Necesitamos Descansar


Campamentos de Verano, un buen ejemplo de descanso estival, y sus 4 dimensiones

Cieza, 1 agosto 2020
Pascual Saorín, colaborador de Mercabá

            Descansar es algo más que una necesidad biológica. No descansamos sólo para rendir más y mejor, sino también por el valor que el descanso tiene en sí mismo. Dios crea para que el ser humano se re-cree, uniéndose a la creación divina a través del trabajo y del goce lúdico de la existencia. El descanso forma parte de una de las 4 dimensiones básicas de la vida: la dimensión lúdico-celebrativa. Las otras 3 son la comunitaria (somos y nos hacemos siempre en relación con otros), la dialogal (somos y nos hacemos mediante la palabra que nos relaciona) y la servicial (somos y nos hacemos mediante nuestro esfuerzo y trabajo). De estas 4 dimensiones hablaremos en otro momento, pero como parte del hemisferio norte se encuentra en periodo de vacaciones y el otro soñando con poder liberarse del cansancio del trabajo diario y del estrés de la lucha contra el virus, he creído conveniente compartir esta reflexión sobre la necesidad del descanso y su valor teológico.

            El descanso es algo natural; lo vemos en el comportamiento animal. Los animales no sólo detienen su actividad habitual para combatir el cansancio; también lo hacen para jugar, aunque ese juego comporte un esfuerzo físico. Esta dimensión lúdica es algo esencial, aunque quede oscurecida no pocas veces por la tentación de convertirlo todo en útil y productivo. Por ejemplo, es frecuente que a los trabajadores se les pida estar localizados en sus días libres, o que los hombres de negocio y los estudiantes aprovechen su tiempo de descanso para ponerse al día en el trabajo atrasado. A lo sumo, la diversión se reduce a actividades puntuales que en muchos casos adquieren tintes compulsivos, como los botellones de los jóvenes, las borracheras y excesos de fin de semana o la “recuperación del sueño atrasado” en fines de semana desperdiciados al vivir de noche y dormir de día. Así es imposible encontrar un equilibrio entre el proceso de creación y el de re-creación, produciéndose una especie de doble personalidad, generadora a la larga de un cansancio crónico, no sólo físico sino también existencial. El descanso no sólo tiene la función de reparar el cansancio biológico, sino sobre todo el espiritual.

            Tan importante como saber trabajar es saber descansar. Si un mal trabajo nos quita el sueño e impide que descansemos adecuadamente, un mal descanso repercute en rendimiento. Así, la dimensión servicial y la lúdica van íntimamente unidas, junto con la dialogal y la comunitaria. Cuando alguna de estas 4 columnas de la vida es amputada, o seriamente erosionada, se produce un desajuste no sólo funcional, sino también existencial.

            La amputación o erosión de la dimensión lúdica provocará no pocos problemas: desde la transformación del ser humano en un robot productivo, hasta enfermedades somáticas o psicopatológicas. Evidentemente también existirá un problema cuando la erosionada o amputada sea la dimensión del servicio o del trabajo, al convertirse la vida en una mera diversión improductiva que exigirá que otros trabajen el doble para que los zánganos puedan vivir bien; pero este problema podemos abordarlo en otra ocasión; ahora trato de reflexionar sobre la necesidad de un descanso de calidad. Para ello, propongo echar una mirada a lo que la Palabra de Dios tiene que decirnos, que no es poco.

Lectura creyente del Descanso

            A todos nos resulta sencillo recordar algunos de los textos bíblicos que hablan sobre el descanso. Recordemos que el ser humano está hecho a imagen y semejanza de Dios, un Dios ¡que descansa al séptimo día! (Gén 2,2). Ya desde las primeras palabras de la Biblia vemos como Dios no sólo es mostrado como un ser dinámico y productivo, sino también como alguien que descansa e invita a que su creación descanse con él. Descansar con Dios y en Dios, se convertirá así en un tema muy importante en la espiritualidad y mística cristiana.

            Esta primera intuición del goce y la necesidad del descanso quedó recogida incluso jurídicamente. De esta manera, lo que en su origen era una experiencia natural se acabaría convirtiendo en ley divina. Nótese que no es la ley la que funda la experiencia humana, sino la experiencia del descanso y su vivencia como algo sagrado, lo que lleva al pueblo de Israel a regularizarlo y reconocerlo como Palabra de Dios. Así, el libro del Deuteronomio regulará jurídicamente el descanso utilizando un día de la semana para el mismo (el sábado):

“Observa el sábado y conságralo al Señor tu Dios... trabaja seis días... pero guarda el séptimo como día de descanso para honrar al Señor... No hagas ese día ningún trabajo... ni tampoco los extranjeros que vivan en tus ciudades de modo que ese día puedan descansar... lo mismo que tú” (Dt 5,12-14).

            Vemos claramente como esta ley no es funcional, sino solidaria, extendiendo el derecho al descanso no sólo a los nativos, sino también a los extranjeros. ¡Cuánto tenemos que aprender de la Biblia para combatir las injusticias a las que sometemos a los inmigrantes, dándoles los trabajos que no queremos para que nos sirvan, sin descanso, en nuestras vacaciones! Poco importa que sean los camareros de los restaurantes y bares de verano, las esclavas sexuales de los burdeles, los manteros (vendedores de baratijas y artículos falsos) o los marineros que malviven hacinados en camarotes sin ventanas en las entrañas de los lujosos cruceros de lujo o jugándose la vida en los buques de mercancías.

            La injusticia que supone basar el descanso del opulento sobre el trabajo del pobre es algo que no pasa desapercibido en la Biblia. El descanso fue hecho para todos porque todos somos hijos de un mismo Dios. Que unos se vean obligados a no disfrutar de esta alegría para que otros puedan holgazanear genera no sólo desequilibrios sociales, sino también personales. Esta tragedia tiene sus consecuencias, unas consecuencias que son recogidas también en la Sagrada Escritura. Así, vemos la advertencia divina en uno de los salmos: “Por cuarenta años me repugnó aquella generación, y me dije: es un pueblo que se desvía en su corazón y no conoce mis caminos. Por ello juré en mi ira: no entrarán en mi descanso” (Sal 95, 10-11).

Actitud creyente ante el Descanso

            La holgazanería, la pereza o el apego a una diversión irresponsable, lleva no sólo al infantilismo espiritual y a la inmadurez, sino también a graves desequilibrios sociales frutos de la injusticia. Estos desajustes personales y sociales son insostenibles a la larga; por eso, tanto personal como socialmente sobrevienen las crisis. Desde una mirada de fe, estas crisis o puntos de inflexión que ponen todo patas arriba, pueden ser interpretadas como la ira o el castigo divino; en realidad, es la mano misericordiosa pero firme de Dios actuando en su creación para que ésta recupere su equilibrio original. Muchos de nosotros hemos de aprender en estas crisis a hacernos cargo de la realidad sin convertir los fracasos y desgracias en motivo de queja, sino en una oportunidad para convertirnos y crecer espiritualmente.

            Ahora bien, ¿Cómo convertirnos y crecer? También para esta pregunta tiene respuesta la Palabra de Dios. Cuando el presente irrumpe como una realidad rota y el futuro sólo parece atisbar incertidumbre y desesperanza, es tiempo de parar y templar. Esto es tal vez lo que Dios nos está pidiendo en este primer cuarto de siglo, como lo ha pedido siempre a su pueblo. No es un problema nuevo; ya el profeta Jeremías nos ofrece una hermosa propuesta: “Paraos en los caminos y mirad. Preguntad por los senderos antiguos, por cuál es el buen camino; andad por él y encontraréis el descanso para vuestra alma” (Jr 6,16). Mirar al futuro puede ser gratificante cuando hay ilusión y esperanza, pero frustrante o motivo de pavor cuando la realidad es trágica. A veces las nubes nos hacen creer que no hay ni cielo, ni sol; por eso es necesario parar y mirar al camino recorrido, recuperar los valores que nos hicieron llegar hasta donde estamos y recoger las enseñanzas que hemos olvidado o despreciado porque se nos hacían pesadas. Esos valores están en la tradición, en la sabiduría siempre nueva que a veces minusvaloramos por confundir la novedad con la moda.

            Este alto en el camino es fundamental. Sólo las máquinas pueden trabajar sin descansar; nosotros no. El ser humano necesita el descanso; no deberíamos ver la vida sólo como una sucesión de acciones, sino también de experiencias aparentemente inútiles. Jesucristo, gran conocedor del alma humana, no reduce su camino a una carrera alocada, precipitada o histérica por extender lo antes posible su mensaje de libertad, sino que insufla en su caminar un fluir sereno, sin prisa, sabiendo que el Reino no está sólo en la meta, sino también extendido como una alfombra a nuestros pies. El descanso de Jesús, lejos de ser una claudicación a la misión, se convierte así en una fuente de gracia y libertad. “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados y yo os haré descansar... hallaréis descanso” (Mt 11,28-29). A veces los que somos creyentes nos agobiamos por lo que debemos hacer; este agobio convierte el descanso en fuente de remordimiento. Si en lugar de pensar en el descanso como una especie de no acción, lo viéramos como el aliento de toda nuestra vida, aprenderíamos a valorar el silencio, la celebración fraterna, el ensimismamiento en las maravillas de la creación, la alabanza que brota tras el duro trabajo o la alegría del encuentro con el amigo.

            La Iglesia siempre ha intentado, especialmente a través de la oración y la liturgia, ayudar a entrar en este tiempo tan perdido como necesario, sabedora de que, sin el cohete en la feria, el baile en la fiesta, la siesta en la sombra o la genialidad en el arte, la vida sería como la sal que pierde su sabor o la luz escondida bajo el celemín.

            Leemos en la carta a los Hebreos que “queda un descanso sabático para el pueblo de Dios. Quien entra en su descanso, descansa de sus trabajos como Dios descansa de los suyos. Esforcémonos por entrar en ese descanso para que nadie caiga imitando la desobediencia” (Hb 4,10-11). “Sólo en Dios haya descanso el alma” (Sal 62,2). Uno de los graves peligros que la humanidad afronta en este primer cuarto del siglo es alentar un estilo de diversión y el entretenimiento que no descanse el corazón, sino que lo tense si cabe más. Este peligro puede derivar en adicciones que esconden una honda sequedad existencial. Jesús, que espera sentado al lado del pozo, nos invita sentarnos con él para sacar el agua viva desde lo hondo de nuestro corazón para que nunca más volvamos a tener sed.

Conclusión sobre el Descanso

            De todo lo dicho hasta ahora podemos sacar algunas conclusiones. La primera sería la necesidad de redescubrir el sentido y la necesidad del descanso encontrando en él no una excusa para el disfrute egoísta, sino un motivo para el reencuentro con los valores eternos que dignifican nuestra vida. A veces tememos más parar que seguir trabajando. Muchas de las adicciones al trabajo esconden en el fondo el miedo a no parar para que la realidad no nos asalte y perturbe poniendo al desnudo nuestra alma. Pero de nada sirve huir de la realidad; tarde o temprano, siempre acaba por atraparnos. Cuanto más tardemos en parar, más hondo será el punzón y la herida que nos provoque el impacto. Descansar regularmente supone convertir la realidad no en un látigo de cuyo azote hay que huir para evitar el dolor, sino en una mano amiga que a veces acaricia y otras agarra con fuerza. Generar espacios de descanso, tanto diarios como semanales, mensuales, anuales e incluso años sabáticos, es absolutamente esencial para que nuestros defectos no se cronifiquen y nuestro corazón pueda encontrar el aceite de la vida que lo engrase para poder funcionar adecuadamente.

            Otra de las conclusiones que podemos sacar es la consideración de diseñar, en la medida de lo posible, tiempos de descanso. Es evidente que un programa de vida siempre se verá desbordado por la realidad; pero ello no puede ser una excusa para que, orientados por un buen acompañante espiritual, nos sentemos estas vacaciones a revisar nuestra vida, haciendo examen de conciencia y diseñando el próximo curso. En ese programa de vida debería ocupar un lugar importante tanto las horas diarias de trabajo como las de asueto; el respeto a un día de descanso semanal (preferentemente el domingo) sin ceder a las presiones de un mundo laboral cada vez más invasivo; la reserva de un día libre al mes para dedicarlo al remanso, dejando que la voz del corazón evalúe nuestro itinerario; el respeto al mes de vacaciones (en los países donde se pueda tener) y su uso inteligente, especialmente para afianzar los lazos familiares; incluso la necesidad, siempre que sea posible, de hacer un año sabático, dejando a un lado las actividades profesionales para echar un vistazo a nuestra vida en general.

            Una última conclusión sería la de encontrar diferentes ámbitos a través de los cuales enriquecer nuestra vida; el silencio, la oración, el arte, las aficiones, el deporte, etc podrían ser algunos de esos ámbitos. En cualquier proceso de discernimiento personal, así como en todo acompañamiento personal, estos ámbitos deberían ocupar un papel tan importante como la vida social, la comunicación o nuestro trabajo, tanto profesional como voluntario. Si todo lo que hay en nuestra vida careciera de descanso, nuestro corazón se terminaría rompiendo como una rueda que nunca se limpia o engrasa adecuadamente. Si nos paramos y aprendemos a oír, podremos escuchar el rechinar de nuestro corazón y el chirrido de una vida falta de aceite que la haga fluir ágilmente. El ruido del que nos rodeamos, incluso en nuestros descansos, no puede ocultar el grito de nuestro corazón; un corazón que necesita ser mimado en silencio, acurrucado por la gracia del tiempo, adecuadamente perdido al calor de la oración y del recreo en la creación a la que fuimos convocados.

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 Act: 01/08/20       @noticias del mundo              E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A