La Gula y los Cerdos


Personas humanas, capaces de comer peor que los cerdos, tengan hambre o no

Querétaro, 7 septiembre 2026
Gino Gasperín, periodista de Observador

         El diccionario define la gula como el "exceso en la comida o bebida", y los estudiosos como el "apetito desordenado de comer y beber". Pero no solo eso, sino que hay más.

         En el Canto VI de la Divina Comedia de Dante, o 3º círculo del Infierno, se narran "nuevos tormentos y nuevas almas atormentadas", y lo que allí contempla el vidente es el castigo de quienes en vida se dejaron dominar por los excesos del apetito, sin control.

         Lejos de saciar sus deseos no reprimidos, y ahora condenados a un tormento constante, los glotones yacen sumergidos en el lodo, bajo una fuerte lluvia sucia, pestilente y eterna, símbolo de la degradación a la que llevaron su existencia. Y el vidente exclama: "Granizos espesos, y agua negruzca, descienden en turbión a través de ellos, exhalando un olor pestífero por toda la tierra".

         La escena es terrible. Las almas de la gula yacen abandonadas, sepultadas en un enviciamiento representado por la ciénaga pestilenta, de la que no pueden librarse. Aquí, la voracidad, el abuso, y el desorden de sus vidas, se torna en un suplicio eterno.

         En medio de este paisaje desolador aparece Cerbero, el "gran gusano", o "fiera cruel y monstruosa", que ladra con sus tres fauces de perro a los condenados allí sumergidos. Su ferocidad representa el apetito insaciable que consumió a estas almas en vida, y que ahora son sus víctimas.

         Cerbero tiene "los ojos rojizos, los pelos negros, el vientre ancho y las patas guarnecidas de uñas que clava en el suelo", mientras "desgarra la piel de los glotones y los descuartiza". Su presencia refuerza la brutalidad del castigo a los que actuaron con excesos en su vida, sin poner límites a su hambre, sin dignidad ni control, recibiendo en la misma proporción un castigo que no tiene fin.

         Cuando el perro Cerbero descubre a Dante (el vidente) y a su guía (Virgilio), abre sus fauces y enseña sus afilados colmillos. Entonces, Virgilio "cogió tierra y la arrojó a puñados a las fauces ávidas de la fiera". Así, del mismo modo que el perro se deshacía ladrando, se apacigua cuando muerde su nueva presa (o nuevos desperdicios), ocupado en devorarla con sus impuras bocas y unos ladridos que "causaban tal aturdimiento a las almas, que éstas quisieran quedarse sordas".

         Asombrado Dante por el monstruoso Cerbero, se le presenta entonces un conocido suyo: un bufón al que llamaban Ciacco el Puerco, que durante su vida representó la corrupción en Florencia. Su castigo estremece a Dante, que le pregunta: "¿En qué pararán los habitantes de esta ciudad?". El aludido le responde con lo que parece una advertencia y una profecía: "Será preciso que el Partido Vencedor sucumba, y que el Partido Salvaje se eleve, pues tres antorchas han inflamado a los ciudadanos: la soberbia, la envidia y la avaricia".

         Los encuentros con el perro Cerbero y con el puerco Ciacco enseñan que hay gula en todo apetito desmedido, en todo desenfreno y en toda falta de autocontrol. En este lugar infernal se ubican quienes se lucran con el hambre, quienes se sacian con lo que a otros falta y quienes dejan que la voracidad los gobierne.

         El canto de Dante no sólo describe los castigos físicos a que serán sometidos los glotones, sino que hace reflexionar sobre las consecuencias de una vida licenciosa, en que las personas son capaces de comerse los desperdicios de los cerdos, sin controlar los impulsos ni pensar en el derecho de todos al acceso a las riquezas (en este caso, alimenticias).

         Al final de los tiempos, dice Virgilio a Dante, "cada cual encontrará su triste tumba, recobrará las carnes que se mereció y oirá el juicio sobre la propia figura que en vida diseñó, resonando ya así por toda la eternidad". Pro lucro, pallida tabes, "oh, vergonzosa plaga de la avaricia", decía Lucano.

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