19 de Noviembre

Jueves XXXIII Ordinario

Pedro Azuar
Mercabá, 19 noviembre 2020

a) Ap 5,1-10

           La solemne liturgia de ayer no estaba completa. El autor del Apocalipsis escenifica muy bien la entrada en escena de Cristo.

           ¿Quién abrirá los sellos del libro de la historia? ¿quién será capaz de interpretarlo? La respuesta apunta al "león de Judá" que ha vencido, "el vástago de David". El vidente descubre entonces delante del trono a un Cordero, que ha sido degollado, pero ahora vive y está de pie. A este Cordero, Cristo Jesús, el triunfador de la muerte, se le da el libro para que lo abra, y entonces los cuatro seres y los veinticuatro ancianos le rinden homenaje entonando himnos de gloria.

           Es lógico que también el salmo tenga tono de victoria: "cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles", con un estribillo tomado del himno del Apocalipsis: "nos hiciste para nuestro Dios reyes y sacerdotes".

           Cristo es el centro de toda la liturgia. De la del cielo y de la de la tierra. Él es el Sacerdote y el Maestro y la Palabra y el Cantor y el Orante y el Templo. Él da sentido a la historia: abre los sellos del libro que resulta misterioso para los demás. Tiene los siete cuernos del poder y los siete ojos de la sabiduría.

           Unidos a él rezamos y alabamos al Padre y le elevamos nuestras súplicas, que concluimos siempre diciendo: "por Cristo Nuestro Señor". Unidos a él, somos también nosotros mediadores y sacerdotes: "has hecho de ellos una dinastía sacerdotal". Hoy podemos cantar con más sentido la aclamación del Santo, y las súplicas en que llamamos a Cristo "Cordero de Dios". En el momento en que se nos invita a participar de la comida eucarística, que es anticipo y garantía del banquete festivo del cielo, el "banquete de bodas del Cordero", se nos dice: "Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo".

           El himno de los veinticuatro privilegiados, "Eres digno de tomar el libro", lo cantamos en Vísperas una vez por semana. Tendríamos que imitar el entusiasmo de esa asamblea de los salvados en el cielo, rindiendo homenaje a Jesús Salvador.

           Sería bueno leer hoy una breve página del Catecismo (nn.1136-1139). Se pregunta: "¿quién celebra?", y responde: el "Cristo total", no sólo nosotros, los que nos reunimos aquí abajo para la Eucaristía o para Vísperas, sino todos los salvados, unidos a Cristo. Para ello comenta precisamente este pasaje del Apocalipsis y se recrea describiendo la gran asamblea de los bienaventurados. Los que celebramos aquí abajo, "participamos ya de la liturgia del cielo, allí donde la celebración es enteramente comunión y fiesta".

José Aldazábal

b) Lc 19,41-44

           Jesús lloró una vez por la muerte de su amigo Lázaro. Hoy nos lo describe Lucas llorando por Jerusalén, previendo su ruina. Después del largo camino desde Galilea a la capital, en vez de prorrumpir en cantos de gozo -"¡qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor!"-, a Jesús se le saltan las lágrimas.

           Su ciudad preferida no ha sabido "comprender en este día lo que conduce a la paz", "no reconociste el momento de mi venida", y no sabe que se acerca la gran desgracia. La destrucción que, en efecto, le acarrearon las tropas de Vespasiano y Tito el año 70.

           ¿Qué resumen podría hacer Jesús de nuestra historia? ¿tendría que lamentarse porque tampoco nosotros hemos "reconocido el momento de su venida"? ¿o nos alabaría porque le hemos sido fieles?

           Todos podríamos aprovechar mejor las gracias que nos concede Dios. Ayer se nos decía lo de las monedas de oro que deben producir beneficios. Hoy se nos pone delante, para escarmiento, la imagen de un pueblo que no ha sabido abrir los ojos y comprender el momento de la gracia de Dios.

           Dentro de pocos días iniciaremos un nuevo año con el Adviento. Una y otra vez se nos dirá que hemos de estar vigilantes, porque Dios viene continuamente a nuestras vidas, y es una pena que nos encuentre dormidos, bloqueados por preocupaciones sin importancia, distraídos en valores que no son decisivos.

           ¿Dejaremos escapar tantas oportunidades como nos pone Dios en nuestro camino, oportunidades que nos traerían la verdadera felicidad? No pensemos tanto en si Jesús lloraría hoy por la situación de nuestro mundo. Pensemos más bien en si cada uno de nosotros le estamos correspondiendo como él quisiera, o le estamos defraudando.

José Aldazábal

*  *  *

           El evangelio de Lucas nos viene indicando desde el comienzo del camino el progresivo acercamiento de Jesús a Jerusalén. Los conflictos de igual modo han venido creciendo y están a punto de estallar.

           Luego de lo que se puede considerar una "entrada triunfal", Jesús se acerca a la ciudad y llora por ella. Jerusalén se ha convertido en el centro religioso, político y militar que domina y margina a las ciudades periféricas. En la ciudad de Dios no hay lugar para los pobres. Cientos de pobres deambulan por las calles desempleados y hambrientos. El templo edificado para dar culto al Dios verdadero, se había convertido en el centro mercantil de la nación. Allí se guarda, como en un banco, el tesoro que sustenta las fortunas de los poderosos. Jerusalén pues, había traicionado el propósito de ser una ciudad santa y se había convertido en la guarida de todos los opresores.

           Ante esta situación, Jesús pronuncia su famosa profecía: todo lo que los dirigentes habían hecho por mantener el templo y el sistema teocrático se iba a ir al suelo de un momento a otro. La mentalidad beligerante de los nacionalistas tarde o temprano los conduciría a una guerra. La política de los dirigentes estaba orientada a mantener el sistema vigente pero no hacia el bien común. Esta situación no era sino el presagio de un gran desastre. Treinta años después de la muerte de Jesús la ciudad fue totalmente destruida por el ejército romano. Los judíos perdieron la guerra contra el imperio por sus divisiones internas.

           Hoy, asistimos a un crecimiento vertiginoso de las ciudades. También presenciamos y participamos de los muchos esfuerzos que las fuerzas vivas de la sociedad y de la iglesia realizan para convertir la ciudad en un lugar vivible. La polución, la violencia, el desempleo y el caos vehicular amenazan con convertir los centros urbanos en lugares de interminables luchas fratricidas. Las comunidades cristianas se deben comprometer desde su contexto concreto a dar soluciones, sugerencias y alternativas que hagan viable la vida urbana.

Servicio Bíblico Latinoamericano