17 de Noviembre

Martes XXXIII Ordinario

Pedro Azuar
Mercabá, 17 noviembre 2020

a) Ap 3,1-6.14-22

           De las siete cartas que Juan envía en nombre de Cristo-juez a las diferentes comunidades de Asia, la lectura de hoy abarca las que fueron dirigidas a Sardes (vv.1-6) y a Laodicea (vv.14-22).

           El tono de estas dos cartas es bastante pesimista. El ardor del principio se ha debilitado considerablemente: la caída de Jerusalén tuvo lugar sin que se terminara el mundo; se presiente la caída de Roma, pero tampoco de ella dependerá el fin del mundo. Esto significa que los cristianos perdieron la clave que les permitía dar un sentido religioso a las catástrofes y persecuciones. Era fácil vivir de fe y de esperanza cuando se unían las persecuciones, la caída de las ciudades y el fin del mundo. Es menos fácil (pero tal vez más purificador) vivir su fe aún a pesar de los acontecimientos de los que no se ve su significación escatológica. No importa morir en la persecución cuando se espera que ella va a llevar a la ciudad nueva: uno se hace más indiferente cuando la persecución se convierte en algo ordinario y no aparece ya como un signo del Reino que viene.

           Bajo este aspecto, la situación religiosa de las primeras comunidades es bastante semejante a la de nuestras Iglesias contemporáneas: los fundamentos habituales de la esperanza vacilan, y aquello que antes era interpretado bajo un punto de vista religioso toma a menudo un valor y una significación puramente profanos que inquietan los espíritus religiosos.

           La fe palidece, Dios parece que está muerto. El libro del Apocalipsis tiene por objeto desvelar el sentido religioso y misterioso de los acontecimientos escatológicos. El cristiano moderno escuchará las enseñanzas de Juan para oír la revelación y habituarse a la presencia de Cristo resucitado en el corazón de todo ser y en el sentido de los acontecimientos.

Maertens Frisque

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           Este fragmento completa las cartas a las siete Iglesias. Con un esquema semejante al de las cuatro primeras circulares se nos presentan ahora las palabras que "el Santo" dirige a las comunidades de Sardes, Filadelfia y Laodicea. Lo mismo que antes, a través de lo que estas cartas manifiestan podemos hacernos una idea de la situación de las Iglesias.

           La visita inesperada del Señor -«como un ladrón» (v.3)- exige vigilar constantemente, es decir, estar pronto para acogerlo. Es la exigencia que encontramos en Mt 24,44: «Pues estad también vosotros preparados, que cuando menos lo penséis vendrá el Hijo del hombre». La conversión es particularmente urgente en Sardes, donde, aunque unos pocos se han mantenido sin mancha, muchos están muertos, porque han olvidado lo que les fue anunciado con obras y palabras.

           El caso de Filadelfia es muy distinto. Aquí los cristianos, que han permanecido firmes durante la persecución judía, reciben ahora el reconocimiento por su actitud valiente. El Señor los ha amado y ha correspondido a su fidelidad. Por haber guardado su palabra durante la tribulación, también él los protegerá en el momento de la prueba definitiva. ¡Qué hermoso contraste entre la poca fuerza actual de los cristianos de Filadelfia y su estatuto futuro de «columnas» sólidas y estables!

           La última carta, la más dura de las siete, contiene el mensaje a los de Laodicea. Las riquezas son su gran obstáculo. Seguros de sí mismos y de sus bienes, son exponentes visibles de una fe vivida a medias, de una fe tibia que intenta soslayar el conflicto planteado por Jesús: «Os aseguro que difícilmente entrará un rico en el reino de Dios» (Mt 19,23). Por el amor que el Señor les tiene, el ángel los exhorta a enriquecerse con oro auténtico y a adornarse con buenas obras.

           Como ya veíamos en textos precedentes, hay que abrir al Señor que viene pronto y llama. Vivir en vela constante. Es la única manera de poder vestir luego la vestidura blanca, de comer con Jesús y de sentarse a su lado, es decir, de convertirse en ciudadano de la nueva Jerusalén.

           Notemos que los diferentes títulos cristológicos que aparecen en el Apocalipsis sirven para describirnos una única realidad polifacética: Jesucristo, testigo del Padre, el amén, el sí firme y verdadero a Dios. Buena parte de los textos que siguen desglosarán y explicitarán esta única realidad.

Armand Puig

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           De las cartas a las siete Iglesias del Asia -todas en la actual Turquía-, leemos tres en la selección que hace el Leccionario de la misa: ayer, la dirigida a los Efesios, y hoy otras dos.

           Una va para "el ángel de la Iglesia de Sardes", lo que puede significar al pastor responsable o a la comunidad entera. Sardes era una ciudad comercial muy viva. La carta echa en cara a la comunidad cristiana: "tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto". Y les exhorta a convertirse: "ponte en vela, reanima lo que te queda y está a punto de morir... arrepiéntete, porque si no estás en vela, vendré como ladrón". Eso sí, en esa comunidad hay algunos "que no han manchado su ropa" y han vencido a las tentaciones del mundo. Ésos participarán en la victoria de Cristo: "ante mi Padre y ante sus ángeles reconoceré su nombre".

           La otra carta va dirigida a la comunidad de Laodicea, ciudad cercana a Colosas, con fuentes termales, rica en industria textil y famosa por una escuela de medicina ocular. Las palabras de la carta son muy duras: "no eres ni frío ni caliente, voy a escupirte de mi boca".

           Si los de Laodicea estaban orgullosos de su riqueza, aquí les tacha de pobres y miserables; si tenían telares, les acusa de que están desnudos; si eran famosos sus médicos oculistas, pero en lo fundamental están ciegos. Irónicamente les aconseja que compren oro refinado y un vestido blanco y colirio para los ojos.

           No hace falta mucho esfuerzo para verse reflejado en estas cartas. Son una buena ocasión para que nos examinemos, ahora que estamos a finales del Año Litúrgico.

           ¿Cómo va nuestra vida cristiana? ¿llena de vitalidad o tibia y mediocre? ¿somos de los que el autor de las cartas alaba porque "no se han manchado la ropa" por la corrupción de este mundo y han vencido? ¿o bien tendríamos que incluirnos en las quejas de Jesús, porque "tenemos nombre como de quien vive, pero estamos muertos", porque "no somos fríos ni calientes" y, creyéndonos ricos y bien vestidos, andamos por la vida pobres y desnudos a los ojos de Dios?

           Es la actitud que Jesús más fustigaba en los fariseos: a las apariencias brillantes no correspondía dentro nada sustancioso, eran sepulcros muy adornados por fuera y por dentro llenos de corrupción. Tomemos en serio, en vísperas del Adviento, las recomendaciones del Apocalipsis: "acuérdate de cómo recibiste y oíste mi palabra, y guárdala y arrepiéntete", "sé ferviente y conviértete".

           En el momento de participar en la Eucaristía, reconozcamos la voz de Jesús: "estoy a la puerta llamando; si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos". Si lo hacemos así, nos incorporará al cortejo de los que participan de su victoria: "a los vencedores los sentaré en mi trono, junto a mí".

José Aldazábal

b) Lc 19,1-10

           Lucas es el único evangelista que nos cuenta la famosa escena de la conversión de Zaqueo. Es, en verdad, el evangelista de la misericordia y del perdón.

           Como publicano -recaudador de impuestos, y además para la potencia ocupante, los romanos-, Zaqueo era despreciado y sus negocios debieron ser un tanto dudosos ("si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más"). Pero Jesús, con elegancia, se hace invitar a su casa y consigue lo que quería, lo que había venido a hacer a este mundo: "hoy ha sido la salvación de esta casa, porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido". Los demás excomulgan a Zaqueo. Jesús va a comer con él.

           La de cosas que sucedieron en aquella sobremesa. Si ayer Jesús devolvió la vista a un ciego, hoy devuelve la paz a una persona de vida complicada.

           ¿Cómo actuamos nosotros en casos semejantes? ¿como Jesús, que no tiene inconveniente en ir a comer a casa de Zaqueo, o como los fariseos, que murmuraban porque "ha entrado en casa de un pecador"?

           Deberíamos ser capaces de conceder un margen de confianza a todos, como hacía Jesús. Deberíamos hacer fácil la rehabilitación de las personas que han tenido momentos malos en su vida, sabiendo descubrir que, por debajo de una posible mala fama, tienen muchas veces valores interesantes. Pueden ser "pequeños de estatura", como Zaqueo, pero en su interior -¡quién lo diría!- hay el deseo de "ver a Jesús", y pueden llegar a ser auténticos "hijos de Abrahán".

           ¿Nos alegramos del acercamiento de los alejados? ¿tenemos corazón de buen pastor, que celebra la vuelta de la oveja o del hijo pródigo? ¿o nos encastillamos en la justicia, como el hermano mayor o como los fariseos, intransigentes ante las faltas de los demás? Si Jesús, nuestro Maestro, vino "a buscar y a salvar lo que estaba perdido", ¿quiénes somos nosotros para desesperar de nadie?

           "Hoy voy a comer en tu casa". "Hoy ha sido la salvación de esta casa". Cada vez que celebramos la Eucaristía, que es algo más que recibir la visita del Señor, debería notarse que ha entrado la alegría en nuestra vida y que cambia nuestra actitud con los demás.

José Aldazábal

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           Jericó era el primer bastión de la tierra prometida. Era el símbolo de las luchas de Israel. Allí, se encuentra Jesús a Zaqueo. Este hombre estaba encogido por los prejuicios de la gente que lo marginaba y lo minusvaloraba. Dirigía el grupo de cobradores de impuestos de la comarca. Oficio que era sumamente despreciado en medio del pueblo, debido a los malos manejos y la corrupción de los cobradores de impuestos. Oficio que era criticado por los fariseos porque los publicanos estaban en permanente contacto con los extranjeros (impuros) y con monedas profanas.

           La multitud que lo desprecia le impide a Zaqueo ver a Jesús. No tiene otra opción que treparse en una higuera, pero de todos modos queda alejado del Maestro. Ya sea por el menosprecio de la gente o por el lugar que ha escalado (riqueza), Zaqueo no puede romper el cerco que lo sujeta. Jesús se percata de la situación y lo llama para que lo hospede.

           La decisión de quedarse en la casa del Jefe de los publicanos provocó las más agrias reacciones. Todos los que se creen Israelitas santos y puros no dieron crédito a su ojos: ¡un profeta y maestro duerme en la casa del mayor de los pecadores!

           Zaqueo toma nuevamente la iniciativa y ante las críticas de los demás no trata de justificarse, sino que se compromete a enmendar su praxis. Reconoce que se ha enriquecido con la pobreza ajena, por eso decide devolver lo que ha conseguido legal pero injustamente. Sus bienes irán a parar a las manos de los pobres, de donde originalmente salieron.

           El desapego que Jesús ha motivado en Zaqueo respecto a las riquezas no es un asunto puramente psicológico: Zaqueo ha decidido liberarse de sus riquezas entregándolas a quien no se las puede devolver. El publicano ha realizado por iniciativa propia aquello que no pudo realizar el joven piadoso: entregar todos sus bienes y seguir a Jesús con alegría.

Servicio Bíblico Latinoamericano