24 de Noviembre

Jueves XXXIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 24 noviembre 2022

a) Ap 18, 1-2.21-23; 19, 1-3.9

           Nos dice hoy Juan que "cayó la gran Babilonia, como una rueda de molino que se tira al mar". Y viene a responder, así, a la pregunta que se hacían los primeros cristianos: ¿No había triunfado Jesús de todas las potencias del mal? ¿Cómo es posible que los fieles a Jesús sufran este desencadenamiento de odio y violencia? ¿No había dicho Jesús que el poder del infierno no prevalecería sobre la Iglesia?

           San Juan se dirige, por tanto, a cristianos descorazonados y atribulados, y escribe el Apocalipsis para dar respuesta a esa trágica situación. En líneas generales, la respuesta es ésta:

-la persecución sólo durará un tiempo,
-el reino de la bestia llegará a su fin,
-la gran prostituta (Roma, y sociedades inmorales) está ya juzgada,
-la gran Babilonia (Roma, e imperios políticos) será aniquilada.

           Tras lo cual oyó Juan en el cielo una voz potente, como la de una gran muchedumbre que proclamaba: "Aleluya. La salvación, la gloria y el poder son de nuestro Dios". La ciudad del mal ha desaparecido, y enseguida estallan gritos de alabanza, con aclamaciones litúrgicas que San Juan tomó, sin duda, de las asambleas de su tiempo.

           Se trata de muchedumbres que exultan y cantan "con voz potente", animando así a restituir en las liturgias ese carácter festivo que aleje el tono algo monótono y aburrido de las liturgias de antaño. Y esto porque "Dios ha juzgado a la gran prostituta, la que corrompía la tierra. Y ha vengado en ella la sangre de sus siervos".

           Roma era para Juan la "ciudad idólatra y prostituta". Idólatra porque representaba a esa civilización impregnada de pecado, que rehusaba reconocer y adorar a Dios. Y prostituta por su lamentable vida social, que se entregaba míseramente a cualquier placer que se le presentaba, en lugar de darse a Dios.

           Pero Roma no era sólo la ciudad de la idolatría y prostitución, sino también la "gran Babilonia", o heredera de los más tiránicos poderes de la antigüedad. En efecto, Babilonia representa para Juan el símbolo de la opresión política y del orgullo dominador. Y esto apuntaba no sólo a la Roma de aquel tiempo, sino a todas las Romas (civilizaciones) que se dejen llevar por todo ese tipo de corruptelas y tiranías.

           Entonces, un ángel dijo a Juan: "Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero". Es decir, que el fin de los tiempos, y el más allá, se presenta aquí como una fiesta nupcial, y con una celebración que unirá definitivamente a Cristo con su Iglesia.

           Pero esta boda ya ha comenzado, y yo estoy invitado a esa boda divina. Porque cada una de las misas en las que participo es el anuncio y el comienzo de ese banquete nupcial, que celebra "la alianza nueva y eterna". Ven Señor Jesús, y consérvanos vigilantes hasta el día en que tu aparecerás.

Noel Quesson

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           El libro del Apocalipsis va marcando, a lo largo de todo su discurso, un tiempo de tensión y de juicio. El texto que leemos hoy nos sitúa en el momento de la caída del Imperio del Mundo, o mejor dicho, en la esperanza de esa caída.

           El autor nos ubica en un presente imaginario, viniendo a decir que la caída es algo sólo previsible desde los ojos de la fe, y no desde un análisis puramente humano. Es decir, que los Imperios del Mundo no serán eternos, y que por su propio peso caerán cuando menos se lo esperen, por imposible que parezca.

           El planteamiento de la caída es, por tanto, teológico. Si este Imperio se impone por la fuerza (contra los ciudadanos) y va contra Dios (el único dueño del poder), entonces en algún momento habrá de caer, sobre todo cuando Dios quiera. Y tanto es así, que el propio vidente Juan no lo cree como una suposición, sino como un hecho: "¡Ha caído Babilonia!".

           La situación del año 98 era más trágica que la actual, y los mártires tenían que hacer frente al Imperio Romano con su propia sangre. No obstante, cada vez que un mártir moría bajo el Imperio, éste estaba sufriendo un nuevo golpe mortal. De ahí que su fin, como dice San Juan, esté ya cerca.

           Por otra parte, la caída del Imperio del Mundo tiene unas causas escatológicas. Si Dios tiene fijados sus planes y tiempos, y un Imperio mundano intenta otros planes contrarios, Dios lo hará caer.

           Esta es la esperanza que nos anima en todos los tiempos y circunstancias, por muy duros y críticos que sean hoy día. Pues ¿no esperamos que Dios intervenga, tal como lo hizo con Babilonia, con Roma, y con otros imperios que quisieron ser dominadores? ¿No evaluamos esta noche oscura en la espera de una alborada del triunfo?

           Si estamos convencidos de que lo único que nos queda es lo que vemos en este mundo, ya estamos vencidos. La esperanza necesita hacer memoria de la historia, y ésta nos recordará que el poder lo tiene únicamente Dios.

Luis de las Heras

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           Juan pide hoy gritar a pleno pulmón junto a la muchedumbre que canta: "Aleluya, la victoria, la gloria y el poder pertenecen a nuestro Dios". Y esto porque "ha caído la gran Babilonia" de los idólatras y de los adúlteros, que han convertido cualquier cosa en un objeto de deseo y placer, que han llenado la plaza de ruido sucio y que han reducido los sentimientos a la charanga de turno.

           Gracias a Dios, en esta Babilonia que nos vacía de ideas, y nos reduce a animales, "ni murmullo de molino se oirá más, ni luz de lámpara brillará más, ni voz de novio y novia se oirá más". Porque "sus mercaderes eran los magnates de la tierra, y con sus brujerías embaucaron a todas las naciones". Toda victoria, y gloria, y poder, pertenecen a nuestro Dios. Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.

Miguel Angel Niño

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           Los escritos apocalípticos tienen fama de descripciones terroríficas, y hemos olvidado su verdadera razón de ser: ser tónicos y reconstituyentes para las esperanzas debilitadas. Nacieron para reforzar el ánimo, y tienen por objeto recordarnos lo esencial en los tiempos duros.

           Su mensaje es, en último término, una palabra sobre Dios mismo y sobre su Hijo Jesucristo. A Dios no le asusta ninguno de estos grandes imperios, que antes o ahora mandan sobre el mundo, pues "ante él se doblará toda rodilla, y por él jurará toda lengua". Cristo es el Señor de la historia, él nos acompaña en nuestras pruebas, y éstas han de ser el cebadero de una esperanza confiada y esforzada.

           Los textos apocalípticos nos señalan también que la vida presente es dramática, y puede que de por vida. Pero también recuerda que el Cordero ha vencido, y que nos hará participar de su triunfo en el cielo. Todo tiempo, por tanto, tiene su dureza. Pero cuando estemos tentados de encogernos y agachar la cabeza, dejemos que resuene en nosotros el imperativo de Jesús: "Alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación".

           Recojamos todas las llamadas a la confianza y esperanza que se nos ofrecen en el pasaje de hoy. Aprendamos a mirar de frente las cosas, comprobando el poder devastador del mal. Y sepamos relativizar y desinflar, desde la confesión del señorío de Cristo, las apariencias omnipotentes del mal.

Pablo Largo

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           La 1ª lectura de hoy nos sacude con un grito de alegría: "¡Cayó Babilonia!". Para quienes amamos la paz puede resultar difícil compartir una alegría que en el fondo nace de la derrota o fracaso del contendor. La cosa suena violenta, sobre todo para los que experimentamos ya hace años la caída de las torres gemelas del World Trade Center, y la consiguiente explosión de alegría de los musulmanes.

           Parece simplemente repugnante alegrarse de una derrota, pero, ¿qué diríamos si pudiéramos ver derrotado el odio? ¿Qué sentiríamos si un día se pudiera declarar vencida al hambre en el mundo? ¿No danzaríamos si un día tuviéramos certeza de estar enterrando los racismos y las discriminaciones étnicas?

           Hay que alegrarse de la caída de Babilonia. Hay que alegrarse cuando el mal resulta mal negocio, en la medida en que ello llame a conversión y le dé una oportunidad al bien y a la gracia. La ciudad caída es morada de animales repugnantes. Vivir en ella se vuelve imposible, y sobre todo indeseable. Y eso es maravilloso, porque el mal no es deseable, y que se le caiga la careta al mal, y se vea qué es en verdad, es algo que está bien. Un mal sin careta ya no hace daño (porque es horrendo), y ya no engaña (porque no es deseable).

           Prostitución ha sido el nombre que la idolatría ha recibido desde tiempos de los profetas. Así como la prostituta se vende por unas monedas, así, el que prefiere los bienes de los ídolos está vendiendo su alma, y la está prostituyendo.

           La analogía no termina ahí, porque la prostitución, como negocio que es, termina por organizarse. Hay prostíbulos que buscan y obtienen reconocimiento social, y a toda costa se pretende que se mire a la prostitución como un oficio o profesión más, cuya única peculiaridad serían las mujeres maltratadas.

           Pues bien, algo así sucede con la idolatría: por su propia lógica, y por su propio peso, tiende a organizarse y a tejer una red y sistema en el que los intereses parecen ser algo maravilloso, vendiéndose así el vicio y comprándose. Así, se vende como fantasía lo que es un engaño, y se venden y compran ídolos. Todo se vuelve un gran sistema, una ciudad que parece sostenerse sobre el pacto mutuo de los intereses, en una espiral embriagante. Esa es Babilonia, ésa es la gran prostituta.

           Con el telón de fondo oscuro de la caída de Babilonia, el Apocalipsis anuncia hoy un tema gozoso: las bodas del Cordero. Un banquete que no podía celebrarse sin los invitados, y cuya invitación es algo sencillo y elocuente: ser libres de la ciudad maldita, y no hundirse en el fracaso de la gran prostituta.

           Eso sí, lo terrorífico de los acontecimientos no ha de ser acusa de terrorismo para los creyentes, sino de lo que dice Jesús: "Cuando esto comience a suceder, poned atención y levantad la cabeza; porque se acerca vuestra liberación" (Lc 21, 28). La liberación es un banquete, libre de las ofrendas sacrílegas. Y los elegidos se han preparado para alimentarse del pan del cielo.

Nelson Medina

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           El Apocalipsis celebra hoy la gloria de sus héroes, resaltando la gran estima que se les tiene. Con todo, no es su ciencia, ni el alcance de sus conocimientos, el 1º motivo para ensalzarlos, sino el llevar escrito en su frente "el nombre del cordero y el del Padre".

           Esta es la señal que acredita que dichos héroes no han apetecido en la ciencia la propia gloria, sino la del Señor. Y por eso sus voces, que se han alzado a lo largo de los siglos, han formado un gran clamor de alabanza, resonante como "el estruendo de mar gruesa" y como "el estampido de un gran trueno", con toda su majestad y con la finura de "citaristas que tañían sus cítaras".

           Los mártires del Apocalipsis constituyen el coro de los que cantan las alabanzas del Cordero ante su trono. Y su ciencia y sabiduría son "un canto nuevo", cuyo objetivo no es el de dominar a los hombres, sino el de liberarlos. Son el canto de un amor sólido y permanente, que habla de una total entrega y que se opone al mercadeo de los hombres y a los magnates de la tierra.

           La sabiduría cristiana se aleja del corazón repartido, y diríase que hay en ella como un trasunto de virginidad, que rechaza toda falsedad y que hace florecer en el mundo un "cántico nuevo".

Miguel Gallart

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           La grandiosa escena de hoy del Apocalipsis resume toda la lucha entre el bien y el mal, entre Cristo y la bestia. Y describe la ruina de Babilonia (o sea, Roma, a la que llama "la gran prostituta"), esa ciudad que ha embaucado con sus brujerías a todas las naciones y las ha hecho apostatar.

           La imagen de una gran piedra, que es lanzada al fondo del mar, es muy expresiva para describir la destrucción de la bestia. En su territorio ya no habrá música ni fiesta, ni luz de lámparas ni voz de novio o de novia. Sino que en ella reinará el silencio y la oscuridad, la ruina y la muerte.

           Por el otro lado, el pasaje de hoy describe también la victoria del Cordero, con un vocerío de una gran muchedumbre que canta himnos y aleluyas. Mientras el humo del incendio, en que ha ardido el mal, sube desde el silencio (del oscuro abismo) hasta el cielo, los salvados no cesan en sus cantos de alegría (en la luz de Cristo). Ésa es la clave para interpretar la historia desde Dios, porque "él derriba a los poderosos y enaltece a los humildes", como dijo María en su Magníficat.

           El Apocalipsis no es un libro dulce, sino guerrero y valiente, que nos da ánimos en la lucha y nos hace mirar hacia el futuro confiados en el triunfo de Cristo y los suyos. La "ciudad orgullosa" (las fuerzas del mal) caen al fondo del mar como el gran pedrusco y desaparecen. La comunidad del Cordero, de los que no han apostatado ni se han dejado manchar por la corrupción, sigue en pie y no deja de cantar.

           Cuando entonamos aleluyas a Dios y a Cristo, no lo hacemos con orgullo, ni satisfechos de nuestros méritos, ni vengándonos de los enemigos de Cristo. Sino que lo hacemos humildemente, y con el deseo de que esta salvación sea universal, y nadie sea tan insensato como para quedar fuera de este cortejo nupcial, que en el día del juicio pasará a gozar para siempre de la vida eterna. Los entonamos, eso sí, con alegría agradecida, con la cabeza erguida, con las arpas en la mano y cantando "a pleno pulmón", como el ángel de la escena de hoy.

           Cada vez que participamos en la eucaristía, somos invitados a la comunión con las palabras que aquí dice el ángel: "Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero". Eso es lo que dice la frase del Misal en latín, aunque nosotros la hayamos traducido a un nivel más sencillo y pobre: la cena del Señor, o simplemente la mesa del Señor.

           La felicidad cristiana viene de ser los invitados a esta eucaristía, que ya aquí en la tierra es garantía y pregustación de un banquete más definitivo al que también estamos invitados: el banquete de bodas del Cordero (Jesucristo) con su esposa (la Iglesia), en el cielo. Es lo que el salmo responsorial de hoy nos ha hecho repetir: "Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores".

José Aldazábal

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           Tres temas aparecen en el texto de hoy del Apocalipsis: la caída de la gran Babilonia, el cántico de los bienaventurados y el anuncio de las bodas del Cordero.

           En 1º lugar, la realización de la justicia de Dios es la que hace caer a los imperios de este mundo, por muy grandes y poderosos que sean, y por muy inconmovibles que parezcan. Y no sólo a los imperios materiales (políticos, lúdicos, comerciales...), sino también a los de nuestros propios afectos desordenados.

           Mucho se ha elucubrado sobre "la gran Babilonia". ¿A qué ciudad se refiere Juan? Como es frecuente en la literatura apocalíptica judía, el autor utiliza nombres y símbolos de tiempos antiguos para referirse al futuro, para fortalecer la esperanza de la Iglesia. En este caso, el autor del Apocalipsis utiliza la imagen de Babilonia, capital de Nabucodonosor II de Babilonia, que cayó aunque parecía imposible.

           Con esto quiere decir Juan a los cristianos, que sufren bajo el poder imperial de Roma, que también Roma, como pasó con Babilonia, terminará por caer. Y a través de los siglos, nos dice a los cristianos de todos los tiempos y lugares que los imperios terminan por caer.

           La causa de la caída de esta gran Babilonia se enuncia diciendo:

-"tus mercaderes eran los magnates de la tierra",
-"tus hechicerías extraviaron todas las naciones (Ap 18, 23).

           Es decir, que también los magnates de hoy terminarán por caer, y también sus manipulaciones terminarán por mostrarse impotentes ante el curso de la historia.

           Seguidamente, el autor del Apocalipsis describe el júbilo de las personas justas, con el énfasis y la belleza literaria característica: "Aleluya. Ahora se ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios todopoderoso (Ap 19, 6). Se trata de la culminación de la justicia de Dios, que será el preámbulo de las bodas del Cordero con los mejores frutos de la creación: la muchedumbre de los justos.

           El mensaje del Apocalipsis es un mensaje de esperanza, y de llamada a la resistencia en los momentos más oscuros de la historia, cuando el mal parece no tener fin. El salmo responsorial de hoy proclama esta justicia de Dios como una manifestación de su misericordia: "El Señor es bueno su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades".

Dominicos de Madrid

b) Lc 21, 20-28

           Seguimos hoy con el Discurso Escatológico de Jesús. La 1ª parte del texto de hoy (vv.20-24) se refiere a la destrucción de Jerusalén. Cuando Lucas escribe este texto, que recoge una tradición que se remonta a Jesús mismo, ya los hechos aquí descritos habían sucedido. De ahí la pulcra exactitud de lo que se dice.

           En efecto, el año 66 estalló la Guerra Judía contra Roma, animada y dirigida por los zelotas y otros grupos nacionalistas. Los zelotas buscaban expulsar a los romanos de la tierra de Israel, y los nacionalistas reconstruir la monarquía davídica. Por su parte, los cristianos no participaron de esta guerra, pues ésta les era ajena y su implicación hubiese sido totalmente contraria a la misión de la Iglesia. 

           La misión de los cristianos era radicalmente diferente, según el testamento de Jesús: "Recibiréis el Espíritu Santo y seréis mis testigos en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta el fin de la tierra" (Hch 1, 8). De ahí el consejo de hoy de Jesús: "Cuando sucedan estas cosas, los que estén en Judea que huyan a los montes, los que estén en Jerusalén que se alejen de ella, y los que estén en los campos que no entren en Jerusalén".

           Sabemos por la historia que esto sucedió al pie de la letra. Cuando comenzó la guerra (ca. 66), los cristianos huyeron de Jerusalén, y cuando la guerra llegó a su punto culminante (ca. 70), el Templo de Jerusalén fue destruido. Hasta el 74 siguió la resistencia de los judíos en Masada, y todo esto fue visto por los judíos como "días de venganza" por parte del Imperio Romano.

           La 2ª parte del texto de hoy (vv.25-28) se refiere a la manifestación del Hijo del hombre. Aquí se cumple la profecía de Daniel (Dn 7, 13-14), para quien la figura del Hijo de hombre era individual y colectiva, representándose a sí mismo (al Hijo) y al pueblo de los santos (del hombre). Es una figura humana que se contrapone a las 4 bestias de Daniel, que representan a los 4 imperios que han dominado al pueblo de Israel.

           La oposición simbólica bestia-humano representa la oposición histórica Imperio-Iglesia. Jesús se identifica permanentemente con este símbolo humano llamado "hijo del hombre". En la tradición de Daniel tiene esas 2 connotaciones: una figura anti-Imperio (anti-bestia) y una figura colectiva, que representa a todo el pueblo de los santos que resiste a los imperios bestiales.

           Aquí se anuncia la parusía final de Jesús con los términos de Daniel, que "verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria". Pero antes de la venida de Jesús, el discurso nos describe una conmoción cósmica inaudita que precederá dicha venida. Este cataclismo cósmico tiene dimensiones fantásticas y alucinantes. En la tradición apocalíptica de la época, estas catástrofes cósmicas no deben ser interpretadas literalmente, sino como símbolos de una conmoción histórica.

           Se trata de un cataclismo histórico de los poderes dominantes. Por eso el consejo maravilloso de Jesús: "Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación" (v.28). El cataclismo social debe ser motivo de terror para los grupos y clases enemigas, pero no para los aliados de Dios. Y debe ser motivo de esperanza para los santos, que esperan su apolutrosis (lit. liberación) con la venida y el triunfo del Hijo del hombre.

Juan Mateos

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           "Ay de las que estén encinta y de las que críen en aquellos días" (Mt 24, 19), clama el Señor al contemplar en espíritu el cuadro del fin del mundo actual. Bien colocada está esta expresión al comienzo del discurso referente al terror de la destrucción de Jerusalén.

           Mas en el Espíritu de Cristo, que es el Espíritu del Verbo eterno, confluye y se identifica con la visión del fin del mundo. Y en esa identificación la exclamación significa mucho más que una simple compasión humana por aquellas desvalidas mujeres menos expeditas que las otras para poder huir o resistir a las más duras penalidades.

           Para el Señor que contempla y advierte, ellas, en la profecía de la destrucción del mundo, se tornan imagen y tipo de aquellos a quienes el fin del mundo va a sorprender en el preciso instante en que (aún demasiado ligados al mundo presente) no se sentirán libres para poder seguir sin trabas la voz de la trompeta y salir al encuentro de la nueva aurora.

           Sus pies no se habrán fortalecido en el camino de la cruz de Cristo, no habrán llegado a ser ágiles en los caminos de sus mandamientos, se hallarán entorpecidos por los lazos del enemigo. Pesa sobre sus hombros la carga del falso reino de este mundo. Sus brazos abrazan las alegrías caducas de una tierra condenada a perecer.

           El "dios de este siglo" (2Cor 4, 4) ha cegado sus ojos. No conocen el lenguaje de los signos celestiales, no pueden contemplar el brillo de la aurora. En balde se publica el mensaje y se encienden las antorchas eternas. Los esclavos "de este siglo" y de su dios no pueden ver, y huyen. A ciegas van dando traspiés hacia la condena del tribunal y el fuego de su castigo, que tendrá la virtud de abrir sus horrorizados ojos.

           Jerusalén sucumbe como consecuencia de su pecado. Esta destrucción, como todas las catástrofes históricas, además de ser un suceso social y político, es un acontecimiento religioso. La ciudad santa sucumbe víctima de su pecado, de haber rechazado la salvación que se le ofrecía en Jesús.

           Jesús expresa su compasión por las víctimas. Y pone en guardia a los discípulos para que no perezcan. Ellos no han comulgado con este pecado de Jerusalén. No deben perecer en ella. Pero la ciudad y el pueblo judío no son rechazados definitivamente. Su rechazo es una especie de tregua para dar paso a los gentiles (Rm 11).

           Ante la venida del Hijo del hombre, que se hará patente, clara como la luz del mediodía, el pánico será la actitud del incrédulo, el gozo será la herencia del creyente. Para éste se acerca la salvación. Se toca ya la esperanza. El creyente irá con la cabeza erguida, rebosante de gozo el corazón, al encuentro de su Señor, a quien ha amado, por quien ha vivido, en quien ha creído y al que anhelante ha estado toda la vida esperando.

Emiliana Lohr

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           Los discípulos habían preguntado por la señal que daría paso a la restauración de Israel (Lc 21, 7). Jesús les responde ahora hablándoles de 'señales cósmicas' -que nosotros hemos inter­pretado al pie de la letra como si se tratara de la descripción del fin del mundo en sentido figurado, como había hecho hasta ahora (Lc 21, 11). La catástrofe cósmica era símbolo de la caída de un orden social injusto (Is 13,10; 34,4; Ez 32,7-8; Jl 2,10.31; 3,15), que aparece como la inauguración de un mundo distinto.

           La caída del régimen judío, consecuencia histórica del rechazo del Mesías, vendrá seguida de la caída sucesiva de los opresores paganos. «Las potencias del cielo que vacilarán» (v.26) son los poderes divinizados cuyo prestigio se tambalea.

           Se trata del triunfo del Hijo del hombre: «Entonces verán llegar al Hombre en una nube, con gran potencia y gloria» (v.27). Su gran 'potencia' de vida se opone a las 'potencias' de muerte que vacilan; su 'gloria' o realeza, a la realeza de los opresores que declina. Ante ese giro total de la situación, los discípulos, lejos de temer, tienen que ponerse de pie y alzar la cabeza, «porque se acerca -les dice- vuestra liberación» (v.28).

           Jesús compone los primeros compases de la teología de la progresiva liberación del hombre de los poderes injustos. Es una historia lenta, llena de dolor y de malas noticias -las que nos ofrecen cada día por la radio, la televisión y en los periódicos-, pero irreversible. Es la última etapa de la evolución del hombre, el Hombre, sin más adjetivos, que ha empezado en el momento de la muerte de Jesús.

           La gloria de este Hombre se irradia a través de todos los portadores de paz y de buenas noticias, de todos los hombres y mujeres que trabajan para construir una sociedad más justa, que ponen sus talentos al servicio de los marginados y desamparados. Es la otra Historia, la que no consta en los libros de historia ni en los archivos de las coronas o repúblicas. Una historia que se escribe día tras día, no con letras de molde ni con eslóganes televisivos, sino con actos de servicio.

Josep Rius

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           La mayoría de los exégetas piensan que Lucas escribió su evangelio en los años después del 70. Los acontecimientos históricos acaban pues de demostrar que Jesús había dicho verdad al anunciar la destrucción de Jerusalén: "Cuando veréis Jerusalén sitiada por los ejércitos". Aquí, Marcos y Mateo decían: «Cuando veréis la abominación de la desolación» (Mc 13,14; Mt 24,25). Era sin duda lo que, de hecho, había dicho Jesús, repitiendo una profecía de Daniel (Dn 11, 31).

           Lucas «traduce» con mayor concreción: "Sabed que está cerca su devastación. Entonces los que estén en Judea, que huyan a la sierra; los que estén en la ciudad que se alejen; los que estén en el campo, que no entren en la ciudad".

           Después de un siglo de ocupación romana la revuelta que se estaba incubando terminó por explosionar, en los alrededores del año 60. Los Zelotes, que habían tratado de arrastrar a Jesús a la insurrección, multiplicaron los atentados contra el ejército de ocupación. El día de Pascua del 66, los Zelotes ocupan el palacio de Agripa y atacan al Legado de Siria.

           Todo el país se subleva. Vespasiano es el encargado de sofocar la revolución. Durante tres años va recuperando metódicamente el país, y aísla Jerusalén. Reúne fuerzas enormes: la V, la X y la XV legión. Luego el emperador deja a su hijo, el joven Tito, el cuidado de terminar la guerra.

           El sitio de Jerusalén, fortaleza considerada inexpugnable, dura un año, con setenta mil soldados de infantería y diez mil a caballo. El 17 de julio del 70, por primera vez después del exilio, cesa el sacrificio en el Templo. Desde entonces no lo ha habido nunca más. El historiador judío, Flavio José, habla de un millón cien mil muertos durante esta guerra, y noventa y siete mil prisioneros cautivos.

           Ante lo cual, Jesús exclama: "Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días. Porque habrá una gran calamidad en el país y un castigo para ese pueblo. Caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los paganos".

           Al predecir la espantosa desgracia nacional de su pueblo, Jesús no tiene nada de un fanático que clama venganza. Sus palabras son de dolor. Es emocionante verle llorar por las pobres madres de ese pueblo que es el suyo, porque "Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que la época de los paganos llegue a su término".

           Jesús parece anunciar un tiempo para la evangelización de los paganos. A su término, Israel podrá volver a Cristo a quien rechazó entonces. Esta es la plegaria y la esperanza de san Pablo (Rm 11, 25-27) compartida con san Lucas (Lc 13, 35) ¿Comparto yo esa esperanza?

           Entre esa esperanza, está que "aparecerán señales en el sol, la luna y las estrellas". Aunque es verdad que en la tierra "se angustiarán las naciones por el estruendo del mar y de la tempestad", y los hombres "quedarán sin aliento por el miedo, pensando en lo que se le viene encima al mundo". Porque hasta los astros "se tambalearán".

           Es el lenguaje corriente del género apocalíptico. Según la concepción de la época, los tres grandes espacios: cielo, tierra y mar... serán trastornados. El caos se abate sobre el universo (Is 13,9-10; 34,3-4), y esas mismas expresiones en imágenes son empleadas en la caída de Babilonia.

           Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con gran poder y majestad. ¿Sin que nos demos cuenta, se ha pasado a otra profecía, esta vez la del "fin del mundo"? Algunos exégetas así lo creen.

           Otros piensan que Jesús continuaba hablando de la destrucción de Jerusalén: el Hijo del hombre "viene", a través de muchos sucesos históricos, en particular de éste que vio el aniquilamiento del culto del Templo... el culto verdadero proseguía en torno al Cuerpo de Cristo, en la Iglesia, nuevo Templo de Dios.

Noel Quesson

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           Jerusalén, ciudad de paz; ese es su nombre; esa es su vocación. De ahí brotará la salvación como un río en crecida que fecundará toda la tierra y le hará producir frutos agradables a Dios; y llegará incluso hasta el mar de aguas saladas y lo saneará, pues nada hay imposible para Dios.

           Pero Jerusalén se ha corrompido y, llegado Aquel que ha cumplido las promesas y el anuncio de la Ley y los Profetas, ha sido rechazado. Por eso Jerusalén ha sido destruida y no ha quedado en ella piedra sobre piedra, y sus hijos han sido dispersados por todas las naciones.

           Quienes formamos la Iglesia del Cordero, ¿realmente creemos en Él? No podemos responder con sólo nuestras palabras; nuestra respuesta ha de darse de un modo vital, pues son nuestras obras, son nuestras actitudes hacia nuestro prójimo, es nuestra vida misma la que manifiesta hasta qué punto vivimos fieles al Señor.

           El momento en que se acabe este mundo no debe confundirnos ni angustiarnos. El Señor nos pide una vigilancia activamente amorosa para que cuando Él venga levantemos la cabeza, sabiéndonos hijos amados de Dios. No descuidemos nuestra fe constante en el Señor a pesar de lo que tengamos que padecer, pues si nos alejamos del Señor y comenzamos a destruirnos unos y otros, por más que proclamemos el Nombre del Señor, nuestro mal comportamiento echaría por tierra toda la obra de salvación.

           Entonces, en lugar de ser parte de la construcción del Reino de Dios seríamos destruidos irremediablemente. Trabajemos por el Señor; y no lo hagamos por temor, ni por interés, sino por amor, un amor que nos lleve a permitirle al Señor hacer su obra de salvación en nosotros, y en el mundo por medio nuestro, aun cuando para ello tengamos también que entregar nuestra vida, pues nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

           Dios, nuestro Dios misericordioso y Padre, nos ha convocado en este día en torno a Jesús, su Hijo, Señor nuestro. No se dirige a nosotros por medio de señales que nos llenen de terror y angustia, sino en la sencillez de los signos frágiles mediante los cuales se manifiesta a nosotros.

           Ahí esta su Palabra, dirigida a nosotros con toda sencillez, pero con toda su fuerza salvadora. Ahí está su Iglesia, representada mediante los miembros de la misma que nos hemos reunido para celebrar al Señor; somos frágiles e inclinados a la maldad, pero el Señor nos llena de su Espíritu para que seamos un signo de alegría, de paz, de misericordia y de luz para los demás.

           Sólo al final, confrontada nuestra vida con la Palabra, se hará el juicio de nuestras obras para que reconozcamos si somos o no dignos de estar para siempre con el Señor. Por eso debemos vivir con la cabeza levantada, no por orgullo, sino para contemplar a Aquel que nos ha precedido con su cruz, y poder seguir sus huellas amando y sirviendo a nuestro prójimo, pues no hay otro camino, sino el mismo Cristo, que nos lleve al Padre.

           No vivamos en el temor, pensando que el mundo se nos acabará de un momento a otro, vivamos más bien amando al Señor y a nuestro prójimo para que, cuando Él vuelva, nos encuentre dispuestos a ir con Él a gozar de la Gloria del Padre.

Bruno Segni

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           Días de angustiosa espera. Permanezcamos firmes hasta el final, para que, cuando el Señor vuelva, seamos de los que levanten la cabeza, pues se acerca la hora de nuestra liberación final. No vivamos odiándonos y mordiéndonos unos a otros. No seamos injustos con nuestro prójimo.

           No nos encerremos en nuestros egoísmos que nos lleven a pisotear los derechos, incluso fundamentales, de nuestro prójimo. No induzcamos a otros al mal o al error. No provoquemos divisiones ni guerras entre nosotros. No vaya a ser que nos expongamos a nuestra destrucción total. Mientras aún es tiempo el Señor nos invita a iniciar el camino de una auténtica conversión. Él no quiere que nos perdamos, por muy pecadores que hayamos sido, pues no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

           Somos demasiado frágiles; por eso no confiemos en nuestras propias fuerzas. Acudamos al Señor con una oración humilde y sincera; y pidámosle confiadamente que nos ayude en todo a hacer, con gran amor, su voluntad, para que nos convirtamos en testigos fieles de su amor para toda la humanidad.

           Anunciamos la muerte y la resurrección del Señor; anunciamos su Victoria sobre el pecado y la muerte; somos testigos del mundo nuevo, inaugurado por Cristo, hasta que Él vuelva glorioso para llevarnos, junto con Él, a la Gloria del Padre. Mientras, nos reunimos para anticipar ese momento mediante la Celebración festiva del Memorial de su Misterio Pascual.

           Aquí ya no hay odios ni divisiones; aquí vivimos el amor fraterno; aquí nos hacemos uno en Cristo Jesús y el Padre Dios no contempla como a sus hijos amados, en quienes Él se complace por nuestra fidelidad amorosa a su santísima Voluntad. Pero, ¿será esto realidad? ¿A qué hemos venido hoy ante el Señor? Ojalá tengamos la firme determinación de convertirnos en verdaderos hijos de Dios, y en verdaderos hermanos de nuestro prójimo. Entonces no seremos destruidos, sino que viviremos para siempre.

           Muchas cosas han de desaparecer de nuestra vida, y a muchas cosas hemos de renunciar, por ser pecaminosas y generadoras de maldad, de injusticia, de muerte. De todo ello no ha de quedar piedra sobre piedra. Hemos de ser constructores de una nueva humanidad referida a su Centro: Cristo Jesús. Ya desde ahora hemos de esforzarnos por ello como colaboradores de la Gracia, que se nos ha concedido en Cristo Jesús, siendo guiados por su Espíritu Santo.

           Por eso no hemos de perder de vista que nuestro compromiso es con Cristo, Evangelio viviente del Padre. Trabajemos por la paz; esa paz que nos viene por creer en Cristo Jesús, que nos une a todos como hermanos, que nos hace participar de un mismo amor y de un mismo Espíritu, y que nos hace tener a Dios por Padre.

           No seamos ocasión de escándalo para los demás. Antes al contrario pasemos haciendo el bien a todos. Sólo así llegaremos sanos y salvos al Reino celestial, pues Dios llevará consigo a los que le aman. Entonces será realmente la hora de nuestra liberación.

Bruno Maggioni

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           Es la tercera vez que Jesús anuncia, con pena, la destrucción de Jerusalén: "serán días de venganza... habrá angustia tremenda, caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones: Jerusalén será pisoteada por los gentiles".

           También aquí Lucas mezcla dos planos: éste de la caída de Jerusalén -que probablemente ya había sucedido cuando él escribe- y la del final del mundo, la segunda venida de Cristo, precedida de signos en el sol y las estrellas y el estruendo del mar y el miedo y la ansiedad "ante lo que se le viene encima al mundo". Pero la perspectiva es optimista: "entonces verán al Hijo del Hombre venir con gran poder y gloria". El anuncio no quiere entristecer, sino animar: "cuando suceda todo esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación".

           Las imágenes se suceden una tras otra para describirnos la seriedad de los tiempos futuros: la mujer encinta, la angustia ante los fenómenos cósmicos, la muerte a manos de los invasores, la ciudad pisoteada. Esta clase de lenguaje apocalíptico no nos da muchas claves para saber adivinar la correspondencia de cada detalle.

           Pero por encima de todo, está claro que también nosotros somos invitados a tener confianza en la victoria de Cristo Jesús: el Hijo del Hombre viene con poder y gloria. Viene a salvar. Debemos "alzar la cabeza y levantarnos", porque "se acerca nuestra liberación".

           Sea en el momento de nuestra muerte, que no es final, sino comienzo de una nueva manera de existir, mucho más plena. Sea en el momento del final de la historia, venga cuando venga (mil años son como un día a los ojos de Dios). Entonces la venida de Cristo no será en humildad y pobreza, como en Belén, sino en gloria y majestad.

           Levantaos, alzad la cabeza. Nuestra espera es dinámica, activa, comprometida. Tenemos mucho que trabajar para bien de la humanidad, llevando a cabo la misión que iniciara Cristo y que luego nos encomendó a nosotros. Pero nos viene bien pensar que la meta es la vida, la victoria final, junto al Hijo del Hombre: él ya atravesó en su Pascua la frontera de la muerte e inauguró para sí y para nosotros la nueva existencia, los cielos nuevos y la tierra nueva.

José Aldazábal

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           Hoy al leer este santo evangelio, ¿cómo no ver reflejado el momento presente, cada vez más lleno de amenazas y más teñido de sangre? "En la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo" (vv.25-26).

           Muchas veces, se ha representado la segunda venida del Señor con las imágenes más terroríficas posibles, como parece ser en este evangelio, siempre bajo el signo del miedo. Sin embargo, ¿es éste el mensaje que hoy nos dirige el evangelio? Fijémonos en las últimas palabras: "Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación" (v.28).

           El núcleo del mensaje de estos últimos días del año litúrgico no es el miedo, sino la esperanza de la futura liberación, es decir, la esperanza completamente cristiana de alcanzar la plenitud de vida con el Señor, en la que participarán también nuestro cuerpo y el mundo que nos rodea.

           Los acontecimientos que se nos narran tan dramáticamente quieren indicar de modo simbólico la participación de toda la creación en la segunda venida del Señor, como ya participaron en la primera venida, especialmente en el momento de su pasión, cuando se oscureció el cielo y tembló la tierra. La dimensión cósmica no quedará abandonada al final de los tiempos, ya que es una dimensión que acompaña al hombre desde que entró en el Paraíso.

           La esperanza del cristiano no es engañosa, porque cuando empiecen a suceder estas cosas (nos dice el Señor mismo), "entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria" (v.27). No vivamos angustiados ante la segunda venida del Señor, su Parusía: meditemos, mejor, las profundas palabras de San Agustín que, ya en su época, al ver a los cristianos atemorizados ante el retorno del Señor, se pregunta: "¿Cómo puede la esposa tener miedo de su Esposo?".

Lluc Torcal

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           El lenguaje escatológico empleado por Cristo en este pasaje nos muestra dos cosas: que él es el Señor y dueño de la historia y de los acontecimientos, y que todo cristiano tiene como consigna la vigilancia, pues desconocemos el día y la hora en que todo esto sucederá.

           El Señor nos dice: "Quien está en el campo que no entre en la ciudad y quien esté en la ciudad que se aleje". Cristo no nos pide lo que no le podemos dar pero sí reclama un seguimiento convencido por parte de cada uno: que le amemos por encima de nuestras tribulaciones o en medio de la perplejidad; que aguardemos con esperanza su segunda venida.

           También nos advierte que el camino de la cruz no es fácil y que a veces cuesta, sin embargo sabemos que cuando Dios pide algo, no hace más que requerir lo que precisamente ha dado. Por lo tanto tenemos un modelo donde reflejarnos. Él nunca nos deja solos.

           Repitamos las palabras de Santa Teresa ("solo Dios basta"), y seamos capaces de cobrar el animo y levantar nuestra cabeza porque se acerca nuestra liberación. Liberación ante todo del pecado, de nuestra miseria, de nuestros rencores e insatisfacciones.

Clemente González

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           El Evangelio que leemos hoy es también un llamado a la esperanza, a redoblar la fe. Aquí la venganza de Dios se dirige contra Jerusalén, que se convirtió a lo largo de la historia en sede del poder y de la manipulación religiosa. Jesús anuncia la caída de Jerusalén, los tiempos difíciles, y llama también a la esperanza.

           La caída de los imperios nunca es fácil ni sencilla, acarrea muchos dolores y sufrimientos también para los oprimidos. Jesús nos llama a levantar la cabeza, sabiendo que se acerca nuestra liberación (v.28).

           Teniendo presente esta profecía, los cristianos de Jerusalén dejaron la ciudad Santa antes de su ruina, retirándose a Pella al otro lado del Jordán. El tiempo de los gentiles (v.24) va a cumplirse, esto es, va a terminar con la conversión de Israel: "Porque si tú fuiste cortado de lo que por naturaleza era acebuche, y contra naturaleza injertado en el olivo bueno, ¿cuánto más ellos, que son las ramas naturales, serán injertados en el propio olivo?" (Rm 11, 24), y el advenimiento del supremo Juez.

           Esta recomendación del divino Salvador, añadida a sus insistentes exhortaciones a la vigilancia ("lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: Velad"; Mc 13,37) muestra que la prudencia cristiana no está en desentenderse de estos grandes misterios sino en prestar la debida atención a las señales que Él bondadosamente nos anticipa, tanto más cuanto que el supremo acontecimiento puede sorprendernos en un instante, menos previsible que el momento de la muerte (v.34).

           "Vuestra redención": así llama Jesús al ansiado día de la resurrección corporal, en que se consumará la plenitud de nuestro destino.

José A. Martínez

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           Fijémonos en las últimas palabras: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación» (v.28).

           El núcleo del mensaje de estos últimos días del año litúrgico no es el miedo, sino la esperanza de la futura liberación, es decir, la esperanza completamente cristiana de alcanzar la plenitud de vida con el Señor, en la que participarán también nuestro cuerpo y el mundo que nos rodea.

           Los acontecimientos que se nos narran tan dramáticamente quieren indicar de modo simbólico la participación de toda la creación en la segunda venida del Señor, como ya participaron en la primera venida, especialmente en el momento de su pasión, cuando se oscureció el cielo y tembló la tierra. La dimensión cósmica no quedará abandonada al final de los tiempos, ya que es una dimensión que acompaña al hombre desde que entró en el Paraíso.

           La esperanza del cristiano no es engañosa, porque cuando empiecen a suceder estas cosas (nos dice el Señor mismo) «entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria» (v.27). No vivamos angustiados ante la segunda venida del Señor, su Parusía: meditemos, mejor, las profundas palabras de San Agustín que, ya en su época, al ver a los cristianos atemorizados ante el retorno del Señor, se pregunta: «¿Cómo puede la Esposa tener miedo de su Esposo?».

Juan Gralla

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           Tu vida, tu casa, los que más quieres, tu Jerusalén, puede estar cercada por ejércitos y amenazada por la desolación. Puede que te sorprendan señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; puede que las fuerzas de los cielos sean sacudidas.

           A lo que hemos de temer es a no vernos sorprendidos por la sacudida del corazón que ha perdido sensibilidad para descubrir la bondad y la fidelidad del Señor. Lucas nos pide cobrar ánimo y levantar la cabeza ante aquello que nos trae liberación.

           Es posible el adormecimiento del corazón deslumbrado con tanta luz que nos obliga a consumir, y puede ser que la verdadera estrella -no de neón- pase por nuestro cielo y pase desapercibida. No vendría nada mal en esos momentos una sacudida de nuestro cielo. Como dice Séneca: "Dichoso quien entiende que la posesión de un bien no es grata si no se comparte (Epístolas, VI, 4). O "si quieres vivir para ti, debes vivir para otro" (Epístolas, XLVIII, 2).

Miguel Angel Niño

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           Los escritos apocalípticos tienen mala fama: nos hemos quedado con sus descripciones terroríficas y hemos olvidado su verdadera razón de ser. Son tónicos y reconstituyentes para una esperanza debilitada. Nacieron para reforzarla y tienen por objeto recordarnos lo esencial precisamente en tiempos duros.

           Su mensaje es en último término una palabra sobre Dios mismo y sobre su Cristo: a Dios no le asusta ninguno de esos grandes imperios que antes o ahora mandan. Ante él se doblará toda rodilla y por él jurará toda lengua. Cristo es el Señor de la historia, él nos acompaña en nuestras pruebas, y éstas han de ser el cebadero de una esperanza confiada y a la vez esforzada. Nos señalan que la vida presente es dramática, pero que el Cordero ha vencido y nos hace participar en su triunfo.

           Todo tiempo, no sólo el último de los últimos, tiene su dureza. Cuando estamos tentados de encogernos y agachar la cabeza, dejemos que resuene en nosotros el don y el imperativo de Jesús que se lee al término de la proclamación evangélica de hoy: “Alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación!”.

           Recojamos todas las llamadas a la confianza y a la esperanza que se nos ofrecen. Aprendamos a mirar de frente las cosas, comprobando el poder devastador del mal; pero sepamos relativizar y desinflar, desde la confesión del Señorío de Cristo, las apariencias omnipotentes del mal.

Pablo Largo

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           El texto que hoy leemos en el evangelio tiene dos partes. Una primera habla de la destrucción del templo. Ese acontecimiento marca el final de la historia del pueblo de la antigua Alianza. De ahí en adelante ya no tiene sentido aquella distinción fundamental israelita entre los judíos y los paganos.

           En adelante, el nuevo pueblo de Dios, o el pueblo de Dios de la nueva alianza estará formado por personas venidas de todos los pueblos de la tierra; ya no serán "judíos o gentiles", sino que se hablará de un tertium genus, un tercer grupo o pueblo que ya superó el "muro de la separación".

           En la segunda parte del Evangelio, y con un lenguaje tomado del libro de Daniel, se nos habla de ese personaje misterioso que aparece por el horizonte apocalíptico: el "Hijo del Hombre".

           La caída de Jerusalén manifiesta y anticipa el juicio con que Dios acompaña toda la historia y que se consumará al final de los tiempos. El Hijo del Hombre es Jesús, que, por su muerte y resurrección, testimoniadas por los discípulos, reunirá a todo el pueblo de Dios.

Severiano Blanco

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           El evangelio de hoy, en sus últimos versículos, nos presenta la actitud que el cristiano debe tener ante el fin del mundo. Para el cristiano, como diría san Pablo: “la vida es Cristo y la muerte una ganancia”.

           El cristiano vive gozosamente la llegada del Reino (cuando ésta sea), pues para él la llegada de Cristo es el momento más gozoso y esperado. Este encuentro con Aquél a quien tanto se ha amado y por quien tanto se puede haber sufrido, es el momento más precioso del cristiano.

           Este momento puede ocurrir de manera particular, es decir cuando una persona muere, o de manera colectiva, que será la llegada definitiva de Cristo. No sabemos qué ocurrirá primero. Los cristianos del tiempo de Lucas pensaban que era inminente, pero Jerusalén fue totalmente destruida (la profecía cumplida) y todavía estamos esperando.

           Vivamos pues alegremente, y con una esperanza llena de optimismo en el amor de Aquél que nos espera en la casa del Padre.

Ernesto Caro

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           Apocalipsis, gritos finales, amaneceres y noches alocadas, confusión de todos y entre todos los elementos que antes parecían ordenados, ajustados, ensamblados. Eso será el desconcierto final en la psicología del alma que se alejó a Dios de su vida. Podemos reírnos de ello; pero ¿quién nos iluminará sobre la eternidad? Misterioso final y última venida del Hijo del hombre.

           Jesús nos anuncia en forma muy vaga el cataclismo final del mundo. Y la forma literaria en que lo hace conlleva muchas referencias a lo que nos sucede habitualmente cuando las tormentas, huracanes, temblores de tierra, nos hacen palidecer de miedo y salir a los descampados para liberarnos de obstáculos urbanos. Todo eso son imágenes, modos de hablar. En realidad, nada sabemos sobre el fin del mundo.

           Jesucristo no nos reveló nada concreto al respecto. Por tanto, lo que ha querido es sugerirnos que, ante la obligada ignorancia que no permite hacer componendas, vivamos honradamente como hijos fieles a Dios, a la verdad, a la caridad, a la conciencia.

Dominicos de Madrid

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           Rasgo característico de una visión profética sobre la historia es saber descubrir el sentido de los acontecimientos. La caída de Jerusalén encuentra en la reflexión de Lucas el marco para proponer la aceptación del mensaje de Jesús. Jerusalén, ciudad infiel que ha rechazado la propuesta de la paz, deberá sufrir las consecuencias de ese rechazo. Lo visto y experimentado en la caída de la ciudad se convierte en urgente invitación a aceptar aquella propuesta.

           Por otro lado, el tiempo que se inaugura a partir de ese acontecimiento, deberá también ser leído en clave positiva. La visión profética trata de descubrir también en el desarrollo de la historia las oportunidades de salvación que se presentan a lo largo del tiempo. La caída de Jerusalén y el dominio opresor de los paganos es también ocasión de la proclamación a éstos del anuncio de salvación.

           Este largo tiempo de anuncio salvífico tendrá también un límite. Este será marcado por señales que afectan a toda la realidad cósmica y que resonarán en el interior de cada hombre y de cada sociedad humana. Pero más que las señales, la importancia de este momento final de la historia está dado por el regreso de Jesús con la plenitud de su poder y de su gloria.

           Más allá de los alarmismos que acompañan generalmente a las representaciones sobre el fin del mundo, se nos invita a anhelarlo y a descubrir en él las consecuencias positivas que producirá en nosotros. Debemos ver en todos esos acontecimientos que nuestra liberación está próxima.

Confederación Internacional Claretiana

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           Jesús profetizó la caída de Jerusalén. La capital se había convertido en el centro del emporio económico, religioso y social de Israel. Todo el gobierno y toda la actividad dependían de lo que allí se decidiera. La capital era también, el principal centro de interés de los romanos. Ellos sabían que mientras mantuvieran el control de la ciudad santa, conservarían el control de la nación.

           Para Jesús lo que se estaba haciendo en Jerusalén no era lo correcto. El sabía que tan grande concentración de poder religioso y económico sólo se lograba a costa de la opresión y marginación de todas las poblaciones periféricas. Jesús sabía perfectamente que esa manera de organizar la nación incrementaba el efecto que el imperio ejercía sobre la población. Por eso, para él, lo más importante no era luchar contra los romanos, sino reducir la presión interna del sistema judío.

           Jesús entendía que "no hay cuña que más apriete que la del mismo palo". Por esto, trataba de cambiar la mentalidad del pueblo, para evitar que las propias instituciones de Israel agobiaran a la gente sencilla. En efecto, la sinagoga, el templo, la Ley y el sistema tributario judío se habían convertido para la población en una carga más gravosa que la impuesta por el imperio.

           La solución, pues, no era derrocar al imperio para remozar las viejas instituciones. La alternativa estaba precisamente en el cambio interno de Israel. El cambio de mentalidad, la conversión, permitiría no seguirle el juego al imperio, sino establecer un sistema más autónomo y equitativo, conforme lo pedía la antigua y olvidada legislación israelita (Dt 24, 5-22).

           El verdadero problema era la opresión en sí, no el hecho de que un 'romano pagano' se atreviera a oprimir al pueblo escogido de Dios. Poco se podía hacer frente al Imperio, si eran los propios y virtuosos compatriotas los que sometían a su propio pueblo a una servidumbre más cruel que la del imperio.

           Toda esta situación fue la que hizo imposible una defensa unánime de Jerusalén. En el año 70 cada secta judía reclamaba la ciudad para sus intereses, y sucumbieron ante los romanos por división interna. Por eso, la profecía de Jesús podría interpretarse como una advertencia: "¿para qué quieren derrocar a los romanos si ustedes tienen el imperio dentro de sí?".

Servicio Bíblico Latinoamericano