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Impuestos Obesivos
Querétaro,
12 octubre 2026 Para ir directo al grano, diré que los impuestos a los refrescos y alimentos basura no disminuye la obesidad de las personas, sino que alimentan todavía más la obesidad del estado, ese gran adicto a las direcciones generales adjuntas. Es más, dar dinero a un adicto (como es el estado) empeora su enfermedad, y no cuadra con su argumento principal: frenar a los adictos al azúcar, quitándoles su dinero. Supongamos que hubiera una prima de riesgo en las cuotas pagadas al seguro social por las empresas, según el sobrepeso de su personal. Sin duda, eso favorecería la discriminación laboral, pero el pago y su destino corresponderían al problema definido: la obesidad de los asegurados, que tiene costos médicos medibles. Los impuestos "a la obesidad de las personas" no pretenden recuperar los costos de un programa contra la obesidad (que ni siquiera proponen), como si el mero hecho de aumentar los precios redujera la obesidad. Si así fuera, también sería verdad que frenar los precios del azúcar fomentaría la obesidad, lo cual sería para el estado "algo incongruente". Hay muchas incongruencias en las políticas fiscales de los estados, como vender productos supuestamente dañinos en sus tiendas Diconsa, creadas para abaratar el consumo popular. En este caso, por ejemplo, lo congruente sería dejar de venderlos, no encarecerlos. Hace unos años, el estado mexicano cambió la formulación de los desayunos escolares, para hacerlos menos azucarados. Fue prudente, hasta que empezó a cobrar más para que desayunaran menos. Lo que sí sería necesario, para combatir la obesidad de las personas, es crear incentivos, como el que han inventado en el metro de Moscú. En éste, los pasajeros que hacen sentadillas de menos de 2 minutos reciben un billete gratis, por su ejemplo de civismo. Los impuestos "contra la obesidad" son como los impuestos que gravan cigarros y bebidas alcohólicas. Es decir, una nueva fuente lucrativa de recaudación. ¿Por qué? Porque la gente no deja de fumar y beber (aunque cueste más), y tampoco dejará de comer hamburguesas o beber coca-colas. ¿Se atreverán a hacer controles policiales de niveles de obesidad? ¿Se atreverán a echar a los gordos de un restaurante a la calle, para que allí coman su perrito caliente? Al tiempo lo harán, porque las cabezas de los gobernantes son de chorlito y porque funciona muy bien eso de poner alcoholímetros recaudatorios. Por delante, vaya que el alcoholismo, el tabaquismo y la obesidad son lacras que todos hemos de combatir, a través de incentivos beneficiosos para esas personas necesitadas de dejar sus malas costumbres. No obstante, lo que no se puede es poner multas económicas a quien quiera tomarse una cerveza, una coca-cola, una hamburguesa o un cigarrillo. Si un estado quiere realmente contribuir a la causa, que no invente nuevos impuestos y que sí haga el resto de cosas que no hace. Por ejemplo, patrocinar programas de difusión que hagan atractivo el ejercicio físico, y las dietas balanceadas. Por ejemplo, limpiar las fuentes públicas, el agua potable, los patios infantiles y las canchas deportivas. Por ejemplo, abaratar los refrescos naturales o los productos de la huerta. En el caso del estado mexicano, éste también podría vender en Diconsa semillas, implementos e instructivos para sembrar hortalizas caseras. También podría renovar la tradición pedagógica de los huertos escolares que inició Vasconcelos, u organizar ferias (y hasta museos) de la fruta. Para todo esto, no hace falta aumentar la obesidad del estado, sino todo lo contrario. Es decir, habría que poner a dieta al estado, empezando por despedir a los funcionarios que inventen contribuciones demagógicas. Esto sí que haría más ágil la administración pública, y costaría menos. .
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