18 de Noviembre

Miércoles XXXIII Ordinario

Pedro Azuar
Mercabá, 18 noviembre 2020

a) Ap 4,1-11

           La presentación grandiosa de la corte celestial inicia la serie de visiones que culminará con la visión final de la nueva Jerusalén. Un lenguaje colorista describe la liturgia que se desarrolla «noche y día» ante el trono del Dios omnipotente, situado con gran majestad sobre la bóveda del firmamento (el llamado «mar transparente» del v.6).

           La afinidad entre la experiencia del vidente y las teofanías del Antiguo Testamento es clara, tanto en la estructura del relato como en las imágenes empleadas. Juan depende de Daniel (c.7), de Ezequiel (cc.1 y 10) y de Isaías (c.6), lugares en que se habla de manifestaciones de la gloria del Señor. Recordemos además la escena de Moisés en el monte Horeb (Ex 3).

           De entrada, la visión puede desconcertar un poco. Pero hay que tener presentes dos cosas: el hecho de que Juan presenta a lo largo del libro una misma realidad de muchas maneras; las interferencias que hay entre la liturgia celestial y la terrena. El vidente, a quien se concede entrever la gloria del Señor al ser arrebatado por el Espíritu, hace de ella una descripción que se ajusta a lo que le ha sido revelado.

           Ahora bien: tras una simbología fantástica y propia de un oriental late una teología profunda. Las figuras e imágenes no son superfluas, y sólo a través de ellas puede el autor expresar lo que ha visto. Hay que subrayar el binomio de trascendencia ("alguien sentado en el trono": v.3; el tres veces santo, invisible) e inmanencia ("parecía de...": v.4): lo único que los ojos de Juan pueden captar es el resplandor de las piedras preciosas (v.3), la gloria de Dios. Por otra parte, el Señor todopoderoso es el creador: todo lo que ha salido de sus manos le está sometido y le sirve. Los cuatro vivientes lo custodian (v.6) y le tributan sus alabanzas (v.8). Y, junto con toda la creación, los veinticuatro ancianos (¿ángeles?, ¿símbolos de la Iglesia?) le rinden también adoración. Finalmente, los relámpagos y los truenos, elementos habituales en las revelaciones divinas, acentúan todavía más el misterio de esta liturgia eterna de cánticos y plegarias hacia el dueño del tiempo, sentado en el trono y rodeado de su corte, que le glorifica como «el que vive por los siglos de los siglos» (v.10).

Armand Puig

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           Es admirable la imaginación poética y la fuerza descriptiva del autor del Apocalipsis. Pues después del examen de conciencia que suponían las cartas a las siete Iglesias, hoy empieza a dibujarnos el grandioso ambiente del trono de Dios y la solemne liturgia del cielo.

           Se suceden las imágenes, en el estilo de profetas como Isaías, Ezequiel o Daniel: el trono y el que está sentado en él, el arcoiris, los veinticuatro ancianos con vestidos blancos y corona en la cabeza, las siete lámparas o espíritus, el mar transparente como de cristal, los cuatro seres vivientes que día y noche cantan "Santo, Santo, Santo es el Señor", y la respuesta de los ancianos con más himnos de alabanza, arrojando sus coronas a los pies del que está sentado en el trono. Todo ello con sonido de trompetas y relámpagos y retumbar de truenos.

           Los cuatro seres misteriosos tienen figura de león, de toro, de hombre y de águila: son símbolos que ya habían aparecido en el profeta Ezequiel, y que más tarde la catequesis de los Santos Padres aplicó a los cuatro evangelistas, Lucas, Marcos, Mateo y Juan.

           Uno de los aspectos que más deberíamos recordar, cada vez que participamos en la Eucaristía o en otras reuniones de oración, es que estamos unidos a la comunidad de los salvados en el cielo, que están ya celebrando en la presencia de Dios la verdadera liturgia, entonando himnos y lanzando al aire sus coronas.

           No celebramos solos. Lo hacemos unidos a los ángeles, a la Virgen, a los santos, a nuestros seres queridos. La liturgia del cielo y la de la tierra están íntimamente relacionadas. No sólo cuando lo decimos explícitamente, como en el Santo de la misa, que cantamos uniendo nuestras voces a las de los ángeles y santos, sino siempre.

           No importa mucho encontrar la clave simbólica para interpretar a quién corresponden esos seres misteriosos o esos personajes que están en torno a Dios, ni el sentido que puedan tener los números de esta magnífica escena: siete, veinticuatro, cuatro. Lo importante es que se nos pone delante una imagen de triunfo, de cantos jubilosos, de una liturgia festiva de los que ya están salvados: y eso es un mensaje de esperanza para los que vamos caminando un poco cansinamente por la vida, cuesta arriba hacia Jerusalén. El salmo nos quiere contagiar este optimismo: "alabad al Señor en su templo, alabadlo por sus obras magnificas, alabadlo tocando trompetas... todo ser que alienta alabe al Señor". A eso estamos destinados. A eso estamos ya unidos, en nuestra celebración, aunque no lo veamos todavía con claridad.

José Aldazábal

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           La visión de Juan es una escena fascinante. Difícil de contemplar de un solo vistazo. Hay que detenerse en el cuadro. Hay que saber mirar. Acercarse y retirarse.

           La fascinación está en la riqueza simbólica e imaginativa de la escena. Pero de la fascinación podemos pasar suavemente a percibir la confianza que Dios da "sentado", firme, como único guía de la historia. Un Dios que ha hecho un pacto de paz-tranquilidad con el mundo y los seres humanos. Un Dios comprometido, transparente y luminosamente, con la paz final de la historia. Ante este Dios comprometido, aunque las dudas violentas de nuestra vida y de nuestro mundo nos asalten, no podemos sino rendirnos, dichosamente, a la armonía que procede del que está rodeado de "un halo parecido a la esmeralda".

           Bien podemos recoger los dones de la visión y hacerlos producir. Dones de paz, de confianza, de esperanza, de consuelo... Tesoros que conviene "negociar" con sumo cuidado y que se multiplican más de lo que imaginamos. Dones que sólo un corazón "holgazán" es capaz de "tener guardados en el pañuelo".

           La visión del Apocalipsis choca con las visiones que producen los corazones holgazanes de nuestro mundo. Archivar la paz proyecta una visión de seres muertos que contemplan, con los ojos abiertos, a quienes han de ir rápidamente muriendo. Encerrar la confianza en cofres inaccesibles produce una imagen de "vivientes" que no pueden mirar, ni, por tanto, mirarse a la cara. Esconder la esperanza hace planear el color negro sobre campos y ciudades, sobre vivos y muertos. Ocultar el consuelo dibuja el perfil de la acritud que se contagia sin palabras, con la expresión del rostro desfigurado.

           No es severo el Señor que nos invita a hacer producir lo que nos da a cada cual. No es severo. Sólo pone delante de nosotros la belleza que se conquista combinando sus dones y nuestro esfuerzo. Sólo pone delante de nosotros el espejo del corazón holgazán, para que elijamos el corazón fiel y luchador incansable del Reino.

Luis A. de las Heras

b) Lc 19,11-28

           La parábola de las diez onzas de oro que hay que hacer fructificar tiene, según Lucas, una intención: "estaban cerca de Jerusalén y se pensaban que el reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro".

           Lo del tiempo concreto de la vuelta no tiene importancia. Lo que sí la tiene es que, mientras llegue ese momento -la vuelta del rey. no parece inminente-, se trabaje: "negociad mientras vuelvo". Tampoco es decisivo si con las diez monedas uno ha conseguido otras diez, o sólo cinco. Lo que no hay que hacer es "guardarlas en un pañuelo", dejándolas improductivas.

           La lectura de hoy es difícil de interpretar, porque la parábola de las monedas está entremezclada con otra, la del pretendiente al trono que no es bien visto por sus súbditos y luego se venga de sus enemigos: una alusión, tal vez, al episodio de Arquelao, hijo de Herodes el Grande, que había vivido una experiencia similar. Es difícil deslindar las dos, y tal vez aquí lo más conveniente será seguir el filón de las onzas que Dios nos ha encomendado y de las que tendremos que dar cuenta.

           Los talentos que cada uno de nosotros hemos recibido -vida, salud, inteligencia, dotes para el arte o el mando o el deporte: todos tenemos algún don- los hemos de trabajar, porque somos administradores, no dueños.

           Es de esperar que el Juez, al final, no nos tenga que tachar de "empleado holgazán" que ha ido a lo fácil y no ha hecho rendir lo que se le había encomendado. La vida es una aventura y un riesgo, y el Juez premiará sobre todo la buena voluntad, no tanto si hemos conseguido diez o sólo cinco. Lo que no podemos hacer es aducir argumentos para tapar nuestra pereza (el siervo holgazán poco menos que echa la culpa al mismo rey de su inoperancia).

           ¿Qué estamos haciendo de la fe, del Bautismo, de la Palabra, de la Eucaristía? ¿qué fruto estamos sacando, en honor de Dios y bien de la comunidad, de esa moneda de oro que es nuestra vida, la humana y la cristiana? Ojalá al final todos oigamos las palabras de un Juez sonriente: "muy bien, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor".

José Aldazábal

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           Hoy el evangelio nos propone la parábola de las minas: una cantidad de dinero que aquel noble repartió entre sus siervos, antes de marchar de viaje.

           Primero, fijémonos en la ocasión que provoca la parábola de Jesús. Él iba “subiendo” a Jerusalén, donde le esperaba la pasión y la consiguiente resurrección. Los discípulos «creían que el Reino de Dios aparecería de un momento a otro» (Lc 19,11). Es en estas circunstancias cuando Jesús propone esta parábola.

           Con ella, Jesús nos enseña que hemos de hacer rendir los dones y cualidades que Él nos ha dado, mejor dicho, que nos ha dejado a cada uno. No son “nuestros” de manera que podamos hacer con ellos lo que queramos. Él nos los ha dejado para que los hagamos rendir.

           Quienes han hecho rendir las minas —más o menos— son alabados y premiados por su Señor. Es el siervo perezoso, que guardó el dinero en un pañuelo sin hacerlo rendir, es el que es reprendido y condenado. El cristiano, tiene que esperar el regreso de su Señor, Jesús. Pero con dos condiciones, si se quiere que el encuentro sea amistoso.

           La primera es que aleje la curiosidad malsana de querer saber la hora de la vuelta del Señor. Vendrá, dice en otro lugar, cuando menos lo pensemos. ¡Esperamos con esperanza, pero en una espera confiada sin malsana curiosidad.

           La segunda es que no perdamos el tiempo. La espera del encuentro y del final gozoso no puede ser excusa para no tomarnos en serio el momento presente. Precisamente, porque la alegría del encuentro final será tanto mejor cuanto mayor sea la aportación que cada uno haya hecho por la causa del reino en la vida presente.

Carmelo San Roque

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           En el interior de nuestro corazón fluyen muchos deseos. Cada uno de ellos da forma a nuestros ideales. Son el centro por el que se filtran nuestras alegrías y tristezas. En muchas ocasiones son nuestras razones más auténticas para hacer o dejar de hacer, para irnos o quedarnos, para gastar o compartir.

           El evangelio de hoy nos muestra el deseo hondo de Jesús. Por el cual se estremece su corazón al reconocer que se acerca a Jerusalén y que de alguna forma alborea: el Reino.

           Por su causa dejó su hogar paterno allá en el cielo, pasó mil calamidades y gozos e invirtió cuanto era y tenía. Allá en el Jordán tuvo la tentación de usar cuanto era en beneficio propio y poder vivir con cierta tranquilidad, confortablemente. Pero decidió dejarlo aún lado. De qué le servía vivir cómodamente si no vivía auténticamente. Por qué reservarse algo de sí o renunciar a la vida tal cual es. Guardarse o reservarse algo era algo así como mojar la sal o esconder la luz que ardía en su interior.

           Algunos nos hemos encontrado metidos en este extravagante sueño de Jesús, nos reconocemos sus siervos y hemos recibido una misión invertir cuanto somos y hemos recibido en hacer brotar el Reino a nuestro alrededor. A veces nos cuesta reconocer los talentos que de él hemos recibido y no en pocas ocasiones sentimos la tentación de esconder lo que nos ha sido dado, de no ponerlo a fructificar y simplemente vivir. Dejar que la vida nos viva.

Loli Almarza

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           Los que caminan con Jesús van haciendo cuentas de lo que ocurrirá en Jerusalén cuando el profeta llegue y derribe el poder establecido para imponer un nuevo gobierno. Pero, Jesús no tiene la misma idea, por eso les propone una comparación.

           La comparación de las diez monedas contradice las ideas que sus seguidores tenían respecto al Mesías. Ellos esperaban un gobernante poderoso e invencible que desafiara al sanedrín y expulsara a los romanos. La parábola, sin embargo, nos habla de un rey rechazado por su pueblo que se marcha a otro país. Al momento de irse, encarga su fortuna a diez empleados. Cuando regresa los llama para que le den cuentas.

           Se presentan tres empleados con actitudes diferentes: el primero ha sabido aprovechar los recursos y los ha multiplicado; el segundo con esfuerzo ha quintuplicado el valor original; pero el último, se presenta a desafiar la autoridad del rey con una actitud negligente y despectiva. Este empleado estima en poco la confianza que en él ha depositado el rey y fanfarronea con los defectos del gobernante. La respuesta del rey no se hace esperar: el negligente perderá todo, en cambio, el diligente incrementará el patrimonio.

           Esta parábola se aplica a los seguidores de Jesús. El Maestro ha confiado a su Iglesia unos ministerios, unos dones. Algunos los hacen fructificar en servicios, solidaridad y fortalecimiento de las organizaciones eclesiales. Otros, sólo esperan que su ministerio les sirva como un simple título de prestigio. Al final, todos son llamados a rendir cuentas. Los que hicieron del ministerio un camino para hacer crecer el Reino y para producir frutos de solidaridad verán el fruto de sus buenas obras. Los que fueron negligentes con su ministerio y lo sepultaron bajo toneladas de pereza y apatía, verán cómo su nombre desaparece de entre la comunidad.

           La parábola nos dice que no podemos esperar únicamente un Mesías de gloria, que dé nombre y lustre a sus seguidores. Debemos esperar a un Maestro preocupado de que sus discípulos crezcan y produzcan los frutos del Reino: servicio, solidaridad y Justicia.

Servicio Bíblico Latinoamericano