26 de Noviembre

Sábado XXXIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 26 noviembre 2022

a) Ap 22, 1-7

           Escuchamos hoy la última página de la Biblia, de la última palabra que Dios ha querido dirigirnos. Se trata del nuevo Génesis, o nueva creación proyectada por Dios para el más allá. Y todo ello como la vida que discurre como un río, como un árbol de vida que da frutos, como una luz sin ocaso, como Adán y Eva tal como Dios los había querido desde el principio... Es el éxito de la creación.

           Dice hoy Juan que el ángel le mostró "el río de agua de vida, límpida como el cristal, que brotaba del trono de Dios". Se trata de un símbolo claro vital: el agua, que como un "río de agua límpida" da la vida. He ahí lo que proviene de Dios: el gran río de la vida. Evoquemos, por tanto, a esos billones y trillones de seres vivos que han venido a la existencia por Dios. Por otro lado, el agua no es sólo la señal de la vida física, sino también de la vida espiritual, sobre todo del bautismo. Así que bautizar a un niño es introducirlo en este gran río vivificante, es meter en su ser el Ser mismo de Dios.

           Nos sigue diciendo Juan que "en cada margen del río hay árboles de vida que fructifican doce veces, una vez cada mes". Como se ve, todas las bellezas naturales son utilizadas como bellas imágenes, para tratar de revelarnos el cielo. Primero el "río de vida", y ahora el "árbol de vida". Y si no, evoquemos esos árboles cargados de cerezas, manzanas, naranjas, racimos de uvas...

           De modo manifiesto, todo esto se trata de un nuevo comienzo, de un nuevo paraíso terrenal. Y si Adán no había podido comer del árbol de la vida, hoy Jesús (nuevo Adán) nos conduce a ese árbol, y vuelve a introducirnos en el jardín maravilloso. Pero ¡cuidado!, porque se trata de imágenes simbólicas, que hay que saber utilizar con todas sus resonancias afectivas e imaginativas, sin materializarlas. En todo caso, se trata de imágenes de abundancia (con frutos 12 veces al año, 12 cosechas del mismo árbol) y saciedad (pues las frutas son alimento escogido y agradable).

           Sigue diciendo Juan que en aquel lugar "no habrá más maldición", porque "el trono de Dios y el Cordero estará en la ciudad", y los siervos de Dios "le adorarán, verán su rostro y llevarán su nombre en la frente". He aquí otras imágenes algo más espirituales que las precedentes: estar cara a cara con Dios, y ver a Dios cara a cara.

           Fruto de todo ello será que en aquel sitio "ya no habrá noche ni día" (sucesión de tiempo), porque "el Señor Dios derramará sobre ellos su luz" (su eternidad). Estas palabras son ciertas y verdaderas, y es el Señor quien inspira a a Juan y le envía a su ángel para manifestarle lo que ha de suceder pronto: "Mira, vengo pronto. Y dichoso el que guarde las palabras proféticas de este libro". Quiero ver a Dios. Ven, Señor Jesús.

Noel Quesson

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           La última visión de Juan en el Apocalipsis describe la vida de los escogidos con Dios. Y lo hace recurriendo a imágenes que apuntan al libro del Génesis (a la 1ª creación), como si hubiese cierto paralelismo entre el paraíso perdido ("el jardín del Edén") y el paraíso reencontrado ("los cielos nuevos y la tierra nueva"), en aquel caso con Yahveh (Dios Padre) como protagonista, y en éste con el Cordero (Dios Hijo).

           Presentados por separado (Ap 4 y 5), ambos personajes van identificándose cada vez más, hasta que en el último capítulo marca el punto álgido del proceso de unión. La expresión "el trono de Dios y del Cordero" manifiesta la intimidad misteriosa de ambos. Y si desde el principio Dios era "el Sentado en el trono", ahora, al sentarse también allí el Cordero, aparece evidente su condición divina. Sin embargo, hay que subrayar que, en este proceso de acercamiento, la figura del Cordero no se diluye (mantiene su diversidad con el Padre) ni le está subordinada (mantiene su unidad con el).

           De ambos, en cuanto manantial de toda vida, proviene el agua que vivifica a los habitantes de la ciudad, y la fuerza dinámica del Espíritu que se derrama sobre la nueva Jerusalén. Sus ciudadanos saborean los frutos inagotables del árbol, cuyas hojas ofrecen remedio salvador: el Dios de vida, y Señor de la ciudad, da alimento seguro a los habitantes. Por eso, y porque todo está lleno de la vida de Dios, no hay lugar para el mal (ni en el hombre ni fuera de él) ni para maldición alguna (como la que cayó sobre Adán y Eva).

           El anhelo de los profetas, y de los justos de todos los tiempos, era el contacto personal y directo con el Señor. Pues bien, eso es lo que se ve realizado hoy, en esta Jerusalén celestial: el "contemplar a Dios cara a cara". Ésa es la felicidad inacabable, aunque pretender saber en qué consiste esa "visión divina" es todavía una tarea inescrutable. Lo único que el texto afirma claramente es la participación plena en la misma vida de Dios, en una liturgia perfecta de adoración, alabanza y acción de gracias.

           La promesa divina (v.5) clausura toda la revelación (apocalipsis) dicha a Juan. El mensaje profético ha sido anunciado, y ahora toca ser vivido: "Dichoso el que guarda sus palabras, el que actúa según las enseñanzas recibidas en este libro". Y esto porque las palabras reveladas no sólo se proyectan hacia el futuro, sino que se enraízan en el presente, en la praxis actual de la comunidad de creyentes. El v. 6, paralelo con el que abre el Apocalipsis, sitúa el alcance profético del libro: Jesucristo, consolador de los que esperan en su próxima venida.

Armand Puig

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           El Apocalipsis nos muestra hoy, en su último capítulo, unas imágenes de extraordinaria calidad poética, sobre la plenitud de los tiempos y el reino de Dios. Y para hacerlo, se retrotrae a la 1ª creación del mundo, cuando la humanidad, tras comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, se aventuró a construir la historia, con sus caídas y levantadas. Hasta que Jesucristo, el primogénito de entre los muertos, logró levantar a esa humanidad y llevarla a su plenitud, salvando así el proyecto del Dios creador.

           Esta humanidad ha llegado así, por Cristo, al Árbol de la Vida. Ha recuperado la intimidad con Dios, la experiencia de la unidad gozosa con el todo y con cada una de sus partes. El gozo de la llama que se sabe fuego, de la ola que se sabe mar. Ya no desde la ignorancia de quien no ha probado del Árbol de la Ciencia, sino desde la audacia de quien ha ido más allá de la ciencia del bien y del mal, construyendo con Dios un cielo nuevo y una tierra nueva.

           Ya no es un Dios distante, al que la humanidad teme e inventa intermediarios con la intención de mantener a Dios a prudente distancia por temor a lo sagrado (Dt 5, 2-5). La humanidad, purificada, es capaz ahora de convivir en relación íntima, cercana, con el Dios de la vida.

           Ya no hay distancia alguna que separe, pues "el trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad, verán su rostro y llevarán su nombre en la frente" (Ap 22, 3-4). Ya no haría falta templo alguno, pues la ciudad entera será templo del Dios vivo. Tampoco harán falta días especiales consagrados a Dios, pues las personas tendremos conciencia de que todo tiempo es sagrado y pertenece a Dios.

           Seremos entonces realmente un pueblo de sacerdotes y profetas (1Pe 2, 5) se habrá realizado por fin el plan de Dios en su plenitud: todos y todas iguales, celebrando la diversidad en la gran unidad de Dios, sin doblar la rodilla ante nadie más que ante Dios. Entonces, y sólo entonces, la humanidad habrá aprendido y practicado nuevas relaciones de poder, en libertad responsable y reverente ante la creación entera.

Miguel Gallart

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           Juan recibe hoy el regalo de la visión del río de agua viva que sale del trono de Dios y de Jesús el Cordero. Lo que baña no es maldito. Juan recibe la promesa de que en la ciudad de Dios sus servidores le verán cara a cara y llevarán su nombre en la frente. Ya no habrá más noche porque Dios será su luz. Al final del año, resuenan en nosotros las palabras de los primeros testigos que ansían nuestra presencia al proclamar: ¡Marana tha! Ven, Señor, Jesús.

           También nosotros reconocemos que el Señor es un Dios grande. Deseamos entrar en su presencia y dar vítores a la roca que nos salva, porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

           Con la liturgia de este día llegamos al final de este año litúrgico. Mañana, primer domingo de adviento, se inicia el siguiente año. Y el mensaje final es claro, en medio de la compleja red de símbolos: grandes combates, grandes luchas, pero un solo vencedor y una sola victoria: la del "pueblo de los elegidos del Altísimo", según el bello nombre que nos daba Daniel en su profecía.

           Así pues deben quedarnos claras las dos cosas: que hay combate y que hay victoria. Como hay combate, debemos prepararnos; como hay victoria, deben estar firmes nuestros corazones y no cejar en su empeño ni dejar de cantar las alabanzas del Único que es grande y santo.

Nelson Medina

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           El Apocalipsis nos enseña hoy, mediante símbolos, la realidad de la vida eterna, donde se verá cumplido el anhelo del hombre: la visión de Dios y la felicidad sin término y sin fin. El nombre de Dios sobre la frente de los elegidos expresa su pertenencia al Señor. La muerte de los hijos de Dios será sólo el paso previo, la condición indispensable, para reunirse con su Padre Dios y permanecer con él por toda la eternidad.

           El cielo será la nueva comunidad de los hijos de Dios, que habrán alcanzado allí la plenitud de su adopción. Estaremos con corazón nuevo y voluntad nueva, con nuestro propio cuerpo transfigurado después de la resurrección. Jesús, en el que tiene lugar la plenitud de la revelación, nos insiste una y otra vez en una felicidad perfecta e inacabable. Su mensaje es de alegría y de esperanza en este mundo y en el que está por llegar.

           En el cielo veremos a Dios y gozaremos en él con un gozo infinito, según la santidad y los méritos adquiridos aquí en la tierra. Es bueno y necesario fomentar la esperanza del cielo; consuela en los momentos más duros y ayuda a mantener firme la virtud de la fidelidad. Pensemos con frecuencia en las palabras de Jesús: "Voy a prepararos un lugar" (Jn 14, 2).

           Allí en el cielo, tenemos nuestra casa definitiva, muy cerca de él y de su Madre Santísima. Aquí sólo estamos de paso. Como dijo Alvaro del Portillo:

"Cuando llegue el momento de rendir nuestra alma a Dios, no tendremos miedo a la muerte. La muerte será para nosotros un cambio de casa. Vendrá cuando Dios quiera, pero será una liberación, el principio de la Vida con mayúscula. La vida se cambia, no nos la arrebatan".

Francisco Fernández

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           La visión final del Apocalipsis sigue ofreciéndonos una escenografía triunfal, esperanzadora. El trono de Dios, el Cordero delante, vencedor, un río de agua viva que brota del trono (el Espíritu Santo; Jn 7, 37-39), el árbol de la vida que da 12 cosechas al año y cuyas hojas son medicinales. Allí no hay noche ni oscuridad, todo es luz, y los salvados por Cristo gozarán de alegría perpetua, y le prestarán servicio, "y lo verán cara a cara y llevarán su nombre en la frente".

           Es como el retorno al paraíso terrenal. La última página de la Biblia (y del año litúrgico) es un calco de la primera, de la visión idílica del Génesis hasta que entró el pecado en el mundo. Lástima que no hayan añadido en el leccionario los últimos versículos de este libro del Apocalipsis:

"El Espíritu y la novia dicen: Ven. Y el que oiga, diga: Ven. El que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida. Y el que da testimonio de todo esto dice: Sí, vengo pronto. Amén. Ven, Señor Jesús".

           Ya tenemos la puerta abierta para celebrar, desde mañana, con igual mirada profética, el Adviento. Nuestra oración y nuestro canto es hoy el "Maran atha, Ven, Señor Jesús", con una perspectiva llena de futuro: "Y lo verán cara a cara".

José Aldazábal

b) Lc 21, 34-36

           Lo único que sabemos acerca de la fecha del "último día", es que vendrá de improviso (Mt 24,39; 1Tes 5,2.4; 2Pe 3,10). Por lo cual los cálculos de la ciencia, acerca de la catástrofe universal, valen tan poco como ciertas profecías particulares. Así que "velad, pues, orando en todo tiempo" (v.36).

           Por lo tanto, ya no se trata de la cercanía del reino de Dios, cuyos signos vamos descubriendo a lo largo de la historia (vv.29-33), sino de la llegada del día del Hijo del hombre (vv.34-36). Jesús nos pide que andemos con cuidado. Hay actitudes negativas y otras positivas. Las negativas son: que se nos nuble la mente con el vicio, la bebida y las preocupaciones de la vida. Y las positivas son: estar despiertos y orando para tener fuerzas en todo momento.

           El que tiene una buena actitud podrá escapar, el día del Hijo del hombre, de todos los hechos catastróficos ya descritos (vv.25-26). No sólo escapará de esos hechos, sino que estará de pie delante del Hijo del hombre. El día del Hijo del hombre es como un lazo.

           El que no camina con cuidado, queda enredado, entrampado, cazado. Si la cercanía del reino de Dios la perciben solamente los creyentes que saben discernir los signos de los tiempos, el día del Hijo del hombre, su Parusía, es una manifestación pública, manifiesta a todos los habitantes de la tierra, incluso a sus enemigos.

           Este texto tan denso y profundo, tiene enormes repercusiones para la vida de la Iglesia, del tiempo de Lucas y en el día de hoy. El día de la Parusía ciertamente es el último día, el día escatológico, el día del Hijo del hombre. Pero ese día desde ya marca toda la historia de todos los tiempos.

           Toda la historia está orientada hacia ese día y toda la historia debe estar preparada para vivir ese día. No sabemos si ese día será mañana o en 1.000 años. No lo sabemos y no tiene sentido tratar de saberlo. Nada mas insensato el querer adivinar ese día. Muchos leen la Biblia para calcular la fecha del día de la Parusía. Esto es insentato y blasfemo. Lo que nos exige Jesús no es calcular fechas, sino el estar preparados ‘siempre’.

           Las actitudes que nos pide Jesús para ese Día, son actitudes para todos los días. Una actitud es que "se nos nuble la mente", que se embote y se haga pesado nuestros corazones. El texto nos da 3 ejemplos de lo que podría nublar nuestra mente y hacer pesado nuestra corazón: el vicio, la bebida y las preocupaciones de la vida. La actitud positiva contraria es estar en vela y orando, para tener fuerzas en todo momento.

           Estas actitudes negativas o positivas, son dos maneras de vivir, son dos paradigmas de vida posibles. Vivir con la mente y el corazón nublados o vivir vigilantes y en oración. El texto nos urge a optar por uno u otro modelo de vida.

           Si uno está en vela y orando podrá "escapar de lo que está por venir". Lo que está por venir Jesús lo describe con ese terrible cataclismo cósmico (vv.25-26). Ya dijimos que ese cataclismo cósmico es símbolo del cataclismo social de todas las estructuras y poderes de opresión y muerte. También esta realidad nos urge a una opción. Dónde situarnos en este mundo, de qué lado y con quién.

           No importa si la parusía de Jesús es mañana, o en 1.000 o en 10.000 años. Lo importante en vivir de una determinada manera. Además, la parusía de Jesús se vive en cada instante: en la comunidad, en el encuentro con el pobre, en la construcción del reino de Dios. Hay miles de símbolos y sacramentos en la actualidad y a cada instante de la parusía del Hijo del hombre.

Juan Mateos

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           El último aviso de Jesús va dirigido hoy a nosotros: la Iglesia debe mantenerse sobria y despierta. La vida disoluta y la preocupación constante por el dinero ahogan el mensaje (Lc 8, 14) y no le permitiría instaurar el reinado de Dios (Lc 12, 31). El aviso es muy serio: "Andaos con cuidado" (v.34a). Es el mismo aviso que Jesús había hecho antes a los discípulos a propósito de los fariseos (Lc 12, 1), de los que causan escándalo (Lc 17, 3) y de los letrados (Lc 20, 46).

           La cuádruple repetición de esta advertencia muestra que el peligro es inminente. También a ellos "aquel día podría echárseles encima de improviso" (v.34b): Jesús habla del día en que el Hijo del hombre, que es él mismo, se manifestará con todo su esplendor, una vez hayan caído los opresores.

           Los discípulos deben pedir fuerza para mantenerse en pie ante la llegada del Hijo del hombre y deben prepararse desafiando la persecución y la muerte (vv.35-36). Si siguen identificados con la sociedad pecaminosa que se desmorona, correrán también ellos la misma suerte, y la llegada del Hijo del hombre no será para ellos señal de liberación (v.28), sino todo lo contrario, pues "caerá como un lazo" sobre ellos, igual que "sobre todos los que habitan la faz de la tierra" (v.35).

           Si el fin del mundo es para hoy, y si el Hijo del hombre ejerce su juicio en la historia, la exhortación a la vigilancia adquiere aún mayor peso. Así que "estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis de todo lo que está por venir".

           En el contexto del discurso, colocado inmediatamente antes de los relatos de la pasión y de la resurrección, esta fórmula designa con claridad la pasión del Hijo del hombre, en la que se verán complicados también los discípulos, lo quieran o no. Por tanto, esta exhortación va dirigida a animarlos en unos momentos en que se ven brutalmente situados ante el misterio de la cruz.

           Pero Lucas piensa también en sus lectores, en los de hoy y en los de mañana. Situados ante los misterios de la existencia, ¿no sentirán la tentación de abandonarlo todo? Será entonces cuando habrán de recordar que los tiempos del Reino se han cumplido ya, y que como decía Bossuet:

"Nuestras historias son un signo y un testimonio de una venida que los ilumina desde dentro, y que lo que a una mirada poco atenta puede parecer un otoño triste y siniestro, para el creyente está enraizado en la oración, como una primavera totalmente llena de la venida del Hijo del hombre".

Josep Rius

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           Jesús acaba de anunciar la "venida del Hijo del hombre sobre las nubes del cielo". Acaba de decir que "el reino de Dios está cerca", como lo está el verano cuando los árboles han brotado. Y para esta espera, continúa dando consejos a sus amigos: "Andaos con cuidado, para que no se os embote la mente ni el corazón".

           Después de los consejos de esperanza y de confianza, hay ahí uno de vigilancia: "No dejarse sorprender" por esas venidas de Jesús, sobre todo por la última. Permanecer ágil significa no embotarse y estar siempre dispuestos a partir, "para que no os entorpezcan la comida, ni la bebida, ni los agobios de la vida".

           Sabemos que un excesivo apego a los placeres, ¡entorpece la mente y el corazón! Cuando buscamos disfrutar con exceso de esta vida, nos olvidamos de "aquel día". Y aquel día "vendrá de improviso sobre nosotros, y como un lazo caerá sobre todos los que habitan la faz de la tierra".

           El día del juicio viene de improviso. Cada segundo muere alguien, y sobre toda la tierra mueren decenas de millares. No sé cuantos segundos me quedan.

           El juicio que cayó sobre Jerusalén debe servirnos de advertencia. Es el símbolo del juicio que caerá sobre la tierra entera. Por eso, nos alerta Jesús: "Velad pues, y orad en todo momento". Sí, Jesús, tú aconsejabas a tus amigos que no cesasen jamás de orar. Y san Pablo lo repetía a sus fieles (2Tes 1,11; Flp 1,4; Rm 1,10; Col 1,3; Flm, 4).

           Hay que repetirse a sí mismo esos consejos apremiantes de Jesús: esperanza, confianza, certeza, vigilancia, sobriedad, disponibilidad, oración... Puesto que nadie sabe la hora, y hay que "tener fuerza para escapar de todo lo que va a venir". Esta es la señal de que hay, de todos modos, algo temible, en "aquel día".

           Pero la confianza, el gozo, o la esperanza, no son sinónimos de seguridad engañosa. Hay que estar alerta, porque un peligro amenaza, y hay que estar a punto de escapar. Así podremos "estar en pie delante del Hijo del hombre".

           He aquí la última frase del último discurso de Jesús antes de su pasión: "Velad y orad, para presentaros con seguridad delante del Hijo del hombre". Jesús va a llegar pronto a su fin por el sufrimiento. Pero él se ve Hijo del hombre, glorioso viniendo de nuevo y "sentado a la diestra de Dios" (como dirá ante el Gran Sanedrín; Lc 22, 69). Será el Hijo del hombre quien tendrá la última palabra. Y si velamos y oramos, podremos presentarnos delante de él con seguridad.

Noel Quesson

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           Hoy, último día del tiempo ordinario, Jesús nos advierte con meridiana claridad sobre la suerte de nuestro paso por esta vida. Si nos empeñamos, obstinadamente, en vivir absortos por la inmediatez de los afanes de la vida, llegará el último día de nuestra existencia terrena tan de repente que la misma ceguera de nuestra glotonería nos impedirá reconocer al mismísimo Dios, que vendrá (porque aquí estamos de paso, ¿lo sabías?) para llevarnos a la intimidad de su Amor infinito.

           Será algo así como lo que le ocurre a un niño malcriado: tan entretenido está con sus juguetes, que al final olvida el cariño de sus padres y la compañía de sus amigos. Cuando se da cuenta, llora desconsolado por su inesperada soledad.

           El antídoto que nos ofrece Jesús es igualmente claro: "Estad en vela, pues, orando en todo tiempo" (v.36). Vigilar y orar, ése es el aviso que les dio a sus apóstoles la noche en que fue traicionado. La oración tiene un componente admirable de profecía, muchas veces olvidado en la predicación, es decir, de pasar del mero ver al mirar la cotidianeidad en su más profunda realidad.

           Como escribió Evagrio Póntico, "la vista es el mejor de todos los sentidos; la oración es la más divina de todas las virtudes". Los clásicos de la espiritualidad lo llaman "visión sobrenatural", o mirar con los ojos de Dios. O lo que es lo mismo, "conocer la verdad" de Dios, del mundo y de mí mismo. Los profetas fueron, no sólo los que predecían lo que iba a venir, sino también los que sabían interpretar el presente en su justa medida, alcance y densidad. Resultado: supieron reconducir la historia, con la ayuda de Dios.

           Tantas veces nos lamentamos de la situación del mundo. ¿Adónde iremos a parar?, decimos. Hoy es el último día del tiempo ordinario, y es día también de resoluciones definitivas. Quizás ya va siendo hora de que alguien más esté dispuesto a levantarse de su embriaguez de presente y se ponga manos a la obra de un futuro mejor. ¿Quieres ser tú? Pues ánimo, y que Dios te bendiga.

Homer Val

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           Escuchamos hoy la última recomendación de Jesús en su Discurso Escatológico, último consejo del año litúrgico, que enlazará con los primeros del Adviento: "Estad siempre despiertos". Pues lo contrario del estar despiertos es que se "nos embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero". Y el medio para mantener en tensión nuestra espera es la oración: "Pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir". La consigna final es corta y expresiva: "Manteneos en pie ante el Hijo del hombre".

           Todos necesitamos un despertador, porque tendemos a dormirnos, a caer en la pereza, bloqueados por las preocupaciones de esta vida, y no tenemos siempre desplegada la antena hacia los valores del espíritu.

           Estar de pie ante Cristo es estar en vela y en actitud de oración, mientras caminamos por este mundo y vamos realizando las mil tareas que nos encomienda la vida. No importa si la venida gloriosa de Jesús está próxima o no, pues para cada uno está siempre próxima, tanto pensando en nuestra muerte como en su venida diaria a nuestra existencia, en los sacramentos, en la eucaristía, en la persona del prójimo, en los pequeños o grandes hechos de la vida.

           Los cristianos tenemos memoria: miramos muchas veces al gran acontecimiento de hace 2.000 años, la vida y la pascua de Jesús. Tenemos un compromiso con el presente, porque lo vivimos con intensidad, dispuestos a llevar a cabo una gran tarea de evangelización y liberación. Pero tenemos también instinto profético, y miramos al futuro, la venida gloriosa del Señor y la plenitud de su Reino, que vamos construyendo animados por su Espíritu Santo.

           En la eucaristía se concentran las 3 direcciones, como nos dijo Pablo (1Cor 11, 26): "Cada vez que coméis este pan y bebéis este vino (momento privilegiado del hoy), proclamáis la muerte del Señor (el ayer de la Pascua) hasta que él venga (el mañana de la manifestación del Señor)". Por eso aclamamos en el momento central de la misa: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús".

José Aldazábal

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           Jesús, de muchos modos nos has dicho que no basta con hacer un acto de fe en un momento dado y confiar que ya estamos salvados. Vigilad sobre vosotros mismos, porque, aun siendo mis discípulos, a pesar de haber creído en mí y haberme seguido por algún tiempo, vuestros corazones se pueden ofuscar por los afanes de esta vida. Nadie sabe el día ni la hora en el que Dios le va a pedir cuentas, pues la muerte puede venir en cualquier momento. Por eso, he de estar siempre preparado, siempre en gracia.

           Jesús, tú me recuerdas que para estar siempre preparado, para mantenerme espiritualmente en forma, he de vigilar orando en todo tiempo. La oración es la manera práctica de ejercitar la fe, de modo que no languidezca con el tiempo, sino que se fortalezca y se traduzca cada día en obras de santidad. La oración misma es un acto de fe, porque al dirigirme a ti en el silencio de mi corazón te estoy mostrando que creo que estás a mi lado, que me ves, que me oyes: que me escuchas con atención, como una madre buena escucha a su hijo pequeño.

           Jesús, hoy se acaba el ciclo litúrgico. Mañana empieza un año nuevo en la Iglesia, con el primer domingo de adviento. He intentado acompañarte de cerca durante este año considerando cada día tus palabras e intentando hacerlas vida en mi vida ordinaria. He aprendido muchas cosas de ti.

           Gracias por haberte hecho hombre, por haberte hecho asequible a mi pobre inteligencia. Perdóname por tantas veces en las que no he estado a la altura de tus enseñanzas, y ayúdame a empezar el nuevo año con mayores deseos de santidad.

           Jesús, durante este año litúrgico he aprendido a quererte un poco más; he intentado hacer tu voluntad en cada momento y en cada actividad. También he aprendido que la Virgen María es la persona que ha sabido vivir más unida a ti, la llena de gracia, y por eso es mi mejor modelo para vivir cristianamente en mis circunstancias ordinarias. Además, ella es mi madre; y está pendiente de todo lo que necesito.

           La oración de María se nos revela en la aurora de la plenitud de los tiempos. Pues como dice el Catecismo de la Iglesia:

"Antes de la encarnación del Hijo de Dios, y antes de la efusión del Espíritu Santo, su oración coopera de manera única con el designio amoroso del Padre. En la anunciación, para la concepción de Cristo; en Pentecostés para la formación de la Iglesia, cuerpo de Cristo. En la fe de su humilde esclava, el don de Dios encuentra la acogida que esperaba desde el comienzo de los tiempos. La que el Omnipotente ha hecho "llena de gracias" responde con la ofrenda de todo su ser: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Fiat, ésta es la oración cristiana: ser todo de él, ya que él es todo nuestro" (CIC, 2617).

           Madre, que nunca pierda la paz y la alegría propias del que se sabe hijo de Dios y de tan buena madre. Tu Hijo Jesús me ha dicho que rece en todo tiempo para evitar todo tipo de males, especialmente la ofuscación del corazón. Cuando se alborote mi alma, ayúdame, madre: dame la paz y la alegría que llenó tu vida aun en medio de los sufrimientos, más grandes. Si rezo en todo tiempo, me sorprenderé de la eficacia de la oración. Porque la oración, especialmente la oración de la Virgen, es omnipotente.

Pablo Cardona

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           En nuestras vidas hay sorpresas que en realidad no lo son tanto. No debería sorprendernos que llegue así la cuenta mensual del teléfono, si hemos estado haciendo largas llamadas al exterior. Para quien se dedica a los estudios y no se ha dedicado responsablemente a ellos, es lógico que al llegar al examen "le sorprenda" lo difícil que es. ¡Era de esperar! Nosotros mismos preparamos y fraguamos estas sorpresas, que pueden resultar desagradables o negativas.

           Pero sucede lo mismo en sentido positivo. Quien cumple su trabajo con profesionalidad, es emprendedor y tiene iniciativa, está preparándose una buena sorpresa, que puede ser un ascenso de puesto, más prestaciones, etc. De nosotros depende, entonces, que muchas situaciones del futuro sean buenas o malas.

           Por eso, el Señor nos recomienda vigilar y orar; estar activos, construyendo nuestras vidas. Vigilar y orar para descubrir si estamos aprovechando al máximo el tiempo presente, ¡no vaya a ser que nos estemos preparando una sorpresa desagradable para el futuro!

Ignacio Sarre

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           Se nos acaba el año, y ¿cómo nos encuentra Dios? Lo dice Jesús: "Que no se te embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero, y se te eche encima de repente aquel día. Permanece siempre despierto, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, y mantente en pie ante el Hijo del hombre".

           ¡Qué mensaje más bonito en el último día del año litúrgico para saborearlo en la memoria de María en sábado! Que no se nos embote la mente con preocupaciones absurdas. Que estemos bien despejados, despiertos de tanto susurro que amortaja el alma en la superficialidad y el desencanto.

           En pié, alerta, firmes ante Jesús el Cristo de nuestra fe. Sin bostezos ni lágrimas de aburrimiento en los ojillos. Y si no lo puedes evitar, pide fuerza para escapar de lo que está por venir, eso que puede arruinar todo cuanto has hecho hasta ahora y agota el último aceite de la alcuza. No se puede bajar la guardia porque el partido termina cuando pita el árbitro. Todo el tiempo de juego es tiempo de salvación.

           Hermano, hemos de pasar por la purificación para llegar al lugar donde no hay ni habrá ya nada maldito. Lo maldito se pega a nuestros huesos con suma facilidad y hay que ejercitarse en la ascesis de antaño para rejuvenecer, de lo contrario, no dejaremos la noche y necesitaremos luz de lámpara o del sol, luceros de poca monta comparados con la luz que irradia el Señor Dios.

           Mirad que el Señor está para llegar. Dichoso quien tiene presente el mensaje profético. Esperad, postrados en tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

Miguel Angel Niño

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           El pasaje de hoy es complemento de la lectura de ayer, y nos viene a decir que si no nos embotamos en el vicio, y si dejamos un resquicio a la gracia, Dios estará misericordioso con nosotros en su 2º advenimiento.

           El Señor del Reino será el que nos enseñe a vivir sin embotamiento de la mente con vicios nefandos, sin la ceguera que produce el vino de las pasiones y drogas, sin apetito desordenado de posesiones que anulan la personalidad de cualquier hombre en su convivencia, solidaridad, gratuidad, servicio y amor.

           El evangelio de hoy está en esa tónica: estar despiertos pero no angustiados; atentos pero no desesperados; vigilantes del peligro pero no obsesionados con él. Y sobre todo: orar. Dejar de orar ya es perder.

           Necesitamos de la oración para que nuestros ojos vean como Dios ve. Necesitamos de la oración para que nuestras fuerzas no sean sólo las nuestras, sino las de Él, que es el único que conoce la magnitud, dirección y perversidad de lo que tendremos que sufrir.

           Necesitamos de la oración porque ninguna previsión será perfecta y ningún razonamiento podrá deducir cuándo es aquel día y aquella hora. Necesitamos de la oración, en fin, porque ¿qué podrán temer los que han de comparecer ante el mismo que les concedió orar con fe, con esperanza y con amor?

           Hemos de velar y hacer oración para poder comparecer seguros ante el Hijo del hombre. Hay muchas cosas que pueden hacernos perder de vista a Dios y hacernos errar el camino que nos conduce a él. Nadie está libre de una diversidad de tentaciones que nos invitan a poner sólo nuestra mirada, nuestra seguridad y confianza, en lo pasajero.

           Cierto que necesitamos de muchas cosas temporales para vivir con dignidad; pero no podemos entregarles nuestro corazón, sino saberlas, no sólo utilizar, sino emplearlas incluso para hacer el bien a quienes carecen de lo necesario para sobrevivir. Sin embargo, este desapego de lo temporal y el ponernos en marcha, cargado nuestra propia cruz, tras las huellas de Cristo, no es obra del hombre, sino la obra de Dios en el hombre.

           Por eso, a la par que hemos de estar vigilantes para no dejarnos sorprender por las tentaciones, ni deslumbrar por lo pasajero, hemos de orar pidiendo al Señor su gracia y la asistencia de su Espíritu Santo para que podamos caminar en el bien, con los pies en la tierra y la mirada puesta en el Señor.

           No vivamos esclavos de aquello que, siendo útil, no merece ser elevado a la categoría de Dios. Aprendamos a utilizar los bienes de la tierra, sin perder de vista los bienes del cielo. Entonces podremos, al final de nuestra vida, comparecer seguros ante el Hijo del hombre, pues iremos, no como derrotados por la maldad, sino como aquellos que disfrutan la victoria de Cristo, que nos hace caminar y vivir en el amor.

           Mañana será el Domingo I de Adviento, y en la palabra de Dios resonará la llamada a empezar vida nueva, como resucitando de las cenizas de nuestras dudas, pecados, infidelidades. ¿Será todo nuevo de verdad en nuestras conciencias? Ayúdanos, Señor, a que tu palabra sea espíritu y vida. Dispón nuestro corazón para que sea morada tuya. Persuádenos de que hacer el bien es nuestra felicidad.

Dominicos de Madrid

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           Las enseñanzas de Jesús sobre el fin de los tiempos pueden ser resumidas en 2 puntos: su carácter imprevisto y su universalidad. Y frente a la curiosidad sobre la determinación de los plazos del fin, la 1ª característica nos coloca ante la tarea de situar en el marco del querer divino la totalidad de la propia vida.

           La universalidad del Juicio Final, por su parte, nos conduce hacia el mismo término, ya que ese querer divino sobre el mundo y la historia de los hombres puede suscitar en nosotros una actitud responsable frente a todos los acontecimientos que afectan a nuestra vida en todos los momentos en que se desarrolla.

           La responsabilidad que brota de esta condición del juicio divino exige una lucidez de comprensión y una actuación práctica coherente con ella. Están excluidas de ella el desaliento y la desconfianza en la fuerza de Dios, necesaria para enfrentar nuestra tarea, y una vida de banalidad que haga disminuir nuestra capacidad de actuación frente a los sucesos que nos sobrevienen.

           La actitud exigida por Jesús puede ser denominada como vigilancia. Y esta vigilancia que se nos exige está íntimamente ligada a la práctica de la justicia en la relación con nuestros semejantes, y es condición necesaria para enfrentar ese juicio imprevisto y universal.

           Dentro de esta actitud de vigilancia, asume un lugar privilegiado la práctica de la oración. Ella nos da la fuerza para descubrir en los acontecimientos la mayor o menor presencia de la justicia y nos da fuerzas para ser constantes en la búsqueda de ella, ligada íntimamente al interés primordial de Dios para las relaciones entre los hombres.

Confederación Internacional Claretiana

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           El sistema vigente tiene muchos medios para atrapar a las personas en sus interminables juegos de manipulación. En la época de Jesús el alcoholismo, el afán de riqueza, la prostitución y los juegos de azar eran las grandes distracciones. El pueblo judío era muy celoso de sus leyes religiosas que no le permitían lo anterior, pero sucumbía ante las influencias de las culturas foráneas centradas en el culto al poder y el placer.

           Posteriormente las comunidades primitivas, tuvieron que definir parámetros muy claros ante los vicios que propagaban las culturas grecorromanas. Estas tenían grandes valores, pero a la vez difundían una moral muy relajada.

           El evangelio de hoy pone en boca de Jesús un conjunto de advertencias que tratan de contrarrestar el efecto de los vicios que amenazaban la integridad de la comunidad. No se trata de una prédica moralista, sino de una llamada hacia una actitud ética consciente y responsable.

           El ser humano no puede ser libre si permanece atado a los vicios que le impone la cultura. El cristiano no puede estar atento a la presencia de su Señor si está envuelto en el marasmo de los antivalores que la sociedad promueve como ideal de vida. El cristiano necesita estar libre y despierto ante la realidad para dar una respuesta eficaz ante ella.

           Por estas razones, el cristiano necesita cultivar una actitud orante que le permita estar despierto ante la realidad y descubrir los signos de los tiempos. La actitud ética del cristiano está encaminada a permitir una acción transparente de Dios en la humanidad. Pero, el cristiano debe cuidarse de no convertirse en juez de sus hermanos y congéneres, pues la actitud ética no está orientada al perfeccionismo moral sino al testimonio de Cristo.

           Para que esto sea posible, el cristiano debe actuar y madurar en comunidad. Su Iglesia es el referente de su acción. A ella debe acudir cuando duda o titubea, cuando pierde el rumbo o se confunde ante la ola ideológica que mantiene el sistema vigente. La actitud ética del cristiano es un compromiso personal vivido en comunidad.

Servicio Bíblico Latinoamericano