Rediseñar la Vida


Hacia una vida en relación, a nivel social y comunitario, tras el Covid-19

Cieza, 1 octubre 2020
Pascual Saorín, colaborador de Mercabá

            Para diseñar un mundo y una vida renovada tras el Covid-19 es importante trabajar sobre las dimensiones fundamentales del ser humano y de las culturas que éste configura. Iniciamos este camino considerando el primer ámbito con el que nos encontramos desde el mismo momento en que nacemos: la percepción de que somos seres en relación con otros seres. La comunidad, que se expresa a través de diferentes instituciones, constituye así un primer elemento a considerar y reforzar, porque no sólo el virus está teniendo una profunda afectación social, también su superación exige una reflexión y renovación de las relaciones humanas.

            Lo humano es plural; los otros son el lugar personal desde el que comenzamos a ser nosotros mismos; sin ese , sería imposible la afirmación de un yo. Una de las manifestaciones más visibles de esta afirmación es el lenguaje, el cual no surge por generación espontánea, sino inducido y trasmitido por la comunidad que, generando una nueva vida, la acoge y configura. El lenguaje lo recibimos para ejercer nuestra individualidad, pero siempre en una relación de interdependencia con los demás. Sólo podemos tener conciencia de nuestra identidad sumergidos en un conjunto; es desde el interior de este conjunto o comunidad desde la que vivimos nuestra individualidad.

            No hay un solo ser humano capaz de conservar en sí mismo toda la humanidad ni de acumular la esencia de todo lo humano. Ni el mismo Dios cristiano puede substraerse a esta ley, pues al encarnarse necesitó de la colaboración de una mujer (María) y de la complicidad de una familia que la acogiera. Nadie puede monopolizar la humanidad para sí mismo; la cultura nos lo impide, pero también la esencia de nuestro ser. La cultura no lo permite porque al mismo tiempo que capacita para una vivencia más o menos plena de la humanidad, también la limita y empobrece, al circunscribirla a un ámbito determinado, ya sea geográfico, racial, ideológico, etc.

            Despertamos a nuestro propio ser desde el encuentro con los otros, que son quienes nos reconocen y dan una identidad, empezando por el mismo nombre que otros (los padres) eligen por nosotros. De esta manera, desde el despertar a nuestro propio ser nos encontramos reconocidos por los otros sin que nadie pueda darse identidad a sí mismo. Nadie surge por generación espontánea. La vida es esencialmente un don.

            Esto que decimos de la persona, también es posible aplicarlo a la cultura. La cultura es al mismo tiempo que una construcción de las comunidades y los pueblos, una estructura que configura a aquellos que nacen y se educan en su seno. Cuanto más antigua es una cultura más anclados están sus modelos, pero también más cerrado y estanco es su dinamismo. Por el contrario, cuanto más moderna (pos ilustrada) y posmoderna es una cultura, más abiertas, flexibles y líquidas son sus formas, aunque también más débiles e inseguras.

            Nos definimos según las expectativas que la cultura pone en nosotros, pero esto es algo que se hace de forma inconsciente; de alguna forma nos protege del miedo a quedarnos solos. Con todo, esta especie de abrazo cultural imposible de eludir tiene sus peligros y excesos. Por un lado, todo ser humano necesita decir que no es un vosotros, sino que tiene identidad propia. Ello lo vemos, por ejemplo, en la necesitad de salirse del mensaje políticamente correcto respecto al uso de las mascarillas. Cuando la comunidad lo da todo, de alguna manera es experimentada como un límite a la propia identidad y libertad.

            Otro peligro es establecimiento de relaciones sociales posesivas, aunque estén justificadas en el afecto o el afán protector. Un exceso de celo puede tener el efecto contrario, contribuyendo a empequeñecer a la persona al no dejar crecer sus capacidades ni respetar su libertad. No estamos hablando de un problema moral (como la manipulación social), sino ontológico. Evidentemente una sociedad puede generar estructuras moralmente inaceptables al usar la protección de sus miembros como excusa para el control social; pero de lo que aquí hablamos es de un exceso de celo en algunas ideologías que aspiran a tutelar a la persona basándose en un instinto de protección muy primario.

            Todo ser humano tiene que superar esta tensión entre quien le da el ser y la propia identidad. Lo mismo podemos decir de cualquier cultura, especialmente de las culturas minoritarias. Tanto un individuo frente a su comunidad, como una cultural en medio de este mundo globalizado afrontan actualmente el reto de sobrevivir sin ser devorados o expulsados. Lo que se produce de hecho en el mundo es un “o te amoldas o quedas excluido del marco de reconocimiento”.

            Uno de los mayores problemas que ha destapado el Covid-19 es la dificultad para encajar lo diferente dentro de lo común. No es un problema nuevo, pero sin duda la pandemia ha puesto encima de la mesa realidades que hasta hace poco eran ignoradas; por ejemplo, la precariedad de los temporeros, la tragedia de los ancianos arrinconados en residencias, la frustración de los jóvenes o su falta de imaginación y espíritu de sacrificio para sobrellevar un periodo de crisis largo que exige disciplina.

            Cada cultura no configura la condición humana de forma absoluta, sino concreta. Todas las culturas tienden a encerrarse en esa forma. Como pensaba Aristóteles, los iguales tienden a asociarse con los iguales. Esto, que refuerza al mismo tiempo tanto la propia cultura como el espíritu identitario, puede favorecer la fractura de la economía y de la sociedad. No es extraño que el Covid-19 esté poniendo de manifiesto la necesidad de agruparnos con los nuestros, ya sea la familia o los grupos burbuja en los colegios, eludiendo los contactos con los “extraños”, vistos más como una amenaza que como una oportunidad para expandirse y madurar.

            Ante el peligro de que las fisuras de nuestro mundo y nuestra sociedad se hagan más grandes por culpa del Covid-19, hemos de pensar el futuro en clave de comunión. La comunión no es un fenómeno nuevo del cristianismo, sino algo propio de lo humano. No se trata de cristianizar las sociedades, como si el cristianismo tuviera una fórmula mágica capaz de solucionar todos los problemas post-Covid. Más bien se trata de ahondar en lo humano para desde dentro descubrir que existen religiones (entre ellas el cristianismo) que pueden ayudar más de lo que imaginamos a recomponer el mundo.

            Frente a las actitudes excluyentes, Jesús de Nazaret siempre es quien dice: “tú te puedes sentar conmigo”. Lo hace de forma simple, generalmente a través de las comidas o los exorcismos, acciones encaminadas a la integración del expulsado. Jesús hace ver así que las condiciones para participar en la comunión no están en el sujeto a integrar, sino en el deseo de que todos sean uno. El ansia de unión es lo que provoca la invitación, sin que esa invitación esté condicionada en un principio por ningún requisito moral o social.

            Esta actitud de búsqueda de una comunión abierta e integradora choca frontalmente con la experiencia de la mayoría de religiones, cuyos dioses han tendido siempre a crear un pueblo concreto (elegido), generalmente enfrentado al resto de pueblos. Es como si Dios creara a su pueblo de una forma y al resto de pueblos de otra. No es esta la experiencia del Génesis, donde se nos cuenta la creación de la humanidad, sin mención a una raza determinada.

            En la experiencia cristiana, lo que nos reúne no es tanto una forma de ser cultural, cuanto la forma última de ser hijos en el Hijo. Toda distinción queda relativizada frente a la identidad de ser en Cristo. Esto es siempre conflictivo en un mundo que se mueve entre 2 polos: el globalista (que tiende a estandarizarlo todo según los patrones dominantes) y el nacionalista (enrocado en una tendencia ancestral a la auto referencialidad). No nos engañemos, incluso en el cristianismo existe el riesgo de que la religión prime sobre la experiencia. La tendencia es hacer Iglesias culturales, tribales, nacionales, ideológicas.

            El cristianismo no es una ideología. Los cristianos están llamados a no fundamentar la unidad en la idea de la igualdad, sino en la experiencia de la comunión. Es evidente que en una verdadera comunidad cristiana lo que une a la asamblea no es una ideología, sino una experiencia espiritual. Dicho de otra forma, una verdadera comunidad cristiana es expresión de la pluralidad de ideas que existen en el mundo. Por eso, a la Iglesia se la define como católica (universal). Si lo que decide para mí Dios lo decide también para otros, no tengo más remedio que aceptarlo. La Iglesia se ofrece como sacramento de unidad del género humano, no con afán uniformador, sino comunitario. Esto es lo que hace difícil la comunión eclesial, pero al mismo tiempo lo que ofrece la Iglesia como uno de los pocos ámbitos en donde vivir la unidad desde la diferencia social y cultural sin caer en exclusiones.

            Jesús visibiliza la exclusión; no rechaza al excluido, sino que lo convoca y trata de reintegrar a la sociedad. La experiencia cristiana tiene un elemento de inculturación y otro de exculturación. Dios sólo puede hablar a la humanidad, sin ser extraño para ella, siendo humano pero sin perder su identidad divina. Es en la eucaristía donde mejor se expresa y funda este equilibrio. En ella, la comunidad se reúne no por lo que la identifica humanamente (como comunidad de iguales), sino por la identidad que recibe de Cristo, que no tiene un carácter reducible a lo histórico, étnico, cultural, empático, ni siquiera religioso, sino teológico. Es el Espíritu divino, un Espíritu filial, quien da la participación como un don.

            La consecuencia pastoral directa es que la Iglesia siempre debe vivir en aquella tensión dinámica entre la inculturación necesaria (ser Iglesia en y con un pueblo con una manera histórico-cultural concreta) y la exculturación permanente (sin posible coincidencia con él). En este movimiento la comunión eclesial aparece como sacramento de la unidad del género humano, no por uniformidad, sino por filiación.

            El mundo post-Covid debe comenzar a construirse hoy en día a través de una profundización en la comunión, porque la comunión garantiza tanto la identidad de cada una de las personas en ella inserta, como la identidad del colectivo, que es infinitamente más que la suma de sus miembros. Un mundo sin comunión únicamente puede aspirar a un ambiguo equilibrio de consensos en los que la dinámica de la lucha por el poder (antropológicamente evidente) prevalecerá siempre sobre la dinámica del servicio. Si el Covid-19 deja en la cuneta de la historia no sólo a los fallecidos y enfermos, sino también los valores que dignifican nuestra condición humana, esta tragedia habrá pasado en vano y nosotros habremos perdido una gran oportunidad para crecer y progresar.

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 Act: 01/10/20       @noticias del mundo              E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A