Crisis del Coronavirus


Virus Covid19, una nueva plaga que anuncia una nueva liberación

Japón, 1 junio 2020
Pascual Saorín, periodista de Mercabá

            Las portadas de todos los medios de comunicación del planeta han estado los últimos meses prácticamente monopolizadas por la pandemia provocada por el Covid19. Sin ser un virus tan letal como el del SARS, el MERS o la gripe porcina (pandemias de nuestro siglo), el Covid19 se ha expandido con muchísima más facilidad y rapidez, suponiendo hoy en día una de las amenazas sanitarias más temibles. Sin duda, el extraordinario aumento de los viajes internacionales, fruto de la globalización, ha contribuido de manera crucial a esta expansión.

            Conviene recordar que esta pandemia, independientemente de su origen, ni ha sido la primera ni será la última. Por recordar sólo las más letales desde el inicio de nuestra era, podemos citar la plaga de Justiniano (541-542) que terminó con la vida de más de 30 millones de personas en apenas un año. La Peste Negra (1347-1351) se llevó por delante a más de 200 de personas (un tercio de la población en Europa de aquella época); la viruela (1520) sesgó la vida de 56 millones de personas; ya más cercanas a nosotros tenemos la gripe estadounidense importada a Europa (1918-1919) que acabó con 20 millones de personas, y finalmente el SIDA (1981-   ) que ha matado entre 25 y 35 millones de personas

            Conviene recordar la historia de las pandemias para evitar la presunción de creer que son catástrofes nuevas. Ciertamente, ninguna pandemia es similar a otra; en este sentido podemos decir que lo que nos está pasando es algo “nuevo”. Por ejemplo, una de las novedades del Covid19 es la rapidez de su expansión, fruto de la gran interconectividad de la humanidad, así como la magnitud mediática que ha tenido o el increíble impacto en la economía mundial, logrando paralizar por primera vez en la historia, y al mismo tiempo, las mayores economías del planeta. Como dicen algunos expertos, la economía se encuentra ahora en terreno desconocido.

            Aun así, estas características singulares, propias de la globalización lograda en el s. XXI, no deberían eclipsar la realidad de un común denominador que nos ayuda a interpretar cada pandemia desde sus claves fundamentales. Aunque las herramientas con las que hemos de hacer frente a esta pandemia no deban ser las mismas que las de nuestros antepasados, sería insensato desechar la sabiduría adquirida por la humanidad a lo largo de su turbulenta historia. Por poner un ejemplo, ahí tenemos la ancestral técnica del confinamiento o la separación entres sanos y enfermos como mejor solución para ir deteniendo una infección descontrolada.

Lectura creyente del Virus

            Por desgracia, los creyentes no siempre hemos sido lo suficientemente audaces para afrontar los males que provienen de una naturaleza en constante proceso creativo; ni tan siquiera lo hemos sido para interpretar los desastres naturales dentro del designio divino de una forma constructiva. De esta manera, hemos de reconocer que la religión a veces ha entendido las pandemias como plagas de origen divino, bien para aniquilar a los enemigos (como en Egipto) o bien para castigar a los propios creyentes por causa de sus pecados (como el destierro). La tremenda inseguridad que produce al ser humano no entender ni el sentido ni y el origen de las tragedias parece que ha hecho necesario buscar “culpables”, ya sea Dios en sus inescrutables designios o el género humano en su condición pecadora.

            Es evidente que existen experiencias teológicas fundamentales relacionadas con conceptos como el “castigo divino” o la “ira de Dios”, si bien hacer una lectura literal de los mismos, obviando los contextos históricos, psicológicos e incluso místicos, nos puede hacer caer en no pocas trampas de las que nos constará mucho salir. La simplicidad de atribuir a Dios cualquier acontecimiento que desborde nuestro conocimiento intelectual e incluso espiritual, puede llegar a constituir una grave trasgresión del segundo mandamiento, tomando sin pudor el nombre de Dios en vano para justificar no sólo nuestros límites racionales, sino incluso nuestra pereza intelectual y espiritual.

            Gracias a Dios, la Iglesia Católica supo hacer en el siglo pasado una adecuada lectura de la realidad, discerniendo los signos de los tiempos y recuperando pastoralmente la frescura original del Evangelio, algo que la capacita para hacer frente de una forma más sana y liberadora a los retos de la humanidad. Recordemos que, durante la peste negra, el catolicismo llegó a perseguir a los judíos que no se contaminaban gracias a un auto confinamiento, acusándoles de brujería por permanecer sanos. Sin ir más lejos, durante la gripe estadounidense que llegó a España el siglo pasado, una simple misa en la catedral de Madrid para pedir la protección de Dios tuvo el efecto contrario: la cercanía física en una catedral abarrotada amplificó la infección de la misma.

            La Iglesia ha sido una de las instituciones que más ha colaborado contra el mal del Covid19. Por ejemplo, la Conferencia Episcopal Japonesa tomó medidas varias semanas antes que el propio gobierno; en España, las cofradías sacrificaron sus queridas procesiones de semana santa en función de la salud de todos. Por 1ª vez en la historia no se ha respondido a las plagas con más actos comunitarios de piedad popular, sino con una actitud de colaboración y prevención que sin duda ha contribuido a salvar muchas vidas. No pocos cristianos han querido ver en ello una actitud pusilánime. El confinamiento y la supresión de las eucaristías con asamblea ha tensionado la vida espiritual de no pocos cristianos, haciendo aflorar ciertas actitudes beligerantes e incluso patológicas.

            El Covid 19 nos ofrece la oportunidad de avanzar en la conversión pastoral que el papa Francisco viene reclamando. Además de una crisis sanitaria y económica es también una oportunidad de liberación espiritual. Se trata de dejar atrás de una vez por todas una actitud mágica y supersticiosa travestida de espiritualidad católica. Esta “plaga” nos ha dado la oportunidad de alejarnos de lo sagrado, no para separarnos de Dios, sino para acercarnos a él de una forma más profunda. Dios pidió a Moisés descalzarse ante la zarza ardiente y a María Magdalena no tocarlo una vez que había resucitado. Al catolicismo (sobre todo al latino) le resulta muy difícil creer sin tocar, besar, abrazar. Sin darnos cuenta, tal vez muchos cristianos se han hecho adictos a las formas, obviando el fondo. Así, no se echaba de menos la Eucaristía sacramental cuanto la comunión ritual, ni la reconciliación que celebra el perdón divino, sino la confesión autorreferencial que se focaliza en la propia impureza o pecado; algunos cristianos no han echado de menos la comunidad que se funda en la Trinidad divina, sino una necesidad patológica de no sentirse solo. Así se entiende el uso compulsivo de internet de muchos sacerdotes agobiados por tener que vivir semanas y meses sin ser escuchados.

            El Covid19 es un paso más en el inexorable cambio de paradigma al que estamos asistiendo. Habrá, sin duda, experiencias más o menos traumáticas que aceleren este cambio. Esperemos que por el bien de la humanidad el próximo virus no sea más peligroso que este o que los desastres naturales por venir vayan siendo progresivos, de manera que nos dé tiempo de adaptándonos a ellos. En cualquier caso, hemos de alegrarnos de que el cristianismo en general y el catolicismo en particular haya dado un paso de gigante a la hora de contribuir a sanar y liberar, en lugar de ahondar en la herida con visiones más mágicas que religiosas, que siempre terminan culpabilizando a la misma humanidad que pretenden servir.

Actitud creyente ante el Virus

            La realidad nos va haciendo cada vez más pequeños en número, pero no por ello nos tiene que hacer más débiles. Al contrario, en la naturaleza este proceso de empequeñecimiento tiene sus ventajas al aumentar lo que hoy se llama la “resiliencia”. Un elefante o un león pueden ser más fuertes que los ratones o las hormigas, pero son los elefantes y los leones los que están en peligro de extinción, no los ratones ni las hormigas. Una Iglesia más pequeña puede ser también más flexible y resistente cuando su tamaño se achica al mismo tiempo que sus lazos se estrechan. Por ello, es este un momento ideal para recuperar algunos valores esenciales de la fe, sobre todo aquellos que refuerzan la comunidad como antídoto al individualismo. Si el individualismo hace grande al sujeto a consta de diferenciarlo de la comunidad, el personalismo cristiano aboga por una humildad relacional que no sólo dignifica al individuo convirtiéndolo en persona, sino que refuerza la resiliencia de los grupos cuyos miembros viven en comunión.

            El estrés al que estamos sometiendo el planeta nos obliga a un modelo de Iglesia más ecológico, donde las relaciones con la naturaleza, con los demás y con Dios se impongan por su calidad. La digitalización va a poner a prueba la calidad de nuestras relaciones. Si las nuevas tecnologías dejan de ser un medio y se convierten en un fin, me temo que lejos de reforzarnos como personas y colectivos nos harán más frágiles, inmaduros y dependientes. Es indispensable valorar un sentido relacional natural, donde lo artificial sea un medio y nunca un fin en sí mismo. La iglesia doméstica ha de cobrar protagonismo y con ello la promoción pastoral de las relaciones familiares. Estoy pensando, por ejemplo, en la necesidad de recuperar la catequesis infantil en familia, liberando a las parroquias de una estructura demasiado colegial para que vuelvan a ser oasis de espiritualidad en un mundo cada vez más desértico. El trato a los enfermos y ancianos en hospitales y residencias ha de ser prioritario, prologando la sanación de Jesús de Nazaret. Ni qué decir tiene que dada la crisis económica que se avecina, el servicio social desde la caridad ha de ser la columna vertebral de nuestras parroquias, aunque ello suponga la pérdida de poder económico del clero que, aunque de por sí es bajo, goza de seguridades sociales al alcance de mucho pocas personas.

            Litúrgicamente hemos de recuperar el valor del signo, siendo creativos a la hora de encontrar nuevos lenguajes que no desvirtúen lo esencial. La necesaria separación física ha de servir para una mayor unión espiritual. La simplicidad de los signos ha de ayudarnos a liberarnos de la adicción al barroquismo de puntillas o al travestismo litúrgico, recuperando la sencillez y naturalidad del gesto, no la impostura forzada que encorseta lo sagrado resaltando al sacerdote en detrimento de aquél al que significa y actualiza.

            En resumen, se trata de dar un paso más en el proceso de conversión pastoral que se fundamenta en una renovación espiritual, aprovechando las plagas para salir de nuestras adicciones y adentrarnos libremente en los desiertos de la vida, porque la dureza del desierto además liberarnos de lo accesorio, nos purifica y fortalece en lo esencial.

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 Act: 01/06/20       @noticias del mundo              E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A