19 de Septiembre

Lunes XXV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 19 septiembre 2022

a) Prov 3, 27-34

           Durante 15 días volveremos a leer los libros del AT, en concreto los libros sapienciales, cuya característica es recoger las reflexiones de tipo moral y filosófico que estaban en curso en los países limítrofes de Israel.

           Esas máximas de sabiduría (que bien podrían llamarse de sentido común) eran un bien común de todos los pueblos mesopotámicos. Y si se introdujeron en la Biblia fue debido al criterio de los sabios que las recogieron y recopilaron, los cuales creyeron que toda sabiduría humana derivaba de la sabiduría de Dios, y que toda verdad descubierta por la inteligencia del hombre participaba, de alguna manera, de la inteligencia divina.

           Por otra parte, los libros sapienciales fueron los últimos escritos del AT, y se escribieron escasos siglos antes de la aparición de Jesucristo, muy cerca ya de los escritos del NT. De ahí que, a través de un humanismo muy simple, viniesen a preparar ya la encarnación, suya Sabiduría divina estaba ahí, encarnada en esos sencillos proverbios humanos.

           Pero vayamos el proverbio nº 1, que nos relata hoy la liturgia: "Hijo mío, no niegues un favor a quien es debido, si en tu mano está el hacérselo. Y no digas a tu prójimo vete, te daré mañana, si tienes algo para darle".

           En Oriente se vivían mejor estos valores humanos que entre nosotros los occidentales, y ¡si tenían, daban de lo que tenían! Hoy día, muchos no cristianos viven también estas sencillas actitudes de solidaridad profunda. Señor, ayúdanos a ver en ellas tu presencia, aun cuando la ignoren los que las viven. Y ayúdanos a poner en práctica estas actitudes tan humanas. No solamente dando limosna, sino en continua disponibilidad para los demás: dándonos y sirviéndoles.

           En cuanto al proverbio nº 2, tenemos lo siguiente: "No te querelles sin motivo contra nadie, que no te ha hecho ningún mal. No envidies al hombre violento, ni elijas ninguno de sus caminos".

           Se trata de 2 máximas de buen sentido, que pueden parecer muy a ras de tierra. Pero es que la vida cotidiana es así, y allí nos espera Dios. Ser un hombre de paz, de perdón, y de reconciliación, es de lo que nos habla el evangelio, y en lo que estuvo interesado el propio Jesucristo. Y esto porque "el Señor abomina a los perversos, y abre su intimidad a los hombres que obran con rectitud".

           Como se ve, los proverbios no hacen mención inicial de Dios, y se limita a los comportamientos humanos, hasta que... ¡ahí está Dios! Al final de todo, y como explicación a todo, " el Señor abomina a los perversos, y abre su intimidad a los hombres que obran con rectitud". Ahí estaba él. Ayúdanos Señor, a tomarnos en serio nuestra sencilla vida humana.

Noel Quesson

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           Esta semana reflexionaremos guiados por 2 grandes sabios de Israel: el autor de los Proverbios y el autor del Eclesiastés. Cuantos hemos tenido la suerte de convivir con alguno de nuestros abuelos en avanzada ancianidad, tenemos alguna idea de lo que significa la sabiduría. El abuelo guardaba largos silencios, hablaba lento y sentencioso. Y no era un erudito, pero los años le habían dado la sabiduría de la vida, capaz de distinguir lo que valía la pena y lo que no. Eso sí, tendía a moralizar.

           Es lo que le pasa al autor de los Proverbios, que ha coleccionado la sabiduría de sus predecesores, la ha reflexionado, se la ha apropiado, y finalmente la brinda a los demás con frases breves y enjundiosas. Para él, el perverso y burlón es un necio, y el justo y humilde es el sabio de verdad. Los proverbios no son erudición, sino mucho sentido común.

           Se trata de una especie de ética natural, fecundada por una fe en Dios que "maldice la casa del malvado". En definitiva, se trata de distinguir lo que realiza la vida de lo que la malogra, y Dios tiene en ello la palabra definitiva. La castellana Santa Teresa de Jesús supo decir esto en uno de sus conocidos versos: "Al fin de la jornada, aquel que se salva sabe, y el que no salva, no sabe nada".

Severiano Blanco

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           Durante 2 semanas leeremos una pequeña selección de los libros sapienciales, esos libros que nos invitan a una reflexión humana y creyente sobre la historia y la vida. En ellos escucharemos a aquellos sabios del AT que guiaron a su pueblo y prepararon la venida de Jesús, que como Hijo de Dios es la auténtica Sabiduría del Padre.

           El libro de los Proverbios, que hoy comenzamos, es una recopilación de frases breves de la antigüedad (atribuidas a Salomón y a otros sabios del AT), que muestran su fe en Dios y en la experiencia de la vida, y tratan de orientar a las personas en sus conductas personales.

           La página de hoy se refiere a nuestra relación con el prójimo, con exhortaciones que escuchamos muchas veces también en el NT: "No niegues un favor a quien lo necesita", "no digas al prójimo vete", "no trames daños contra tu prójimo", "no envidies al violento ni sigas su camino".

           Una idea muy subrayada es que Dios no es amigo de los malvados. Estos pueden reírse de todo, incluso de Dios, pero al final "Dios se burla de los burlones y concede su favor a los humildes". Es la idea que recoge el salmo responsorial de hoy: "El que procede honradamente, y no hace mal a su prójimo ni difama al vecino, nunca fallará". El justo es el que acierta en la vida, a pesar de que parezca que los cínicos se salen con la suya.

           Todos quisiéramos la verdadera sabiduría, para caminar por esta vida sobre seguro, sin equivocar la dirección. Aprovechémonos de las reflexiones de esos sabios del AT, que nos ayudan a caminar por el sendero de la verdadera felicidad.

           Las recomendaciones a una caridad concreta (sin dejar la ayuda al prójimo para mañana, ni envidiar la suerte de los malvados), pueden resultarnos muy útiles. Eso sí, no olvidemos al escucharlas las motivaciones más plenas que nos dio Jesús: "amaos como yo os he amado", "a mí me lo hicisteis". Eso nos estimulará a imitar su estilo de vida en la jornada de hoy. Si seguimos esas orientaciones, se podrá repetir lo del salmo responsorial de hoy: "El que así obra, nunca fallará".

José Aldazábal

b) Lc 8, 16-18

           Tras la parábola del sembrador y su explicación, el evangelista se refiere a la semilla del mensaje que los discípulos tendrán que anunciar utilizando la doble imagen de la lámpara y de la luz. El evangelio es como una lámpara, cuya función es hacer que los que entren en la casa de la comunidad vean la luz y dejen de estar en tinieblas. No puede permanecer escondido Es el designio de Dios que estuvo oculto a lo largo de los siglos y que, al fin, hay que proclamar para que se manifieste y pueda ser conocido por todos.

           Para el cristiano, sin embargo, no acaba todo en ver la luz del evangelio o en que éste sea manifestado a todos. Quienes han recibido el mensaje (luz) del evangelio, tienen que hacerlo producir, o lo que es igual, hacerlo vida. El cristiano tiene que mostrar con hechos la asimilación del mensaje evangélico. Al que produce, esto es, al que pone por obra ese mensaje "se le dará, pero al que no, se le quitará hasta lo que cree tener".

           Esta frase la utilizan los evangelistas Mateo (Mt 25, 14-30) y Lucas (Lc 19, 11-27) como conclusión de la parábola de los talentos u onzas, figura del mensaje que ha de fructificar. No se entiende que el discípulo que ha conocido la luz, pueda seguir viviendo en tinieblas. Tiene que convertirse, a su vez, en luz que ilumine, pues una luz que no ilumina, no sirve para nada.

           "Por sus frutos los conoceréis", nos dice Jesús en el evangelio. Juan Bautista había invitado a producir los frutos propios de la conversión amenazando con que "todo árbol que no dé buen fruto será cortado y echado al fuego" (Lc 3, 9) y Jesús había avisado que "no hay árbol sano que dé fruto dañado ni, a su vez, árbol dañado que dé fruto sano", pues "cada árbol se conoce por su fruto, y no se cogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas".

           El que es bueno, "de la bondad que almacena en su corazón saca el bien", y el que es malo, "de la maldad saca el mal", porque "lo que rebosa del corazón lo habla la boca" (Lc 6, 43-46). Y el evangelista Juan insiste: "Todo sarmiento que en mí no produce fruto, lo corta, y a todo el que produce fruto lo limpia, para que dé más fruto" (Jn 15, 2). Advertencia severa que define la misión de la comunidad.

           Jesús no ha creado un círculo cerrado, sino un grupo en expansión: todo miembro tiene un crecimiento que efectuar y una misión que cumplir. El fruto es el hombre nuevo, a nivel de individuo y comunidad; no se produce fruto cuando no se comunica la vida que se recibe; el que se niega a amar y no hace caso al Hijo, se coloca en la zona de la tiniebla; pertenece a la comunidad, pero no responde al Espíritu.

           Quien practica el amor tiene que seguir un proceso ascendente, un desarrollo, hecho posible por la limpia que el Padre hace, que elimina factores de muerte, haciendo que el discípulo sea cada vez más auténtico y más libre, y aumente así su capacidad de entrega y de eficacia”.

Juan Mateos

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           El evangelio es como una lámpara, que cumple con la función de mostrar con la luz, lo que no se ve por estar en las tinieblas, a la luz nada puede permanecer escondido. Para el cristiano, sin embargo, no acaba todo en ver la luz del evangelio o en que éste sea manifestado a todos. Quienes han recibido el mensaje (luz) del evangelio, tienen que hacerlo producir, o lo que es igual, hacerlo vida.

           Pero al mismo tiempo tiene que convertirse, a su vez, en luz que ilumine, pues una luz que no ilumina, no sirve para nada. Como recuerda Cristo a sus primitivos predicadores: "Os he destinado a ser luz de las naciones, para que llevéis mi salvación hasta el último rincón de la tierra" (Hch 13,14.43-52).

           En el caso de hoy, Jesús dice sin tapujos a sus discípulos: "Vosotros sois la luz del mundo". La luz de los discípulos es la misma que la de su Maestro Jesús. Sin la luz de Cristo, el mundo queda en tinieblas. Y cuando se camina en la oscuridad, se tropieza y se cae.

           Pero para la Luz de Cristo, nada queda oculto, pues "Yo soy la luz del mundo (dice el Señor), y el que me sigue tendrá la luz de la vida". Porque "no hay nada oculto que no se descubra algún día, ni nada secreto que no deba ser conocido y divulgado".

           ¿Queda algo, pues, que se le puede ocultar a Dios? ¿Puede algo taparse o encubrirse a los ojos de Dios? Absolutamente nada. Pero Dios no se conforma con lo exterior, con demostraciones mediante ritos o ceremonias, porque estas cosas tienen sentido solo cuando nacen en el interior, y es porque él mira el corazón, y "la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, el hombre mira las apariencias, pero Dios, mira el corazón" (1Sm 16, 7). En consecuencia, nuestro corazón debe ser puro, libre de odio, rencor, vanidad, libre de todo lo que nos impida amar, transparente a la luz de Cristo.

           Pero la purificación del corazón es obra del Espíritu Santo, y esto sucede cuando se abre el corazón al Espíritu, es así como con un corazón abierto, entregado al Espíritu Santo, poseído por él, nos libera de todo los que no es agradable a Dios, no deja nada oculto al Señor, entonces surgen rectos y buenos sentimientos, buenas obras y buenas acciones.

           Como dice Jesús en el pasaje de hoy: "Prestad atención y oíd bien, porque al que tiene se le dará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener".

           Algo que debemos tener es transparencia, o capacidad para dejar pasar la luz. Los cristianos debemos ser transparente con el Señor, debemos iluminar nuestro corazón, nuestro interior e iluminar el ambiente en que vivimos y trabajamos, no se comprende un discípulo del Señor sin luz, sin la luz de Cristo.

           Cristo es la luz, pero ¿qué significa ser luz? La luz ilumina el mundo para que el hombre pueda ver y orientarse. Ilumina los caminos de la vida y pueden por eso ser recorridos, y sacarnos de las tinieblas, que es la falta luz, es gran ignorancia y confusión por falta de conocimientos, de visión y fe.

           La luz esta en esa lámpara que es el mensaje del evangelio, y el cristiano tiene que mostrar con hechos la asimilación del mensaje evangélico. Al que produce, esto es, al que pone por obra ese mensaje se le dará; al que no, se le quitará hasta lo que cree tener. No se entiende que el discípulo que ha conocido la luz, pueda seguir viviendo en tinieblas.

Emiliana Lohr

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           La 3ª unidad del pasaje de hoy (v.18) es uno de los textos más externamente complicados de todo el evangelio. Resulta que el mensaje de Jesús se resumía como un don que se halla abierto hacia los pobres: al que no tiene se le ofrece la plenitud del reino; al que confía en su riqueza se le dice que vendrá a quedar vacío. Pues bien, ahora se proclama algo totalmente contrario: "Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener".

           ¿Cómo se entiende esta palabra? Veamos. La 1ª sentencia se refiere a la condición del hombre ante la gracia: frente al don original de Dios, es necesario estar vacíos, y por eso la ventaja es de los pobres, los hambrientos, los que saben su pecado y se mantiene a la espera. Nuestro texto (v.18) se sitúa sobre un fondo diferente; nos hallamos frente al hombre, que se ha abierto ante la gracia o se ha creado.

           "El que tiene" se refiere al que se mantiene abierto ante el don de la vida que Cristo le ofrece, y ése "recibirá más" plenitud del reino. Por el contrario, "aquél que no tiene" se refiere al que no deja que la gracia le penetre, y ése perderá aun aquello que creía poseer, fracasando totalmente. Nos hallamos ante el misterio de la perdición definitiva (del fracaso) de aquél que no ha vivido en el plano de la gracia, por más que su existencia fuera rica en otros planos (en lo económico, intelectual o social).

Josep Rius

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           Jesús dice hoy a sus discípulos que "nadie enciende una lámpara para cubrirla con una vasija o ponerla debajo de la cama". Se dice a veces, y es verdad, que la mentalidad moderna se ocupa mucho de rendimiento y de eficacia. Pero en todo tiempo el hombre ha buscado el rendimiento máximo para sus empresas: es una característica del hombre creado por Dios. Sí, dice Jesús, cuando se enciende una lámpara se la coloca en el lugar más adecuado para que alumbre al máximo.

           Y pasa a continuación a explicar el por qué: porque "se pone sobre un candelero, para que los que entran vean la luz". Me gusta, Señor, descubrir que eres una persona práctica y procuras la eficacia. En medio de ese mundo moderno tan apegado al rendimiento, ayúdanos a comprender ese valor humano, que tan firmemente recomienda el evangelio.

           Dar fruto en abundancia, si se es un árbol, dar el 100% si se es una semilla, iluminar todo el entorno si se es una lámpara! Pero cuidado, porque esta exigencia no es para aplicarla a los demás, sino a uno mismo. Yo, en mi vida ¿tengo una verdadera solicitud por "hacer que la luz rinda" al máximo su resplandor y claridad? Pues "nada hay oculto que no quede manifiesto, y nada secreto que no llegue a ser conocido y manifiesto".

           Lucas cita esta parábola como una especie de conclusión al discurso de Jesús: la palabra de Dios es esa luz que hay que colocar y presentar en su máximo valor. ¿Tengo yo esa solicitud? Jesús piensa en sus propias palabras: cuando las pronuncia ante el pequeño auditorio de sus primeros discípulos, sabe que son aún como una luz "escondida", pero Jesús entrevé el día en el cual el evangelio será proclamado "a plena luz". ¿Procuro que mi vida y mis palabras, en ocasiones oportunas, sean evangelizadoras?

           ¿Guardo mi fe solamente como un secreto personal? ¿Considero mi religión como un asunto privado? ¿Se sabe, a mi alrededor que soy cristiano que amo a Dios y a todos los hombres mis hermanos, como Cristo nos enseña? ¿Por medio de qué signos visibles, se traduce exteriormente mi fe?

           "Estad atentos", interrumpe de pronto Jesús. Y nos viene a decir a continuación algo relacionado con el modo de escuchar y aprender: hay que "ser luz" antes de querer alumbrar a los demás. Porque esa luz, que es divina, hay que haberla recibido primero.

           "Estad atentos y escuchad". Hay muchos modos de escuchar. La calidad de la luz depende de esa disposición. En un aula de alumnos, en un grupo que escucha una conferencia, hallamos todos los grados de recepción. Algunos asistentes están soñolientos, distraídos y no retendrán nada de lo que se ha dicho. Otros están allí, ávidos, activos, los ojos fijos en el que habla, la inteligencia despierta, el bolígrafo en la mano sobre el bloc de notas, dispuestos a contestar, si se hace una pregunta...

           ¿Cuál es mi avidez por la luz, por la palabra de Dios? ¿Cómo me esfuerzo para conocerla mejor? ¿Cuánto tiempo le dedico? ¿Con qué atención? ¿Cuál es el rendimiento de mi atención? Porque "al que tenga se le dará, y al que no tenga, aun lo que crea tener se le quitará". Sí, es una verdad popular, de experiencia: se pierden los dones que no se hacen fructificar, como se atrofian los músculos que no se hacen actuar, o se apaga la fe que no se lleva a la práctica.

Noel Quesson

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           "Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama, sino que lo pone en el candelero para los que entren tengan luz" (vv.16-18). Es lo que nos dice hoy Cristo, pues quien sigue a Cristo (quien enciende un candil) no sólo ha de trabajar por su propia santificación, sino también por la de los demás. Como dirá en otra ocasión el Señor a sus discípulos: "Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5, 14).

           Decididamente, la luz del discípulo es la misma del Maestro. Sin la luz de Cristo, el mundo se vuelve difícil y poco habitable. Los cristianos están para iluminar el ambiente en el que viven y trabajan. No se comprende a un discípulo de Cristo sin luz.

           El Concilio Vaticano II puso de relieve la obligación del apostolado, derecho y deber que nace del bautismo y de la confirmación (Lumen Gentium). Este apostolado debe ser continuo, como es continua la luz que ilumina la casa. Examinemos hoy si los que están cerca de nosotros reciben esa luz que señala el camino amable que conduce a Dios.

           El trabajo profesional, es uno de los candiles en el que ha de lucir la luz de Cristo. La vida entera nos hace entender que sin la diligencia, la laboriosidad y la constancia de un buen trabajador, la vida cristiana queda reducida a deseos, quizá aparentemente piadosos, pero estériles, tanto en la santidad personal como en la influencia que hemos de ejercer a nuestro alrededor.

           Desde el comienzo de su vida pública, los discípulos conocen al Señor como el artesano, el Hijo de María (Mc 6, 3). Y a la hora de los milagros la multitud exclama: "Todo lo hace bien". Lo grande y lo pequeño. Para tener prestigio profesional es necesario cuidar la formación continua de la propia actividad u oficio. De igual manera, el cristiano estará prestigiando la doctrina de Cristo cuando la hace realidad en medio del mundo y en su vida corriente. Todos tienen derecho a nuestro buen ejemplo.

           La doctrina de Cristo se ha difundido a impulsos de la gracia y no a fuerza de medios humanos. Pero la acción apostólica edificada sobre una vida sin virtudes humanas, sin valía profesional, sería hipocresía y ocasión de desprecio por parte de los que queremos acercar al Señor.

           San Pablo exhortará a los primeros cristianos de Filipo a vivir como luceros en medio del mundo. Para llevar la luz de Cristo también hemos de practicar las normas de la convivencia, que deben ser fruto de la caridad y no solamente por costumbre o conveniencia. Todo esto es parte de la luz divina que hemos de llevar a los demás con nuestra vida.

Francisco Fernández

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           El sábado pasado leíamos la Parábola de la Semilla (la palabra de Dios), que debería dar el 100% de fruto si la escuchamos "con un corazón noble y generoso" y la guardamos.

           Las breves enseñanzas de hoy son continuación de aquélla. Jesús quiere que seamos luz que ilumine a los demás: un candil no se enciende para esconderlo. No tiene que quedar oculto lo que la Palabra nos ha dicho: debe hacerse público. Si actuamos así, será verdad lo de que "al que tiene, se le dará", porque la Palabra multiplica sus frutos en nosotros. Y al revés: al que no le haga caso, "se le quitará hasta lo que cree tener" y quedará estéril.

           Uno de los frutos mejores de la palabra de Dios que escuchamos (por ejemplo en la eucaristía) consiste en hacerla luz dentro de nosotros, y sacarla desde ahí hacia fuera.

           Para eso la escuchamos, para que, evangelizados nosotros mismos, evangelicemos a los demás desde la verdad y el amor de Dios. Lo que recibimos es para edificación de los demás, no para guardárnoslo. Como la semilla no está pensada para que se quede enterrada, sino para que germine y dé fruto.

           Tenemos una cierta tendencia a privatizar la fe, mientras que Jesús nos invita a dar testimonio ante los demás. ¡Qué efecto evangelizador tiene el que un político, o un deportista, o un artista conocido no tengan ningún reparo en confesar su fe cristiana o su adhesión a los valores más profundos!

           ¿Iluminamos a los que viven con nosotros? ¿Les hacemos más fácil el camino? No hace falta escribir libros o emprender obras muy solemnes. ¡Cuánta luz difunde a su alrededor aquella madre sacrificada, aquella cuidadora de enfermos, aquel anciano paciente, aquel joven que sacrifica sus vacaciones! No encienden una hoguera espectacular, pero sí un candil, que sirve de luz piloto y hace la vida más soportable a los demás.

           El día de nuestro bautismo se encendió para cada uno de nosotros una vela, tomada de la luz del cirio pascual (símbolo de Cristo). Es un gesto que nos recuerda nuestro compromiso, como bautizados, de dar testimonio de esa luz ante las personas que viven con nosotros.

           El Vaticano II llamó a la Iglesia lumen gentium (lit. luz de las naciones), algo que deberíamos ser en realidad, comunicando la luz y la alegría y la fuerza que recibimos de Dios, de modo que no queden ocultas por nuestra pereza o nuestro miedo. Jesús, que se llamó a sí mismo Luz del mundo, también nos dijo a sus seguidores: vosotros sois la luz del mundo. Somos Iglesia alumbradora, que multiplica los dones recibidos comunicándolos a cuantos más mejor.

José Aldazábal

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           El evangelio de hoy es tan breve como rico, en temas que atraen nuestra atención. En 1º lugar, a la hora de "dar luz", porque "todo es patente ante los ojos de Dios". En 2º lugar, a la hora de engarzar las gracias recibidas, porque éstas atraerán a otras, gratia pro gratia (Jn 1, 16). En fin, se nos habla de un lenguaje humano que debemos usar, para referirnos a las cosas divinas y perdurables.

           ¡Luz para los que entran en la Iglesia! Desde siglos, las madres cristianas han enseñado en la intimidad a sus hijos con palabras expresivas, pero sobre todo con la luz de su buen ejemplo. También han sembrado con la típica cordura popular y evangélica, comprimida en muchos refranes, llenos de sabiduría y de fe a la vez.

           Uno de ellos esos refranes dice: "Iluminar y no difuminar". Cosa que Jesús traduce por "alumbrar a los que están en casa". Brille así vuestra luz delante de los hombres para que, "al ver vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5, 15-16).

           Nuestro examen de conciencia, al final del día, puede compararse al tendero que repasa la caja para ver el fruto de su trabajo. Cuando uno abre esa caja registradora, no empieza preguntándose ¿cuánto he perdido?, sino ¿cuánto he ganado? Y acto seguido se pregunta: ¿Cómo podré ganar más mañana, qué puedo hacer para mejorar?

           El repaso de nuestra jornada acaba con acción de gracias y, por contraste, con un acto de dolor amoroso: Me duele no haber amado más ayer, y espero estrenar hoy el nuevo día para agradar más a nuestro Señor, que siempre me ve, me acompaña y me ama tanto. Quiero proporcionar más luz, y disminuir el humo del fuego de mi amor.

Joaquín Font

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           La ética del mundo antiguo, e incluso la fe judía del AT, maldecía la casa del malvado, en su intento por distinguir lo que realiza la vida de lo que la malogra. Algo en lo que el propio Dios de los judíos tenía una palabra definitiva. Como bien expresó Santa Teresa de Jesús: "Al fin de la jornada, aquel que se salva sabe, y el que no, no sabe nada".

           Como los sabios del antiguo Israel, también Jesús habla a veces en refranes, seguramente liberándolos de toda abstracción y encarnándolos en la situación que él vive. Nuestro fragmento lucano de hoy está constituido por tres refranes o dichos sapienciales acerca de la función de la luz y la necesidad de usarla bien.

           En su origen pueden haber sido una invectiva de Jesús contra los jefes judíos que no supieron orientar al pueblo de modo que le reconociese como Mesías; pero también los puede haber dirigido a sus seguidores para trazarles su misión tanto presente como futura.

           No cabe duda de que el evangelista quiere amonestar a su iglesia para que cumpla con su vocación de ser sal de la tierra y luz del mundo; debe dar testimonio público y valiente, no guardar para sí el tesoro religioso que ha recibido.

           Hay un rasgo típico de Lucas en la transmisión de estos dichos: la referencia a "los que entran en casa", pues los nuevos creyentes tienen derecho a recibir un rico testimonio de los experimentados. Estos son "los que tienen"; si no lo saben utilizar, sobre ellos recae la amenaza paradójica del último refrán: "se les quitará".

Severiano Blanco

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           Una de las actividades más importantes de nuestra actividad comercial es la publicidad. Las compañías gastan verdaderas fortunas para hacer conocer su producto para que conociéndolo el público se sienta no solo invitado a adquirirlo, sino persuadido de que lo necesita de manera indispensable. Lo cual es lógico, pues es a través de nuestros sentidos como conocemos y llegamos a desear lo que se nos ofrece.

           Este es el centro del evangelio de hoy: que la vida cristiana sea conocida por todos para que se sientan persuadidos de que solo en ella es posible la felicidad. Por ello Jesús invita a todos sus seguidores a que esta vida, este estilo de pensar, de hablar de vivir, sea notorio a todos los que nos rodean. En otras palabras, nuestra vida, nuestra propia persona es el mejor medio de publicidad para el evangelio.

           Una buena publicidad atraerá a muchos a imitar y a desear vivir de acuerdo a lo que ven en nosotros; por el contrario una mala publicidad o una publicidad negativa alejará a aquellos que están buscando un camino a la felicidad. Permite que en tu vida se transparente Cristo; busca con todas tus fuerzas vivir de acuerdo al evangelio. Recuerda que las palabra convencen, pero que el testimonio arrastra.

Ernesto Caro

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           Jesús nos habla hoy sobre el uso que debo dar a los bienes y dones recibidos. No puedo creer que los mismos me hayan sido dados para disfrute propio sino para compartirlos con todo el mundo. Como hija de Dios he sido llamada a ser luz, a brillar con la luz que se me proporciona por medio del Espíritu Santo y así llegar a todas aquellas personas que, al día de hoy, no han conocido la luz verdadera.

           Por otra parte, Jesús también nos dice que, en la medida que demos, en esa medida recibiremos. Las bendiciones llegarán a mi vida en la medida en que yo las deje fluir. Si me ufano de lo que tengo o creo que lo tengo por mérito propio y no lo comparto Jesús me dice que realmente no tengo nada y más aún, hasta eso que creo tener me será quitado.

           Todas las cosas que tenemos le pertenecen a Dios, y él las ha puesto a nuestra disposición. Nosotros somos tan sólo los administradores de esos bienes temporal de Dios. Señor te pido que me des un corazón humilde que comprenda que todo lo que tengo te pertenece y que a ti debo darlo.

Miosotis Nolasco

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           Cristo, luz de las naciones, se hace presente entre nosotros con toda la fuerza salvadora de su pascua, mediante este sacramento de su amor que estamos celebrando. Él no sólo ilumina nuestra vida, sino que nos convierte también a nosotros en luz de las naciones. Efectivamente, la luz de Cristo resplandece sobre el rostro de la Iglesia. Unidos a él, participamos de todo aquello con lo cual vino a hacérsenos cercano.

           La Iglesia debe ser, ante el mundo, el sacramento, o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano que Cristo vino a iniciar entre nosotros. Entrar en comunión con Cristo, mediante la participación en su misterio pascual, no puede considerarse simple y sencillamente un acto de piedad personal, sino todo un compromiso para esforzarnos denodadamente para que el reino de Dios se haga realidad entre nosotros.

           La palabra y la vida que Dios ha sembrado en nosotros, no es para que se quede escondida, sino para que brote y produzca abundancia de frutos, pues el Señor espera que no seamos como terrenos inútiles, incapaces de hacer que la vida de Dios se haga vida nuestra, sino de que, a impulsos del Espíritu, realicemos obras que manifiesten la bondad, la salvación, la misericordia, la paz que Dios, por medio nuestro sigue ofreciendo al mundo. Es así, dando luz, como nosotros colaboramos a la salvación de nuestros hermanos.

           Es menos pecador el que nunca ha encendido su luz en las tinieblas, que aquel que, encendiéndola, la ha ocultado evitando que los demás sean iluminados por ella. Creer en Cristo y actuar como si no creyéramos en él, tal vez nos haga del agrado del mundo, pero no de Dios, que nos quiere colaboradores en el bien y no cómplices de la maldad.

           Iluminados por el Señor, hechos, por él, luz para las naciones, cobremos tal fortaleza en el Señor mediante la oración y la meditación de su Palabra, que la vivamos y testifiquemos con la fuerza de su Espíritu, de tal modo que a pesar de la fuerza de los vientos, no nos apaguemos, sino continuemos brillando como punto de referencia del actuar en la bondad, en la justicia, en la rectitud, en la generosidad, en la misericordia, en el amor verdadero que necesita nuestro mundo.

José A. Martínez

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           El día de mi Bautismo, Cristo encendió una luz en mi alma, la luz de la gracia. La gracia es esa vida divina que habita en mí, si yo no la expulso por el pecado mortal. Pero esa gracia no me la dio Dios para mí solo, al igual que una bombilla no se enciende sólo para alumbrar la lámpara, sino para que ilumina toda la habitación.

           Jesús, quieres que la vida sobrenatural que has puesto en mi alma, esa gracia que recibo especialmente en los sacramentos, no quede infecunda, sino que brille ante los demás. ¿Cómo? A través de mi ejemplo: de mi trabajo bien hecho; de mi amor a los demás, con detalles de servicio que hago sin que se noten; de mi fortaleza para saber decir que no a lo que es una vida fácil, materialista o hedonista.

           Al que tiene se le dará; y a todo aquel que no tiene, incluso lo que piensa tener se le quitará. Jesús, sigues hablando de esa luz, de la gracia. Al final, en la vida eterna, obtendremos aquello que tengamos capacidad de recibir. Si te he aprendido a amar, si tengo luz, recibiré tu amor que me llenará por completo de felicidad. Si no soy capaz de amarte más que a mí mismo, aun las pocas cosas que me daban un poco de placer y consuelo en esta tierra me serán quitadas. Además, el no ser capaz de amar a Dios por toda la eternidad será el peor de los castigos.

           Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: "Quien no ama permanece en la muerte, y es un asesino". Como dice el Catecismo de la Iglesia:

"Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de él si omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos" (CIC, 1033).

           Te aseguro que, si los hijos de Dios queremos, contribuiremos poderosamente a iluminar el trabajo y la vida de los hombres, con el resplandor divino (eterno) que el Señor ha querido depositar en nuestras almas.

           Jesús, tú eres la luz de los hombres (Jn 1, 4). Pero quieres contar conmigo para iluminar el trabajo y la vida de los hombres. Señor, depositado en mi alma tu gracia, para que mi luz personal esté encendida y pueda iluminar a los demás, he de cuidar mi vida interior, mi vida cristiana. Y la vida cristiana requiere sacrificio.

           Jesús, a veces siento todo tipo de vientos (tentaciones, hábitos, amigos o ambientes que me tiran hacia abajo) que quieren apagar esa luz. Ayúdame a defenderla por encima de todo, pues es lo más importante que tengo. Y si alguna vez se apaga, sé que tú me la vuelves a encender a través de la confesión.

           Jesús, ser cristiano significa precisamente participar de esa luz que eres tú, viviendo esa vida sobrenatural que recibo por la gracia. Necesito tu gracia para imitarte y recorrer el camino que tú seguiste: camino que conduce siempre a la gloria, pasando a través del sacrificio.

           Ayúdame a vivir siempre en gracia. Ayúdame a cuidar esa luz en mi alma, ese fuego divino de tu amor. Ayúdame a iluminar con tu luz a otros, para que descubran también la verdad que les oculta el mundo materialista y hedonista en el que viven. Porque nada hay oculto que no haya de manifestarse y hacerse público.

Pablo Cardona

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           En medio de las diversas intolerancias que nos rodean, la tolerancia es una virtud que debemos cultivar. Sin embargo, a menudo bajo el manto de la tolerancia queremos encubrir las exigencias que comporta el mensaje evangélico para nosotros y para la vida de relación social. Por ello, ante los conflictos existentes en la sociedad, adoptamos una actitud neutral con el fin de evitar los problemas que pueda suscitar la radicalidad del seguimiento de Jesús.

           La Parábola de la Lámpara que hemos leído nos recuerda que proclamarse encendidos con la luz significa hacer presente a cada paso la memoria de un Crucificado, incómodo para los poderes que le dieron muerte y que, por lo mismo, siguen reaccionando con agresividad ante su mensaje.

           Del mismo modo, bajo la imagen de la lámpara que alumbra, se nos hace un llamado a enfrentar decididamente los falsos valores de temor, codicia y búsqueda de placeres que se han erigido como fundamentos imprescindibles para la construcción de toda sociedad.

           El cristiano no puede esgrimir la tolerancia para justificar su traición al proyecto de Jesús. En él, éste brota de una opción decidida, hecha a contramano de la historia y que exige ser renovada a cada momento.

           Cada momento y cada circunstancia deben ser ocasión para renovar la opción del primer momento para no encontrarse al final de la existencia con las manos vacías merecedoras de las duras palabras: "Al que no tiene se le quitará hasta lo que él cree tener". La existencia vivida en fidelidad, por el contrario, hace realidad en la vida de cada hombre la verdad de la afirmación reconfortante y aseguradora: "Al que tiene se le dará".

Confederación Internacional Claretiana

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           Las 2 sentencias que encontramos en el evangelio de hoy aluden a la vida misionera de la Iglesia, que opone la oscuridad del mundo a la luz radiante de Cristo. El creyente tiene el conocimiento (luz) de los misterios del Reino y no se apoya en sí mismo, sino en la fe a la que ha llegado por la escucha de la predicación.

           A nadie se le ocurre la idea de tapar una lámpara encendida. Pero ¿por qué ocultarla bajo un recipiente o bajo una cama? La lámpara es un objeto ritual que está prohibido apagar. Para conseguir la oscuridad, lo único que se puede hacer es esconder la luz, sin apagarla, ocultarla para que no se pueda ver.

           En el texto anterior, Lucas nos había dicho que la Palabra hay que escucharla y aceptarla; ahora nos dice que hay que irradiarla, que no la podemos ocultar, que hay que ponerla sobre un candelero para que los que entren la vean. La sentencia es un llamado a encender la luz del evangelio para que disipe las tinieblas del mundo.

           En la 2ª sentencia, Jesús plantea que todavía no es tiempo de hablar abiertamente, pero que nada de lo que ahora queda escondido quedará sin manifestarse, ni nada de lo oculto dejará de ser revelado. Se trataba de una especie de clandestinidad provisional, necesaria en el momento por la situación de amenaza, pero que se romperá a su debido tiempo.

           Estos versículos podríamos entenderlos como conclusión de la Parábola del Sembrador, y en este caso estarían más en armonía con el propósito original de las parábolas en la predicación de Jesús. Una lámpara se enciende para ayudar a ver. Por eso llegará otra época (la de la misión eclesial), en la que lo que está oculto será manifestado. Jesús intentaba con sus palabras revelar el plan salvífico de Dios. Los que la han escuchado han podido percibir en ellas la presencia efectiva del reino de Dios.

Servicio Bíblico Latinoamericano