12 de Enero

San Benito Biscop

Bernardino Llorca
Mercabá, 12 enero 2021

           De origen inglés, fue San Benito Biscop uno de los apóstoles que más contribuyeron en el s. VII a llevar a feliz término la obra de cristianización y organización de Gran Bretaña, iniciada por San Gregorio Magno (590-604) y San Agustín de Canterbury.

           Nació el 629 en Northumbria (Inglaterra), de una noble familia asociada a la corte de Oswy I de Northumbria, siendo desde su 1ª juventud muy estimado por el rey. Sin embargo, a los 25 años, sintiéndose movido por Dios hacia la vida de retiro, dijo adiós al mundo, se dirigió por 1ª vez a Roma y allí cimentó bien su piedad, visitando las tumbas de los apóstoles y empapándose en las verdades de la fe y la vida cristiana.

           A su vuelta de Roma, el joven Benito se entregó por su cuenta al estudio de la Biblia, hasta que el príncipe Egfrido (hijo de Oswy I) planeó un viaje a Roma, y pidió a Biscop que lo acompañara. Aceptó gustoso Benito tal invitación, y aunque Egfrido no pudo realizar finalmente ese viaje, sí partió Benito por 2ª vez a Roma, donde procuró profundizar todavía más en las ciencias eclesiásticas.

           No sabemos cuánto tiempo se detuvo, en esta ocasión, en Roma. Pero lo que sabemos es que, a su vuelta, se retiró al célebre Monasterio de Lerins, que tanto se había distinguido por sus hombres eminentes y por su observancia regular. Allí recibió la preparación conveniente, tomó el hábito religioso y, más tarde, recibió la tonsura clerical, alargando durante 2 años más la perfección de la vida monástica.

           Después de esto hizo su 3º viaje a Roma, con la intención de fijar allí su vida en adelante. Pero el papa Vitaliano I (657-672) le ordenó que volviera a Inglaterra y se pusiera a las órdenes de Teodoro de Tarso (futuro obispo de Canterbury) y de Adriano, que se disponían a partir desde Roma para Gran Bretaña. Adriano se quedó finalmente en Francia, pero Benito y Teodoro llegaron felizmente al territorio de Kent (Inglaterra), dando con ello comienzo a la etapa más característica y fecunda de la vida de Benito Biscop. 

           Hallábase entonces la Iglesia de Gran Bretaña en un momento decisivo. La obra de conversión de los anglosajones, iniciada en Kent en 597 por San Agustín de Canterbury y sus 39 compañeros, seguía avanzando a través de graves dificultades. Y al territorio de Kent siguieron los de Essex, Northumbria y otras provincias de la Heptarquía.

           El año 664 fue de gran trascendencia, pues el rey Oswy I de Northumbria logró unificar, religiosamente, a los antiguos celtas y a los nuevos cristianos. El nuevo obispo de Canterbury y primado inglés, Teodoro de Tarso, tomó posesión de su sede el 669, y completó durante los decenios siguientes la organización de la Iglesia británica.

           Uno de sus principales colaboradores del primado inglés fue Benito Biscop, aportando en todo sus conocimientos teológicos y su indomable actividad, que incansablemente trabajó por consolidar la vida religiosa en Inglaterra. Efectivamente, el nuevo primado Teodoro nombró inmediatamente a Benito abad del Monasterio San Pedro y San Pablo de Canterbury, puesto de gran influjo y desde el cual trabajó Benito durante años, con gran celo y extraordinario fruto.

           A la llegada de Adriano el 671, descargó en él Teodoro esta dignidad, y por 4ª vez se dirigió Biscop a Roma. Benito había formado amplios planes de fundación de nuevos monasterios en Inglaterra, pero necesitaba estudiar detenidamente en Roma toda la disciplina eclesiástica, y las reglas monásticas existentes. Con este objeto, permaneció largo tiempo en Roma, visitando diversas partes de Italia, procurándose una buena biblioteca con los mejores libros religiosos, y empaquetando en su maleta una gran cantidad de reliquias y cuadros del Señor, la Virgen y los santos.

           Con todos estos preparativos volvió de nuevo Benito, el 674, a Northumbria, donde el sucesor de Oswy (Egfrido I de Norhumbria) le hizo una entusiasta acogida y le entregó grandes terrenos para la construcción de un monasterio. Rápidamente puso Benito manos a la obra, levantando en la desembocadura del río Wear el monasterio, denominado por eso mismo Wearmouth, que tanta fama tuvo luego en la historia, y que él puso bajo el patronato de San Pedro.

           Mientras se terminaba la obra del monasterio, Benito se dirigió a Francia, de donde trajo arquitectos y obreros especializados para la construcción en piedra, con los cuales levantó la Iglesia de Wearmouth, que fue la primera que se construyó en piedra en Gran Bretaña conforme a estilo de las de Francia e Italia. Hasta entonces se construían sólo en madera, como se había hecho en Lindisfarne. Por otra parte, hizo adornar la nueva iglesia con altares, frescos y vidrieras de colores, lo cual constituía otra insigne novedad en Inglaterra, con lo cual y con la multitud de imágenes que colocó en los altares, contribuyó eficazmente a que el pueblo comprendiera mejor los misterios de la religión cristiana.

           Tal satisfacción produjo en el rey la obra de Benito, que le asignó otra cantidad de terreno a la ribera del Tyne, donde fue construido el Monasterio de Jarrow, que se puso bajo la advocación de San Pablo. Ambos monasterios, a corta distancia uno de otro, fueron considerados casi como uno solo, que gobernó durante algún tiempo el mismo fundador, Benito Biscop. Pero más tarde nombró un abad para cada uno, sobre todo cuando tuvo que ausentarse en su nueva peregrinación a Roma.

           En la Iglesia San Pedro de Wearmouth colocó hermosos cuadros de la Virgen y de los 12 apóstoles, la historia del evangelio y las visiones o revelaciones de San Juan. El Monasterio San Pablo de Jarrow fue embellecido con diversas pinturas, que dispuso en tal forma que presentaran la armonía entre el AT y el NT, y juntamente la correspondencia entre los tipos de uno y la realidad del otro. Así, Isaac (llevando a cuestas la leña que debía servir para su propio sacrificio) era explicado por Jesucristo (llevando su propia cruz en la que debía él mismo ser sacrificado), y de un modo semejante la serpiente de bronce de Moisés (en lo alto de un palo) quedaba ilustrada por Jesucristo (levantado en la cruz).

           Para completar su obra, hizo Benito su 5º y último viaje a Roma, de donde trajo gran cantidad de reliquias y de libros. Más aún, deseando introducir en Inglaterra en toda su perfección, y grandiosidad los oficios litúrgicos y todas las ceremonias del rito latino, obtuvo del papa Agatón I (678-681) un compañero para las fatigas británicas, llamado Juan y antiguo abad de San Martín, así como maestro de música y ceremonias de San Pedro del Vaticano.

           Así, pues, el abad Juan acompañó a Benito a Inglaterra, e introdujo allí la música gregoriana, la liturgia y todo el ceremonial romano, todo lo cual contribuyó eficazmente a elevar el espíritu religioso del país. En realidad, los dos monasterios fundados por Biscop constituyeron desde entonces dos centros de cultura religiosa y progreso medieval. Sus bien equipadas bibliotecas, la magnificencia de sus iglesias y el esplendor de su liturgia, obra todo ello de las fatigas de Benito, contribuyeron a la formación de aquellos ejércitos de misioneros, que más tarde emigraron al continente europeo para devolverle con creces el bien que de él habían recibido.

           Durante toda su vida, Benito Biscop fue para todos un ejemplo viviente del más puro amor de Dios y de todas las virtudes religiosas. Pero esto se manifestó de un modo especial en los últimos años de su vida. Débil ya por su edad y por varias enfermedades, dio a todos ejemplo de paciencia y resignación cristiana, que a las veces se transformaba en verdadera alegría espiritual.

           Durante su larga enfermedad, que sentía especial complacencia, comenzó Biscop a relatar sus correrías apostólicas y sus viajes a Roma, así como también los admirables ejemplos de que había sido testigo en multitud de casas religiosas. Y cuando ya no se sentía con fuerzas para hablar ni para rezar, hacia venir un monje para que le recitara las horas del oficio divino, que él seguía en la forma que le era posible. Así lo hizo, sobre todo, durante los tres últimos años de su vida, en que una parálisis le impedía casi todo movimiento.

           Particularmente digno de mención es su constante esfuerzo por mantener la presencia de Dios, de donde brotaban aquellas ardientes exhortaciones que dirigía de cuando en cuando a sus discípulos:

"No consideréis como cosa mía las constituciones que yo os he dado. Después de visitar 17 monasterios, que vivían en la mejor observancia, procuré hacer una síntesis de las reglas y prácticas religiosas que me parecieron mejores, y esto es lo que os he dado a vosotros. Tal es mi testamento".

           De esta manera, y después de recibir con admirable fervor el Santo Viático, descansó dulcemente en el Señor el 12 enero 690. Las abadías de Wearmouth y de Jarrow conservaron su memoria con gran veneración, hasta que desaparecieron por efecto del cisma anglicano promovido por Enrique VIII de Inglaterra.