10 de Diciembre

Santa Eulalia de Mérida

Angel Fábrega
Mercabá, 10 diciembre 2023

           Nació el 292 en Augusta Emérita (Mérida), en el seno de un esclarecido linaje de los vetones. En aquellos días, la colonia romana debía sus nombre a los soldados eméritos, que tras la guerra contra los cántabros habían logrado obtener el status de eméritos, o jubilados con sueldo vitalicio. Y también al emperador Augusto, que para ellos había fundado dicha ciudad el año 25 a.C, con la categoría de capital de la Lusitania, en la zona occidental de Hispania.

           Plácidamente asentada en la vega del río Anas (hoy Guadiana), por el que subían y bajaban constantemente las naves de los mercaderes y traficantes orientales (que internaban en España sus mercancías, a cambio de las riquezas naturales del suelo hispano), Mérida se convirtió en poco tiempo en una ciudad cosmopolita donde convivían romanos y griegos, indígenas y orientales. La prosperidad y floreciente vida comercial, así como la grandeza y magnificencia de sus templos y edificios públicos, bien le merecieron el apelativo de la Roma de España.

           Fue también Mérida una de las primeras ciudades de España que vio brillar la luz del evangelio, y muy poco después la patria de una de las mártires más famosas del cristianismo español: Eulalia.

           Tenía esta niña 12 años cuando fue capaz de consumar todo eso. No obstante, ya desde mucho antes había manifestado a todo el mundo meritense cual iba a ser su vocación: aspirar al cielo, y guardar intacta su virginidad. En efecto, y contra lo que suele acontecer, desdeñó muy pronto Eulalia las muñecas y diversiones de las niñas de su edad, así como las joyas y aderezos de su cuna familiar. Según las crónicas, debió ser seria de rostro, modesta en sus andares, y poseer la gravedad de los ancianos a la hora de practicar sus costumbres.

           Así que cuando la persecución imperial conmovió a los cristianos, obligándoles a ofrecer incienso y sacrificar víctimas a los dioses paganos, nada pudo hacer con el espíritu de Eulalia, que enardeció su intrépido carácter y empezó a suspirar en su corazón por la gloria de Dios, dispuesta a desafiar las armas de los romanos.

           Sus padres procuraron alejar a Eulalia de la ciudad, y se la llevaron a una casa de campo apartada, evitando así que la valerosa muchacha quisiera comprar, a precio de sangre, su amor a la muerte.

           Pero una noche, y sin que nadie la viera, abrió Eulalia las puertas de su casa de campo, franqueó los portones de la cerca y, fugitiva, emprendió en plena noche su camino hacia Mérida, campo a través. Con paso diligente recorrió las varias millas que la separaban de la ciudad, a través de caminos llenos de abrojos y zarzales. Hasta que de madrugada, y antes de la salida del sol, llegó a su ciudad natal. Una vez salido el sol, se presentó ante el tribunal del prefecto y, en medio de todos los lictores, vociferó a los magistrados:

"Decidme, ¿qué furia es esa que os mueve a hacer perder las almas, a adorar a los ídolos y negar al Dios criador de todas las cosas? Si buscáis cristianos, aquí me tenéis a mí. Soy enemiga de vuestros dioses y estoy dispuesta a pisotearlos, y con la boca y el corazón confieso al Dios verdadero. Isis, Apolo y Venus no son nada, porque son obra de la mano humana. Y el mismo Maximiliano adora cosas hechas con las manos. No os detengáis, pues, sino quemadme, cortadme, dividid mis miembros. Porque es cosa fácil romper un vaso frágil. Pero mi alma no morirá, por más acerbo que sea el dolor".

           Al oír a la muchacha, el pretor debió quedar petrificado, y al momento ordenó: "Lictor, apresa a esa temeraria y cúbrela de suplicios, para que sepa que hay dioses patrios y que no es cosa baladí mi autoridad". Y, volviéndose sobre Eulalia, le dijo:

"Antes de que mueras, atrevida rapazuela, quiero convencerte de tu locura en lo que me es posible. Mira cuántos goces puedes disfrutar, qué honor puedes recibir de un matrimonio digno. Tu casa, deshecha en lágrimas, te reclama, y gimiendo estará la angustiada nobleza de tus padres, puesto que vas a caer, tan tiernecita, en vísperas de esponsales y de bodas. ¿O es que no te importan las pompas doradas de un lecho ni el venerable amor de tus ancianos padres, a quienes con tu obstinada temeridad vas a quitar la vida? Mira, ahí están preparados los instrumentos del suplicio: o te cortarán la cabeza con la espada, o te despedazarán las fieras, o se te echará al fuego. Y los tuyos te llorarán con grandes lamentos, mientras tú te revolverás entre tus propias cenizas. ¿Qué te cuesta, di, evitar todo esto? Con que toques tan sólo con la punta de tus dedos un poco de sal y un poquito de incienso, quedarás perdonada".

           Pero Eulalia no respondió, sino que escupió al rostro del pretor, arrojó al suelo los ídolos que tenía delante de sí y, de un puntapié, echó a rodar la torta sacrificial puesta sobre los incensarios.

           Inmediatamente, 2 verdugos desgarraron sus tiernos pechos, y los garfios abrieron sus virginales costados hasta llegar a los huesos, mientras Eulalia chorreaba de sangre y tranquilamente contaba sus heridas.

           Al contemplar aquella carnicería, Eulalia decía al Señor, sin lágrimas ni sollozos: "He aquí que escriben tu nombre en mi cuerpo. ¡Cuán agradable es leer estas letras, que señalan, oh Cristo, tus victorias! La misma púrpura de mi sangre exprimida habla de tu santo nombre". Y tan abstraída debió estar la mártir que, ante el dolor atroz que debían causarle aquellos tormentos, ella pasaba totalmente desapercibida. Y eso que sus miembros, regados de sangre, bañaban de continuo su piel con nuevos borboteos.

           Ante aquella intrepidez, los esbirros se dispusieron a aplicarla el último tormento. Mas no se contentaron con propinarla azotes que le desgarraran la piel, sino que la aplicaron por todas partes (al estómago, a los flancos...) hachones encendidos. Eulalia soltó sus recogidos cabellos y los deslizó sobre sus hombros, tapando así su castidad y ocultando su gracia virginal, ante aquellos hombres que por un instante gozaban con lo que hacían. Hasta que la sangre chisporroteó también sus cabellos, y Eulalia, deseosa de morir ya, se inclinó hacia la llamarada y la sorbió con su boca.

           Y así murió la mártir, torciendo el cuello ante el fuego de la hoguera pagana, y soltando en ese momento su alma. Según los testigos, la hoguera se apagó al momento, y sus verdugos huyeron avergonzados de aquel lugar. Todo lo cual acaeció un 10 diciembre 304. Ese día estaba nevando en Mérida, y aquel tiernecito cuerpo quedó tendido en el suelo, enrojecido por la sangre derramada sobre la nieve, como una grácil mantilla blanca.

           Tal es la descripción que nos dejó Prudencio del martirio de Santa Eulalia de Mérida, en admirable coincidencia con las Actas que sobre estas mismos hechos se escribieron a base de testimonio ocular.

           Nada más quedar rendida Eulalia en el suelo del Pretorio, los cristianos de Mérida acudieron presurosos a recoger su cadáver, e inmediatamente se lo llevaron. No muy lejos de allí embalsamaron delicadamente su cuerpo, y le dieron sepultura en el lugar en que poco después levantaron una preciosa ermita (hoy basílica), "cuyo mármol bruñido (según testimonio de Prudencio, que la vio) iluminaba sus atrios, donde los techos brillaban con áureos artesonados, y los pavimentos jaspeados daban al peregrino la sensación de pasear en un prado de rosas". Y con un lirismo exultante termina el poeta su descripción:

"Fuera las lágrimas dulzonas y melindrosas. Cortad, vírgenes y donceles, purpúreas amapolas, segad los encendidos azafranes. Pues no carece de ellos el invierno fecundo, y el aura trépida despierta los campos para llenar de flores los canastillos. Ofreced, oh jóvenes, estos presentes, que yo también quiero llevar una corona en estrofas de poesía, vil y ajada, alegre y festiva. Así conviene venerar los huesos que yacen bajo este altar, porque ella mientras tanto, a los pies de Dios, ve todo esto e intercede, benévola, por nosotros".