16 de Noviembre

Lunes XXXIII Ordinario

Pedro Azuar
Mercabá, 16 noviembre 2020

a) Ap 1,1-4; 2,1-5

           Durante las dos últimas semanas del año litúrgico, la Iglesia nos presenta textos que evocan el "fin de los tiempos". El Apocalipsis de san Juan es dado aquí en esta perspectiva.

           Notemos ya, desde el comienzo de esta lectura que no hay que buscar informaciones concretas sobre el «fin del mundo», como se ha hecho a veces: las imágenes de catástrofes cósmicas, abundantes en el Apocalipsis han conducido a un verdadero contrasentido. En el lenguaje moderno corriente, el término «apocalíptico», ha venido a ser sinónimo de «catastrófico». Y no es éste completamente su verdadero sentido. La palabra «apocalipsis» quiere decir «revelación»: es la primera palabra del libro, como veremos enseguida.

           Este contrasentido viene del hecho que no sabemos ya leer esos textos, cuyos símbolos eran familiares a los lectores del tiempo de san Juan. Para comprender la «Revelación», el «Apocalipsis», hay que entrar sencillamente en el juego del autor, y traducir de nuevo en «ideas teológicas» los «símbolos concretos» usados por san Juan. El Apocalipsis es un mensaje cifrado, que hay que descifrar: los objetos, los colores, las cifras tienen una significación simbólica. Y las catástrofes cósmicas forman parte de ese lenguaje cifrado. De otra parte, el mismo san Juan se esforzó en darnos la equivalencia de algunos símbolos: una «estrella» representa un «ángel», un «candelabro» significa «una iglesia particular» (Ap 1,20)... el color «blanco del lino» representa «las buenas acciones de los fieles» (Ap 19,8).

           Un "apocalipsis" es, ante todo, el hecho de «levantar el velo» (re-velar) que cubría ciertas realidades. Sólo Dios es capaz de revelar ciertas cosas, sólo de él conocidas.

Noel Quesson

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           Durante las dos últimas semanas del Año Litúrgico, antes del Adviento, la lectura que nos va a acompañar es el Apocalipsis, el último libro del NT y, por tanto, de la Biblia. Apocalipsis significa en griego "revelación". Los libros "apocalípticos" tiene unas características muy especiales, y usan un lenguaje misterioso, lleno de imágenes y símbolos, no fáciles de entender. Se nos hablará de dragones y caballos, de trompetas y cataclismos cósmicos, del simbolismo de los colores y de los números, y sobre todo de la lucha entre la Bestia y el Cordero.

           El autor se llama a sí mismo Juan, pero es dudoso que se trate del mismo Juan al que se atribuye el cuarto evangelio y las cartas. Estas visiones las tuvo, dice él, en la isla de Palmos (por eso se le llama "el vidente de Palmos"), y precisamente en "el día señorial", el día del Señor, el domingo. Lo cual acentúa el carácter "pascual" de todo el libro, con la clave de la lucha, la muerte y la resurrección del Cordero, que acaba triunfando contra el mal y la muerte. Se nos hablará de luchas cruentas en la tierra y liturgias gozosas en el cielo.

           Probablemente se escribe este libro a fines del siglo I, y por tanto la clave en que hay que interpretarlo es la situación que pasa la Iglesia en esta época, duramente perseguida por el emperador Domiciano (ca. 81-96), y marcada también por crisis internas de cansancio, herejías y divisiones. Así se puede entender la dramática batalla que se libra entra el dragón y el Cordero, entre el mal y el bien. El libro transmite un claro mensaje de esperanza, porque la Bestia fracasa estrepitosamente y el Cordero triunfa, asociando a toda la comunidad eclesial en su alegría.

           La primera parte de la lectura de hoy es el inicio del libro, "la revelación que Dios ha entregado a Jesucristo para que muestre a sus siervos lo que tiene que suceder pronto". Cristo, por medio de un ángel, se la comunica al "siervo Juan", el cual, "narrando lo que ha visto, se hace testigo de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo".

           A los que iniciamos hoy esta lectura con fe, se nos felicita ya desde la primera página: "dichosos los que escuchan las palabras de esta profecía y tienen presente lo que en ella está escrito".

           Pero en seguida, el Apocalipsis pasa, en los capítulos 2 y 3, a transcribir siete cartas a otras tantas Iglesias del Asia Menor. Hoy leemos la dirigida a la comunidad cristiana de Éfeso, a la que "la voz del cielo" alaba por su entereza -"has sufrido por mí y no te has rendido a la fatiga"- y además por haber sabido discernir quiénes eran los falsos profetas en su seno. Pero le recrimina que "ha abandonado el amor primero".

           La revelación de Dios, su plan de salvación, nos ha sido manifestada en Cristo Jesús, y luego, ya desde hace dos mil años, a través de su comunidad la Iglesia, que la va difundiendo por el mundo. Nosotros también, una vez evangelizados, nos convertimos en evangelizadores. Cada uno según la misión recibida en la comunidad, todos tratamos de transmitir a otros la Buena Noticia del triunfo de Cristo sobre el mal.

           El Apocalipsis nos va a ayudar a interpretar la historia desde los ojos de la fe, a no perder nunca la confianza, a tener una visión pascual de los acontecimientos, por penosos que sean, y por duras que sean las dificultades internas y externas: porque el Cordero vencerá e invitará a bodas a su Esposa la Iglesia.

           La primera carta de las siete dirigidas a las Iglesias del Asia puede ser que nos retrate a nosotros. Seguro que en nuestra vida hemos sufrido por Cristo, hemos demostrado nuestro aguante y ha habido períodos en que no parecía cansarnos el trabajar por el bien. Seguro, también, que hemos tenido momentos de lucidez para discernir quiénes son verdaderos apóstoles y quiénes no.

           Pero tal vez merecemos también el reproche que el ángel dedica a los Efesios: "has abandonado el amor primero". La perseverancia nos cuesta a todos, y más en medio de un mundo que no nos ayuda a seguir los caminos de Jesús. Cada uno sabrá en qué ha decaído y, por tanto, en qué ha de recapacitar en estos últimos días del año y en el Adviento próximo. Que resuene dentro de nosotros la invitación del vidente: "recuerda de dónde has caído, conviértete y vuelve a proceder como antes". "¡Vuelve!".

           El salmo primero nos invita a una renovada fidelidad: "dichoso el que no sigue el consejo de los impíos ni entra por la senda de los pecadores, sino que su gozo es la ley del Señor... el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal". Exhortaciones que van acompañadas por un estribillo insistente y esperanzador, tomado del Apocalipsis: "al que venciere le daré a comer del árbol de la vida".

José Aldazábal

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           Los capítulos segundo y tercero contienen las cartas a las siete Iglesias de Asia Menor (la actual Turquía), a las que se dirige el Apocalipsis. Todas las cartas tienen el mismo esquema literario: Orden de Cristo -al que se aplican los diversos títulos gloriosos del capítulo primero- para que Juan escriba a una Iglesia determinada; alusiones a los méritos y deficiencias de ésta; exhortación a la lucha y a la esperanza en la victoria final. Las siete Iglesias son presentadas según el trayecto que recorrería un viajero que saliese de Efeso y volviese luego a ese punto de partida. Los ángeles de Efeso y de Esmirna son los primeros en recibir las palabras del Señor Jesús.

           El Viviente conoce profundamente su situación, tanto la paciencia mostrada en los sufrimientos por el nombre de Cristo, en el caso de Efeso, como la tribulación y la pobreza -la verdadera riqueza (v 9)-, en el caso de Esmirna. Los adversarios que se han infiltrado en las comunidades las han forzado a consolidarse en la auténtica fe recibida de los apóstoles (la Iglesia de Efeso había sido fundada por Pablo) y a rechazar a los falsos enviados. A causa de las calumnias, algunos hermanos serán encarcelados para ser probados en su fidelidad.

           Sin embargo, en las dos comunidades hay cosas que no marchan bien: se ha abandonado la caridad de antes, urge una conversión. Mantenerse en la rutina y en la tibieza podría provocar el rechazo por parte del Señor (v.5). En cambio, la fidelidad hasta la muerte traerá consigo la victoria definitiva sobre ésta. (La «segunda muerte» -v 11- parece aludir a la muerte eterna, en oposición a la «primera muerte» o «pecado mortal»). El vencedor, el creyente que persevere hasta el fin, participará eternamente de la vida del Viviente. El fruto del árbol y la corona son los símbolos de esa vida.

           El Espíritu, pues hace una llamada a comunidades cristianas ya veteranas. «El que tenga oídos, que oiga» (vv.7 y 11) es una invitación a desentrañar las palabras de la profecía, a abrirse totalmente a ellas. Porque la palabra del Señor descubre las cosas ocultas y es exigencia de conversión constante.

Armand Puig

b) Lc 18, 35-43

           El evangelio de este día cuenta cómo Jesús, después de anunciar su Pasión y resurrección curó a un ciego dentro del contexto de una subida a Jerusalén.

           La incredulidad de los apóstoles es un tema frecuente en los anuncios de la Pasión y de la subida a Jerusalén. Jesús padece esta falta de fe de los suyos que "no comprenden" (Mc 8,31-33; Lc 2,41-50). Según esto, cabe preguntarse si Lucas no hace seguir el anuncio de la Pasión del relato de la curación del ciego con el fin de procurar una enseñanza sobre la necesidad de la fe. Mateo y Marcos sitúan este episodio más lejos, después de dos incidentes más (Mt 20,29-34). Mateo ni siquiera hace alusión a la fe y menciona dos ciegos en donde Lucas solo cita uno.

           La intención de Lucas está tanto más clara en cuanto que une el episodio del ciego al hecho de que los apóstoles no comprenden nada de las palabras de Jesús (v.34) y es el único en hacer notar esto. El es el único asimismo que menciona la frase "todo lo que ha sido escrito por los profetas" (v.31). No se podía decir mejor que la ceguera de los apóstoles lleva precisamente a no entender las Escrituras a propósito del Hijo del hombre y de su necesidad de subir a Jerusalén.

           Poseemos una réplica luminosa de este pasaje en el episodio de los discípulos de Emmaús, en donde Lucas hace notar que después de la explicación de las Escrituras ("¿no era necesario que Cristo padeciese...?") y de la fracción del pan, "sus ojos se abrieron" (Lc 24,26-31).

           La doctrina de esta perícopa se concreta de esta manera. Cristo debe subir a Jerusalén para cumplir la ley y los profetas; pero, para comprender este misterio pascual hay que abrir los ojos de la fe para poder entender las Escrituras. Los medios humanos son inadecuados; hay que "dejarse conducir" (v.40) por otro para descubrir la luz.

           Las peregrinaciones a Jerusalén ocupan un gran puesto en la vida de Jesús. Si se prescindiera de ellas, no se entendería su ministerio público. Las "subidas" sucesivas de Jesús a Jerusalén son necesarias para entender su obra. Lucas concibe su Evangelio como una subida progresiva a Jerusalén en donde se consumará el sacrificio de la cruz. Para San Juan, las peregrinaciones de Jesús a Jerusalén forman la trama misma del relato evangélico (Jn 1,13; 5,1; 7,1-14; 10,22-23; 11,15).

           No debe extrañarnos esta situación. La intervención histórica de Jesús descubre su originalidad en el centro mismo del itinerario espiritual de Israel. Jesús, como miembro del pueblo escogido, sube a Jerusalén. Se trata, tanto para él como para todos los hijos de Abraham, de cumplir una obligación ritual que es esencial en la religión judía. Pero Jesús, al cumplir esa obligación en la forma en que lo hizo, inaugura la nueva religión fundada en su persona.

           Al subir a Jerusalén, el hombre judío quiere manifestar el contenido de su fe en Yahvé. Dentro de este mismo rito, Jesús encarna su itinerario de obediencia hasta la muerte de cruz: sube a Jerusalén para morir de amor por los hombres. Al entregar su vida por obediencia a la voluntad del Padre, Jesús funda la religión del amor universal; se convierte en el prójimo de todos los hombres y los atrae a todos hacia él.

           Al mismo tiempo, el rito se hace caduco, pues al ser realizado por Jesús, la peregrinación a Jerusalén pierde su significación.

           Nace un nuevo templo: el cuerpo de Cristo. Se consuma el régimen de la ley: ha llegado el momento de una religión en espíritu y en verdad. Jesús supera definitivamente la solución pagana del "espacio sagrado". De ahora en adelante ya no hay ciudades santas. El centro espiritual de la humanidad es el cuerpo de Cristo resucitado.

           La obediencia amorosa de Cristo, hasta entregar su vida, inaugura en El un Reino que no es de este mundo. En toda su vida terrestre fue el peregrino de la Jerusalén celestial. Así será también la Iglesia, cuerpo de Cristo. Ella peregrina en esta tierra continuamente en marcha hacia su realización perfecta más allá de la muerte.

           La Iglesia convoca a todo miembro suyo a ser aquí abajo un peregrino del Reino. Este peregrinar lo invita a dar su vida entera por la construcción del Reino. No le espera ninguna ciudad santa sino solo la familia del Padre.

           Esta tarea exige al cristiano que renueve constantemente su fe y su caridad.

           Ser peregrino del Reino es, en definitiva, "seguir a Jesús". Y Jesús nos invita a que le sigamos precisamente en aquellos pasajes evangélicos en que se trata de su subida a Jerusalén.

           Solamente Jesús trazó la ruta de la obediencia hacia el Reino; si lo seguimos, los cristianos seremos fieles a nuestra condición de peregrinos.

           A lo largo de su viaje por esta tierra, a la Iglesia le gusta recordar a la comunidad creyente su situación aquí abajo. Este peregrinar propuesto a los cristianos afecta a toda su vida. Exige ante todo un resurgimiento teologal.

Maertens Frisque

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           La curación del ciego está contada por Lucas con detalles muy expresivos.

           Alguien explica al ciego que el que está pasando es Jesús. Él grita una y otra vez su oración: "Jesús, hijo de David, ten compasión de mí". La gente se enfada por esos gritos, pero Jesús "se paró y mandó que se lo trajeran". La gente no le quiere ayudar, pero Jesús sí. El diálogo es breve: "Señor, que vea otra vez", "recobra tu vista, tu fe te ha curado". Y el buen hombre le sigue lleno de alegría, glorificando a Dios.

           Nosotros no podemos devolver la vista corporal a los ciegos. Pero en esta escena podemos vernos reflejados de varias maneras. Ante todo, porque también nosotros recobramos la luz cuando nos acercamos a Jesús.

           El que le sigue no anda en tinieblas. Y nunca agradeceremos bastante la luz que Dios nos ha regalado en Cristo Jesús. Con su Palabra, que escuchamos tan a menudo, él nos enseña sus caminos e ilumina nuestros ojos para que no tropecemos. ¿O tal vez estamos en un período malo de nuestra vida en que nos sale espontánea la oración: "Señor, que vea otra vez"?

           También podemos preguntarnos qué hacemos para que otros recobren la vista: ¿somos de los que ayudan a que alguien se entere de que está pasando Jesús? ¿o más bien de los que no quieren oír los gritos de los que buscan luz y ayuda? Si somos seguidores de Jesús, ¿no tendríamos que imitarle en su actitud de atención a los ciegos que hay al borde del camino? ¿sabemos pararnos y ayudar al que está en búsqueda, al que quiere ver? ¿o sólo nos interesamos por los sanos y los simpáticos y los que no molestan?

           Esos "ciegos" que buscan y no encuentran tal vez estén más cerca de lo que pensamos: pueden ser jóvenes desorientados, hijos o hermanos con problemas, amigos que empiezan a ir por malos caminos. ¿Les ayudamos? ¿les llevamos hacia Jesús, que es la Luz del mundo?

José Aldazábal