puede coexistir con una actitud homicida frente a él.

           La lectura de hoy nos instruye sobre la distancia infranqueable entre la curiosidad malsana de ver "cosas raras" y la auténtica presencia de la fe. Esta sólo puede tener lugar cuando somos capaces de colocarnos, simultáneamente, en continuidad con la aceptación del mensaje de los profetas del pasado y en su superación en cada nueva intervención divina.

           Dicha actitud es maduración de una historia de salvación atestiguada por hechos salvíficos del pasado que son revividos de forma nueva por la presencia de Jesús en nuestra vida de todos los días.

Confederación Internacional Claretiana

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           A nosotros nos ocurre muchas veces igual que Herodes II de Judea. Nos vienen todos los días con noticias sobre la persona de Jesús. Algunos lo exaltan tanto que tememos perderlo de vista en las órbitas siderales. Otros, lo presentan como un personaje pintoresco, uno de tantos que han existido en la historia de la humanidad.

           En su época, Jesús causó la misma impresión. Algunos lo asimilaban a la figura de su predecesor Juan. Incluso varios de los seguidores de Juan fueron más tarde sus discípulos. Muchos de entre el pueblo lo veían como un nuevo Elías, profeta del final de los tiempos que vendría a dar el dictamen decisivo de Dios sobre Israel. Otros en cambio lo asimilaban a la fuerte tradición profética. Lo veían como un profeta más en la línea de los grandes y antiguos orientadores del pueblo elegido.

           Estando así de divididas las nociones acerca de Jesús, de estas preocupaciones no escapaban ni los grandes gobernantes. A todos les inquietaba este hombre que andaba por todos los caminos haciendo prodigios y anunciando una buena noticia a los pobres.

           Nosotros hoy continuamos ansiosos por descubrir la identidad de este hombre. Pues, como cristianos aún desconocemos mucho de la vida y obra de quien consideramos el fundamento de nuestra Iglesia. Esta gran ignorancia respecto a él nos mueve a acercarnos a su figura con gran sencillez y confianza.

           La sencillez se funda en la imposibilidad de agotar con nuestra mirada toda la profundidad de su misterio. Porque aunque es un ser humano como nosotros, su hondura existencial nos sobrepasa. Con confianza, puesto que nos sentimos como comunidad llamados por él para emprender la transformación de este mundo por medio de la misericordia y el amor fraterno.

Servicio Bíblico Latinoamericano