23 de Noviembre

Miércoles XXXIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 23 noviembre 2022

a) Ap 15, 1-4

           Asistimos hoy al estallido de la ira de Dios contra sus perseguidores. Y ésta es, según el vidente Juan, una señal "magnífica y sorprendente" (v.1), que culminará las acciones divinas contra los que le han rechazado. Por otra parte, un cántico de alabanza, de los que no han querido someterse a la bestia, celebra también la victoria divina, manifestada en las últimas 7 plagas y la destrucción de Roma.

           La liturgia celeste, descrita también hoy en una intensa panorámica, se inspira en el Cántico de Moisés (entonado tras el paso del Mar Rojo), y en ella los "resplandores rojizos" (del fuego del altar) y la "bóveda de vidrio" (que separa cielo y tierra) marcan los ritmos de una escenografía espectacular.

           La escena presenta una serie de correspondencias entre la figura de Moisés y la del Cordero, ambos guías de Israel (el Israel antiguo y el Israel nuevo) y ambos salvadores de los opresores (del faraón y de la bestia).

           Por otra parte, la potencia del Señor es glorificada por la alabanza de los elegidos, y porque todos los pueblos reconocen al Señor como el único que merece ser adorado. El breve texto del himno resume 3 citas fundamentales del AT, sobre la actuación del Dios todopoderoso: él se manifiesta tal como es, él es salvador y fiel, él protege a los que lo aman e invocan.

Armand Puig

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           Nos dice hoy Juan que vio "un mar de cristal mezclado de fuego, y junto a él a los que habían triunfado de la bestia, llevando las cítaras de Dios y cantando". Como se ve, el lenguaje está cifrado, y para entender su significado tenemos que acudir al Éxodo (Ex 14-15), porque el mensaje está aludiendo directamente a la 1ª Pascua de los hebreos, cuando éstos escaparon de los egipcios y atravesaron el Mar Rojo, y "de pie a la orilla del mar entonaron un cántico de acción de gracias".

           En el pasaje apocalíptico de hoy, Juan ve a los cristianos (nuevo pueblo de Dios) que han vencido a la bestia, tras haber salvado el obstáculo del mar (de este mundo) y tras su largo éxodo de dolor y persecución, entonando alegres un cántico eucarístico. Se trata del fin del mundo y de la historia, que volverá a ser una suprema fiesta de Pascua, mucho mayor que aquella tenida a orillas del Mar Rojo. ¡Al fin libres! ¡Al fin, salvados para siempre!

           Quiero contemplar, Señor, a esa humanidad llegada al termino de su larga marcha, a esa humanidad que ha vencido a la bestia, a esa humanidad que canta. Gracias, Señor, por darnos estas perspectivas de esperanza. Porque todos ellos son "aquellos que han vencido a la bestia, su imagen, y la cifra de su nombre".

           El conjunto de comentaristas está de acuerdo en que la bestia simboliza al Imperio Romano (perseguidor e idólatra), y por extensión a todos los Imperios del Mundo. El mismo Juan sugirió esta significación, al decir que "las siete cabezas de la bestia representan siete colinas" (Ap 17, 18). Todo el mundo sabe que Roma está construida sobre 7 colinas, e incluso se ha identificado a la bestia con el mismo Nerón.

           Estas precisiones nos son útiles para percatarnos del contexto verdaderamente dramático en que se escribió el Apocalipsis. De hecho, por ese motivo todo su mensaje está cifrado, porque el texto era peligroso y debía circular clandestinamente entre gente acosada por la policía imperial. Y fue escrito para iniciados, y los que realmente conocían completamente la Biblia. Y es que los estados, y los jefes del gobierno, y todos los políticos (de ayer y de hoy), están implicados directamente en este gran desarrollo histórico, y en este gigante combate de la fe.

           Volviendo al texto, nos dice Juan que los salvados cantaban el Cántico de Moisés y el Cántico del Cordero: "Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios todopoderoso, rey de las naciones". Se trata de la acción de gracias de los salvados, de los que han escapado al gran peligro. Y de esta manera invitaba el apóstol Juan a los cristianos a dar gracias a Dios, mientras eran echados a las fieras como alimento, por parte de Domiciano.

           El triunfo de los elegidos sobre la bestia política no es un triunfo aparente y lejano, sino real y aquí presente, aunque parezca lo contrario. Porque gracias a su esfuerzo y perseverancia, los cristianos siguen en pie, mientras los emperadores se van muriendo. En este sentido se entiende que Dios haya dejado que sus mártires fuesen exterminados, porque "esa sangre martirial fue semilla de nuevos cristianos", como bien dijo Tertuliano.

           "Justos y verdaderos son tus caminos, Señor. Porque sólo tú eres santo, y todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti". Señor, danos esta fe y esta esperanza. Y a pesar de no ver todavía la realización efectiva de ese gran designio, sigue trabajando tú en él. Ha comenzado para tu pueblo la salvación, y avanzamos hacia la meta desde ya mismo, siguiendo tus caminos. Todas las naciones están en marcha hacia ti, Señor, quieran o no.

Noel Quesson

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           Juan ve hoy un mar de vidrio veteado de fuego, y a los que habían vencido a la bestia, cantando: "Grandes y admirables son tu obras, Señor, Dios soberano. Justos y verdaderos son tus caminos".

           Se trata de los bienaventurados que siguen a Dios, y que comprenden que a Dios no se le puede manejar. Se trata de los que descubren la enseñanza que Dios les trae a cada momento, de los que conocen las leyes de su existencia, de los que llegan a las causas de las cosas, y de los que con esfuerzo inician nuevos caminos de acercamiento a Dios.

           Si te sientes dispuesto a vencer el mal de la bestia, con el bien del Cordero, éste será tu cántico nuevo. El Señor te dará a conocer su victoria, y regirá tu mundo con justicia y rectitud.

           Pero antes de todo esto, recuerda que con tu perseverancia salvarás tu alma. Porque en la cultura del texto de hoy no está bien vista otra perseverancia que no sea la del máximo esfuerzo. En este mundo de enlaces subterráneos y de túneles, lo que importa es excavar en la profundidad de la dificultad, porque en esa perseverancia encontraremos a Dios.

Javier Soteras

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           Los mártires de la Iglesia son aquellos que han visto y experimentado ese "mar de vidrio y de fuego" de la que habla hoy el libro del Apocalipsis. La contemplación de tal "mar de vidrio" está reservada a quienes han permanecido fieles en la tribulación del fuego, pero yo me pregunto: ¿Será también éste el mar reservado a quienes nos ha tocado el martirio de la vida diaria? Pienso que sí.

           Mar significa inmensidad, y mira que es inabarcable la sensación que se tiene cuando estás en el fondo del mar. "Mar de vidrio" significa cuidar con pinzas la gracia, para no acabar siendo unos desgraciados. Porque el vidrio se rompe a las primeras de cambio.

           Los mártires del Apocalipsis sabían que jugaban la última partida, y que muy pronto les esperaba el "mar de fuego". Pero los mártires de la vida diaria no vemos que esto vaya a suceder muy pronto, y por eso sucumbimos fácilmente al "mañana te abriremos". Por eso nuestro mar no es de fuego sino un "mar de vidrio", porque puede, igualmente que el fuego, romper nuestra voluntad.

           Toma tú, Señor, posesión del tiempo de nuestra vida, para que lo respetemos y en él demos gloria a tu nombre. Tú sólo eres el Santo, y por eso daremos gloria a tu nombre, porque "grandes y admirables son tus obras". Tú que "riges el orbe con justicia, y los pueblos con rectitud", haznos partícipes de tu sabiduría, para que nuestro martirio cotidiano obtenga la belleza que tú mereces.

Miguel Angel Niño

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           La palabra de Dios hay que asumirla en su totalidad, y por eso es necesario comprender bien la lectura de hoy del Apocalipsis, que afirma que los vencidos vencerán a la bestia. Es decir, que el poder que nos amenaza no es eterno, y que su derrota estará en lo que aparenta ser su victoria. Esa es la paradoja.

           La muerte del mártir (del vencido), así, se convierte en vida y triunfo. Porque la bestia es derrotada en cada mártir que genera, y porque la luz de estos testigos brilla todavía más cuando han dado su último gesto de amor, y porque el mensaje de estos hermanos, a su muerte, se hace más creíble y esperanzador. La bestia, la asesina, es vencida cuando cree que ha vencido. Porque la bestia puede asesinar pero no acabar con la vida, y porque la vida es capaz de engendrar más vida aún cuando está muriendo.

           Por eso sigue siendo válido seguir a Cristo. Porque la vida triunfa sobre la muerte, y porque esta bestia demuestra, con su mismo acto de matar, que está vencida. Y aunque quiera hacer callar a algunos, otros miles se levantan con las mismas palabras del caído, en miles de voces nuevas. Y ese canto, el canto de los vencedores, será el Cántico al Cordero, y el cántico de los que saben que no hay nada por encima del poder de Dios.

Gonzalo Fernández

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           Tres grandes epopeyas se entrelazan en las lecturas de hoy: la pascua de los hebreos, la pascua del Cordero y la pascua de los que vencieron a la bestia. Tres momentos de una gran victoria, la de Dios en favor de su pueblo.

           Hay en todo esto un arco de luz, si se me permite la expresión, que va desde Moisés hasta el Cordero degollado, y desde Jesucristo hasta la gloria del fin del mundo, manifiesta a todos los pueblos. Cada pequeña victoria nuestra se inscribe en ese arco, y por eso somos importantes, porque podemos ser protagonistas de una gesta maravillosa: la de derrotar a la bestia. Vamos a cantar y a hacer realidad la victoria de Jesucristo.

           Ahora bien, hay que saber cómo enfrentarse a la bestia, a través de lo que hoy nos dice Juan: la bestia pierde terreno cuando cree que lo está ganando. Se trata de la ley de la cruz, que hasta el mismo Señor experimentó. Y allí donde el demonio pretendía estar venciendo, estaba siendo vencido. La oposición de los poderes de este mundo es lo que no da la victoria, y lo inteligente (la inteligencia de Dios; 1Cor 2, 16) es aprovechar cada herida como un nuevo anuncio, y cada persecución como un nuevo camino que se abre en el mundo.

Nelson Medina

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           Se repite hoy en la visión del Apocalipsis el éxodo de Moisés y los suyos, en esta ocasión con el nuevo pueblo de Dios (el cristiano) y su caudillo (Jesucristo). Y en ella se dice que, junto al mar de fuego, "los que han vencido a la bestia" entonan cantos acompañados de sus liras. Se trata del himno que cada semana rezamos en Vísperas: "Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios soberano de todo".

           No es de extrañar que el salmo responsorial de hoy sea también eufórico: "Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas, el Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia". Y eso junto al estribillo del Apocalipsis: "Grandes y maravillosas son tus obras".

           A los cristianos que estaban en aquella situación dramática del s. I, perseguidos por el emperador romano, el vidente de Patmos les quiere convencer de que la victoria es segura, y de que el Cordero y sus seguidores, aunque tengan que pasar por mil penalidades, van a terminar cantando himnos victoriosos y pascuales.

           A los cristianos del s. I, y a los que vivimos en el s. XXI, porque todos sabemos de fatigas y dificultades, todos necesitamos palabras de ánimo. Cuando cantemos este himno en Vísperas, hagámoslo en voz alta (además de afinada) y a pleno pulmón, expresando nuestra alegría y ahogando nuestra rutina, por haber sido incorporados al triunfo de Cristo contra el mal.

           No nos tocará a nosotros vivir la escalofriante escenografía apocalíptica de hoy, pero sí su contenido y su mensaje. Y esto nos tiene que hacer dirigir una mirada esperanzada hacia la historia del mundo de hoy, porque la lucha sigue estando presente.

José Aldazábal

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           Continúa hoy el Apocalipsis con la imagen del furor de Dios, a la que se llama "señal grande y maravillosa" por cuanto hace justicia. Una imagen (la del furor divino) que contrasta la imagen de quienes habían triunfado sobre la bestia, sobre su imagen y sobre la "cifra de su nombre", que se dedican a cantar el Cántico de Moisés y el Cántico del Cordero.

           El Cántico de Moisés, al igual que el Cántico de Mariam (su hermana), exaltaban el poder liberador de Dios, que los había liberado de las manos de los egipcios, de la esclavitud y de la cobardía, para poder ir en busca de la libertad y de la sociedad que ellos quisiesen establecer.

           En cuanto al Cántico del Cordero, el coro de personas que lo cantan es el que ha vivido la justicia, el que ha proclamado las obras de Dios, y el que ha dado testimonio de que "la justicia de Dios es grande y maravillosa, por cuanto sus caminos son justos y verdaderos, y sus designios han quedado de manifiesto" (v.4). Es decir, se han mantenido fieles a los designios de Dios, desde la creación del mundo, pasando por el éxodo, y hasta llegar a la cruz redentora de Jesucristo.

           El salmo responsorial de hoy nos invita a unirnos al cántico nuevo de los justos, proclamando que "Dios revela a las naciones su justicia", y que "regirá al orbe con justicia, y a los pueblos con rectitud". Se habrá acabado entonces para siempre la persecución contra los seguidores del Cordero, y toda injusticia habrá sido consumida por el furor de Dios (v.1).

Dominicos de Madrid

b) Lc 21, 12-19

           En su Discurso Escatológico, Jesús sigue hablando hoy del tiempo presente entre su resurrección y su parusía. Ya habló de los dolores de la historia, de los falsos mesías, de las guerras y de los desastres cósmicos. Pero no debemos alarmarnos, pues todavía no es el fin.

           En el pasaje de hoy, Jesús ya no habla de los dolores de la historia en general, sino de los sufrimientos de la comunidad cristiana. En el v. 12 dice "antes de todo esto", lo que no tiene un sentido cronológico, sino que designa lo que van a sufrir en lo inmediato, lo que está antes de esos dolores sociales y cósmicos globales.

           Lo que Lucas describe hoy es un resumen de los Hechos de los Apóstoles. Primero se predice la cárcel y la persecución. Después se distingue entre los poderes judíos (sinagogas) y los poderes romanos (reyes y gobernadores) ante los cuales serán llevados por causa de Cristo. En la vida de San Pablo se dan específicamente estas dos instancias.

           El centro de este pasaje, uno de los textos más hermosos del discurso de Jesús, se refiere al testimonio. Los discípulos serán perseguidos y entregados a los poderes judíos y romanos para que den testimonio. Es el momento o la ocasión para el testimonio. Esta palabra en griego es martirion. Los testigos son los mártires. Y aquí viene una recomendación extraordinaria de Jesús y muy significativa: "Proponeos no ensayar vuestra defensa, pues Yo os daré boca y sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir vuestros adversarios".

           Ya en los vv. 11-12 teníamos una recomendación semejante: "Cuando os lleven a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir".

           Estos textos debieron ser extremadamente importantes para los cristianos del período apostólico, tal como se describe en los Hechos de los Apóstoles. Pero son también importantes para nosotros hoy.

           En los vv. 16-19 Lucas describe cómo la división y la persecución llegará a los círculos de los amigos y la misma familia. La muerte y el odio caerá sobre los discípulos. Pero otra vez llega la palabra de ánimo y esperanza de Jesús: "No perderéis ni un pelo de la cabeza. Con la resistencia salvaréis la vida". La palabra en griego hupomoné tiene varias traducciones. Aquí pusimos resistencia, aunque también se traduce por perseverancia o tenacidad. La traducción muy frecuente de paciencia es falsa.

Juan Mateos

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           Las persecuciones de que serán objeto los discípulos de Jesús deben ser consecuencia de una actuación inspirada por el Espíritu Santo. Para poder aplicar este criterio y discernir el futuro (o el pasado, en nuestro caso), Lucas nos depara un argumento inestimable: «Meteos en la cabeza (lit. "en vuestros corazones", por ser el "corazón" el equivalente de "mente" en nuestra cultura) que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras tan acertadas (lit. "una boca y una sabiduría") que ninguno de vuestros adversarios podrá haceros frente o contradeciros» (vv.14-15).

           La puntualización que hace referencia a la 'defensa propia / apología' es típica de Lucas, y no se encuentra en el pasaje paralelo de Marcos (Mc 13,11), aparte de ser la segunda vez que la formula (vv.11-12). La razón de esta precisión terminológica la hallaremos en el libro de los Hechos, en la que Lucas ofrece aquí un criterio válido para emitir un juicio ecuánime sobre los múltiples intentos apologéticos de Pablo ante los tribunales religiosos y civiles de Jerusalén y Cesarea, todos ellos en vano (Hch 22,1; 24,10; 25,8.16; 26,1.2.24).

           Pero no se detiene aquí. También nosotros podemos aplicarlo a presuntas persecuciones de que es objeto la iglesia o determinadas personalidades eclesiásticas en nuestros días. Si se hace apologética, además de ser ineficaz y estéril, podría muy bien ser un signo de que no se cuenta con el Espíritu Santo ni con la profecía, como sucedió a Pablo.

           Tan eficaces como pretendemos ser, sirviéndonos de los medios de comunicación y de las técnicas modernas, y cuán poco hemos avanzado -mas bien parece que retrocedemos- en servirnos de los medios más adecuados que nos proporciona el Espíritu.

           Su fuerza está en el interior del hombre, pero nosotros debemos presentarle la expresión, para que hable por nuestra boca y piense con nuestra cabeza. Que eso funciona, Lucas lo deja entrever en el caso de Esteban, el modelo de discípulo. Sus adversarios, como en el caso de Jesús, no «podían hacer frente al espíritu y a la sabiduría con que hablaba» (Hch 6, 10); por esto tuvieron que sobornar a falsos testigos y hacerlo callar por la fuerza de las piedras.

Josep Rius

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           Ningún político de la actualidad se podría animar a proponer la persecución como el resultado de su triunfo electoral. Ni tampoco ningún líder prometería la muerte y la separación familiar a sus seguidores. Sin embargo, éste es el discurso de Jesús. Prevé la cárcel, la persecución, la excomunión, a quienes lleven su nombre.

           Y estos males no provendrán de desconocidos. Serán los mismos familiares, los vecinos, los amigos, quienes los entregarán al poder opresor. No, decididamente Jesús no sería hoy un buen político. No podría hacer buena campaña en los medios de comunicación; ni siquiera podría dirigir una comunidad religiosa.

           Pero lo bueno de esta promesa es que Jesús no ha mentido. Quienes han optado por el mensaje de liberación han sufrido todas esas cosas. En definitiva sabían lo que vendría como consecuencia de sus opciones. No los sorprendió la traición, y hasta podríamos decir que la esperaban. No quedaron desahuciados por la expulsión de sus grupos religiosos, porque sabían que en el seno de ellos estaba acechando el mal y la envidia.

           Incluso hay que afirmar que cuando la predicación del Evangelio no molesta a nadie del poder de turno es porque se ha hecho parte del poder y ha perdido su fuerza. Quienes siguen a Cristo decididamente han debido optar por el “no-poder” y eso molesta a l poder. Por eso el mensaje de vida del evangelio, paradójicamente, genera muerte. Los testigos son traicionados, encarcelados, difamados, expulsados de sus grupos religiosos, torturados, asesinados. ¿Vale la pena este futuro?

Fernando Camacho

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           "Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas". Lucas nos invita a la perseverancia, a vivir con tensión, en guerra con la vulgaridad que usurpa nuestra identidad. La Palabra nos pide ser quien somos para que en la dificultad no desfallezcamos:

"Os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y cárceles y llevándoos ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto os sucederá para que deis testimonio. Proponed pues, en vuestro corazón no preparar la defensa, porque yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios".

           Ellos son los bienaventurados que siguen a Dios y comprenden que a Dios no se le puede manejar. Son los bienaventurados que descubren la enseñanza que la vida les trae a cada momento y la hacen suya y después la reparten sin quedarse nada para sí. Son los bienaventurados que conocen las leyes de la existencia y las hacen "suyas". Son los bienaventurados que llegan a las causas de las cosas y con esfuerzo inician nuevos caminos de comprensión y abren nuevas ventanas hacia la Verdad.

           Si te sientes dispuesto a vencer el mal de hoy con el bien, éste será tu cántico nuevo. El Señor te dará a conocer su victoria y regirá tu mundo con justicia y rectitud.

           Pero antes de todo esto, recuerda que con tu perseverancia salvarás tu alma. En la cultura del fragmento no está bien vista otra perseverancia que no sea la del máximo beneficio. Lo gratuito, lo solidario, la entrega a largo plazo no es rentable para ella. Y sin embargo es la solidez de la propia vida. En este mundo de enlaces subterráneos, de túneles, importa excavar en la profundidad que nos asegura el aguante ante la dificultad para perseverar en la propia verdad.

Miguel Angel Niño

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           Cuando un día el obispo, además de darnos una cachetada, nos ungió la frente con el óleo de la confirmación en la fe, no cumplió con una especie de rito necesario para que luego pudiésemos acceder a los demás sacramentos, especialmente el matrimonio. Fuimos confirmados en la fe. Fuimos constituidos “testigos” de Cristo en el mundo. Llegamos a la madurez de nuestra entrega al Señor. ¿Y qué mejor testimonio que el martirio por Cristo?

           Pero atendamos a las entrañas de amor de Cristo para con su tan amada criatura. No es nuestro Dios un dios que se goza viéndonos sufrir o queriendo que suframos simplemente porque sí. Seguir a Cristo no implica vivir de tormentos toda la vida. Amarlo no es dejar que nos golpeen toda nuestra bendita existencia.

           Cuando Cristo nos previene de las persecuciones únicamente está siendo realista con nosotros, nos está dando como un voto de confianza. “Me habéis amado. Pues sabed que vuestros hermanos no siempre actuarán movidos por el amor como fuera de esperar sino que os harán sufrir. Pero confiad Yo he vencido con el amor al mundo”.

           No son, pues, palabras que hemos de temer sino consejos de amor, de grande esperanza. Es el peso del amor. El egoísmo está muy difundido en nuestro mundo, pero como cristianos estamos llamados a amar y a vencer con el amor el egoísmo.

           Y aunque tengamos mil problemas tenemos en Cristo la confianza de haber obtenido la victoria. ¡Ya hemos vencido! Porque Él nos ha amado primero y ya nos ha prometido de no abandonarnos en esta dulce lucha por Él que es nuestro Amado. ¿No es cierto que es un gozo, entonces, poder dar testimonio por Alguien a quien amamos de verdad?

Clemente González

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           En el pasaje evangélico de hoy, el Señor nos anuncia que en el mundo tendremos grandes tribulaciones; pero que a él le ha pasado lo mismo, y ha vencido al Mundo. En este caminar en que consiste la vida vamos a sufrir pruebas diversas, unas que parecen grandes, otras de poco relieve, en la cuales el alma debe salir fortalecida, con la ayuda de la gracia.

           Estas contradicciones vendrán de fuera, con ataques directos o velados, de quienes no comprenden la vocación cristiana. O pueden venir dificultades económicas, familiares, o pueden llegar la enfermedad, el desaliento, el cansancio.

           La paciencia es necesaria para perseverar, para estar alegres por encima de cualquier circunstancia; esto será posible porque tenemos la mirada puesta en Cristo, que nos alienta a seguir adelante, sin fijarnos demasiado en lo que querría quitarnos la paz. Sabemos que, en todas las situaciones, la victoria está de nuestra parte.

           La paciencia es una virtud bien distinta de la mera pasividad ante el sufrimiento; no es un no reaccionar, ni un simple aguantarse: es parte de la virtud de la fortaleza, y lleva a aceptar con serenidad el dolor y las pruebas de la vida, grandes o pequeñas, como venidos del amor de Dios. Entonces identificamos nuestra voluntad con la del Señor, y eso nos permite mantener la fidelidad y la alegría en medio de las pruebas.

           Son diversos los campos en los que debemos ejercitar la paciencia. En primer lugar con nosotros mismos, puesto que es fácil desalentarse ante los propios defectos. Paciencia con quienes nos relacionamos, sobre todo si hemos de ayudarles en su formación o en su enfermedad: la caridad nos ayudará a ser pacientes. Y paciencia con aquellos acontecimientos que nos son contrarios porque ahí nos espera el Señor.

           Para el apostolado, la paciencia es absolutamente imprescindible. El Señor quiere que tengamos la calma del sembrador que echa la semilla sobre el terreno que ha preparado previamente y sigue los ritmos de las estaciones. El Señor nos da ejemplo de una paciencia indecible.

           La paciencia va de la mano de la humildad y de la caridad, y cuenta con las limitaciones propias y las de los demás. Las almas tienen sus ritmos de tiempo, su hora. La caridad a todo se acomoda, cree todo, todo lo espera y todo lo soporta, enseña San Pablo (1Cor 13, 7). Si tenemos paciencia, seremos fieles, salvaremos nuestra alma y también la de muchos que la Virgen pone constantemente en nuestro camino.

Francisco Fernández

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           En su exhortación de hoy, el Señor nos hace a permanecer firmes en el testimonio de nuestra fe, aceptando con amor todas las consecuencias que nos vengan por confesarnos hijos en el Hijo; y en que nos invita a perseverar sin claudicar de nuestro compromiso con Cristo cuando la persecución arrecie; y en que nos promete que si nos mantenemos firmes, conseguiremos la vida, pareciéramos escuchar aquellas palabras de Jesús:

"Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan, y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque será grande vuestra recompensa en los cielos. Pues así persiguieron a los profetas que vivieron antes que vosotros".

           Cuando los israelitas fueron al destierro el Señor les habló por medio de uno de sus profetas diciéndoles: "El Señor os ha traído aquí para que, por medio vuestro, los paganos conozcan al Señor". Y el Señor nos dice: "Cuando seáis llevados a los tribunales, dejadme hablar a mí por medio de vosotros, pues con esto daréis testimonio de mí".

           Dejemos que el Espíritu Santo hable por medio nuestro. Muchas veces queremos hablar con la erudición humana. Y lo que salva no son nuestras palabras, sino la Palabra que Dios sigue pronunciando día a día por medio de su Iglesia.

           Por eso debemos aprender a estar a los pies del Maestro para que, cuando vayamos a proclamar su Nombre, podamos decir como los auténticos profetas: "Esto dice el Señor", en lugar de decir lo que dice determinado autor humano, por muy eruditas que sean sus palabras.

           Y cuando Dios hable nadie podrá resistir a esas palabras que Él pronuncie por medio nuestro. Entonces el malvado podrá volver al Señor y el reino del Malo habrá llegado a su fin, no por obra nuestra, sino por la obra que Dios realice por medio nuestro.

           En torno a Cristo Él pronuncia su Palabra sobre nosotros. Su Espíritu nos la hace comprender. La Iglesia, unida a su Señor, se convierte, así, en una Palabra viva, en el Evangelio viviente del Padre para todos los hombres. El Señor nos instruye con su Palabra y con su ejemplo, para que vayamos nosotros también a proclamar su Evangelio no sólo con los labios, sino con la vida que se entrega para que los demás encuentren al Señor, unan su vida a Él, participen de sus dones y se salven.

           Cristo entrega su vida para que nosotros tengamos vida. Él fue odiado y perseguido hasta que, finalmente, dio su vida por nosotros. Ese es el camino que debemos afrontar quienes nos unimos a Él no sólo en la oración, sino en la participación de su Cuerpo, que se entrega por nosotros; y de su Sangre, que se derrama por nosotros, para que vayamos y hagamos nosotros lo mismo. La Misión esta dada. Cristo nos quiere como signos claros de su amor en medio del mundo y al paso de la historia.

José A. Martínez

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           Hoy ponemos nuestra atención en la sentencia breve e incisiva de nuestro Señor, que se clava en el alma, y al herirla nos hace pensar: ¿por qué es tan importante la perseverancia?; ¿por qué Jesús hace depender la salvación del ejercicio de esta virtud?

           Porque no es el discípulo más que el Maestro («seréis odiados de todos por causa de mi nombre»; v.17), y si el Señor fue signo de contradicción, necesariamente lo seremos sus discípulos. El Reino de Dios lo arrebatarán los que se hacen violencia, los que luchan contra los enemigos del alma, los que pelean con bravura esa “bellísima guerra de paz y de amor”, como le gustaba decir a San José María Escrivá, en que consiste la vida cristiana.

           No hay rosas sin espinas, y no es el camino hacia el Cielo un sendero sin dificultades. De ahí que sin la virtud cardinal de la fortaleza nuestras buenas intenciones terminarían siendo estériles. Y la perseverancia forma parte de la fortaleza. Nos empuja, en concreto, a tener las fuerzas suficientes para sobrellevar con alegría las contradicciones.

           La perseverancia en grado sumo se da en la cruz. Por eso la perseverancia confiere libertad al otorgar la posesión de sí mismo mediante el amor. La promesa de Cristo es indefectible: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (v.19), y esto es así porque lo que nos salva es la Cruz. Es la fuerza del amor lo que nos da a cada uno la paciente y gozosa aceptación de la Voluntad de Dios, cuando ésta (como sucede en la Cruz) contraría en un primer momento a nuestra pobre voluntad humana.

           Sólo en un primer momento, porque después se libera la desbordante energía de la perseverancia que nos lleva a comprender la difícil ciencia de la cruz. Por eso, la perseverancia engendra paciencia, que va mucho más allá de la simple resignación. Más aún, nada tiene que ver con actitudes estoicas. La paciencia contribuye decisivamente a entender que la Cruz, mucho antes que dolor, es esencialmente amor.

Manuel Cociña

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           Las palabras de hoy de Jesús en el Evangelio son un antídoto contra cualquier tentación de triunfalismo fácil: si bien Dios es el soberano de la Historia y su reino es de justicia, "antes de todo esto os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y cárceles y llevándoos ante reyes y gobernadores por mi nombre". No se trata, pues, de un triunfo fácil, sino de una esperanza difícil, que requiere la resistencia de los santos.

           Aquí, al igual que en el pasaje de Mateo ("Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo"; Mt 28,20), afirma aquí Jesús que no nos dejará solos, sino que nos dará “el Espíritu de la verdad” (Jn 16, 13) y nos dará una elocuencia salida del corazón, y una sabiduría tal que no podrá ser vencida por nuestros adversarios.

           Además, estas persecuciones tienen sentido (“para que deis testimonio”), como lo hizo hace 500 años San Antonio Valdivieso, el obispo mártir de Nicaragua, San Romero de América o San Juan Gerardi en Guatemala, lo mismo que tantos hombres y mujeres que con su perseverancia salvaron sus almas (v.19) y con su lucha contribuyen a hacer, con Dios “un cielo nuevo y una tierra nueva”.

           Es lo que nos presenta Jesús en el evangelio de hoy: "Os harán comparecer ante reyes y gobernantes por causa mía: así tendréis ocasión de dar testimonio" (vv.12-13). Como nacidos de la Cruz, no podemos esperar sino persecución. Pero como nacidos de la Pascua, no podemos esperar sino nuevas victorias.

Nelson Medina

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           Jesús nos muestra hoy cómo el ser discípulos suyos no es un camino fácil ni agradable. No nos equivoquemos, nuestra recompensa no es en la tierra sino en el cielo. Y todo por causa de la Verdad, del Evangelio. Sólo necesitamos mirar a tantos y tantos hermanos que ya han pasado por lo que Cristo nos anunció: encarcelamientos, persecuciones e incluso la muerte.

           Y precisamente en nuestro caso, situaciones no muy lejanas en el tiempo han bañado nuestro pueblo con la sangre de los mártires. "Seréis odiados por todos a causa de mi nombre" dice el Señor. Odio, traición, soledad... estos y otros más, son los recursos que el maligno utiliza ante el triunfo que ya nos ha alcanzado el Señor. Es así de sencillo, y debemos confiar en Cristo y estar preparados pues "a fuerza de constancia poseeremos nuestras vidas".

           Sólo el Señor puede darnos la gracia de mantenernos firmes en la fe ante las contrariedades de la vida, por eso nosotros debemos estar preparados para recibirlas, sobrenaturalizarlas y mediatizarlas como una escalera hacia el cielo, escalera que se identifica con la Cruz. En primer lugar, hay que esperar todo de Dios, saber que la fuerza viene de Él, confiar ciegamente en Él, y desconfiar de nosotros y de "nuestras" capacidades, pues son dones recibidos.

           Pobre aquel que espera vivir sin dificultades, imprevistos, sin dolor o sin sufrimiento. Porque aún no hemos alcanzado el cielo, y seguimos desterrados. En segundo lugar, permitidle a Dios (pues nuestra libertad nos juega a menudo malas pasadas) que derrame su gracia sobre nosotros. Él está siempre esperando nuestra respuesta afirmativa, "sí quiero, Señor".

           Esta declaración debe estar secundada en el amor y la responsabilidad por adquirir e imitar las virtudes del Corazón de Cristo. Sólo Jesús puede ser el agua que sacie nuestra sed, el bálsamo que cure nuestras heridas espirituales, el vino que embriague nuestro amor. Sólo Él puede revestirnos de "un lenguaje y sabiduría que no podrán contradecir ninguno de nuestros adversario".

           Que ante cada dificultad en el camino, veamos las huellas del Maestro que va por delante y que como buen Maestro, ya ha experimentado en su persona todo lo que tengamos que padecer nosotros. "Confiad, Yo he vencido al mundo".

Juan Gralla

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           Decíamos ayer que los textos bíblicos que propone la liturgia no son descripciones ante litteram de lo que va a suceder en el tiempo final. Lo que se hace es sencillamente extrapolar y proyectar hacia el futuro experiencias dramáticas de nuestro presente. Todo lo que refiere Jesús se ha producido y se sigue produciendo ya, incluso la traición y la delación de los familiares más cercanos.

           Lo decía el salmista: “el que compartía mi pan es el primero en traicionarme”; “si mi enemigo me injuriase, lo aguantaría; si mi adversario se alzase contra mí, me escondería de él; pero eres tú, mi compañero, mi amigo y confidente, a quien me unía una dulce intimidad” (Sal 55); “me he vuelto un extranjero para mis hermanos, un extraño para los hijos de mi madre” (Sal 69).

           Y lo vivió Jesús, y se habrá repetido no pocas veces en el pasado. Es una estrategia propia de los regímenes de terror: transformar la mirada amiga en mirada espía y el oído del confidente en oído de un delator. Los dedos se nos vuelven huéspedes. Y al final enloquecemos, porque no podemos vivir sin una dosis mínima de confianza, y es justamente éste el terreno que están zapando y están segando bajo nuestros pies.

           Me resulta demasiado penoso, tras haber recordado esos episodios de la vida pública, evocar historias de la vida eclesial. Lo que en situaciones de crisis y soledad profunda precisamos rememorar para no enloquecer son las palabras de Jesús que se proclaman hoy: “Tendréis ocasión de dar testimonio”; “yo os daré palabras y sabiduría”; “ni un cabello de vuestra cabeza perecerá”. Y viene a la mente la palabra del profeta: “maldito el hombre que pone su confianza en el hombre... y no confía en el Señor”.

Pablo Largo

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           Tras hablar de los signos engañosos que acompañarán el final, el evangelio de hoy se refiere a los verdaderos signos. El principal es la persecución "por causa del nombre de Jesús". También en este caso, Lucas tiene un mensaje claro: frente a la persecución, no es necesario preparar la defensa. Jesús mismo protegerá a su comunidad si se mantiene firme. De esta manera tendrá ocasión de "dar testimonio". Esta expresión favorita de Lucas equivale a "predicar el evangelio", usada por Marcos en el lugar paralelo.

           La persecución "por causa de Jesús" es un signo evangélico que anticipa la llegada del Señor. Lo leímos en el evangelio del día de Todos los Santos: "Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos ustedes cuando os insulten y los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Estén alegres y contentos porque su recompensa será grande en el cielo".

           Jesús completa el texto que leíamos ayer: no sólo se va a destruir el templo; la destrucción va a pasar llevándose consigo a los propios discípulos, que van a ser atacados, perseguidos y entregados a los tribunales. Se dice que hoy en día no estamos ya ahora en época de mártires, y que supuestamente estaríamos en paz y en calma, y en total libertad.

           Ciertamente que hay horas y horas, horas distintas, en la historia. Importa discernir cómo se cumplen, y en qué sentido, las palabras de Jesús en nuestros días. Porque los tiempos cambian, pero su palabra permanece.

Severiano Blanco

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           Siempre he creído que ser cristiano cuando las cosas caminan bien no es problema. Lo difícil es, como dice el Señor, perseverar en los momentos difíciles.

           El cristianismo, es un estilo de vida que muchas veces va en contraposición con los valores, pensamiento y actitudes del mundo: esta es la causa de los problemas. Ser cristiano en un mundo de injusticia, de violencia, de deshonestidad, etc., no es sencillo y por lo general es la causa de la persecución o del rechazo de aquellos a los que nuestro estilo de vida incomoda.

           Animo, porque hoy más que nunca necesitamos ser valientes y mostrarnos al mundo como verdaderos discípulos de Jesús. El ha prometido ayudarnos y estar con nosotros. Seamos fieles hasta el final.

Ernesto Caro

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           Jesús avisa hoy a los suyos de que van a ser perseguidos, que serán llevados a los tribunales y a la cárcel. Y que así tendrán ocasión de dar testimonio de él. Jesús no nos ha engañado: nunca prometió que en esta vida seremos aplaudidos y que nos resultará fácil el camino. Lo que sí nos asegura es que salvaremos la vida por la fidelidad, y que él dará testimonio ante el Padre de los que hayan dado testimonio de él ante los hombres.

           Cuando Lucas escribía su evangelio, la comunidad cristiana ya tenía mucha experiencia de persecuciones y cárceles y martirios, por parte de los enemigos de fuera, y de dificultades, divisiones y traiciones desde dentro.

           A lo largo de 2.000 años, la Iglesia ha seguido teniendo esta misma experiencia: los cristianos han sido calumniados, odiados, perseguidos, llevados a la muerte. ¡Cuántos mártires, de todos los tiempos, también del nuestro, nos estimulan con su admirable ejemplo! Y no sólo mártires de sangre, sino también los mártires callados de la vida diaria, que están cumpliendo el evangelio de Jesús y viven según sus criterios con admirable energía y constancia.

           Jesús nos lo ha anunciado, en el momento en que él mismo estaba a punto de entregarse en la cruz, no para asustarnos, sino para darnos confianza, para animarnos a ser fuertes en la lucha de cada día: "con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas".

           El amor, la amistad y la fortaleza -y nuestra fe- no se muestran tanto cuando todo va bien, sino cuando se ponen a prueba. Nos lo avisó Jesús: "Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros" (Jn 15, 20). Pero también nos aseguró: "Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí; en el mundo tendréis tribulación, pero ¡ánimo! yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33).

José Aldazábal

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           La faceta que Jesús expone y comenta en este párrafo, sobre los últimos días, cuando suene la trompeta final que anuncia el término de nuestra historia, es realmente dura. Pero de alguna forma nos la había pre-anunciado cuando nos habló de que por motivo del Reino de Dios habría división incluso de las familias. Consolémonos sabiendo que al alma que intente ser fiel, siempre le estarán abiertas las puertas del corazón de Dios.

           Como nos ha advertido repetidas veces san Pablo, no perdamos el tiempo en teorizar cómo será el juicio final y nuestro encuentro definitivo con Dios, cómo acabará la historia de este mundo en que vivimos. No lo sabemos, ni lo podemos cambiar.

           Pero está en nuestras manos adoptar una postura que es racionalmente, prudente y sabia, y, espiritualmente, segura: vivir haciendo el bien conforme al dictamen de la Palabra del Señor y de nuestra conciencia. Si hay amor, caridad, verdad, justicia, espíritu samaritano, todas las puertas del Reino de Dios están abiertas para siempre.

Dominicos de Madrid

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           El anuncio del mensaje cristiano siempre suscita fuerte animosidad en una sociedad construida sobre valores directamente en oposición a los anunciados por Jesús. Componente fundamental de la vida del Mesías ha sido el "es necesario que el Mesías padezca"; esa situación es fruto de una agresividad de los que que ven amenazada la estructura injusta construida a partir de sus egoísmos.

           La magnitud de esta resistencia que puede llegar hasta poner en riesgo la propia vida, proviene desde lo externo y aun desde las personas más cercanas. Todo se combina para conducir a situaciones amenazantes: cárcel, juicios, traición de los familiares, un odio general hacia el mensaje, trasladado a la persona de los mensajeros.

           En esa situación no es inexplicable la tentación de desaliento. Jesús advierte sobre ella, pero junto a esa advertencia pronuncia una palabra de promesa que renueva la confianza necesaria para continuar en la tarea.

           En cada juicio, motivado por la animosidad, el cristiano sabe que puede contar con la presencia de Jesús que concede un lenguaje y una sabiduría a la que no pueden oponerse los adversarios.

           Y aunque la muerte pueda acabar con algunos mensajeros, otros seguirán proclamando la Buena Noticia de la fraternidad universal entre los hombres. El poder de los enemigos no puede superar la bondad de Dios, incapaz de soportar la mínima pérdida de sus enviados. Para ello se requieren una firmeza y un coraje a toda prueba, capaces de asegurar la ganancia de la propia vida.

Confederación Internacional Claretiana

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           La situación de los cristianos en el mundo antiguo fue precaria desde el comienzo. Primero sufrieron la persecución de los judíos fanáticos, que los veían como un peligro para la religión oficial. Luego fueron perseguidos por el estado romano, que veía en ellos la misma encarnación del mal y un peligro para el imperio. Los escritos del nuevo testamento reflejan esta situación y la refieren tardíamente a la situación de la primera comunidad de discípulos.

           Pero esta situación no es un accidente producido por odios fortuitos o por inquinas individuales. Esta situación se produjo por la actitud del cristianismo ante el mundo.

           Los primeros cristianos se caracterizaron por poner en duda todo el sistema de valores que tenía vigencia en el mundo antiguo. Los cristianos se caracterizaron por no divinizar el estado o el sistema económico. Valoraron al ser humano por encima de las diferencias étnicas, religiosas y sociales. Constituyeron la comunidad en el centro de interés dejando a un lado el culto por el cuerpo y el placer.

           Este modo de ver y sentir la vida los llevó a inevitables enfrentamientos con los defensores del sistema vigente. Para los romanos, el estado era divino y el sistema administrativo y financiero participaba de ese carácter sagrado. La vida estaba centrada en torno al culto al cuerpo y al placer. El centro de la vida humana era la solidez del imperio.

           A la vez, los judíos de la época consideraban que su sistema legal era la máxima expresión de la divinidad. Acreditaban el descanso sabatino como la máxima expresión de la piedad religiosa. De esta manera, romanos y judíos consideraban que el Estado o el sistema religioso se imponían sobre el valor de las personas y comunidades.

           El texto que hoy reflexionamos nos muestra las condiciones en las que vivió la comunidad de Lucas luego de la destrucción de Jerusalén. La mayoría de comunidades de Asia menor, Grecia y Roma padecieron con mayor intensidad la oposición de las sinagogas y la campaña de desprestigio que iniciaron sus detractores.

           A pesar de la adversidad, ellos vieron la situación como una ocasión especial para dar testimonio de Jesús y para anunciar la Buena Nueva en los lugares más conflictivos de la sociedad.

Servicio Bíblico Latinoamericano