Crisis actual de Autoridad


Bombardeo sexual escolar, ejemplo de pérdida de confianza en la autoridad

Cieza, 1 febrero 2021
Pascual Saorín, colaborador de Mercabá

          En la antigüedad se creía que no se podía ver a Dios cara a cara sin morir porque la contemplación directa de Dios era imposible de asumir por la condición humana. ¿Cómo podría un ser limitado y mortal ser capaz de situarse en el mismo nivel de encuentro del que era creador eterno de todo el universo?

          Si lo pensamos bien, no sólo la experiencia de encuentro directo con Dios es imposible en este mundo, también algunas experiencias vitales resultan insoportables cuando se experimentan de forma prolongada. Pensemos por un momento: podemos reír, pero si no paramos moriríamos literalmente de la risa; también somos capaces durante algún tiempo de soportar un dolor intenso, pero cuando este se prolonga la vida se hace insufrible. Lo mismo sucede con el placer, el cual dejaría de serlo si su intensidad no cesara, llegando a colapsar el organismo.

          Con la experiencia de encuentro con Dios viene a suceder algo parecido. Podemos acercarnos a él, incluso llegar a sentirlo, pero nunca de forma directa. La contemplación y la experiencia de Dios necesita siempre de mediaciones dado que no somos ángeles, sino seres corporales ligados a una creación que también es visible y material. Una mediación no es el original, pero lo re-presenta, es decir, hace presente en nuestro mundo limitado una realidad eterna e inaccesible.

          La representación que corre a cargo del mediador no está únicamente dentro del ámbito religioso, también lo podemos encontrar en el profano. Al igual que el sacerdote media entre lo sagrado y lo terrenal, de alguna manera el médico lo hace entre el valor y el concepto abstracto de la salud y la necesidad humana de curación; el político no hace entre los valores democráticos, también abstractos, de la libertad, la justicia o la paz y el pueblo que los ha elegido para que solucionen sus problemas cotidianos; también lo artistas lo hacen entre el concepto de belleza y espectador que la pretende asir.

          No obstante, las mediaciones presentan un problema, porque al mismo tiempo que son representaciones de algo trascendente su esencia no deja de ser terrenal. A nadie se le escapa que hoy vivimos una profunda crisis de liderazgo. Se ha hecho popular el grito de muchas personas que no se sienten representadas por sus dirigentes políticos, sociales e incluso religiosos. El grito del “no nos representan” revela una terrible brecha entre el pueblo y sus mediadores. Podemos señalar tres grandes problemas que están en el origen de la crisis social que estamos atravesando, especialmente en el ámbito cultural occidental:

a) el individualismo, que aboca al ser humano a la autorreferencialidad, el aislamiento y una soledad muy profunda que se manifiesta incluso cuando se vive en medio de la colmena;

b) el relativismo, que difumina y eclipsa las verdades eternas. La erosión que las fake news están provocando en la razón, hace que muchas personas tengan serias dudas a la hora de asumir unos principios inamovibles. De esta manera, todo se vuelve flexible, opinable, cuestionable... no hay nada verdadero y sin verdades la vida se convierte en un caminar errante por un desierto en el que es imposible distinguir los espejismos de la realidad;

c) el cansancio crónico, y la desesperanza del ser humano, de los grupos y de las sociedades.

          Si echamos un vistazo a la historia de la Iglesia, son precisamente en las épocas más oscuras y difíciles donde brillan con más fuerzas algunas personas especiales que se convierten en faros en medio de la tormenta y la oscuridad. Ciertamente en la oscuridad es más fácil valorar una pequeña luz, así como en el silencio se percibir mejor los sonidos naturales de la vida: el fluir del viento, el caer de la lluvia o los pasos de alguien que pasa por la calle.

          Aunque las dudas inducidas por la cultura actual nos frenen, sería bueno aprender a cerrar los ojos y a hacer silencio; sólo así podríamos encontrar la inspiración para hablar sin caer en la superficialidad y la luz para mirar más allá de lo aparente. Tenemos un modelo para ello: se llama Jesús de Nazaret. Él no hablaba desde la autoridad, sino con autoridad. Este cambio en la preposición es muy importante; no es lo mismo el autoritarismo que la autoridad.

          La persona autoritaria habla y actúa parapetada detrás de un cargo o un lugar privilegiado que quiere mantener a toda costa; vive, de alguna forma encastado, alejado de una realidad que pretende dominar desde un despacho, una cátedra, un palacio o un chalet ubicado en una zona de lujo debidamente protegida. La persona que habla con autoridad, sin embargo, vive sumergido en la vida, es accesible a todos y, por tanto, es vulnerable. Pero es precisamente esa vulnerabilidad la que le hace conocer de primera mano el sentir del pueblo. El verdadero líder no se segrega de su pueblo, sino que se introduce si cabe más en sus entrañas sin perder nunca su vinculación directa con la realidad.

          Distinguir a las personas autoritarias de las que tienen autoridad no resulta excesivamente complicada. Basta con mirar el efecto que su actitud y comportamiento tiene en las personas que le rodean. La persona autoritaria empequeñece a los que tiene alrededor porque no les deja crecer ni madurar; la atmósfera de la persona autoritaria es tensa, preñada de un miedo que se disfraza de respeto para sobrevivir. Por el contrario, la persona que habla y actúa con autoridad hace grande a las personas que tiene cerca, abre horizontes, aviva y desarrolla los dones y carismas de los demás, oxigena, alivia, impulsa y genera un ambiente de confianza y alegría natural, sin que ello suponga pérdida alguna de respeto. El autoritario denigra, pero el que actúa con autoridad dignifica. Estas dos actitudes las podemos ver desde el ámbito familiar hasta el laboral, pero también se dan en el ámbito político, social y religioso.

          Ser cristianos supone ser una re-presentación de Jesucristo, el verdadero y único mediador que hablaba y actuaba con autoridad. En los evangelios vemos que Jesús es siempre accesible y que cuando no le dejan serlo, lucha para que los que le rodean no institucionalicen su gracia, aunque le cueste la muerte. Todo el que sinceramente se acercaba a él quedaba dignificado y con un nuevo horizonte abierto: publicanos, pecadores, niños, mujeres...

          En Jesús encontramos el vínculo de unión entre la omnipotencia divina y la fragilidad humana; entre la eternidad del Dios creador y la mortalidad del hombre. En la medida en la que nos vinculamos a él, nuestra vida alcanza niveles más elevados. Los santos también nos marcan el camino, pues siendo hombres y mujeres como nosotros nos enseñan a dar los pasos adecuados en la dirección correcta: aquella que al mismo tiempo que nos hace más humanos, nos abre a la inmortalidad. Este es el camino de la verdadera madurez y forja de una vida equilibrada e integral.

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 Act: 01/02/21       @noticias del mundo              E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A