21 de Noviembre

Sábado XXXIII Ordinario

Pedro Azuar
Mercabá, 21 noviembre 2020

a) Ap 11,4-12

           Este texto tiene dos partes bien definidas. Hasta el v. 13 continúa, con el relato de los dos profetas, el largo paréntesis iniciado anteriormente. Después (vv.14-19) se canta la llegada del reino de Dios en una especie de final anticipado del Apocalipsis. Se cierra así la primera gran sección del libro, que habla de las señales del fin del mundo. Los vv. 1-13 forman un fragmento difícil de interpretar, lleno de detalles (explícitos o implícitos) provenientes de lugares diversos: Antiguo Testamento, 2ª sección delApocalipsis (cc.12-22) y la situación de la Iglesia en aquel tiempo.

           Los dos profetas son llamados "los dos olivos" (v.4), porque han recibido una unción que los destina a la misión: "Son los dos hijos del óleo ( = ungidos) que sirven al Dueño de toda la tierra» (Zac 4,14). Es imposible determinar quiénes son estos dos testigos que anuncian el castigo de Dios. De todas formas, el poder que poseen los relaciona con Moisés (las plagas) y Elías (ascensión al cielo), personajes que están al lado de Jesús durante la transfiguración. El tiempo que ha de durar su testimonio es de tres años y medio ( = 42 meses = 1.260 días = media semana de años de Daniel), cifra convencional que indica un tiempo relativamente corto.

           Hay aquí, por lo demás, un resumen de las profecías que serán desglosadas en la segunda parte del libro. Hay que subrayar la medición del templo de Dios, símbolo de la Iglesia que goza de la protección divina, la aparición de la bestia y la velada alusión a la Jerusalén histórica, calificada con los nombres despectivos de Sodoma y Egipto. Así, Juan prepara el título solemne de Jerusalén Nueva que llevará la Esposa del Cordero.

           Finalmente, se dice también algo sobre la situación de las comunidades: su actividad profética (los dos testigos), la persecución dura que sufren y sufrirán... El enfrentamiento violento en definitiva, entre la Iglesia y el Imperio, que culminará con la victoria de aquélla (imagen del aliento de Dios que hace retornar la vida). Además, al calificar la actividad profética de la Iglesia como difícil y no acogida por parte de los hombres, Juan subraya una constante histórica: siempre que la comunidad eclesial ha sido fiel al testimonio que debía dar, ha sido perseguida y menospreciada por los poderes de este mundo, porque su voz ponía en evidencia ("eran el tormento", v.10) la injusticia y la impiedad.

           A pesar del anuncio que acompaña a la séptima trompeta no se describe ninguna venida del Señor a la tierra. Sólo un cántico potente de la corte celestial celebra la victoria "de nuestro Dios y de su Mesías" (v.15). La manifestación de su gloria (el templo, el arca, los fenómenos subsiguientes) y la realización de la alianza que perpetúa la presencia de Dios, clausuran grandiosamente el tiempo y la historia. "El que es y el que era" reina ya para siempre.

Armand Puig

*  *  *

           Los expertos no se ponen de acuerdo sobre quiénes son los dos testigos, los dos olivos y las dos lámparas, a quienes se refiere el Apocalipsis en el enigmático pasaje de hoy. En la profecía de Zacarías (Za 4) se hablaba de dos olivos y dos ungidos, y parece que entonces se refería a dos personajes de la época: Josué y Zorobabel. Aquí no podemos saber a quién está aludiendo: ¿a Moisés y Elías, como en la escena de la transfiguración? ¿a Pedro y Pablo, sacrificados en Roma por Nerón pero luego glorificados en el recuerdo y el culto de la comunidad?

           Lo importante es que la Bestia les declara la guerra. Las fuerzas del mal (en concreto, el emperador romano Domiciano) declaran guerra total e intentan destruir la comunidad de Cristo. El simbolismo sigue con los números, porque la muerte de los dos testigos, y por tanto el triunfo de los malvados, dura "tres días y medio", o sea, la mitad de siete, lo que equivale a decir un número imperfecto, no definitivo. Al cabo de esos días resurgen y triunfan delante de todos, animados de nuevo por la vida de Dios.

           La lucha entre el bien y el mal sigue, aunque no sea con esas características tan espectaculares como a finales del s. I.

           A veces parece que prevalece el mal, pero es por poco tiempo. Van pasando los enemigos de Cristo y él sigue. Se suceden los imperios y las ideologías hostiles, pero la comunidad del Resucitado sigue viva, animada por su Espíritu. La Iglesia lleva 2.000 años luchando contra el mal externo y el interno, sufriendo, muriendo y resucitando, como su Guía y Esposo Jesús, soportando con frecuencia (también ahora) persecuciones crueles y organizadas.

           Nosotros, en nuestra vida personal, experimentamos esa misma historia dinámica, hecha de cruz y de vida, de fracasos y éxitos. A veces nos puede el mal. Pero el triunfador, Jesús, nos tiende su mano para volvernos a llenar de su fuerza vital. Esa mano tendida son su Palabra, sus Sacramentos, su Iglesia, su Gracia, su Espíritu. Para que nunca demos por perdida la guerra, sino que sigamos luchando para vencer al mal en nosotros y en torno nuestro.

           La mejor fuerza y las mejores armas las tenemos en la Eucaristía que recibimos, en la que comulgamos con "el que quita el pecado del mundo". Ahí está "el Señor, mi Roca, que adiestra mis manos para el combate, mi bienhechor, mi alcázar, baluarte donde me pongo a salvo".

José Aldazábal

*  *  *

b) Lc 20,27-40

           Se suele llamar "trampa saducea" a las preguntas que no están hechas con sincera voluntad de saber, sino para tender una "emboscada" para que el otro quede mal, responda lo que responda.

           Los saduceos pertenecían a las clases altas de la sociedad. Eran liberales en algunos aspectos sociales (eran conciliadores con los romanos), pero se mostraban muy conservadores en otros. Por ejemplo, de los libros del AT sólo aceptaban los libros del Pentateuco (la Torah), y no las tradiciones de los rabinos. No creían en la existencia de los ángeles y los demonios, y tampoco en la resurrección. Al contrario de los fariseos, que sí creían en todo esto y se oponían a la ocupación romana. Por tanto, no nos extraña que cuando Jesús confunde con su respuesta a los saduceos, unos letrados le aplauden: "bien dicho, Maestro".

           El caso que los saduceos presentan a Jesús, un tanto extremado y ridículo, está basado en la "ley del levirato" (Dt 25), por la que si una mujer queda viuda sin descendencia, el hermano del esposo difunto se tiene que casar con ella para darle hijos y perpetuar así el apellido de su hermano.

           La respuesta de Jesús es un prodigio de habilidad en sortear trampas.

           Lo primero que afirma es la resurrección de los muertos, su destino de vida, cosa que negaban los saduceos: Dios nos tiene destinados a la vida, no a la muerte, a los que "sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos". "No es Dios de muertos, sino de vivos".

           Pero la vida futura será muy distinta de la actual. Es vida nueva, en la que no hará falta casarse, "pues ya no pueden morir, son como ángeles, son hijos de Dios, porque participan en la resurrección". Ya no hará falta esa maravillosa fuerza de la procreación, porque la vida y el amor y la alegría no tendrán fin.

           Aunque la otra vida, que es la transformación de ésta, siga siendo también para nosotros misteriosa, nuestra visión está ayudada por la luz que nos viene de Cristo. Él no nos explica el cómo sucederán las cosas, pero sí nos asegura que la muerte no es la última palabra, que Dios nos quiere comunicar su misma vida, para siempre, que estamos destinados a "ser hijos de Dios y a participar en la resurrección".

José Aldazábal

*  *  *

           Lo que más preocupaba a los saduceos, que no creían en la resurrección, era la repartición de los bienes el día de la resurrección. Para ellos, el sentido de la vida futura se reducía a saber quién se quedaba con las propiedades y a quién le correspondían las ventajas conyugales. Para ellos la vida humana, no existe más allá de las implicaciones económicas y legales de la historia. Con estas preocupaciones en mente, se acercan a Jesús y le piden la opinión sobre un problema hipotético. Problema que sólo revelaba una mentalidad demasiado cristalizada y sin espacio para la novedad.

           Jesús, antes de responderles con una frase lapidaria, como era su costumbre, les advierte que la resurrección es un asunto abierto al futuro y no sólo atado al presente. La vida que Dios da a los justos va más allá de el aseguramiento de una propiedad o una finca. La resurrección es una vida nueva, completamente transformada por Dios.

           Por esto, Jesús, con la frase "Dios no es Dios de muertos, sino de vivos", les cuestiona la falsedad de su fe. Pues, los saduceos, con esta manera de pensar, evidenciaban que su confianza no estaba puesta en Dios, sino en la seguridad que ofrecen las cosas de este mundo. Una herencia, una propiedad, un pedazo de tierra era todo lo que ocupaba la mentalidad de los que se oponían a la resurrección. Pero, con esta manera de pensar, ¿para qué la resurrección?

           Este episodio afirma, una vez más, de qué manera la mentalidad de la época estaba atada al dios Manmón, al dios del dinero, del prestigio y del poder, y qué lejos estaba de las tradiciones populares que realmente servían al Dios vivo.

           Jesús es muy claro en sus aseveraciones y con ellas pone en evidencia el enfrentamiento entre dos proyectos totalmente opuestos: de un lado el Dios de la Vida con su proyecto solidario; de la otra, el dios del dinero, con su proyecto mercantil. Jesús, entonces, se prepara a dar la lucha definitiva por su Padre, por el Dios que le ha dado la vida a los seres humanos.

Servicio Bíblico Latinoamericano