11 de Julio

San Benito de Nursia

Germán Prado
Mercabá, 11 julio 2024

         "Hubo un varón de vida venerable, bendito por gracia y por nombre". Y ese varón fue Benito de Nursia. Son palabras de su biógrafo el papa Gregorio I Magno. Porque Benito "escribió la Regla de los monasterios y de la vida cotidiana, siendo él el 1º en observar la norma de vida perfecta que él mismo dictó para los observantes", muy distintos de los sarabaítas y giróvagos (la plaga de aquellos tiempos).

         Nació el 480 en Nursia (Umbría), en aquellos Montes Sabinos que no distaban mucho de Roma, y en el seno de una familia acomodada romana con la que compartía una hermana gemela, llamada Escolástica.

         Siendo ya adolescente, y huérfano de madre, su padre lo envía Roma para estudiar Retórica, y le compra una aya (cuidadora) para que le asista en cuanto necesite. Benito asiste a las aulas del retor y se somete al ritmo del cursus gramaticorum, saliendo de él como discípulo aventajado y maestro de Retórica, mostrando en adelante una elegante prosa latina.

         Pero el joven Benito es un austero montañés, mal avenido con la corrupción de la urbe, y no logra empatizar con el pensar y vivir de aquella vida académica, en su mayoría aún pagana. Por eso decide dejar aquel ambiente malsano y volver a su tierra natal, seguido por una aya que volvía entristecida y alarmada. En su camino de vuelta se detiene en Afide, y allí conoce y empatiza con su párroco, que ve en Benito un clérigo ideal.

         Benito se despide entonces de su aya, y se interna en un escondido paraje de los montes cercanos (en la cuenca del Anio), en los que encuentra unos viejos y desmoronados edificios que años atrás habían servido de crápulas de la corte neroniana. Y allí decide quedarse unos meses, junto a un embalse de agua y en el interior de una rocosa cueva conocida por el nombre de Cueva de Subiaco (lit. cueva del sub-lago).

         Tenía entonces 20 años, y Benito decide ya enterrarse de por vida, no hablando sino con las alimañas y las aves, así como de vez en con algún pastor que penetraba en la espesura. Un compasivo monje de la zona (Román) le viste el hábito monacal, y a hurtadillas le propina el necesario alimento, quitándolo de su propia boca.

         Y pronto empieza, contra aquel imberbe eremita, las embestidas del verdadero Enemigo, rompiéndole a pedradas la esquila que le avisaba de la llegada con víveres de Román (que le descolgaba por el peñasco, con la cestilla de las pobres provisiones). A lo que fue añadiendo nuevas tentaciones diabólicas, en forma de ruda tentación carnal (que Benito superaba lanzándose desnudo sobre un zarzal).

         Poco después, los monjes del Cenobio de Vicovaro le proponen salir de su retiro y ser su abad. A lo que Benito consiente, aunque temeroso de su corta edad y la difícil tarea que asume, la de enderezar a hombres avezados a la indisciplina.

         El que hasta entonces había vivido "solo consigo, a la vista del Supremo Inspector", vivirá en adelante con otros en vida cenobítica (que él considera como más fuerte y segura que la eremítica), fundando en las cercanías 12 conventos (con 12 monjes cada uno) bajo el patrocinio de San Pacomio de Tebaida (gran organizador de la oración y trabajo manual del monacato egipcio).

         El abad Benito admite en sus conventos pacomianos a gentes de toda edad y condición, a ricos y a pobres, a bárbaros y a romanos, a esclavos y a libres y libertos, con un admirable sentido de cristiana igualdad, porque "en Cristo todos somos uno y servimos en una misma milicia", como él mismo dice. E incluso admite niños (pueri oblati) en sus escuelas monacales.

         Entre esos niños ofrecidos por sus padres a Benito, están los hijos de 2 patricios romanos (Plácido y Mauro), los benjamines de la familia monacal. Con ellos sale cierto día a pasear, y uno de ellos (Plácido) cae a lo hondo de un lago, tragado por las aguas. Entonces envía Benito a Mauro a lanzarse al lago, hasta que éste logra asir a su hermano por la cabellera y sacarlo a tierra firme.

         Pasan los días y los años en medio de la paz benedictina, y el ora et labora sostiene el alma de sus monjes y estudiantes. Pero el enemigo, que nunca duerme, concita los ánimos de ciertos monjes revoltosos contra su joven abad Benito, quizás demasiado recto para ellos. Murmuran, forcejean e intentan envenenarle con el vino. Mas al bendecirlo Benito en el refectorio, el vaso se quiebra y se desparrama el veneno.

         Pasados los años Benito decide fundar nuevos monasterios por el sur de Italia, para lo cual reúne a los hermanos más adictos a la Regla y se pone en camino, junto a un cuervo que no para de graznar y revolotear en torno de la comitiva, cual celoso guardador de su amo.

         Al llegar a villa de Cassino (Campania) ascienden al castro romano situado en lo alto de la montaña, y al llegar arriba destruyen todo resto de divinidades paganas y establecen allí la vida monástica, aprovechando los muros de antiguos templos y fortalezas. La Abadía de Montecassino será en adelante el místico castillo benedictino, una atalaya desde donde los monjes oteen al mundo y calen las nubes en la oración, aunque bajen a librar batallas cuando el interés del prójimo así lo demande.

         Los monasterios de Benito empezaron a ser pronto "escuela práctica del divino servicio", y a estar constituidos por el patrón del cenobio basiliano. Él, por su parte, va madurando las experiencias. Y si desde su infancia demostró cierta madurez de anciano (cor gerens senile), en su adultez volvió a recuperar la jovialidad y valores (nursina durities) de su tierra natal. Nadie ya osa envenenar al "venerable varón de Dios, lleno del espíritu de todos los justos".

         Quien no le dejará en paz será su eterno émulo Satán, contra cuya picaresca y furia contestará siempre Benito con el recurso de la oración y la santa cruz. Cuando le molesta con ruidos no le hace caso, cuando le llama Maledicte le muestra su desprecio, y cuando le dice Benedicte no le hace caso. Y por el temor a que se abata sobre sus monjes, adiestra a éstos en la batalla del miles Christi (lit. soldado de Cristo), "empleando las fortísimas armas de la santa obediencia y del amor servil al magno Rey Jesucristo".

         El asedio diabólico llega a ser tan rabioso, que mata a un joven monje de noble familia, derribando para ello la pared en construcción. Menos importancia tuvo el incendio de la cocina monasterial, o el caso de aquella piedra que, con no ser muy pesada, no podían moverla entre todos los monjes canteros (hasta que Benito conjura al diablo en ella asentado). De ahí la medalla y la llamada Cruz de San Benito, tan buscada por los fieles.

         Otro día el Maligno mueve a un monje a salirse de la oración común y del monasterio. Entonces Benito lo busca y le da un sonoro bofetón, y el monje vuelve en sí y permanece con los demás en el coro.

         Pero Benito presiente que necesita un instrumento eficaz para que la obra emprendida quede consolidada en el futuro. Y se decide por ello a elaborar una Regla que resuma la evangélica perfección y recoja el espíritu monacal del Oriente y Occidente. De ahí la Regla benedictina, "la Regla maestra, la Santa Regla, la más sabia y prudente de las Reglas" (según San Gregorio I Magno), el código que figurará sobre el altar, junto a la Biblia y en algunos concilios de la Iglesia.

         El buen romano Benito sabe dictar leyes, pero también sabe cumplirlas. Y así, es el 1º en el coro (a las 02.00 de la mañana) cuando comienza el canto de las divinas alabanzas, es el más asiduo en la lectio divina diurna y nocturna, en el trabajo de manos (que ocupa al monje varias horas), en no comer carne y en beber una discreta hemina de vino al día.

         En el régimen abacial, como "padre que es del monasterio", procura a cada cual lo necesario, sin atender a las envidias y sin dejarse llevar de las preferencias, "amando más al que halla más aventajado ve en la obediencia". Mira con especial solicitud a los monjes enfermos, y atiende cordialmente a todos los huéspedes.

         Redacta también un Código Penal, moderado cual ninguno en aquel tiempo. Y antes de separar a la oveja obstinada, discurre con mil ingeniosos ardides, más de médico y pedagogo que de corrector riguroso. Si a algún monje le descubre el delito, sabe guardarlo en secreto con admirable discreción, hasta que encuentre el momento oportuno para la paternal reprensión.

         Todo el secreto de esa evangélica perfección lo cifra Benito en el complejo que él llama humildad. Y viene a decir que por los 12 grados de ésta, "el alma llega infaliblemente a la celsitud de la perfección, consistente en la unión de caridad más íntima con Dios, la cual fuga el imperfecto temor". Por eso reprende ásperamente a cierto monje joven y creído, alumbrándole con una vela durante la comida y confundiendo así su secreta y mal dominada soberbia.

         Quiere con inflexible lógica que "todo sea lo que se dice ser". Así, el oratorio ha de servir para orar (no para charlar), y el abad ha de serlo con todas sus consecuencias, haciendo más dulce la vida de sus monjes. El trato mutuo habrá de ser exquisito, y la dignidad monástica ha de rechazar siempre lo rústico y vulgar. Pone así en práctica la máxima de San Ambrosio de que "nobleza es virtud", viniendo a decir que "virtud es nobleza".

         Pero si Benito es un asceta contemplativo, y mira al cielo desde la torretta de Montecassino, no por eso desdeña la acción de caridad y apostolado con aquellos que se debaten en lo bajo del valle, enfrascados en su lucha contra el pecado y la adversidad.

         Desciende con frecuencia Benito a los valles, requerido por los grandes o por los humildes. Un día será un clérigo que pide aceite para un remedio urgente; otro día vendrá un pobre aldeano acosado por su brutal acreedor; otro día resucitará al niño de cierto labrador que se lo pide con sencilla fe; y otro día recibe en audiencia al bárbaro rey Totila (después de anunciarle que, tras de conquistar Roma, pasará a Sicilia y al 9º año morirá).

         Afectábale a Benito muy especialmente la ceguera de los que no conocen a Dios ni viven para conocerlo. Y por eso deja con frecuencia su amada soledad claustral para atender a la salud espiritual de los pueblos comarcanos. Es el inicio de la labor misionera de la Orden Benedictina, que luego sus monjes habrán de proseguir y ampliar por todo el Occidente, mereciendo con esto el título de padre de Europa que Pío XII le atribuyó.

         El diálogo con los hombres no impide su dialogar con Dios, pues al que "ve al Creador se le hace angosta toda criatura". Y de donde Benito saca mayor fuerza es de su trato con Dios en los divinos misterios (el opus Dei, u obra de Dios por excelencia), a la que nada se debe anteponer por ser ésa la fuente de toda santidad, ocupación y obra principal del monje, como de todo buen cristiano.

         En el último decenio de su vida ve Benito cómo van muriendo algunos amigos suyos, sobre todo el gran Cesáreo de Arlés (legislador monástico) y el sabio Casiodoro (mentor de reyes). Una estrellada noche ha contemplado subir a los cielos (en globo, como de fuego) el alma santa de su buen amigo el obispo Germán de Capua. Pero más aún le afecta el vuelo de paloma al seno del Padre de su entrañable hermana Santa Escolástica, tras una furiosa tempestad en que ambos alargaron las horas de la despedida.

         Todo esto le va desapegando de la vida en la tierra, y le va apegando a lo eterno, al tiempo que sufre afligido la precaria situación de su patria (atacada por los bárbaros) y de la Iglesia (mal dirigida por el papa Vigilio I). Presiente además, nuevas invasiones y saqueos de los bárbaros, y hasta el incendio y destrucción de su propio monasterio.

         Tras la Cuaresma del 547, y llegado el Jueves Santo (21 de marzo), asiste Benito a los divinos misterios, pero siente que le ha llegado la muerte y quiere hacerlo de pie. Efectivamente, el bravo atleta de Cristo, de pie y sostenido por 2 de sus hijos, celebra alegres y triste su tránsito de este mundo, y su llegada a la Pascua eterna. San Benito Abad, el "pater, dux et magister benedictus", como le llamaba San Bernardo, apacienta todavía a cuantos se cobijan entre los pliegues de su amplia cogulla.

 Act: 11/07/24     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A