24 de Septiembre

Sábado XXV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 24 septiembre 2022

a) Ecl 11, 9; 12, 8

           Un libro tan humano como Eclesiastés termina hoy con una hermosísima evocación de la juventud, el tiempo de la vitalidad que debe vivirse en la alegría, sin olvidar que es pasajera (y vanidosa, como todo lo restante) y que ha de contrastarse con la vejez, en términos llenos de poesía: "Alégrate joven, y en tus años mozos ten buen humor. Sigue los senderos de tu corazón y los deseos de tus ojos".

           Esta exhortación a los jóvenes parece muy optimista, e invita a aprovechar los buenos años de la juventud, porque la vejez nos acecha. No obstante, si lo tomásemos como una invitación al placer desenfrenado, no habríamos entendido nada del pensamiento profundo del autor, pues "tienes que saber que por todo ello te emplazará Dios a juicio".

           La juventud es un don de Dios que hay que vivir en la expansión y alegría. Pero también es un tiempo del que tendremos que rendir cuentas. Efectivamente, Qohelet anima a la juventud a que desarrolle su vitalidad: "Aleja de tu corazón el malhumor, aparta de tu carne el sufrimiento". Y esto es muy positivo y también muy moderno, pues facilitaría las relaciones actuales entre las generaciones.

           Por otra parte, ¿de qué modo podrían los jóvenes descubrir a Dios, si lo que se les ha inculcado es una imposición sobre determinado estilo de vida a gusto de los ancianos y adultos, y no el suyo propio? Nos atrevemos a decir así, con el autor, que el único terreno en que Dios está presente para los jóvenes es el de su vitalidad desbordante, y el de dejarles vivir su juventud. Eso sí, "acuérdate de tu Creador en tus días mozos, antes que vengan los días malos".

           Tras lo cual, pasa el Eclesiastés a analizar el tiempo de la vejez, "cuando tiemblen los guardas de la casa y se doblen los hombres vigorosos, cuando dejen de moler las mujeres y se ahogue el son del molino, cuando enmudezcan las canciones, y la altura cause recelo, y haya sustos en el camino".

           Es imposible resumir esta hermosa descripción de la vejez, y por eso conviene leerla por entero. A través de esta descripción poética, sobre la caducidad de la vida, a la par que sobre la caducidad de las cosas, se siente un profundo amor hacia los ancianos, y una especie de nostalgia amorosa que pone de relieve la realista belleza de esa edad. Resulta inútil añorar la juventud, y lo mejor es vivir cada edad de la vida con realismo.

           No obstante, muchas de estas imágenes poéticas no son muy claras, sobre todo las que evocan belleza y fragilidad ("florece el almendro, está grávida la langosta y da fruto el alcaparro") y las que aluden a los últimos días ("el hombre se va a su eterna morada", "los del duelo circulan por la calle" y "el hombre se va a su eterna morada").

           En medio de esta evocación realista, encontramos una fórmula muy hermosa, en la que podemos detenernos y en la que la nueva liturgia de difuntos se ha detenido como hermoso canto de despedida: "Nuestro Padre te espera a la puerta de su morada, y los brazos de Dios se abrirán para ti". ¿Podemos continuar diciendo que todo es vanidad, cuando todo acaba con esta promesa? Sólo la fe nos abre a esta certeza.

Noel Quesson

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           En esta parte conclusiva del Eclesiastés reaparece el tema de la vanidad (o inconsistencia de la vida) y se nos invita a saber vivir durante la juventud y la vejez. Reaparece la fórmula de tesis-antítesis, y la tensión constante entre alegría y tristeza, entre optimismo y pesimismo, entre luz y sombra, entre la gozosa belleza de la vida en flor y la desconsolada visión de la vida que se acaba.

           Ante la fugacidad que representa ser joven, el Pseudo-Salomón (o Qohelet) recuerda que el gozo de la vida sólo tendrá sentido si está enmarcado en el temor de Dios, y esto antes de que se oscurezcan el sol y la luna, y antes de que vuelvan las nubes y la lluvia.

           Hasta el último momento, nuestro autor hace gala de una sutil ironía que le permite percibir las incongruencias de la existencia humana. Pero su ironía es creadora, busca la corrección y no la destrucción, y quiere enseñar a actualizar la actualidad, como momento presente abierto al futuro y sin anacronismos paralizantes. Es una ironía que no destruye aniquilando lo incongruente, sino que construye tratando de integrarlo en la racionalidad.

           La vanidad o inconsistencia que denuncia Eclesiastés es algo muy cercano a la idolatría, y por ello ¿vale la pena vivir en estas circunstancias?

           Nuestro autor responde que Dios creó tanto los días buenos como los malos, y que por tanto el hombre debe estar preparado para recibir el don que Dios le dé: "Sé feliz el día de la felicidad". Es una respuesta positiva al problema de la vida, y es posible reconocer en ella un designio de un Dios benévolo para el hombre.

           La obra termina con un bellísimo epílogo, lleno de simpatía por este Sócrates bíblico que "además de ser sabio, enseñó al pueblo lo que él sabía, estudiando, inventando y formulando muchos proverbios" (Ecl 12, 9). Las comunidades judía y cristiana, al aceptar al Eclesiastés como libro canónico (es decir, oficial), reconocen el valor de unas palabras que hacen pensar, alaban la labor de un hombre que tuvo como 1ª ilusión ayudar a razonar, y apuntan al autoritarismo como una señal de debilidad, constatando que las ideas no necesitan el apoyo de la fuerza.

           Utilizar el cerebro significa ir en busca del sentido de la vida, aunque esto engendre dolor. El epiloguista sabe que interpreta a nuestro autor cuando repite la invitación final: "Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque eso es ser hombre" (Ecl 12, 13).

Frederic Raurell

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           Hoy el predicador se nos pone escatológico, pues esto va a tener un final, y en ese final el cuerpo humano volverá al polvo del que fue formado, y su espíritu volverá al Dios que se la dio. Reconocer el señorío de Dios sobre nuestra vida es un cuestionamiento acerca de nuestra fidelidad, y ser conscientes de que Dios tiene derecho a pedir cuentas.

           Nuestro autor parece muy experimentado, y hoy escribe como un anciano que hubiera pasado por todo. Sobre todo sabe que ciertas formas de goce de la vida sólo se dan en la juventud, y que un creyente con sentido ético no puede entregarse a excesos irracionales. Es decir, que el Gaudeamos igitur Juvenes dum Sumus debe entonarse con algo de sordina.

           Sabe, además, que las dolencias y achaques de la vejez no son la circunstancia ideal para la mejor entrega a nuestro Hacedor, y que el enfermo carece frecuentemente de la debida paz en su trato con Dios, y que el dolor limita, deteriora y hasta puede desesperar. ¿Cuántos son capaces de una oración serena desde un dolor agudo? Mejor aprovechar la juventud.

Severiano Blanco

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           Qué difícil es llegar a hacer una comunión entre el pasado y el presente, con una visión de futuro. Sobre todo de un futuro que tratamos de construir a base de grandes esfuerzos, procurando conquistar la justicia y la libertad. Pues cuando uno llega a viejo, lo único que desea es conservar es, como únicamente válido, aquello que ha sido fruto de su entrega e ilusiones.

           Puede suceder entonces, reflexiona Qohelet, que la nuevas generaciones nos traten de anquilosados y retrógrados, y de momificados en un pasado que nos impide seguir luchando por un mundo mejor.

           Por ello, los que ya han entrado en edad han de seguir esperanzados en el futuro, entregando a la siguiente generación la herencia sobre la que ésta ha de continuar su trabajo. También han de seguir disfrutando, sobre todo de aquello que ha sido fruto de sus esfuerzos y sudores.

           Vivamos con tal responsabilidad que jamás destruyamos lo que nuestros antepasados pusieron en nuestras manos, no sea que al dejar un mundo más deteriorado (de como lo recibimos) vayamos a ser dignos del juicio de nuestro Dios, que nos ha puesto al servicio no de nuestros intereses, sino del bien hecho a todos, conforme al camino de progresiva perfección en Dios.

José A. Martínez

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           A los jóvenes parece como si el predicador Qohelet les animase hoy a disfrutar y a pasárselo bien mientras puedan. Y es verdad que les dice que eviten las penas y los dolores que pueda acarrear la vida. Pero la sabiduría viene en el matiz siguiente: "Sabe que Dios te llevará a juicio, para dar cuenta de todo". O sea, que les invita a gozar honestamente de la vida, como don precioso de Dios.

           En cuanto a los viejos, es hermoso, aunque un poco patético, el poema que compone Qohelet sobre la vejez y el atardecer de la vida, comparando a un anciano con una casa, en la que se suceden los paralelos:

-un anciano ya no le saca gusto a las cosas,
-se le oscurece la luz,
-no logra oír el ruido del molino o el canto de los pájaros,
-le da miedo las alturas por el vértigo,
-ronda los terrores,
-le cuesta dormir por las noches;

-tiemblan los guardianes de la casa (brazos y manos),
-las que muelen (los dientes) se paran,
-los que miran por las ventanas (los ojos) se ofuscan,
-las puertas de la calle (los oídos) se cierran,
-cuando florezca el almendro (las canas).

           No obstante, nos vienen bien los consejos de Qohelet, que relativiza un tanto las cosas y a la vez da un sentido de fe a la vida.

           Los jóvenes ya pueden empezar a ser sabios si son capaces de aprovechar la vida y vivirla en plenitud. Pero responsablemente, porque darán cuenta de su vida ante Dios. Alegría, sí, pero haciendo el bien, que es la mejor manera de construir un futuro válido.

           A los ancianos se les recomienda una sana resignación, pues como decía ayer el sabio, cada cosa tiene su tiempo. Pero los síntomas de vejez no tienen por qué ser necesariamente dramáticos, y en ellos puede el anciano seguir ofreciendo a Dios lo mejor de su vida. Tanto si es energía y fortaleza, como debilidad y quietud.

           El salmo responsorial de hoy insiste en la visión escéptica de la vida y en la confianza en Dios: "Como hierba que se renueva, que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca. Señor, tú has sido nuestro refugio, y toda nuestra vida será alegría y júbilo".

           El libro del Eclesiastés termina con una frase que no leemos en esta selección, y que parece dar un sentido de fe a todo lo anterior: "Basta de palabras. Todo está dicho. Teme a Dios y guarda sus mandamientos, que eso es ser hombre cabal" (Ecl 12, 13).

José Aldazábal

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           He aquí un curioso poema del Eclesiastés, que constituye un inventario de las decepciones humanas: ¿Para qué una vida larga, si conduce a la decrepitud?

           El estilo del poema es muy alegórico, y se compara la ancianidad con una casa todavía habitada, pero que se va degradando lentamente (pues "el vigor de las hombres va disminuyendo", y "la belleza de las mujeres se va marchitando"). Una casa en que "la rueda de moler se detiene" (porque hay pocos para hacerla girar), mientras que "las puertas de la casa siguen cerradas" (ya que no hay guardianes lo bastante aguerridos).

           Una lectura rabínica del poema lleva la alegoría todavía más lejos, y relaciona cada una de las imágenes con una parte del cuerpo humano. Así, los "guardias que tiemblan" serían los brazos, y los "hombres vigorosos que se doblan" las piernas; las "mujeres que dejan de moler" serían los dientes, y las "ventanas que dan a la calle y han de cerrarse" los ojos. La "voz del molino" sería la voz humana, y las "flores del almendro" los cabellos blancos. Finalmente, la "langosta desfalleciente" y el "fruto de la alcaparra" representarían el sexo.

           Se trata, pues, de un canto a la fragilidad humana, que medita hoy el Eclesiastés, y que el salmo 89 prolonga como salmo responsorial de hoy.

Dominicos de Madrid

b) Lc 9, 43-45

           Lucas nos dice hoy que, estando todos maravillados por lo que Jesús estaba haciendo, éste les hizo un 2º anuncio de la pasión: "El Hijo del Hombre va ser entregado en manos de los hombres". Un anuncio que los discípulos no entendieron lo que quería decir.

           El acento de estas palabras está puesto sobre la inminencia de la pasión de Jesús. Los discípulos se juntan inquietos en torno a él. O más bien, todos los discípulos vuelven a encontrarse alrededor de Jesús después de la separación de la transfiguración. Desde ahora, la pasión y los sufrimientos de Jesús son inminentes, pues él ve con claridad el fin que le espera y por lo tanto les habla a sus discípulos sobre esto.

           El texto dice que Jesús va ser entregado. Es decir, él va a ofrecer la vida, va a padecer en manos de la gente y va a ser ejecutado.

           Jesús no estaba adivinando el futuro o anunciando algo, sino compartiendo lo que él mismo había ido descubriendo en el diálogo con el Padre, en esa oración en la que hablaba con él sobre la oposición creciente que había a su proyecto, y la decisión de llegar hasta las últimas consecuencias en el anuncio del Reino. Lo que en un 1º momento fuera un mero presagio de conflicto (cuando la prisión de Juan), se iba convirtiendo en certeza de muerte.

           Con este 2º anuncio de la pasión, Jesús revela a sus amigos lo que iba a suceder, para prevenirlos contra el desaliento y la duda. Pero no lo tomaba como un destino fatal, sino como lo normal en la historia de los profetas. Y también el libro de la Sabiduría hablaba del justo perseguido, que pone en Dios su seguridad de ser salvado.

           Desde la certeza irrenunciable en la fidelidad al Padre, expresaba Jesús su profunda confianza en que lo rescataría de la muerte. La fe de Jesús se enraizaba en la creencia, común entre los fariseos, de que Dios era el garante de la vida, resucitando a los justos el día final.

           Ante esta realidad, los discípulos no se atreven a preguntar por las duras conclusiones que para sus vidas se seguirían, desde el 1º anuncio de la pasión (Lc 9, 23-26).

Fernando Camacho

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           La actividad de Jesús empezaba a despertar una admiración general en Israel, que podía llevar a los discípulos a confundir la finalidad de la misión que estaba llevando a cabo, trastornándola en vanas expectativas de gloria, fama o triunfo.

           Por eso quiere hoy Jesús aclarar el tema a sus discípulos, y se vuelve a ellos para hablarles con absoluta claridad, de modo que no haya lugar a dudas: el futuro inmediato es la muerte, y con ella el aparente fracaso de la misión, pues los enemigos se unirán para acabar con su vida.

           Los discípulos, sin embargo, no entienden esta forma de hablar, y el lenguaje del maestro les parece oscuro y sin sentido. Y lo que es peor: sospechan que han entendido bien, cuando ni siquiera se atreven a preguntarle por el asunto. Mejor es no tocarlo, se dirían, no sea que fuese verdad lo que estaba diciendo, o aquello de que el maestro "no había venido para ser servido, sino para servir y dar la vida por muchos".

           Duro lenguaje y no menos dura realidad, que los discípulos no están dispuestos a aceptar. Por eso les posee el miedo que les impide hablar y preguntar. Al igual que más adelante en la transfiguración, también se llenarían de miedo al contemplar a Jesús hablando con Moisés y Elías de su éxodo o muerte. Como el avestruz, meten la cabeza debajo de las alas; prefieren no saber para no tener quebraderos de cabeza.

           Tal vez nos pase a veces a nosotros lo mismo. Por eso Jesús invita a sus discípulos más adelante a no tener "miedo de los que matan el cuerpo y después no pueden hacer más" (Lc 12, 4). Difícil de entender también este lenguaje para quien, como los discípulos, tienen como horizonte único la muerte y creen que todo termina con ella.

           Con este horizonte, el miedo es la única defensa, que nos libera en cierto modo de esa pesadilla. Pero el miedo no es cristiano, pues la muerte (eso que tanto nos aterroriza), gracias a Jesús, se ha convertido en un paso doloroso pero necesario (para la vida verdadera). Difícil de creer, pero a quien se le ha dado este don, nadie ni nada podrá nunca jamás amordazarlo con el miedo.

Emiliana Lohr

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           Entre la admiración general por todo lo que hacía, Jesús habló a sus discípulos. Y en este punto, según Lucas, se da por concluida su actividad en Galilea, para emprender resueltamente "el camino hacia Jerusalén".

           Las primeras actuaciones de Jesús habían significado un cierto éxito. De ahí que Jesús temiera que sus discípulos se dejaran arrastrar por ese entusiasmo ficticio de la gente. Jesús no se deja aturdir por la admiración general de la que es objeto; considera humildemente el sencillo papel que su Padre le ha encomendado representar.

           Se trata del Mesías rechazado y humillado, con que hoy Jesús prepara a sus discípulos a no desconcertarse por lo que va a suceder: su sacerdocio sacrificial, en que él ("el Hijo del hombre") será la victima. Al utilizar ese título, Jesús no abdica en absoluto de su grandeza, e incluso alude directamente a un célebre pasaje del profeta Daniel:

"Yo contemplaba en las visiones de la noche. Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un hijo de hombre. Se dirigió hacia el anciano (Dios) y fue llevado a su presencia. A el se le confirió el imperio, el honor y la realeza, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servirán. Su imperio es un imperio eterno que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" (Dn 7, 13-14).

           No obstante, para bajar de las nubes a sus discípulos, también les alude en esta explicación a otro pasaje famoso de la Escritura, para que no se alejasen mucho de la cruda realidad: a ese Hijo del hombre "lo van a entregar en manos de los hombres". Una expresión que ya recogía siglos atrás el profeta Isaías:

"No tenía belleza ni esplendor, despreciable y desecho de la humanidad. Era despreciado y no se le tenía en cuenta. Fue oprimido, y él se humilló y no abría la boca, como un cordero conducido al degüello. Fue herido de muerte" (Is 53, 2-12).

           Los discípulos no entendían todo este lenguaje, y de ahí que "les resultase tan oscuro que no captasen el sentido". Los 12 no entendían nada de esto, y por eso Jesús superpuso 2 concepciones del Mesías, aparentemente opuestas:

-la del Hijo del hombre, que evoca una imagen de trascendencia, y un Mesías que participa de la grandeza de Dios;
-la del Servidor de Dios, que evoca una imagen de inmanencia, y un Mesías entregado en manos de los hombres.

           En Lucas, éste es el 2º anuncio de la pasión, situado justamente en el momento en que "la gente estaba admirada". Ocasión ésta de profundizar en la conciencia íntima de Jesús: el sacrificio de su vida, que termina su "viaje aquí abajo". Algo que relatan los 4 evangelistas, y no como un simple episodio, sino como elemento central del evangelio. Jesús pensaba en ello desde mucho tiempo, y para ello se estuvo preparando, así como inculcando a sus apóstoles.

           Efectivamente, los apóstoles no querían abordar ese asunto con él, porque interiormente rehusaban la muerte de Jesús. No comprendieron que era su mayor acto de amor. Pero, ¿y nosotros? ¿Hemos comprendido todo lo que la misa representa?

Noel Quesson

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           Jesús repite hoy el anuncio sobre su muerte (esta vez, sin añadir su resurrección), y se vuelve a llamar "Hijo del Hombre", apuntando a su mesianismo final, como Señor y Juez del universo. Los discípulos no entendían este lenguaje, y "les resultaba tan oscuro que no captaban el sentido". Además, "les daba miedo preguntar sobre el asunto".

           En otras ocasiones, los evangelistas nos describen los motivos de esta dificultad: los seguidores de Jesús tenían en su cabeza un mesianismo terrenal (con ventajas materiales para ellos mismos), y discutían sobre quién iba a ocupar los puestos de honor a la derecha y la izquierda de Jesús. La cruz no entraba en sus planes. Sí, Jesús despierta admiración, por sus gestos milagrosos y por la profundidad de sus palabras, y también a nosotros nos gusta fácilmente ese Jesús.

           Pero el Jesús servidor, el Jesús que se ciñe la toalla y lava los pies a los demás, o el Jesús entregado a la muerte para salvar a la humanidad, eso no lo queremos entender. Quisiéramos sólo el consuelo y el premio, no el sacrificio y la renuncia. Preferiríamos que no hubiera dicho aquello de que "el que me quiera seguir, tome su cruz cada día".

           Pero ser seguidores de Jesús pide radicalidad, no creer en un Jesús que nos hemos hecho nosotros a nuestra medida. Ser colaboradores suyos en la salvación de este mundo también exige su mismo camino, que pasa a través de la cruz y la entrega.

           Como tuvieron ocasión de experimentar aquellos mismos apóstoles que ahora no le entienden, pero que luego, después de la Pascua y de Pentecostés, estarán dispuestos a sufrir lo que sea, hasta la muerte, para dar testimonio de Jesús.

José Aldazábal

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           Hoy, más de 2.000 años después, el anuncio de la pasión de Jesús continúa provocándonos. Y que el Autor de la Vida anuncie su entrega a manos de aquellos por quienes ha venido a darlo todo, es una clara provocación. Y hasta se podría decir que una exageración. Olvidamos, una y otra vez, el peso que abruma el corazón de Cristo, nuestro pecado, el más radical de los males, la causa y el efecto de ponernos en el lugar de Dios.

           Más aún, olvidamos dejarnos amar por Dios, y nos empeñamos en permanecer dentro de nuestras cortas categorías, y en la inmediatez de la vida presente. Se nos hace tan necesario reconocer que somos pecadores como necesario es admitir que Dios nos ama en su Hijo Jesucristo. Al fin y al cabo, somos como los discípulos, "ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado de modo que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto" (Lc 9, 45).

           Por decirlo con una imagen: podremos encontrar en el cielo todos los vicios menos la soberbia, puesto que el soberbio no reconoce nunca su pecado, y no se deja perdonar por un Dios que ama hasta el punto de morir para salvarlo. Y en el infierno podremos encontrar todas las virtudes menos la humildad, pues el humilde se conoce tal como es, y sabe muy bien que sin la gracia de Dios no puede dejar de ofenderlo, así como tampoco puede corresponder a su bondad.

           Una de las claves de la sabiduría cristiana es el reconocimiento de la grandeza y de la inmensidad del amor de Dios, al mismo tiempo que admitimos nuestra pequeñez y la vileza de nuestro pecado. ¡Somos tan tardos en entenderlo! El día que descubramos que tenemos el amor de Dios tan al alcance, aquel día diremos como San Agustín, con lágrimas de amor: "Tarde te amé, Dios mío". Aquel día puede ser hoy.

Homer Val

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           Jesús quiere dejar en claro su futuro inmediato, esto es la muerte y anuncia que los poderosos se unirán para acabar con su vida. Pero no es fácil para los discípulos comprender esto que les dice Jesús, ya que ellos ven en esto un fracaso de la misión de su maestro. En efecto, el Mesías debía mostrarse siempre y en toda ocasión glorioso y conforme a la razón, victorioso.

           Es por eso que ellos no alcanzan a comprender el significado de esa expresión: "El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres". Especialmente porque ser entregado a los hombres era sinónimo de ser entregado a la muerte. Pero la muerte no es el final, sino la pascua o paso hacia la vida definitiva.

           Los discípulos, sin embargo, no entienden esta forma de hablar de Jesús. En efecto, ellos no entendían estas palabras, y su sentido "les resultaba oscuro", de manera que no podían comprenderlas, y "temían interrogar a Jesús acerca de esto". Duro lenguaje y no menos dura realidad, que ellos no están dispuestos a aceptar. Por eso les posee el miedo que les impide hablar y preguntar.

           La pasión en el Mesías es un hecho extraño, absurdo u opuesto a la opinión o al sentir general de los discípulos, esto es el Mesías sufriente era contradictorio.

           Hoy nos preguntamos muchas veces, porque nos parece extraño que así sea, de que Dios permita que sus hijos sufran, si es Dios, si es el Padre, ¿Cómo puede permitir el sufrimiento? El que está dispuesto a sufrir por vivir según las enseñanzas de Jesús, tiene garantizado el consuelo para su dolor, pero el que no está dispuesto a sufrir ni a llorar, algo natural en nuestra vida, se quedará sin el consuelo divino.

           No ha de verse la tristeza y el sufrimiento, pues, como una gran desgracia, sobre todo si somos cristianos y confiamos en Cristo, ya que el nos ha animado que nuestra recompensa será mayor. La pobreza, al trabajo esforzado, al desprendimiento de los bienes materiales, a la generosidad, el asumir la cruz, el dolor por Jesús, el transformarse en Cristo, amar la cruz, el aceptar la voluntad del Padre, es camino al encuentro con el Señor.

           El momento sublime del dolor es para el cristiano aquel en el que, apoyado sólo en la fe, se siente abandonado del mundo y solo con su dolor. Y aunque también se queja diciendo "¿por qué me has abandonado?", confía a la vez y exclama seguro: "En tus manos encomiendo mi espíritu".

           No tengamos miedo de los planes de Dios, no tengamos miedo de aceptarlos, tengamos fe en él, tengamos esperanza en su divina Providencia, nadie como él vela por nosotros, en nadie encontraremos una acogida tan paternal como la de él, que ese sea el fundamento de nuestra fe y esperanza.

Bruno Maggioni

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           Jesús, hoy nos recuerdas que vas a ser entregado en manos de los hombres, como si repentinamente perdieras tu poder de Dios y no pudieras defenderte ante tus acusadores. Los pobres apóstoles no entienden (lo cual es lógico) y temen preguntarte sobre este asunto, lo cual es menos comprensible, y demuestra que aún les falta confiar más en ti.

           Jesús, quieres que tus discípulos de todos los tiempos no pierdan de vista que lo importante es la cruz, no los milagros: el Calvario (el monte de la crucifixión) no el Tabor (el monte de la transfiguración). Por eso les dices grabad en vuestros oídos estas palabras; no os quedéis con el espectáculo, sino profundizad en el sentido sobrenatural de las obras que hago, y que culminarán con el sacrificio de la cruz. Jesús, ¿por qué tú, omnipotente, te entregas a una muerte así?

           Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, "los amó hasta el extremo", porque "nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos". Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres.

           En efecto, él aceptó libremente su pasión y muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quería salvar: y de ahí que diga: "Nadie me quita la vida, sino que Yo la doy voluntariamente". De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios, cuando "él mismo se encaminaba hacia la muerte" (CIC, 609).

           Jesús, tú mueres en la cruz no por la fuerza de las autoridades judías o romanas, sino por la fuerza de tu amor hacia mí, y por la fuerza de tu voluntad, que te llevan a obedecer la voluntad de Dios Padre aun a costa de dar la vida. Es tan potente esta muestra de amor y este ejemplo de obediencia que no se necesitan más recordatorios.

           A pesar de todo, para que no se desvanezca con el pasar del tiempo, quieres que grabe en mis oídos y en mi corazón, de manera especial, el pasaje de la cruz.

           De este modo, cuando me cueste obedecer tu voluntad, cuando la lucha por vivir cristianamente me parezca demasiado difícil o costosa, podré acudir a ti ("obediente hasta la muerte, y muerte de cruz") para pedirte la fortaleza y el amor fiel que necesito.

           También puedo acudir a mi madre, la Virgen María. Madre, tú fuiste siempre obediente a la voluntad de Dios, desde la anunciación ("hágase en mí según tu palabra"; Lc 1, 38) hasta la cruz. Tú no apareces en los grandes milagros, o en los momentos de espectáculo. Pero sabes estar donde te necesita Dios (en Belén, en Nazaret, en el Calvario) y donde te necesitan los demás (como en las bodas de Caná). Ayúdame a ser fuerte, a obedecer siempre la voluntad de Dios, a amar con obras y de verdad.

Pablo Cardona

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           El evangelista Lucas nos lleva hoy otra vez al contraste entre el éxito actual de Jesús y el futuro sombrío que le espera. Es la 2ª predicción explícita de la pasión, lección repetida, por ser difícil de retener: "Metéoslo bien en la cabeza".

           Mucho más que de Jesús, Lucas nos habla de los discípulos, y lo hace con reiteraciones: "No entienden, no captan el sentido, les resulta oscuro". Es extraño que Dios (sujeto indiscutible de la frase, en la forma del llamado pasivo divino) entregue a su Hijo, y es aún más extraño que esa entrega sea la culminación de una vida mesiánica y la fuente de vida para cuantos crean en él.

           Pero hay aquí un halo de misterio que embarga a los seguidores, pues "les daba miedo preguntarle". Esta última frase, tomada literalmente del evangelio de Marcos, tiene allí más sentido, pues, con motivo de la anterior predicción del sufrimiento, Pedro se atrevió a intervenir y salió muy malparado.

           Para nosotros, como para ellos, mejor dejarnos envolver por el misterio, pasmarnos ante la paradoja, y aceptar que (naturalmente hablando) los caminos de Dios y los nuestros van en dirección deferente.

Severiano Blanco

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           Jesús quiere dejar claramente hoy asentado entre sus discípulos que él no vino a realizar algunas obras, incluso milagrosas, sólo para causar admiración. Él vino como Salvador del mundo y su historia. No puede, por tanto, ser considerado como un simple taumaturgo, sino como el camino, la verdad y la vida, que él ofrece a todo hombre, de cualquier tiempo y lugar.

           Si sólo se le busca a Jesús para recibir favores pasajeros, y no para aceptar su salvación y vivir comprometidos con su evangelio, no como predicadores sino como testigos desde nuestra experiencia personal, desde nuestro encarnar en la propia vida la Buena Noticia de salvación, no podemos decir que nuestra fe está firmemente afianzada en él.

           Entonces honraremos al Señor sólo con los labios, mientras nuestro corazón permanecerá lejos de él. Contemplemos a Cristo clavado en la cruz para el perdón de nuestros pecados; y resucitado para que tengamos nueva vida en él y participemos de su mismo Espíritu Santo. ¿Será esto aquello por lo que buscamos y seguimos a Cristo?

José A. Martínez

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           En Jesús está cierta necesidad de exteriorizar y comunicar a los íntimos sus sentimientos, pues la última hora, la de la verdad y cruz, la presiente muy cercana. Pero los apóstoles y discípulos no sintonizan con esas ideas y sentimientos del Maestro, viven en otra galaxia. Preguntémonos: ¿Será ése también nuestro problema? ¿no actuamos muchas veces con olvido de las realidades que nos envuelven?

           ¡Qué difícil entender que el camino que lleva a Jesús a la gloria ha de pasar por la muerte! Él mismo indicará a los discípulos que se encaminaban hacia Emaús: "Era necesario que el Hijo del hombre padeciera todo esto para entrar así en su gloria". Ojalá y no seamos tardos ni duros de corazón para entender y vivir aquella invitación que el Señor nos hace: "Toma tu cruz y sígueme".

           No podemos amar nuestra vida de tal forma que nos apeguemos a ella y tratemos de evitarle todo el sacrificio y esfuerzo que se exige a quien quiera no sólo anunciar, sino ser testigo de la Buena Nueva del amor de Dios para todos. No nos quedemos con una imagen falsa de hedonismo cristiano.

           Quien quiera colaborar para que el reino de Dios se haga realidad entre nosotros, debe aprender a renunciar a sí mismo, a no querer conservar su vida sin sembrarla en tierra para que muera y surja una humanidad nueva en Cristo. La fecundidad que viene del Espíritu de Dios en nosotros requiere que muramos a nuestros egoísmos y a nuestras visiones cortas de la vida, y que comencemos a dar nuestra vida para que otros tengan vida, y la tengan en abundancia.

           Y esto no porque no haya bastado la redención efectuada por Cristo, sino porque, ya desde la cruz, él asoció a su redención nuestras penas, dolores, sacrificios y entrega, e incluso nuestra muerte aceptada por él y por su evangelio.

Dominicos de Madrid

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           Las palabras de hoy de Jesús cuestionan hondamente a los discípulos. Sin embargo, ellos guardan silencio porque "no comprendían" o porque no se arriesgaban a confrontar al maestro. A los discípulos no les entraba en la cabeza que el camino del enviado de Dios tuviera que pasar necesariamente por la cruz. Ellos esperaban un Cristo arrollador que mediante un éxito deslumbrante eliminara todas las dudas respecto a su persona y a su misión. Sin embargo, el proceder y el camino de Jesús los controvertía abiertamente.

           Los discípulos "no comprendían" las palabras de Jesús, pero no porque éstas fueran oscuras o ininteligibles, sino porque su proceder no iba conforme a las ideas vigentes, y sí nacían de una originalidad realmente desconcertante. La originalidad de Jesús respecto a sus contemporáneos lo había conducido a una radical incomprensión, tanto de seguidores como de enemigos.

           A los discípulos, algo les impedía comprender, un algo que se refería a las rimbombantes expectativas mesiánicas con las que no coincidía la obra ni la acción de Jesús. Por eso, no fueron los opositores del Imperio Romano quienes salieron a defenderlo, ni sus incondicionales discípulos.

           Por su compromiso radical con los hombres, con Dios Padre y consigo mismo, Jesús tuvo que enfrentar su destino en absoluta soledad. Ese algo que estaba en la mente de sus contemporáneos los volvía ciegos ante la novedad definitiva que Dios suscitaba en Jesús y les impedía ponerse del lado del hombre que realmente los podía salvar.

           Hoy nosotros, al igual que los discípulos, tenemos muchas preocupaciones que embotan nuestro entendimiento y nos impiden ponernos del lado de Jesús. Nuestra vida ya esta tan cargada de actividades que difícilmente estamos en condiciones de prestar atención a la propuesta de Jesús y, mucho menos, de aceptar su proyecto del Reino como nuestro programa de vida.

Servicio Bíblico Latinoamericano