25 de Noviembre

Viernes XXXIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 25 noviembre 2022

a) Ap 20, 1-4.11; 21, 2

           Narra hoy el libro del Apocalipsis el momento en que el juicio de Dios arroja al abismo al dragón, a la serpiente antigua y al diablo. En efecto, el juicio final de Dios comienza así, por el aniquilamiento del mal.

           En 1º lugar, describe Juan el lugar de la escena o audiencia judicial: "Vi un gran trono blanco". Y junto a esa sede de Dios, describe al juez, los documentos y a los acusados. El cuadro es solemne, pues la vida humana está en juego y no a forma de simulacro. De hecho, Dios ha hecho responsables a todos los seres humanos, y los considera como tales. La cosa, por tanto, es seria, y el mismo Dios se atendrá a ello.

           El juicio de Dios comienza diciendo que "los muertos serán juzgados conforme a sus obras, y según lo escrito en los libros". Por lo visto, todo lo que los humanos hacen diariamente es escrito en el libro de Dios. El símbolo está claro, y la eternidad sólo será prolongación de esta vida actual, sin arbitrariedad alguna.

           La condenación (o la salvación), por tanto, no es fruto de la fantasía injusta de Dios, sino que es algo que se va escribiendo (que cada uno va escribiendo) en esta propia vida, página a página y acción a acción. O para decirlo de otra forma, todos nuestros gestos, y nuestras palabras, y nuestros compromisos, y nuestros rechazos de hoy, se están escribiendo en el libro de Dios.

           Señor, todo esto ¡me espanta!, porque conozco bien la pobreza y los pecados de mi vida, y ante tu santa mirada es más patente mi pecado. Pero creo también que, en tu gran libro, se escribe también mi arrepentimiento, y la demanda humilde de perdón que hoy te hago. Ten piedad, Señor.

           Tras el juicio divino y destrucción del mal, el vidente Juan vio "un cielo nuevo y una tierra nueva". Y repito lo de nuevo y nueva, pues se trata de la idea de lo nuevo: un vestido nuevo, una casa nueva, un nuevo hijo, un nuevo amor, un disco nuevo, un coche nuevo... y un objeto nuevo que he estado esperando mucho tiempo y que ¡aquí está!

           Dios prepara, por tanto, un cielo nuevo, una tierra nueva y una creación nueva. Es verdad que para Dios la creación no está en el pasado, pero también es verdad que está al final de una historia de esfuerzo. Y la humanidad camina hacia esa novedad y hacia esa juventud. Gracias, Señor.

           Se trata de "la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios". La ciudad nueva, el nuevo estilo de relación entre los hombres, es un don que "viene de lo alto". Y venía "engalanada, como una novia". Se trata de una de las más bellas imágenes de la Biblia, que nos habla de la nueva humanidad como:

-una novia, símbolo de belleza, de juventud, de amor, de frescor, de felicidad;
-ataviada, cuidando su presentación, su atavío;
-para su esposo, porque ama y es amada.

           Así ve Dios a la humanidad en su estado final: una humanidad desposada con Dios, unida a Dios, introducida por Dios en su propia familia y en su intimidad. No, apocalipsis no es sinónimo de catástrofe, sino de una revelación dichosa, sobre cómo ve Dios el fin del mundo y el fin de cada ser humano.

Noel Quesson

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           Como punto culminante de una larga secuencia apocalíptica, llega hoy el momento del juicio final y del aniquilamiento definitivo de las fuerzas satánicas, por parte de Dios. Es verdad que el origen de las narraciones (un juicio mesiánico, seguido de un tiempo de paz, y previo al juicio final y al reino eterno de Dios) ya estaba presente en el judaísmo del s. I, pero también que Juan disminuye la importancia del binomio juicio-reinado temporales (vv.4-6), reduciéndolo a mera anticipación del juicio y reinado escatológicos (vv.11-15).

           Después de la caída de ayer de la ciudad perseguidora ("la gran Babilonia"), perteneciente a los reyes de la tierra, hoy es el mismo Satanás ("el dragón") el que es castigado, en 3 momentos sucesivos.

           En 1º lugar, el seductor es encerrado en el abismo por un tiempo limitado (1.000 años), aunque conservando todavía cierto poder. En un 2º momento, el diablo es arrojado al infierno, donde es atormentado eternamente (tras haber sido desatado por un ángel de la prisión, y habérsele dado una última oportunidad, que él aprovecha para perseguir al pueblo escogido). En 3º lugar, las fuerzas satánicas son exterminadas por el fuego divino.

           La cautividad milenaria del diablo corresponde al reinado (también milenario) de Cristo y de sus elegidos, y está en función de éste. Los que han muerto para testimoniar a Jesús, los mártires, viven ya desde ahora la bienaventuranza y la felicidad del Resucitado y participan de su dominio regio, como primicias y consuelo de los cristianos todavía perseguidos. Rodeando al Cordero, se sientan en los tronos, resucitados y victoriosos.

           Esta interpretación del reinado de Cristo excluye las doctrinas que han querido ver en los mil años una época histórica determinada, olvidando el uso simbólico que hace el Apocalipsis de las cifras e incluso de los hechos históricos.

           En la visión paralela, la del juicio final, los tronos desaparecen y queda sólo el trono blanco majestuoso, ocupado por Dios, dominando la escena. Tierra y cielo (el mundo presente) huyen ante él. El Señor todopoderoso hace público su designio sobre los muertos que han vuelto a la vida, cuyas obras son juzgadas. El dueño de la vida y de la muerte revela las cosas escondidas desde el principio.

           Notemos que el juicio divino está siempre ordenado a la salvación, pero que los hombres en cierta manera ya lo llevan a cabo a través de su actitud respecto a Cristo (confesar a Cristo es la piedra de toque de toda opción humana). Es decir, en el destino juegan 2 fuerzas: la elección de Dios ("todo el que no estaba escrito en el registro de los vivos"; v.15) y la libertad humana ("según sus obras"; v.12).

           Finalmente, la muerte es arrojada, impotente, al infierno. Su desaparición es el signo más fehaciente de que este mundo ha pasado. Su destino es idéntico al de Satanás y al de los condenados: los cielos nuevos y la tierra nueva rezuman por todas partes la presencia del Dios de la vida.

Armand Puig

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           Hoy Juan nos habla de la su visión victoriosa sobre el mal: "Vi un ángel que bajaba del cielo llevando la llave del abismo y una cadena. Encadenó y encerró en el abismo a Satanás por mil años". Ve a los vencedores, las almas de los decapitados "por el testimonio de Jesús y el mensaje de Dios", y cómo éstos "volvieron a la vida y reinaron con Cristo mil años".

           Y contempla Juan el futuro de la humanidad, en un nuevo cielo y una tierra nueva: "Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo". Juan sabe que solos somos mendigos, y en comunidad alcanzamos la gloria. Juntos, como hermanos, vamos a la casa del Señor. Él es nuestra alegría.

           Te invito a dejar resonar en tu interior las palabras del Salmo 83, para gozar la dicha de quien mora en la casa de Dios y desea sea casa para todos:

"Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor. Si hasta el gorrión ha encontrado una casa y la golondrina un nido, ¿cómo no va a tener un sitio en tu casa mi alma? Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre".

           A nosotros nos toca interpretar los signos de la llegada del reino de Dios. El cielo y la tierra nueva nos implica a todos, pero es fruto de la obra de Dios y a nosotros nos toca interpretar los signos de su llegada.

Miguel Gallart

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           En el Apocalipsis se nos presenta hoy la derrota del mal a través de 4 etapas sucesivas: 1º la caída de la gran Babilonia, 2º la 1ª derrota del mal (simbolizado por el diablo o Satanás, que es encadenado por un período de 1.000 años), 3º una 2ª derrota del mal (ahora para siempre, y no ya por la lucha de los justos, sino por el poder de Dios) y 4º el advenimiento del reino de Dios, la Nueva Jerusalén.

           El texto de hoy se sitúa en la 1ª derrota del mal, cuando el diablo es encadenado por 1.000 años. La gran Babilonia ha caído, y el demonio ha sido derrotado y atado. Sin embargo, queda la raíz del mal, que sólo puede ser arrancada por la acción purificadora de Dios. Sólo entonces se produce el juicio final, el triunfo final de Dios y de quienes tienen su nombre en la frente.

           El juicio es entonces entregado a los mártires, a quienes resistieron hasta la muerte y no adoraron a la bestia ni a su imagen, ni aceptaron la marca en su frente, ni sucumbieron a sus seducciones (del poder y del placer). Los muertos también serán juzgados según sus obras, y quienes no aparezcan inscritos en el libro de la vida serán arrojados al lago de fuego, en el cual desaparecen para siempre. Se cumple así la promesa hecha por boca de Isaías (Is 65, 17), el de una nueva humanidad contemplada. 

           Tras lo cual, el apóstol Juan vio "un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron". Es decir, vio algo nuevo, que rechaza la idea de una vuelta nostálgica al pasado (al paraíso perdido) y apunta a la Nueva Jerusalén, el reino de Dios construido con una humanidad que ha caminado por la historia cayendo, levantándose y avanzando. La alianza entre Dios y la humanidad se consuma en las bodas místicas del Creador con la creación entera.

Luis de las Heras

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           Nos dice hoy Juan que todo lo que vemos llegará a su final, y que en ese final cada uno será juzgado conforme a sus obras. En aquel día final, Satanás será vencido, al igual que la muerte. Y junto con ellos serán arrojados de la presencia de Dios todos los que obraron el mal. En cambio, el que haya perseverado hasta el final recibirá la corona de la vida, siendo parte de la novia que se desposará con el Cordero inmaculado, para permanecer eternamente con él en la gloria del Padre.

           El Señor nos quiere como fieles testigos suyos, a pesar de las persecuciones o burlas de los demás. El Señor nos ha invitado a vivir de su Palabra a través de la propia vida, y nos ha convertido en un evangelio viviente del Padre. Así que no podemos llamarnos hijos de Dios si todavía llevamos la marca del pecado en el corazón. Si somos de Dios, dejémonos sellar por el Espíritu Santo, de tal forma que su presencia esté viva dentro de nosotros. Ésa será nuestra marca para entrar en la vida eterna.

           Arrojemos al abismo, por tanto, al dragón de nuestra soberbia, para que no pueda extraviarnos antes que se cumplan los 1.000 años que necesitamos para entender este misterio, donde el mar "entregará a sus muertos" y éstos volverán a la vida para reinar con Cristo. Dicha muerte se refiere a los que han muerto por el testimonio de Jesús, así que muramos con él.

           Anhelemos ver ese cielo nuevo y tierra nueva, cuando este 1º cielo y 1ª tierra pasen y el mar ya no exista. Anhelemos ver la ciudad santa, la Nueva Jerusalén, que "descenderá del cielo, enviada por Dios y arreglada como una novia que se adorna para su esposo".

Javier Soteras

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           El Apocalipsis no cesa de asombrarnos, y cada capítulo y cada página desenvuelven nuevas imágenes y recursos descriptivos que, aunque ya presentes en el conjunto de la Escritura, aquí adquieren un tono especialmente enérgico y majestuoso. He aquí una escena portentosa: un ángel encadena a Satanás por 1.000 años, antes de que quede en libertad por un breve espacio tiempo (el último), y sea definitivamente condenado al abismo.

           Los estudiosos de la Biblia intentan encontrar un sentido a esa cifra de 1.000 años. En general, hoy podemos hablar de un consenso en un punto: no se trata de 1.000 vueltas de la tierra alrededor del sol, y la Escritura no está hablando del año 1.000, ni del año 1.100. Ni seguramente alude a una cifra que tengamos que empezar a contar a partir de algún:

-gran acontecimiento,
-que equivaldría a la caída de una Babilonia.

           El diablo encadenado no es un pobre diablo, y la Biblia tampoco dice que en ese espacio de 1.00 años esté inactivo, sino que "está encadenado", dando a entender que su poder no es ilimitado, y se restringe al mandato particular de quien le encadena, que es Dios.

           En concreto, esto se traduce en que el demonio enturbia la situación pero no puede cambiarla, ni lograr su objetivo de extinguir la Palabra de Cristo. Eso sí, por lo menos la entorpece, y muchas veces malogra muchas obras maravillosas de la gracia.

           Cuando termine ese tiempo del encadenamiento, que será al final de los tiempos, sí que habrá cierto tipo de confrontación inédita, algo para nosotros desconocido y que reclamará una gracia singular, como puede entenderse de las palabras que dijo el Señor Jesús: "Si aquellos días no fueran acortados, nadie se salvaría; pero por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados" (Mt 24, 22). Esto indicaría un tipo de combate espiritual que rebasa lo que podemos imaginar.

           No podemos pasar por alto un versículo elocuente del pasaje apocalíptico: "Vi unos tronos, y a los que se sentaron en ellos se les dio poder para juzgar, y reinaron con Cristo mil años" (Ap 20, 4). Es decir, que los que murieron por Cristo serán vivificados por Cristo, y juzgarán a sus opresores e incluso ¡reinarán!

           Ponderemos lo que esto significa, porque antiguamente Dios había dicho: "Yo soy el Señor, y mi gloria a otro no daré" (Is 42, 8). ¡Y ahora vemos a criaturas humanas que juzgan y reinan! No obstante, no busquemos la contradicción, porque dicha gracia (la de reinar) no consiste en una declaración externa de poderío, sino en una transformación radical de nuestro ser (la de pasar de pecadores a reyes).

Nelson Medina

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           Siguen sucediéndose en el Apocalipsis las visiones enigmáticas y llenas de fantasía, y hoy vemos que el dragón (que es "la antigua serpiente, el diablo o Satanás") es arrojado al abismo, tras lo cual estará "suelto por un poco de tiempo". Pero sigamos analizando esas visiones, que hoy nos hablan de 1.000 años, de juicio, de reinado y del archivo de Dios.

           No sabemos qué significan los "mil años" en que reinará Cristo con los suyos. Pero sí parece claro que el juicio va a ser serio y universal, por parte del que está "sentado en el gran trono blanco". Cada uno será juzgado "según sus obras", y dichas obras están "escritas en los libros" de Dios.

           Los que han sido seguidores del Maligno serán "arrojados al lago de fuego, junto con la muerte y el abismo". Pero los que han dado testimonio de Jesús, y "no han rendido homenaje a la bestia y a su imagen y no llevan su señal", pasarán a la vida, formando parte del "cielo nuevo y la tierra nueva, la ciudad santa, la nueva Jerusalén", a la que Juan contempla como "enviada de Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo".

           Esto tendrá lugar tras la sentencia final, que sucederá tras la gran batalla entre el bien y el mal. Ha llegado el tiempo de separar el trigo de la cizaña.

           Los números (1.000 años) no son importantes, pues el mismo Pedro dice en una de sus cartas que, "ante el Señor, un día es como mil años, y mil años como un día" (2Pe 3, 8). Lo decisivo es que el juicio será sobre si hemos sido fieles y no nos hemos dejado contaminar por la corrupción del mal, ni hemos apostatado de nuestra fe por las mil tentaciones del maligno. Y que nos espera el gran triunfo en los cielos nuevos, como Iglesia festiva del Señor.

           Nuestro destino es la Nueva Jerusalén, si hemos sabido luchar y vencer (con la ayuda de Cristo) al mal. Ojalá se cumpla en nosotros la visión optimista del salmo responsorial de hoy: "Ésta es la morada de Dios con los hombres. Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor. Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre".

José Aldazábal

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           El libro del Apocalipsis va llegando a su fin, y hoy describe el juicio a los testigos de Dios y a sus verdugos. Los muertos por "no adorar a la bestia" reinarán 1.000 años sobre la tierra, mientras que quienes "no se hallaban inscritos en el libro de la vida" serán arrojados al lago de fuego.

           Dos pensamientos muy típicos surgen aquí, de esta literatura apocalíptica: el milenarismo y la predestinación. Sin embargo, el juicio se decide fundamentalmente por las obras, que quedan evidentes en este momento de revelación.

           Toda la escena es de gran tensión y expectativa, y pareciera que el tiempo del castigo ha llegado y que nada queda en pie. Sin embargo, lo que perdura (lo que resistirá a la "cólera de Dios") son las obras de los justos y la actitud de no haber adorado a la bestia. Es decir, la vida coherente, como podríamos decir hoy, pues la fe se demuestra en las obras.

           En definitiva, la vida creyente se demuestra en arriesgarse y enfrentarse al poder idolatrizado, prefiriendo morir antes que dejar de rendir culto solamente a Dios, o dejar de vivir el evangelio.

           La historia culmina en "un cielo nuevo y una tierra nueva". Es decir, en una total novedad de la creación. Todo es nuevo, todo está redimido, todo es puro y bueno. Ya no habrá más criaturas contaminadas, ni deformaciones de la naturaleza, porque ahora todo es nuevo.

           Pero no queda aquí la cosa, pues tras esa nueva creación Dios se casará con su pueblo y lo recibirá en su alcoba. Y ese pueblo buscador de felicidad habrá encontrado por fin al amado del Cantar de los Cantares. ¿Podemos dejar de soñar y emocionarnos pensando en este momento? ¿No nos mueve la fe a creer que todo esto puede ser posible?

           Ante esta imagen, no queda otra cosa que esperar que así suceda, porque nada de lo que vemos parece que esté llevando hacia ese final. Al contrario, los mercaderes de este tiempo parecen estar por encima de cualquier amenaza, nuestro hogar (la tierra) se ha transformado en un gran basurero, y Dios parece que está lejos de nosotros. Frente a la palabra de Dios del Apocalipsis, y frente a la situación de vida, sólo nos queda creer, simple y crudamente, lo que Dios promete.

Dominicos de Madrid

b) Lc 21, 29-33

           Sigue hoy el Discurso Escatológico de Jesús. Conviene ver la estructura de todo el discurso, que ya dimos, para no perdernos. El texto de hoy responde al cuándo sucederán todas estas cosas, y hace una distinción entre la cercanía del reino de Dios (texto de hoy; vv.29-33) y el venidero día del Hijo del hombre (texto de mañana; vv.34-36). La respuesta al cuándo es diferente, pues, si se trata de la cercanía de Reino, o si se trata del día del Hijo del hombre. No hay que confundir.

           La cercanía del reino de Dios no significa que sea algo repentino e inesperado, sino un proceso histórico que se da a lo largo del tiempo presente. Y es necesario, por ello, descubrir los signos de su llegada. Jesús utiliza la imagen de la higuera, que cuando echan brotes anuncia la "cercanía del verano". Igualmente, podemos discernir los signos que anuncian la llegada del reino de Dios, a través de los signos de los tiempos, en este caso signos de "la llegada del reino de Dios".

           La frase del v. 32 es desconcertante: "Antes que pase esta generación, todo se cumplirá". "Esta generación" puede aludir a la generación posterior a la resurrección de Jesús, y anterior de la parusía. También puede tener un sentido no cronológico sino teológico, de la generación de los que viven la cercanía del reino de Dios.

           El Apocalipsis de Juan nos dice claramente que, cuando Jesús se manifieste, resucitarán los mártires y reinarán 1.000 años con Jesús (Ap 20, 1-6). Se trata de la realización sobre la tierra del reino de Dios, 1.000 años antes del Juicio Final. No obstante, el nº 1.000 es simbólico, mientras que la realización de ese Reino es real e histórica (sin perder su trascendencia, por estar más allá de la muerte de los mártires y mas allá de la parusía de Jesús).

           Ahora bien, dicha realización del reino de Dios puede ser desde ahora adelantada, y plenificada cada vez que vivimos de ese Reino en el hoy de la historia. Hay miles de acciones y testimonios donde ya vamos adelantando el Reino. Esa el la generación de los mártires, que ya desde hoy descubren la cercanía del Reino y tratan de vivirla en el presente. Lo que se nos exige es estar atentos a los signos de los tiempos, en los que se hace visible esa cercanía del reino de Dios. Una actitud permanente de discernimiento.

Juan Mateos

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           Con la Parábola de la Higuera (vv.29-30), Jesús instruye a los discípulos sobre el cuándo que tanto les preocupaba (v.7). La Caída de Jerusalén (v.31) no significaría en modo alguno la restauración de Israel, sino el inicio del reinado universal de Dios. En ese momento caerán todas las barreras enemigas.

           Después del aparente fracaso del Mesías, los discípulos irán comprendiendo (no sin resistirse) que Jesús les hablaba de un nuevo orden de cosas. La destrucción de Jerusalén y la entrada de los paganos acaecerán dentro de la generación contemporánea de Jesús. La presencia y la incidencia de las comunidades cristianas en el mundo son testimonio de que sus palabras siguen teniendo vigencia (vv.32-33).

           Sobre "esta generación" (Mt 24, 34), Jesús estaría aludiendo, según San Jerónimo, "a todo el género humano". Según otros, estaría aludiendo al pueblo judío, y según otros a los contemporáneos de Jesús (que verían cumplirse esta profecía en la destrucción de la ciudad santa).

           Fillion, considerando que en este discurso Jesús se refiere a la destrucción de Jerusalén y a los tiempos de su 2ª venida, aplica "esta generación" a los hombres que debían ser testigos de la ruina de Jerusalén y del templo, y en 2º lugar a la generación que "ha de asistir a los últimos acontecimientos históricos del mundo" (es decir, a la que presencie las señales aquí anunciadas).

           Según otra bien fundada interpretación, que no impide la precedente, "esta generación" es la de fariseos, escribas y doctores, a quienes el Señor acaba de dirigirse con esas mismas palabras en su gran discurso del capítulo anterior.

           Un notable estudio sobre este pasaje, publicado por lo Estudios Bíblicos de Madrid, ha observado que "el Discurso Escatológico no tiene sino un solo tema central: la Parusía de Jesús. Y que "la respuesta del Señor (Lc 21,8; Mc 13,5) y la demanda de los apóstoles (Mt 24, 4) certifican que la intención de la pregunta y de la respuesta era la Parusía soñada.

           Y si el cuándo se refiere directamente a la Parusía, en la Parábola de la Higuera se nos dice todo lo anterior a la Parusía, y alude a la cercanía del triunfo definitivo del Reino, y la expresión "todo esto" significa todo lo descrito antes de la Parusía.

           Luego el triunfo del evangelio encontrará "toda clase de obstáculos y persecuciones directas o indirectas", pues "esta generación" alude a los que se oponen al evangelio del Reino (igual que en el AT había gente que se oponía a los planes de Dios).

           De todo lo cual parece deducirse que la expresión "esta generación" es una apelación hecha para designar una colectividad enemiga, opuesta a los planes del Espíritu de Dios, que inicia la guerra al evangelio ya desde sus comienzos (Mt 11,12; 23,23; Lc 16,16; Jn 9,22.34.35). Se trataría del semen diaboli (Gn 3, 15), en su lucha con el semen promissum (Gn 3, 15)".

Josep Rius

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           Jesús acaba de anunciar el «fin de Jerusalén» y, simbólicamente o realmente, el «fin del mundo»... sus venidas al mundo eran el presagio de su venida definitiva. Su gran preocupación es tratar de evitar a sus apóstoles toda angustia y pánico: "Cuando empiece a suceder esto poneos derechos y alzad la cabeza".

           La Iglesia anda «encorvada» bajo el peso de las pruebas y de las persecuciones, Jesús le pide de enderezarse, de alzar la cabeza. Lo que, para mucha gente, aparece como una destrucción y un juicio terribles, para los creyentes, por el contrario, debe aparecer como el comienzo de la salvación, "porque vuestra redención está cerca".

           Hay una palabra, que es utilizada por Pablo (Col 1,14.30; Rm 3,24; 8,23) y por ninguno de los evangelistas, y que es la palabra redención (procedente del latín redemptio, pero que en su original versión griega decía apolutrosis, lit. liberación). Es decir, "vuestra liberación está cerca".

           Y les puso Jesús una comparación, para que entendieran: "Fijaos en la higuera o en cualquier otro árbol: Cuando echan brotes, os basta verlos, para saber que el verano ya está cerca".

           Me agrada esa comparación. Un árbol en primavera. ¿Qué hay de más hermoso? ¿de más prometedor? Me imagino una higuera o un manzano lleno de brotes tiernos. Después del invierno es una promesa del verano. Guardo unos momentos esta imagen en mi imaginación. Para Jesús la cercanía del «fin» es un acercarse a la primavera.

           Pero mientras no llega la primavera, el verano está cerca, y la Pasión empezará dentro de unos días (Lucas 22). Cuando esos sucesos anunciadores del fin de Jerusalén, del fin del mundo, de vuestro fin personal... comenzarán, ¡enderezaos, levantad la cabeza, porque vuestra liberación está cerca, viene el verano!

           Del mismo modo, también vosotros, "cuando veáis que suceden todas estas cosas, sabed que el reino de Dios está cerca". Porque «los hombres se morirán de miedo en el temor de las desgracias que sobrevendrán en el mundo». Es decir, vosotros: "Enderezaos, porque el Reino de Dios está cerca!».

           Como se ve, Jesús da a sus amigos unas imágenes de la muerte... y del fin del mundo. De otra parte distingue netamente a los creyentes de los demás hombres que están espantados. Y más que contestar a la pregunta de sus amigos sobre la fecha de la destrucción del Templo, Jesús les indica las actitudes que deben tomar. "De lo que estáis contemplando, días vendrán en los que no quedará piedra sobre piedra".

           Es decir, ellos preguntaron ¿cuándo sucederá?, y Jesús les contesta que "cuando esto suceda, enderezaos". La primera actitud ante los anuncios escatológicos, es la esperanza. Porque "el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán".

           Pero la segunda actitud, es la confianza, o certeza de que Dios no puede fracasar, que las palabras divinas son sólidas, no son frágiles, ni caducas. En el día de hoy, ¿dan los cristianos testimonio de esa seguridad tranquila de la que Jesús daba prueba, pocos días antes de su muerte? ¡Señor, danos una fe más sólida!

Noel Quesson

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           Jesús toma una comparación de la vida del campo para que sus oyentes entiendan la dinámica de los tiempos futuros: cuando la higuera empieza a echar brotes, sabemos que la primavera está cercana.

           Así, los que estén atentos comprenderán a su tiempo "que está cerca el Reino de Dios", porque sabrán interpretar los signos de los tiempos. Algunas de las cosas que anunciaba Jesús, como la ruina de Jerusalén, sucederán en la presente generación. Otras, mucho más tarde. Pero "sus palabras no pasarán".

           Jesús inauguró ya hace dos mil años el Reino de Dios. Pero todavía está madurando, y no ha alcanzado su plenitud. Eso nos lo ha encomendado a nosotros, a su Iglesia, animada en todo momento por el Espíritu. Como el árbol tiene savia interior, y recibe de la tierra su alimento, y produce a su tiempo brotes y luego hojas y flores y frutos, así la historia que Cristo inició.

           No hace falta que pensemos en la inminencia del fin del mundo. Estamos continuamente creciendo, caminando hacia delante. Cayó Jerusalén. Luego cayó Roma. Más tarde otros muchos imperios e ideologías. Pero la comunidad de Jesús, generación tras generación, estamos intentando transmitir al mundo sus valores, evangelizarlo, para que el árbol dé frutos y la salvación alcance a todos.

           Permanezcamos vigilantes. En el Adviento, que empezamos mañana por la tarde, en vísperas del primer domingo, se nos exhortará a que estemos atentos a la venida del Señor a nuestra historia. Porque cada momento de nuestra vida es un kairós, un tiempo de gracia y de encuentro con el Dios que nos salva.

José Aldazábal

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           A punto de concluir el ciclo litúrgico, leemos en el Evangelio de hoy esta expresión del Señor: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (v.33). Permanecerán porque fueron pronunciadas por Dios para cada hombre, para cada mujer que viene a este mundo. Jesucristo sigue hablando, y sus palabras, por ser divinas, son siempre actuales.

           Toda la Escritura anterior a Cristo adquiere su sentido exacto a la luz de la figura y de la predicación del Señor. Él es quien descubre el profundo sentido que se contiene en la revelación anterior. Los judíos que se negaron a aceptar el Evangelio se quedaron como con un cofre con un gran tesoro adentro, pero sin la llave para abrirlo.

           Desde siempre la Iglesia ha recomendado su lectura y meditación, principalmente del Nuevo Testamento, en el que siempre encontramos a Cristo que sale a nuestro encuentro. Unos pocos minutos diariamente nos ayudan a conocer mejor a Jesucristo, a amarle más, pues sólo se ama lo que se conoce bien.

           Cuando en el Evangelio de hoy leemos hoy que el cielo y la tierra pasarán, pero no sus palabras, nos señala de algún modo que en ellas se contiene toda la revelación de Dios a los hombres: la anterior a su venida, porque tiene valor en cuanto hace referencia a Él, que la cumple y clarifica; y la novedad que Él trae a los hombres, indicándoles con claridad el camino que han de seguir.

           Jesucristo es la plenitud de la revelación de Dios a los hombres. Cuántas veces hemos pedido a Jesús luz para nuestra vida con las palabras ut videam (lit. "que vea") de Bartimeo: o hemos acudido a su misericordia con las del publicano: ¡Oh Dios, apiádate de mí que soy un pecador! ¡Cómo salimos confortados después de ese encuentro diario con Jesús en el Evangelio!

           Cuando la vida cristiana comienza a languidecer, es necesario un diapasón que nos ayude a vibrar de nuevo. ¡Cuántas veces la meditación de la Pasión de Nuestro Señor, ha sido como una enérgica llamada a huir de esa vida menos vibrante, menos heroica!

           No podemos pasar las páginas del Evangelio como si fuera un libro cualquiera. Su lectura, dice San Cipriano, es cimiento para edificar la esperanza, medio para consolidar la fe, alimento de la caridad, guía que indica el camino... (Tratado sobre la oración). Acudamos amorosamente a sus páginas, y podremos decir con el Salmista: Tu palabra es para mis pies una lámpara, la luz de mi sendero (Sal 118, 105).

Francisco Fernández

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           La Parábola de la Higuera se sitúa prácticamente al final del discurso de Jesús sobre las señales del fin universal. Hace aproximadamente dos mil años que Cristo pronunció estas palabras, y no pueden ser más actuales. No hace falta detenerse demasiado en dicho discurso para encontrar rápidamente el paralelismo entre lo que Cristo nos describe y lo que nosotros vivimos en la actualidad.

           Ante tanta adversidad el mensaje de Cristo es, como siempre, esperanzador: "el Reino de Dios está cerca". Somos pues, hijos todos de la misma generación, descendientes de Adán y Eva, los expulsados del paraíso. Pero hijos principalmente de Dios, que nos dignifica a través de su Hijo Jesucristo y que nos muestra ya la higuera que retoña, es decir, el Reino naciente en cada corazón que le ama.

           El tiempo ha demostrado la autenticidad de las palabras de Nuestro Señor: "El cielo y tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán". Esta sorprendente expresión de Jesús está cargada de un profundo significado: nada perdura en el tiempo, sólo Él es eterno, sólo Él puede decir "siempre". Por eso, nos equivocamos si centramos nuestra vida en lo estrictamente pasajero, material y efímero. Debemos anclarnos en Cristo, con Él no damos pasos en falso.

           Desde luego, y estamos avisados, la senda es estrecha y espinada, y cuesta transitarla, pero vamos acompañados y guiados por el Maestro. Este pasaje nos llama a volver a la frescura del Evangelio, a buscar la autenticidad del mensaje cristiano, seguros de que no pasa, jamás se desfasa, ni es atemporal.

           A veces nuestros prejuicios nos empujan a quedarnos en lo más superficial de lo que conforma nuestra fe; nos ocupamos con demasiada frecuencia de lo externo; estamos estancados en nuestra dimensión más horizontal, olvidándonos de que es la vertical la que nos conduce a las alturas.

           El Señor nos advierte: "mis palabras no pasarán", es nuestra responsabilidad no perder más el tiempo, el tiempo es un regalo de Dios de valor incalculable. Utilizarlo de cara a Él, obedeciendo su santa voluntad. He ahí la tarea del cristiano y lo único que puede darnos la felicidad.

Clemente González

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           Ojalá la Palabra de Dios llegue en nosotros a su cumplimiento. Pues sólo el hombre es el único capaz de evitar que esa Palabra se haga realidad entre nosotros. Cuando el hombre vive de espaldas a Dios, su Palabra, no cumplida en nosotros a causa de nuestra cerrazón a ella, en lugar de salvarnos se nos convertiría en Palabra que nos juzgue y condene. Y el Señor ha venido como Salvador, como Dios entrañablemente misericordioso para con nosotros.

           Ojalá escuchemos hoy su voz y no endurezcamos nuestro corazón ante Él. Que la Iglesia de Cristo dé abundantes frutos de salvación, porque sus obras pongan de manifiesto la fecundidad del Espíritu, que ha sido derramado en nuestros corazones. Entonces, cuando el Señor llegue para llevarnos con Él, no seremos condenados, sino introducidos a su presencia para gozar eternamente de los bienes, que ha reservado a quienes le viven fieles.

           Nosotros somos el Reino de Dios, por vivir unidos a Aquel que es Cabeza de la Iglesia, Reino y Familia de Dios. Pero nuestra vocación mira a anunciar la Buena Nueva de salvación a todos los hombres, mediante nuestras palabras, obras, actitudes y vida misma. Y el Señor nos reúne para recordarnos que no podemos vivir conforme a los criterios de poder de este mundo, sino conforme a lo que Él nos enseñó.

           Que lo pasajero no embote nuestra mente, ni nuestro corazón, para que el día del Señor no nos tome desprevenidos. No vivamos con la mirada puesta en la tierra, en las riquezas que nos encadenan, en el mal uso del poder que nos hace destruir a los demás.

José A. Martínez

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           Hoy Jesús nos invita a mirar cómo brota la higuera, símbolo de la Iglesia que se renueva periódicamente gracias a aquella fuerza interior que Dios le comunica (como en la alegoría de la vid y los sarmientos): «Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya echan brotes, al verlos, sabéis que el verano está ya cerca» (vv.29-30).

           El discurso escatológico que leemos en estos días, sigue un estilo profético que distorsiona deliberadamente la cronología, de manera que pone en el mismo plano acontecimientos que han de suceder en momentos diversos.

           El hecho de que en el fragmento escogido para la liturgia de hoy tengamos un ámbito muy reducido, nos da pie a pensar que tendríamos que entender lo que se nos dice como algo dirigido a nosotros, aquí y ahora: «No pasará esta generación hasta que todo esto suceda» (v.32). En efecto, Orígenes comenta: «Todo esto puede suceder en cada uno de nosotros; en nosotros puede quedar destruida la muerte, definitiva enemiga nuestra».

           Yo quisiera hablar hoy como los profetas: estamos a punto de contemplar un gran brote en la Iglesia. Ved los signos de los tiempos (Mt 16, 3). Pronto ocurrirán cosas muy importantes. No tengáis miedo. Permaneced en vuestro sitio. Sembrad con entusiasmo. Después podréis recoger hermosas gavillas (Sal 126, 6).

           Es verdad que el hombre enemigo continuará sembrando cizaña. El mal no quedará separado hasta el fin de los tiempos (Mt 13, 30). Pero el Reino de Dios ya está aquí entre nosotros. Y se abre paso, aunque con mucho esfuerzo (Mt 11, 12).

           El papa Juan Pablo II nos lo decía al inicio del tercer milenio: Duc in Altum (Lc 5, 4). A veces tenemos la sensación de no hacer nada provechoso, o incluso de retroceder. Pero estas impresiones pesimistas proceden de cálculos demasiado humanos, o de la mala imagen que malévolamente difunden de nosotros algunos medios de comunicación. La realidad escondida, que no hace ruido, es el trabajo constante realizado por todos con la fuerza que nos da el Espíritu Santo.

Albert Taule

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           Nos interesan mucho los pronósticos. Ponemos atención al reporte del clima para saber si saldremos o no al campo. A los aficionados, el de la Liga de fútbol. A los empresarios, el de la Bolsa de valores. ¡Qué previsores! Nos gusta saber todo con antelación para estar preparados.

           Jesucristo ya lo había constatado hace más de 2000 años, cuando no había ni telediarios, no existía el fútbol, ni mucho menos la Bolsa de Valores. Pero los hombres de entonces, ya sabían cuándo se acercaba el verano, porque veían los brotes en los árboles.

           Nuestra vida se mueve entre una historia (el pasado) y un proyecto (el futuro). La invitación del Señor es a estar preparados para lo que nos aguarda, con atención a los signos de los tiempos. A aprender de las lecciones del pasado, con optimismo y deseo de superación.

           Pero, sobre todo, a vivir intensamente el presente, el único instante que tenemos en nuestras manos para construir. No lo podemos perder lamentándonos por los errores del pasado y, menos aún, temiendo lo que puede llegar en el porvenir.

           El mejor camino para afrontar el futuro es aprovechar el momento presente. Seamos previsores, ¡invirtamos y apostemos hoy por la vida eterna!

Ignacio Sarre

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           Jesús, tú profetizas que la destrucción de Jerusalén va a suceder en esa misma generación. Muchos de tus apóstoles serían gente joven entre 20 y 30 años; cuando cuarenta años más tarde los romanos destruyen Jerusalén y el templo desde el que te habían oído esta profecía, se acordarían de tus palabras. Sin embargo, la destrucción de Jerusalén no es el fin del mundo; es sólo un símbolo: porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin del mundo no es inmediato ( Lc 21, 9).

           Jesús, también es cierto que no pasará esta generación hasta que llegue el fin de los tiempos. En este caso, generación tiene un sentido más amplio: la generación de los creyentes, la Iglesia. Porque generación también significa estilo de vida y cultura. En este sentido dicen los salmos: ésta es la generación de los que buscan al Señor (Sal 24, 6); es decir, éste es el pueblo de los que creen en Dios, el pueblo escogido.

           Jesús, tú sabes que, durante la historia, habrá muchos cambios: lo que está de moda hoy, es considerado antiguo mañana, y se olvidará pasado mañana. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Todo pasa, pero tu palabra permanece.

           Y no te refieres a tu palabra escrita -la Biblia- porque hay libros más antiguos que también han llegado hasta nosotros. Te refieres a tu palabra de vida: a tu enseñanza y a los medios que has dejado para vivirla. Tu palabra «viva y eficaz» se mantiene a lo largo de los siglos en tu Iglesia. La Iglesia tiene la misión -con la ayuda del Espíritu Santo- de custodiar fielmente tu doctrina y tus Sacramentos.

           Jesús, aunque tú has prometido que la Iglesia permanecerá hasta el final de los tiempos, y que siempre contará con tu ayuda para custodiar tu palabra, tú cuentas con la fidelidad de los cristianos de cada generación para que pongan en práctica tus mandamientos y extiendan tus enseñanzas por toda la tierra. En concreto, esperas de cada uno y de cada una que seamos santos: que sepamos ofrecerte nuestro trabajo y nuestro descanso especialmente en la celebración de la Santa Misa. A este respecto, dice el Catecismo de la Iglesia que:

"Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados para producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En efecto, todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo, que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del cuerpo del Señor. De esta manera, también los laicos, como adoradores que en todas partes llevan una conducta sana, consagran el mundo mismo a Dios" (CIC, 901).

           Jesús, tú pides a cada cristiano -a mí- que ame a la Iglesia como a una madre, puesto que la Iglesia me ha dado la vida espiritual con el Bautismo, y me sustenta con los Sacramentos y con la doctrina cristiana. Y no sólo debo quererla, sino también sentir -como San Pablo- el peso de la Iglesia: la responsabilidad de colaborar para que cumpla su misión fielmente. Ayúdame a amar a tu Iglesia fidelísimamente, aún a costa de la hacienda, de la honra y de la vida.

Pablo Cardona

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           A nosotros nos toca interpretar los signos de la llegada del Reino de Dios. Seguiremos oyendo noticias de terremotos, de desgracias, de guerras y de frutos del odio del hombre. Jesús nos enseña a fijarnos en los brotes, en lo pequeño, en lo no noticiable. Lo decisivo se juega en lo cotidiano. De su valoración depende la profundidad y el acierto de los frutos. ¿Acaso pueden brotar los frutos si no nacieron los brotes?

           Por eso dice hoy Jesús: "Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya echan brotes, al verlos, sabéis que el verano está ya cerca". No es fácil saber discernir. El discernimiento pide capacidad de silencio y de soledad. Y precisamente, esto lleva tiempo. Mirad y sabréis.

           Pesada es la carga cuando la soporta uno solo. La carga del cuidado y salvaguardia de la creación es compleja, pero cada vez son más los empeñados en hacer de este mundo un cielo nuevo y una tierra nueva. Pero, ¿se acepta que es un don más que una tarea del hombre?

           Las conclusiones de las Cumbres de la Tierra nos dicen que esto va para largo. El cielo y la tierra nueva nos implica a todos, pero es fruto de la obra de Dios y a nosotros nos toca interpretar los signos de su llegada, porque a Él le gusta no meter ruido y llevar a media noche, cuando nuestras lámparas están a punto de quedarse sin aceite. ¿Nos encontrará en vela cuando llegue, y con la fe a punto?

           Yo quiero ver el cielo nuevo y una tierra nueva cuando este primer cielo y primera tierra pasen y el mar ya no exista. Yo quiero ver la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descenderá del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Quizá viendo lo pueda explicar mejor a mis alumnos, aunque para entonces no les hará falta ningún rollo.

           Y mientras llegue el momento, me conformo con ser “el gorrión que ha encontrado una casa, tus altares, Señor”. Si me pilla la nueva tierra en tu cielo, estaré en el lugar indicado y en el tiempo oportuno. “Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre. Dichosos los que encuentran en ti su fuerza: caminan de baluarte en baluarte” y no se perderán un rinconcillo para edificar su morada en la nueva tierra.

           Pero, ¿cómo va a ser posible tener carné de la nueva ciudadanía sin aprender la sabiduría de la higuera o de cualquier árbol que echa sus brotes cuando es el tiempo oportuno? El reino de Dios está cerca. El cielo y la tierra pasarán, y para quien esté bien amarrado en su carne y en su alma a las palabras de Jesús, a punto de caramelo, no pasará de largo el cielo nuevo y la nueva tierra. Dichosos los que acogen la Palabra de Dios y la dan cuerpo en su vida.

Miguel Angel Niño

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           Si os asomáis al pasaje evangélico de mañana os podéis llevar una sorpresa. En él se dice que aquel día puede echarse encima de repente, porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. En cambio, el fragmento de este día apunta las señales que precederán a la llegada del Reino de Dios. Hay una tensión en estos textos que no es fácil de resolver. No obstante, las llamadas que se hacen son muy consonantes entre sí y no presentan ninguna antinomia insoluble. Mañana se urgirá a la vigilancia y a la oración.

           Es el “velad y orad” que Jesús dirige en otras ocasiones a los discípulos. Y hoy el anuncio es espléndido: los hechos que se mencionan son señales de la cercanía del Reino de Dios. De nuevo, por tanto, estamos ante el mensaje esperanzador. Que Jesús no un aguafiestas: es el novio que invita a los amigos a la alegría. En efecto, en este capítulo 21 Jesús nos habla de las buenas cercanías: “se acerca vuestra liberación”; “sabed que está cerca el Reino de Dios”.

           Por lo demás, cada pasaje evangélico se ha de leer en el contexto más amplio de todo el evangelio. Y en este pasaje evangélico de hoy encontramos palabras que hacen referencia a la presencia del reino de Dios ya aquí y ahora: “el Reino de Dios está en medio de vosotros”; “si expulso a los demonios por el poder de Dios, señal de que el Reino de Dios ha llegado a vosotros”; “dichosos vuestros ojos que ven lo que veis y vuestros oídos que oyen lo que oís”.

           Es una nueva tensión: el Reino de Dios ya presente en la palabra, las obras y la presencia misma de Jesús y el Reino de Dios como realidad futura por cuya venida tenemos que orar. Podemos desmitologizar los pasajes apocalípticos, e incluso quizás es mejor contextualizarlos en el conjunto del evangelio, para dejarnos interpelar por su urgencia sin olvidar el don de Dios ya presente que hemos de acoger día a día.

Pablo Largo

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           El pasaje evangélico de hoy, unido a los versículos anteriores del Evangelio de Lucas, parece que aluden a cómo la venida última del Hijo de Dios será por sorpresa, y que lo importante es vivir en continua vigilancia, como amigos de Dios. Conviene reflexionar unos minutos sobre dos verdades que se contienen en el texto evangélico.

           La primera se refiere a la firmeza con que Jesús nos alerta sobre la certidumbre de que su mensaje es veraz y salvífico. Estemos seguros: el Reino de Dios quiere estar dentro de nosotros y llevarnos a una eternidad feliz. Es palabra de Dios.

           La segunda se refiere a que no es voluntad de Dios, ni de Cristo, desvelar el secreto del momento final de cada historia personal y de la historia universal. Estamos en el mundo en cuerpo y espíritu, y forma parte de nuestra vida vivir en tensión, en alerta, siempre mirando a la verdad y a hacer el bien. Lo demás es don del amor y misericordia divina.

           Todo el sentido apocalíptico de las lecturas de esta semana converge en algunas verdades que hemos de conservar con diligencia y prudencia.

           No va a haber otro mundo humano sobre la tierra sino el que nosotros mismos vayamos construyendo con nuestros aciertos y nuestros errores. Ese mundo humano va a estar siempre necesitado de voces proféticas que denuncien la maldad y alaben la bondad de las personas. Las denuncias incitarán a la ‘conversión’; las alabanzas a la ‘perfección’, siempre en camino.

           Las circunstancias de la vida, por lo que afecten a cada uno, han de contribuir a que los esforzados merezcan premio por sus acciones, mientras que los injustos, manipuladores, despreciadores de los demás, se hagan acreedores a castigo digno.

           Esa tensión de vida, entre bien y mal, fidelidad e infidelidad, son signo de nuestro combate diario, al que no debemos renunciar. Seamos responsables de lo que hacemos y de lo que dejamos de hacer por comodidad, cobardía, conformismo, maldad. La palabra de Dios no pasa.

Dominicos de Madrid

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           En el evangelio de hoy se nos advierte, usando una comparación botánica, de la proximidad del reinado de Dios. Llama la atención el cambio respecto a los textos paralelos de Mateo y Marcos. Ellos hablan del fin del mundo. Lucas, en cambio, se refiere a la proximidad del reino en relación con la predicación de Jesús.

           El fragmento que meditamos hoy contiene, pues, una parábola (la de la higuera), una aplicación dos pequeños dichos de Jesús, traídos probablemente de otros contextos. Jesús invita a fijarnos en la higuera o en cualquier árbol de hoja caduca.

           Cuando observamos que echa brotes caemos en la cuenta de que la primavera está cerca. Si somos capaces de observar esto, también podemos saber que cuando sucedan "estas cosas" el reino de Dios está ya cerca. Se trata, pues, de una realidad que no irrumpe abruptamente sino que se va abriendo paso como la savia que hace brotar hojas nuevas en los árboles tras los rigores del invierno.

           Los dichos se refieren a la inminencia de este proceso ("antes que pase esta generación") y a la seriedad del mensaje que Jesús anuncia ("mis palabras no pasarán").

           Hay que estar atentos a las señales de los tiempos y de los lugares; son elocuentes para indicarnos algo de la voluntad de Dios sobre nuestras vidas. El Concilio Vaticano II retomó con fuerza el tema de los "signos de los tiempos": "es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos.

           Decía el Vaticano II que "es necesario comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones" (GS, 4). En el fondo, no debemos esperar encontrar la fecha de cumplimientos de profecías viejas o premoniciones presentidas: es la cercanía o lejanía del Reino (v. 31) lo que nosotros podemos y debemos discernir de entre los signos de los tiempos.

Confederación Internacional Claretiana

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           Jesús utilizaba un lenguaje sumamente accesible para comunicar su mensaje. El objetivo de sus palabras no era enseñar complejas y doctas doctrinas, sino indicar donde irrumpía el Reino de Dios y cómo debía leerse la realidad. Esta forma de enseñar le traía gran simpatía entre el pueblo, que se congregaba en torno a él para escucharlo.

           En el pasaje que hoy leemos, Jesús indica de qué modo se deben interpretar los signos de los tiempos. Para ello usa una metáfora agrícola, fácilmente comprensible para su audiencia campesina. En ella se pone en evidencia cómo del mismo modo que un árbol anuncia sus frutos por medio de las flores y los retoños, de la misma manera la realidad muestra signos de lo venidero. No se trata de hacer cábalas para el futuro, sino de descubrir en el presente los signos de los acontecimientos venideros.

           La comparación que Jesús propone advierte al pueblo sobre los peligros que conlleva el asegurarse únicamente en las garantías que ofrece un gran templo -centro religioso y económico a la vez- y en la solidez militar de unas grandes murallas. Estas seguridades los volvían ciegos ante los signos del Reino que Dios suscitaba en medio de ellos.

           Ante la ceguera manifiesta de líderes oficiales y populares Jesús trata de mover la conciencia popular mediante su enseñanza. Su intención es despertar a la multitud para que perciba los signos de la destrucción en medio de las falsas seguridades. El tiempo demostraría que Jesús tenía razón, pero la multitud fue más propicia a la manipulación de sus líderes tradicionales, de izquierda y derecha, que a las enseñanzas del Maestro de Galilea.

           Hoy, se presentan muchos maestrillos que prometen la Zeca y la Meca. Envuelven a las multitudes en discursos pseudo-espirituales y en trabajosas terapias y dietas. Su intención puede que sea buena, pero se olvidan de lo fundamental: la realidad no es para ignorarla sino para transformarla. El ser humano no puede crecer de espaldas a su realidad comunitaria y social.

Servicio Bíblico Latinoamericano