Artículo sobre el
Padre Bazzano Reggio, s.j


Fotografía del padre Bazzano, ejerciendo de director espiritual

Montevideo, 1 febrero 2021
Pablo Hübner Varela, doctor en Derecho

           Juan Carlos Bazzano Reggio nació en Montevideo en 1909, bisnieto de inmigrantes campesinos italianos que habían emigrado del puerto de Génova, e hijo de un brillante notario (Juan B. Bazzano) que abrió su oficina en la capital uruguaya en 1900, e hizo funcionar ésta hasta no hace mucho, en que un sobrino suyo se jubilara y, al no tener hijos notarios, cerrara sus puertas.

           Para el lector debe explicarse que Uruguay era entonces un país en que todo estaba por hacer, y existía un rápido ascenso social para todos lo que venían de fuera. Era la plaza fuerte y el apostadero naval de la flota española en el Atlántico sur, con jurisdicción hasta las Islas Malvinas inclusive. Y también un país muy tardíamente colonizado por el Imperio español, que hizo que muy poca población fuese noble (salvo las familias fundadoras de Montevideo, y otras que fueron declaradas hidalgas) en el momento de la independencia, que es el tiempo en que se asentó, en Montevideo, la familia del p. Bazzano.

           También hay que decir que la escribanía (o notaría) es en Uruguay una carrera al margen de la abogacía, no requisiva del doctorado en Derecho, y de libre ejercicio. Aquí en Uruguay, el notario es recibido, y abre bufete, como un abogado, y puede escriturar en todo el país. En el caso de Juan B. Bazzano (padre del biografiado), ejercía de notario de Montevideo, siendo muchos de sus clientes inmigrantes enriquecidos.

           El matrimonio Bazzano Reggio vivía en una buena residencia (edificada sobre las antiguas parcelas de agricultura de su abuelo) y enviaba a sus 7 hijos a muy buenos colegios, sin dejar por ello de inculcarles una enseñanza autodidacta. 

           Mi madre conoció al p. Bazzano cuando éste era todavía jovencito, y mantuvo una relación personal y profesional con su familia, ya que una de sus hermanas era compañera de estudios suya, e íntima amiga. Y recuerdo que me contaba (mi madre) que Juan Carlos era un chico rubio y movedizo, de carácter alegre y muy normal (en el sentido de que no era alguien que ya tuviera de antemano una vocación religiosa o sacerdotal). De hecho, el joven Bazzano tuvo novias, y tras sus estudios comenzó a trabajar con su padre.

           A este respecto, una de las hermanas Bazzano, ya fallecida, me dijo un día acerca de su hermano que "lo único diferente que tenía, a cualquier adolescente o joven común, era que mostraba algo más de piedad que el promedio, pero sin ser eso nada llamativo". Y que nunca perdió el realismo, cuando se fue haciendo místico.

           De hecho, tan realista fue Juan Carlos que, estando en la Facultad de Teología de San Miguel (en Argentina, la misma en la que estudió Jorge Bergoglio), un día le dijo a un compañero menor que él: "Disculpe, padre, pero le he estado observando, y veo que camina usted siempre mirando hacia el suelo. A ver si así, en vez de guardar usted la castidad, lo único que va a conseguir es llevarse por delante una columna, o tener un accidente tal vez grave".

           Como novicio jesuita, Juan Carlos hablaba con todo el mundo, se adaptaba a los no católicos, y completó brillantemente sus estudios de Humanidades en la Compañía, dominando el latín en profundidad y enamorándose para siempre del poeta Horacio. Se licenció en Teología Moral, y durante decenios fue canonista y miembro de la justicia eclesiástica, así como profesor del Seminario Interdiocesano de Montevideo, y director espiritual en otros colegios no jesuitas de la ciudad.

           Siempre respetó el joven sacerdote Bazzano la libertad humana y de conciencia, incluso con el pasar de los años o las confianzas. Así como nunca hacía llamadas telefónicas a nadie, para decirle que volviera a la fe o que le quería ver en misa tal día.

           Cerca ya de los 60 años, fue nombrado Bazzano director espiritual del Colegio Sagrado Corazón de Montevideo, no dudando en mezclarse con sus alumnos y hablar de fútbol con ellos, dejándose sacar la gorra y mil cosas de ese estilo. Mi padre, quien iba al Colegio a revisar mi formación, veía todo eso, y al respecto le llamó poderosamente la atención un dato: nunca perdió el p. Bazzano, al mezclarse con sus alumnos, el respeto de éstos. De hecho, yo mismo doy fe que, de aquellos juguetones del Sagrado Corazón, alejados con el tiempo de la práctica religiosa, muchos volvieron después a poner su vida en orden, yendo a confesarse con él.

           Yendo a lo místico, un sábado estaba yo en su despacho del colegio hablando de peteneras, y recuerdo que me dijo, como algo sin importancia, que en su único viaje a Europa visitó la cueva de Manresa (España), donde el fundador de la Compañía de Jesús había recibido la inspiración divina de los ejercicios espirituales. "Me puse de rodillas a rezar", me dijo, y "perdí noción de tiempo, del espacio y del lugar, y San Ignacio me habló". Y seguimos hablando de otras cosas.

           Más tarde, me percaté del dato y me dije para mí mismo: "Le habló, pero ¿qué le dijo?". Seguramente, tuvo un éxtasis. Y cuando lo visité nuevamente, le pregunté sobre el asunto, pero él esquivó hábilmente la conversación. Por supuesto, él no era ningún vidente que predicaba, ni un san Juan de la Cruz, sino un neto confesor.

           Lo que sí me repitió muchas veces Bazzano, tanto a ex-alumnos como ex-seminaristas, fue su determinación por ser siempre un fiel sacerdote, hasta la muerte. Y que si volviera a tener 23 años, no se haría jesuita, sino simplemente sacerdote secular, por el dolor que le causaba lo que estaba sucediendo en la Compañía de Jesús (y su consecuente división). Eso sí, sin poner nunca en duda su fidelidad a sus 3 votos religiosos, y al 4º voto jesuita de obediencia directa al papa. Personalmente, a mí también me dijo, cierto día, lo fácil que a él le sería pasarse al clero secular, para poder dedicarse así, con mayor independencia, a sus tareas archidiocesanas (en alguna de ellas, la de pro-vicario general).

           Y es que Bazzano sufrió dolor por la triste división surgida en la Compañía de Jesús, tras el Concilio Vaticano II, y eso para él fue una llaga interna espantosa. Siempre trataba de mediar entre los 2 bandos (los partidarios del padre tal y del padre cual, uno progresista y otro conservador), y yo creo que hasta se daba cuenta que nosotros (sus alumnos) nos dábamos cuenta de ello.

           Cuando Juan Pablo II comenzó su ministerio, Bazzano hablaba siempre bien de él. Y cuando yo un día le pregunté si dicho papa intervendría la Compañía de Jesús, él me dijo muy serio: "Todo lo que quieras, pero el papa no va a venir a las ventanas de este convento". Más tarde, el prepósito general de la Compañía de Jesús (padre Kolvenbach) intervino la provincia uruguaya, y el provincial interventor (el p. Gutiérrez Semprún, español) recibió orden directa de contradecir las herejías del jesuita Juan Luis Segundo, líder de la teología de la liberación que se había separado de la comunidad, y vivía por su cuenta.

           No es mi especialidad ni intención, insisto, entrometerme en las jerarquías de la Iglesia, puesto que soy un simple laico, casado y profesor de Derecho, al que no le interesa si el papa le dijo esto o le dijo lo otro. Pero lo que sí sabía, y todo el mundo sabía, es que dicho hereje jesuita era un pro-marxista. Nunca lo conocí personalmente, pero sí estaba al tanto de los errores en que hizo seguir a mucha gente católica. Que Dios Uno y Trino haya tenido piedad de él, y yo trate de seguir viviendo como fiel hijo de la Iglesia, sin salirme nunca de su magisterio. Gracias a Dios, el p. Bojorge (que sigue hoy activo, publicando webs) logró refutar las supuestas herejías del p. Segundo, a través de libros que fueron conocidos en toda Iberoamérica.

           En definitiva, el p. Bazzano actuó siempre como corresponde a un buen jesuita, que cumplía fielmente los estatutos y espíritu de la Compañía, y que aceptó oficios que el 95% de los sacerdotes no aceptan, y huyen de ellos (por no considerarlos propios de un clérigo, ni de índole pastoral (como decía el hno. Angel Navarrete, s.j). Entre tales oficios, trabajó Bazzano como asesor en materia de calificación moral en películas y otros espectáculos públicos, como carteleras de cine, periódicos de diferentes credos y creencias... Y eso en el país (Uruguay) más secularizado de Iberoamérica, al que el p. Bazzano trató de dotar de ética humana, más allá del ámbito católico.

           El padre Bazzano sufrió espiritualmente por muchas situaciones que se encontró, y no disimulaba su dolor por el rumbo que estaba tomando ciertas cosas. Aunque todo lo sobrellevaba con paciencia y fe.

           Era un jesuita ejemplar, en quien los jóvenes encontrábamos, unido a un estilo serio y jovial, un modelo viviente de aquellas virtudes sólidas y perfectas que Ignacio de Loyola deseaba para sus hijos. Fue también un hombre de oración profunda, y nunca mentecata. Un hombre de honda vida espiritual, alejada del puro activismo. Y un hombre de acción, que sabía remediar con buen humor aquellas situaciones en que su genio y pronto nervioso le habían dominado.

           En su humildad, decía el p. Bazzano: "La alcurnia, bah! Mi bisabuela se enamoró de mi bisabuelo porque no hablaba dialecto, sino muy buen italiano".

           Mi caso con él fue atípico, porque lo seguí viendo hasta pocos días antes de morir. Lo cual sucedió un día cualquiera, en que al ir a visitarlo lo encontré muy mal, y dolorido me tuve que retirar.

           Falleció el 24 febrero 2000, año santo de la Iglesia Universal, en la enfermería del Colegio Sagrado Corazón de Montevideo, ex-Seminario de la Compañía de Jesús en Uruguay, a los 91 años de edad.

           El año 2005 se promovió, con apoyo de algunos jesuitas, una petición escrita, y firmada por ex-alumnos y conocidos, universitarios de Derecho (sección Notariado) y hasta anticlericales, al entonces provincial del Uruguay, para iniciar su causa de beatificación. No obstante, la fusión de la provincia uruguaya con la provincia argentina ha paralizado el intento, y no ha permitido que prosperara su causa.