12 de Abril

San Julio I papa

Bernardino Llorca
Mercabá, 12 abril 2026

Semblanza

         Dos cosas caracterizaron el pontificado de Julio I: la defensa de la ortodoxia católica (frente a las tergiversaciones de los arrianos) y la protección decidida de San Atanasio de Alejandría (víctima de toda clase de vejaciones y calumnias, por parte de los arrianos). En ambos casos mostrando siempre Julio I una firmeza extraordinaria, fruto del temple elevado de su espíritu y del intenso amor que sentía por la Iglesia y la verdad.

         No tenemos noticia alguna sobre su vida anterior a su elevación al solio pontificio. Tan sólo sabemos por el Liber Pontificalis que nació el 286 en Roma, y que su padre se llamaba Rústico. Y que después de 4 meses de sede papal vacante, a la muerte de Marcos I, tuvo lugar su elevación a la cátedra de Pedro, el 6 febrero 337.

         No mucho después (en mayo del 337) murió el emperador Constantino, y sus 3 hijos (Constantino II, Constante y Constancio) se repartieron la herencia del Imperio Romano. Y con ello, bien sea que porque dichos emperadores no tuvieron la resonancia de su padre, o bien sea porque la figura de Julio I fue mucho más eminente que la de sus predecesores, el hecho es que con Julio I volvió el papado a su verdadera significación, tras varias décadas en la penumbra.

         Uno de los primeros problemas en que tuvo que intervenir fue la defensa de San Atanasio de Alejandría, que se identificaba con la defensa de la fe. Tras la muerte de Constantino dióse inmediatamente a todos los obispos desterrados licencia para volver a sus diócesis. De este modo San Atanasio pudo volver a Alejandría, donde fue acogido con gran satisfacción por el episcopado y el pueblo en masa.

         Pero el Partido Arriano urdió toda clase de intrigas contra él, pretextando que había sido depuesto por el Sínodo de Tiro (ca. 335) y ya había sido elegido por sucesor suyo el obispo Pisto (partidario suyo). Sin embargo, a pesar del apoyo que les otorgaba Constancio (emperador de Oriente), no pudieron impedir que Atanasio volviera a su diócesis.

         Es el momento en que Julio I se ve asediado por los 2 partidos en liza, el atanasiano y el arriano. Para lo cual, se puso decididamente de parte de Atanasio. Tras ello los arrianos, cuyo jefe a la sazón era Eusebio de Nicomedia (que se había apoderado de la sede de Constantinopla) enviaron una embajada al papa, a cuya cabeza iba el presbítero Macario.

         Por su parte, Atanasio había celebrado un gran Sínodo de Alejandría, enviando las actas del mismo a Roma (unas actas en las que se contenía la más decidida condenación del arrianismo, y la más explícita profesión de fe), pues lo que estaba en juego no era sólo su persona, sino la defensa de la fe ortodoxa, en un momento de grave dificultad.

         Informado ampliamente por ambas partes, Julio I decidió inmediatamente celebrar, con su acostumbrada energía y discreción, un gran Sínodo Roma, según habían pedido los mismos arrianos. Así lo comunicó en sendas cartas dirigidas a Atanasio y a sus acusadores, y con ello convocaba a ambas partes a que presentaran sus respectivas razones.

         Pero no era esto lo que deseaban los arrianos, a pesar de que anteriormente habían declarado al obispo de Roma como juez y árbitro de la contienda. Y sin esperar ninguna solución, continuaron practicando toda clase de violencias. A la muerte de Eusebio de Cesarea colocaron al frente de Constantinopla a otro de sus partidarios (Acacio) y celebraron un Sínodo en Antioquía (ca. 340) en el que renovaron la deposición de San Atanasio (nombrando en su lugar al arriano Gregorio de Capadocia).

         A viva fuerza fue introducido San Atanasio en Alejandría, con la ayuda de las fuerzas del emperador Constancio. Atanasio fue arrojado de su propio palacio y anduvo errante algún tiempo por los alrededores de la ciudad, hasta que finalmente se dirige a Roma. Poco antes habían sido desterrados, igualmente, Marcelo de Ancira y otros obispos fieles a la fe de Nicea.

         Julio I, modelo de espíritu paternal, acogió a los perseguidos con muestras de verdadera compasión y como héroes en la defensa de la verdad católica.

         Y como los arrianos no sólo no enviaban sus representantes (para la celebración del anunciado sínodo romano) sino que habían optado por celebrar su falso Sínodo de Antioquía (aparte de seguir perpretando todo tipo de violencias y atropellos), envióles de nuevo una carta por medio de los presbíteros Elpidio y Filoxeno, en la que les exhortaba a comparecer en Roma. Pero ellos, en vez de obedecer al papa, le remitieron una respuesta en la que se excusaban de no acudir a Roma, a causa de la situación de la inferioridad en que los colocaba en su convocatoria.

         Por lo demás, decían ellos que "el papa ha prejuzgado ya todo el litigio, acogiendo en la comunión a Atanasio y Marcelo de Ancira", que ellos habían condenado. La Iglesia romana, concluían ellos, "poseía la primacía", pero debía considerar que "la predicación del evangelio había comenzado en Oriente", que "el poder de los obispos es igual en todas partes", y que "no debe medirse la dignidad eclesial por la magnitud de las poblaciones".

         En medio de semejante rebeldía y reto arriano comenzó la celebración del Sínodo de Roma (ca. 341), al que rodeó Julio I de la mayor solemnidad y al que asistieron más de 50 obispos. Hallábanse presentes Atanasio y Marcelo (objeto de las acusaciones de los adversarios), pero no Macario (pues los arrianos dieron orden de ausentarse de Roma, y eso hizo su representante).

         En dicho Sínodo de Roma, Julio I hizo examinar con toda calma la causa de los perseguidos y, bien estudiados los informes de ambas partes, declaró solemnemente la inocencia de San Atanasio y Marcelo de Ancira, previa para éste una clara profesión de fe. En nombre del sínodo dirigió entonces Julio I una encíclica a los obispos de Oriente, en la que les comunicaba la decisión tomada.

         Con verdadera dignidad, y sin expresión ninguna mortificadora, pondera el papa en dicha encíclica el tono desconsiderado del escrito enviado por ellos a Roma, donde rechazaban su participación en un concilio que ellos mismos habían reclamado. Y con plena conciencia de su autoridad y primacía de la sede romana declara que, aunque Atanasio y los demás hubieran sido culpables, antes de dar ellos ningún fallo debían, conforme a la tradición, haber escrito a Roma y esperar su decisión.

         A pesar de esta respuesta serena del papa, los arrianos continuaron sus violencias y arbitrariedades. Así, con el objeto de contrarrestar el efecto moral de las decisiones de Roma, celebraron ellos un Sínodo de Antioquía (ca. 341), al que asistieron 100 obispos y en el que confirmaron la sentencia contra San Atanasio, y su posición antinicena.

         Por todo esto, Julio I, que no deseaba otra cosa que el triunfo de la verdad, en inteligencia con otros obispos de Occidente decidióse a celebrar un concilio de carácter más universal. Esto le era facilitado entonces por la situación política, pues desde que quedaron dueños del Imperio Romano Constancio y Constante (en el Oriente y Occidente, respectivamente), y éstos empezaron a apoyar positivamente al papa y a la ortodoxia de Nicea, se observó durante un decenio (341-351) cierto predominio de la ortodoxia, defendida por Julio I y San Atanasio de Alejandría.

         Así pues, con el favor del emperador Constante (con quien se había puesto de acuerdo su hermano Constancio), celebróse el gran Concilio de Sárdica (ca. 343). El papa envió como representantes suyos a dos presbíteros. Presidíalo el célebre Osio (obispo de Córdoba), consejero religioso del emperador y verdadera columna de la fe. Sin embargo, aunque este concilio sirvió para afianzar la ortodoxia y poner más en claro los derechos del primado de Roma, sin embargo, en vez de traer la unión, más bien contribuyó a ahondar más la división existente.

         Los orientales, que habían comparecido en el concilio antes que los occidentales, exigieron que Atanasio, Marcelo y los demás obispos depuestos por ellos fueran excluidos del concilio. Desde luego, eso significaba negar el derecho de apelación al papa y a un concilio universal, y entregar a Atanasio y demás obispos a merced de sus más encarnizados enemigos.

         A tan injustas exigencias opusiéronse con toda decisión los obispos occidentales, por lo cual los orientales se negaron a tomar parte en ninguna deliberación, y, después de inútiles esfuerzos realizados para reducirlos, se separaron del legítimo concilio. Reuniéndose, pues, en Filípolis, redactaron una nueva fórmula de fe, renovaron la condenación de San Atanasio y lanzaron una circular, en la que apelaban de las decisiones de Sárdica.

         A pesar de la partida de los orientales, permanecieron firmes en Sárdica unos 100 obispos occidentales, presididos por Osio y los legados pontificios, celebrando entonces el verdadero concilio. Después de un nuevo examen de la causa de Atanasio y Marcelo fueron éstos declarados inocentes y restituidos a sus cargos, y juntamente se lanzó excomunión contra los intrusos en sus sedes y los dirigentes eusebianos o arrianos.

         Mucha mayor trascendencia tuvieron una serie de cánones que promulgó Julio I tras el Concilio de Sárdica, sobre todo los referidos al obispo de Roma, de cuya autenticidad no podía dudarse. Unos cánones en los que Julio I proclama de modo claro y terminante el derecho de apelación al papa, con lo que implícitamente se proclamaba también el primado de Roma.

         En concreto, determinaba Julio I que un obispo depuesto (por su concilio provincial) podía apelar a Roma. En caso de que esto sucediera, el obispo de Roma debía ordenar una nueva investigación por medio de un sínodo en las diócesis vecinas, y en caso de nueva apelación podía decidir por sí mismo. Por otra parte, con dichos cánones renovaba Julio I el Símbolo de Nicea, y contribuía eficazmente a afianzar la ortodoxia católica. Por esto gozó siempre de gran reputación, y fue considerado como uno de los grandes papas de la antigüedad.

         Una vez realizada esta grande obra, Julio I tuvo de nuevo el consuelo de ver en Roma al héroe de la ortodoxia (San Atanasio de Alejandría), quien quiso despedirse y dar gracias al papa antes de volver triunfalmente a su sede alejandrina.

         El resto de la vida de Julio I se desarrolla en una forma semejante. Con la eximia santidad de su vida y con su energía en la defensa de la verdadera fe fue el pastor que necesitaba la Iglesia en aquel período, en que tan combatida se veía por los más peligrosos enemigos, que eran los herejes arrianos.

         Es cierto que ayudó poderosamente al predominio de la ortodoxia durante este tiempo el apoyo del emperador Constante, al que, con más o menos convicción, se doblegaba Constancio. Pero no puede negarse que la virtud, fortaleza y clara visión de las cosas de Julio I fueron la causa decisiva del predominio que fue adquiriendo la ortodoxia romana y la fe de Nicea.

         Aun después de desaparecer en 350 la figura de Constante, todavía mantuvo la ortodoxia su predominio frente a la herejía. Pero al morir Julio I el 12 abril 352, pudo de nuevo el arrianismo celebrar un corto período de triunfo.

         Ya desde la antigüedad fue celebrada la virtud y constancia de este gran papa Julio I en defensa de la fe, por lo cual fue incluido bien pronto en los catálogos de santos cristianos.

 Act: 12/04/26     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A