23 de Septiembre

Viernes XXV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 23 septiembre 2022

a) Ecl 3, 1-11

           La 1ª lectura de hoy nos propone 3 cortos extractos del libro del Eclesiastés, un libro breve y fascinante que nos dice que "todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo", lanzando un interrogante final: "¿Qué provecho obtiene el que trabaja por toda su fatiga?".

           El autor del libro (Qohelet) cita de ese modo, en un hechizo poético y monótono, 28 acciones humanas, opuestas y contradictorias, que siguen el ritmo de la vida del hombre: hacer y deshacer. En efecto, el hombre está siempre amenazado por la contradicción, y por tener que volver a empezar siempre de nuevo. Esta alternancia es decepcionante, porque hace más difícil la continuidad en el esfuerzo, y porque ¿para qué se va a construir una pared, si luego se va a derribar? ¿O por qué lavar los platos si se van a tener que volver a lavar? Y así indefinidamente.

           Efectivamente, el hombre es el único ser de la creación que siente dolor por su fragilidad, por su carácter caduco y por su mutabilidad. Pero ¿no prueba esto que tiene que haber otro fin? De ahí cosquilleo interior de Qohelet: "Considero la tarea que Dios ha asignado a los hombres, y que ha hecho todo lo apropiado a su tiempo".

           Es decir, que junto a su condición caduca, Dios ha puesto también en el hombre un deseo infinito. Y que el autor del Eclesiastés no es, por tanto, un ateo, aun cuando repita a menudo el análisis lúcido de ciertos ateos modernos.

           Para Qohelet, en medio del flujo y reflujo del tiempo, está lo infinito, y esto es lo que en definitiva se va construyendo (aunque no se perciba). Y la fluctuación monótona y deprimente del tiempo (que va pasando) es el terreno misterioso de una eternidad naciente, en el seno mismo de la descomposición del tiempo.

           El tiempo, por tanto, ¡tiene finalmente un sentido! Pero no en sí mismo, sino en Dios, o más bien en la eternidad de Dios. Sin embargo, no hay que buscar el sentido del tiempo solamente en el más allá y en el después, pues ni se va a refugiar en el cielo ni nos va a descubrir los planes del Eterno. Recordemos el texto: "Fue en su corazón donde puso Dios la infinitud del tiempo". La eternidad ya ha comenzado, y es concomitante con el tiempo: "No has comprendido nada, mientras no hayas comprendido que hoy es el día del juicio".

           Hoy se desarrolla la eternidad, y en ella estamos inmersos. Y todo lo que hacemos, minuto tras minuto, toma una densidad eterna en Dios. En efecto, lo permanente se va construyendo en el núcleo mismo de lo que fluye y pasa. Como decía San Pablo, "incluso si en mí el hombre exterior se va arruinando, el hombre interior se construye día a día".

Noel Quesson

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           El libro del Eclesiastés fue escrito entre el s. III y II a.C, por parte de un autor que se llama así mismo Qohelet (lit. el Predicador) y que parece reincidir en la melancolía, sometiéndose al pie de la letra a lo que hoy llamaríamos proceso de secularización. Es decir, viviendo las realidades terrestres sin referencia alguna a una explicación exterior, y eliminando todo sentido a la existencia humana.

           El poema de hoy recoge el tema de los ritmos del mundo, y en él Qohelet va enumerando hasta 28 acciones opuestas que someten el ritmo de la vida y del hombre a una ciega ley, unas veces necesaria y otras imprevisible. Es decir, que lo únicamente seguro es que a una acción sucederá su opuesta, sin que nadie puede adueñarse de ella ni siquiera durante un instante, porque la inversión y la alternancia se van sucediendo al ritmo el tiempo.

           Así pues, el hombre es incapaz de actuar siempre en el mismo sentido, y está llamado a contradecirse sin cesar, y a empezar siempre de nuevo. Las cosas tienen su tiempo, y una vez transcurrido ese tiempo desaparecen y dan paso a otra, en un ritmo y periodicidad ineludibles.

           Pero esta alternancia no es constante sino engañosa, viene a decir Qohelet, y eso hace imposible toda continuidad en el esfuerzo, y lo único que permite es liberarse de las acciones pasadas y olvidar lo que ha motivado el disgusto (vv. 9-11).

           Para el Eclesiastés, el tiempo pasa de forma cíclica, en una incesante cadena de muerte y nacimiento. Lo cual inserta al hombre en una exigencia espiritual de su ego más profundo. Ciertamente, el hombre está sometido a la universal movilidad, y cada una de sus acciones es arrastrada por el flujo de la historia, causándole dolor ante la imposible posesión de lo inmutable y eterno. El tiempo tiene, pues, la última palabra, al ofrecer a cada uno su condición provisional.

Maertens Frisque

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           La reflexión que hoy ofrece el Eclesiastés se distancia de todas las concepciones fosilizadas, y en su empeño por descubrir el sentido de la vida va descartando las falsas ilusiones que suplantan a Dios, o lo hacen innecesario, o lo domestican, o lo convierten en un ídolo a disposición del hombre. Es decir, de todo apego a las ideas, sentimientos o sistemas religiosos, que ofrecen un camino seguro para llegar a Dios y adueñarse de él (en vez de permitir la irrupción de su iniciativa salvadora).

           Eso es lo que hoy viene a decirnos el autor del Eclesiastés (para algunos Pseudo-Salomón y para otros Qohelet) en sus reflexiones sobre las diversas actividades humanas (vv.1-8), desde una visión del tiempo y del cosmos que parece participar tanto del panta rei (lit. todo fluye) de Heráclito como del eterno retorno de los estoicos: "Todo tiene su tiempo y sazón" (v.1).

           Pero los tiempos sucesivos son contradictorios en su contenido, y se anulan recíprocamente en sus efectos (nacer-morir, plantar-arrancar, matar-curar, demoler-construir, llorar-reír, arrojar piedras-guardarlas, desgarrar-coser...), viene a observar Qohelet, y de ahí que se trate de alternancias fundamentales entre las que se halla prisionero el hombre.

           Nuestro autor no comparte, así, el fatalismo cósmico y el determinismo histórico de la filosofía griega, sino que lo supera por su fe religiosa en un Dios que es Señor de la historia, aunque trascendente en el secreto de su acción en el tiempo: "Observé todas las tareas que Dios encomendó a los hombres. Todo lo hizo hermoso en su sazón, pero el hombre no abarca las obras que hizo Dios desde el principio hasta el fin" (v.10).

           En la impenetrabilidad de los misterios de la vida, observa Qohelet, hay una última meditación sobre la realidad (evidente y misteriosa), y una extraña semejanza entre el hombre y la bestia. El hombre debe habituarse a aceptar lo que es inevitable y a vivir con lo que no puede cambiar, y no tiene más opción que aceptar el mundo en que ha nacido (al igual que el resto de animales), pues Dios no le ha hecho partícipe de los secretos de la creación y de la providencia.

           Pero esto no debe llevarlo a una postura trágica. La ironía del Pseudo-Salomón (o Qohelet) es una invitación a tomar la vida con toda su ambigüedad. La soberanía de Dios y la finitud del hombre abren la puerta a un temor lúcido y sano que nos permite gozar de una vida que, al fin y al cabo, no es totalmente nuestra. En este sentido el Eclesiastés es un auténtico maestro de sabiduría.

Frederic Raurell

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           Qohelet se presenta hoy apático y encogido de hombros (según su costumbre), y la vida le parece un indefinido hacer y deshacer sin horizonte ni sentido alguno. Pero de repente da un salto de fe, y reconoce (quizás con un lenguaje no muy correcto) que las fatigas del hombre en el mundo son un encargo de Dios, y que Dios no es indiferente a toda esta aparente prosa en que se desarrolla la vida humana.

           Vuelve a ver las cosas entonces como creación de Dios, y reconoce que "todo es hermoso" y participa en un misterio inasible. En cuanto al hombre, reconoce que se distingue de las demás criaturas en que puede pensar, pero no en que su pensamiento pueda abarcar tanta maravilla.

           Nosotros, los del s. XXI, vivimos en una época de exploración tecnológica y espacial, de la macro y microfísica y de la física atómica. Pero el dotado de espíritu poético tiene la suerte de trascender las fórmulas físicas, y el creyente de ver a través de las cosas, y de percibir la inabarcable huella de Dios en ellas.

Severiano Blanco

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           Hoy leemos otra de las famosas páginas de Qohelet, el predicador del Eclesiastés: "Todo tiene su tiempo y su momento". El sabio enumera 14 binomios opuestos (tiempo de nacer y de morir, de plantar y recoger, de callar y de hablar, de guerra y de paz...), tomados de la vida, para indicarnos que debemos saber en cada momento lo que toca hacer, con sensatez. No son disyuntivas, sino situaciones complementarias, pero que cada una tiene su tiempo adecuado.

           Tras lo cual, vuelve a insistir en su visión escéptica: "¿Qué saca el obrero de sus fatigas?". A lo que él mismo se responde: es tal la hermosura de lo creado por Dios, y de cada cosa hecha "a su tiempo", que no vale la pena esforzarse demasiado, porque "el hombre no abarca las obras que hizo Dios".

           La sabiduría cristiana está enraizada en la palabra evangélica de Cristo. Pero también puede beber en las páginas sensatas y con sentido del AT, que no presentan altas teologías pero sí una sensibilidad creyente que mira a Dios y tiene los pies bien puestos en el suelo.

           Si supiéramos discernir, por ejemplo, cuándo es "tiempo de llorar o de reír, de guardar o de arrojar, de destruir o de construir", nos irían bastante mejor las cosas en nuestras opciones personales y eclesiales. Cada cosa tiene su tiempo, y nuestros disparates (pequeños o grandes) suelen venir de no distinguir estos tiempos.

           No nos tendríamos que tomar tan en serio a nosotros mismos, y seríamos más felices si miráramos con humor lo que hacemos, sin subirnos a la altura cuando nos sale bien ni hundirnos cuando fracasamos. Lo cual no es una invitación al fatalismo o a la vaguería, sino a trabajar con más serenidad interior y exterior, sin asustarnos de casi nada.

           Santa Teresa de Jesús, que tenía basante sentido común, supo expresar sabiamente esta disponibilidad serena ante lo que nos depara la vida: "Cuando penitencia, penitencia; cuando perdices, perdices". De nuevo se apunta en el salmo responsorial de hoy a que lo único sólido es Dios: "Bendito el Señor, mi roca y baluarte donde me pongo a salvo, mi escudo y mi refugio". Mientras que "el hombre es igual que un soplo, y sus días una sombra que pasa".

José Aldazábal

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           El ser humano es sólo dueño del presente, y por eso se aferra a él luchando por conquistar una vida mejor y más digna. E incluso también los cristianos se afanan en ese presente, trabajando por hacer realidad el reino de Dios. Pero eso no debe ser sólo así, sino que también hay que contemplar el futuro, sin todo aquello que hoy nos oprime o nos hace sufrir.

           No basta, pues, con tener buenos, aunque sean sobre una vida plena. Sino que hay que ponerse en camino para llegar a la realización de nuestras esperanzas. Porque hay Alguien que camina junto a nosotros y que, con su ayuda, impulsa nuestra vida hacia el futuro que es Dios: Jesucristo.

           En este camino hacia el futuro no podemos dedicarnos tan sólo a que las futuras generaciones disfruten de una existencia mejor, o de un mundo más perfecto del que nosotros recibimos. E incluso no podemos esforzarnos por construir la civilización del amor de Jesucristo sin que antes hayamos disfrutado nosotros, por propia experiencia, de esa civilización, rezumando el trabajo y esfuerzo de las generaciones anteriores a nosotros.

           Lo único que se nos pide a los seres humanos es no estacionarnos, y que al gozar de nuestros logros continuemos esforzándonos y caminando hacia la meta, que es la plenitud del reino de Dios.

Dominicos de Madrid

b) Lc 9, 18-22

           La escena del evangelio de hoy está enmarcada en un contexto de oración, en el que Jesús pregunta a sus discípulos: "¿Qué habéis oído a la gente decir de mí? ¿Y qué decís vosotros?". Las preguntas de Jesús están orientadas a saber cuál es la impresión que tiene la gente sobre sus palabras y acciones; los discípulos se refieren a tres diversas interpretaciones de su personalidad y dan una vaga opinión sobre él. Dicen que la gente ve a Jesús como si fuera "Juan Bautista, o Elías o un profeta de los antiguos que ha resucitado".

           Y ahora venía la pregunta que Jesús tenía miedo de plantear, pero que tenía que hacer, pues en ella se jugaba el todo por el todo: "Y vosotros, ¿quién creen que soy?". Pedro respondió: "Tú eres el Cristo de Dios", es decir, el Mesías.

           Jesús les dijo lo que significaba ser Mesías, y les anunció la pasión. Los discípulos no entendieron, ni tampoco Pedro, pues esperaban que él encabezara la lucha de Israel para dominar sobre las naciones. No habían comprendido que por lo que Jesús vivía, y por lo que estaba dispuesto a morir, era por el reinado del Padre, no por ningún otro reinado de un Mesías nacionalista, ni por el dominio de Israel sobre las naciones.

           Lo que quería era que reinara la justicia, la verdad y la vida. No habían entendido que no buscaba el poder, dejándose llevar de sus propias ambiciones; no percibían la fuerza mortal de la amenaza que se cernía sobre él; tal vez se imaginaban que Dios lo protegía de manera mágica, y seguramente pensarían que no había nada que fuera más fuerte que él, pero no habían entendido que el reinado del Padre no se impone por la fuerza, sino que se ofrece como amor indefenso a quien quiera abrirse a él, y que Jesús había asumido esa manera de ser de Dios en la historia.

           Para Jesús era sumamente arriesgado que dijeran que él iba a restaurar a Israel. Roma era sumamente sensible a cualquier posibilidad de revuelta que cuestionara su Imperio. Y las autoridades judías, vendidas a Roma por sus propios intereses, también estaban decididos a desalentar cualquier apariencia de organización contra Roma (pues sólo así podían conservar sus privilegios). Por su parte, los herodianos tampoco estaban dispuestos a dejar que cualquier posible levantamiento del pueblo les pusiera en peligro de perder el favor de Roma.

           Por eso Jesús les impuso una estricta orden de silencio, consistente en no ir diciendo por ahí tonterías. Quería evitar que se malinterpretara su misión, pero también quería evitar riesgos innecesarios. Estaba convencido de que, tarde o temprano, lo iban a matar, y sus discípulos aún no estaban preparados para asumir los riesgos de su misión.

Fernando Camacho

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           Después de haber dado el signo mesiánico por excelencia (pues "cuando venga el Mesías" corría de boca en boca, aludiendo que eso supondría tener comida para todo Israel, tener trabajo y bienestar para todos), Jesús se retira a orar él solo, sabiendo que flotaba en el ambiente una gran expectación, sobre si él "¿será el Mesías?".

           Nadie se atreve a pronunciar esta palabra. Lleva una carga politizada y peligrosa en exceso. Además, ¡han fracasado tantos que pretendían serlo y que finalmente han sido aplastados por la máquina de guerra de los romanos! (Lc 13,1-3; Hch 5,36; 21,38). ¿Y si lo fuese? Los discípulos se lo huelen. Están presentes mientras Jesús reza, pero no participan en la oración. No comparten en absoluto las reservas de Jesús: «Una vez que estaba orando él solo, se encontraban con él los discípulos» (v.18).

           Jesús toma la iniciativa, y quiere que sus discípulos se definan. Entre la gente se barajan toda suerte de opiniones, y el nº 3 (de 3 testigos) equivale a todas las habladurías que corrían entre el pueblo. La mayoría lo tienen por una reencarnación de Juan Bautista. Otros por Elías (que había de preceder a la venida del Mesías y actuar con procedimientos muy expeditivos). Unos terceros creen que es un profeta de los antiguos que ha vuelto a la vida (v.19).

           A nadie, sin embargo, se le ocurre decir que sea el Mesías. La gente esperaba un Mesías que fuese rey carismático, de casta davídica, con fuerza y poder y con un ejército aguerrido. Jesús, por el contrario, habla del reino de Dios, pero no lo entronca con David. No tiene a los poderosos de su lado y no acepta la violencia.

           Por el tono en que hablan, se adivina que los discípulos no comparten las mil y una opiniones (tres pareceres, igual a una totalidad) de la multitud. Jesús los acorrala: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" (v.20a). Pedro, en nombre de los Doce, pronuncia la palabra fatídica: "El Mesías de Dios" (v.20b).

           La adición "de Dios" (Mc 8, 29) no dice simplemente que es el "Ungido por Dios", que se podría entender como "el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16,16) en sentido positivo, sino que pone énfasis en que es el Mesías prometido por Dios con el fin de liberar a Israel de las manos del ejército de ocupación (Lc 23, 35).

           Sólo así se entiende que Jesús, acto seguido, dirigiéndose a los 12, los conmine como si fuesen endemoniados (poseídos por el pecado): "Él les conminó y les ordenó que no lo dijeran absolutamente a nadie" (v.21).

           Pero ¿por qué los considera endemoniados? Porque sabe que han descubierto que es el Mesías, pero que no han hecho ningún progreso en la comprensión del contenido que él le quiere dar. Por el tono de voz se nota que son unos fanáticos nacionalistas y que pueden soliviantar las multitudes y hacer fracasar su tarea. Por esto es tan severo con ellos. Jesús quiere cambiar la historia dando un sentido nuevo a la liberación que Dios quiere realizar en el hombre. Pero ¿quién le hará caso? Todos tratan de llevar el agua a su molino.

           Primero los ha exorcizado, después los ha hecho enmudecer, y ahora les revela el destino fatal del hombre que pretende cambiar el curso de la historia. Y añadió: "El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser rechazado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y, al tercer día, resucitar" (v.22).

           Detrás de este impersonal ("tiene que") se adivina el plan de Dios sobre el hombre, que se ha propuesto realizar y que va a suceder de forma inevitable, aunque el hombre sea y siga siendo libre.

           Jesús acepta, así, el destino del Mesías crucificado (fracasado, a nivel humano), porque es lo que aceptó Dios cuando se propuso crear al hombre dotado de libre albedrío. El fracaso libremente aceptado es el único camino que puede ayudar al cristiano a cambiar de actitudes frente a los sacrosantos valores del éxito y de la eficacia.

           Jesús encarna el modelo de hombre querido por Dios. Cuando lo muestre, sabe que todos los poderosos de la tierra sin excepción se pondrán de acuerdo: será ejecutado como un malhechor. No bastará con eliminarlo. Hay que borrar su imagen.

           En la enumeración no falta ningún dirigente: los senadores (representantes del poder civil), los sumos sacerdotes (que ostentan el poder religioso) y los letrados (responsables de la institución judicial), únicos canonistas intérpretes del AT, reconocidos por la sociedad judía.

           Lo predice a los discípulos para que cambien de manera de pensar y se habitúen a ser también ellos unos fracasados ante la sociedad judía, aceptando incluso una muerte infamante con tal de cumplir su misión. Pero el fracaso no será definitivo. La resurrección del Hombre marcará el principio de la verdadera liberación. El éxodo del Mesías a través de una muerte ignominiosa posibilitará la entrada a una tierra prometida donde no se pueda instalar ninguna clase de poder que domine al hombre.

Josep Rius

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           En un 1º momento, Cristo quiere obtener una confesión de los 12 sobre su mesianidad. Por boca de Pedro, los apóstoles llegan a confesarla, después de haber descartado las demás hipótesis posibles. Pero esta mesianidad es equívoca en la medida, en que entraña, en el espíritu de los contemporáneos, la idea del restablecimiento del Reino por la violencia y por un juicio de las naciones. También Cristo impone el silencio a los suyos, sugiriéndoles que no habrá mesianidad sino a través de la muerte y la resurrección.

           En un momento dado de su ministerio Jesús ha tomado, pues, conciencia de las modalidades en las que iba a ejercerse su mesianidad y ha hecho compartir esta convicción a los suyos. Se advertirá que esta luz le ha sido dada (v. 18) en el curso de un tiempo de oración.

           En su deseo de responder lo más perfectamente posible a la voluntad de Dios, Jesús quiere que su mesianidad no tenga nada de político ni de desquite (Mt 8, 4-10), sino que sea toda de dulzura y de perdón. Esta opción no es fácil de tomar ni de mantener. Numerosas oposiciones se dirigen contra Jesús, y este no tarda en darse cuenta de que tal elección le conducirá a la muerte (v.22).

           Cabe imaginarse el drama de conciencia de Cristo: se sabe encargado de cumplir con una vocación mesiánica, entiende que ha de cumplirla en la dulzura y con medios pobres y se da cuenta de que no podrá conducir a buen término su obra al intervenir la muerte antes de su realización. ¿Entonces? Sin duda Dios quiere que sea más allá de la muerte cuando Jesús complete con éxito su misión mesiánica. ¡Dios no le abandonará, sin duda, en la muerte! De esta manera Cristo llega a pensar en su resurrección y a proclamarla (v.22).

           Lucas muestra a Cristo en oración cada vez que va a tomar una decisión importante o va a comprometerse en una nueva etapa de su misión (Lc 3,21; 6,12; 9,29; 11,1; 22,31-39). Lucas es, en este caso, el único que menciona la oración de Cristo (v.18) antes de obtener la profesión de fe en los suyos y de anunciarles su pasión y muerte.

           Así cabe pensar, como en cada una de las demás circunstancias mencionadas por Lucas, que Jesús reza por el cumplimiento de su misión, cuyos contornos no ve más que en la oscuridad. No basta explicar esta actitud de oración en Jesús por el deseo único de dar ejemplo a sus apóstoles.

           Jesús no ora simplemente con fines edificantes. Si reza es porque realmente el objeto de su oración no le parece cierto: los teólogos que atribuyen a Jesús un conocimiento perfecto del futuro no pueden dar un contenido real a la oración implorante de Jesús: no se reza para que la ley de la gravedad produzca sus efectos.

           Si Jesús reza es que el futuro, como es el caso de todo hombre, no está en sus manos, y que la incertidumbre sobre lo que va a pasar reina en su conciencia. La voluntad humana, que es la suya, no tiene en sí misma el poder de realizar su misión; también él pide a Dios luz y ayuda.

           La oración de Jesús, es, pues real: significa que él afronta el misterio de la muerte que se perfila en el horizonte de su ministerio en la oscuridad de la conciencia y del saber humanos.

           Si la oración de Jesús demuestra la realidad de su humanidad, no deja de ser un signo de su divinidad. La oración es, en efecto, imposible para el hombre, ya que no es un discurso que se dirige a Dios como un objeto. Tiene a Dios por sujeto, que conoce esta profundidad en nosotros que debemos obtener para orar, pero que no podemos alcanzar si no es con la ayuda de su Espíritu (Rm 8, 26-27). Que Jesús pueda reunir en su oración la profundidad de su persona, donde se establece su vocación mesiánica es el índice de que dispone del Espíritu de su Padre.

Maertens Frisque

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           Inquieto por el revuelo suscitado en su provincia por aquel hombre, Herodes planteaba ayer la cuestión de ¿quién es Jesús? Es verdad que no es un miembro de la Iglesia, pero su pregunta encuentra eco en el corazón de los discípulos. También ellos se interrogan: ¿Quién es ese Jesús en quien han puesto su fe? Pedro responde: "El Mesías de Dios".

           Pero con ello no todo queda resuelto, ya que la fe no se limita a una adhesión intelectual, sino que suscita un compromiso personal. ¿Quién es ese Jesús por el que yo me comprometo? El evangelio responde con el anuncio de la pasión. Jesús es el hombre nuevo, totalmente entregado a la voluntad del Padre: tiene que llegar hasta el fondo el compromiso tomado en la sinagoga de Nazaret. Para Jesús, obedecer es ser hijo, sin condiciones.

           Pero Jesús va más allá, pues pregunta hoy directamente: "¿Quién soy yo para ti?". Para ti, no para la gente. Para ti, personalmente, por encima de las respuestas hecha. Una pregunta delicada. Nos gustaría hacérsela a otros, pero vacilamos. Me responderás que "tú eres mi hijo, mi amigo, mi dueño, mi amor". Y lo soy. Pero soy también algo más, otra cosa distinta. Sí, es difícil conocer al otro sin herirle.

           Jesús se arriesga hoy a interrogarnos: "¿Quién soy yo para vosotros?". Y las respuestas abundan. Se han escrito libros enteros para darlas. ¿Jesús? Un profeta asesinado, el Sagrado Corazón, verdadero Dios y verdadero hombre, super-star... Jesús impone silencio, y es difícil conocer a Dios sin herirle.

           Jesús estaba en oración cuando planteó esta cuestión. En la verdad de su ser y de su existencia, él puede decir que conoce a Dios: "¡Padre, Abbá!". Puede decir ese nombre sin herir a Dios, porque él se deja herir por ese nombre: "Padre, hágase tu voluntad". En el Calvario Jesús mostrará hasta dónde le ha llevado su respuesta. En la hora de su pasión será cuando pueda decir de verdad: "Padre, les he dado a conocer tu nombre".

           Conocer a Dios es una pasión; un amor inmenso y un profundo sufrimiento a la vez. Conocer a Dios es una vocación, una llamada: "El que quiera venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo". Hacerse discípulo es una cuestión de opción y de obediencia.

           Es un opción. Será discípulo el hombre que se haya visto tocado en su corazón por una palabra que lo desborda. La vocación es una prueba, ya que la llamada quema como una urgencia, es radical como un juicio. Ser discípulo es abrirse a una pregunta, dejarse cuestionar. Sin más seguridad que la gracia para salir vencedor de la prueba.

           Y es una obediencia. Será discípulo aquel que se entusiasme con el don recibido. A todos los que tienen sed de Dios, del Dios de vida, Jesús les da su Espíritu: por el bautismo nos hemos revestido de Cristo; nosotros le pertenecemos. Nuestra vocación es una iniciación.

           Conocer a Dios será siempre un nuevo nacimiento. Pedro no podrá decir de verdad el nombre de Jesús más que después de su negación y de la Pascua: "Tú lo sabes todo; tú sabes que te amo". Aquel día, en vez de imponerle silencio, Jesús le alentará en su vocación de afianzar a sus hermanos.

           "¿Quién soy yo?". ¿Quién nos dirá, pues, el nombre de Dios, sino la herida que él mismo ha abierto en nuestro corazón con el deseo de conocerle?

Bruno Maggioni

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           Un día, mientras Jesús estaba orando en un lugar solitario, estaban con él los discípulos. Jesús se pone en oración siempre que va a suceder algo importante, cada vez que un viraje decisivo asoma en su vida humana.

           Estamos siempre tentados de no tomarnos en serio esa oración, porque más o menos decimos: "Vamos a ver, era el Hijo de Dios, luego ¿qué necesidad tenía de orar?". O bien minimizamos la densidad de esa oración, reduciéndola a ser sólo un modelo para nosotros: "Jesús oró para enseñar a sus discípulos a hacerlo". O bien nos aventuramos a refugiarnos en la "visión beatifica" y decimos: "Siendo Hijo de Dios vivía continua y fácilmente en la contemplación íntima de su Padre, y por eso estaba en constante oración".

           Ahora bien, los momentos en los que Lucas afirma que Jesús oró, son todos ellos momentos de gran tensión humana. Luego la oración de Jesús era, una oración real, en que pedía efectivamente la ayuda de su Padre a fin de tener la fuerza necesaria para poder realizar su misión. No era una farsa, sino que realmente buscaba luz y valor.

           Jesús les preguntó: "¿Quién dice la gente que soy Yo?". Y ellos le contestaron ellos: "Unos que Juan Bautista, otros que Elías, y otros un profeta de los antiguos, que ha resucitado". De nuevo, encontramos de nuevo los mismos fenómenos de opinión pública. De ahí que Jesús les preguntara: "Y vosotros, ¿quién decís que soy?".

           Jesús les pide una respuesta personal. ¡Hay que tomar posición! Pues no basta ir repitiendo las opiniones oídas, si uno no se compromete personalmente. Y para ello, Jesús oró en primer lugar por esto: se encontraba ante la incertidumbre respecto de sus amigos. ¿Lo seguirían verdaderamente? ¿Vacilarían solamente, o llegarían al "ni sí ni no" de tantos contemporáneos?

           Pedro contestó a Jesús: "Tú eres el Mesías de Dios", que se podría traducir por "el Ungido de Dios" o "el Cristo de Dios". Esto era lo que Jesús había ya afirmado al principio de su ministerio, cuando leyó en la Sinagoga de Nazaret el pasaje de Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha conferido la unción para llevar la buena nueva a los pobres" (Lc 4, 18).

           Por lo que respecta a Pedro, tras haber estado un año viviendo con Jesús, lo reconoce en nombre de los Doce. Sobre Jesús, sobre su persona, sobre su identidad profunda, sólo podemos atenernos a lo que él nos ha revelado de sí mismo. Señor, dinos "quién eres". Y concédenos tener plena confianza en ti.

           Pero Jesús les prohibió terminantemente decírselo a nadie, pues los sueños populares sobre el Mesías eran demasiado políticos y revanchistas. Jesús no quería representar el papel de Mesías potente y victorioso. Pide que no se diga que él es el Mesías, antes de la pasión y resurrección. Y nosotros, ¿qué papel pedimos a Jesús? ¿Estamos dispuestos a seguirlo desinteresadamente?

           Y añadió: "Es preciso que el Hijo del hombre padezca mucho, sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los letrados, sea ejecutado y resucite al tercer día". Jesús ha rezado por todo esto, porque siendo consciente de que iba a desempeñar ese papel de Mesías sufriente, veía perfilarse su muerte sobre el horizonte de su juventud.

           Si habló de ello este día, inmediatamente después de la profesión de fe de Pedro fue porque lo había estado pensando más en la oración que precedió al diálogo. En fin, probablemente Jesús oró también para que sus apóstoles no se quedaran demasiado vacilantes ante ese anuncio dramático. Señor, que esté seguro de que continúas orando por nosotros, para que nuestra fe no vacile.

Noel Quesson

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           Ayer el interesado por saber quién era Jesús era Herodes. Y hoy la pregunta se la hace Jesús mismo a los suyos.

           Lo 1º que quiere Jesús es indagar "quién dice la gente que soy yo". Pero la respuesta es la misma de ayer: "Elías, o Juan, o un profeta". De ahí que Jesús les tenga que interpelar directamente a los discípulos: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?". La respuesta viene, cómo no, de labios de Pedro, el más decidido del grupo: "El Mesías de Dios".

           La palabra mesías es una palabra hebrea, que en griego significa christos, y en castellano ungido. Jesús es el Ungido de Dios, o sea, aquél sobre quien Dios ha enviado su Espíritu, ungiéndole con su fuerza, para que lleve a cabo una misión.

           Esta vez Jesús se da a sí mismo el nombre de "Hijo del Hombre", que viene de aquella visión de Daniel. Este profeta, delante del Anciano sentado en el trono, rodeado por miríadas y miríadas de ángeles, vio venir "entre las nubes del cielo como un Hijo de Hombre" (Dn 7, l 3), uno con apariencia de hombre, pero que claramente supera esta condición, porque Dios le da todo poder e imperio para siempre.

           La pregunta se nos repite periódicamente a nosotros, y no es superflua: ¿Quién es Jesús para nosotros? Claro que sabemos ya quién es Jesús, y no sólo creemos en él como el Hijo de Dios y Salvador de la humanidad, sino que le queremos seguir con fidelidad en la vida de cada día.

           Pero tenemos que refrescar con frecuencia esta convicción, pensando si de veras nuestra vida está orientada hacia él, si le aceptamos, no sólo en lo que tiene de maestro y médico milagroso, sino también como el Mesías que va a la cruz, que es lo que él añade a la confesión de Pedro. Esto último es lo que más les costaba a los apóstoles aceptar en su seguimiento de Jesús, porque el mesianismo que ellos tenían en la cabeza era más bien triunfalista y sociopolítico.

           Pero ¿quién es Jesús para mí ahora, en esta etapa concreta de la vida que estoy viviendo? Porque puede haber una evolución (muchas voces saludable) en mi comprensión de la figura de Jesús. A no ser que me haya hecho una imagen a mi medida, con selección de aspectos del evangelio, en vez del Jesús auténtico, con la cruz incluida. Por ejemplo, el Jesús con quien comulgamos en cada eucaristía es el "cuerpo entregado por", y debemos ir asimilando a lo largo de la jornada esa misma actitud de entrega nuestra por los demás.

           La pregunta puede completarse en dirección a nuestro apostolado con los demás, pues en la catequesis, en la predicación, o en la reflexión teológica, ¿a qué Jesús anuncio yo? ¿Al Jesús del evangelio, o al que nos gusta porque lo presentamos más cómodo y según la tendencia ideológica de turno? La Buena Noticia no puede ser algo inventado por nosotros, sino que nos viene de Cristo, y es consoladora y exigente al mismo tiempo.

           El breve diálogo termina con el anuncio de su muerte y resurrección, aunque aquí Lucas no nos diga qué clase de reacción hubo en los apóstoles ante este anuncio tan inesperado.

José Aldazábal

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           Jesús hace hoy una pregunta a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que soy yo?". Una pregunta que nos lleva también a nosotros a interrogarnos: ¿Por que será que la presencia de Jesús era cuestionada? ¿Por qué se sigue cuestionando hoy a Jesús? La respuesta de ayer, y la de hoy, sólo puede ser una: la presencia de Jesús, que cuestiona al mundo.

           Tenemos que reconocer que Jesús es un interrogante, así se nos plantea frente a muchas realidades de nuestra vida, y ante eso reaccionamos de muy distinta forma, especialmente cuando vemos que el evangelio nos contradice a ciertas respuestas que nosotros creemos que deben ser así, y esto sucede porque no conocemos bien a Jesús. En efecto, conocer a Jesús en forma intima, para algunos resulta difícil, y para otros es muy fácil.

           El que quiera descubrir, encontrar y hallar a Jesús, tiene que hacerlo con mucha fe, solo así puede ser capaz de penetrar en el profundo misterio que encierra Jesús.

           Pero vosotros: "¿Quién dicen que soy yo?", les pregunta Jesús. Frente a esa pregunta, Pedro tomó la palabra y respondió: "Tú eres el Mesías de Dios". Pedro esta iluminado por la luz del Espíritu Santo, y por eso penetra y descubre la personalidad de Jesús, y le es sencillo reconocer al elegido de Dios, al Hijo de Dios.

           Por todas partes del mundo, oímos una pregunta muy importante por sus consecuencias: ¿Quién es Jesús? Frente a esta formulación, tenemos que saber qué responder, porque de nuestra respuesta dependerá mucho la vida que seguirá quien la oiga y quien la dice.

           Pero también debemos nosotros preguntarnos algo trascendente: ¿Quién creemos que es Jesús? ¿Qué es para nuestra vida? Frente a estos interrogantes, tenemos que responder sin vacilación o tropiezo al hablar, en la pronunciación o en la elección de las palabras, y con el testimonio de nuestra vida respaldando nuestras palabras.

           Y esa respuesta no puede ser otra que "Jesucristo, el único Hijo de Dios, el ungido por el Padre para traernos la salvación". No hay otro, él es nuestra esperanza, él es nuestra promesa y a él tenemos que descubrir, como lo hizo Pedro. Por eso es preciso que nos pongamos en disposición de ser iluminado por el Espíritu Santo, único capaz de descubrir los corazones abiertos a Jesús.

           Para terminar su interrogante, y a forma de respuesta que él mismo aporta, les dice Jesús: "El Hijo del hombre es el que debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día".

           Jesús pasó frente a muchas personas que no se dieron cuenta quien era. Y cuando comenzó a darse a conocer, sufrió todo tipo de contradicciones, fue perseguido, azotado y humillado. Pero él extendió sus brazos sobre la cruz, y poco después resucitó, al 3º día.

           Jesucristo fue destinado a morir por lo hombres, y a resucitar para que su obra no terminara ahí. Él resucito triunfante, e inició una vida gloriosa y celestial. Nuestra vida debe proyectarse a la salvación, a nuestra resurrección y glorificación con Cristo, en Cristo y por Cristo.

Pedro Donoso

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           Jesús, tú eres el Cristo de Dios, el Hijo de Dios hecho hombre, Dios y hombre verdadero. Se lo has revelado poco a poco a los apóstoles, y más tarde lo dirás abiertamente a todos. Los judíos te preguntaban: "¿Hasta cuándo nos vas a tener en vilo?" (Jn 10, 24). Y tú les respondes: "Os lo he dicho y no lo creéis" (Jn 10, 25), "Yo y el Padre somos uno" (Jn 10, 30).

           Pero aún no es conveniente manifestar tu divinidad, pues los judíos no están preparados para aceptar este hecho. Ni siquiera al final de tu vida lo entenderán, y por ello precisamente quieren matarte, alegando que "no queremos lapidarte por obra buena, sino porque tú te haces Dios" (Jn 10, 33). Por eso ordenas a los apóstoles que no dijeran esto a nadie.

           Jesús, eres Dios todopoderoso. Sin embargo, es necesario que el Hijo del hombre padezca muchas cosas, y has querido sufrir y morir por mí. Tan grave es el pecado del hombre, que la redención supuso la muerte de un hombre que era a la vez Dios, de modo que el valor de ese sacrificio fuera infinito (como infinita era la culpa merecida por el pecado). Jesús, que me dé cuenta de la gravedad del pecado y que me determine seriamente a luchar para no volver a pecar más.

           Hemos de fomentar en nuestras almas un verdadero horror al pecado. Pero no te asustes al notar el lastre del pobre cuerpo y de las humanas pasiones, porque eso existe. Tu miseria no es obstáculo, sino acicate para que te unas más a Dios, para que le busques con constancia, porque él nos purifica.

           Jesús, siendo Dios has querido padecer muchas cosas, hasta dar la vida por mí, para redimir mis pecados. Por eso yo quiero corresponder a tu amor con una lucha seria por vivir mi vida cristiana con fidelidad. Sé que sólo cumpliendo tus mandamientos puedo demostrarte mi amor, pues tú mismo me has dicho: "Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor" (Jn 15, 10), y también: "Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando" (Jn 15, 14).

           Por eso, Jesús, he de fomentar en mi alma un verdadero horror al pecado, que me separa de ti privándome de la vida de gracia. Sin embargo, me siento tan débil, tan inclinado a los dictados del pobre cuerpo y de las humanas pasiones. A la que me descuido, no pienso más que en mí, en mi soberbia, en mis gustos, en mis intereses. Pero es precisamente esta debilidad la que hace que te busque y te pida con corazón contrito. ¡Que no te ofenda más!

Pablo Cardona

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           Resulta interesante que Jesús pida hoy a los suyos una respuesta personal acerca de lo que ven en él, una confesión de fe, y que no se dejen simplemente llevar de lo que se dice. Y la respuesta debe ser aquilatada, pues las simples palabras pueden conducir a error. Por eso Jesús no les permite pregonar que él es el Mesías.

           Pero para ellos (y para nosotros) lo verdaderamente desconcertante es que el destino inmediato de todo un Mesías sea la humillación y el fracaso, que el camino hacia la plenitud sea tan extraño. Nuestro evangelista, por delicadeza para con los apóstoles, omite la oposición de Pedro al camino de Jesús y los reproches que por ello tuvo que recibir.

           Evangélicamente aleccionados, muchos cristianos han sabido optar por el camino certero: la entrega a los demás, compartiendo con Jesús su vía dolorosa. Ésa es la fórmula mágica de vivir la vida mesiánica, y de anticipar la pascua.

Severiano Blanco

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           La respuesta de hoy de Pedro a Jesús es correcta, aunque su idea que tiene del Mesías no es la correcta. El pasaje nos deja ver cómo los apóstoles esperaban un Mesías que les resolviera todos sus problemas, un Mesías que los liberara de los romanos, que les devolviera el poder a Israel. De ahí que Jesús los corrija de nuevo.

           El reino de Dios y su Mesías están relacionado con la cruz, con la renuncia y con el rechazo de los hombres. No es un cristianismo de privilegios, sino de esfuerzo y donación. No obstante, todavía hay hoy muchos que siguen esperando un "Mesías resuélvelo todo".

           Jesús nos ha obtenido del Padre el poder del Espíritu Santo. Y con él, y con nuestra colaboración diaria, seremos capaces de responder a las exigencias de la vida, y llevar adelante nuestros proyectos. Y tú, ¿que tipo de Mesías piensas que es Jesús?

Ernesto Caro

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           Antes de que nosotros mismos demos respuesta a los requerimientos de Cristo, veamos cómo ha respondido él mismo a la pregunta de lo que nosotros somos para él. Porque su respuesta no la ha dado sólo con palabras, sino de un modo vital.

           Jesús se hizo uno de nosotros, sufrió mucho, fue rechazado por los ancianos, los sacerdotes y los escribas; fue entregado a la muerte, y fue clavando en la cruz que nos condenaba a nosotros, dándonos así el perdón de nuestros pecados. Y resucitó al 3º día para darnos nueva vida y poder presentarnos santos (como él es Santo) ante su Padre Dios, para que sea nuestra la gloria que, como a Hijo unigénito del Padre, le corresponde.

           Eso es lo que nosotros somos para Cristo. ¿Qué respuesta daremos, cada uno de nosotros, cuando nos está preguntando sobre lo que él es para nosotros? Ojalá y no nos quedemos dando una respuesta nacida de lo aprendido en el catecismo, o en la profundización de materias que nos hablan de Dios.

           Ojalá que nuestra respuesta se dé desde nuestra propia vida, en la que el Señor sea el centro de nuestro amor y Aquel por quien realizamos todo, escuchando su Palabra, haciendo en todo su voluntad y dejándonos conducir por su Espíritu Santo, para poder llegar a poseer los bienes eternos.

José A. Martínez

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           Hay preguntas que no admiten evasivas, y en un momento dado cada uno tiene que enfrentarse consigo mismo para hacer luz en su conciencia. Puede ser este el punto de arranque para lograr una vida más serena y comprometida.

           Jesús es el Mesías, como reconoce Pedro, pero este mesianismo no se mostrará plenamente más que en la cruz y en la resurrección. Es la piedra de toque. Un cristiano no se entenderá sin la vivencia de la cruz y de la resurrección. Acompañar a Jesús en el triunfo a todos nos agrada, pero seguirlo hasta la muerte requiere coraje, y resulta más fácil salir con evasivas que ligarte a un compromiso que pone en riesgo tu vida.

           Seguir al Mesías, y un Mesías crucificado, es lo que nos autentifica como cristianos; lo que nos da fuerza para aceptar el dolor; lo que nos capacita para dar una palabra de esperanza ante el sin sentido de la injusticia; lo que nos llena de alegría y paz el sabernos amados por Dios. El que confiesa a Jesús como el salvador de su vida y de la historia, ese es discípulo del Mesías.

           Señor Jesús, purifica nuestros labios para que podamos confesar tu nombre en medio de un mundo autosuficiente, y que la alegría de vivir contigo sea motivo para que los hombres te reconozcan como el Mesías, salvador del mundo.

Carmelitas Descalzas de Toro

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           Escuchamos hoy una pregunta más de Jesús, para despertar la conciencia de sus apóstoles: "¿Qué dicen los demás de mí? ¿Y qué decís vosotros, mis íntimos y testigos de vida?". Dejemos que nuestra fe y confianza en Jesús responda, en silencio profundo. Y no olvidemos las últimas palabras sobre su pasión.

           Quienes estamos familiarizados con la grandeza, honor y gloria de Jesús, tenemos implícita en nuestra mirada hacia él una cierta respuesta, como la tendrían los apóstoles: "Tú eres un profeta, un nuevo Elías, un nuevo Bautista".

           Pero pasar de ahí a añadir que él es el Hijo de Dios... eso es un regalo de Dios, como lo fue la confesión de Pedro. Fe y sólo fe, y a golpe de gracia: "Tú eres el Mesías de Dios, el Hijo de Dios". ¡Afortunados los que creemos en Cristo!

           Pero ¿quién es Jesús para nosotros? No podemos responder a esa pregunta con palabras magistrales nacidas del estudio. Nuestra respuesta debe ser muy sencilla; nacida de la vida, de lo que realmente hemos experimentado de él; de cómo le hemos permitido entrar en nuestra vida y darle un cambio a nuestro ser y actuar; o, por desgracia, de cómo lo hemos ignorado o, peor, aún, de cómo lo hemos expulsado de nuestra vida para poder llevar una existencia conforme a nuestros caprichos e inclinaciones equivocadas.

           El Señor nos dice que es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los anciano, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al 3º día. Y con ello nos está dando a conocer qué somos nosotros para él: todo, pues valemos el precio de su sangre, de su muerte y de su resurrección.

           Jesús nos ama de tal manera que ha salido a nuestro encuentro para ofrecernos el perdón y darnos la oportunidad de participar de su gloria a la diestra de su Padre. Él quiere que seamos sus amigos, de su misma sangre, y que disfrutemos de la misma herencia que le corresponde a él como Hijo de Dios.

           Ojalá que el Señor también signifique mucho en nuestra existencia, y aceptando en nosotros su vida, y dejándonos guiar por su Espíritu no sólo digamos que él es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, el Salvador, sino que esa realidad de fe nos ayude a darle un nuevo sentido a nuestra existencia y a convertirnos en testigos de su amor en medio de nuestros hermanos.

Dominicos de Madrid

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           La oración, realizada en la compañía de Jesús, es el único instrumento válido que nos prepara a realizar el camino que va del reconocimiento de Jesús como Profeta a la proclamación del Mesías y desde ésta a la fe en el misterio del Hijo del hombre.

           La 1ª etapa del recorrido nos conduce a la adhesión a la persona de Jesús como única respuesta valedera a nuestras búsquedas más profundas. Con Pedro y, a diferencia de la multitud, debemos proclamar al Mesías Jesús, nuestro Salvador.

           Pero éste nos exige un paso más. El Mesías, concebido muchas veces como un triunfador, a semejanza de la mentalidad de la sociedad elitista que vivimos, no puede colmar nuestra existencia. Es necesario recorrer el camino hacia Jerusalén en que tiene lugar la historia de la pasión.

           Esta es la suerte reservada al Hijo del Hombre y es también la suerte que debe ser asumida por todos sus seguidores si quieren, como él, ser agentes de transformación de un mundo dominado por la satisfacción de los egoísmos.

           La lucha contra éstos y contra las injusticias que ellos generan nos coloca en el horizonte de la pasión entendida, no como complacencia en el propio sufrimiento, sino como una actitud de coraje para actuar los valores del Reino en un mundo que trata de acallarlos, incluso con el homicidio de sus portadores.

           El martirio es siempre una posibilidad real para los que, en seguimiento de Jesús, asumen su causa. Dicha causa necesita testigos confiables y en el horizonte de éstos siempre se encuentra la posibilidad de la entrega de la propia vida en defensa de sus valores.

Confederación Internacional Claretiana

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           A los discípulos también los asaltaban las inquietudes respecto a la verdadera identidad de Jesús. Las preguntas nacían de la actitud de Jesús. Él no se sometía a sus expectativas nacionalistas, milagreras, autoritarias o de cualquier tipo. Jesús se mostraba como un ser profundamente auténtico que fundaba su identidad humana en una inquebrantable fe. Esa inquebrantable fe en el reino de Dios y en la relación filial con Dios lo llevó muchas veces a inevitables choques con sus discípulos.

           Los discípulos esperaban que él fuera el liberador de Israel. Su expectativa mesiánica coincidía únicamente con la liberación de la opresión romana y con la institucionalización de una soberanía nacional. La confesión de fe de Pedro, aunque reconoce el carácter trascendente de la misión de Jesús, todavía está sometida a esta errónea expectativa.

           Por eso Jesús tiene que aclararle cuál es el destino del "Hijo del hombre", título escatológico que lo ponía al mismo nivel de cualquier ser humano. La misión y la vida de Jesús rebasaban las expectativas vigentes e iniciaban una nueva manera de concebir las relaciones con Dios, con el hermano y la búsqueda de un mundo mejor.

           Hoy tenemos que luchar por recuperar para nuestra práctica cristiana el valor y el sentido de la misión de Jesús. El que lo reconozcamos como el enviado de Dios, tal como lo hizo Pedro, no implica necesariamente que comprendamos realmente su misión. Pues sus discípulos, aunque lo seguían y trataban de ayudarle en todo, se tardaron mucho tiempo en alcanzar una comprensión cabal. Y se demoraron tanto no porque les faltara buena voluntad, sino porque sus propias expectativas los cegaban.

           Hoy nosotros necesitamos prescindir de nuestras ideas previas sobre Jesús para tratar de percibirlo como nos lo presenta el evangelio, y, sobre todo, para comprender su misión y adoptarla como la directiva principal de nuestra vida comunitaria y personal.

Servicio Bíblico Latinoamericano