21 de Noviembre

Lunes XXXIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 21 noviembre 2022

a) Ap 14, 1-5

           Estamos en la última semana del año litúrgico, y Juan, para dar ánimo y esperanza a los perseguidos, les hace ver el término de la historia y su objetivo final, a través de símbolos expresivos. No nos paremos hoy en esos símbolos, sino tratemos más bien de contemplar, también nosotros, "aquello hacia lo cual nos encaminamos", y que es lo que ilumina el hoy de nuestras pruebas terrestres y pasajeras: "Vi al Cordero, de pie sobre el monte de Sión".

           Es decir, que todo lo que tenemos que ver, y contemplar, es a Jesucristo, de pie y en la gloria del cielo. Sobre todo a ese Jesús que fue rechazado de su pueblo, que fue abandonado por sus amigos, que terminó su vida terrestre en la ignominia del fracaso (condenado a muerte) y que fui inmolado. Es decir, al "Cordero conducido al matadero, mudo ante aquellos que le atormentaban", y hoy ¡feliz, victorioso y de pie! Es el Cordero Pascual, la víctima voluntaria que ofreció su vida, y que en cada misa nos entrega su cuerpo y su sangre.

           Pero sigamos con la visión de Juan, porque nos dice que "he visto también, junto con él, a ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban escrito en la frente su nombre y el del Padre". En 1º lugar, "ciento cuarenta y cuatro mil" es una cifra que no hay que tomar al pie de la letra, pues se trata de una cifra simbólica. En nº 12 es la cifra de Israel, el nº 144 es el resultado de 12 x 12, y el nº 1.000 representa una cantidad muy grande.

           Por tanto, el "he visto ciento cuarenta y cuatro mil alrededor del Cordero" quiere decir, aplicados los números a las realidades, que: He visto el nuevo Israel, el pueblo de Dios, innumerable. O como hoy diríamos: He visto millones y millones de cristianos.

           La víctima del Calvario ya no está abandonada, ni en la soledad del Gólgota. Ahora Jesús está rodeado de millones de amigos y hermanos, que llevan todos "su nombre" porque son cristianos.

           Contemplemos el proyecto de Dios, que por fin se ha cumplido y que se compone de innumerables hombres y mujeres introducidos (por su Hijo) en su propia familia y en sus relaciones diarias. Ese es el proyecto de un Dios que es Padre, cuya paternidad es infinita, y que ha dado su vida y su nombre a múltiples hijos. Se trata de la humanidad hija de Dios y amada de Dios, cuyos miembros llevan "marcada la frente" por Dios (es decir, llevan ya impresa su dignidad infinita).

           Nos dice Juan que también "oí un ruido como de grandes aguas, como el fragor de un trueno y con muchos citaristas que tocaban sus cítaras". Los símbolos, como se ve, se acumulan, a veces incoherentes y contradictorios. Pero eso no tiene ahora importancia, porque lo que Juan quiere decir está muy claro. Estos hombres, reunidos en torno a Cristo, no son un florero chino, sino que abren la boca, cantan, dan gritos de alegría, y exultan como una avalancha de agua de un torrente imposible de contener. De ello resalta el potente fragor del trueno, y la dulce armonía de una orquesta de cítaras. Experimentemos esa misma alegría de esos elegidos, y de esa humanidad en su plenitud.

           Para finalizar, nos dice Juan que nadie podía aprender aquel cántico, salvo los 144.000 que fueron rescatados. ¿Seré uno de ellos, Señor? ¿Y del número de los que oyen y comprenden? Porque la historia de la humanidad es incomprensible, e inaudible para los que no tienen fe. Y porque hay hombres cuyos oídos son sordos a la música de Dios, por mucho que ésta se haya esparcido entre aromas sobre la humanidad rescatada. Abre sus oídos, Señor.

Noel Quesson

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           La antítesis entre los primeros versículos de este pasaje, y la narración del pasaje precedente, pone de relieve la oposición tajante que hay entre la bestia (y sus seguidores) y el Cordero (y los suyos). Y a través de unas descripciones paralelas, resalta la separación radical entre "los habitantes de la tierra" (adoradores de la imagen idolátrica) y los 144.000 escogidos (propiedad indiscutible del Padre y del Cordero).

           Estos 144.000 (cifra simbólica) son los cristianos que han permanecido fieles hasta el final, hayan sido o no mártires (expresión máxima del testimonio). Ellos son los que han guardado la fe y los mandamientos, los que han sabido responder a la elección divina, y los que ahora comparten la victoria del Cordero. Su actitud martirial, modelo y punto de referencia, puede describirse con 3 características.

           En 1º lugar, ellos son los que "siguen al Cordero adondequiera que va", tal como los 12 apóstoles iban siguiendo a Jesús por los caminos de Israel ("siguieron a Jesús"; Jn 1,37; "le siguieron"; Mt 4,20). En 2º lugar, ellos son los que aman la verdad, y no han querido profesar la falsa doctrina de Satanás y la bestia. Y en 3º lugar, ellos son vírgenes, porque no se han prostituido en la adoración de las imágenes idolátricas del Imperio del mundo.

           La 2ª visión de hoy, que no escuchamos en la 1ª lectura de la misa, pero que es consecuente con la 1ª, hace referencia a la conducta de los idólatras, a quienes se dirige el juicio de Dios. Y es pregonada a través de 3 ángeles.

           El 1º ángel anuncia el evangelio eterno, o mensaje fundamental de Jesús sobre el reino de Dios, que ahora es proclamado con la fuerza de su próxima y definitiva realización. La invitación última va dirigida a todos ("respetad a Dios y dadle gloria"; v.7), y se hace eco de la 1ª palabra de Cristo ("enmendaos y creed en el evangelio"; Mc 1,15).

           El 2º ángel esparce la noticia de la caída de Babilonia (el Imperio Romano), orgullosa de su poder y autosuficiente ante el Dios único. Y el 3º ángel predice el castigo terrible de los adoradores de la bestia, a base de las comparaciones del AT sobre el fuego, el azufre y la copa de la cólera del Señor, que contiene el vino de la ira de Dios (en contraposición con el vino orgiástico de los que se han prostituido al servicio de la bestia).

           En definitiva, mientras que a los prostituidos por la bestia les está reservado un tormento eterno ("día y noche") en la gehenna, los santos celebrarán un culto también eterno ("día y noche"; Ap 7-15) en el templo de Dios.

           Según la bienaventuranza final, los que al morir sellen su testimonio serán por siempre bienaventurados, participando de la alegría y del reposo eternos. Porque habrán sufrido como sufrió el Cordero, y por eso serán glorificados con él en el reino del Padre.

Armand Puig

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           El apóstol Juan explica hoy que 2 bestias (el paganismo social y el poder político) se enfrentan al reino del Cordero (Ap 13, 9-16), el cual está sobre el monte Sión con el pueblo que le prestó su adhesión, y que constituye un pequeño resto perdido en el mundo enteramente dominado por las 2 bestias enemigas.

           Este resto se compone, sobre todo, de vírgenes (v.4), aunque también de mártires (Ap 7, 14). De vírgenes porque la virginidad es lo contrario a la idolatría, la cual es presentada como una prostitución desde la visión veterotestamentaria.

           Los 144.000 son vírgenes porque se negaron a adorar a la bestia. Y así la virginidad pasa a convertirse, al igual que el martirio (Ap 7), en una de las característica del pueblo de Dios, en la medida en que rompe con el culto a los falsos dioses y a los poderes terrestres.

Maertens Frisque

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           Toda esta semana conservará la tónica inaugurada por el domingo pasado, en que proclamamos la soberanía de Dios y del Cordero sobre la historia, y el triunfo definitivo del reino de Dios. Y seguiremos leyendo el libro del Apocalipsis, a través de las tribulaciones de los justos y del triunfo del Cordero degollado, constituido Señor de la historia.

           El mensaje del Apocalipsis es una radiante afirmación de fe y esperanza, y por eso hoy nos presenta al Cordero de pie sobre el Monte Sión, en la Nueva Jerusalén y con los 144.000 justos que "llevan en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre", y que fueron quienes que se negaron a recibir la marca de la bestia, y fueron capaces de resistir hasta el final.

           El nº 144.000 se ha interpretado equivocadamente muchas veces, en sentido literal y como si fuera un nº exacto de personas las que podrían salvarse, sin excederse en 4 ó 5 más. En realidad, el sentido del texto es todo lo contrario, y viene a expresar un nº ilimitado de gentes de todas razas, tiempos y lugares. Recordemos que en la cultura judía los números tienen un sentido simbólico.

           El nº 12 representa la totalidad de los pueblos. Pero aquí aparece multiplicado por 12, lo que es una manera de enfatizar que se trata de la totalidad (sin excepciones) de un mundo en el que caben todos los mundos, todos los justos y todos los que fueron capaces de tener la resistencia martirial. Además, para remarcar por 3ª vez este mundo inclusivo, la cifra 144 (producto de multiplicar 12 x 12) se multiplica a su vez por 1.000.

           El salmo responsorial que leemos hoy, uno de los más bellos tanto teológica como literariamente, se hace la pregunta "¿quién puede subir al monte santo?". Y ofrece una respuesta: "La persona de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos". Es decir, todos aquellos que no se hayan contaminado con la idolatría y la fascinación de la bestia.

Miguel Gallart

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           Obligado a pararme ante la palabra de Dios, me sorprende hoy el testimonio de Juan, que repetidamente reclama la atención con un "yo, Juan, vi", "yo, Juan, oí". Como si nos invitara a ver y oír los días de los últimos tiempos. Y yo, enredado en esta historia local y alocada.

           En concreto, hoy Juan ve a 144.000 que llevaban grabado en la frente el nombre de Jesús ("del Cordero") y de Dios ("del Padre"). A través de los ojos de Juan, veo los rostros de los adolescentes que buscan la verdad, y entre los cuales sólo unos cuantos llevan con valentía, en su frente, el nombre de Jesús.

           Juan oye "un sonido de arpas y de voces que bajaba del cielo". Era la voz de los salvados, en cuyos labios "no se encontró mentira". A través de los oídos de Juan, oigo las voces de los adolescentes que hablan de sus cosas y aclaran sus medias verdades. Vidas adolescentes que dentro de poco llevarán vidas de adultos, y quién sabe si manteniendo sus labios puros o adulterados por la mentira.

            Llega el final del año litúrgico, y nos preparamos para un tiempo nuevo. Últimos días que nos enfrentan al destino al que están encaminadas nuestras acciones cotidianas, y que portan el billete de entrada para acompañar al "cortejo del Cordero, adondequiera que vaya". Días penúltimos para quienes estamos en camino, y precedemos a los que un día serán "rescatados como primicias de la humanidad, por Dios y por el Cordero". Últimos días para desterrar de nuestros labios la mentira, y ser depositarios de la marca de los irreprochables.

Miguel Angel Niño

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           En varias ocasiones el Apocalipsis compara la voz del Señor (o de alabanza al Señor) con una multitud de aguas (Ap 1,15; 19,6). La experiencia enseña que el "estruendo de las aguas" es capaz de imponerse a cualquier voz que esté cerca, sobre todo por una sencilla razón física: las gotas de agua, al chocar unas con otras (en tan diversas velocidades, cantidades y ángulos), producen un elenco de frecuencias que recubre, casi al completo, cualquier sonido.

           Si la voz del Señor es como "muchas aguas", esto quiere decir que su palabra domina sobre toda otra palabra. Y esto es importante porque a veces creemos que las palabras del pesimismo, de la amargura o de la fantasía, se van a imponer, y no es así.

           El vidente Juan pasa hoy a darnos otra descripción: "un canto que nadie puede aprender, sino los elegidos". El canto une la idea de la palabra con la fuerza de la música, y así la palabra de Dios se convierte en poderosa por excelencia (Ap 19, 13).

           Por otra parte, la música es símbolo de la inspiración, y supone compartir un mismo espíritu musical. Poseídos por la Palabra y el Espíritu, los elegidos tienen su propio modo de cantar, que no puede ser falsificado por nadie porque nadie puede reemplazar ni esa Palabra ni ese Espíritu.

Nelson Medina

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           El Apocalipsis da hoy una razón por la que los elegidos de Dios serán bendecidos: porque "sus labios son sinceros, y su conducta irreprochable" (Ap 14, 5). Pero no queramos entender estas palabras en términos de calificación moral, ni creamos que la Biblia está diciendo: se portaron muy bien, luego merecen estar con el Cordero.

           La perspectiva entera del Apocalipsis es profética, y por eso los que son alabados son los que han sostenido ya en sus labios "el testimonio" (Ap 1,9; 6,9; 12,11). Los "labios sinceros" (o mejor, labios sin engaño) son aquellos que han mantenido el testimonio, y no han caído en la falsedad (que, en lenguaje de profetas, es la idolatría).

           Algo parecido hay que decir de la "conducta irreprochable", que más que un apelativo moral (construido por el esfuerzo humano) se trata del fruto natural de los redimidos. De hecho, ya San Pablo llamaba así, amomoi (lit. irreprochables), a los redimidos: "Él os ha reconciliado en su cuerpo de carne, mediante su muerte y a fin de presentaros santos, sin mancha e irreprensibles delante de él" (Col 1, 22).

           Por tanto, el sentido de la frase que venimos analizando debería ser: aquellos en quienes está viva la gracia de la redención. Porque de esta manera no se excluye el esfuerzo (voluntad, buenos hábitos...), pero se funda todo en la obra de Dios. Aquellos que vivan así, en esa dimensión de permanencia en la gracia, serán los elegidos.

           Vivir con la gracia de la redención en el alma supone una radical apuesta por Dios, porque el mundo tiene sus propias propuestas, y constantemente reclama sus propios tributos. Tarde o temprano, ese cristiano redimido descubrirá que, aunque su vida sea normal, está en conflicto con los intereses e ídolos del mundo. Y por eso hablamos de una apuesta.

           Está claro que, en la medida en que el conflicto se hace más intenso, la apuesta se hace más radical, si es que logra subsistir. Es lo que acontece en tiempos de persecución. Y los tiempos finales serán sin duda tiempos de persecución. Por eso la perspectiva apocalíptica es siempre una perspectiva de apuesta: apostarlo todo para ganarlo (o perderlo) todo.

Nelson Medina

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           Naturalmente no podemos leer todo el Apocalipsis, y día tras día vamos saltando capítulos. Así que hoy nos encontramos, así de sopetón, con "el Cordero de pie, sobre el monte Sión" y librando la gran batalla contra el mal.

           Y con él un ejército de 144.000 seguidores, que "llevaban grabado en la frente el nombre del Cordero y del Padre". Por supuesto, estos números no son aritméticos sino simbólicos, pues 144.000 = 12 x 12 x 1000 (es decir, la plenitud aplicada a las 12 tribus de Israel). Se trata de los que han permanecido fieles y no se han dejado manchar por la idolatría, y por eso forman el cortejo triunfal de Cristo y son las primicias de la nueva humanidad.

           La visión de Juan es, por tanto, optimista, presidida por ese Cordero que conduce a los suyos a la victoria. Desde el bautismo y la confirmación, tenemos grabado en nuestras personas el nombre de Jesús y del Padre, y estamos marcados por su Sello (que es el Espíritu Santo).

           Por tanto, estamos enrolados en el ejército del Cordero que lucha contra el mal, con la esperanza de formar parte del pueblo de los salvados. Lo cual nos debe dar ánimos para seguir en la lucha, que para nosotros todavía no ha terminado. Es verdad que algunos se quedan en el camino (engañados por el Maligno), pero otros muchos resisten y son fieles.

           Vuelve a aparecer también hoy, en la visión de Juan, la liturgia del cielo, que ya veíamos la semana pasada. Y lo hace con cánticos que sólo pueden aprender los rescatados de la tierra. Además, se ve que los cantan con fuerza en sus gargantas, con "un sonido parecido al estruendo de grandes cataratas y al estampido de un trueno poderoso". Y todo ello acompañado "al son de arpistas, que tañían sus arpas delante del trono".

           Cuando en Vísperas entonamos los cánticos del Apocalipsis (sobre todo el domingo), o cuando en misa cantamos la aclamación del Sanctus en honor del Dios trino, estamos sintonizando con otro coro que canta lo mismo, pero con voces más convencidas: la voz de la esposa del Cordero, que también participa en la gloria del Vencedor de la muerte.

           El camino nos lo dice ya el salmo responsorial de hoy: "El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos, ése recibirá la bendición del Señor. Éste es el grupo que busca al Señor".

José Aldazábal

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           Muchos grupos religiosos hablan hoy de la salvación, incluso hasta de números de salvados y la manera en que se salvarán, desde una visión fatalista de la historia y de Dios. Así, muchos hermanos y hermanas de nuestro pueblo son invadidos por temores de amenazas apocalípticas, sobre todo tras la visita a sus casas de estos grupos sectáreos, que acosan a los vecinos con mensajes que nada tienen que ver con el Dios de la Biblia. El libro del Apocalipsis les sirve de instrumento, y una carencia de formación hace que no lleguen a interpretar su mensaje de salvación y esperanza.

           Los 144.000 de este pasaje, símbolo de la multiplicidad de las personas salvadas, ha causado muchos interrogantes. Pero se trata de un nº simbólico, producto de la multiplicación del nº 12 (en referencia a las 12 tribus de Israel) x 12 (en referencia a los 12 apóstoles de la Iglesia) x 1.000 (en referencia a una cantidad incontable). Por tanto, sobre todo por el último nº bíblico (1.000), no es posible establecer una cantidad predeterminada de salvados. De hecho, la condición de salvación no está en la predestinación de Dios, sino en la libre opción de quienes han optado por seguir al Cordero con el testimonio con sus vidas.

           El pasaje apocalíptico de hoy es, por tanto, una llamada a la esperanza. Porque esos seguidores de Cristo "cantan un canto nuevo" (el canto del triunfo), que gozosamente emerge no sólo de sus bocas sino de lo más hondo de sus corazones. Han sufrido persecuciones, han soportado difamaciones, y hasta han muerto martirialmente a manos del Imperio del Mal. Pero lo han hecho por sus ideales de un mundo nuevo y reconciliado, y ahora les toca cantar.

           Se trata del canto del pueblo liberado, igual que el canto del pueblo que salió de la opresión de Egipto. O igual al canto de María ante Isabel, o igual que el canto de las fiestas patronales de nuestros pueblos. Porque la liberación no terminará en nuevas opresiones, ni en un acto de venganza. La liberación culminará con una fiesta, junto al Cordero degollado, en la morada eterna de Dios.

           Los que cantan no supieron de mentiras, ni tuvieron dobleces en sus opciones. Sino que se lo jugaron todo por Dios, y por eso ahora les toca cantar. Ése el el canto de la esperanza, porque mientras vivimos en el exilio de las opresiones, sentimos que esta situación no es eterna, y que la palabra de Dios se cumplió en su tiempo y se cumplirá en el día final. El salmista también cantaba, sobre todo en tiempos del exilio en Babilonia:

"Grandes cosas hizo el Señor por nosotros, y estamos rebosantes de alegría. Cambia nuestra suerte, Señor, como los torrentes del Negueb. Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre canciones. El sembrador va llorando cuando esparce la semilla, pero vuelve cantando cuando trae las gavillas" (Sal 126, 3-6).

           Y es que el salmista sabía que su retorno a la tierra prometida no era una ilusión, sino una esperanza fundada en la promesa del Dios de la Alianza. Hoy también creemos lo mismo, y sabemos que la palabra de Dios no es una ilusión sino algo que siempre se ha cumplido. Y no solamente en el más acá, sino también en el más allá.

Dominicos de Madrid

b) Lc 21, 1-4

           Jesús está hoy en el Templo de Jerusalén enseñando al pueblo. Pero no sólo enseña, sino que también observa. Y todo lo mira desde la perspectiva del pobre. Está frente al Arca del Tesoro, donde los judíos echaban sus donativos. Jesús discierne la realidad que está viendo, desde la perspectiva de una viuda pobre.

           El Templo en aquel entonces no era sólo un lugar de culto. Ahí estaba el Arca del Tesoro, que funcionaba como un Banco Central. También en el templo estaba el Sanedrín, que era el poder político; y ahí estaba la guardia. El centro era ciertamente el espacio dedicada al culto. En el templo por lo tanto se concentraba todo el poder económico, político, militar y religioso. Toda esa realidad Jesús la observa y la juzga desde la perspectiva de una viuda pobre.

           El centro de atención de las multitudes que acudían al templo debió ser los donativos de los grandes ricos. Para la fiesta de Pascua acudían a Jerusalén unos 300.000 a 400.000 peregrinos. El templo era para los judíos un motivo de orgullo y la grandeza del templo dependía en gran medida de las donaciones de las familias ricas.

           En esos tiempos de dominación imperial romana, el templo representaba además la identidad y la resistencia del pueblo de Israel. Por eso los que donaban dinero al templo eran muy apreciados, no sólo por razones religiosas, sino también por razones políticas. Los pobres, tipificados en la Biblia por los huérfanos, las viudas y los extranjeros era una multitud despreciada e insignificante.

           Jesús, en medio de esa multitud de peregrinos, no sólo se fija en la viuda pobre, sino que también hace público y visible un juicio y una valoración diferente de todo el sistema económico, político y religioso del Templo. Jesús dice algo extraordinario: la viuda pobre ha echado en el tesoro del templo más que todos los demás.

           Los ricos han donado lo que les sobraba, la viuda ha echado lo que necesitaba, todo cuanto tenía para vivir. Desde la viuda pobre Jesús ha cuestionado todo el sistema del templo, ha hecho un análisis radicalmente diferente de esa realidad global y ha hecho un juicio que subvierte los valores que sostenían y legitimaban toda la institución económica, política y religiosa del templo.

           Jesús no desarrolla una alta teología o una larga discusión sobre la ley y los profetas, sino que simplemente se fija en la viuda pobre y desde ella hace un juicio profético que subvierte toda la realidad del templo. Su argumento principal es la viuda pobre. Ya en Lc 18, 1-8, también una viuda pobre e insistente ante el juez había sido su referencia principal, a la hora de valorar el clamor de los pobres ante Dios.

Juan Mateos

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           "Alzando los ojos, vio a los ricos que echaban sus donativos en el tesoro del templo; vio también a una viuda muy pobre que echaba dos reales" (vv.1-2). "Alzar los ojos" o ver son medios estilísticos equivalentes al mirar, es decir, son una forma de llamar la atención al lector. Sin embargo, esta vez son los ojos de Jesús los que contemplan la realidad de distinta manera de como lo hace la sociedad. A través de los ojos de Jesús se nos invita a contemplar la distancia abismal que existe entre estos dos personajes: "Esa viuda, que es pobre, ha echado más que nadie, os lo aseguro" (v.3).

           La fórmula "Os lo aseguro" sirve para recalcar la importancia de ese dicho. En el reino de Dios los valores se invierten: "Porque todos ésos han echado como donativo de lo que les sobra, pero ella ha echado de lo que le hace falta, todo lo que tenía para vivir" (v.4). La viuda representa a Israel, el pueblo falto de todo, dejado en la estacada por sus dirigentes, pero que lo da todo a Dios, mientras que éstos, representados por los ricos, solamente dan de lo que les es superfluo. La lección va dirigida a los discípulos.

           A través de los discípulos se nos invita a dar a Dios, es decir, a poner al servicio de Dios, todas nuestras cualidades y potencialidades. Dios no valora, como hacemos nosotros, lo que aparece (y menos todavía la ostentación de los ricos), sino las disposiciones interiores de la persona. Israel, a pesar de su indigencia, está bien dispuesto. De hecho, es el pueblo el que impide, con su presencia y avidez de escuchar, que los dirigentes lleven a cabo su conspiración contra Jesús.

           Lucas insiste en los rasgos positivos del pueblo sencillo. Su situación es desesperada. La alianza con Dios, 'su marido', se ha ido al traste por culpa de la prevaricación de sus jefes religiosos y políticos. Debe hacer una opción por la causa del reino que Jesús le propone. Es la única vía de salvación que le queda si quiere liberarse de esta penuria e indigencia que ya le es proverbial. ¿Lo hará? De momento escucha atentamente. Veremos más adelante hasta qué punto se dejará influir por sus dirigentes.

Josep Rius

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           El episodio narrado en este pasaje acaba la serie de discusiones que Jesús mantiene con las sectas judías. Está directamente unido a la maldición de los escribas que roban a las viudas (Lc 20, 45-47). Estos dos textos del Evangelio ilustran la doctrina escatológica de los versículos siguientes (Lc 21, 2-36): los jefes del pueblo van a ser desposeídos de sus privilegios y se va a entregar en manos de los pobres la dirección del pueblo.

           La antítesis ricos-pobres aparece frecuentemente en los discursos escatológicos de Cristo. Sigue el mismo procedimiento de las bienaventuranzas en donde la oposición entre ricos y pobres (Lc 6, 20-24) sirve para anunciar la inminencia del Reino y el cambio de las situaciones abusivas.

           No se trata tanto de hacer la apología o la crítica de una situación social existente cuanto de subrayar la transformación que la llegada de los últimos tiempos -aquellos que participan del modo de ser de Dios- llevará consigo en las estructuras humanas. Los primeros cristianos van a utilizar con frecuencia este procedimiento para explicar el hecho de que la Iglesia de los pobres ha ocupado el puesto de los jefes de Israel en la realización de los designios de Dios.

           La viuda entrega su indigencia, en oposición a los ricos que entregan su poder y sus privilegios. Es decir, que ella contradice al proverbio según el cual sólo se da aquello que se tiene: ella, por el contrario, solo posee lo que ha dado.

           ¿Podemos ver ahí una imagen de Dios? Si El solo nos ha dado de su abundancia, está mejor representado por la imagen de los ricos que por la de la viuda y no se comprendería la importancia que Cristo da al gesto de esta última. ¿Y si Dios, El también, diera de su indigencia? ¿Si renunciáramos a lo que dice de Dios un determinado teísmo para fijarnos en lo que Cristo manifiesta con sus acciones? ¿No comprenderíamos entonces que ser Dios es servir y dar no de aquello que se tiene, sino de aquello que se es?

           Jesús, pobre y esclavo, no es un paréntesis en la vida de Dios, sino la condición misma de Dios; El no es un rico que ha venido a visitar las tierras subdesarrolladas de la humanidad, es esclavo porque su manera de ser Dios es la pobreza.

Maertens Frisque

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           Hemos llegado a la «última» semana del año litúrgico. Las últimas páginas que leeremos, del evangelio según san Lucas, se refieren a los últimos días de la vida terrestre de Jesús, justo antes de la Pasión. Jesús, cercana su muerte, tenía plena conciencia de su «fin» humano. Jesús enseñaba en el Templo, y antes de que hayan acallado su potente voz, esa voz que dice «las cosas de Dios», Jesús habla y enseña.

           Después de haber hablado tanto, en los caminos, en los pueblos, a la orilla del mar, en las sinagogas provincianas, mirad, está enseñando «en el Templo». No desempeña ningún papel oficial, no es ni un «sacerdote del servicio» -sacerdocio levítico-, ni un «doctor de la Ley». No tiene derecho a entrar en el santuario, lo que es exclusivo del sumo sacerdote. No toma la palabra desde un lugar ritual, en el curso de un acto litúrgico. El, el Hijo de Dios, el Portavoz de Dios, se contenta con reunir a su alrededor, como lo hace un simple orador de paso, a los pocos oyentes que tengan a bien escucharle.

           Es precisamente en el interior del recinto del Templo donde, "alzando los ojos vio a los que depositaban sus ofrendas en el arca del Tesoro". Los «ojos» de Jesús. Los contemplo. Observo lo que hacen sus ojos.

           Bajo el peristilo del templo, galería de columnas de mármol que adornaban la fachada, había, ante el vestíbulo de la «Tesorería», trece grandes arcas, cuya cubierta formaba un embudo o buzón de amplia ranura. Un sacerdote de servicio se ocupaba de anotar el valor total de la ofrenda y la «intención» que le comunicaba el donante. Jesús lo está observando.

           En aquel preciso lugar, vio Jesús a los ricos, que "depositaban sus donativos". Y vio también a una viuda necesitada, que "echaba unos cuartos" (2 lepta, o monedas más pequeñas de entonces). Escucho el ruidito, modesto y humilde, de las dos moneditas al caer en el arcón, en medio de las voluminosas ofrendas ya depositadas. Entonces, Jesús dijo: «En verdad os digo: Esa pobre viuda ha echado más que nadie. Porque todos esos han echado de lo que les sobra, mientras que ella, de lo que le hace falta. Ha dado todo lo que tenía".

           La mirada de Dios, la apreciación de Dios, ¡cuán diferente es de la mirada habitual de los hombres! Dios ve de un modo distinto. Los ricos parecen poderosos, y hacen ofrendas aparentemente mayores. Pero, para Jesús, la pobre mujer ha dado «más». ¡Cuánta necesidad tenemos de cambiar nuestro modo de «ver», para ir adoptando, cada vez más, la manera de ver de Dios!

           Aquella viuda "dio todo lo que tenía para vivir", dio de su indigencia. ¡Que la admiración de los que son discípulos de Jesús no se dirija nunca hacia los gestos aparentes, ostentosos sino hacia los pobres, los humildes, los pequeños! ¡Cuánta necesidad tenemos de un cambio en nuestros corazones!

Noel Quesson

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           La pobre viuda del evangelio de hoy creyó que nadie la veía, pero Jesús sí se dio cuenta y llamó la atención de todos. Otros, más ricos, echaban donativos mayores en el cepillo del templo. Ella, que era una viuda pobre, echó los dos reales que tenía.

           No importa la cantidad de lo que damos, sino el amor con que lo damos. A veces apreciamos más un regalo pequeño que nos hace una persona que uno más costoso que nos hacen otras, porque reconocemos la actitud con que se nos ha hecho.

           La buena mujer dio poco, pero lo dio con humildad y amor. Y, además, dio todo lo que tenía, no lo que le sobraba. Mereció la alabanza de Jesús. Aunque no sepamos su nombre, su gesto está en el evangelio y ha sido conocido por todas las generaciones. Y si no estuviera en el evangelio, Dios sí la conoce y aplaude su amor.

           ¿Qué damos nosotros: lo que nos sobra o lo que necesitamos? ¿lo damos con sencillez o con ostentación, gratuitamente o pasando factura? ¿ponemos, por ejemplo, nuestras cualidades y talentos a disposición de la comunidad, de la familia, de la sociedad, o nos reservamos por pereza o interés? No todos tienen grandes dones: pero es generoso el que da lo poco que tiene, no el que tiene mucho y da lo que le sobra.

           Dios se nos ha dado totalmente: nos ha enviado a su Hijo, que se ha entregado por todos, y que se nos sigue ofreciendo como alimento en la Eucaristía. ¿Podremos reservarnos nosotros en la entrega a lo largo del día de hoy?

           Al final de una jornada, al hacer durante unos momentos ese sabio examen de conciencia con que vamos ritmando nuestra vida, ¿podemos decir que hemos sido generosos, que hemos echado nuestros dos reales para el bien común? Más aún, ¿se puede decir que nos hemos dado a nosotros mismos?

           Teníamos dolor de cabeza, estábamos cansados, pero hemos seguido trabajando igual, y hasta hemos echado una mano para ayudar a otros. Nadie se ha dado cuenta ni nos han aplaudido. Pero Dios sí lo ha visto, y ha sonreído, y lo ha escrito en su evangelio.

José Aldazábal

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           Hoy, como casi siempre, las cosas pequeñas pasan desapercibidas: limosnas pequeñas, sacrificios pequeños, oraciones pequeñas (jaculatorias); pero lo que aparece como pequeño y sin importancia muchas veces constituye la urdimbre y también el acabado de las obras maestras: tanto de las grandes obras de arte como de la obra máxima de la santidad personal.

           Por el hecho de pasar desapercibidas esas cosas pequeñas, su rectitud de intención está garantizada: no buscamos con ellas el reconocimiento de los demás ni la gloria humana. Sólo Dios las descubrirá en nuestro corazón, como sólo Jesús se percató de la generosidad de la viuda.

           Es más que seguro que la pobre mujer no hizo anunciar su gesto con un toque de trompetas, y hasta es posible que pasara bastante vergüenza y se sintiera ridícula ante la mirada de los ricos, que echaban grandes donativos en el cepillo del templo y hacían alarde de ello.

           Sin embargo, su generosidad, que le llevó a sacar fuerzas de flaqueza en medio de su indigencia, mereció el elogio del Señor, que ve el corazón de las personas: «De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos. Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobraba, ésta en cambio ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto tenía para vivir» (vv.3-4).

           La generosidad de la viuda pobre es una buena lección para nosotros, los discípulos de Cristo. Podemos dar muchas cosas, como los ricos «que echaban sus donativos en el arca del Tesoro» (v.1), pero nada de eso tendrá valor si solamente damos “de lo que nos sobra”, sin amor y sin espíritu de generosidad, sin ofrecernos a nosotros mismos.

           Dice San Agustín que «ellos ponían sus miradas en las grandes ofrendas de los ricos, alabándolos por ello. Aunque luego vieron a la viuda, ¿cuántos vieron aquellas dos monedas? Ella echó todo lo que poseía. Mucho tenía, pues tenía a Dios en su corazón. Es más tener a Dios en el alma que oro en el arca». Bien cierto: si somos generosos con Dios, Él lo será más con nosotros.

Angel Pérez

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           Hoy consideramos en el evangelio cómo se conmovió el Señor cuando vio a la viuda pobre depositar dos monedas insignificantes para el sostenimiento del Templo: mientras los demás daban de lo que les sobraba, esta mujer dio todo lo que tenía para vivir. Haría la ofrenda con mucho amor, con una gran confianza en la Providencia divina, y Dios la recompensaría incluso en sus días aquí en la tierra.

           A nosotros nos enseña este pasaje a no tener miedo a ser generosos con Dios y con las buenas obras en servicio del Señor y de los demás, incluso sacrificar aquello que nos parece necesario para la vida. ¡Qué poco nos es realmente necesario! A Dios hemos de ofrecerle lo que somos y lo que tenemos, sin reservarnos ni siquiera una parte pequeña para nosotros. A Dios se le conquista con la última moneda. ¿Hay algo en nuestro corazón que no sea del Señor? ¿Qué nos pide Jesús ahora?

           El Señor, a lo largo de su predicación, llama a quienes le siguen a ofrecerse a Dios Padre. Especialmente en la Santa Misa, el cristiano puede y debe ofrecerse juntamente con Cristo. Esta entrega se realiza cada día, ordinariamente en pequeños actos que van desde el esmero en ofrecer el día al comenzar la jornada, hasta las atenciones que requiere la convivencia con los demás; con el corazón siempre dispuesto a lo que el Señor quiera pedirnos, con una disposición de no negarle nada.

           Nuestra entrega ha de ser plena, sin condiciones, porque la media entrega acaba rompiendo la amistad con el Maestro. Sólo una generosidad plena nos permite seguir el ritmo de sus pasos. No temamos poner a disposición de Jesús todo lo que tenemos, no dudemos de darnos por entero. Le confesaremos rendidamente ¡Tú eres mi Dios y mi todo!

           El Señor nos ha prometido el ciento por uno en esta vida, y luego la vida eterna (Lc 18, 28-30). Él nos quiere felices también en esta vida: quienes le siguen con generosidad obtienen, ya aquí en la tierra, un gozo y una paz que superan con mucho las alegrías y consuelos humanos. Esta alegría es un anticipo del Cielo. El tenerle cerca es ya la mejor retribución.

           Nuestras ofrendas a Dios, muchas veces de tan poca importancia aparente, llegarán mejor hasta el Señor si lo hacemos a través de Nuestra Madre. Recomienda San Bernardo que "aquello poco que desees ofrecer, procura depositarlo en las manos graciosísimas de María, a fin de que sea ofrecido al Señor sin sufrir de Él repulsa" (Homilías, Natividad de María).

Francisco Fernández

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           Hay en la escena de hoy algunos ricos echando grandes cantidades de dinero para Dios. Es lo que significa su ofrenda al Templo. Está lejos de Él una condena a los ricos, como alguna literatura ha querido ver en este y otros pasajes.

           Al contrario, seguramente se sintió a gusto al ver cómo los que cuentan con los medios necesarios, ponen en práctica la hermosa virtud de la magnificencia. ¡Qué sería del Templo, de las grandes obras de la Iglesia si no hubiera gente generosa a lo grande! Además, está muy lejos de Cristo esa clase de favoritismos por unos o por otros, y él no se fija en las apariencias.

           Precisamente porque no mira las apariencias se impresionó por el gesto de esa mujer pobre. Lo ha dado todo para Dios, ¡todo lo que tenía para su existencia! Y Cristo no se ha quedado indiferente ante tan grandioso gesto. Si hasta lo ha comunicado a sus apóstoles como diciendo: “aprended de esa mujer lo que es creer de veras en Dios”.

           Darlo todo. Y hay tanta gente que lo da todo en nuestro mundo del s. XXI y, quizás sería importante abrir más los ojos y no dejarnos impresionar por las apariencias sino mirar con la mirada de Cristo y obrar con la generosidad de esa viuda.

           Porque para Dios ella no ha quedado desamparada. Porque a los que así obran Dios no los abandona sino que se conmueve de amor ante sus pequeños actos de generosidad. Pensemos sólo que gracias a ese pequeño acto de la viuda ella sigue siendo hasta ahora modelo para nosotros.

           ¡Qué hermosos ojos tiene nuestro Redentor que tan bellamente posa su mirada en cada uno de nuestros actos! A Cristo no le es indiferente cuanto podamos hacer, sobre todo, cuando son pequeñas menudencias que sólo Él ha visto y que sabrá premiar en su debido tiempo.

Clemente González

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           Cristo Jesús, el Hijo de Dios encarnado, se hizo pobre por nosotros, no aferrándose a su dignidad de Hijo; despojándose de todo se humilló y se hizo Dios-con-nosotros; bajó hasta nuestra miseria para enriquecernos con su pobreza, con aquello de lo que se había despojado; elevándonos así, a la dignidad de hijos en el Hijo de Dios.

            Él nos manifiesta que su amor no se nos ha dado con tacañería, pues Él lo ha dado todo por nosotros. No recibimos de Dios como don una limosna, sino la entrega total de su vida para que nosotros tengamos vida, y la tengamos en abundancia.

           Y ese amor es el que nos pide que tengamos hacia los demás cuando nos dice: "Como yo os he amado a vosotros, así amaos los unos a los otros".

José A. Martínez

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           Jesús, era tu última semana en la tierra. Tenías aún bastantes cosas que decirnos antes de que te entregaran a los romanos para ser crucificado. Muchos discípulos te acompañaban en el Templo, esperando ver grandes signos. Pero Tú te fijas en una pobre viuda, que entrega a Dios todo lo que tiene: dos pequeñas monedas. Te conmueves al ver la generosidad de ese corazón sencillo, que gana en valor a la de todos los ricos allí presentes. Porque el amor no se mide por unidades, sino en tantos por ciento: no importa la cantidad, sino la totalidad de la entrega.

           Jesús, mirando mi vida, ¿puedes también decir: éste ha dado todo lo que tenía para vivir; o más bien: ha entregado como ofrenda parte de lo que le sobra? No cuentan los títulos, ni los honores, ni la espectacularidad de los éxitos humanos. Tú miras el corazón. Y esperas de cada uno esas dos monedas diarias: el servicio a Dios y el servicio a los demás.

           Jesús, la escena de hoy me recuerda de una manera gráfica que no hay cosas pequeñas en la vida espiritual, si se hacen con amor y por amor. Levantarse con puntualidad por la mañana, ordenar la habitación, arreglar un desperfecto, acabar la tarea con la mayor perfección posible, escuchar con paciencia a un familiar o a un amigo, ayudar al hermano pequeño, y muchas otras pequeñas exigencias de la vida cristiana: son esas dos pequeñas monedas que, por el amor a Ti que demuestran, tiene un gran valor a tus ojos. Como decía León XIII:

"Haz todas las cosas, por pequeñas que sean, con mucha atención y con el máximo esmero y diligencia; porque el hacer las cosas con ligereza y precipitación es señal de presunción; el verdadero humilde está siempre en guardia para no fallar aun en las cosas más insignificantes. Por la misma razón, practica siempre los ejercicios de piedad más corrientes y huye de las cosas extraordinarias que te sugiere tu naturaleza; porque así como el orgulloso quiere singularizarse siempre, el humilde se complace en las cosas corrientes y ordinarias" (Práctica de la Humildad, 27).

           Jesús, Tú llamas a todos a la santidad; es decir, a la práctica heroica de las virtudes cristianas por Amor a Dios. Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro padre celestial es perfecto (Mt 5, 48). A veces, al mirar mi vida llena de defectos, me puedo desanimar y pensar que el ideal de la santidad no es para mí, sino sólo para algunos escogidos a quienes no les cuesta luchar contra sus flaquezas. O pienso que, para llegar a ser santo, necesito hacer cosas grandes y espectaculares.

           Jesús, la viuda del Evangelio me muestra el valor de las cosas aparentemente pequeñas, cuando se hacen por amor. La santidad está al alcance de la mano, porque cuando trato de hacerlo todo por Ti no hay cosas pequeñas: todo es grande. Por eso, es importante que cada mañana te ofrezca todo lo que voy a hacer ese día: Mis pensamientos, palabras y obras, y mi vida entera, te ofrezco a Ti con amor.

           La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor es heroísmo. Jesús, me pides que sea santo, que viva heroicamente las virtudes cristianas. En definitiva, me pides que persevere en esos pequeños vencimientos diarios hechos por Amor: puntualidad, orden, servicio. Ayúdame a vivir así, con la generosidad de la pobre viuda que supo dar lo poco que tenía para vivir. Y al final de mi vida me podrás decir: Siervo bueno y fiel; porque has sido fiel en lo poco, entra en el gozo de tu Señor (Mt 25, 20).

Pablo Cardona

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           Vivir con la gracia de la redención fresca en nuestras almas supone una especie de radical apuesta por Dios. El mundo tiene sus propias propuestas y reclama sus propios tributos. Tarde o temprano el cristiano descubre que, aunque su vida sea "normal" entra en conflicto con esos intereses e ídolos. Por eso hablamos de una "apuesta".

           Desde este contexto podemos entender en toda su fuerza al escena de la viuda. Jesús está en Jerusalén. Mas no anda de turista; ni tampoco se trata de una peregrinación más. Son sus días finales; Él está dando el todo por el todo y por eso tiene ojos para descubrir qué implica eso de " ha echado desde su pobreza todo lo que tenía para vivir".

           Si lo pensamos, es también el lenguaje de la Eucaristía. En la Cena de su amor el Señor se ofrece totalmente. No hay partes en este Pan que, al partirse sigue siendo uno y creando unidad. La Cena del Altar es la cena del final, ya hecha presente entre nosotros.

Nelson Medina

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           El evangelio de hoy nos presenta una escena conocida: la ofrenda de la viuda. Jesús introduce esa perspicaz distinción: los demás dieron de "lo superfluo"; ella dio de "lo necesario". Magistral.

           Tras haber censurado el comportamiento de los fariseos "que devoran los bienes de las viudas con el pretexto de largas oraciones" (Lc 20, 47), Jesús, en el evangelio de hoy, elogia la actitud de la viuda pobre que "ha echado todo lo que tenía para vivir".

           Esta historia forma parte de sus enseñanzas en el templo de Jerusalén. Lucas deriva el relato del que aparece en Marcos (Mc 12,41-44). El episodio no figura en Mateo. Se trata técnicamente de un "apotegma biográfico" del que pueden extraerse varias enseñanzas:

-lo que mide verdaderamente un don no es la cantidad que se da sino la que uno se reserva para sí;
-lo que importa no es tanto la cantidad cuanto el espíritu con el que se da;
-el verdadero don es dar todo lo que uno tiene;
-las ofrendas tienen que corresponderse con las posesiones. Parece que el acento de Jesús se centra en la primera.

           Al elogiar el comportamiento de la viuda Jesús pretende, en el fondo, criticar la conducta de los líderes religiosos que utilizan la religión para lucrarse.

Severiano Blanco

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           Tendría entonces unos 67 o 68 años. Era religiosa. Seguía atendiendo a los ancianos de una residencia. Pero notaba señales de deterioro: le faltaban las fuerzas, quizá la columna protestaba contra los esfuerzos, se sentía desmañada. Tampoco la ayudaban gran cosa las palabras de la responsable de la planta, que la punzaba con sus observaciones. Era así fácil presa del abatimiento.

           La volví a ver varios años después. Seguía con las mismas limitaciones y torpezas, algo más agudizadas; quizá estuviera más pacificada en su espíritu, tras aceptar poco a poco su situación. Le recordé la historia de la viuda: esta mujer echó más que nadie, porque dio los dos reales que le quedaban para vivir, un pobre céntimo de euro.

           En cierto modo, ese era su retrato. En el relato de la viuda tenía la religiosa un estímulo singular para aceptar más a fondo aún su estado y desde él seguir ejerciendo una labor en que todavía estaba empeñada, dentro de las propias limitaciones.

           Sin duda eran verdad las consideraciones que formulaba la responsable de la planta; pero más verdadera es la inesperada observación de Jesús. También la religiosa estaba entregando todas las energías disponibles. La valoración de los hombres dista, una vez más, de la que hace el Maestro.

           Y la apreciación de Jesús es un motivo de paz y un estímulo; otras, en cambio, producen inseguridad y aumentan la torpeza. Quien hace todo lo que puede hacer, hace todo lo que debe hacer, ha recordado el Papa, si no recuerdo mal yo.

Pablo Largo

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           En nuestro país hay una canción que dice: "El tiempo que te quede libre, dedícalo a mí". Esta canción ejemplifica lo que significa “no me amas”. El dar sólo lo que sobra, es una verdadera muestra de “no-amor” hacia cualquiera.

           Creo que la persona que ama no sólo da de lo que tiene, sino que busca que eso que dará sea lo mejor, pues a quien lo dará es a la persona amada. Pensemos y apliquemos este pensamiento a las personas que tenemos cerca, y sobre todo a Dios. ¿Le damos lo mejor de nosotros, como la pobre viuda del evangelio de hoy? ¿O sólo “lo que nos sobra”?

           Si quieres saber a quién verdaderamente amas, sólo piensa para quién siempre tienes tiempo, a quién le das lo mejor de ti… ahí habrás encontrado la respuesta. Es triste que muchos de nosotros, para Dios sólo tengamos las sobras.

Ernesto Caro

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           Llegan los últimos días del año litúrgico. Últimos días en los que podemos renovar nuestro compromiso con la gratuidad para no echar en saco roto lo que nos sobra, sino para añadir en el saco de la virtud todo lo que tenemos para vivir. Todo. Todo lo que tenemos porque todo lo hemos recibido. Todo lo que se nos ha dado para vivir.

           Que la sensibilidad de Jesús en el evangelio de hoy te contagie de mirada penetrante para que valores esas minucias a las que no das importancia y de las que depende en tantas ocasiones tu propia calidez. Minucias en las que das lo mejor de ti mismo y a las que nos tienes ¡tan acostumbrados!

Miguel de la Fuente

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           Un ejemplo de persona que no confía en los ídolos y mantiene un corazón limpio y generoso nos lo presenta Jesús en la persona de la viuda, que da como ofrenda lo único que tiene para vivir: dos moneditas de cobre. Esta mujer sirve a Jesús de señal de que hay llegado su hora, la hora de entregarse totalmente en manos de Dios, la hora de ir a la pasión y a la cruz: ella, que entrega todo lo que tiene, indica a Jesús que ha llegado para él el momento de hacer otro tanto: entregar lo único que tiene: su vida.

           Esta clase de gente, que ha existido y existirá a lo largo de la historia, forman el grupo más selecto y auténtico de la Iglesia. Pero en este relato conviene destacar un rasgo intencionado: cuando se vive en la edad mesiánica, en el reino de santidad, lo más importante es el corazón del hombre que vive fielmente ante Dios y abierto y preocupado por los demás. La viuda humilde es su modelo.

           Apropiémonos el espíritu y actitud de la ‘viuda generosa’ que, ‘pasando necesidad, da hasta lo que le queda para sobrevivir’. Quien practica la caridad, prudencia, vigilancia, solidaridad, justicia, paz, misericordia..., todo lo tiene seguro, en el tiempo y en la eternidad.

Dominicos de Madrid

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           Cada uno de nosotros debe medir su propia relación religiosa a partir de las dos formas de la donación que aparecen en este pasaje evangélico. Dichas formas se distinguen entre sí en cuanto son capaces de colocar a la propia persona implicada de forma integral o sólo de manera parcial.

           Podemos multiplicar las ofrendas a Dios y, sin embargo, estas pueden continuar situándose en la periferia de la vida. Tales ofrendas no tienen valor a los ojos de Dios ya que esconden una voluntad dirigida a retener para nosotros mismos lo que consideramos de verdadero valor.

           Frente a esta actitud se nos propone hacer propio el gesto de la viuda. En ella, el don brota de su voluntad decidida de ofrecimiento total a Dios. Es este ofrecimiento la verdadera medida del valor de nuestras acciones religiosas. En ellas no cuenta el valor que las cosas tienen o pueden tener en la economía de mercado.

           Los bienes manifiestan así su valor relativo. Este término no indica ningún juicio de valor sobre la mayor o menor importancia de ellos. Con él expresamos que todo su valor está dado a partir de la relación con las personas que participan de la comunicación religiosa.

           En primer lugar, por tanto, el valor auténtico de los bienes nace de la referencia que ellos tienen con la vida del hombre y con el compromiso de éste con Dios. En segundo lugar, es desde éste, Valor Absoluto, desde donde nace la verdadera medida de valoración de todo lo creado.

Confederación Internacional Claretiana

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           El evangelio nos presenta a través de los ojos de Jesús una escena muy significativa. Una viuda se acerca y deposita dos monedas de escaso valor, mientras los ricos depositaban en el cofre cuantiosas sumas. A los ojos de los humanos, los ricos eran generosos, a los ojos de Dios la única generosa era la viuda.

           La viuda en su condición de mujer, pobre y marginada hacía un inmenso esfuerzo al depositar la ofrenda. Daba todo lo que tenía, el fruto de su trabajo que le era necesario para vivir. De este modo entregaba totalmente su vida al servicio de Dios, con modestia y humildad. Los ricos sólo daban algunos excedentes de sus lucrativos negocios; su ofrenda era el fruto de la explotación de los peones y esclavos.

           Jesús aprovecha la situación para instruir a sus discípulos y discípulas acerca del valor de las ofrendas. La ofrenda de los ricos y poderosos viene manchada por el hambre y la indigencia de aquellos que han sido sometidos para que alguno alcance la riqueza.

           El "maldito dinero" sólo les ha servido a quienes lo poseen en abundancia para aumentar la riqueza pero no para incrementar la solidaridad (Lc 16, 9). Jesús pensaba que la nueva comunidad no se debía meter en este plan. Los discípulos de Jesús precisamente se debían distinguir por tener conciencia crítica ante esta situación y por plantear alternativas.

           La actitud de la viuda, en cambio da pie para una enseñanza enteramente positiva. A Dios no le podemos ofrecer lo que nos sobra, aquello de lo que podemos prescindir. A Dios se le hace una verdadera ofrenda cuando damos, desde nuestra pobreza, lo que somos y tenemos.

           A Dios no le entregamos cosas, sino ante todo, nuestras vidas. Y se las entregamos no porque la consideremos de poco valor. Las donamos generosamente porque sabemos que el hará con ellas lo mejor para nosotros y para nuestra comunidad. Dios recibe nuestras vidas y las transforma en una ofrenda generosa y solidaria que alegra a toda la comunidad.

Servicio Bíblico Latinoamericano