20 de Noviembre

Viernes XXXIII Ordinario

Pedro Azuar
Mercabá, 20 noviembre 2020

a) Ap 10, 8-11

           Juan imagina su investidura como las de Ezequiel (Ez 2,8-3,3) y Jeremías (Jer 1,10).

           El libro que le es entregado contiene las profecías del AT y recibe como misión el revelar su sentido a la luz del NT. En efecto, la segunda parte del Apocalipsis puede ser considerada como la explicación del contenido profético de este libro.

           El hecho de que Juan tenga que digerir el pequeño libro de las profecías del AT para comprender la significación del tiempo presente revela que él alimenta sus visiones sobre la realidad misteriosa de los acontecimientos de la fe en Dios único, guía de la Historia. Dios es el autor de la Historia y él la marca reflejando en ella su unicidad. Lo cual no significa que haya introducido en ella una especie de fatalidad semejante a aquella con la que carga la naturaleza.

           La Historia es el producto del encuentro de dos libertades: la de Dios y la del hombre, pero Dios tiene unas perspectivas acerca de este encuentro, sobre todo desde que Jesucristo pronunció el de esta alianza. Los acontecimientos tampoco podrán poner en tela de juicio la victoria adquirida por el Señor sobre el mal y sobre la muerte. Juan se encuentra lleno de amargura después de haber tragado el libro, pero el sabor es por fin un sabor de dulzura y de paz (Ap 21-22). A este respecto, las Escrituras consuelan, efectivamente, no porque ellas descubrieran de antemano la evolución de los acontecimientos previstos por Dios, sino porque ayudan a revelar el sentido profundo de la presencia de Dios en los acontecimientos que viven los hombres.

Maertens Frisque

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           Cuando parece que todo está a punto para la séptima y última trompeta, señal de la venida del reino de Dios, Juan (que generalmente encuadra las visiones dentro de marcos septenarios, como 7 sellos, 7 trompetas...) inserta en este momento un largo paréntesis.

           Una serie de episodios rompe el ritmo in crescendo de la narración.

           Una lectura continuada del Apocalipsis nos pondría de manifiesto que el libro está dividido en una introducción (cc.1-3) y dos grandes secciones (cc.4-11 y 12-22). Por este motivo estructural es por lo que el autor, antes de acabar la primera parte, intercala las visiones que han quedado sueltas.

           La misión del ángel consiste en revelar que se acerca el toque de la séptima trompeta, ya que "se ha terminado el tiempo" (v.6). El término del tiempo actual, del mundo presente, supone el comienzo del tiempo definitivo, de la nueva dimensión expresada por la fórmula "un cielo nuevo y una tierra nueva" (Ap 21,1). El misterio de Dios, es decir, la obra final de salvación, que la voluntad divina ha decidido realizar sobre la historia. Sin embargo, el cómo de este designio es todavía secreto y por eso el vidente no puede hacer públicas las palabras del Señor. Pero una cosa es cierta: estamos a las puertas de la consumación del reino de Dios (¡el grano de mostaza es ya un árbol frondoso en que habitan los pájaros!).

           "El que vive por los siglos de los siglos" viene para reinar eternamente. El fin de la historia es el cumplimiento definitivo del evangelio (v.7).

Armand Puig

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           Al comienzo de otra sección del Apocalipsis (saltando del c. 5 al 10), hoy leemos un gesto simbólico: el vidente tiene que comer el rollo, el libro, antes de transmitir su contenido.

           Los cristianos, y sobre todo los que de alguna manera transmiten a otros la Palabra de Dios (sacerdotes, educadores, catequistas, padres, misioneros) deberíamos primero asimilarla nosotros. Comerla (interiorizarla, personalizarla) y luego comunicarla. Entonces será más creíble nuestro testimonio y nuestra palabra. Para que no caigamos en el reproche de Jesús a los fariseos, "que decían pero no hacían".

           También nosotros experimentamos que la Palabra de Dios es agridulce. Muchas veces es consoladora. Otras muchas, exigente. Ni para nosotros ni para los demás debemos caer en la tentación de hacer selección a nuestra medida, censurando el Libro Santo y eligiendo sólo lo que nos gusta.

           En el salmo 118, el creyente que medita desde la sabiduría de Dios se alegraba de encontrar en la Palabra su mejor alimento y gozo: "tus preceptos son mi delicia, qué dulce al paladar tu promesa, más que miel en la boca". Aunque los que escuchamos con frecuencia la Palabra de Dios sabemos que a veces nos produce un gusto suave, pero otras nos provoca y nos juzga y nos amenaza, para que tomemos en serio la vida. En ambos casos debemos acogerla nosotros. Así estaremos preparados para poder hablar a los demás.

José Aldazábal

b) Lc 19,45-48

           Jesús ya está en Jerusalén. Ayer lloró sobre su ciudad, triste por la ruina que se le avecina. Hoy realiza un gesto profético valiente: "se puso a echar a los vendedores", diciéndoles: "vosotros habéis convertido mi casa en una cueva de bandidos". Lucas no habla, como hace Juan, del látigo que esgrimió Jesús en este momento.

           Y así Jesús, con una libertad que hacia el final de su vida se acentúa y se hace más atrevida, sigue enseñando en el Templo, suscitando, naturalmente, la ira de sus enemigos, "que intentaban quitarlo de en medio".

           Isaías (Is 56,7) había dicho que el templo tenía que ser "casa de oración para todos los pueblos". Jeremías (Jr 7,11) se quejaba de que, por el contrario, algunos lo convertían en cueva de ladrones.

           Jesús une las dos citas en la misma queja. Probablemente el clima de feria de negocios que reinaba en los atrios del Templo, con la venta de animales para los sacrificios y el cambio de monedas para los que venían del extranjero, es lo que él desautorizó, aunque todo ello se hiciera con el consentimiento de las autoridades.

           ¿Necesita la Iglesia de hoy purificarse de alguna adherencia similar? Ciertamente es legítima la aportación económica de los fieles para el culto y para la ayuda de los pobres.

           Recordemos la alabanza de Jesús a aquella pobre viuda que echaba lo que tenía en el cepillo del templo. Pero ¿no sería necesario alejar de nuestros lugares de culto todo "ruido de dinero", toda apariencia de negocio dudoso? ¿tendría que defender Jesús nuestros templos para que sean en verdad casas de oración, abiertas a todos, y lugar donde él sigue enseñando con la fuerza salvadora de su Palabra?

José Aldazábal

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           Lucas simplifica sensiblemente el relato de la purificación del templo (vv.45-46), sin duda debido a que sus lectores griegos no debían interesarse demasiado por unos detalles ininteligibles para ellos. Pero añade dos versículos propios acerca de la enseñanza de Cristo sobre el templo (vv.47-48).

           El relato de la purificación del templo se resume, para San Lucas, en dos palabras proféticas que la tradición sinóptica pone en labios de Cristo con este motivo (Jer 7,11; Is 56,7). Ellas condenan el templo por su particularismo y su formalismo: la primera impide la apertura del templo a las naciones, la segunda prohíbe la entrada a los pobres y a los pequeños.

           Pero Lucas opone, sobre todo, el Templo a la Palabra: basta con recurrir brevemente a la Palabra de Dios para ridiculizar el templo y su culto (vv.45-46); basta con que Cristo restablezca la palabra en el corazón del templo (vv.47-48) para que aparezca un nuevo tipo de liturgia basado en la Palabra (1Cor 12,27-30; Ef 5,26) y en la obediencia a ella. Así, el episodio de los vendedores del templo es dejado casi totalmente aparte en favor de la entrada solemne del Señor en el templo, es lugar privilegiado en donde él podrá concluir de manera sorprendente su ministerio de enseñanza.

           El culto cristiano concede primacía a la Palabra, protegiéndose de esta forma contra el formalismo del templo. Él hace de la obediencia el contenido esencial del sacrificio de Cristo y el campo ofrecido a cada uno para unirse a el y participar de él.

           Pero el peligro que corre no es menor que el que infectó al culto judío. La Palabra puede ser proclamada muy dignamente, inclusive cantada; puede alimentar homilías bien estructuradas; la Palabra de Dios proclamada en las lecturas no es una palabra cualquiera, ni la del celebrante en su homilía, ni las palabras de la consagración de la eucaristía. ¿Para qué sirven si son pronunciadas por un simple especialista del Libro?, ¿a qué se debe el que no sea escuchada la Palabra en los acontecimientos, que no se pueda descubrir la presencia de Dios en el mundo?

           Es cierto que las palabras proclamadas o pronunciadas en la liturgia son, por dos razones, palabra de Dios. Pero ¿qué eco encuentran ellas en las conciencia de los laicos? ¿Por qué parecen tan esotéricas a muchos de ellos que no saben cómo prestarles obediencia ni descubren en ellas el Dios que a veces encuentran y con el que dialogan en la simplicidad de su corazón? Es que la Palabra de Dios, aunque sea palabra inspirada y, sobre todo, la palabra de la predicación, no son palabras absolutas, pues no son más que el contenido y la interpretación de una palabra más profunda que es la manifestación en el acontecimiento mismo. Los relatos de la resurrección de Cristo son palabras divinas, los sermones de Pascua también, a otro nivel, pero la verdadera Palabra es la resurrección de Cristo, el acontecimiento que teje la vida de los hombres y mediante el cual Dios ha hablado.

           Así, todas las tradiciones bíblicas del Éxodo no valen, en cuanto Palabra de Dios, como los acontecimientos de Pascua o de la estancia en el desierto, acontecimientos de la existencia humana en la que Dios ha hablado.

           La Palabra de Dios, está, pues, fundamentalmente ligada a los acontecimientos; escapa a todo formalismo en la medida en que está continuamente tentada de caer en él. La obediencia se convierte entonces en la comunión con el Dios presente en la vida y en la historia.

Maertens Frisque

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           Hoy, el gesto de Jesús es profético. A la manera de los antiguos profetas, realiza una acción simbólica, plena de significación de cara al futuro. Al expulsar del templo a los mercaderes que vendían las víctimas destinadas a servir de ofrenda y al evocar que "la casa de Dios será casa de oración" (Is 56,7), Jesús anunciaba la nueva situación que él venía a inaugurar, en la que los sacrificios de animales ya no tenían cabida. San Juan definirá la nueva relación cultual como una "adoración al Padre en espíritu y en verdad" (Jn 4,24). La figura debe dejar paso a la realidad. Santo Tomás de Aquino decía poéticamente: Et antiquum documentum novo cedat ritui ("que el Testamento Antiguo deje paso al Rito Nuevo").

           El Rito Nuevo es la palabra de Jesús. Por eso, san Lucas ha unido a la escena de la purificación del templo la presentación de Jesús predicando en él cada día. El culto nuevo se centra en la oración y en la escucha de la Palabra de Dios. Pero, en realidad, el centro del centro de la institución cristiana es la misma persona viva de Jesús, con su carne entregada y su sangre derramada en la cruz y dadas en la eucaristía. También Santo Tomás lo remarca bellamente: Recumbens cum fratribus se dat suis manibus ("sentado en la mesa con los hermanos se da a sí mismo con sus propias manos").

           En el NT inaugurado por Jesús ya no son necesarios los bueyes ni los vendedores de corderos. Lo mismo que "todo el pueblo le oía pendiente de sus labios" (Lc 19,48), nosotros no hemos de ir al templo a inmolar víctimas, sino a recibir a Jesús, el auténtico cordero inmolado por nosotros de una vez para siempre (He 7,27), y a unir nuestra vida a la suya.

José Calasanz

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           Las peregrinaciones anuales a Jerusalén se habían convertido en una importante fuente de comercio. Muchos israelitas acudían con sus animales durante la pascua para ofrecer un sacrificio a Dios. El templo, a la vez exigía que todos los aportes y transacciones se hicieran con la moneda judía, no recibían moneda extrajera. Por tal motivo, alrededor del templo, especialmente en la plaza de los gentiles, se había organizado un intenso comercio en torno al cambio de moneda romana por moneda judía y a la compra y venta de animales sacrificiales.

           Cuando Jesús llegó a Jerusalén, se dio cuenta de la deshonestidad de los cambistas, del negocio que se había montado con la piedad israelita. "Los mercaderes se aprovechaban de las demandas de animales puros para los sacrificios, elevando los precios de manera exorbitante". Esta situación era totalmente contraria al propósito que tenía el templo: estaba para servir de lugar de culto al Dios vivo, en cambio, se había convertido en lugar de explotación mercantil de la piedad popular. Tamaña contradicción encolerizó a Jesús que, en compañía de sus discípulos, emprendió la expulsión de los mercaderes.

           A partir de esta acción, Jesús se convirtió en una figura popular, con cierto reconocimiento a nivel nacional. Pero su interés no era provocar una trifulca inmanejable, sino precisamente advertir al pueblo sobre el peligro evidente de una piedad afianzada exclusivamente en el templo y la seguridad de los muros de Jerusalén. Por esta razón, las acciones que siguieron a este evento se encaminaron a la ayuda de los necesitados y a la enseñanza a las multitudes.

           Hoy asistimos a un crecimiento vertiginoso de los nuevos movimientos religiosos. No pocos de éstos tienen como fin, de hecho, el comercio con la buena fe de sus adeptos. Por eso exigen diezmos, ofrendas y donaciones obligatorias. Ha habido casos elocuentes que han saltado a los medios de comunicación. Otros muchos, dan culto a las ideas del capitalismo, explícita o implícitamente; intentan convertir el eficacismo y la adicción al trabajo en la nueva religión de la humanidad. Sin embargo, Jesús nos sale al paso y nos llama a hacer de nuestras comunidades y de nuestras vidas un lugar de culto al Dios de la Vida. En la medida que demos un "sí" decidido al Dios verdadero (Dios de la Vida), combatiremos los tentáculos del dios del dinero.

Servicio Bíblico Latinoamericano