El futuro tras el Covid


Reconfigurar la Vida, una forma de diseñar el futuro tras el Covid-19

Cieza, 1 septiembre 2020
Pascual Saorín, colaborador de Mercabá

            He de confesar que me resulta prácticamente imposible abstraerme a esta especie de dictadura informativa del Covid. Únicamente la decisión de Messi de abandonar el F.C Barcelona parece que ha sido capaz de desplazar por unos momentos el monólogo de los noticiarios, poniendo una chispa de color en las noticias, aunque sea superficial. Los meses van pasando, pero la crisis que trajo consigo este año, lejos de diluirse, parece que se hace más profunda por momentos. Es difícil no sentirse confuso, desorientado, incluso cansado y desesperanzado ante el cúmulo de malas noticias en las que somos bañados cada día. Poco importa que sean noticias veraces, hábilmente retorcidas o directamente falsas; la consecuencia es un mundo cada vez más desorientado, cansado y desesperanzado ante un futuro incierto.

            No parece que falten respuestas ante la confusión generalizada en la que vivimos. La zozobra que padecemos no es sólo fruto de una pandemia, sea natural o artificial; más bien parece un malestar inducido por una especie de mano negra manejando hábilmente nuestros sentimientos más primarios, como el miedo o la ira. Es precisamente el diluvio de respuestas lo alimenta la confusión en que vivimos. El problema no es, por tanto, por la falta de respuestas, sino un exceso incontrolado (y a veces incompetente) de las mismas.

            Creo que la confusión, la desorientación, el miedo o la ira son el común denominador que podemos encontrar en todas las respuestas a la crisis actual. Hay posicionamientos para todos los gustos: teorías científicas, conspiratorias, negacionistas, subversivas, escatológicas... Son teorías transversales, porque en las mismas trincheras encontramos gentes de todos los estamentos sociales y de distinto nivel intelectual, lo que incrementa si cabe todavía más nuestra perplejidad. Abrirse paso en esta jungla resulta una misión imposible.

            Con la serie de artículos que me he animado a escribir no pretendo explicar el por qué de esta situación, sino el cómo afrontarla. Tratar de entender el por qué puede provocar en nosotros una inquietante turbación. Siento y creo profundamente que la época que nos ha tocado vivir es un tiempo en el que se hace indispensable volver a lo esencial, a la raíz de nuestras vidas y de nuestras sociedades, no para entenderlas, sino para dejarnos interpelar por ellas. Se trata de acometer la noble tarea de renovarnos. Si tenemos firme y sana esa raíz, poco importa que de nuestro tronco broten ramas orientadas al norte o al sur, al este o al oeste, buscando el cielo o curvándose hacia el suelo... Esa variedad de caminos y formas no será un problema si en nuestra vida hay armonía y equilibrio, como un árbol firme dentro del aparente caos de su agrietado tronco y sus encorvadas ramas.

            La mayoría de las medidas que se están tomando en el mundo no tienen en cuenta el factor humano. Una buena teoría, una buena política o un buen plan de acción de nada sirven si el ser humano está culturalmente incapacitado para llevarlas a cabo. Culturas degradadas y heridas han existido siempre, como han existido también personas más o menos preparadas para hacer frente a los retos históricos. La historia nos enseña muchas cosas, pero no nos resuelve los problemas del mundo actual, sencillamente porque este mundo, con esta sociedad y con estas personas es totalmente original; no ha existido nunca. En nuestras manos está aprender del pasado para ser creativos en la respuesta a los problemas del presente. Muchos pensadores iluminaron con su reflexión sus respectivas épocas. Hoy nos toca a nosotros hacer una aportación abierta con la que trabajar en la parte más importante: en los cimientos de la humanidad. Sobre ellos vendrán científicos y técnicos, artistas y maestros, reconstruyendo y levantando un mundo que esperemos sea mejor que el actual.

            El cimiento de toda civilización está en entender nuestra propia naturaleza. La Antropología debería ser el cimiento desde el que tratar de reconstruir todo, incluso la Teología, porque la fe nos viene de lo alto pero encarnada en lo humano. Nos guste más o nos guste menos, hemos de mirar a la humanidad actual. El ser humano de hoy en día niega que esté sostenido por algo, ya sea por el pasado, la cultura o la trascendencia. Desde Nietzsche, se niega todo fundamento. El hombre se autoconstruye como el dueño y fundador de su propio ser.

            El concepto básico de la antropología fundamental es el de criatura, y está en estrecha relación con los de naturaleza, dependencia y ley natural. Todos estos conceptos están en crisis actualmente. Me temo que, sin resolver esta crisis, ni la crisis del Covid-19 ni ninguna otra quedarán totalmente resueltas, reapareciendo como fantasmas una y otra vez. En realidad, ninguna crisis es nueva, sino una segunda parte de otra crisis cerrada en falso que rebrota una y otra vez como una enfermedad a la que únicamente se combate en sus síntomas, no en su causa.

            Lo que algunos pensadores proponen es hacer una especie de “mistagogia antropológica”, es decir, una profundización en nuestro propio misterio desde la experiencia que tengamos de nosotros mismos. No se trata de ir a otro sitio, sino de ir a uno mismo. Por desgracia, ignoramos con demasiada facilidad la fenomenología de lo humano, porque al tener nuestros propios catecismos pensamos que no nos hace falta nada más. Poco importa que esos catecismos sean religiosos, ideológicos o prácticos si lejos de llevar a lo humano lo alejan.

            Un ejemplo actual es el catecismo hedonista de no pocos jóvenes, viviendo al margen de las advertencias de sus mayores y de sus maestros. La realidad para ellos no es más que un estorbo; prima la ideología en la que han sido educados. No se trata de culpar a los jóvenes indisciplinados y poco solidarios, sino a una cultura que ha contribuido a que sean así. Es hipócrita responsabilizar a los jóvenes de sus actos cuando desde que nacieron han sido (mal) educados para que actúen como lo hacen ahora. Resulta más sencillo encontrar un chivo expiatorio que cuestionarse las raíces de una cultura firme en la defensa de los derechos, pero débil en la exigencia de las obligaciones; una cultura que genera monstruos para luego demonizarlos.

            Hubo una época en la que sabíamos lo que era y lo que tenía que ser porque la cultura lo daba ya hecho. Los que tenemos cierta edad hemos nacido configurados por una fe a la que se le daba mucha importancia. De alguna forma, teníamos el camino trillado. Pero al encontrarnos con gente que no tiene esta experiencia al vivir en otro universo cultural, nos encontramos con un desnivel de lenguaje. Una vez en esa situación, antes que dar una respuesta a esta nueva cultura, necesitamos reconocer los elementos de la fenomenología de lo humano. No se trata de conocer al ser humano solamente en su contexto actual (que también), sino de hacerlo en su esencia inmutable; sólo desde lo que el ser humano es, podremos entender cómo a llegado a estar donde está y sobre todo cómo acompañarle para que regrese al camino que le dignifica como criatura e imagen de Dios.

            En el fondo, uno de los problemas más urgentes es el del lenguaje, porque el lenguaje es expresión y al mismo tiempo alimento de la cultura. Al cambiar la cultura, las respuestas cristianas no responden a las preguntas humanas, porque hablamos lenguajes distintos. Por ejemplo, a muchos de los que somos creyentes nos cuenta entender por qué cuando la gente se va de la Iglesia no echa en falta nada de lo que ha dejado. Lo hacen porque la estructura de fe que les dimos era una estructura superpuesta a la estructura antropológica. La estructura de la fe suele estar erróneamente constituida como una parte de lo humano, no como su esencia; se identifica lo religioso con determinadas acciones o pensamientos que se van añadiendo a la vida, pero sin que lleguen a configurar la forma de ser. Es decir, la fe sería algo así como una afición más; es útil durante un tiempo como puede serlo ir a kárate, al club de tenis o a una asociación de senderismo.

            La gente de hoy siente que lo que decimos no conecta con sus experiencias. Poco importa que el que hable sea sacerdote, maestro o científico. La pluralidad sin límites y la confusión del lenguaje no hace más que ensanchar el abismo entre la persona y la sociedad. A este ritmo, lejos de tener una sociedad de personas unidas, nos convertiremos en un conjunto de individuos conectados de forma virtual pero desconectados de la naturaleza y solos en nuestro ser más íntimo. La verdadera crisis no está en un virus que puede eliminar buena parte de la humanidad, sino en un ser humano cada vez más cerca de perder su identidad como criatura en medio de la creación. El Covid-19 no ha hecho más que acelerar este proceso de descomposición y degradación de lo humano, viniendo a ser más un síntoma que la causa del malestar social y personal actual.

            Asumiendo el riego que puede tener, hemos de recuperar nuestra fe desde lo que somos, evitando convertirla en un credo impostado. La verdadera fe siempre es retadora porque nos hace salir de las burbujas religiosas y dogmáticas, como Abraham salió de Ur, Moisés de Egipto o Jesús de Nazaret de Galilea. Asumiremos el riesgo de que la sociedad nos considere unos fanáticos. Esto es lógico en una cultura que define la identidad como líquida (modelable, cambiable). Cuando alguien entra en una experiencia configurante, como lo es la experiencia de la fe, casi inmediatamente es repelido por ese mundo líquido. La experiencia de Dios no se puede eliminar porque si se pierde esa forma se pierde también la humanidad. La verdadera experiencia de Dios no superpone lo humano y lo divino, sino que lo unifica indisolublemente. Tristemente esto es tachado por la sociedad actual como totalitario e integrista, cuando bien llevado supone un camino de verdadera libertad.

            La fe crea un arraigo a las estructuras básicas de la antropología; pero hemos de encontrar un lenguaje que al mismo tiempo que exprese nuestra experiencia, sea entendible por el mundo actual. El error estaría en auto confinarse en una burbuja religiosa; no sólo porque nos incapacitamos para hacer a los demás partícipes de la libertad que experimentamos, sino también porque las miserias que arrastramos dentro de esa burbuja terminan por corromper desde el interior incluso lo bueno que hubiéramos podido atesorar, generando un anti-testimonio y alimentando los prejuicios del mundo actual.

            Cuatro serán los ámbitos desde los que trabajar por una nueva humanidad y por una nueva fe, en Dios y en su creación, incluyendo el ser humano. Son ámbitos antropológicos y teológicos sobre los que construir un mundo renovado, más allá del Covid-19 y de todas las demás plagas y crisis que nos quedan por confrontar. En los sucesivos meses los iremos desgranando poco a poco. Por ahora, preparémonos para el otoño caliente que se nos avecina.

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 Act: 01/09/20       @noticias del mundo              E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A