11 de Diciembre

San Dámaso I papa

Casimiro Sánchez
Mercabá, 11 diciembre 2023

           El Imperio Romano sobrevivió a su desmoronamiento, y cambió de rumbo hacia el cristianismo, gracias a 3 españoles de 1ª línea mundial, coincidentes entre sí: el emperador Teodosio (que impuso la religión católica como la única y oficial del Imperio), el papa Dámaso (que dotó a la Iglesia de estructuras profundas y no sólo superficiales) y el liturgo Prudencio (que animó a los cristianos a componer literatura viva y eficaz).

           Dámaso nació el 305 en Roma, de una familia española cuyo padre (Antonio) había hecho toda su carrera eclesiástica no lejos del Teatro de Pompeyo, junto a los archivos de la Iglesia romana, siendo "notario, lector, levita y sacerdote". Su madre se llamaba Laurencia y llegó a la edad de 92 años. Tuvo también otra hermana menor (Irene), la cual se consagró a Dios vistiendo el velo de las vírgenes.

           Dámaso se formó a la sombra del padre, en un ambiente elevado y teniendo ocasión de relacionarse con lo mejor de la sociedad romana. Una sociedad que alternaba los cristianos fervorosos con los viejos patricios del paganismo, los herejes irreductibles con los empleados públicos, y cuyas convicciones variaban según soplasen los aires de la política imperial.

           La educación de Dámaso fue exquisita, y desde el primer momento se orientó hacia la carrera eclesiástica, destacándose entre el clero de la urbe. Como toda persona de mérito, tuvo que sufrir la calumnia o la enemistad. Y por su labor entre las damas piadosas, que solicitaban su dirección, le motejaron los envidiosos de auriscalpius feminarum (lit. "halagador de oídos femeninos").

           Ya desde su infancia debió despertarse en él la vocación de cantor de los que dieron su vida por la fe, recogiendo ávidamente las noticias que circulaban oralmente (como en el caso de los santos Pedro y Marcelino) o lo que el mismo verdugo le contó su martirio: "Percussor retulit Damaso mihi, cum puer essem".

           Era ya diácono Dámaso cuando falleció el papa Liberio I (ca. 366). El Imperio había sido repartido el año 364 (tomando Valente el Oriente y Valentiniano I el Occidente), y desde el 358 había un antipapa (Félix III) al que Dámaso había tratado de reconciliar con Liberio I.

           Por el gran ascendiente que gozaba en Roma, Dámaso fue elegido papa en la Basílica de San Lorenzo por la mayoría del clero y del pueblo, siéndole favorable la nobleza romana. Sin embargo, los opositores se reunieron en Santa María in Trastevere y eligieron a Ursino, que se hizo consagrar rápidamente por el obispo de Tibur (no haciéndolo Dámaso hasta un domingo posterior, el 1 octubre 366, por el obispo de Ostia).

           Parece como si Dios pusiera en la existencia de los santos ocultas espinas que les puncen para purificarles. Y Ursino fue el aguijón de Dámaso I.

           Desde que el 26 de octubre el emperador Valentiniano dio orden de destierro contra el antipapa, y la revuelta se apoderó de Roma. Los partidarios de Ursino se hicieron fuertes en la Basílica Liberiana, teniendo que soportar un verdadero asedio de los seguidores de Dámaso I (donde dominaban los cocheros y empleados de las catacumbas).

           Armados de sus herramientas de trabajo y de hachas, se aprestaron al asalto de la basílica. Algunos lograron subir al techo y lanzaron contra los leales de Ursino no precisamente pétalos de rosas, conmemorativos de la nieve legendaria que diera pie a la erección del templo, sino teas encendidas, que ocasionaron 160 muertos.

           Ursino fue desterrado, y si bien el emperador le permitió volver el 15 septiembre 367, le expulsó de nuevo el 16 de noviembre. El antipapa no cede, y desde su destierro maquina nuevas intrigas que logran envolver a Dámaso I en un proceso calumnioso, el año 370.

           En el 373 se abre un nuevo proceso contra Dámaso I ante los tribunales de Roma. Esta vez el acusador es un judío convertido (Isaac), detrás del cual se reconocen fácilmente los manejos de Ursino. El emperador Graciano interviene personalmente y falla la causa. Absuelve a Dámaso I y destierra a Isaac a España, y a Ursino a Colonia.

           En el 378 ha de justificarse Dámaso I ante un concilio de obispos italianos que él mismo había convocado. Los obispos estaban inquietos a causa de las dudas que provocó la usurpación de Ursino. Pidieron que los obispos no pudieran ser llevados a otros tribunales que a los eclesiásticos, formados por sus propios colegas, y, en caso de apelación, que ésta se hiciera al papa. Que éste sólo pudiera ser juzgado, en caso de necesidad, por el emperador en persona.

           Todavía en 381, Ursino vuelve a la carga. Y el Concilio de Aquilea (ca. 381) fue la ocasión. El antipapa quiere llevar la resolución del caso al propio emperador. Mas a partir de entonces todo se apacigua. Ursino debió de morir, porque no se vuelve a hablar más de él.

           Los partidarios de Ursino no fueron los únicos en crear preocupaciones a Dámaso I. Al lado del antipapa se agitaban durante todo este tiempo los obispos cismáticos, así como los luciferianos, donatistas y novacianos. Roma era un avispero de sectas, y el papa tuvo que luchar contra su intransigencia, como en el caso de los donatistas, descendientes de los antiguos montanistas africanos. Su campeón, el presbítero Macario (condenado al destierro) murió de las heridas que recibiera al ser apresado, aunque la elección de otro obispo significó un nuevo competidor contra Dámaso.

           En medio de tantas dificultades, el gran papa pensaba en la Iglesia universal. En punto a herejías, su mayor preocupación era el arrianismo. Roma se había pronunciado abiertamente contra las doctrinas arrianas en el Concilio de Nicea y siempre había mantenido una línea clara en este punto.

           Al tiempo de la elección de Dámaso I eran arrianos los obispos Restituto de Cartago y Auxencio de Milán, otros muchos del Ilírico y, sobre todo, de la región del Danubio. El emperador no quería problemas por causa del arrianismo, y la situación era dudosa.

           En 369 San Atanasio escribe Ad Afros a los obispos de Egipto y Libia, y habla del "querido Dámaso", pero muestra su inquietud por el estado de cosas de Occidente. Un poco después otra carta del mismo santo obispo habla de recientes concilios reunidos en las Galias y España (y en la misma Roma), en que se tomaron medidas contra Auxencio de Milán. El Concilio de Roma nos es conocido por la carta Confidimus, del propio Dámaso I a los obispos de Ilírico.

           Esta carta es una firme declaración de los principios de Nicea. Pero fue necesario esperar la muerte de Auxencio (ca. 374) para reemplazarle por un obispo ortodoxo: San Ambrosio. En la región dalmaciana (Ilírico) el arrianismo conservó durante mayor tiempo su hegemonía, aunque el Concilio de Aquilea del 481, en el que Dámaso I no llegó a intervenir, condenó vigorosamente los manejos de los herejes.

           En Oriente la política religiosa del papa tuvo menos éxito, porque la situación era más embrollada. Los católicos estaban divididos a causa del Cisma de Antioquía. Unos eran partidarios de Melecio (que había sido elegido según regla), y otros se inclinaban a favor de Paulino. San Basilio de Cesarea era el jefe de los primeros, y con él casi todo el episcopado oriental.

           Pero Roma, bajo la influencia de San Atanasio, se había pronunciado por el 2º. A partir de 371 fueron llevadas a cabo largas y penosas negociaciones por San Basilio para obtener la condenación explícita de Marcelo de Ancira y Apolinar de Laodicea, así como el reconocimiento de Melecio de Antioquía. Dámaso I se contentó con remitir la carta Confidimus del Concilio de Roma del 370.

           El asunto de Marcelo de Ancira se resolvió con la muerte del hereje, y el de Apolinar con su condenación del 375. El caso de Melecio fue más complicado, porque la solución dependía en gran parte de aceptar o rechazar por parte de San Basilio la terminología trinitaria usada en Roma. Dámaso I comenzó por mostrarse intransigente en este punto (en su carta Ad Gallos Episcopos, 374). Después hizo concesiones, aunque un concilio romano (ca. 376) parecía volver al estado primitivo. Sin embargo, la muerte de San Basilio (ca. 379) allanó el arreglo, más necesario que nunca.

           Un gran concilio reunido en Ancira, aquel mismo año, aceptó las fórmulas propuestas por el papa. Mas este concilio, presidido por el propio Melecio, no podía ser grato a Dámaso I, que era partidario de Paulino. Muerto aquél el año 381, no pasó Paulino a la silla de Antioquía (como hubiera deseado el papa) sino Flaviano, lo cual contribuyó en alguna forma a aislar el Oriente de Roma, por no resolverse el mencionado cisma.

           Por aquella misma época se convocaba en Zaragoza (ca. 380) otro concilio para condenar a Prisciliano, cuyas doctrinas ascéticas resultaban sospechosas. Éste, que había llegado a obispo de Avila, recurrió al papa, a quien llama senior et primus. Dámaso I, sin condenarle expresamente, no admitió su requisitoria.

           El hereje español tuvo el mal acuerdo de elevar su causa al emperador y, a pesar de las protestas de San Martín de Tours y de otros obispos, el efímero emperador Máximo avoca la causa a su tribunal y condena a Prisciliano el año 385, por el delito de magia. Él y otros 4 más son decapitados, y ya tienen los panfletistas el 1º caso de "relajación al brazo secular''.

           En 382 fue convocado en Roma un concilio al que Dámaso I quiso dotar de carácter universal, pero que resultó de escasos frutos. Como el propio San Jerónimo acudió al concilio, ésta fue ocasión para que San Dámaso y San Jerónimo se conocieran, y trabaran entre ambos una estrecha amistad (que tan beneficiosa seria para las ciencias bíblicas).

           Durante 3 años (382-385) el papa le retuvo por secretario, y le alentó a traducir las Escrituras del hebreo y griego al latín (lo que nos proporcionó la Vulgata, versión que todavía hoy utiliza como oficial la Iglesia Romana). Sin embargo, San Jerónimo tenía un carácter independiente y excitable, muy difícil para la vida de la curia. Y añorando su soledad, se retiró a Belén con sus libros y penitencias.

           En otoño del año 382, Dámaso I obtuvo en Roma un triunfo importante para el cristianismo: la remoción de la estatua de la Victoria de la sala del Senado, uno de los últimos reductos del paganismo romano (toda de oro macizo, representando a la diosa Victoria con aspecto marcial y formas opulentas, cinturón guerrero y pie desnudo, que extendía sus ricas alas como un ave divina, en actitud de cobijar a la augusta asamblea).

           Se eliminaba así el ritual por el que cada senador, al entrar en la Curia, quemaba en el altar de la Victoria un grano de incienso, y derramaba una libación a la diosa para que protegiera el Imperio. No obstante, la Roma en que vivió Dámaso I seguía balanceándose entre una y otra religión, y aunque sus emperadores eran ya cristianos, el paganismo todavía no había sido eliminado por el Senado.

           Pero la retirada de esta estatua supuso para los cristianos una gran victoria, a pesar de los altercados entre senadores paganos y senadores cristianos. Y fue el verdadero símbolo de la caída de la vieja religión, que el mismo poeta Prudencio describió en su Contra Simmacum, entre los incidentes y altercados: "¿Quieres saber cuál es la diosa Victoria? El propio brazo de cada uno y la ayuda de Dios todopoderoso".

           Nos queda considerar, por último, el aspecto que ha hecho más popular a Dámaso I, y también aquel cuya influencia ha sido mayor para la posteridad, que le ha merecido el título de papa de las catacumbas. Pues el papa Dámaso no cesó nunca de preocuparse, en medio de tanta agitación religiosa y civil, por la propagación del culto a los mártires, restaurando los cementerios suburbanos donde reposaban sus cuerpos, investigando hasta encontrar sus tumbas (como en el caso de San Proto y San Jacinto, en la vía Salaria) y honrando sus mausoleos con bellas inscripciones métricas (que después grababa en hermosas letras capitales su calígrafo Filócalo).

           Y es que cuando Dámaso I accedió al papado, eran muy borrosas las noticias que se tenían en Roma de los mártires. Es verdad que ya Constantino se había preocupado de levantar espléndidas basílicas (como las de San Pedro, San Pablo, San Lorenzo y Santa Inés). Pero ni siquiera a Constantino le fue posible hacer otro tanto con los que yacían enterrados en los lóbregos subterráneos de las catacumbas.

           La idea de Dámaso I fue dar veneración a los mártires en los mismos lugares de su enterramiento, ligando así el culto con la tumba del mártir. Mas para facilitar la visita de los fieles eran necesarios trabajos importantes, como abrir puertas y ventanas, ensanchar las escaleras, adornar los cubículos donde reposaban los cuerpos...

           Y el papa Dámaso I se entregó con entusiasmo a esta obra. La Cripta de los Papas (del s. III) fue adornada con columnas, arquitrabes y cancelas, y en su fondo fueron colocadas sus famosas inscripciones: Hic congesta iacet quaeris si turba piorum Corpora sanctorum retinente veneranda sepulcra (lit. "si los buscas, aquí los encontrarás. Sus cuerpos están en los sepulcros venerables, sus almas fueron arrebatadas a los alcázares del cielo").

           Nos podemos imaginar al augusto papa emprendiendo aquellas investigaciones, recorriendo aquellos pasillos subterráneos, y buscando las pistas y tumbas de los mártires olvidados. O como rezaba una inscripción que en aquellas catacumbas quedó cincelada: Quaeritur inventus colitur fovet omnia praestat (lit. "tras los trabajos de búsqueda es encontrado, se le da culto, se muestra propicio, lo alcanza todo").

           Posiblemente, Dámaso I emprendió esta obra arqueológica (de exaltación de los mártires) en agradecimiento por haber conseguido la reconciliación del clero tras el Cisma de Ursino, como se ve cincelado en otra inscripción: Pro reditu cleri, Christo praestante trinmphans martyribus sanctis reddit sua vota sacerdos.

           Realmente, aquellos pequeños poemas damasianos, que el papa Dámaso cinceló en las catacumbas, llegan a conmovernos. Es lo que podía leerse en aquellas cálidas invocaciones, dedicadas a San Tiburcio ("amado de Dios, que seas propicio a Dámaso te pido, oh santo Tiburcio") o a Santa Inés ("oh santa de mi veneración, ejemplo de pureza, atiende las plegarias de Dámaso te pido, ínclita mártir".

           Digamos también que San Dámaso, que tuvo el honor de transformar las catacumbas en santuarios, fue, a la vez, el que introdujo el culto de los mártires en Roma. Pues a la concesión de títulos (iglesias) en las propias casas, o dentro de los teatros o espacios públicos, acompañó siempre Dámaso I la devoción a un mártir (al que se le puso el título in Damaso). Y las iglesias empezaron a dedicarse, desde entonces, a los santos, como ya hoy es normal.

           Dámaso murió casi octogenario, el 11 diciembre 384. Y fue enterrado en una basílica funeraria de la vía Ardeatina, a medio camino entre Roma y el área de las catacumbas, y como parada obligatoria de los peregrinos medievales. Posteriormente, sus reliquias fueron llevadas a la Iglesia de San Lorenzo in Damaso, y hoy están conservadas debajo del altar mayor.

           Su gran amigo San Jerónimo hizo de él este hermoso elogio, en su tratado De la Virginidad: "Varón insigne e impuesto en la ciencia de las Escrituras, doctor virgen de la Iglesia virginal".

           La liturgia también le es deudora de sus sabias reformas. Pues aparte de construir el baptisterio vaticano, y haber reprimido con firmeza las herejías, fue el papa Dámaso I quien introdujo en la Misa, conforme a la costumbre hebrea, el canto del Aleluya los domingos, y la reforma del viejo Cursus Salmódico para darle un carácter más popular.

           En efecto, fue Dámaso I el que, entre los pontífices antiguos, más acercó la Iglesia a su actual mentalidad, por sus impulsos escrituristas (que desembocaron en la Vulgata) y sus aficiones de arqueólogo (que organizaron las catacumbas).

            Su diplomacia fue también firme, aunque discreta, y contribuyó a consolidar la posición de la Iglesia en su nueva etapa de libertad. Así como supo mantener el prestigio de la sede apostólica (expresión que comienza a circular durante su pontificado) y la unidad bajo una misma fe (tan amenazada por el arrianismo y otras herejías).

           Pero en lo que destacó Dámaso I fue en su mecenazgo bíblico (concienciando para ello a San Jerónimo), arqueológico (restaurando las catacumbas, y salvando así la memoria de los mártires) y litúrgico (iniciando en los fieles la piedad y culto hacia los santos).