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Futuro de la Universidad
Querétaro,
13 julio 2026 La institución universitaria cumplirá un milenio este siglo, el año 2088. Se trata de un invento medieval que en Bolonia reunió a un grupo de abogados, que recibían como ayudantes a hijos de notables, que deseaban tener en la familia expertos que abogaran por sus intereses. Los abogados medievales, así como todo tipo de artesanos del Medioevo, ya habían establecido entre sí sus propias reglas de aprendizaje y admisión. En un 2º paso, cuando el aprendiz demostraba ser ya capaz de hacer una obra maestra, entraba al gremio e iba escalando a la posición de maestro. Este modelo gremial inspiró a los estudiantes, que en las primeras universidades (Bolonia, París, Oxford, Salamanca...) formaron sus propias cooperativas (universitas) para arrendar locales, contratar bedeles y pagar a los maestros para que enseñaran allí, y no en su casa. Aunque la nueva institución nació al margen de la Iglesia y del Estado, poco después quedó sujeta a su intervención. El instrumento de control decisivo fue la autorización para ejercer la docencia. Nadie podía enseñar teología sin autorización eclesiástica, nadie podía ejercer como abogado sin título profesional, y este monopolio privilegió a los titulados. Los primeros universitarios eran de clase alta, y por ello no necesitaban escalar posiciones. Cuando llegaron los estudiantes de clase media, las credenciales obtenidas les permitieron ascender, y ante la demanda de alumnos se empezó a requerir administración universitaria. En el siglo XX, las universidades se burocratizaron, como casi todo en el planeta, y hoy se han quedado en instituciones obtusas, dedicadas a otorgar licencias a cambio de generosas matrículas económicas. El negocio va mal, por razones económicas y tecnológicas. Cuando millones tienen ya las licencias y el supuesto ascenso, la ventaja se devalúa, abundan los universitarios desempleados y aumentan los costos de la institución, porque la administración se hincha y las exigencias sindicales son cada vez mayores. A esto hay que sumar que la técnica medieval de enseñar, tan fructífera a nivel intelectual, se vuelve obsoleta para un estudiantado masivo. Las universidades ya no valen lo que cuestan, y eso va a traer cambios. Tres están a la vista. 1ª Separar dos funciones distintas, la de educar y la de licenciar. En muchos países ya existen organismos oficiales que no permiten ejercer (aunque se tenga un título universitario) sin aprobar exámenes uniformes. También existen asociaciones de especialistas que certifican los conocimientos de sus miembros. 2ª Separar las materias que requieren laboratorios, talleres, hospitales o maestros extranjeros. Los costos de la presencia mutua de maestro y alumnos (como desplazarse, para coincidir en un lugar y momento) son elevadísimos, y sólo se justifican para algunas materias. Las demás deben impartirse de otra manera. A este respecto, asombra el éxito de Coursera, una empresa asociada con universidades de prestigio. 3ª No ver la educación como una etapa previa al trabajo, sino paralela y para toda la vida. Es decir, habrá que volver a empezar a enseñar en las universidades a leer libros completos, a resumirlos por escrito y a discutirlos, con la idea de volver al amor a las letras, amor al arte y vocación cultural. Tras la imprenta renacentista y el internet actual, ¿se justifica la universidad medieval? Ya en el s. XIX, Carlyle escribía: "La verdadera universidad ha de ser la de una colección de libros". En este sentido, lo más que puede hacer un maestro universitario es enseñar a sus alumnos a leer. Desgraciadamente, se han multiplicado los universitarios que no saben leer porque no leen libros, y las universidades no se hacen responsables de tamaña atrofia. .
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