19 de Agosto

Lunes XX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 19 agosto 2024

a) Ez 24, 15-24

         La 1ª lectura de hoy tiene 2 partes. La 1ª nos habla de la muerte de la esposa de Ezequiel y de la prohibición que éste recibe de hacerle duelo (vv.15-24), y la 2ª anuncia la llegada de un fugitivo del Asedio de Jerusalén, que dará a los exiliados la noticia de la destrucción de la ciudad (vv.25-27). En realidad, las 2 partes tienen el mismo objetivo: anunciar la destrucción inminente de Jerusalén, y que los israelitas acepten esto como un castigo por parte de Dios.

         Ezequiel recibe de Dios la noticia de la muerte de su esposa ("encanto de tus ojos"; v.16), pero no la debe llorar. Para entender el sentido y la grandeza del gesto que se le pide hay que tener presentes las grandes manifestaciones de duelo que se producen en el Próximo Oriente cuando muere alguien (ir con la cabeza descubierta, descalzos, etc).

         No llorar a esposa tan querida podía hacer pensar a la gente que él no tenía sentimientos o bien que no la amaba tanto. Pero, de hecho, la acción resultaría sorprendente para todos los exiliados. La muerte de la esposa simboliza la destrucción de Jerusalén, y la actitud de Ezequiel la actitud del pueblo cuando esto ocurra. Ezequiel es un signo.

         Cuando Dios permita la destrucción del templo ("encanto de los ojos de los judíos", como la esposa lo era para Ezequiel), entonces el dolor, la consternación, la desesperación, y el destierro, serán tan inesperados que a los de Jerusalén no les dará tiempo ni de hacer las señales de duelo, los de Babilonia serán incapaces incluso de llorar, de grande que será su sorpresa.

         Todo les desaparece: los hijos y parientes que podían tener en la ciudad, la belleza del templo que tanto dicen amar, la ciudad misma. Cuando llegue el fugitivo anunciando la verdad de lo que ha predicado Ezequiel conocerán los exiliados realmente quién es Dios. Este es el objetivo de toda la acción simbólica: conocer y reconocer a Dios.

         La obligación del profeta no es sólo la de proclamar la palabra en un momento o en unas horas determinadas, sino que toda su vida se ve envuelta en esa misión: ha de profetizar con su vida, en todas las circunstancias de su existencia, toda la persona y toda la vida han de ser una proclamación. De esta forma, un mensaje hecho vida es mucho más comprensible y cautivador para el que ve o escucha.

         Con frecuencia quedamos sorprendidos por las experiencias personales de los diferentes profetas, sea la infidelidad de la esposa en Oseas o diversos gestos simbólicos en Jeremías. Pero pocos llegan a la profundidad de sentimientos que nos presenta el gesto simbólico que leemos hoy.

Pedro Tosaus

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         Como ya hemos visto varias veces, también hoy un acontecimiento personal de la vida del profeta será el símbolo de una situación de todo el pueblo de Israel. La mujer de Ezequiel muere el mismo día de la caída de Jerusalén, y lo que es para él ocasión de vivir, de algún modo se convierte en drama de Dios.

         "La palabra del Señor me fue dirigida", comienza diciendo Ezequiel. Si sabemos estar atentos, Dios se dirige verdaderamente a nosotros, en medio de todas nuestras situaciones humanas.

         Y he aquí lo que le dijo: "Mira, voy a quitarte súbitamente a tu mujer, al encanto de tus ojos". Hay ternura en estas palabras: "el encanto de tus ojos". De hecho, también para Dios Jerusalén era hermosa, y una esposa a la que se había unido por amor, y que era "el encanto de sus ojos".

         A partir de esta expresión, nada me impide imaginar lo que es el corazón de Dios para la humanidad. Porque todas las experiencias humanas han sido aprovechadas por los profetas para decirnos algo respecto a Dios. La experiencia conyugal, en particular, es una de las más utilizadas.

         ¿Suelo orar a partir de mis experiencias? Pues hagámoslo, sobre todo en la experiencia de la separación de un ser amado. Porque Dios sabe lo que esto supone, y nos lo revela en esta página: "No te lamentes, no llores, no derrames ni una lágrima. Suspira en silencio, y no hagas ostentación de luto".

         Pero ¿que significa esa aparente insensibilidad? Ezequiel tendrá que explicar a la gente este comportamiento insólito. El día que cayó Jerusalén, nadie tuvo tiempo de llorar, pues tal fue la prisa por subir a los carros de los deportados que partían hacia Babilonia. Además, aquel día, todo resultó ya inútil, y demasiado tarde para lamentarse (algo que tendría que haberse hecho mucho antes, como bien profetizaban los profetas).

         Se trata de un mensaje riguroso y casi desesperante, en que el profeta tiene que decir que es demasiado tarde: "Yo hablé al pueblo por la mañana, y por la tarde murió mi mujer. Y al día siguiente obedecí la orden recibida". Mucho valor es necesario para ser profeta. Señor, danos el valor de asumir todas nuestras pruebas, descubriendo en ellas, si es posible una significación. Tras lo cual, Ezequiel anima al pueblo a seguir su ejemplo: "Haréis lo que yo he hecho: no lloraréis". A veces, en el paroxismo del sufrimiento, no hay ánimo ni para llorar, pues se está a tope y no se puede más.

         Cada página de la Biblia nos revela la temible presencia del pecado en la humanidad. Quisiéramos a veces olvidar su presencia, pero él permanece aquí. Es un don saber desenmascararlo, y de ahí que sea sacado también por Ezequiel a colación: "Os consumiréis a causa de vuestros pecados y gemiréis los unos con los otros".

         Sentirme agobiado por mis pecados, ser más consciente, gemir por mis faltas, reconocer que soy pecador... todo ello es finalmente un gran beneficio. Cuando las circunstancias dolorosas de nuestra vida nos conducen al reconocimiento de nuestras culpas, hay que dar gracias a Dios de esta luz, pues eso nos permitirá reemprender el camino.

Noel Quesson

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         A veces los profetas convierten acontecimientos de su vida personal en signos de la voluntad de Dios para con su pueblo. Así le había pasado a Jeremías (con su celibato) y a Oseas (con la infidelidad de su mujer).

         En el caso presente, es a Ezequiel a quien se le muere la mujer, el "encanto de sus ojos", en tierras de Babilonia. Muere precisamente el día en que, allá a lo lejos, empieza el Asedio de Jerusalén. Dios le dice a Ezequiel que no llore ni se aflija, ni se quite el turbante, ni se descalce ni se cubra la cara. En definitiva, que no haga duelo por ella.

         Y todo ello porque su muerte va a ser una señal para todo el pueblo. Pues así como el profeta ha perdido a la mujer que amaba, todos van a perder a Jerusalén y su templo amado, "el encanto de vuestros ojos, el tesoro de vuestras almas". Y no tendrán ni tiempo de hacer duelo. Además, no conviene que hagan duelo, porque Dios abrirá salidas de esperanza.

         De nuevo, nos encontramos con la afirmación de que un profeta es "señal para el pueblo". El profeta se mete de lleno en la historia, y le dice al pueblo lo que tiene que hacer por medio de palabras y con su propia actuación.

         Un profeta debe ser valiente, como Ezequiel, para ayudar a recapacitar a la sociedad sobre dónde está su pecado. Como hace el salmo responsorial de hoy, que señala los fallos que han llevado a Israel al descalabro del destierro: "Despreciaste a la roca que te engendró, y olvidaste al Dios que te dio a luz. Son una generación depravada, unos hijos desleales, y me han irritado con ídolos vacíos".

         ¿Somos capaces de discernir los signos de los tiempos y de hablar con claridad ante nuestros contemporáneos, apreciando los valores de nuestra generación y ayudando a darse cuenta de lo que va mal, aunque la sociedad lo esté aplaudiendo? Porque no todo es malo, ni tampoco es todo bueno. Hay valores y contravalores en nuestra cultura, y eso es sobre lo que tiene que alertar el profeta.

         Un profeta debe ayudar a descubrir la voluntad de Dios a través de su propia vida, como dice hoy el propio Dios: "Ezequiel os servirá de señal". ¿Nos preguntan también a nosotros, viendo nuestro estilo de vida, distinto del de la sociedad, cuál es el motivo de nuestra conducta? ¿Hacemos creíble nuestra evangelización con el lenguaje que todos entienden? ¿Damos ejemplo con las obras, con nuestra opción por la esperanza, con nuestra entrega desinteresada?

José Aldazábal

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         En la liturgia de hoy se nos muestra una experiencia larga de dolor y sufrimientos por la que pasa el profeta Ezequiel. Se trata de una dura experiencia externa, que está acompañada interiormente por el buen trabajo del Espíritu en su noble empeño: ejercitar su vocación y misión de profeta de Dios ("que todos sepan que hay un Dios en el cielo y sobre nosotros").

         La lección de hoy de Ezequiel, dada en turbación y fidelidad, es tan elocuente como para impulsarnos a poner nuestro futuro en manos de Dios y de su providencia, sin desmayar en el trabajo por el reino de Dios.

         El mensaje de Ezequiel ya nos es conocido: llamada de cada uno a su conciencia, reconocimiento del mal que hacemos, apertura a la esperanza de nueva gracia, y conversión de vida. Así es nuestra jornada espiritual, día a día.

         Para la jornada de hoy, basta que retengamos las palabras finales de la 1ª lectura: "Ezequiel os servirá de señal". Pues en el llanto fue Ezequiel sufrido, en la persecución fue fiel, en el anuncio del mensaje fue humilde, en la aceptación de la voluntad de Dios fue íntegro. ¡Qué hermosura de vida! Viviendo de ese modo, Ezequiel se mostró fuerte y santo, y se desprendió de todo (hasta de sí mismo).

         El Señor nos ama de una forma mucho más perfecta de como el esposo ama a su esposa. Él nos invita a arrepentirnos, pues muchas veces hemos permanecido lejos de él convirtiendo en Dios nuestro a las obras de nuestras manos. Cuando nos arrecie el dolor, y se cierna sobre nosotros la desgracia, vayamos ante Dios para derramar lágrimas, pensando que así seremos escuchados. Pero sepamos que ese llanto, en sí, no puede hacernos propicios a Dios. Él nos quiere a nosotros, y él nos espera a nosotros. Nosotros somos "el encanto de sus ojos" y el amor de su corazón.

Dominicos de Madrid

b) Mt 19, 16-22

         En esto se le acercó a Jesús uno y le preguntó: "Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para conseguir vida definitiva?" (v.16). Mateo modifica la redacción de Marcos. El individuo no corre ni se arrodilla y, en su pregunta, lo llama simplemente maestro (Mc 10, 17), mientras bueno califica lo que tiene que hacer; sustituye el verbo heredar de Marcos por obtener.

         Cambia también la respuesta de Jesús; lo más saliente es la imprecisión de la frase: "El Bueno es solo el Uno", que no distingue (al contrario de Marcos) entre Dios y Jesús. Los cambios de redacción se explican por la calidad de éste expresada en Mateo: "Dios entre nosotros" (Mt 1, 23). Todo lo que se atribuye a Dios se atribuye igualmente a Jesús.

         Jesús corrige la formulación de su interlocutor, y viene a decir que para obtener la vida definitiva se requiere no la relación a un código ("¿qué tengo que hacer de bueno?"), sino a una persona (Sal 145, 9). La observancia de los mandamientos es consecuencia de esa relación personal, y los mandamientos son buenos porque expresan la voluntad del Bueno (Am 5,4.6.14.15; Miq 6,8).

         La relación personal de que habla Jesús se tenía en el AT con Dios; ahora, con Jesús mismo. El joven está aún en el 1º y debe atenerse a la voluntad de Dios tal como le fue manifestada. Si se decide a seguir a Jesús, conocerá una manifestación más profunda de esa voluntad.

         Intercalando una nueva pregunta, subraya Mateo la calidad de los mandamientos exigidos para obtener la vida eternal. Enuncia solamente los que tocan al prójimo (Ex 20,12-16; Dt 5,16-20; 24,14): es la relación con los hombres la que determina la relación con Dios. Como Marcos y Lucas, pone en último lugar el que se refiere a los padres, indicando que el amor al círculo familiar es un caso particular del amor a la humanidad. Como compendio, añade la regla del amor al prójimo en general (Lv 19, 18; Mt 7,12).

         Con su respuesta, muestra Jesús que para obtener vida eterna o salvación final no se requiere la adhesión a él; los mandamientos propuestos formulan la honradez elemental según el concepto de toda cultura o filosofía humana. La ética salva al hombre. Así se expresará en el juicio de las naciones, es decir, de los paganos que no conocen a Jesús ni la ley de Moisés (Mt 25, 32).

         Mateo caracteriza al individuo como "un joven" (neaniskos, diminutivo de neanis, lit. joven). Según Filón (De Cherubim, CXIV, 1), joven designa la edad entre los 24 y 40 años, cuando empieza el "hombre maduro" (teleios aner). Ambos conceptos aparecen en esta narración. El diminutivo indica que está al principio de su juventud. A pesar de su observancia de los mandamientos, el joven piensa que aún le falta algo; por eso preguntaba al principio ("¿qué tengo que hacer de bueno?").

         "Un hombre" (teleios), llegado al final, al término (Mt 5,48; Flp 4,15). En este contexto, en oposición a neaniskos (lit. jovencito) situado inmediatamente antes y después (Mt 20, 22) significa "hombre adulto" (1Cor 2, 6) según la división de las edades en aquel tiempo. El termino está en relación con la designación "hombres adultos" (andres) que ha aparecido en los episodios de los panes (Mt 14,21; 15,38).

         Al invitarlo a ser discípulo, Jesús le ofrece el pleno desarrollo, imposible bajo el régimen de la ley, que basta para obtener vida eterna (v.16), pero conserva al hombre en el infantilismo (Gal 3,24; 4,1-5). Idiomáticamente puede traducirse por "si quieres ser un hombre" (forma estática; Mt 13,12), y si se utiliza la forma dinámica por "si quieres hacerte un hombre".

         "Dios será tu riqueza" (lit. tendrás riquezas en el cielo). Cielo no debe interpretarse en sentido local, es símbolo de Dios mismo (Mt 5, 12); la seguridad del que lo deja todo está en Dios (Mt 6, 20). Jesús propone al rico la opción expresada en la 1ª bienaventuranza (Mt 5, 3), condición para entrar en su grupo.

         El joven debe deshacerse de lo que tiene sin esperanza de retorno ("dar a los pobres"); dejada la seguridad de la riqueza encontrará otra seguridad superior (Mt 6, 25-34). Jesús le propone la opción entre 2 señores (Dios y el dinero; Mt 6, 24), y lo llama a la nueva fidelidad (Mt 5, 20), al amor a todo hombre y al amor al Padre del cielo (Mt 5, 48). Jesús exige la condición y la fidelidad expresadas en la 1ª y 8ª bienaventuranza (Mt 5, 3), que corresponden a las condiciones del seguimiento (Mt 16, 24).

         El joven no responde a la invitación. Se va triste, en su misma condición de joven, incapaz de llegar a la madurez. Ha oído el mensaje, pero la seducción de las riquezas lo ha ahogado (Mt 13, 22).

Juan Mateos

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         Los vv. 16-30 constituyen una gran unidad temática muy propia de Mateo, cuyo contenido esta centrado en la pobreza. Y en ellos nos encontramos con unas declaraciones de Jesús sobre el tema (vv.16-22), a las que siguen unas observaciones de los discípulos y una respuesta de Jesús (vv.23-26), una intervención de Pedro (que subraya las renuncias hechas por los discípulos para seguir a Jesús), que es comentada inmediatamente por el maestro (vv.27-29), y un dicho o sentencia de Jesús (v.30).

         Como hemos dicho anteriormente, Jesús va camino de Jerusalén y es en este caminar donde se dan las condiciones para cimentar las características del auténtico discípulo. El turno le corresponde ahora a la pobreza como característica fundamental para seguir a Jesús. Para reafirmar esto, el autor se servirá del recuerdo de un joven que, por no renunciar a sus bienes, renunció al seguimiento de Jesús.

         Un joven se acerca a Jesús, quiere conseguir la vida eterna y por eso le pregunta qué debe hacer para lograrlo; Jesús le responde que debe guardar los mandamientos, es decir, cumplir la ley de Dios; al joven le parece la respuesta demasiado común e insiste en preguntar, como si esperara una fórmula nueva. Le dice, pues: "¿Qué mandamientos?".

         Pero la respuesta de Jesús consagra la validez del catecismo elemental citando algunos mandamientos para recordar el conjunto del Decálogo al cual agrega el mandamiento del amor al prójimo. El joven, como judío practicante, hace observar que se ha esforzado por ser fiel a la ley, pero como tantos otros de su tiempo, buscaba otra cosa.

         La pregunta "¿qué me falta aún?" expresa la insatisfacción del que está lleno de sí, pero sigue sintiendo un vacío de algo más. Jesús le propone al joven romper con todas las ataduras que genera el dinero y lo invita a que libre de todo esto lo pueda seguir. Jesús invita al joven a que venda primero sus bienes, que elija la pobreza y que después lo siga. De esta manera la pobreza se presenta como parte de un programa permanente de un estilo de vida. Seguir a Jesús es la realización del ideal de ser perfecto.

Fernando Camacho

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         Este célebre encuentro de Jesús con el joven rico se halla referido por los 3 sinópticos. Se ha puesto de relieve las diferencias entre Mateo y los otros 2 sinópticos. El joven (sólo Mateo le llama así) se dirige a Jesús llamándole maestro ("maestro bueno" en Marcos y Lucas).

         Lo más sorprendente se encuentra en la respuesta de Jesús: "¿Qué me preguntas acerca de los buenos? Uno solo es el bueno". Nuestro evangelista ha intentado, como es su costumbre, evitar el escándalo que supondrían las palabras de Jesús según la versión de Marcos y Lucas: "¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino sólo Dios" (Mc 10,18). Entonces, ¿Jesús no era bueno? ¿O cómo se explican estas palabras?

         Evidentemente, Mateo intentó suavizar las palabras de Jesús y la paradoja que suponen, porque, si él no era bueno, ¿con qué derecho interviene en la vida de un hombre imponiéndole las mismas exigencias que a los discípulos más estrictos? Lo que Marcos parece negar de palabra, lo afirma con los hechos. Mateo dice, más suavemente, lo mismo que Marcos: "Uno solo es el bueno" (v.17). Dios no es mencionado por su nombre, y se le designa por uno de sus sucedáneos, "el Bueno" (que se habían inventado para no pronunciar, por respeto, el nombre de Dios).

         Es la única vez que, en todo el NT, se llama "el Bueno" a Dios. Por el contrario, "lo bueno" se llamaba, desde el profeta Amós, a todo aquello que se halla exigido por la voluntad de Dios: "Buscad lo bueno y viviréis" (Am 5, 14) es frase paralela con "buscadme y viviréis" (Am 5, 4.6). Cuando alguien preguntaba por "lo bueno" estaba situándose en la recta relación con Dios.

         En la tradición espiritual cristiana, antes del Concilio II Vaticano, esta perícopa sirvió de fundamento principal para establecer una distinción entre los 10 mandamientos y los 3 consejos evangélicos. Era la llamada doble vía. Los llamados consejos evangélicos son una vía especial y privilegiada a la tarea especial del amor cristiano. Esta forma de querer fundamentar la vida consagrada es ya superada y el texto sigue siendo un fundamento bíblico dinámico o germinal para apoyar este estilo de vida dentro de la Iglesia.

Emiliana Lohr

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         Ante todo, reflexionemos juntos sobre el episodio de Jesús con el joven rico, exegéticamente lleno de problemas; sólo me referiré a alguno.

         Os propongo una explicación, que me parece corresponde al conjunto y que encuentro muy clara en los comentarios exegéticos. Vemos, pues, que Jesús se dirige hacia Jerusalén, y cerca de la ciudad se tratan dos grandes problemas de la existencia humana: el problema del matrimonio, del divorcio y del celibato (en la 1ª parte), y el problema de la riqueza (en la 2ª parte). Entre los dos, y como intermedio de referencia, encontramos la frase de Jesús respecto de los pequeños: "El que no se haga como estos pequeños no entrará en el reino de Dios".

         Y he aquí que uno viene y dice: "Maestro, ¿qué tengo que hacer para poseer la vida eterna?". Si reflexionamos bien, esta pregunta es de por sí muy significativa, porque ninguno de nosotros, como nos enseña la psicología moderna, abre la boca sin revelarse a sí mismo, sin revelar su mundo interior.

         Nos encontramos, pues, con un hombre preocupado por el hacer: qué tengo que hacer yo, qué bienes tengo que emplear. Después sabremos que es rico, y que está acostumbrado a comprar, a poner a todo un precio y a poder hacer muchas cosas. Cree que tiene mucha confianza en la eficiencia: Señor, ponme una meta, aunque sea alta, de modo que yo pueda intentar. Un hombre que dice inmediatamente cuánto cuesta, estoy dispuesto a pagar. Es, pues, un hombre práctico.

         En este contexto, "para poseer la vida" viene a significar "para que yo la tenga en mano, y esté seguro de tenerla". Es un hombre acostumbrado a comprar y a poseer mediante el dinero, por tanto hasta la vida eterna la quiere con seguridad.

         Estamos ante un hombre bastante preocupado de las cosas, y por eso Jesús le dice: Cuidado, el bien no es una cosa, sino una persona. Tú te preocupas por hacer una cierta cantidad, en cambio estamos en el mundo de las relaciones, de las cualidades. No se trata de un bien, sino de una persona buena. Jesús no continúa, se limita a hacer benévola corrección a esta actitud demasiado mercantil de quien lo ha interrogado. Y cuando vuelve sobre la pregunta, corrige el "si quieres poseer la vida" por "si quieres entrar en la vida". Dios te ofrece la vida, por tanto, no es que tú puedas poseerla; sino, si quieres participar en ella, observa los mandamientos.

         El hombre añade: "¿Qué mandamientos?". Aquí también Jesús sigue en su terreno, le da una respuesta evidente: "No matar, no robar, no fornicar, no decir falsos testimonios, honrar al padre y a la madre, amar al prójimo como a sí mismo". Como notan muy bien los exegetas, y como lo pueden ver ustedes también, aquí Jesús habla de la 2ª tabla de los mandamientos (las relaciones con el prójimo), a forma de "ten buenas relaciones con el prójimo, no lo engañes en nada, y da a cada uno lo que le pertenece".

Carlo Martini

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         El diálogo debería haber terminado aquí, pero llega la sorpresa, pues el discurso continúa, como si Mateo quisiera contestar a una pregunta implícita: ¿Cómo se pueden hacer obras de caridad sin cambiar el corazón? O también: ¿Cómo es posible querer hacer estas obras de caridad y sin embargo no hacerlas, no ser capaces ni siquiera de verlas cuando se presentan? Hay algo más, pues, que el ejercicio material de las obras de caridad, hay algo más profundo.

         En efecto, el joven dice: "Todo esto lo he observado". Por tanto, este joven no sólo ha sido honesto en la administración de su patrimonio, no ha robado, no ha mentido, ha honrado a sus padres, sino que también ha amado: ha dado limosnas, ha sido generoso con los pobres, se ha preocupado de los enfermos... E insiste: "¿Qué me falta todavía?".

         Aquí me detengo un momento, pues quisiera preguntarle a este joven: ¿Pero qué te pasa, por qué sigues preguntando? En el fondo de nosotros mismos se encuentra esta exigencia de algo más, y nos damos cuenta que no es suficiente hacer razonablemente bien las cosas. O mejor, ya lo hemos visto y volveremos a verlo, hacer razonablemente bien las cosas es imposible, a menos que nos abramos a algo más.

         Fijémonos en el modo como se formula la respuesta de Jesús: "Si quieres ser perfecto". Aquí Jesús no habla de una acción supererogatoria, sino que dice: Si verdaderamente quieres ser lo que como hombre estás llamado a ser, haz este acto paradójico que hasta ahora no te ha venido ni siquiera a la mente, es decir, libérate de todo lo que es la vida habitual, de todo lo que es la rutina de tu existencia, de todo aquello sobre lo que te apoyas, sin saberlo, y que hace tu vida tan inmóvil, tan estática, tan carente de sorpresas, tan burguesamente honesta.

         A este joven le disgusta no sólo dejar todo, sino también el qué dirá la gente, el ser tenido por loco. Por eso Jesús le explica amablemente el porqué de esta paradoja que se le pide: "Tendrás un tesoro en los cielos". Habitualmente, ¿por qué no logras equilibrar tu vida? Porque tu tesoro está en las cosas que posees. Probablemente ni siquiera te das cuenta, porque hasta ahora te has apoyado en ellas como en una evidencia; pero cuando te falten, verás realmente cómo te maniataban; verás cómo llegarás a ser libre, si pones tu punto de equilibrio fuera de ti, en los cielos, es decir, en Dios: verás cómo llegarás a una relación con Dios.

         Conocemos la respuesta que Mateo transmite con toda solemnidad. "Al oír esto, el joven se fue entristecido". Estas palabras se pueden entender como la palabra de salvación definitiva, clara, la que necesitabas. Tú insististe por tenerla, la pediste repetidamente, tres veces: ahora se te ha dado, ahora ya conoces la verdad, sabes que en el fondo estás apegado a tus cosas, a tu mundo, a tus costumbres: comprendes que los demás te han marcado como rico y tú no te puedes liberar de esta marca, estás condenado a seguir así marcado, muy a pesar tuyo.

         "Y el joven se fue entristecido". ¿Por qué triste? Porque se dio cuenta que, en el fondo, no era libre sino esclavo de sus propias posesiones. Extraña condición la de este joven que llegó libre, orgulloso, seguro de sí, y se va reconociendo su esclavitud, reconociéndose estancado en su vida, esclavo del juicio ajeno y de lo que posee y con un porvenir cerrado. "Se fue porque tenía muchas riquezas", o mejor dicho, porque muchas cosas le poseían.

Carlo Martini

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         La escena del joven que se acerca a Jesús porque quiere ser perfecto, se ha convertido en el prototipo de la llamada vocacional a una vida de seguimiento más cercano de Jesús.

         Ese joven estaba bien dispuesto. No se conformaba con lo común, sino que buscaba un sentido más profundo para su vida. Los mandamientos los cumplía ya (por cierto, Jesús le recuerda, no los que se refieren a Dios, sino los que miran al prójimo). Pero, cuando oyó la respuesta de Jesús sobre lo que le faltaba ("vende, dalo a los pobres, vente conmigo"), se asustó y no se atrevió a dar el paso. Se marchó triste. Era rico. Jesús también se quedó triste, lo mismo que los apóstoles que habían oído el diálogo.

         Muchos cristianos no se conforman con cumplir los mandamientos. Quieren un ritmo de vida más significativo y generoso. Y en efecto, Jesús nos ha propuesto un estilo de vida más exigente: "Vende lo que tienes, y sígueme". Muchos lo han hecho y han decidido servir a Dios y a sus hermanos en la vida religiosa o consagrada o desde el ministerio ordenado.

         No siempre tuvo éxito Jesús a la hora de llamar a sus seguidores. Algunos, como Pedro y los demás apóstoles, lo dejaron todo (redes, barca, casa, familia, la mesa de los impuestos) y le siguieron. Pero otros creyeron que el precio era excesivo.

         Sea cual sea nuestra vocación especifica (también la de tantos laicos comprometidos en trabajos apostólicos y misioneros), hoy nos sentimos interpelados por las palabras de Jesús y animados a renovar nuestro propósito de entregar nuestras mejores energías a colaborar con él en la mejora de este mundo.

         Ya sabemos que, para conseguirlo, hemos de renunciar a ciertas cosas. A Jesús no se le puede seguir con demasiado equipaje. El joven se marchó triste, porque no logró vencer el apego al dinero. ¿A qué hemos renunciado nosotros? Porque Jesús lo deja claro: "Vende lo que tienes, dalo y sígueme". Es la aventura de la pobreza o del desapego. Renunciar a algo por una causa noble es lo que más alegría interior nos produce, también en la vida humana.

José Aldazábal

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         Después del encuentro de los niños bendecidos por Jesús, un encuentro de alegría y esperanza, da pena y verdadera tristeza el episodio del rico que se retira ante las exigencias. Le había preguntado al Maestro "sobre la vida eterna", pero cuando oyó la respuesta de que para alcanzarla hacía falta renunciar a las riquezas, se echó para atrás y no sirvió de nada que Jesús lo mirara con amor (Mc 10, 21). El joven rico pensó que por su propia bondad podría alcanzar lo que básicamente es un deseo egocéntrico de la vida eterna.

         La respuesta de Jesús es remitirlo al "único que es bueno", Dios sólo (Mt 20, 15), alusión al Shema recitado con regularidad (Dt 6,4.5) y recordatorio de que cada uno ha de estar motivado por el amor a Dios. Es a esa luz como Jesús habla de guardar los mandamientos, que sientan la base de la relación con Dios y el prójimo. Jesús cita la segunda tabla de las estipulaciones de la Alianza (Ex 20,12-16; Dt 5,16-20) y termina citando Lv 19,18 como resumen de estos mandamientos.

         El amor al prójimo viene como resultado del amor a Dios. Que el joven no lo ha entendido resulta evidente por el hecho de que afirma haber guardado todos los mandamientos. Jesús le invita a demostrar su afirmación entregando su riqueza a los necesitados para encontrar "un tesoro en el cielo". Aquí está la verdadera prueba de que se pone el Reino en 1º lugar (Mt 6, 33) y se le da el máximo valor (Mt 13, 44-46); pero se constata que las riquezas terrenas son demasiado fuertes.

         Al rico le parece excesivo el precio que tiene que pagar para entrar en el discipulado de Jesús, porque era muy rico. Y quizás él esperase de Jesús otra cosa, como que le hubiese mandado hacer obras buenas, o dar limosna en mayor cantidad, o algo que pudiera hacer desde su riqueza sin perturbar su vida.

         Para ser discípulo de Jesús se pide que el ser humano entero (sin distinción entre lo que él es y lo que tiene) siga las directrices del maestro y llegue, cuando la voluntad de Dios así lo exprese, a renuncias totales, al total desprendimiento de aquello en lo que el ser humano suele apoyarse, teniendo como motivación última "el reino de los cielos". A todos se hace la propuesta de seguir a Cristo dejándolo todo. Esto es ser cristianos.

Gaspar Mora

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         Hoy la liturgia pone ante nuestra consideración el famoso pasaje del joven rico, aquel joven que no supo responder ante la mirada de amor con que Cristo se fijó en él (Mc 10, 21). Juan Pablo II nos recordaba que en aquel joven podíamos reconocer a todo hombre que se acerca a Cristo y le pregunta sobre el sentido de su propia vida: "Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?" (Mt 19, 16), viniendo a decir que "el interlocutor de Jesús intuye que hay una conexión entre el bien moral y el pleno cumplimiento del propio destino".

         También hoy, ¡cuántas personas se hacen esta pregunta! Si miramos a nuestro alrededor, podemos quizás pensar que son pocas las personas que ven más allá, o bien que el hombre del s. XXI no necesita hacerse este tipo de preguntas, ya que las respuestas no le sirven.

         Jesús le responde: "¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno sólo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos" (Mt 19, 17). No es solamente legítimo el preguntarse acerca del más allá, sobre el sentido de la vida, sino que ¡es necesario hacerlo! El joven le ha preguntado qué tiene que hacer para alcanzar la vida eterna, y Cristo le responde que tiene que ser bueno.

         Hoy día, para algunos puede parecer imposible ser bueno. O bien, les puede parecer una tontería. Hoy, como hace 21 siglos, Cristo nos sigue recordando que para entrar en la vida eterna es necesario cumplir los mandamientos de la ley de Dios: no se trata de un maximum, sino que es el camino necesario para que el hombre se asemeje a Dios y así pueda entrar en la vida eterna de manos de Dios.

         En efecto, "Jesús muestra que los mandamientos no deben ser entendidos como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor", como recordaba Juan Pablo II.

Oscar Maixé

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         Qué buenas maneras apunta el joven rico. Se acerca, fascinado, a Jesús; inquieto, le hace preguntas; conoce bien y cumple los mandatos de la ley. Parece tierra a punto. Como que Jesús le hace la propuesta clara, rotunda, inmediata: Vende lo que tienes, y ven conmigo. Y cambia la escena. El joven se aleja triste, y Jesús lo cuenta en imágenes: "Es más fácil que un camello...".

         Jesús pasa pronto del mandamiento a la utopía, al ideal. El rico había cumplido con fidelidad hasta lo que entonces estaba mejor considerado moralmente, hasta amar al prójimo. Es más, estaba en disposición de hacer más cosas: "Qué me falta?". Pero el Maestro no se queda en las cosas. Señala un horizonte de vida, quiere un compromiso total para seguirle.

         No basta con dar a los pobres; es la vida entera la que entra en el compromiso. Dedicar un tiempo, entregar dinero, ir unos meses a países del tercer mundo, alistarse como voluntario, es algo estupendo. Jesús apunta más alto: "Sed perfectos como el Padre del cielo", y "poned vuestro tesoro en el cielo".

         Seguirle así es soltar todas las amarras, perder todas las humanas seguridades, lanzarse a la aventura cada día. Siempre saldrán las piedras al camino. Habrá mil obstáculos que tiren de nosotros. Será la riqueza, o la comodidad, o la seguridad, o tantas cosas. Pero merece la pena seguir a Jesús. ¡Tantos millones de personas que han vivido y muerto por él!

         Hacer las cosas por el reino de Dios es una razón que cautiva. Al final, aun exigente, es dulce seguir, enamorados, a la persona amada. ¿Dónde está nuestro tesoro?, nos preguntamos inquietos. No temamos. El Señor lo repite 2 veces: "Si quieres". Es un canto a la libertad y al desafío.

Conrado Bueno

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         El diálogo de hoy entre el muchacho rico y Jesús muestra a las claras dos formas de entender la vida. El muchacho rico quiere vivir seguro al amparo de sus riquezas, pero al mismo tiempo, tiene interés en asegurarse la vida eterna. Busca simplemente un salvoconducto: "¿Qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?". Todo gira en torno a "lo que tiene que hacer".

         Jesús lo descentra, y lo remite a Dios: "Solo el Uno es el Bueno". Y después lo confronta con sus verdaderas motivaciones: "Si quieres ser..." una persona auténtica. Hay, pues, una doble referencia: a Dios (como fuente de bondad y de salvación), y a sí mismo (como anhelo de vida auténtica). Cuando estas referencias están claras, es posible desprenderse de las demás seguridades y pasar de una actitud autocéntrica a otra de entrega. El programa es claro y liberador.

         El relato de Mateo termina así: "Al oír aquello, el muchacho se fue entristecido porque tenía muchas posesiones". La seguridad venció la batalla a la libertad. Como nos sucede a nosotros la mayor parte de las veces. La propuesta de Jesús no es inhumana ni innecesariamente dura. Es liberadora, produce alegría, nos permite ser nosotros mismos. ¿Qué extraña rémora nos impide aceptarla?

Severiano Blanco

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         A la pregunta que le hace este joven a Jesús sobre qué cosa es necesaria para alcanzar al vida eterna (que puede ser traducida como "entrar en el Reino"), él le responde: "Cumple los mandamientos". No le pide otra cosa. Es decir, lo mínimo que necesitamos para que nuestra vida se desarrolle dentro del Reino es ser fieles a nuestros compromisos bautismales.

         Hoy en día, como seguramente lo fue en tiempos de este Joven, la gente no es feliz, pues no vive de acuerdo, ni siquiera a estos simples principios establecidos por Dios y que tienen como objeto advertirnos de todo aquello que es dañino para nuestra vida. La ley, podríamos compararla al aviso que le da la mamá al niño para que no se coma el pastel caliente, que aunque se presenta muy sabroso, sabe bien que le hará mal, lo enfermará del estomago.

         Dios nos ha instruido sobro todo aquello que nos destruye y nos roba la felicidad, por eso Jesús le dice: "Cumple la ley". Si queremos que nuestra vida tenga las características del reino de Dios, y que se desarrolle en la alegría y la paz de Dios, y que pueda ser plenamente feliz, debemos empezar por cumplir los mandamientos. ¿Por qué no haces hoy una pequeña revisión de cómo estás viviendo esta enseñanza de Jesús? Pregúntate si en realidad estás buscando vivir los mandamientos?

Ernesto Caro

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         El texto nos transmite un diálogo entre Jesús y un muchacho (vv.20.22) a propósito de la perfección evangélica, y el rechazo por parte de este último de asumir las exigencias del seguimiento debido a sus numerosas posesiones. A partir del episodio se nos quiere poner en guardia sobre el peligro representado por la abundancia de bienes que impiden al corazón humano la aceptación de lo gratuito de la llamada y de la perfección humana.

         El muchacho se acerca a Jesús para preguntarle sobre el bien que debe hacer para obtener la vida eterna. Esta pregunta sobre el bien no se plantea en abstracto; se trata en el fondo de la pregunta sobre el ser mismo de Dios, sumo bien como se desprende del inicio de la respuesta de Jesús. Si Dios es el bien, para participar con él es necesario adecuarse a su querer expresado en sus mandatos manifestados desde antiguo al pueblo de Israel.

         Ante una búsqueda de determinación de esos mandamientos por parte del joven, Jesús le enumera solamente los mandatos referidos a la relación con el prójimo. Y como segunda característica sorprendente, coloca los deberes sociales ante que los deberes familiares. Los últimos términos de la respuesta son un resumen condensado en la fórmula "ama a tu prójimo como a ti mismo" (v.19).

         Oyendo la respuesta, el joven en actitud de discípulo, manifiesta su voluntad de ir más allá de un esclarecimiento intelectual. Intenta obtener de Jesús una regla de vida como acostumbraban transmitir los maestros del tiempo.

         Ante esta profundización de la pregunta, Jesús plantea las exigencias de la perfección, que el joven, aún inmaduro, debe realizar para alcanzar su plenitud humana. Estas exigencias no pueden ser otras que las ya expresadas precedentemente en el evangelio por Jesús. Aquí se definen en un doble movimiento respecto a los bienes materiales y a Jesús el Dios con nosotros de este evangelio.

         Respecto a los bienes materiales se trata de vender y dar a los pobres el producto obtenido. Por consiguiente, se busca hacer salir del círculo estrecho de la codicia que enturbia las relaciones entre los hombres y colocar a éstas en el ámbito de la gracia. Esta vivencia de la gracia posibilita el experimentar a Dios como valedera riqueza (v.21), y único camino para alcanzar la plenitud humana.

         Respecto a Jesús, la exigencia es una invitación al seguimiento. Esta es la forma concreta detrás de la que andaba en búsqueda el autor de la pregunta. Lamentablemente la invitación no es acogida y en lugar de la plenitud el resultado final es la tristeza del rechazo, en lugar del seguimiento la marcha por el propio camino.

         El final del v. 22 determina el motivo de ese fracaso: las muchas posesiones, que impiden al joven dar la respuesta adecuada. Imposibilitado de realizar obras gratuitas, encerrado en el círculo del poseer, no puede experimentar al Dios gratuito ni el camino de Jesús marcado por la gratuidad y el don.

         De esta forma todo cristiano es llamado a reflexionar sobre el camino que se le exige para encontrar la plenitud de su vida y el medio de conseguirla. A cada uno se le advierte el peligro que encierra el afán de posesión si se quiere ir detrás de Jesús y aceptar el don generoso de su Reino.

Confederación Internacional Claretiana

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         Mucha gente se preocupa por asegurar esta vida y la otra, y para alcanzar ese objetivo escogen muchos caminos. Algunos optan por tener una economía sólida y una vida más o menos ordenada. Otros, procuran cumplir todas las leyes, tanto religiosas como civiles, confiando en las certezas que proporcionan. Así, se acerca a Jesús un joven lleno de preocupaciones y le pregunta por el camino para ganar la vida eterna.

         La respuesta de la Jesús se ciñe a la ley. Le sugiere que cumpla con todos los preceptos religiosos que tienen que ver con el respeto, la solidaridad y el amor al prójimo. Jesús no le exige que cumpla los 625 preceptos religiosos, sólo aquellos que permiten una sana convivencia. Pero el joven desea más seguridades. Jesús entonces le sugiere que devuelva su riqueza a los pobres y que lo siga. De este modo tendrá las manos libres para recibir los dones de Dios.

         El joven entonces se entristece. Él quería asegurar esta vida y la otra y lo que le propone Jesús lo coloca en apuros. El seguimiento de Jesús significaba la eliminación de toda seguridad económica, familiar y social. Esto era un contrasentido al estilo de vida, que la mentalidad vigente consideraba como buena vida.

         La mentalidad actual se basa en las falsas seguridades. Propone un ideal de amor que sólo tiene en cuenta el sexo y la pasión. El ideal de vida sólo se refiere a un montón de posesiones que dan posición social. Así las cosas, se somete a la persona a una continua ilusión que la conduce al fracaso afectivo, existencial y humano. El ser humano debe descubrir su verdadero valor en la absoluta libertad y en una actitud desprendida ante la vida.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         En cierta ocasión, nos dice hoy el evangelista, se acercó a Jesús uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: Maestro bueno, ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna? La formulación de la pregunta denota estima y respeto, y muestra aprecio a esa enseñanza de Jesús que él espera aplicar, de inmediato, a su propia vida. De hecho, la pregunta se sitúa en el nivel del hacer: ¿Qué tengo que hacer para alcanzar esa meta y esa herencia?

         Lo que aquel interlocutor espera es una directriz práctica, una doctrina moral a seguir. Así lo entiende Jesús, y por eso le responde: Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.

         El Maestro le indica, por tanto, el camino de esos mandamientos que integran la ley de Dios. Los que aquí se enuncian hacen referencia al prójimo, al respeto que merece su vida, sus bienes, su mujer, su fama y sus padres. Tales mandamientos son voluntad de Dios, y el que los cumple cumple la voluntad de Dios y se hace merecedor de la herencia eterna. Aquel muchacho le respondió: Maestro, todo eso lo he cumplido. ¿Qué me queda por hacer?

         Si esto era realmente así, no había más que añadir: se había hecho merecedor de la herencia prometida a los cumplidores. Pero Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres (así tendrás un tesoro en el cielo) y luego sígueme. Le muestra, por tanto, un camino complementario: el camino hacia la perfección, pues cumplir los mandamientos no lo es todo.

         Con ello, alude Jesús a que hay una conducta superior al hecho de no matar, no robar o no adulterar. Y que esa conducta superior consiste en entregar lo que uno tiene en bien de los demás, vender las propias posesiones, y con el dinero obtenido socorrer a los pobres. Al tiempo que les hacemos un bien a ellos, nos liberamos nosotros y nos hacemos más aptos para el seguimiento de Jesús.

         Pero la acción de desprenderse no es fácil, sobre todo cuando uno está apegado a esos bienes en los que pone su "siempre insegura" seguridad. Y al parecer, ésta era la situación anímica de aquel joven rico, porque a las palabras de Jesús frunció el ceño y se marchó pesaroso. Y es que era muy rico, precisa el evangelista, y por eso no estaba dispuesto a renunciar a sus riquezas, ni a su bienestar ni a sus seguridades.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 19/08/24     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A