10 de Marzo

San Juan de Ogilvie

Jesús Iribarren
Mercabá, 10 marzo 2026

Semblanza

         En otoño de 1613 desembarcaba en el pequeño Puerto de Leith (Edimburgo) un apuesto oficial de 33 años, que decía llamarse capitán Watson. No era capitán ni se llamaba Watson, sino Juan de Ogilvie, jesuita disfrazado, audaz, alegre y agudo. Año y medio más tarde, el 10 marzo 1615, y después de mil peripecias, ofrecían al joven sacerdote, en matrimonio, a la hija del hereje arzobispo Spottiswood, en una escena que superaba toda fantasía: o boda o muerte. La proposición se hacía en diálogo con la multitud vociferante, desde lo alto de un tablado y al pie de la horca.

         Minutos más tarde el verdugo tiraba de las piernas del jesuita, para ayudarle gentilmente a dar el último suspiro. Probablemente la joven desdeñada se alegraba en su corazón de no recibir a un marido cojo, con la médula de los huesos reventada en las torturas de los últimos días. Pero la Iglesia, Esposa de Cristo, se alegraba todavía mas, porque tenía en el cielo a un nuevo mártir de la fe, del primado romano y de la castidad sacerdotal. He aquí cómo ocurrieron las cosas.

         En 1572, a la muerte de un sacerdote apóstata y 2 veces casado (Juan Knox, amigo de Calvino en Ginebra y cabecilla de la Reforma en las Islas Británicas) quedaba ya asentado el presbiterianismo en toda Escocia. Según sus doctrinas, algunos estaban absolutamente predestinados para el cielo; y los demás, irremisiblemente predestinados para el infierno.

         Desde ese disparate, comenzaron los presbiterianos a propagar muchos otros: la no transustanciación eucarística, la no distinción entre obispos y sacerdotes, la ilegítima autoridad del papa... así como su disparate máximo: el presbiterio, que debía estar compuesto por un órgano mixto de seglares y ancianos, como autoridad máxima de Cristo sobre la tierra.

         Y todo ello con sus consecuencias: la eliminación de ritos litúrgicos, de altares, de crucifijos, de imágenes, de velas, de música... y una aberración espiritual: la predicación espontánea, según se le ocurriera a cada pastor en cada momento, como sustitutivo de la oración comunitaria eclesial.

         Desde que Knox definiera a la Iglesia de Roma como "la última bestia", y al papa como "el anticristo", los presbiteranos se pusieron manos a la obra. Del centenar de monasterios que florecían en Escocia, no dejaron ni uno solo en pie.

         Las catedrales fueron desmanteladas por ser "monumentos de la idolatría", y el parlamento escocés ordenó el 24 agosto 1560 que "nadie dijera misa, ni la oyera, ni estuviera presente a ella bajo pena de confiscación de todos sus bienes, y el castigo corporal a discreción de los magistrados". Pues Knox afirmaba que "una misa era más temible que si diez mil enemigos armados".

         En este ambiente vivió Juan de Ogilvie, nacido en 1580 en Banffshire (Escocia) de una familia noble donde la madre había conservado la fe católica, pero el padre se había pasado al bando de descubrir y apresar católicos. El pobre hombre temblaba pensando que su mujer pudiera hacer de Juanito un papista, y tratando de evitarlo envió a Juan al continente en cuanto éste cumplió 13 años, para que hiciera en Europa sus estudios protestante. Lo que no podía imaginarse es que, 3 años después, Juanito sería católico (con 16 años) y jesuita (con 19 años).

         En efecto, de los 13 a los 19 años transformó por completo Ogilvie su formación y su vida, en medio de cambios culturales tan importantes como la Reforma Gregoriana del calendario (ca. 1582), el invento del microscopio (ca. 1590), la 1ª edición de la Vulgata clementina (ca. 1592), las leyes de la gravitación y del péndulo (ca. 1601)...

         Descubrimientos de tierras, esplendor de las bellas artes, nacimiento de las ciencias exactas, transformación del comercio. Las universidades hablan un lenguaje común y facilitan el trasiego de las ideas y de los estudiantes desde un rincón al otro de Europa. Y Juan de Ogilvie ha sido testigo predilecto de todo ello, en plena efervescencia juvenil. Se instruye en la fe de Lovaina, pasa de allí a Ratisbona, se traslada a Olinutz y más tarde a Viena (donde se hace jesuita). Y el padre Aquaviva, a la sazón general, le envía a licenciarse a París y Rouen.

         Es entonces cuando el contacto renovado con los emigrantes y viajeros de su tierra, cargados de noticias de amigos, de mártires, de peligros, de proezas, le aguijonea para que pida a sus superiores la difícil misión de predicador clandestino. Y ya tenemos en Edimburgo a nuestro capitán Watson, si no acaudillando soldados, sí dispuesto a decir misas, esas terribles misas que para el hereje Knox equivalían a diez mil enemigos desembarcados en la costa.

         Las leyes abiertamente injustas no obligan en conciencia: si para obedecer a Dios es preciso burlar reglamentos humanos, para el misionero no cabe opción. Entre dejar de instruir, bautizar y decir la misa o celebrar para todo ello reuniones clandestinas, usar disfraces y fingir apellidos, Juan de Ogilvie opta decididamente por la vida ilegal, bajo la constante amenaza de los guardias y de los soplones.

         En febrero de 1614 le encontramos en Londres consultando en la corte de Jacobo I de Inglaterra un proyecto de tregua religiosa. Por Pascua visita París para tratar con su provincial, y el resto del tiempo tan pronto se halla en Edimburgo, como en Glasgow, lo mismo en el piso de una viuda, convertido en capilla, que en el corredor de una cárcel a donde ha logrado introducirse fraudulentamente.

         No podía faltar la traición, y al cumplirse el año justo de su arriesgado juego con la boca del lobo, una falsa cita le hizo caer en la trampa del arzobispo Spottiswood. Fue entonces cuando el jesuita dio toda la medida de su valor humano: cabeza fría y clara, respuesta contundente, chanza en los dolores, energía en el mantenimiento de los derechos humanos y divinos contra la letra de la ley y la arbitrariedad.

         Son notables sus salidas con jueces y verdugos. Al obispo, no legítimamente consagrado, le dijo: "Lego sois y no tenéis más jurisdicción espiritual que la que pueda tener vuestro báculo". La tortura del quebrantapiernas consistía en unos anillos que se cerraban sobre la pantorrilla. Por entre ellos y el hueso se introducían cuñas a golpe de martillo, hasta que el hueso oprimido se rompía y la medula se desparramaba.

         Cuando le amenazaron con el quebrantapiernas, Ogilvie se rió y dijo: "No estimo yo más mis piernas que vosotros vuestras ligas". Y como los verdugos insistieran en amedrentarle, prosiguió: "No recibo más amenazas de vosotros que de aquellos gansos, que no paran de graznar". Uno de sus guardianes le asegura que le quemarían vivo, y Ogilvie replicó: "Pues no pierda más el tiempo, porque estoy muerto de frío".

         No era cinismo ni bravuconería hueca; en el tribunal no quiso delatar a nadie, se negó a jurar como reo decir la verdad, afirmando su derecho a ser tenido por inocente mientras no se demostraran sus pretendidos delitos, no por confesión propia, obtenida por la coacción y la tortura, sino por pruebas exteriores.

         Rechazó la autoridad del rey en materia religiosa, y defendió el primado del papa. Y lo hizo con una agudeza y precisión realmente inconcebible, en una persona que llevaba 9 noches y 8 días consecutivos sin poder dormir ni un solo minuto. Fue también providencial que un preso católico (de una celda vecina) pasara diariamente al padre Ogilvie algunas hojas de papel por debajo de la puerta, porque permitió al mártir escribir su Diario, y de paso a nosotros conocer su humor y sobrenatural heroísmo.

         Al fin fue condenado a muerte. Pero, como suele ocurrir, el tribunal tuvo exquisito cuidado en que la sentencia no pareciera recaer sobre opiniones religiosas, sino sobre delitos civiles, y así, se le condenaba "por traición al rey y por violación de las leyes del estado". Y aquí vino la jugada maestra del audaz jesuita, que no se resignaba a morir como un contrabandista vulgar o falsificador de pasaportes, sino que quería ser un mártir.

         Sabiendo lo que ganaba el protestantismo con la adquisición de aquella energía y de aquel talento, el ministro Scott prometió al reo, camino del cadalso, la mano de la sobrina del arzobispo, y una buena prebenda si abjuraba. Fingiendo ceder, pero querer seguridades, el jesuita le dijo ante la multitud ávida del espectáculo de su horca:

—Repetidme esa oferta con testigos.

         Repetida que fue, siguió preguntando el jesuita:

—Entonces, ¿no se me perseguiría por traición?

—No, contestó el ministro, coreado por miles de voces que gritaban: "Baja del cadalso".

—¿Sólo es mi apostasía del catolicismo lo que importa?, remachó el jesuita, mientras los católicos temblaban de pena y de inquietud entre el público.

—Sólo eso, replicó la multitud.

—Entonces, muero como mártir, concluyó Juan de Ogilvie.

         Y dejó alegremente, encomendándose a la Virgen, que izaran con el nudo corredizo su cuerpo joven de 35 años. Su alma voló al cielo.

 Act: 10/03/26     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A